Y llegó finalmente el epílogo... y con él mi despedida, muchas gracias por leerlo, si habéis conseguido llegar hasta aquí. Con este, se cierra una de mis historias favoritas, quizás la más especial para mí. Sé que no dejaré de escribir de ellos, es imposible no quererlos. Ellos consiguieron que amase escribir, y les estaré eternamente agradecida. No importa que nunca lleguen a ser endgame, en el fondo de mi corazón, siempre lo serán. :)


Disclaimer: Glee no me pertenece, de lo contrario Catherine Adams existiría y los volvería a unir. ^^


Epílogo

—A ver, sostén tú a la niña y yo llevo las cosas para adentro. O no, espera, espera aquí a que yo vuelva. Yo llevo las cosas y luego vuelvo por ti y por la niña. O debería llevaros a vosotras y luego volver a por las cosas —dijo Sam, una vez había aparcado su coche delante de la casa.

—Sam, cálmate. No estoy manca, ni coja. Puedo perfectamente entrar sola en mi casa, ¿estamos?

—¡Qué genio tiene tu mami, princesita!

Mercedes frunció los labios en desacuerdo.

—Creo que os ayudaré a entrar, y luego regresaré a por las cosas. Sí, eso será lo mejor.

Mercedes se rió. No podía evitarlo, era divertidísimo. El mejor momento había sido cuando se había empeñado en encender el coche con las llaves de casa.

Él les sujeto la puerta para que entrasen en casa, mientras cerraba su coche con el mando de la llave.

—¡Hey! ¡Ya habéis llegado! —Jason llegó a saludarles.

—¿Dónde está? —Preguntó Sam.

—Está en la cocina, Dorothy le está preparando la merienda.

Todos se dirigieron allí.

La señora Adams estaba sentada a la mesa mientras Dorothy le servía un trozo de tarta.

—¡Oh! —Exclamó nada más verlos entrar—.¡Dejadme verla!

Mercy fue a sentarse en una silla que Dorothy había colocado al lado de Catherine.

La señora observó a la niña, comiéndola con los ojos.

—Es preciosa, Mercy. ¡Mirad que mofletillos tiene! Oh, ¡es preciosa! —Le dijo, mientras comenzaba a llorar—. Al fin un nieto, aunque no sea mío de verdad.

—Claro que es tuyo —le dijo Sam, dándole un beso en la mejilla—. Es tu nieta Cathy.

—¿Cathy? —Se los quedó mirando a los dos, a uno y luego a otro, mientras las lágrimas empañaban sus ojos.

—Cathy —le respondió Mercy.

—¿Le habéis puesto mi nombre? —preguntó ella, emocionada.

Sam asintió con la cabeza.

—Nunca hubiésemos encontrado un mejor nombre, Catherine. Todo te lo debemos a ti.

—No, hijo —dijo emocionada, tratando de secarse las lágrimas que no la dejaban ver—.Yo os lo debo todo a vosotros. Cuando mi Robert se fue al cielo, creí que me quedaría sola, pero Dios me regaló a Mercy, y luego a ti. Y después a Dorothy y a Jason, y ahora a este angelito. Dios no podría darme una familia mejor.

Sam la abrazó, secándole las lágrimas.

—Os quiero, cariño.

—Y nosotros a ti, Catherine —le dijo Mercy, pasándole el brazo por la espalda, acariciando a su vez el pelo de Sam.

—Oh, no me hagáis llorar más, estoy muy fea cuando lloro —se quejó dijo la anciana, arrancándoles a todos una sonrisa—. Vamos, acostad a este angelito en su cuna o empezará a imitarme.

Todos volvieron a reírse ante su comentario.

—Cathy... Tienes los mejores padres del mundo —le dijo a la niña, antes que ellos se la llevasen al piso de arriba.

Sam acompañó a su mujer y a su bebé, entrando en el cuarto de la pequeña.

Mercy la dejó en la cuna tapándola con sus mantitas ya preparadas, mientras la observaba feliz. Su marido la abrazó por detrás, dándole un beso en la cabeza.

—Catherine tiene razón.

Mercy ladeó la cabeza para verlo.

—¿En que?

—Es un angelito, nuestro angelito —dijo mientras agarraba una de las manitas de la bebé.

—Lo conseguimos, Sam. Conseguimos salir adelante.

Él apoyó su cabeza en su hombro después de dejar un beso en él, mientras observaba como su bebé agarraba su mano.

—Todo lo que amo está en esta habitación. Lo sois todo para mí, Mercy.

Ella apoyó su cabeza en la suya y suspiró profundamente, sintiendo sus manos rodeándola.

Habían sufrido, habían llorado, pero ahora, eran felices. Al fin, nada podría empeñar su felicidad. Él tenía razón, todo lo que amaban estaba en esa habitación.

—Te quiero, Sam —le acarició una de sus manos, mientras él movía su cabeza para besarla en el pelo.

—Y yo a ti, Mercy. Te quiero —le dijo al oído, pegando su cabeza a la de ella.

Se quedaron allí, abrazados, pegados el uno al otro, dedicándose besos, caricias y palabras de amor mientras observaban como su bebé se iba quedando poco a poco dormida. Eran una familia, una verdadera familia.

FIN


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¡No! Solo bromeaba, ¡no pienso dejar de hacerlo! ;)

Muchas gracias por leer el fic, ¡de verdad!