Francia, Ciudad de París.

Camus de Acuario y la Hermana Ana habían llegado a Paris, al Barrio Les Halles. Iban caminando por las calles del lugar mientras que Camus llevaba dos valijas en sus manos, una pertenecía a El y la otra a la hermana Ana.

-Bueno ya estamos aquí, ¿Ahora que haremos? –pregunto Camus.

-Para empezar buscar un lugar para hospedarnos, será un hotel ya que si me quedo en un convento usted no podrá quedarse en ese lugar y la Madre Superiora ordeno que trabajáramos juntos. Así que busquemos un hotel. –respondió tranquila la Hermana Ana.

-Me parece una buena idea. Y una vez instalados podemos deliberar como comenzar la investigación sobre la secta que ayuda a Lucifer. –opino Camus.

-Es una excelente idea. Yo les pediré ayuda a los sacerdotes y monjas de este lugar. Ojala puedan ayudarnos con la investigación. –dijo la monja mientras se detenían en un hotel.

Entraron y pidieron una habitación para cada uno. Una vez instalados la hermana Ana se atrevió a golpear la puerta en donde estaba Camus cambiándose.

-¿Quién es? –pregunto el santo mientras se acomodaba el pantalón.

-¿Quién va a ser? Soy yo la hermana Ana. Necesito decirle algo. –respondió ella detrás de la puerta.

-Espere… espere un momento por favor. –dijo el santo de acuario mientras se cambiaba a toda velocidad.

-Solo quiero consultarle algo, no se preocupe. –dijo ella.

En ese momento Camus abrió la puerta y sin explicación alguna la hermana Ana comenzó a reír a carcajadas.

-¿Qué? ¿Qué es tan gracioso hermana Ana? –pregunto el sin entender.

-Que esta todo despeinado. Arréglese el cabello. –respondió ella mientras entraba.

Camus se sonrojo y mientras ella entraba el trataba de acomodarse el pelo.

-¿Qué es tan importante? –pregunto el.

-Quería decirle que pensaba ir hasta Notre Dame a ver al padre Jacques para solicitarle su ayuda y después ir hasta el convento de hermana Clarisas a pedirle ayuda a la Madre Superiora del lugar para que le permita a algunas hermanas ayudarnos. Así no seremos solo dos y podremos hacer la investigación más rápido. –comento tranquilamente ella.

-Entiendo, es una buena idea. Pero la pregunta es ¿Nos ayudaran en el convento?

-Si, no se preocupe, la Madre Superiora, María Sforza hablo con la Superiora del convento, Agnes, para que ella y sus monjas nos presten ayuda. Mi líder nunca deja un cabo suelto. Y con respecto al padre Jacques el es quien ayudo al padre Francisco con su investigación. –dijo ella.

Camus la miro pensativo evidentemente tenia todo planeado. Pero todavía tenía una duda:

-Todo esta fríamente calculado pero si voy a ir con usted al convento a pedir ayuda. No creo la Madre Superiora del lugar me deje entrar así como así.

La joven monja lo miro pensativa mientras llevaba su mano a su rostro en señal de preocupación. Pero luego de unos segundo de meditarlo chasqueo los dedos y dijo:

-¡Lo tengo! Podríamos pedirle al padre Jacques que le preste una sotana y usted podría hacerse pasar por un sacerdote. O la otra opción que tiene es que puede usar uno de mis hábitos y hacerse pasar por una inocente hermana. –opino ella sonriendo.

Camus abrió sus ojos desmesuradamente y respondió:

-¡No me haré pasar por una monja! Además no se lo creería nadie. Me inclino mas a la opción de hablar con el padre Jacques y pedirle ropa prestada. –respondió un no muy contento santo de acuario.

-¡Perfecto! Haremos eso entonces. Bien, vámonos ya no quiero perder mucho tiempo. –dijo ella jalándolo del brazo y llevándolo fuera de la habitación.

Salieron del hotel y mientras iban viajando hasta llegar a la Catedral de Notre Dame iban conversando.

-Así que te criaste en París. –comento Camus.

-Si. Conozco la ciudad de París como la palma de mi mano. He crecido en esta hermosa ciudad que los neoclásicos llaman el infierno. –respondió la monja sonriendo divertida.

Camus la miro fijamente y sonrío amablemente ante lo dicho por la joven.

-Usted también es francés. ¿De que ciudad? –pregunto ella.

-¿Cómo supo que era francés? –pregunto confundido el santo.

-Bueno no hace falta tener grandes reflejos ni ser muy inteligente para darse cuenta. Lo supe por su nombre, Camus. Pero ahora respóndame ¿De que ciudad es? –insistió curiosa la monja.

-Soy de París. –respondió el santo.

La monja sonrío cordialmente. Cuando llegaron a la Catedral los estaba esperando un sacerdote de unos cuarenta años, rubio de ojos claros como el agua. El padre Jacques Arouet.

-Hermana Ana que gusto verla. –saludo cortes el sacerdote.

-¡Padre! El gusto es mío. Le presento a Camus, el santo de acuario. Camus el es el padre Jacques Arouet. –dijo la hermana Ana.

-Mucho gusto. –dijeron ambos mientras se daban la mano.

-Padre la Madre Superiora María Sforza nos ha enviado a investigar sobre la secta que ayuda a Lucifer ¿usted nos ayudara en la investigación? –pregunto la hermana Ana al sacerdote.

-Por supuesto que ayudare. El padre Francisco y yo nos dedicamos a investigar y todo lo que descubrimos puede servirles de ayuda. –respondió el sacerdote.

-Muchas gracias padre. Pero antes tengo que pedirle un favor. ¿Podría prestarle una de sus sotanas a Camus? Es que iremos al convento a pedirles ayuda a las monjas y no creo que le permitan pasar si saben que no es sacerdote. –dijo ella.

El sacerdote miro fijamente al joven y a la monja.

-Mmmm… tiene razón. No creo que lo dejen entrar con usted. Y menos trabajar junto a las monjas. Pero ¿María Sforza no le dijo a la Superiora del convento que este joven no era sacerdote?

La hermana Ana miro pensativa al sacerdote mientras Camus los miraba aun mas desconcertado.

-María si se lo dijo pero la Superiora respondió que ella no aceptaría a un joven no sacerdote en su convento. Ya sabe la Superiora ya esta entrada en años y es muy ortodoxa. –respondió la hermana Ana.

El sacerdote sonrío amablemente y asintió:

-Es cierto la Superiora Agnes es muy ortodoxa. Esta bien le prestare una sotana joven Camus. Venga conmigo. –dijo el sacerdote mientras Camus lo seguía y la hermana se sentaba en uno de los bancos de Iglesia a esperar.

Al cabo de unos minutos Camus regreso vestido con una sotana negra al igual que el padre Jacques. La hermana Ana lo miro asombrada.

-¿Qué? ¿Qué tengo? ¿Otra vez estoy despeinado? –pregunto secamente el Santo.

-Oh… no. solo me pareció extraño verlo vestido así. Yo también me lo creería. –respondió sonriendo la monja.

En ese momento dos chicas entraron a la Iglesia. Eran muy bellas de piel trigueña y ojos azules. Y también tenían un parecido físico increíble. La hermana Ana al verlas abrió sus ojos en señal de sorpresa y horror.

-¡Mira Abigail! ¿No es nuestra linda hermanita menor Ana? –dijo una de ellas mientras se acercaban mas a la monja.

-¡Si! Es nuestra hermanita la monjita. –respondió la otra joven.

Inmediatamente se abalanzaron sobre la monja y la abrazaron. Camus observaba la escena intrigado mientras que el sacerdote sonreía.

-Pero mírate nada más. Eres toda una monja. –dijo una de ellas.

-Qué mala eres. Viniste a París y no fuiste capaz de saludar a tus hermanas y a tus padres. –dijo la otra molestándola.

-¡Basta! ¡No me molesten! Tan solo hace unas horas que llegue. Y además estoy en una misión. –respondió la joven.

-¿En una misión? no me digas ¿Esa linda jefa tuya te envío a tu ciudad natal a misionar?

-Ten mas respeto cuando te dirijas a la Madre Superiora. ¿Qué hacen ustedes aquí? –pregunto la joven monja.

-Hemos venido a confesarnos padre Jacques. –dijeron las dos al unísono pero se quedaron mirando embobadas al santo de acuario, no perdón al padre Camus.

-¿Y usted es? –le pregunto una de ellas.

Camus miro a la hermana Ana y ella fue la que les respondió.

-El es el padre Camus. Me acompaña en mi misión. Padre Camus, ellas son mis hermanas mayores. Abigail Blanchett y Amelia Blanchett. Abigail es una cantante famosa y Amelia es actriz de teatro. –las presento la hermana Ana.

-¿Ellas son sus hermanas mayores? –pregunto un atónito Camus.

-Sip, nosotras somos sus hermanas. Pero padre Camus ¿Por qué no nos confiesa usted? –pregunto con un tono sutil Abigail.

La hermana Ana abrió sus ojos en señal de sorpresa mientras que Camus y el padre Jacques sudaban como si hicieran cuarenta grados de calor.

-¡No! el padre Camus tiene que acompañarme a mi al Convento de hermanas Clarisas. –dijo inmediatamente la hermana Ana.

-Ay… pero si solo es un ratito. Las hermanas del lugar pueden esperarlos. –opino Amelia.

-No. no pueden, la Madre Superiora, Agnes, odia las llegadas tarde. –remato la hermana Ana.

Las gemelas suspiraron desanimadas.

-No es justo hermanita que tú te lleves al lindo padre Camus. –dijo Abigail mientras se acercaba a Camus y lo examinaba con la mirada.

-Es cierto hermanita, déjanos al padre Camus y vete con el padre Jacques. –remato Amelia.

-No. porque vine con el padre Camus. –dijo la hermana Ana mientras lo tomaba del brazo. –Vamos padre Camus que la Madre Superiora Agnes odia las llegadas tarde y nos va a regañar.

-Eh… si, bueno, vamos. –respondió confundido Camus.

-Hasta luego padre Jacques. Adiós hermanitas. –saludo la monja.

Sus hermanas y el sacerdote los saludaron cordialmente mientras ellos se iban.

-¿Así que ellas son tus hermanas? –pregunto Camus mientras caminaban velozmente.

-Si, me disculpo por ellas. Están locas. La fama se les subió a la cabeza. –respondió Ana suspirando.

-No, esta bien. No iba a decir eso. –respondió el tímido.

-Le advierto Camus, que la Madre Superiora Agnes es demasiado estricta. Así que mejor deje que yo hable con ella. –comento la monja mientras iban caminando hacia el convento.

-¿Ella fue quien te entreno? –pregunto curioso el caballero.

-No. me entreno el Cardenal Jean Pierre Richelieu, presidente del episcopado en Francia. Un hombre muy sabio, por cierto. Todos nosotros, me refiero a los arcángeles, fuimos entrenados por cardenales importantes de la Santa Iglesia. –respondió la joven.

-Ya veo. –dijo Camus mientras llegaban al convento.

La hermana golpeo la puerta e inmediatamente una joven vestida con un hábito color café le abrió.

-Soy la hermana Ana Blanchett de la Santa Sede. Me envía la Superiora María Sforza. –se presento.

La joven sonrío amablemente y se dirigió a Camus:

-Muy bien. Eso ya lo sabía. Pero ¿Quién es El? No nos dijeron que vendrías con un sacerdote. –pregunto intrigada.

Ana miro a Camus confundida y siguió su discurso:

-El… es… el padre Camus. Mi compañero en la misión. –respondió finalmente.

La monja los miro con desconfianza pero luego de dudar unos segundos los dejo entrar al convento.

-Vengan la Madre Superiora los esta esperando en su despacho. –dijo la joven monja.

Ellos la siguieron hasta encontrarse con la mujer que estaba a cargo del convento. Una mujer de edad madura, con una mirada escrutadora los estaba esperando.

-Bienvenida hermana Ana Blanchett. –saludo amablemente pero fijo su vista en Camus. –La Superiora Sforza me dijo que vendrías acompañada pero no especifico con quien. Veo que es un hombre y que es sacerdote. Puedo quedarme más tranquila sabiendo que es un hombre religioso.

Ana miro a Camus de reojo y pensaba que cuando María se enterara de que Camus se había disfrazado y que ella lo había ayudado, iba a matarla.

-Si, el padre Camus es de buena ayuda. Y es un hombre de confianza, Madre. –dijo la hermana Ana.

-Muy bien, en vista de que la famosa María Sforza me solicito ayuda no puedo negarme. Voy a dejar que cuatro de mis monjas los ayuden. –dijo la Superiora mientras las cuatro religiosas entraban al despacho.

Cuatro monjas se presentaron en el despacho dos eran mayores y las otras dos parecían novicias.

-Ellas son Marguerite, Emma, Esther y Mónica. Ellas los van a ayudar con la investigación. Las cuatro son licenciadas en teología y filosofía. –dijo la Madre Agnes.

-Mucho gusto. –se saludaron amablemente.

-El padre Jacques esta aquí. –anuncio una joven novicia a la Madre Superiora.

-Muy bien hazlo pasar para que podamos arreglar como van a investigar. –respondió ella mientras los demás se miraban.

El sacerdote entro y saludo amablemente a las monjas presentes y a Camus.

-Madre Superiora, hermanas, Padre. Buenas tardes. –saludo el sacerdote.

-Buenas tardes padre Jaques. –respondieron al unísono.

-Bien ya que estamos todos aquí arreglemos como actuaremos. ¿Padre Jacques ha traído sus informes? –dijo la Superiora Agnes.

-Si Madre. Cuando investigamos con el padre Francisco, enviado de Roma. Supimos de la secta debido a que tienen ciertas características. Por ejemplo se visten con ropas parecidas a la de los gitanos, pero totalmente negras. Durante el día piden limosna fingiéndose ciegos o discapacitados pero de noche recuperan "milagrosamente" la salud. Y además durante la noche es cuando hacen sus rituales en los cuales le juraron su fidelidad a Lucifer y a sus seguidores. No hemos podido descubrir su guarida pero sabemos que paradójicamente la llaman "La corte de los milagros", que se encuentra en algún lugar de Les Halles y que se reúnen a las tres de la madrugada para realizar sus ritos. –explico el sacerdote.

-¿La corte de los milagros? Que análogo a Víctor Hugo, se ve que les gusta leer. –opino la hermana Marguerite. Una mujer alta y tez blanca, de ojos color miel.

-¿Por qué a las tres de la madrugada? –pregunto Camus mientras los demás le clavaban la mirada.

-¿No lo sabe? –pregunto la Madre Superiora.

-Yo le respondo. –intervino la hermana Ana. –Las tres de la madrugada es el horario cuando los demonios salen del infierno a molestar a los humanos. Las tres de la madrugada es la hora contraria a las tres de la tarde, hora en que Cristo murió en la cruz en el Calvario y por lo tanto la hora divina. En ese momento ellos no pueden hacer nada pero salen a las tres de la madrugada para molestar a Dios y burlarse de Nuestro Señor. –respondió ella.

-Pero ¿Cómo pueden salir? Se supone que las puertas del infierno están cerradas. –opino Camus.

-Ahora están abiertas. Y ellos están libres en Gargano. –respondió Ana.

-Ya veo. –dijo el santo de acuario.

-Durante el día fingen ser discapacitados y durante la noche es cuando recuperan su salud "Milagrosamente". Padre ¿Cómo sabe sobre su vestimenta? Si durante del día fingen ser otras personas. –pregunto la Mónica. Una mujer de tez blanca y ojos negros de mediana estatura.

-Durante la noche son otras personas. Para ir a la corte de los milagros usan esa vestimenta negra. Pero nunca pudimos ver donde estaba ese lugar debido a que ellos se percataron y nos atacaron. Debo decir que son ágiles en las peleas pero son solo humanos comunes y corrientes. –respondió el sacerdote.

-Ya veo… solo debemos encontrar la corte de los milagros y San Gabriel arcángel se encargara de ellos. Luego los llevaremos a la orden franciscana para que cumplan su condena, como ordeno Su Santidad. –opino la hermana Esther, una joven de ojos azules y tez blanca. De mediana estatura.

-Esta bien, esta todo perfecto. ¿Qué les parece si nos dividimos la ciudad? Y la hermana Esther va con Marguerite, la hermana Mónica va con Emma y la hermana Ana va con el padre Camus. Yo debo regresar a la Iglesia pero cualquier informe que necesiten me lo piden ¿Les parece bien? –dijo el padre Jacques.

-Me parece perfecto. Entonces así haremos. –dijo Ana mientras Camus asentía.

-Muy bien. Entonces manos a la obra. Vayan a recorrer la ciudad. Y cuando terminan me dicen como les fue. Así decidimos que hacer. –ordeno la Madre Superiora.

-Si, Madre. –respondieron los presentes.

Salieron juntos del despacho y en la puerta del convento se separaron para comenzar con la investigación.

-Bien, Camus, a nosotros nos toca ir al mercado de Les Halles. Vamos no perdamos el tiempo. –dijo la hermana Ana mientras tironeaba del brazo al frío santo de acuario.

-Espera no te apures tanto. Me es difícil caminar libremente con esto. –respondió el.

-¿Con que? –se dio la vuelta ella confundida.

-Con la sotana. –respondió el sonrojado. La monja lo miro fijamente y comenzó a reír a carcajadas.

-No se ría, usted esta acostumbrada a usar un habito pero yo estoy acostumbrado a usar ropa cómoda. –refunfuño el santo de acuario mientras se soplaba los flequillos.

-Lo siento, lo siento. No me reiré otra vez. –dijo la monja para volver y mirarlo y reírse de nuevo. –Esta bien. Vámonos ya. –dijo ella mientras seguía caminando.

La monja y el santo de acuario, no disculpen, el padre Camus caminaron hasta el mercado y allí divisaron a muchas personas. Niños, adultos, ancianos. Y también muchos puestos.

-¿Ve a alguien sospechoso hermana? –pregunto Camus mientras trataba de buscar con la vista.

La hermana Ana cerró sus ojos y Camus pudo sentir un inmenso cosmos que se apoderaba de ella. Se giro y la miro sorprendido.

-Ahí están. –dijo mientras señalaba a dos ancianos encapuchados que pedían limosna.

-¿Segura? –pregunto Camus, ya que el no podía sentir nada y a simple vista no le parecía que dos simples ancianos sean de una secta.

-Si, segura. No son ancianos Camus. Son jóvenes disfrazados además puedo sentir algo maligno en ellos como cierta partícula maligna que impregna su ser. –respondió segura ella.

-Ah… ya veo. ¿Y que hacemos? –pregunto el santo.

-Nada… observarlos. –respondió ella mientras miraba unos puestos.

-¿Nada? ¿Sabes que son ellos y no harás nada? –pregunto el mientras la seguía.

-No puedo hacer nada a plena luz del día. No quiero que sepan que soy un arcángel. –respondió ella mientras miraba unas artesanías.

-Es verdad, tienes razón. –respondió Camus.

-Por eso los seguiremos falta poco para que anochezca. Quiero descubrir donde esta "la corte de los milagros" mientras esperamos comamos algo. –opino la monja mientras sacaba dinero de un bolsillo y compraba algo para comer. – ¿Quiere? – le ofreció a Camus.

-No, gracias. No tengo hambre. –respondió el amable.

-Usted se lo pierde. Por cierto Camus. ¿A que edad se fue de París? –pregunto curiosa la hermana Ana.

El santo la miro sorprendido ¿Por qué ella quería saber tanto sobre el?, sin embargo le respondió:

-A los seis años, el Gran Patriarca me llevo al Santuario para que yo me convierta en el Santo dorado de Acuario. Luego fui a Siberia a entrenar. Generalmente me encuentro viajando de Siberia al Santuario en Grecia. Nunca estoy en un solo lugar. –respondió secamente.

-Ah… ya veo, que interesante. Eras muy pequeño así que eres un "extranjero" aquí en tu tierra natal. Me recuerdas a Meursault (*), por lo de extranjero en su propia tierra. –dijo ella sonriente.

Camus la miro extrañado, no entendía que quería decir la monja. Pero había algo en ella que hacia que el se sintiera bien a su lado. Una especie de luz calida que la envolvía.

-¿Y usted? ¿A que edad se fue de aquí? –pregunto El, aunque todavía no sabia con que fin hablaba con ella.

-A los doce. El cardenal Jean Pierre Richelieu me llevo al Vaticano para presentarme a Su Santidad y para entrenarme. Pero yo regreso a Paris aunque sea una vez al año para exponer mis pinturas y trabajos artísticos y para ver a mi familia, aunque no lo crea somos muy unidos. –respondió ella sin perder su amabilidad.

-Ah… cierto que habías dicho que eras artista. –dijo el con una sonrisa.

Cuando el sol comenzó a bajar los dos ancianos se levantaron y comenzaron a caminar. La hermana Ana y Camus los siguieron sigilosamente sin que ellos se percataran. Los vieron llegar a un arrabal y allí quitarse los disfraces. Eran dos jóvenes de más o menos veinte años de cabellos negros y piel blanca los dos. Uno tenía el cabello largo hasta la cintura, el otro lo tenía corto.

Los observaron cuidadosamente y se sobresaltaron cuando los vieron que raptaban a una niña y a un niño que dormían en la calle. Y luego de hacer su fechoría comenzaron a hablar ente ellos:

-Ellos serán un buen obsequio para nuestro Señor. –dijo uno de ellos.

-Si. El estará muy complacido vayamos a la corte de los milagros. –dijo el otro.

Camus, enfadado, fue a abalanzarse sobre ellos para rescatar a los niños pero Ana lo detuvo.

-No. –susurro. –Dejemos que nos lleven a la corte de los milagros. Luego salvaremos a los niños.

-¿Pero? No podemos. –respondió El.

-No tenemos opción. Dejemos que se vayan. –dijo ella mientras comenzaba a seguirlos. Camus, no muy de acuerdo asintió, y los siguió junto con la monja.

Ellos dieron muchas vueltas por el barrio y de vez en cuando miraban hacia atrás para ver si alguien los seguía. Pero en ningún momento se percataron de que Ana y Camus iban tras ellos.

Se detuvieron en el cementerio y entraron en una cripta. Ana y Camus grabaron muy bien en sus mentes el lugar.

-Bien vámonos a decirle a La Madre Superiora y al padre Jaques que encontramos el lugar. –dijo ella mientras se daba la vuelta pero Camus la detuvo tomándola del hombro.

-No. ¿Y los niños? Seguramente los ofrecerán como sacrificio. Déjame entrar a salvarlos. –opino el.

-Pero si se percatan de que los seguimos pueden cambiar de lugar. –dijo ella.

-Déjame ir a salvarlos, te prometo que no se percataran. –insistió muy seguro el santo.

Ana suspiro y lo miro fijamente:

-Esta bien. Te esperare aquí. Pero no cometas una bobería por favor.

-No te preocupes, ni se percataran que entre. –sonrío el santo mientras se iba.

La hermana Ana lo espero alrededor de diez minutos y en seguida lo vio venir con los dos niños dormidos en sus brazos.

-Como prometí ni se dieron cuenta. –dijo Camus.

-Después me cuenta como fue que lo logro. Ahora vámonos antes de que se den percaten. –dijo ella mientras los dos salían corriendo.

Ambos llegaron al hotel, eran alrededor de las dos de la madrugada, mientras hablaban estaban en el cuarto de la hermana Ana.

-Estoy exhausta. Dígame Camus ¿Cómo fue que no se percataron de que salvo a los niños? –pregunto curiosa y asombrada la monja.

-Bueno para empezar soy más rápido que ellos y además estaban los niños solos en la cripta, primero entraron ellos solos. Se ve que la famosa "corte de los milagros" no esta en esa cripta. Sino en las catacumbas. –respondió Camus mientras ponía a los niños en la cama de la hermana Ana.

-Menos mal que no se percataron de su presencia. –dijo ella aliviada.

-¿Qué hacemos con los niños? ¿Los llevamos a un orfanato? –pregunto Camus.

-Tengo una idea mejor para ellos. Los llevare al Vaticano cuando regresemos. –respondió con una sonrisa Ana.

Camus la miro sorprendido y pregunto:

-¿Los harás sacerdote y monja?

-No. Los llevare al orfanato que esta a cargo de mi Superiora María Sforza. –respondió ella sin dejar que su sonrisa desaparezca.

Camus la miro todavía mas sorprendido y agrego:

-¿La Madre Superiora tiene un orfanato?

-Si, y esta a cargo de nosotros siete. Cada uno de nosotros educamos a los niños en las especialidades en las que nos doctoramos cada uno. Por ejemplo el padre Franco tiene, a parte de su doctorado en teología uno en derecho. Y les enseña eso y otra cosas más y yo les hablo sobre arte y tengo un pequeño taller en el cual los niños se expresan libremente en la pintura y el arte. Quiero llevar a estos niños a ese orfanato en particular, además podré hacerme cargo de ellos personalmente. –respondió ella muy complacida.

El santo de acuario la miro sorprendido pero finalmente sonrío y asintió.

-Bien ahora hagamos los siguiente, como es tarde no podemos ir al convento a avisarle a la Superiora Agnes sobre lo que vimos, así que vayamos a descansar y mañana temprano iremos al convento. ¿Qué le parece? –dijo ella.

-Me parece bien. Hagamos así. ¿Y los niños? –pregunto Camus algo cansado.

-Bueno… visto y considerando que son una niña y un niño hagamos lo siguiente. Que el niño vaya a dormir con usted a su habitación y que la pequeña se quede conmigo en mi habitación. Cuando despierte le diré que su hermano o lo que sea esta con un amigo mío. ¿Le parece bien? –pregunto ella mientras bostezaba.

Camus puso cara de "No soy niñero de nadie" pero como la monja lo miraba fijamente y con una expresión que parecía decir "Le pregunte solo por cortesía haremos lo que yo digo" acepto y se llevo al pequeño niño (que no superaría los tres años) a su habitación.

Lo recostó en su cama y formo una barrera con las almohadas dividiendo la cama en dos. Y se acostó de su lado quedándose profundamente dormido.

Pero el llanto de un pequeño lo despertó a las ocho de la mañana. El santo dorado dio respingo al escucharlo:

-¿Qué te pasa? No llores. –pregunto aun dormido.

-¡¡Wuaa!! ¡Quiero a mi hermana! –gritaba en niño.

-Tú hermana esta bien, esta con la hermana Ana. ¿Quieres ir a verla? –pregunto el santo confundido y tratando de calmarlo.

El pequeño salio corriendo de la habitación con Camus detrás suyo pero al abrir la puerta se choco con una mujer de hábito negro.

-Buen día Alex. ¿Dormiste bien? –pregunto con dulzura la hermana Ana.

El pequeño la miro sorprendido y no respondió. Pero justo vio que detrás de la monja una niña de unos seis años se le acercaba.

-¡Alice! –exclamo el pequeño mientras ambos hermanos se abrazaban.

Camus y la hermana Ana sonrieron los dos complacidos.

-Hermana Ana… tengo mucha hambre. –dijo Alice. Ana sonrío y le respondió:

-Muy bien. Síganme hasta el comedor del hotel.

Los pequeños los siguieron y allí les sirvieron el desayuno. Comieron muy bien mientras que Camus y Ana se sentaban junto a ellos.

-¿Qué hacían solos de noche en el arrabal? –pregunto Camus.

-No tenemos padres así que vivimos en las calles. –respondió secamente la niña mientras devoraba un pedazo de pan.

-¿Qué ocurrió con ellos? –pregunto la hermana Ana.

-Mi madre murió y a mi padre nunca lo conocimos. –respondió la niña.

Ana suspiro mientras que Camus la miro comprensivo.

-Bueno haremos lo siguiente ¿Les gustaría ir conmigo y Camus al Vaticano? –pregunto animada la monja.

Los niños la miraron sin comprender pero sonrieron y:

-¡Si! Si nosotros no tenemos a donde ir. Me gustaría ir con usted hermana Ana. –respondió la pequeña mientras abrazaba a la monja.

Ana asintió complacida pero antes les dijo algo más.

-Nosotros estamos en una misión que nos encomendó la Madre Superiora de la Santa Sede. En cuanto terminemos volveremos a Roma. Antes de eso me gustaría dejarlos con una persona que se que los cuidaría bien antes de que nosotros terminemos la misión. –dijo Ana mientras los pequeños asentían.

Y esa persona era el padre Jacques. Quien muy gustoso acepto cuidarlos hasta que la monja y Camus terminaran la misión. Después de dejar a los niños con el sacerdote se dirigieron al convento donde los esperaba la Madre Superiora, Agnes.

-Ya veo así que la famosa "corte de los milagros" se encuentra en las catacumbas de Paris. –dijo la Madre Superiora mientras las monjas y Camus asentían. –Bien entonces yo me encargare de hablar con María Sforza y comunicárselo.

-Y ahora que los sabemos ¿Qué haremos? –pregunto la hermana Esther.

-Creo que lo mejor es ir y capturarlos, antes de que se percaten de que lo sabemos. Mi plan seria el siguiente: hermana Ana considerando que usted es la reencarnación de San Gabriel vaya usted, junto con el padre Camus, a capturar a esos jóvenes. Tus poderes serán de gran ayuda. –ordeno la Madre Superiora.

Las mojas le dirigieron una mirada a Camus y a Ana mientras ellos dos asentían.

-Irán esta noche a la madrugada. Los atacaran cuando estén todos juntos. No podemos permitir que sigan ayudando a los demonios en especial sabiendo que ellos ahora están sueltos. –ordeno la Madre Superiora.

-Tiene razón Madre. Esta misma noche atacaremos. –respondió con seguridad Ana.

Cuando salieron del convento fueron al hotel a descansar. Pero al salir para enfrentarse a la "corte de los milagros" Camus noto a Ana algo sumisa.

-¿Ocurre algo? –pregunto secamente el santo dorado.

-No… es solo que tengo un mal presentimiento. –respondió ella sumisa.

Llegaron al cementerio y antes de entrar Camus vistió su armadura dorada de acuario. Ana lo miro sorprendida y le indico que con cuidado y recato entraran a la cripta. Pero Camus se asombro cuando tuvieron que bajar por las catacumbas subterráneas ya que la monja quedo paralizada antes de bajar.

-Hermana Ana venga. Hay que bajar. –dijo Camus mientras le tendía la mano.

El hedor desde donde estaban era insoportable y Ana se negó a bajar.

-Vaya usted, es un santo muy fuerte si me necesita grite que yo bajare. –respondió tratando de contener la respiración.

-Ah no. Eso si que no. Nos enviaron juntos y usted vendrá conmigo. –dijo el santo mientras la cargaba en su hombro como si la monja fuera una bolsa de papas.

-Pero que falta de respeto. Le ordeno que me baje ahora mismo. –ordeno ella enojada.

Camus hizo caso omiso y bajo hasta las catacumbas, llenas de hedor, cuerpos en estado de putrefacción y unas extrañas marcas con pintura roja en las paredes.

-No se queje hermana Ana. Por lo menos no tiene que poner sus delicados pies en esta agua sucia. –respondió Camus mientras trataba de alumbrar con una linterna y con la otra mano sostenía a la monja.

-¿Sabe que esto es una falta de respeto? Soy una monja de la Santa Sede. Y…

-Deja de quejarte Ana… digo Hermana Ana. Considérelo como una buena acción de parte mía. –dijo el santo de acuario mientras sonreía divertido para si al escuchar refunfuñar a la monja.

-Esto es asqueroso ¿Cómo pueden reunirse aquí? –comento ella.

-Bueno supongo que debe ser un sitio perfecto para poder invocar al diablo. –respondió Camus mientras veía que había cuerpos que no estaban tan descompuestos.

-¿Usted también lo noto Camus? –pregunto con un tono oscuro la hermana Ana.

-Si, las marcas rojas en la paredes y hay cuerpos que no deben tener más de una semana de muertos. Talvez ellos…

-Si. Ellos fueron sacrificados para nuestro señor. Ese era el mismo destino de los niños que nos robaron. –dijo una potente voz que pertenecía a un hombre de unos cuarenta años que los interceptaba en el camino.

Camus se detuvo en seco y diviso que detrás de aquel hombre habría unas treinta personas. Todas vestidas de negro y armadas. Cuidadosamente bajo a la monja y se puso en guardia para luchar.

-Veo que nos han descubierto. No me puedo quejar ya que ustedes son muy fuertes ¿Verdad? –dijo el hombre con tono maligno.

-Ana ¿siente algo? –pregunto Camus.

-No. ellos son personas sin ningún tipo de poder. –respondió ella segura.

Las personas se abalanzaron sobre ellos pero con un destello del cosmos de Camus fueron arrojadas lejos. El santo con su poder hizo una prisión de hielo en donde quedaron atrapadas las personas.

-Recuerda no los mates. Tenemos otras intenciones para ellos. –lo detuvo Ana.

Camus la miro fijamente sin comprender como podían perdonar las fechorías que habían hecho. Habían sacrificado personas inocentes para beneficio del diablo y la Iglesia los mandaría a conventos clausura. Sin embargo el santo asintió.

-Siempre eres tan bueno Gabriel. Siguiendo al pie de la letra las ordenes de Papi. –dijo una siniestra y grave voz.

La monja palideció al ver quien se acercaba. Alas negras, cuernos en la cabeza y aspecto de un joven de veinticinco años. Ojos rojos como la sangre y mirada asesina y escrutadora.

-Belcebú… –susurro la monja mientras Camus la miraba con sorpresa.

-Gabriel has reencarnado en una bella mujer. Hace tanto tiempo que no nos veíamos. ¿No me has extrañado? –pregunto irónico el demonio.

-No. la verdad no te he extrañado. –respondió ella sin inmutarse.

El diablo sonrío pérfido y ataco a Camus. Un enorme, poderoso y catastrófico cosmos oscuro invadió al santo y lo arrojo contra una de las paredes mientras su mano apretaba el cuello del santo de acuario.

-¡Basta! –intervino Ana mientras se ubicándose entre el santo y Belcebú. –Es hora de que tú y yo nos enfrentemos otra vez. Deja a Camus en paz. Tu pelea es conmigo.

Luego de decir eso toda la catacumba fue invadida por una luz divina. Que salía del cuerpo de la monja. Dando lugar al cuerpo de un arcángel. Alas grandes y blancas, cabello largo y castaño, vestido blanco y una armadura dorada que cubría sus brazos, su tórax y parte de sus piernas en forma de botas doradas.

Camus quedo boquiabierto al sentir semejante poder y al ver semejante belleza.

El demonio comenzó a reír como un loco de excitado mientras el arcángel curaba las heridas de Camus.

-Déjame a mí a Belcebú. –ordeno San Gabriel Arcángel. Ya no era la hermana Ana.

-¡Vamos Gabriel! ¡Veamos si puedes vencerme! ¡Enjambre Maligno! –grito el demonio mientras miles y miles de moscas y avispas salían de el.

San Gabriel no se inmuto y cerrando sus ojos pronuncio el nombre de su técnica.

-Onda vital. –dijo mientras una barrera de luz acaba con la técnica de Belcebú que reía excitadamente.

-¡Gabriel no has cambiado nada! Veamos que tal sigues en la batalla cuerpo a cuerpo. –dijo el demonio mientras atacaba al arcángel.

Un golpe directo y San Gabriel lo esquivo dándole un fuerte golpe en el estomago al diablo. Sin embargo el tomo el brazo de Gabriel e intento golpearlo en un intento fallido porque el arcángel se teletransporto lejos.

-Siempre has sido muy ingenuo Belcebú. –dijo el Arcángel mientras un arco salía de su brazo izquierdo. –Ya es tiempo de que acabe contigo ¡Flecha celestial! –grito mientras lanzaba una flecha dorada hacia el demonio.

Belcebú la esquivo pero la flecha se le clavo en la pierna, en el muslo derecho.

-¡Maldito! ¿Cómo lo has hecho? –pregunto el demonio tratando de sacarse la flecha.

-Es obvio. La flecha siempre encuentra su destino no importa cuanto huya. –respondió tranquilo el arcángel.

El demonio estaba enfurecido pero sabía muy bien que este no era el momento para acabar con Gabriel, ya que la batalla final se acercaba. Faltaba muy poco, solo tendría que esperar y Gabriel seria suyo.

-Veo que no has cambiado a pesar de haber reencarnado en una mujer. Te dejare vivir por el momento, ya que falta muy poco para que los dos se enfrenten. Me refiero a los dos príncipes. –dijo con una mirada maliciosa. –Hasta la batalla final, Gabriel, no te olvides que eres mío. –se despidió Belcebú desapareciendo.

San Gabriel se dirigió a las personas que aun permanecían encerradas en la prisión de Camus que lo miraban aterrorizados.

-Han ofendido a Nuestro Padre y El se encuentras muy dolido. Por eso me ha enviado a mí y a mis seis compañeros. Por eso yo, San Gabriel, en nombre de mi Padre, los enviare a cumplir con la segunda oportunidad que este les da. –dijo el Arcángel mientras una luz envolvía a las personas. – ¡Vayan! ¡Purguen sus pecados con los monjes y monjas hijos del Señor! Y que el Señor los bendiga en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Las personas desaparecieron y fueron entregadas a los conventos clausura. No faltaba ninguno. Ahora Lucifer ya no tenía seguidores entre los humanos.

El arcángel se dirigió a Camus y le tendió la mano para ayudarlo a levantarse. El santo de acuario permanecía mudo y con sus ojos abiertos aun.

-Esta es mi verdadera forma. Vamos Camus no me temas. –dijo con dulzura el arcángel.

Camus tomo la mano del arcángel y se levanto. Salieron de las catacumbas y en la cripta San Gabriel volvió a ser la hermana Ana.

Regresaron al convento sin decir una palabra. Hasta que hablaron con la Madre Superiora.

-¡Perfecto! Los felicito a ambos. No podía esperar menos de ti San Gabriel. –dijo la Madre Superiora mientras abrazaba a la hermana Ana. –Ahora podemos estar más tranquilos. Ya mismo llamare a la Superiora Sforza para contarle.

Ana sonrío complacida y agregó:

-Entonces si ya esta cumplida nuestra misión regresaremos al Vaticano. Puede que mi Superiora María nos necesite. Muchas gracias por todo Madre Agnes. –dijo Ana.

-No me agradezcas. Gracias a ustedes. –respondió feliz la Madre Superiora.

Camus y Ana se despidieron de las monjas y decidieron ir a Notre Dame a buscar a los niños que estaban con el padre Jacques pero hermana Ana quería hacer una parada antes.

-¿Sabe algo Camus? Yo iré a saludar a mi familia si quiere usted puede esperarme con el padre Jacques. Y de paso le devuelve su sotana. –dijo Ana con amabilidad.

-Buena idea, estaré en Notre Dame esperándola, Hermana Ana. –respondió El secamente.

-¡Espere! ¿Esta bien? Se que puede ser algo difícil estar cerca de un arcángel cuando estos muestran su verdadera forma. –opino ella preocupada.

-Estoy bien. Pero ¿son todos así de poderosos? –pregunto preocupado.

-Si, pero el poder de San Miguel es diferente al mío. Es mucho más poderoso. No te olvides que es el príncipe de la milicia celestial. Bueno me voy. Nos vemos después Camus. –se despidió ella mientras Camus se dirigía a Notre Dame.

Pasadas unas horas la hermana Ana llego a la Catedral y encontró allí a Camus y a los dos niños ansiosos por ir a la Santa Sede.

Ana había sacado los pasajes para tomar el vuelo al otro día en la mañana y había avisado a María sobre la misión y sobre los niños que irían al orfanato. María los acepto muy gustosa. Salieron temprano a la mañana y tomaron el avión. Ya sentados los niños le preguntaban a Ana como era el Vaticano.

-¿Es verdad que esta todo lleno de oro? –pregunto Alice

-¿Es verdad que el Papa es muy bueno? –pregunto Alex.

-Si, es verdad. Les encantara el Vaticano y talvez si tienen suerte, podré presentarles a Su Santidad. –dijo Ana mientras los niños ponían caras felices.

Pero la cara de Camus no era feliz precisamente. Parecía que todavía le duraba el Shock por haber visto al Arcángel y a Belcebú.

-Camus cambie esa cara. Los niños van a preocuparse por usted. –comento Ana mientras hablaba bajito.

Camus pareció despertar de un trance y le respondió:

-Si tiene razón hermana Ana. Solo pensaba no se preocupe. ¿Qué quiso decir Belcebú cuando dijo que la batalla final se acercaba? –pregunto El cansado.

-No se. Talvez Lucifer ira a buscar lo que le pertenece. Pero yo no tengo miedo. San Miguel es muy poderoso. Lucifer nunca podrá hacer nada contra su poder. No se preocupe Camus. –dijo ella con dulzura.

-No me preocupo. Solo pensaba, ahora solo nos resta esperar. –respondió el mientras miraba por la ventana del avión sumido en sus pensamientos.


N/A: (*) Mersault es el personaje principal de la novela "El extranjero" de Albert Camus. Ana quiso decir que Camus por su apariencia despreocupada y fría le recordaba a este singular personaje.

Muchas gracias por leer mi fic, ojala les haya gustado el capitulo y espero sus reviews ;) muchas gracias. Nos leemos pronto =)