Four seasons: Winter has come

Todo empezó con un estornudo.

Cada invierno la gripe se extendía como la pólvora, especialmente entre niños, ancianos o personas con un débil sistema inmunitario. Había que tener el termómetro y las aspirinas preparadas por si acaso. Y, si la cosa empeoraba, acudir al médico para evitar tragedias.

Mikasa Ackerman se consideraba a sí misma una persona fuerte. Podía contar con los dedos de una mano, y no los necesitaría todos, las veces que había estado enferma a lo largo de sus dieciséis años. Se había caído mil veces montando en bicicleta, o corriendo, pero jamás se había roto un hueso. Ni una pequeña fractura. Mientras todos sus compañeros no dejaban de estornudar, sonarse y echar de todo por la napia, ella estaba perfectamente. Estaba sana como una manzana y escéptica de que su condición fuera a cambiar.

Estaba.

Quizás le echaron mal de ojo. Hum, o tal vez al cortarse un poco el pelo la semana pasada le ocurrió lo mismo que a Sansón: perdió su fuerza y se debilitó.

Había comenzado a estornudar, tenía la frente tan caliente que se podría freír un huevo en ella, estaba intensamente cansada y tenía dolores. Grisha Jaeger, como su tutor y médico de la familia, se sorprendió ante todos estos síntomas descritos por una Mikasa a la que le costaba hasta hablar. Tenía 38'7 C de fiebre, eso marcaba el termómetro. El doctor Jaeger llegó a la conclusión de que tenía gripe.

Gripe no, gripazo.

Jesucristo, si le dolían hasta los ojos al lateralizar la mirada.

No necesitó que Carla la obligara a meterse en la cama: ya lo hizo ella misma. Durante el primer día, le resultaba una difícil tarea mantenerse en pie, sus piernas a penas tenían fuerza. Así que, la única opción factible en aquella circunstancia gripal, era meterse bajo las sábanas e intentar mantener el tipo. Nopodía (tampoco la iban a dejar) ir al instituto, no podía estudiar, no podía leer y mucho menos ver la pantalla del móvil sin sentir que se mareaba y que mil martillos le golpeaban la cabeza.

Pero lo peor, era esa olor a... a... a algo cuyo nombre desconocía. Un aroma muy extraño que captaba su nariz desde el momento en el que se puso mala.

O la cefalea fija instalada en su cabeza.

Mikasa, abatida sobre su lecho, pensaba en un poco de todo: que a lo mejor iba a estirar la pata y esa gripe era su billete de ida. Pero lo que más la molestaba, era la idea de irse al otro barrio sin haberle roto los dientes a su profesor de educación física, el enano con su mismo apellido al que llamaban Levi.

Sonrió débilmente ante la idea de partirle la cara de una patada de kick boxing.

—¿Por qué sonríes?

Mikasa giró la cabeza, sólo para ver la figura de Eren Jaeger en el umbral de la puerta de su cuarto. Hay que ver qué ojo tenía el chico, oye, la había pillado fantaseando.

El muchacho avanzó con un vaso de leche humeante, con una pajita y todo, por si la enfermedad la había vuelto tan senil como para no poder beber directamente. Asió el recipiente, llevando los labios hacia la puñetera pajita para sorber. El líquido caliente se deslizó por su garganta.

—La inexpugnable Mikasa Ackerman al fin ha pescado una gripe —comentó Eren sentado en el lado de la cama— ¿Cómo estás?

—Bien —respondió encogiéndose de hombros.

Eren le tocó la frente con la palma de su mano derecha, causando que ella dejara de beber. Estaba caliente.

—¿Seguro?

—Bueno, he estado mejor —contestó con la voz tomada—. No deberías estar aquí mucho, te vas a contagiar.

—No —Eren, viendo que había liquidado la leche con rapidez, le quitó el vaso y lo colocó en la mesita de noche—. Mi madre ha ido a ver al tío Hannes, así que yo debo hacerme cargo de ti.

Mikasa entrecerró los ojos. Ja, podía estar febril, delirando y con un trancazo del quince, pero no perdía la capacidad de leer entre líneas.

—Eso es una excusa para no hacer los deberes.

Eren, sintiéndose descubierto, se dispuso a defenderse:

—¡Es que los problemas de matemáticas son imposibles, hasta Armin dice que son un poco difíciles! —Mikasa arqueó las cejas ante tal declaración. Si Armin Arlet, presidente del club de álgebra, lo decía, tenía que ser cierto—. Creo que ni tú sabrías hacerlos...

—Trae el libro de matemáticas ahora mismo y lo comprobamos —pidió.

—Eh, vamos, no te piques —dijo él divertido—. Estás mala, si ves esos problemas, te pondrás peor, créeme. A mí me han dado arcadas al verlos.

Llevaba dos días sin ir a clase, y parecía que los profesores aprovechaban su ausencia para mandar actividades que producían síntomas de embarazo de alto riesgo. Bah, no podían ser tan difíciles, pensaba. Lo que sucedía es que contaba con unos amigos muy exagerados.

Ya tendría tiempo de echarle una ojeadita al libro.

Pero de momento...

—Oye, ¿qué haces? —se escandalizó él.

—Levantarme —Mikasa, ignorando como pocas veces hacía a su mejor amigo, puso un pie en el frío suelo. Aún continuaba teniendo dolorida en las articulaciones, especialmente en las rodillas, y en la musculatura. También estaba un poco somnolienta. Pero nada que no pudiese controlar, es más, ni siquiera lo clasificaría como un dolor, sino como una pequeña molestia—. Tengo que ir al baño.

¿Tal vez Eren pensaba que la gripe anulaba la vejiga?

A ver, el chaval no era muy listo, pero...

—Eren... ¡¿qué haces?! —Y ahí estaba ella, levantando la voz, cosa que tampoco solía ocurrir.

Mikasa Ackerman era una persona que controlaba perfectamente sus reacciones. Una gran habilidad, ciertamente. Sin embargo, cuando el brazo izquierdo de Eren se deslizó por su espalda y el derecho por debajo de sus rodillas, no supo a dónde mirar. Instintivamente, para no caerse, rodeó el cuello del muchacho con sus finos brazos. No se atrevía a levantar la mirada, no se atrevía a mirarlo a lo ojos. Nooo.

Creía que la fiebre le estaba subiendo, pues sintió que el rostro le ardía.

¿Desde cuándo Eren poseía tanta fuerza en los brazos? ¿Es que estaba haciendo pesas en secreto? ¿Jugar en el equipo de baloncesto del instituto (entrenado por Levi) era el causante de tal vigor? ¡Vaya con el deporte!

—¿A ti qué te parece que hago? Llevarte, claro está. Es mejor que no andes mucho.

—Pero no es necesario que... No hace falta... —Nada, que era incapaz de encararlo. Jodeeer. ¡El tío la estaba poniendo extremadamente nerviosa, el corazón le iba a mil! Y para colmo, sentía un montón de mariposas revoloteándole en el estómago.

Síntomas gripales no eran.

¿De verdad iba a llevarla cuan heroico caballero a una dama en apuros? Pues sí. Durante el cortísimo trayecto de su habitación hasta la puerta del baño, trayecto que podría haber recorrido sin ningún inconveniente, mantuvo la vista desviada lejos de la de Eren. Una vez en el destino, y en tierra firme, no tardó en meterse al servicio y cerrar la puerta de un portazo. Y echó el pestillo.

Se apalancó contra la puerta, su corazón calmándose. Más o menos. Tuvo que echarse unos cuántos manotazos de agua en la cara para calmarse. ¡¿Qué diantres acababa de suceder?! Eren, ese muchacho impredecible... En qué demonios estaría pensando para...

Mikasa, tras sacudir la cabeza para alejar ciertos pensamientos, se sentó en el escusado a hacer lo que nadie podía hacer por ella. Necesidades fisiológicas. Después de un ratillo, la cisterna sonó y la chica, esperando que Eren se hubiera largado a jugar a la play o a cualquier otra cosa, entreabrió la puerta, observando por el pequeño resquicio. Ahí estaba el chico de cabellera chocolate y ojos turquesas, apostado como un centinela.

¿Otra vez iba a...?

Eren, al verla abrir la puerta, se intentó acercar.

—Ah, por fin sa—

—No —Mikasa, rotunda, alargó su brazo con firmeza, mostrándole la palma.

—¿No qué?

—Que no hace falta que me lleves. Eren, sólo tengo la gripe, ¿de acuerdo? Puedo moverme perfectamente.

—¡Encima de que me preocupo por ti! ¿Por qué no quieres que te lleve, eh?

Hubo silencio. Mikasa no sabía qué responder, ciertamente. No había nada de malo en que la cargara entre sus brazos... No, absolutamente nada. No podía rebatirlo. Por primera vez en su vida, Eren le había hecho un jaque mate.

—Porque no.

Él se acercó a ella. Ella retrocedió. Eren, viendo que Mikasa estaba cada vez más colorada, le volvió a poner una mano en la frente.

—¡Estás ardiendo! —exclamó—. Voy a por paños húmedos. Métete en la cama ahora mismo.

Y obedeció. Unos minutos después, Eren apareció con una palangana y paños.

El chico introdujo la tela en el agua tibia, mojándola y escurriéndola. Colocó el paño húmedo en la frente de ella, remojándolo cada dos por tres cuando éste comenzaba a secarse. También lo deslizó por su cuello, frotando la piel con suma delicadeza. Mikasa entreabrió los labios, dejando escapar un suspiro de alivio.

Carla solía hacerle aquello cuando él era pequeño (ya no, por su orgullo de adolescente). Contribuía a mitigar la fiebre y ayudaba a reducir la congestión nasal, entre otras cosas.

A Mikasa, la sensación se le hizo muy agradable. Sus párpados ya no podían mantenerse separados, y Morfeo estaba llamando a su puerta con insistencia. Eren continuó durante... ¿diez? ¿veinte minutos? La muchacha ya había perdido la noción del tiempo. De lo único que era consciente, era de las manos de él poniendo y retirando el pañuelo de su frente, remojando y deslizándolo por su cuello en una caricia indirecta.

Pero esas estúpidas mariposas estomacales... ¡no cedían!

—Eren —Tosió—. Es mejor que te vayas, podrías contagiarte...

—Calla y duerme —dijo él con suavidad, pero firme—. En vez de preocuparte por mí, déjame cuidarte por una vez.

Eren, fiel a su sentencia, no se despegó de ella hasta que no cayó dormida. Sonrió al otear el rostro sereno y apacible de Mikasa, sus mejillas coloreadas de un rojo discreto. Antes de levantarse de la cama, se inclinó y depositó un casto beso en la frente ajena, manteniendo sus labios ahí durante unos segundos.

—Descansa, Mikasa.

*

Estaba yo aburrida y nació esto.