Suspirando, se gira y recorre velozmente la distancia que le separa de la entrada. Allí encuentra al chófer, al cual le indica las nuevas órdenes, marchándose a por el coche. El alivio dura poco debido a la voz de un hombre, a sus espaldas.

H: ¿Tratando de escabullirte sin decir adiós? –Sarah se gira hacia él, con la misma melancolía que siente desde esta mañana-.
S: Preferiría decir suerte. –Responde, ahogando así un sollozo-.
H: Suerte. –Sonríe, tristemente-. Ha sido un verdadero placer conocerte, Sarah.
S: Comandante… -Suspira-. Harm. Sé que te sentirás traicionado pero… hay tantas cosas que me gustaría decirte… pero, no encuentro las palabras.
H: No… -Dice, apartando la mirada-. No lo hagas, no importa. Puede que no me guste que regreses, pero… me alegro. Por ti. Tendrás ganas de volver a tu país. Además, siempre podrás volver cuando quieras.
S: Me gustaría.
H: ¿De verdad? –Pregunta, volviendo a mirarla. Ella asiente-. Eso es porque eres masoquista. –Los dos se ríen. Ahora es ella al que aparta la mirada, intentando contener las lágrimas-. No llores, Sarah. Por favor… ¿Qué pensarían si ven llorar a una princesa?
S: No me importa. –Sentencia-. ¿Permiso para abrazar al comandante?
H: Claro. –Sonríe, mientras observa a su alrededor-. Permiso concedido. –Se aferra a su cuello, pegando su cuerpo al de él-.
S: Ven conmigo, Harm. –Le susurra, al lado del oído-. Acompáñame esta noche, por favor.
H: Sabes que me gustaría, pero eso no es posible. –Suspira-. Ya no tengo que volver a la embajada. Me llevé mis cosas al medio día.
S: ¿Por qué?
H: Tú padre me lo ordenó. –Escucha el motor del coche, y se separa. Cuando lo divisa, intenta sonreír, logrando una mueca-. Su carruaje está listo, alteza.
S: Siempre le recordaré, comandante. Gracias por estos magníficos días.
H: Lo mismo digo, alteza.

Sin impedirlo, Harm observa como la mujer a la que más ha querido, y de la que continúa perdidamente enamorado monta en el coche, y se aleja despacio del lugar. Cuando ya pierde de vista el vehículo, gira sobre si mismo y se dirige de nuevo al salón. Al llegar, se despide de la mujer que le esperaba para bailar y toma asiento en el mismo sitio, donde había cenado.

Se queda mirando a todas las parejas bailar. El almirante Chegwidden, Meg,… No pasa por alto ningún detalle de todo lo que hay a su alrededor. Así, con la mirada perdida, recuerda los días pasados con Sarah. El día que la conoció, su primer intercambio de palabras,… las mutuas confesiones que realizaron al otro… Tan ensimismado esta en sus cosas, que da un bote en su asiento al ser sorprendido por la voz del presidente de Turquía.

Ah: ¿Cansado, comandante?
H: Señor…
Ah: Perdóneme si le he asustado. –Sonríe, comprensivo-. ¿Puedo sentarme?
H: Por su puesto. –El hombre retira la silla y se sienta-.
Ah: Entonces… ¿Ya se cansó de bailar? –Harm sonríe-. Le entiendo. Ha estado muy solicitado.
H: Demasiado, diría yo.
Ah: Lleva razón. –Le devuelve la sonrisa-. ¿Sabe? Pensé que mi hija le pediría todos los bailes. Pero, para la única vez en la que podría disfrutar, se siente indispuesta.
H: Suele ocurrir, señor.
Ah: Lo sé. ¿Puedo preguntarle algo? –Harm asiente-. ¿Qué relación tiene con mi hija?

-: Ya hemos llegado, alteza. –Responde el joven Hasiff, aparcando el coche frente a la puerta de la embajada-.
S: Gracias por traerme. –Sonríe, sincera-.
-: Es mi deber.

Sarah se baja del coche y camina hacia el interior. Saluda a los guardias y a algún miembro más del personal, mientras avanza rápidamente hacia su habitación. Una vez allí, se quita el vestido, lanzándolo furiosamente contra la silla. Sin poder soportarlo más, se deja caer en la cama, dando vía libre a las lágrimas.

Así pasa más de diez minutos, hasta que el ruido del teléfono la obliga a levantarse. Sin ánimo, avanza hacia el aparato, contestando en árabe.

S: Diga.
-: Hola, cariño.
S: ¡Mamá! ¡Qué alegría escucharte! ¿Cómo estás?
-: Estoy muy bien, cielo. ¿Y tú? Ha escuchado en las noticias tu discurso, pero no se te veía muy alegre.
S: No es nada.
-: Eso díselo a tu padre, Sarah Macní Tayyip. –Le espeta, desde el otro lado del teléfono-. Puedo ver tu cara desde aquí. –Suspira-. Cuéntame, cariño. ¿Qué tienes?
S: Está bien. –Responde, resignada-. Creo que estoy enamorada.
-: ¿De verdad?
S: Si.
-: ¡Oh! ¡Y yo aquí en casa, perdiéndomelo! –Dramatiza-. ¿Es guapo?
S: ¡¡Mamá!!
-: Sarah… creo que tienes edad suficiente para hablar de esas cosas conmigo. Y por tu padre no te preocupes. Sabes que le quiero con locura.
S: Bueno… -Sonríe-. Es muy guapo, mamá.
-: Pero…
S: Es americano. –Comienza a sollozar-. ¡Oh, madre! ¿No puedes hablar con mi padre y que me permita quedarme aquí?
-: Sabes que él quiere que tú gobiernes.
S: ¡Pero yo no lo quiero! Ese es su deseo, no el mío. Por favor…
-: ¿Lo has intentado tú? –Pregunta, dulcemente-.
S: No. Pero intenté que le situara con nosotros en la mesa y no me hizo caso. ¿Por qué me lo iba a hacer ahora?
-: ¿Y él?
S: ¿Él? ¿Él quien?
-: Tú americano. ¿Por qué no le pides que venga contigo? Si realmente te ama dejará todo por ti.
S: No puedo pedirle eso, mamá. No me merezco que termine con su carrera en la marina por mí. No merezco su renuncia. Es feliz con su trabajo. Es feliz en su tierra, en su país. No puedo arrancarle de todo eso. –Al notar que su madre guarda silencio, continúa-. Mamá, si le vieras con su uniforme blanco y esas alas doradas. –Sonríe-.
-: Ay, cariño… Caíste enamorada nada más verle.
S: Creo que sí.
-: Mira. Habla con él y pregúntale, tesoro. Pregúntale si dejaría todo por ti.
S: ¿Y si me responde que no? ¿Qué haría yo, mamá? Me moriría en ese mismo momento.