Abrió los ojos con pesadumbre, parpadeó varias veces tratando de despabilar sus sentidos, observó a su alrededor: se encontraba en su cabaña y por el color de los rayos del sol que se colaba por las ventanas adivinó que sólo había dormido una o dos horas. Cuando fue consciente de su propia existencia se dio cuenta que se encontraba entre los brazos de InuYasha quien respiraba lento y con calma, estaba profundamente dormido. Trató de incorporarse lentamente haciendo el menor ruido posible pero inmediatamente sintió la mano de InuYasha posada en su cadera sujetarle con fuerza, alzó la mirada y se encontró con la de su esposo quién la veía sólo con un ojo entreabierto y arqueando una ceja, preguntándole con su gesto qué carajos estaba haciendo, ella sólo se limitó a sonreír curvando sus labios.

—Debemos levantarnos, aún hay mucho qué hacer —susurró sin bajar su sonrisa, InuYasha refunfuñó con desgana pero quitó la mano de su cadera para dejarla levantarse. Una vez de pie observó sus manos al igual que su ropa: estaba llena de barro y sangre seca, necesitaba un asearse, definitivamente.

Caminó fuera de su cabaña, ubicó justo a un lado un enorme jarrón lleno de agua limpia, se acercó a él y, con ayuda de un pequeño cuenco, lavó sus manos incluyendo sus brazos y codos. Por instinto llevó sus manos ahora limpias a su rostro pudiendo sentir como el bálsamo que InuYasha había untado en su herida ahora estaba seco y formaba una delgada costra sobre su piel, la retiró con cuidado y acercó su rostro al agua para limpiar los rastros de aquel ungüento así como los restos de sangre en su mejilla, mentón y cuello. Notó como todo su cabello se hizo hacia enfrente al agacharse para lavar su rostro, fue sólo entonces que se había dado cuenta que ya no llevaba el listón que lo sujetaba. Comenzó a dar vueltas en su cabeza tratando de recordar en qué momento lo había perdido, ¿InuYasha se lo habría quitado mientras dormía?

Regresó su mirada hacia las mangas de su ropa notando el barro seco en estas, bajó su mirada y el resto de su vestir mostraba un escenario similar: su pecho lucía manchado de sangre mientras que en sus rodillas había el mismo barro seco que había antes en sus manos, exhaló un pesado suspiro dirigiéndose de nueva cuenta al interior de su hogar.

Al entrar notó que InuYasha seguía con los ojos dormidos apoyando su espalda contra la pared, no parecía con intenciones de hablar o levantarse. Kagome decidida a dejarle descansar, caminó despacio hacia el rincón de su casa donde mantenía la ropa limpia y seca en un baúl mediano de madera oscura. Se quitó despacio su ropa llena de barro y ensangrentada la cual cayó sin miramientos al suelo de madera.

—Kagome —lo escuchó nombrarla justo cuando terminó de cubrir sus pechos con la tela blanca, ella sólo giró levemente su cuello para poder verlo, seguía sentado en el mismo lugar pero esta vez la veía completamente despabilado—. ¿En dónde está tu arco?

Kagome parpadeó varias veces no comprendiendo al instante la pregunta de su esposo pero pudo comprender a qué se refería, caminó hasta el baúl de remedios medicinales, el que estaba justo al lado de InuYasha, lo hizo a un lado con cuidado y sacó el legendario arco del monte azuza del rincón donde lo resguardaba.

—Me confié esta mañana, por eso no lo llevé conmigo —le contestó sujetando la curvatura del arma con ambas manos—. Fue por eso que Rin tuvo que llevarme uno diferente.

—Sabes que no debes separarte de ese arco, Kagome —por el tono de InuYasha parecía que todo lo que no se había enojado con ella durante el ataque de aquella araña ahora estaba apareciendo poco a poco.

—Sí sé...fue un descuido —reconoció agachando la mirada—. No volverá a suceder, te lo prometo.

InuYasha no respondió, volvió a apoyar su espalda en la pared con desgana quizá queriendo dejar en asunto de una vez. Kagome bajó el arco colocándolo en el mismo rincón de donde lo había tomado, un picor en su mejilla le recordó que su herida seguía expuesta así que dando un ligero suspiro se hincó frente al baúl para sacar una mezcla de hierbas medicinales diferente a la que había utilizado InuYasha hacía un rato para curarla, una de olores más fuertes pero más efectiva, arrugó con nariz ante la amarga sensación que provocaba el fuerte olor del remedio.

Apenas había terminado de untarse el bálsamo en la mejilla cuando sintió a InuYasha hincarse a detrás de ella abrazándola por la espalda, no supo reaccionar cuando sintió el rostro de su esposo hundirse en su cabello. El medio demonio tomó su mano derecha con la de él y la obligó a soltar el ungüento dentro del baúl para después, con la misma mano, obligarla a cerrarlo.

—¿InuYasha? —preguntó confundida, el medio demonio no respondió, en lugar de eso se empujó contra ella orillándola a reposar su cuerpo sobre el baúl de madera, podía escucharlo respirar muy agitadamente haciendo que ella poco a poco adaptara esa respiración.

Sintió la mano izquierda de InuYasha colocarse en su cadera obligándola a pegar su cuerpo con el suyo, no pudo resistir más soltar un gemido de sumisión cuando InuYasha soltó su mano derecha para inmediatamente posarla sobre uno de sus senos el cual apretujó con avidez.

Soltó un gemido aún más sonoro cuando InuYasha, reaccionando a ella, presionó aún más la mano que mantenía en su cadera pegando aún más sus cuerpos pero, como si hubiese despertado, el medio demonio se alejó abruptamente de ella soltando las partes de su cuerpo que mantenía entre sus manos, volvió a sentarse en el futón que ambos compartían apoyando de nuevo su cuerpo contra la pared.

Antes que la cabeza de Kagome pudiese procesar lo que acababa de pasar sintió a InuYasha jalarla hasta él abrazándola contra su pecho con fuerza, lo escuchaba agitado, tratando de controlar su respiración. Ella sentía sus mejillas arder y su cuerpo entero temblar bajo los brazos de su esposo.

—Esa cosa huele horrible —se quejó InuYasha riendo con ironía, una puta planta medicinal lo había obligado a dejar a su esposa.

Kagome lo miró confundida pero entonces entendió que se refería al bálsamo en su herida—. Es porque es una planta muy amarga —le explicó con tranquilidad—, pero ayudará a que cicatrice mucho más rápido.

InuYasha asintió con la cabeza y dirigió su mirada hacia el techo, decidido a calmar sus deseos—. Si es así, está bien, aunque esa peste no la soporta ni un humano.

Kagome no respondió pero se sintió de pronto confundida cuando InuYasha la alejó un poco para poder incorporarse poniéndose de pie lentamente. Sacudió sus ropas y caminó hacia la salida de la cabaña, levantó la cortina de palma seca que servía como puerta pero antes de salir volteó hacia atrás para ver a su esposa.

—¿Quieres que por la noche te lleve a casa de Sango? —preguntó con banalidad, en un último intento por cambiar de tema. Kagome sonrió de manera fugaz y negó con un movimiento de su cabeza.

—Tal vez mañana —contestó entendiendo las intenciones de InuYasha, este sólo hizo un movimiento de cabeza haciéndole entender que había aceptado la decisión.

—Entonces sólo regresaré a ayudar con los estragos que dejó esa araña —dijo InuYasha sin apartar su mirada de la de Kagome—. Tú quédate aquí.

Kagome movió su cabeza de arriba abajo en señal de acatamiento, InuYasha no dijo nada más y atravesó la puerta de la cabaña dejando caer la cortina de palma tras de él.

Kagome lo escuchó alejarse con rapidez de su hogar, ella simplemente permaneció de rodillas sobre el futón donde todas las noches dormía con InuYasha. Apenas podía entender una parte de lo que acababa de pasar, había sido todo tan rápido, de verdad InuYasha parecía dispuesto a tomarla en ese preciso momento en ese preciso lugar, y ella lo hubiese recibido gustosa como tantas otras veces desde que se había convertido en su mujer, pero algo lo detuvo.

El olor del bálsamo, había dicho él pero, ¿de verdad era eso o algo más? Quizá seguía enojado, después de todo ella no se había disculpado por lo que había pasado al medio día.

Tampoco le había dado las gracias por salvarla de aquella horrenda criatura.

Sacudió su cabeza de un lado a otro buscando sacar de su mente otro torrente de ideas tontas, suspiró agotada y simplemente dejó caer su cuerpo entero sobre el futón de lana dejando que todo su ser se relajara por un momento.

Definitivamente lo primero que haría sería darle las gracias.

Continuará.