Dios, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento. Sé que os he hecho esperar muchísimo, pero es que no se me ocurría nada. El fin de las vacaciones siempre me deprime. Ahora las subidas de capítulos tardarán más, porque empiezo 1º de Bachillerato…ugh. Os suplico paciencia, porque una cosa os puedo prometer: Como que me llamo Sara que este fic no lo abandono. Lo juro solemnemente. xD

Espero que os guste este capítulo. El próximo será mucho más emocionante, jei-jei.

¡Si os gusta y queréis darme un poquitín de ánimo…ya sabéis¡Escribir una review nunca lleva mucho tiempo, y dais una gran alegría al autor!

Muchas gracias a todos los que gastan su tiempo en leer lo que escribo, y a los que me dejan comentarios

¡Muchos besos a todos!

Navidad

A Harry le dolía la cabeza terriblemente. Tal vez fuera por el ambiente recargado de la habitación, por el exceso de calefacción o por la espesa neblina de humo que se extendía sobre las cabezas de todo los allí presentes; pero se sentía como si fuera a explotar de un momento a otro. Por suerte la jornada estaba a punto de acabar y podría ir a algún sitio menos agobiante con Teddy. Padrino y ahijado quedaban una o dos veces por semana, sin excepción, para hablar de sus cosas y mantenerse al día (aunque ya lo hicieran por teléfono). Harry se tomaba muy en serio su obligación de cuidar de Teddy. Él había crecido, hasta los once años, sin nadie que lo quisiese realmente o le diera cariño, y sabía lo terrible que era eso. Por supuesto que Teddy había tenido a Andrómeda, pero…en fin, también hacía falta alguna presencia paternal en su vida. Y aunque ya tuviese diecinueve años, Harry se seguía encargando de eso. Y lo haría durante mucho tiempo.

– Señor Potter – Harry levantó la vista de su mesa, dónde había estado contemplando un nudo de la manera de forma abstraída, intentando olvidar su mareo – Ya tenemos los informes de los últimos fugados de Azkaban.

El moreno parpadeó, un poco aturdido; mirando a un joven auror con un caso grave de acné; que lo observaba ansioso.

– Los pedí hace tres meses – dijo, pausadamente – ¿Y ahora es cuando los conseguimos?

– Ha…ha habido algunos procesos burocráticos de por medio, señor. El Ministro mismo se encargó de acelerar el proceso en cuánto se enteró de la tardanza, pero…ya se sabe cómo son estas cosas.

– Ya – replicó Harry, cansinamente, mientras se frotaba las sienes. Santo Dios, que alguien apagase los puros. El hedor era insoportable. – Bueno, gracias…, – intentó recordar el apellido del joven – O'Neil. – terminó tomando la carpeta e color azul claro que éste le tendía.

O'Neil se sonrojó visiblemente al comprobar que Harry Potter, el mismísimo salvador de la Gran Bretaña mágica, se había acordado de él, y se marchó con una sonrisa tímida en los labios.

Harry abrió la carpeta, dónde se encontraban un montón de fichas con las fotografías y los datos de los pocos presos que habían conseguido escapar de Azkaban en los últimos diez años. Los repasó minuciosamente, repasando con cuidado todos los detalles. No llevaba casi noventa días esperando aquellos informes para luego tratar el asunto con ligereza.

– Newman…a éste lo atrapamos el mismo mes en el que se fugó – murmuró, reconociendo la fotografía en la que un mago de gesto torvo gruñía a la cámara – Hiller…también lo cogimos…Dawson…la encontramos muerta…– siguió repasando la lista hasta llegar a la última, dónde se veía a un hombre de pelo castaño y rostro cansado, al que no recordaba haber visto jamás – ¿Mole? – arqueó una ceja – "Robos con varita, tráfico de objetos ilegales de clase A, venta de amuletos falsos, venta de objetos mágicos a muggles…" – leyó, en voz baja. "Un ratero del tres al cuarto" pensó Harry, hasta que vio la última línea de sus delitos – "Relación con magos oscuros." – pronunció las palabras lentamente, y miró de nuevo la fotografía. Aquel hombre tenía un aire muy parecido a Mundungus: pobretón, desarreglado y sin importancia. No parecía alguien que entablase conversaciones con practicantes de las Artes Oscuras. Se fijó en una anotación hecha a mano, apresuradamente, que había sido escrita bajo la lo último que había leído – "Sospechoso de cómplice con la maga oscura de origen belga, Desdémona H. Dunkblut." – Dunkblut…Dunkblut…tal vez fuera famosa en su país natal, pero él no creía haber oído hablar de ella jamás. – ¡Eh, O'Neil! – el joven con acné acudió, nervioso – ¿Podemos conseguir algo de información sobre Desdémona Dunkblut? – volvió a mirar el informe de Mole y vio que aún no había sido apresado de nuevo – Y mucha más de…Nevio Mole. – no tenían muchas más importancia que otros presos u otros asuntos de los que se encargase su departamento, pero había algo…que le decía que debía investigar. Una corazonada.

Y Harry Potter siempre había hecho caso a sus corazonadas.

HpHpHpHpHp

El rasgueo de las plumas sobre la superficie de los pergaminos, el sonido de la punta de éstas hundiéndose en la tinta y rozando cristal y el imperceptible susurro de las hojas de los libros de texto al ser pasadas; eran las únicas cosas que rompían el silencio instalado en aquella parte de la biblioteca, junto a los estantes de los libros de Encantamientos.

–¡Se acabó! – exclamó James con una sonrisa radiante, dejando caer su pluma sobre la mesa. Unas cuántas gotas relucientes salpicaron la madera – ¡Terminé la redacción¡Setenta centímetros exactos!

Rose levantó la vista de su pergamino y miró ceñuda el de su primo.

– Nunca había visto una letra tan enorme – declaró con aire reprobatorio – No creo que a Slughorn le guste mucho.

James alzó las cejas.

– Lo primero de todo: el truquito de la letra gigante me lo aconsejó ni más ni menos que tu queridísimo padre –las mejillas de la chiquilla enrojecieron – Y segundo: Estoy en el club de Slughorn. No pondrá ninguna pega a mi redacción, te lo aseguro – se dejó caer hacia atrás, con aire satisfecho. Su silla se balanceó un poco – La verdad es que no sé cómo me has convencido para que haga los deberes…podía haberlos dejado para mañana. Cuando los haces a última hora tiene mucha más emoción. – se desperezó con descaro – Es igual que hacer la maleta. Si la preparas antes…¿qué gracia tiene? Lo bueno es esa intensa búsqueda de las cosas que has perdido y no encuentras hasta el último segundo…esa sensación de que mamá te matará si no llevas la bufanda de vuelta…o el cepillo de dientes…la tensión…

– ¿Quieres decir que todavía no has hecho el equipaje? – preguntó Al, cerrando su ejemplar de Herbología.

Habían transcurrido varias semanas en la más absoluta rutina y normalidad. Hogwarts absorbía tanto a Al que la llegada de las vacaciones de Navidad le cogió casi de improviso. Los días se habían pasado en un suspiro, entre deberes, clases, bromas y juegos en el patio con Scorpius y Rose, y exploración del castillo acompañado por su hermano, que había insistido en que "todo buen Potter" necesitaba conocer el lugar como la palma de su mano.

– No me digas que tu sí – replicó James, con un brillo burlón en sus ojos castaños.

– ¿Qué tiene de malo? – refunfuñó Al, de forma huidiza. Genial, le acababa de dar a su hermano otro motivo para hacer bromas a costa de él.

James se echó a reír, pero pronto tuvo que parar porque la señora Pince (también había apuestas sobre su edad. Apuestas en la que James había vuelto a perder porque dijo que tendría un mínimo de trescientos cincuenta años, a juzgar por su cara), que pasaba por allí, le lanzó una mirada que no admitía réplica.

– Me hubiera gustado invitar a Scorpius – comentó el menor de los Potter, al tiempo que los tres recogían sus cosas – Ya sabéis, a que viniera a pasar las navidades a casa.

– ¿Qué pasa¿Qué él no tiene padres o qué? – bufó James. Él siempre había estado fuertemente influenciado por su tío Ron, y también por George, que corroboraba todas las historias que el primero le contaba sobre los Malfoy.

– Sí…pero no suenan muy agradables – Al buscó la mirada de su prima en busca de apoyo – ¿Verdad, Rose?

– No sé – se limitó a contestar ella de forma escueta. Realmente ella y el joven Malfoy no hablaban demasiado el uno con el otro. Sus charlas eran estrictamente corteses y superficiales, lo más breves posible. – Pero no creo que fuera adecuado invitarle…

– Tienes razón – corroboró James, con fingido aire formal – Tu padre lo mataría nada más verlo.

Rose le lanzó una mirada furiosa.

– ¡Mi padre no es tan bruto! – sentenció, tajantemente, mientras metía sus libros en la mochila. Su primo volvió a echarse a reír cuando vio como alzaba la nariz, indignada. Según él, el gesto era bastante cómico.

Y ese fue la gota que colmó el vaso para la señora Pince, que los echó de allí con cajas destempladas. ("Ese mal humor demuestra que tiene más años de lo que pensaba" opinó James, cuando se dirigían al Gran Comedor).

Aquel iba a ser el último almuerzo en Hogwarts del año para todos los Potter y Weasley. Al, James, Rose y Fred volvían a sus respectivas casas; Lance y Penélope viajarían con sus padres a Grecia (pese a que su padre, Percy, se negaba en un principio) y regresarían para antes de Nochevieja; y por último Victoire se iba a esquiar a los Alpes, con sus abuelos maternos y los hijos de su tía Gabrielle. Excepto esta última, todos los demás se reunirían en día de Año Nuevo en la Madriguera para una comida familiar en la que su abuela no pararía de sobrealimentarles, decirles que estaban muy flacos y repartirles abrazos de la modalidad especial que rompía las costillas. Tampoco faltaban las apuestas sobre si aquel año la matriarca Weasley cambiaría el color de los jerseys que les tejería a cada uno, o si los mantendría como siempre, que era lo más probable.

– Ojalá que no sea rojo oscuro esta vez – murmuró Rose, con una mueca. Ella, al igual que su padre, tampoco soportaba ese color. No es que le importara demasiado, ya que no era una niña que se fijase demasiado en las apariencias, pero es que aquel color desentonaba del todo con su pelo.

– Oh, Rosie, tampoco está tan mal – intentó animarla Victoire – No es como si…como si fuese amarillo plátano – terminó con un suspiro, pensando en su propio jersey, cuyo tono tampoco era el santo de su devoción.

Los primos pasaron todo aquel día juntos. Aunque para Al y Rose fuese la primera vez, ya sabían que el día antes de las vacaciones de navidad aquello era como una tradición, gracias a las cartas que James mandaba los años anteriores. Hubo algunos incidentes, como cuando Lance le metió una bola de nieve por el cuello del jersey a su hermana, provocando una bronca monumental por parte de ésta (bronca que, por otra parte, fue debidamente ignorada); o cuando James, Victoire y Rose (que aquel día se había dejado progresivamente llevar por el espíritu juguetón de las navidades) encerraron a Al en un aula dónde en ese momento esta Peeves, lanzando tizas a diestro y siniestro. Salió de allí cubierto de manchas blancas y algunas marcas rojas en la cara, dónde el polstergeit le había acertado. Y jurando que conseguiría que su madre le enseñase como hacer la maldición de moco-murciélagos para luego echársela a ellos.

Pero, por fortuna, el día terminó con una velada de snap explosivo y recuerdos vergonzantes, como: "Cuando Penny comió demasiadas meigas fritas en el cumpleaños de Hugo y no pudo salir del servicio en dos días", "La vez que la abuela pilló a Fred intentando echar un embrujo a Edward" o "El día que tía Ginny llamó a Al 'tesorito de mamá' en medio de una comida familiar".

Finalmente, llegaron las doce de la noche y ellos siete eran los únicos que todavía seguían en la sala común; aunque el silencio y la somnolencia se apoderaba cada vez más de ellos, como un animal sigiloso que no adviertes que esta ahí hasta que se lanza sobre ti y te hace dar cabezadas. Rose estaba sentada a los pies de un sillón, frente a la chimenea; con la cabeza apoyada en las rodillas de Victoire, dejando que esta le hiciese una trenza. Penélope discutía desganadamente con su hermano, aunque ambos parecían estar tan cansados que se limitaban a lanzarle insultos en intervalos de minuto o minuto y medio; Fred y James continuaban jugando a las cartas, pero con expresión abstraída y sin mucho ánimo, y Al estaba tumbado en un sofá, palpando con su mano derecha la piedra que había encontrado en el bosque. Se había acostumbrado a llevarla en el bolsillo, para examinarla siempre que le viniera en gana.

– Al ¿qué es eso? – preguntó entonces Rose, mirando la piedra con un claro tinte de desconfianza en sus ojos azules.

– Una piedra – contestó él lacónicamente, pasando la yema de su dedo por el dibujo casi borrado que ésta tenía.

– ¿Dónde la encontraste? – insistió, sin cambiar su expresión.

Albus vaciló. ¿Debería decirle que había sido en el Bosque Prohibido, después de todo lo que había pasado¿No crearía eso problemas? Pero, tras unos segundos, decidió que, aunque sabía que su prima no se lo tomaría a bien, no podría decirle nada por tener una simple piedra. Sólo era eso, un mineral, una cosa absolutamente corriente. No era como si estuviese sujetando huevos de doxy o cuernos de erumpent.

– En el Bosque Prohibido – la miró de reojo, esperando su reacción con gesto desafiante.

Rose guardó silencio unos instantes, pensativa.

– ¿Me la dejas un momento? – pidió, con forzada indiferencia.

– Claro – dijo Al, pese a que se sentía un poco receloso. Y se la tendió.

Rose la observó con cuidado, ceñuda; como si quisiese descubrir en ella algún defecto que la hiciese peligrosa, perjudicial. Incorrecta.

– Es curioso – dijo, con los ojos fijos en la inscripción – Estoy segura de haber visto esto en alguna parte…

– Sólo es un dibujo en una piedra – terció Al, que empezó a sentir urgencia por tener el pequeño objeto de nuevo en su poder – Vamos, devuélvela – Rose pareció un poco reacia. Al alzó las cejas – No me irás a decir que la piedra tiene algo de peligroso ¿no, Rose?

– No, no – su prima se sonrojó – Por supuesto. Toma.

Poco después todos se metían en sus camas, incapaces de permanecer despiertos mucho más tiempo. Y aunque Rose estaba muerta de sueño, cuando recostó su cabeza en la almohada no pudo dormir. Su mente no paraba de zumbar y pensar, impidiéndoselo. La piedra sólo era una piedra. Se repetía eso una y otra vez, con la esperanza de calmarse y conseguir cerrar los ojos. Pero su cerebro (ese cerebro del que tanto se enorgullecían sus padres) no la dejaba en paz. Estaba demasiado entrenado como para dejar pasar las cosas y no reflexionarlas a fondo.

Y es que de una cosa estaba segura. Había visto el signo grabado en la superficie de la piedra en algún sitio. Y la sensación que le provocaba no era nada buena.

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Ginny canturreaba alegremente mientras se secaba el pelo en los vestuarios. La sesión de entrenamiento había sido realmente agotadora, pero con buenos resultados. Aunque no era eso lo que le hacía sentirse feliz. Si no el hecho de que mañana por la mañana estaría estrechando a James y Al entre sus brazos, llenándolos de besos. Los echaba tanto de menos…De acuerdo que Lily daba guerra suficiente como para agradecer un poco de silencio al final del día, pero extrañaba demasiado las bromas de su hijo mayor y la tranquila dulzura de Albus. Su hogar no lo era tanto si faltaba alguno de sus hijos. Por eso los nueve meses de curso se le hacían especialmente largos, y se los pasaba ansiando las vacaciones con tanta intensidad como sus vástagos.

Terminó de peinarse la melena pelirroja (que varias veces había sido mencionada en Corazón de Bruja) y recogió sus cosas, despidiéndose de sus compañeras de equipo. Pasaba buenos ratos con ellas en el campo de quidditch, y algunas eran muy buenas amigas; pero había momentos en los que deseaba llegar a casa lo más pronto posible. Y en Navidad, se multiplicaban escandalosamente.

Por eso se llevó una grata sorpresa cuando al salir del estadio atisbó vio una cabellera como la suya, aunque en versión reducida, junto a una mujer rubia y de rostro afable, y a otro niño.

–¡Lily! – exclamó Ginny, abriendo los brazos. Su hija mió en dirección a su grito y salió corriendo hacia ella.

– ¡Mamá! – le echó los brazos al cuello – ¡He venido con tía Effie y Ed¡Papá me dejó con ellos para pasar la tarde con Teddy, porque tío Ron y tía Hermione estaban ocupados¡Tía Effie nos ha llevado al cine y…!– la niña siguió contándole cosas, muy excitada, durante coa de un minutos o dos, hasta que Ginny, apabullada, tuvo que pararla justo cuando iba a relatar como Ed había hecho estallar un buzón de correos sin querer, al mirarlo.

– Está bien, está bien, tesoro – dijo su madre, sonriendo – Déjame que los salude a ellos, y ahora me cuentas – bajó a la niña de sus bazos y le dio dos besos en la mejilla a su cuñada. Effie era la esposa de George; y era hija de muggles. Ambos se habían conocido dos años después de la batalla de Hogwarts, y se habían casado muy pronto. Era una mujer amable de cara redonda y risueña, y muy maternal; pero la pelirroja sabía que podía ponerse muy temperamental cuado la ocasión lo requería – Hola, Ed ¿cómo estás? – preguntó al chiquillo rubio y con pecas, de ocho años, que la observaba con un brillo travieso en sus ojos oscuros – Un elfo me ha chivado que Santa va a dejar regalos para ti en mi casa.

– ¿En serio? – el rostro del niño se iluminó. Luego miró a su madre con una pizca de reproche – ¿Ves, mamá¡ he sido bueno¡Santa me va a traer cosas!

Ginny levantó la vista hacia Effie, interrogante. Edward siempre había sido un niño un poco travieso, pero nunca había llegado a los niveles de su hermano o sus otros dos primos.

– Oh, es que últimamente le ha dado por tomar a Fred (me refiero a su hermano) cómo su héroe. Imita todo lo que él dice, en las cartas, que ha hecho. – Effie suspiró – El otro día le pillé intentando arrancar el inodoro del suelo para mandarlo por correo; porque Fred también había tratado de hacerlo.

Ginny rió al recordar aquel año en la estación de King's Cross, en el que ella todavía era demasiado pequeña para ir a Hogwarts y sus hermanos mayores habían prometido enviarle una taza del retrete para que no se entristeciera. Sonrió con tristeza al evocar el rostro de quién le había dicho que no se apenara, que le enviarían muchas lechuzas. Se preguntó cómo se sentiría George aquellos días.

La Navidad traía alegría y buenos sentimientos; pero también una infinita tristeza de recordar que algunos ya no podían disfrutarlas.

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A Mole le sudaban las manos. Aquello era injusto, totalmente injusto. ¿Por qué podía Desdémona limitarse a pensar en los detalles del plan, mientras que él era el encargado de ejecutarlos¿Por qué le tocaba a él hacer el trabajo sucio?

"Porque tú no serías capaz de crear un plan tan perfecto como el de ella" replicó una voz en su cabeza.

"Oh, cállate" contestó otra "Desdémona es una solterona amargada con cara de rata"

Mole rió por lo bajo. Su último pensamiento había tenido gracia. Se consideraba un tipo bastante ingenioso.

Pero, en fin, había que trabajar. Repasó la lista de las cosas que debía llevar consigo. ¿Poción Multijugos? Lista. ¿Cabello de aquel niño esmirriado? Listo. ¿Polvo peruano de oscuridad instantánea? Listo. ¿Maleta falsa? Lista. ¿Ropa de talla varias veces más pequeña que la suya? Lista.

Al parecer, lo tenía todo. Era hora de comenzar.

Miró con aprensión la botellita transparente donde relucía un engrudo parecido al lodo. Dios Santo, cómo lo odiaba. Echó en ella un único pelo, de color pajizo, perteneciente a un chaval de doce años que se quedaría en Hogwarts en vacaciones. Desdémona lo había conseguido. Ella entraba y salía del colegio siempre que quería y sin que nadie se enterase. Mole no sabía cómo, y tampoco se atrevía a preguntárselo. La poción burbujeó y se tornó de un naranja pastoso, como un puré de calabaza muy diluido. Mole hizo una mueca de asco. Detestaba la calabaza.

Conteniendo el aliento, bebió un trago del mejunje. Sabía asqueroso. Exactamente igual que la calabaza. Empezó a sentir el dolor casi al segundo de que el líquido pasase por su garganta. Pero no gritó ni hizo ningún gesto exagerado. Había tomado aquella poción demasiadas veces en su vida como para haberse acostumbrado a aquel sufrimiento.

Pronto se halló convertido en un niño flacucho, con los ojos pequeños y la nariz muy chata. Francamente feo. Él mismo era muchísimo más guapo que aquel niñito de Hufflepuff. Se cambió las ropas, ya que las suyas le venían gigantes y vertió el resto de poción multi-jugos en una lata de aluminio intacta.

Reparo – susurró con su varita, haciendo que una nueva chapa cerrase la lata. Así podría abrirla y beber la poción sin resultar sospechoso.

Salió del baño cogiendo su maleta y caminó por los pasillos, bajando escaleras, hasta llegar a la entrada de Hogwarts, dónde todos los alumnos que subirían al Expresso esperaban.

En realidad, el plan era bastante sencillo, pensó. Entrar en el compartimento de Potter, actuar como si nada…y en un momento de despiste, esparcirá el polvo de oscuridad. En ese momento cogería al niño y ambos se aparecerían en la guardia de Desdémona. Aunque sólo uno de ellos lo haría por su propia voluntad.

Buscó a su víctima con la mirada. Lo encontró a pocos metros de distancia, hablando animadamente con un chiquillo de pelo platino. A su lado había también una niña pelirroja (que le sonaba de algo) y otro moreno, más alto, (que creyó que sería el hijo mayor de Harry Potter) que miraba con cierto enfado al rubio. ¿Cuánta gente cabía en un compartimento? Si quería estar en el mismo que el pequeño Potter, debía asegurarse un sitio ya, antes de que algún otro se sumara y él se quedara sin asiento.

– Perdonad – se acercó a ellos fingiendo parecer tímido, como si le intimidara demasiado estar hablando con los Potter.. – ¿Os importaría que me sentara con vosotros? – los cuatro le miraron con una mezcla de asombro y suspicacia – Es que todos mis amigos se quedan estas navidades en el castillo y no tengo con quién…– se interrumpió a mitad de la frase, para dar más credibilidad a su actuación de niño retraído.

– Sí, claro – el mayor de los Potter se encogió de hombros – No importa. Siéntate con ellos…– señaló a los otros tres – Yo voy con otra gente, así que…

– ¿Cómo te llamas? – le preguntó el rubio, arrugando la nariz afilada.

– Eh…– Vale, el plan tenía una falla. Nunca se le había ocurrido pensar en un nombre. Gracias a Dios, el carácter que había elegido para su "personaje" bien podía vacilar antes de decir su nombre, y que no quedara raro – Radley…Radley…– no se le ocurría ningún apellido. Dijo el primero que se le vino a la mente – Weasley.

La niña pelirroja abrió mucho los ojos y luego se echó a reír.

– ¿No estás tomando el pelo, verdad? – preguntó, con una expresión de escepticismo.

– ¿Por qué? – preguntó Mole. ¿Qué pasaba con ese apellido? Recordaba haberlo oído en el quidditch, que era en lo único que podía pensar cuando se encontraba tenso.

– Creo que si fueras un Weasley, te conoceríamos – la chica se apuntó con el dedo, y luego a los dos morenos – Después de todo, a nuestra abuela le encantan las reuniones familiares.

¡Ahora ubicaba aquel rostro! Mole había cometido un fallo de lo más idiota. Aquella chiquilla era la hija del jugador de los Cannons, el guardián. Weasley. Creía recordar que era cuñado de Potter o algo así.

– Sí…lo siento – soltó una carcajada que intentó que sonara convincente – Sólo bromeaba. Es que…– buscó una excusa rápida – Me gusta mucho como juega tu padre.

– Gracias – contestó la chica, dedicándole una sonrisa.

– Soy Radley…eh…Hudson. – Hudson era el apellido del tío abuelo de una prima lejana.

– Bueno, pues…bienvenido, Radley – terció el pequeño de los Potter.

No pasaron ni cinco minutos cuando su hermano mayor se despidió y todos subieron al tren. Los otros tres chicos hablaban muy animadamente e intentaban meterle a él en la conversación, para que no se sintiera excluido. Mole se limitaba a sonreír y asentir en silencio. Tenía gracia que los niños tomaran su sonrisas como gestos de cortesía, en vez de por una gran satisfacción, como en realidad era.

Si ellos supieran…