Voces muertas

Era demasiado pronto para irse. Y menos por algo tan trivial como lo era un mal sueño.

Al amanecer del día siguiente, Yugi lucía algo cansado, además de que no había tomado el almuerzo. El apetito se le había ido.

Con todo, la pesadilla de la noche anterior, le había traído de regreso a la memoria un temor de la infancia.

De niño, Yugi había tenido pesadillas frecuentes en las que terminaba alejado del mundo contra su voluntad. Era llevado a la oscuridad donde nadie podía oírlo ni mucho menos ayudarlo. Una desesperación seguía para luego, hacerlo despertar en medio de la noche sin posibilidad de volver a dormir. Justo como en el presente.

Pero no todas las veces había soñado cosas así; una vez, por ejemplo, soñó que estaba en medio de un jardín en un lugar desconocido a pleno día. A su lado, dos niños alegres, vestidos de maneras extrañas, lo tenían sujeto de ambas manos, formando un círculo. Yugi no sabía lo que pasaba, pero intuía que era algo bueno. También, en compañía de esos niños, había visto una criatura pequeña y redonda con pelaje café. De igual manera, el joven no comprendía lo que era, pero él lo llamaba Kuriboh. Esos si habían sido sueños buenos y hasta cierto punto, pudo haber deseado que fuesen realidad.

Conforme Yugi fue creciendo, todos esos sueños fueron quedando en el olvido. Excepto por la pesadilla.

O-O

Yugi, entonces, había vuelto al palacio en compañía de Mai, Rebecca y Tristán luego del medio día. Aun debían ver la segunda planta, donde había quince dormitorios y otras tantas habitaciones que podían ser usadas como las primeras u otros servicios si es que se decidían a hacer realidad el proyecto del hotel.

Había muebles de distintas épocas, pero ninguno aparentaba menos de cincuenta años. Encontraron también una silla volcada. Mai y Tristán se alegraron interiormente por ello. El ruido que habían escuchado la tarde del día anterior tenía una lógica procedencia entonces. Sin embargo, ahí no se detuvo su inquietud cuando ellos y los otros dos jóvenes descubrieron más detalles entre una y otra habitación.

Entre espejos, tocadores, roperos, camas, sillas, mesas y divanes, aun se podían ver objetos de uso personal como copas o botellas de vino cuyo contenido se había evaporado, libros abiertos o derribados. No todos los dormitorios tenían ese parcial desorden, pero había habido movimiento en por lo menos siete cámaras. Y en todas ellas destacaba algo: la silla volcada, una botella de vino, una cama en desorden, las puertas abiertas de un ropero de roble con prendas apolilladas alrededor, cortinas semi abiertas o cerradas… alguna última actividad inconclusa.

Otra vez, los visitantes pensaron en silencio sobre una "salida rápida" de parte de los últimos residentes. Todas las puertas de la segunda planta estaban abiertas en distintos ángulos, excepto por dos, ubicadas al fondo del pasillo principal.

O-O

Buscando en el manojo de llaves que traía consigo, Tristán procedió a abrir la primera de aquellas puertas, ya que, aunque las habitaciones estaban cerradas, tenían cerradura.

La llave crujió cuando el mecanismo de la puerta se accionó después de lo que parecían muchos años y aparte de ver primero una inmensa oscuridad que fue iluminada con las lámparas que llevaban con ellos, los cuatro entraron hasta el centro del dormitorio despacio, como si se adentraran en los dominios inexplorados de un paraje nocturno a campo abierto.

Ese dormitorio era más amplio que los que habían visto y los muebles –algunos deshechos y otros sombríamente de pie- aunque pocos, no se parecían en nada a los de las otras habitaciones. El olor que emanaba de la cámara se debía a la humedad. En uno de los rincones, había habido una mesa que ahora se había convertido en una tabla roída y que en cuya superficie, reposaba una montaña de rollos y demás utensilios cubiertos de polvo y óxido.

–Esta habitación, sin duda, no ha sido tocada por nadie en bastante más tiempo que el resto del palacio –observó Mai.

–¿Creen que la otra cámara cerrada esté en las mismas condiciones? –preguntó Rebecca.

–Yo creo que sí –respondió Tristán-. Aunque tendremos que abrir la puerta para ver.

Yugi, por su parte, había notado que en el muro oeste había una gruesa cortina que cubría una amplia ventana. Tal vez, pensó, eso había sido lo único renovado en mucho tiempo. Tal perecía que mantener el curto a oscuras era una prioridad mayor que renovarlo por completo.

Y la segunda habitación no fue la excepción.

Esta vez, Tristán hubo de hacer uso de sus fuerzas para abrir la puerta de roble. Ayudado por Yugi mientras Mai y Rebecca observaban, por fin la puerta cedió y con un crujido metálico les permitió el paso.

La humedad en aquella otra habitación era más densa. Y además, en uno de los rincones, al lado de lo que había sido una mesa alguna vez, había un espejo sobre un grueso soporte de madera.

La ventana estaba igual de cubierta y no permitía que ninguna luz se filtrara al interior. Pero la luz de la lámpara reveló que cerca de los muros de la cámara había más objetos de una época más antigua.

–¿Por qué nadie de nuestros antepasados mandó a modificar estas dos habitaciones?- cuestionó Mai a su hermano, el cual, examinaba con atención cada objeto de la cámara.

–No lo sé… Pero tal parece que la Orden no vació este lugar del todo –respondió Yugi-. De no ser porque han pasado tantos años, diría que ésta y la otra cámara pertenecieron a Noah y Timeo de Árin…

Mientras hablaba, se acercó al lado del espejo. El joven observó entonces que al lado de aquel mueble, había un objeto recargado. Casi sin poder dominarse –como una especie de curiosidad inconsciente-, alargó la mano.

Era la empuñadura de una espada envainada. El brillo plateado estaba empañado por el tiempo, dejando una pátina negra…

–¿Será posible? –retomó Rebecca, con interés-. Entonces, lo que ahí hay no ha sido tocado en casi trescientos años.

–Esta habitación y la otra…

Tristán había comenzado a hablar y mientras hablaba, Yugi tocó por fin aquella empuñadura.

En el instante en el que lo hizo, su cuerpo se estremeció, tal y como si hubiera sentido a través de sí una ligera pero dolorosa corriente eléctrica.

Y de pronto, sus ojos y oídos presenciaron algo…

Oscuridad. Es de noche.

Un jardín.

Más voces que se oyen alrededor.

están buscando…

A su lado, una joven, sentada. Mantiene su cabeza en dirección al suelo porque no puede…

"Serenity, háblame, por piedad…"

Una mano –su mano- se acerca hasta ella para levantar el rostro y…

sangre…

Más gritos a los alrededores. Huir, huir, huir… Debemos huir…

"Timeo, no puedo verte…"

"¿Qué te han hecho?"

Más oscuridad… Silencio…

Los ojos de Yugi estaban en blanco. Sus piernas temblaban, cayendo inevitablemente de rodillas, pero su mano seguía aferrada a la empuñadura plateada. Su frente se cubrió de sudor.

En ese momento, Mai, Rebecca y Tristán miraron en dirección a él. Su hermana fue la primera en preguntar lo que le ocurría, pero Yugi no escuchaba, ni era capaz de sentir el dolor en sus rodillas porque…

Una prisión.

Voces graves. Acusaciones.

Un juicio.

demasiado cansado como para entender lo que dicen cada uno…

"Caballero… hechiceros… Espíritus… Monstruo…"

"Mago… ataque…"

"Noah… Hermos… el castigo… fuego…"

"Serenity es…"

"Libro…el libro es… "

Un libro grande y antiguo.

Una mujer. Ella no fue capaz de…

..Espíritu… voluntad…

culto de la Orden… palacio…

Un grito. Se ahoga y se pierde entre…

"…¡PARED!..."

El joven volvió en sí cuando su mano soltó aquel objeto.

Aquel extraño trance había terminado. Se descubrió de rodillas y en sus ojos y mejillas había lágrimas que no eran suyas, aunque aún sentía una gran e inexplicable tristeza en su interior. Sus manos temblaban.

–Yugi, ¿te encuentras bien? –preguntó Mai.

–¿Qué te pasó? –secundó Rebecca, ambas con preocupación.

Yugi se puso de pie ayudado por Tristán.

–Sí –respondió por fin, mientras pasaba el dorso de sus manos por su cara, aunque su voz se oía un poco quebrada-. Estoy bien, yo sólo…

Se observó las manos y tembló nuevamente. Un poco más arriba de sus muñecas había dos marcas rojizas en cada antebrazo, semejantes a las marcas de unas cuerdas. Como las que se vio llevar en su sueño de la noche anterior.

–¡Estás pálido! –observó Mai.

–¿Seguro que se encuentra bien, joven? –cuestionó ahora Tristán, sin soltar a Yugi, al cual, le resultó difícil sonreír para que el resto se tranquilizara, porque ni él mismo podía conseguirlo aún.

–No fue nada –les dijo por fin-. Perdón por haberlos asustado, creo que tal vez…

No terminó de decir aquella frase.

Aunque Tristán había jurado que había cerrado previamente la entrada principal luego de que todos entraran al palacio, todos quisieron creer que no había sido más que una corriente de aire.

Oyeron claramente cómo las puertas, todas las puertas del palacio se cerraron de golpe con estrepitoso ruido. De todas las habitaciones siguieron ruidos de objetos cayéndose, como los muebles.

El ambiente se había vuelto frío. Las luces de las lámparas se apagaron, dejando a Yugi y compañía sumidos en una profunda oscuridad.

Temerosos y confusos ante aquel acontecimiento, los jóvenes permanecían en silencio, hasta que Tristán, quién ya había soltado a Yugi dejándolo de pie antes de aquel acontecimiento, tomó la palabra, aunque estaba igual de sorprendido que el resto.

–Salgamos de aquí –dijo-. De inmediato… Creo que, como dijo mi padre, el palacio…

Exi domus mea…

La voz que lo interrumpió también venía de la oscuridad. Aunque de uno de los visitantes.

Mai fue la primera en identificar a quien hablaba.

–¿Qué dijiste, Yugi? –preguntó, mirando a donde creía que se encontraba su hermano en medio de las penumbras.

¡EXI DOMUS MEA! –gritó Yugi, con una ira que hasta el momento, Mai nunca había oído en su hermano.

Esta vez, escucharon cómo el espejo y los cristales de la ventana de la habitación se rompían. De la ventana se filtró un fuerte viento que hizo mover las cortinas negras y rojas.

La puerta de aquella habitación se abrió de golpe.

No pudieron evitar gritar ante aquellos acontecimientos. Pero aun en medio de aquello, Yugi caminaba despacio hasta la salida de la habitación. Por la claridad del exterior, observaron que en su mano derecha llevaba la espada envainada y con la otra mano, mientras volvía su rostro a Mai, Rebecca y Tristán, les indicó la orden de que salieran por fin de la cámara.

–¡Yugi! ¿Qué pasa? ¿Por qué…?

–Dejemos las preguntas para después, señorita –dijo Tristán a Mai-. Tomémosle la palabra y salgamos…

Rebecca y Mai avanzaron hasta Yugi, yendo Tristán al frente.

Cruzaron el umbral y Yugi, aun en silencio, dio un par de pasos al frente para salir de la habitación de una vez junto a ellos. En cuanto eso sucedió, la puerta de roble se cerró con estrépito.

El viento cesó y Yugi, de nuevo, había vuelto a ser dueño de sí. Sin embargo, antes de poder hablar o decirles algo a los demás, sintió cómo su fuerza se iba de pronto y que la espada que sostenía le pesaba más de lo que podía cargar.

Cerró los ojos y ya no pudo seguir de pie ni tampoco consciente.

O-O

Despertó en su habitación de la posada. Era de noche.

Alrededor suyo estaban Mai, además de otro hombre que, dado su apariencia, podría tratarse de un médico.

Pero Yugi despertó casi lentamente, por lo que ni el médico ni la joven se percataron de ello. Así que Yugi, en silencio, vio cómo el galeno abandonaba la habitación junto a Mai.

Yugi se quedó sólo por un momento.

Sin recordar del todo lo que había pasado en el palacio, trató de comprender la situación.

¿Qué era lo que había pasado exactamente?

¿Era verdad entonces lo que Tristán había dicho y el palacio tenía voluntad propia?

Quiso levantarse, pero no consiguió llegar a sentarse sobre la cama. Soltó un suspiro de angustia mientras dirigía la vista a la lámpara que le alumbraba.

Al lado de la mesa donde se hallaba la lámpara, Yugi descubrió la espada.

Sus párpados se volvieron más pesados. Un sueño imperioso le dominó hasta que fue cediendo al sopor. Y en ese instante, entre los sueños y la realidad, Yugi se sintió acompañado por alguien o algo.

O-O

–Si me permite unas palabras, no deberían volver al palacio hasta que su hermano se haya recuperado…

–Sí. Aunque con todo esto, creo que lo mejor será que volvamos a la ciudad. Yugi podría recaer.

–Es una lástima que volvamos tan pronto. Pero en vista de los acontecimientos, no vale poner en juego la seguridad de todos…

Yugi escuchaba la plática entre Tristán, Mai y Rebecca desde el otro lado de la puerta de su habitación. Se tomó un poco más de tiempo antes de abrirla y aparecer ante ellos.

Ya habían pasado varias horas desde su regreso del palacio. Había amanecido y aún era de mañana. Ya por fin había logrado comer un poco y su cabeza ya estaba más despejada. Podía ver con otra perspectiva lo acontecido el día anterior y tomar conciencia sobre el palacio en sí. Cuando había despertado, Mai le había dicho que mientras era conducido a la posada, no había soltado aquella espada que había encontrado en el palacio. Y en ese momento, Yugi tampoco quería ver de nuevo el arma, cargada, sin duda, de una energía misteriosa que había perdurado por años hasta hacerle ver todas aquellas imágenes y voces incompletas. El volver a recordarlas le hacía volver a percibir tristeza y desesperación.

Cruzó la puerta de una vez, hasta llegar a la estancia donde Mai y los otros dos jóvenes se encontraban, los cuales, callaron de inmediato ante su presencia, para saludarlo.

Tristán manifestó su alegría al ver que Yugi se encontraba mejor y en seguida anunció su retirada. Según él, tenía más trabajo por hacer en su casa, pero volvería a verles.

Mai, Rebecca y Yugi quedaron solos entonces. Y pese a que no estaba muy seguro en querer retomar el tema, su hermana llevó la conversación hasta ahí, volviendo a hacer las preguntas que él mismo se había hecho y de las cuales, no tenía respuesta.

Pero la espada, según recordó Yugi, había sido la que comenzó con aquella actividad, aunque no les reveló lo que había visto al tocarla.

–Entonces, tendremos que saber quién era el dueño de esa arma…-concluyó Rebecca-. Es decir, podríamos decir que pudo haber pertenecido a alguien de la época de la Orden, pero habrá que tener la certeza de que así es.

Luego, la joven miró a sus amigos atentamente.

–Yugi, Mai –continuó, con sus ojos azules resplandecientes-. Conozco una forma de que podamos hablar con aquel ser que se manifestó en el palacio y si estás en lo correcto –dijo, mirando a Yugi-, si esa espada es la que está cargada de energía, entonces es probable que el ente haya venido también.

Mai y Yugi se miraron con desconcierto.

–Si ustedes quieren, podemos hablar con ese ser a través de la espada y podrán averiguar lo que quiere.

–Lo que quiere es que nos vayamos del palacio –dijo Mai, luego de mirar por última vez a su hermano-. Pero, ¿cómo harás para hablar con esa presencia?

Rebecca sonrió.

–Lo aprendí en Londres. Aunque no me creerían quienes lo hicieron. Pero gracias a este método, pude contactar con gente, con las almas de personas fallecidas… Aunque es un poco peligroso, lo único que necesitamos es concentrarnos y no soltar en ningún momento el oráculo.

O-O

Se trasladaron a otra habitación donde estuvieron tranquilos y en silencio. Y después de que Yugi –muy a su pesar- fuera por la espada, la colocó el arma sobre una mesa donde Rebecca y Mai lo esperaban y sobre la cual, Rebecca había colocado unas hojas formando un círculo perfecto, en cuya circunferencia estaban escritas las letras del abecedario y números, además de un "Sí" y un "No" casi en el centro, donde reposaba una copa de cristal girado boca abajo.

Cuando los tres tomaron asiento, colocaron su dedo índice sobre la base de la copa. Rebecca les recordó antes a sus amigos que no debían quitar su mano del oráculo pasara lo que pasara. Cuando aquellos asintieron y luego de unos segundos más, Rebecca inició:

–Si hay un espíritu que vigile esta espada, que se manifieste moviendo el oráculo...

Por un momento, ninguno percibió nada. Yugi y Mai creyeron que lo que sea que debía pasar no pasaría y que era una pérdida de tiempo. Pero Rebecca seguía en silencio, mirando la copa concentrada.

Sus dedos percibieron un movimiento repentino de un momento a otro. Y miraron cómo la copa de cristal comenzó a moverse pero sin apuntar a ninguna parte.

–Parece... que quiere decir algo, pero no puede...-dijo Rebecca mientras todos seguían viendo la trayectoria sin sentido de la copa, la cual se detuvo en el centro del círculo.

–Tal vez quiere que le preguntemos algo más específico –dijo luego Mai. Aunque al principio se le vio desconcertada, ahora estaba dispuesta a que la comunicación con aquel ser fuera clara-. ¿Eres el espíritu que protege la espada y vive en el palacio? -se aventuró a preguntar.

La copa se movió de nuevo. Esta vez, a diferencia de la primera vez, el oráculo fue a direcciones específicas, yendo por el abecedario lentamente pero con determinación. Y una a una, fue señalando las letras que iba necesitando para comunicarse.

–N-O-N-I-N-T-E-L-L-E-G-O... Non intellego… -dijo Rebecca, juntando las letras.

–¿Qué significa eso? –preguntó Mai a la joven.

–No entiendo... -susurró Yugi a su vez.

–¿Y qué idioma es ese? ¿Italiano? –preguntó Mai de nuevo, pero ahora a Yugi,

–No. Es latín -dijo Rebecca, mirando a Yugi-. El mismo idioma que hablaste cuando el espíritu nos dijo "Exi domus mea".

"¡Fuera de mi casa!"

–¿Y tú hablas latín, Yugi? -preguntó Mai a su hermano.

–No... Bueno, no muy bien. Sólo lo que he leído en los documentos de los archivos...-respondió Yugi con modestia.

–Pero lo entendiste, ¿verdad? Podrás hablarle también.

–Sí, pero no estoy seguro de poder hacerlo correctamente.

–Inténtalo -dijo ahora Rebecca, con una sonrisa-. Quizás pienses que en otro tiempo, los filósofos o políticos romanos se hubieran tapado los oídos y te habrían mandado a la servidumbre, pero ahora, si te logras dar a entender, ese ser te contestará de un modo que tú lo entiendas también.

No había mucho qué pensar de parte de Yugi, salvo el hecho de que tal vez se equivocara al expresarse. Como muchas de las cosas que sabía, ese conocimiento iba fluyendo de sí. Nunca había estudiado latín propiamente dicho, pero lo entendía. No sabía si era una habilidad de parte suya, pero a veces, en secreto, deseaba no saber demasiado.

–Lo intentaré...

–Hazlo –apoyó Mai.

La copa volvió al centro del círculo. A Yugi le tomó un par de instantes más mientras pensaba lo siguiente que iba a decir. Y su mente, de inmediato, formaba las palabras adecuadas.

–¿Habitabo vobiscum in loco isto? –preguntó por fin al oráculo.

–¿Qué le preguntaste? –demandó saber Mai.

–Que si es él quien vive en esta casa.

El vaso se movió al "Si" mientras tanto. Y de vuelta, regresó a su lugar, como esperando.

–¿Ubi enim est tu? –prosiguió Yugi.

–¿Qué le dijiste? –quiso saber ahora Rebecca.

–Que en dónde está.

–M-I-H-I-S-U-M... –deletreó Mai.

–...I-N-P-A-R-I-E-T-E...-finalizó la voz de Rebecca.

El oráculo terminó el mensaje y volvió al centro del círculo.

–¿Mihi sum in pariete? ¿Qué significa eso? –preguntó Mai a Yugi.

–"Estoy en la pared."

–Pero... ¿en cuál pared? –se cuestionó Rebecca.

Yugi, en seguida, lanzó la pregunta al oráculo.

–¿Quid pariete?

La copa se arrastró señalando su mensaje que todos leyeron con atención.

–C-A-R-C-E-R-I-S...

–En una prisión...-finalizó Yugi al interpretar la palabra.

–¿Una prisión del palacio, tal vez? –sugirió Rebecca.

Yugi, a su vez, preguntó a Mai.

–¿El palacio de Árin tiene una mazmorra o algo así? Tal vez en los sótanos…

–No lo sé –respondió Mai, mientras un dejo de angustia se dibujaba en sus ojos-. Se lo preguntaré a Tristán. Pero si así es, te aseguro que no bajaré a ese sótano por nada del mundo.

Yugi iba a añadirle algo más, pero otra sugerencia de Rebecca lo interrumpió.

–Pregúntale al espíritu cuál es su nombre. Después de todo, para eso hicimos este tablero.

Yugi asintió. Mai volvió a interesarse en el mensaje del oráculo cuando Yugi preguntó de nuevo.

–¿Quid est tibi nomen?

La copa se movió. Esta vez, a los jóvenes les pareció que lo hacía más lento, pero luego de varios segundos, el mensaje fue concluido.

–T-I-M-A-E-U-S... –deletrearon todos.

Y Yugi, con sorpresa y algo de aturdimiento, pronunció el nombre.

–Timeo.

–No puede ser –dijo Mai, igualmente aturdida-, ¿es ese mismo conde de ejecutado Orden? ¿El que desapareció?

-Fue juzgado entonces –pensaba Yugi, con repentina claridad-. Noah fue absuelto, como se dijo en el acta. Pero Timeo no. Ni él ni ese hombre llamado Hermos ni la muchacha de nombre Serenity. Los tres fueron condenados. Hermos a la hoguera, Serenity, tal vez torturada y Timeo…

–Fue emparedado –dijo luego, en voz alta-. Timeo fue emparedado en su propia casa. Nunca se fue de aquí. El crimen que cometió contra la Orden fue tan terrible que no fue escrito en el acta, como tampoco su sentencia.

–¿Y qué crimen cometió? –preguntó Rebecca.

–No lo sé…

"Pero tengo una pista. Tal vez no tan clara como para saber exactamente a qué se refiere, sólo algo sobre un libro…"

–Timeo –habló Yugi mirando al oráculo-. ¿A qué libro se refería la Orden?

Mai y Rebecca iban a decir a Yugi que dijera esa pregunta en el idioma anterior, pero la copa ya se estaba moviendo

–N-O-N-I-T-E-L-…-comenzó a deletrear Mai.

–¡Me entiendes perfectamente! –exclamó Yugi, dominado de pronto por su enfado y aun sin saber el mismo la razón a lo que dijo después-. ¡Sabes que puedes entenderme, pero no quieres hablarme! ¡Y sabes que el silencio cuesta caro!

Las jóvenes se quedaron mudas y sorprendidas ante aquella repentina explosión.

Yugi, por su parte, aguardaba la respuesta.

La copa se movió al "No".

El joven suspiró. Se veía más tranquilo y prosiguió. Compendió parte de lo que había visto al tocar la espada la primera vez, así que le dijo a aquel espíritu con tono comprensivo.

–Timeo, sé que estás enojado por lo que pasó con Serenity y Hermos, pero te aseguro que si me dices lo de ese libro…

Sus palabras fueron interrumpidas.

La mesa comenzó a sacudirse.

–¡No suelten el oráculo! –advirtió Rebecca.

Y como si el movimiento de aquel mueble no hubiese sido suficiente, varios objetos de la habitación cayeron al suelo. Sin duda, el espíritu estaba furioso ante lo que Yugi acababa de decir.

–Yugi, ya déjalo… -comenzó a decir Mai, asustada-. Sólo haces que Timeo se enoje más…

–¡No! ¡Ya basta, Timeo! –exclamó Yugi, otra vez molesto- ¡Detén esto ya y habla de una vez o de otro modo no te ayudaremos!

La mesa dejó de moverse, al igual que la copa. Pero la espada cayó pesadamente al suelo.

–¡Timeo! –llamó Yugi al espíritu.

El oráculo no volvió a moverse.

–Se fue –dijo con frustración Yugi, alejando su índice de la copa-. Regresó al palacio.


Debían volver a la ciudad.

Hasta ese momento, aquel espíritu no había vuelto a manifestarse bajo ninguna forma o señal. El palacio volvía a estar tranquilo y parecía que ese ambiente frío y lúgubre se había ido cuando Yugi, Mai y Rebecca decidieron volver por última vez.

Revisando las habitaciones otra vez y entre algunos cajones de uno de los dormitorios, Yugi encontró una llave, la cual, como imaginaron, pertenecía al mausoleo.

Tristán añadió dicha llave a su juego luego de que le prometiera muchas veces a Mai de que no la perdería. Habían decidido no visitar el mausoleo, pero si luego de que fuera examinado por un experto, lo encontraban deshecho, también sería reparado o demolido según el caso, pero si al final no lograban recuperarlo, los restos humanos que ahí reposaban serían puestos en el cementerio de una iglesia local.

Fue entonces cuando Mai había tomado una decisión que comunicó al resto.

–Hay que darle más tiempo. Si al cabo de determinado plazo Timeo no regresa al palacio, daremos marcha al proyecto. En menos de un año y medio, quizás, transformaremos ese lugar en el hotel que queremos que sea.

El sótano también sería renovado, según sus planes. Y su por casualidad daban con ciertos huesos de un antiguo conde tras uno de los muros, los llevarían directamente al cementerio sin considerar el mausoleo.


Ya en la ciudad.

Despidieron a Rebecca en su diligencia, prometiendo que escribiría a sus amigos y que también ellos hicieran lo propio con ella.

Mai escribía indicaciones a Tristán por medio de una carta que enviaría una semana después junto a un administrador de confianza.

Y por su parte, Yugi regresó a su trabajo en la Biblioteca.

En la Biblioteca del Estado, había algunas actas de ejecuciones de la Orden, sin embargo, aunque ahí estuvieran también las actas de Timeo y Noah, faltaban las de Hermos y Serenity. Y sobre todo, Yugi sabía que existían otras actas donde la Orden recapitulaba los bienes confiscados a los sospechosos. Por ser un documento histórico, pensó el joven, tal vez por eso no le permitían verlo hasta que alcanzara más experiencia.

Pero como entre el director de la Biblioteca y Yugi había una buena amistad, el joven no dudó en comentarle su petición a aquel hombre cuatro días después de haber vuelto de Árin.

–Señor, quisiera ver las actas de los bienes de la Orden.

–No será posible –le respondió en seguida el director-. Todos esos documentos no se encuentran aquí, sino en el Archivo Histórico de la Orden. Y aunque ellos puedan venir y tener acceso a la Biblioteca del Estado, nosotros, en cambio, no tenemos acceso a ellos.

La historia de la Orden era muy truculenta. A nadie le gustaba rememorar que dicha organización había hecho de las suyas desde el siglo XIV hasta el XVII. En otros lugares del continente, existieron grupos similares, llamados simplemente como Inquisición y al igual que la Orden, capturaban a los sospechosos o practicantes de hechicería.

Hasta ahí llegaba el conocimiento popular, incluyendo a Yugi. Timeo, pues, había pertenecido a dicha Orden y había terminado siendo víctima de ellos.

Yugi no tenía la certeza de hasta qué punto su antepasado había hecho de verdugo o que si se merecía ese irónico final. Pero lo cierto era que Timeo estaba furioso. Y que sin quererlo, le había revelado a Yugi una pieza causante de su ejecución: un libro.

Libro que debía estar en manos de la Orden. Y esas actas de bienes lo confirmarían.

Después de todo, ese libro había pertenecido a sus antepasados, al igual que todo lo que se llevó la Orden del palacio. Como descendiente, creyó necesario saber lo que había sido de aquellos objetos. Sobre todo, del libro

O-O

Yugi no insistió más con el director, pero supo de inmediato que su búsqueda debía ir entonces al Archivo de la Orden.

Escribió de inmediato al hombre que por entonces era el director de aquel instituto, haciendo su petición de manera más respetuosa que lo común y aguardó la respuesta, la cual, fue llevada hasta él varios días después.

Un corto texto contenía aquella página escrita con el puño y letra de un asistente, ya que el director del Archivo de la Orden, pareció que ni siquiera leyó la carta de Yugi y a todos aquellos que le escribían, les era respondido con lo mismo.

"Agradecemos su interés en los documentos y archivos históricos de la Orden. Pero por razones de seguridad, ninguno de esos documentos que solicita están a la solicitud del público."

Yugi se sintió un tanto decepcionado ante aquella respuesta.

Decepcionado, sí, pero no con ganas de desistir.

Esa había sido la primera llamada. La segunda, sería personal.

O-O

Tampoco había transmitido a su hermana sus propósitos.

Esperó casi una semana –la semana más larga de su vida- antes de poder recorrer la ciudad hasta donde se hallaba el Archivo de la Orden.

En un edificio grande y antiguo –aunque más "moderno" que el palacio de Árin, Yugi vio un ir y venir de personas sobre aquellas puertas. Creía que para entonces, el lugar no tendría demasiada actividad –tal y como pasaba en la Biblioteca-, pero se equivocaba. Además, todas aquellas personas que se encontraban tanto dentro como fuera del edificio, tal y como iban vestidas, no parecían pertenecer a una estricta clase alta. Yugi no reconoció a nadie, pero tampoco le preocupó demasiado. Ya se enteraría para qué necesitaban a toda esa gente.

Se ubicó en seguida hacia donde quería ir. Subiendo dos plantas y recorriendo pasillos, llegó ante la oficina del director de toda aquella actividad y documentos ocultos.

Pero desafortunadamente, su presencia no cambió la respuesta que había recibido en la carta.

–El honorable señor Maximillion Pegasus, director del Archivo Histórico de la Orden, no admite visitas –le dijo un empleado. Y a Yugi le dio la impresión de que había sido ese hombre el que le había respondido antes.

También, supo que era inútil tratar de decirle su caso con el fin de que el director pudiera recibirlo al darle prioridad.

–¿Y qué voy a decirle? –pensó-. ¿Qué el espíritu de Timeo me reveló cosas?

Cuando iba a retirarse del edificio, por las pláticas de la gente a su alrededor, supo que muchos, como él, corrían con la misma suerte. Nadie era recibido por honorable Pegasus.

Y por primera vez, Yugi tuvo la idea de desistir a su búsqueda.

O-O

Habían pasado tres días desde entonces.

Yugi se veía cansado. La noche anterior, había vuelto a tener pesadillas, pero no con Timeo y su desafortunado final.

Esta vez, Yugi se veía caminando por pasillos de un edificio grande. Oía gritos a su alrededor. Y cuando por fin lograba salir al exterior en medio de la noche, veía partes de un jardín. Entre las sombras, dos seres se acercaban hasta él; uno, envuelto en una túnica negra, no paraba de reír y el otro, era una joven de piel morena y ropa con ornamentos dorados –entre los cuales resaltaba una piedra roja montada en con collar que brillaba intensamente- lo miraba fijamente con expresión seria. Ella alzaba una mano y Yugi quedaba inmovilizado por una fuerza invisible.

El hombre de la túnica se proponía entonces matar a Yugi y a esa joven con ayuda de algo que el asustad joven no alcanzaba a comprender, pero que finalmente, el otro se lo dijo.

El libro de hechizos…

Yugi acudió a la Biblioteca al amanecer. Pasó la jornada tratando de distraerse, tanto del sueño como el asunto del libro y la Orden.

Pero al oscurecer, casi a la hora del cierre de la Biblioteca, Yugi fue llamado por otro de sus compañeros.

La Biblioteca disponía de un buzón interno donde los lectores y otros miembros que visitaban el lugar podían dejar sus quejas o sugerencias de manera anónima. Cada noche el buzón era abierto y los papeles de su interior eran leídos. A veces se encontraban con quejas o sugerencias genuinas de gente respetable. Otras, con simples felicitaciones o vagas reclamaciones que eran ignoradas tal cual. Y otras veces más, se llegaban a encontrar cartas. Ya fueran para el director o para uno de los empleados, a veces la gente no quería preguntarles algo directamente y preferían dejar un mensaje anónimo o firmado que podía no ser correspondido por el remitente.

Y fue un mensaje anónimo el que había recibido Yugi. Un corto mensaje que leyó al desdoblar una pequeña hoja con su nombre escrito.

Yugi. Sea atento. Abra los ojos a lo que pasa a su alrededor.

Busque en donde sea preciso y cuando haya encontrado algo, seré yo quien me encontraré con usted.

Pero no se detenga. Merece saber.

D. D.

-Ver a mi alrededor… ¿Qué es lo que debo ver? –pensó el joven.

La firma de aquella carta no le decía nada y tal parecía que aquella persona lo había seguido. Y quizás, también podría saber de la existencia del libro.

Se sintió asustado de pronto. Si estaba siendo "observado" por un desconocido, ¿quién le aseguraba que la Orden también le vigilaba?

Pero pronto cayó en cuenta a lo que pensaba. La Orden ya se había deshecho desde muchos años atrás. No tenían por qué vigilar a un hombre tranquilo que era empleado de una biblioteca –como a Noah-. ¿O sí?

–Eso se terminó. Su época de terror se acabó –se dijo, convencido.

Pero si debía ver como decía aquella carta. ¿Qué era lo que debía ver? ¿Qué merecía saber?

La respuesta llegó también aquella noche.

O-O

Recorrió la calle a paso lento, ahora sí, observando a su alrededor.

Yugi prefería caminar cuando salía de su casa al trabajo o viceversa. La distancia entre uno y otro lugar no era muy grande, además, le gustaba dar esos paseos entre la tarde y noche. Pasaba la mayor parte del tiempo sentado en la biblioteca por lo que aquellas caminatas eran revitalizantes para su cuerpo y su mente.

Doblo por una esquina distinta a la que comúnmente transitaba.

Estaba inquieto. Y más todavía resultaba escalofriante pensar que había personas vigilando sus pasos. ¿Qué significaba todo aquello en realidad?

Mientras caminaba, veía también que por aquella calle, el pasar de la gente iba aminorando. Y que todos aquellos hombres y mujeres no giraban su rostro para ver a una niña sentada en la acera.

Al pasar al lado de ella, Yugi observó que aquella niña de cabello castaño tal vez no pasaba de los diez años. Llevaba un vestido largo y tal y como se encontraba, no parecía que estuviera ahí sentada para pedir limosna, sino que más bien, esperaba.

Los ojos de la niña se toparon con los de Yugi y aquel, tuvo el impulso de hablarle. Aunque era evidente que no era a él a quien ella esperaba.

–¿Estás perdida? –preguntó Yugi, sin evitar tampoco sonreírle.

La niña le devolvió la sonrisa.

–No señor… Estoy esperando. Mi amigo vendrá pronto. Fue a buscar comida.

La voz de la pequeña era un tanto aguda, pero dulcificada por su corta edad.

–De todas maneras, es tarde para que estés aquí afuera –observó el joven.

–Mi amigo me cuida –aseguró ella, volviendo a sonreír-. Él sabe dónde estoy.

–En ese caso, si tu amigo llega, dile que deben volver y buscar un lugar seguro.

Aun sin conocerla, sintió algo parecido a la preocupación por aquella niña.

–Pero yo no lo conozco –dijo la niña-. ¿Por qué me dice eso?

Una observación que hasta ahora Yugi también desconocía.

No lo sé –pensó-. Pero últimamente he estado viendo y oyendo cosas que hasta ahora no sabía de su existencia… Y creo que tú eres parte de ello. Es una locura, ¿verdad?

–Mi nombre es Yugi –respondió en cambio.

La niña volvió a sonreír.

–Yo soy Chris.

Luego de las presentaciones, ambos cruzaron un par de palabras más. Algunos minutos pasaron y cuando Yugi alzó la vista de un lado y otro de la calle, notó que había menos gente y que Chris parecía no querer irse todavía. En cambió él, el cansancio se iba apoderando de sus sentidos. Era hora de irse.

–Tengo que irme, Chris. Y recuerda lo que te dije.

–Sí. Hasta luego.

O-O

Se alejó unos pasos más.

Pero, de pronto, se sintió intranquilo.

Chris se había quedado sola y a esas alturas, dudaba que de verdad fuera un amigo por ella. Chris no había querido decirle más sobre ese amigo suyo, pero estaba segura de que iría hasta ahí.

Y mientras ese tiempo pasaba, la noche se iba cerrando sobre las calles. La gente se iba alejando de donde Chris estaba.

Yugi lo pensó un momento más, pero no tardó mucho en decidirse.

Dando un rodeo sobre un callejón para que ella no advirtiera su presencia, Yugi regresó.

Desde su lugar, en las sombras, podía ver perfectamente a la niña, la cual, aún estaba sentada en la acera.

También, desde ahí, podía ver un largo tramo de la calle n ambos sentidos, incluyendo un callejón que desembocaba casi frente a Chris.

Los minutos pasaron en medio de un silencio. Chris se entretenía canturreando una canción y Yugi continuaba mirando hasta que un ruido, venido del callejó de la acera de enfrente, hizo callar a Chris y que Yugi también mirara a esa dirección.

Ahí, entre las paredes y basura de la callejuela, había movimiento. Una sombra iba emergiendo en dirección a la niña.

La sombra cruzó la calle solitaria. Yugi vio que se trataba de algo que distaba bastante de ser un humano o un animal. Con su manera de moverse, ese ser era rápido pese a su tamaño. Y llegó hasta donde aquella niña permanecía sentada.

Bajo la luz amarillenta de la farola donde Chis se hallaba sentada, el ser se mostró. Yugi se sobresaltó un tanto cuando sus ojos observaron a aquella criatura.

Era un lobo. Jamás había visto uno tan de cerca y mucho menos vagando por la ciudad y a punto de devorar a una víctima.

Pero en el fondo, el muchacho sabía que no era un lobo. Era difícil de explicar hasta para él mismo. Parecía uno, pero no lo era. La criatura tenía el pelaje blanco o gris, garras rojizas –no porque estuvieran manchadas de sangre, sino porque ese era su color-, además de que sus ojos, de un resplandor amarillo, carecían de pupilas. De su hocico salía un vaho blanco y podían verse una hilera de grandes colmillos. Y su nariz, que no era negra, sino que brillaba también con tonos semejantes a los de un zafiro.

–Sin duda –pensó, alarmado-. Esa cosa lastimará a la niña. Va a atacarla, va a…

Pero Chris observó a ese monstruo y lejos de asustarse, lo recibió con una sonrisa.

–¡Colmillo de plata! ¡Volviste!


¡Hola!

Este embrollo tendrá un orden, lo juro :3

Perdón por mi latín, está algo oxidado. No confío al cien sobre lo que puse ahí xD

Gracias por leer.

¡Saludos y hasta la próxima!