Seung Gil Lee

A marzo veinte y uno del año en curso.

Islas Andamán.

El ocaso se postra sobre el horizonte, dibujando con sombras los mástiles y velas del galeón de Don Leo navegando hacia El Cairo.

Resultó bastante satisfactoria nuestra visita a la colonia de Phichit, sin embargo los lugareños voltearon más de una vez en nuestra dirección, puesto no era yo esta vez, sino la tripulación del conquistador quienes hacían aparición por primera vez en sus tierras.

Así respetuosamente se llamó al mandatario que me recibiría en la primera ocasión, haciendo las maneras de saludo entre empoderados español y nativo. Comenzó, sin embargo, otro tipo de festejo donde fueron separados los cuatro por pequeños grupos, diseccionados en intereses tan propios de cada uno.

Volví con mi amante a mis actividades dentro de la comunidad más a modo de costumbre que de pertenencia, pudiendo notar cómo Yuuri se había hecho rodear de personas en diferentes edades, incluso de la anciana que solía sentar en la fuente, y hablaba animadamente con ellos, entendiéndose. En mi camino a las jaulas, encontré a GuangHong amistando con los chicos astrónomos, tazando como ellos en la arena y riendo de no sé qué cosas que sólo los jóvenes entendían, tal vez el chino llevado por el sentimiento de sus antiguos compañeros de banda.

Hacia la noche, de camino a las habitaciones comunales, encontré a Don Leo paseando junto al intérprete por la plazuela, enfrascados en una conversación en la que poco se miraban y cuando lo hacían, las facciones de ambos relajaban. En cambio, cuando el navegante chino siguió a sus nuevos amigos hacia las alfarerías y se encontró de lleno al ruso, sin atavío y transpirado por su nueva labor forjando con lava, GuangHong detuvo su paso, miró con desagrado a Victor, regresando por donde había llegado. Yo, que pasaba cerca cargando verduras para la comida, noté el mismo ceño fruncido en el rostro del mayor, continuando luego su tarea con ahínco, asustando por lava brincando a su paso.

Mis acompañantes, entretenidos en sus nuevas actividades, no sopesaron el cansancio sino hasta caída la noche, donde fueron separados en cuartos de doble plaza, alcanzando Don Leo junto al intérprete una, y para desgracia los enemistados otra.

El sopor no fue calmado esa noche: susurros violentos se escuchaban de otras habitaciones.

A la mañana siguiente nos despedimos de la comunidad, yendo nuestro camino abajo siendo yo guía. Phichit, según me dijo Yuuri, debía atender unos asuntos de su profesión que le harían imposible acompañarnos, más por las prisas no detuve con algún cuestionamiento, pues tiempo habría de sobra según Don Leo, planeado ya asentarnos otro mes delante del galeón zarpar hacia Egipto, esperando respuesta de los Reyes.

Que alguien llegase mucho tiempo antes es sin duda un sueño mío. Que por alguna razón, alguien estuviera cerca y plantase su estandarte protector a la gente que se había hecho mía, y gritara con su ayuda pronto al mundo sobre estas personas.

Si la suerte estará conmigo como lo ha sido hasta hoy, fuera mañana mismo la presencia de la Corona en estas tierras.

Seung Gil Lee

Abril cuatro del año en curso.

Islas Andamán.

Dejé tanto tiempo de escribir en este diario que sentarse hacerlo y de la manera tan rápida en que articulo las palabras me deja sin aliento y sabor de incomodo e inseguridad.

Lo que ha pasado en estas dos semanas lo puedo describir con una sonrisa, pues hemos abandonado la playa para residir en la comunidad, cada uno con respectivos trabajos. Encontrado el sueño de la vida pacífica, estable y de esfuerzo al lado de mi amante.

Pero hoy, desde las jaulas de los papagayos, divisé un galeón acercar a la isla, apurando nosotros llegar al campamento y recibir lo que navegara allí, más con sólo reconocer un estandarte diferente al de Don Leo, me guarecí en la carpa donde me encuentro ahora.

Escucho desde fuera decir que el galeón es francés, más poco se sabía del capitán.

Los hombres están gritando y se hace el chapoteo presente.

Parece que ya viene.

Acerqué al filo de la entrada a la carpa, tratando de obtener un vistazo.

Hay un hombre seguido de una horda. Es alto, tiene el rostro cuadrado y los ojos azules. Viste un traje verde, resaltándolo entre sus seguidores de atuendos menos delicados. Una mirada altanera adorna su rostro.

—Lord Leroy—dice Don Leo y en su voz se divisa molestia.

—Don Leo—vocifera—, ha pasado bastante tiempo desde Taiwán.

—Ya lo creo—afila la mirada—. ¿Qué le trae Andamán?

El Lord suelta una risa.

—Estaba en el puerto de Yibuti, después de una expedición a Etiopía, cuando uno de mis hombres vio tu estandarte viajar sobre Adén hacia el Mar Rojo—explica—. Quise saludarte, pero me encontré con un mensaje para mi tío el Rey de España y en su nombre, he venido.

Eleva una mano, ondeando al aire lo que reconozco como la carta de Don Leo.

—¿Expedición?—habla Victor— ¿Qué clase de expedición puede tener, Lord? Después del fiasco de Ryukyu, pensé que su padre no dejaba los negocios en sus manos.

—Y lo dice la deshonra de la familia rusa—contrataca—. Permítame mostrarles lo que encontrado: Otabek, tráelo.

Un chico a semejanza del Lord se hace a su lado, arrastrando consigo un niño encadenado de manos y pies, vistiendo escasamente unas enaguas sucias. Su cabello es amarillo, largo rozando sus hombros, y los ojos son dos esmeraldas relucientes en la blanquecina piel de su cuerpo.

—Me lo encontré en Etiopía—dice el Lord, tomando por el rostro al niño—. ¿Pueden creer que esta preciosura estaba por ser quemado? En su tierra lo consideran un demonio por su piel blanca, pero en presencia de la realeza será un ángel muy caro.

La cara de Don Leo y compañía, tanto como la mía, es de estupefacción.

—Lo llamamos Jorge, pero Otabek lo ha nombrado como Yuri—continua.

Todos viramos al nipón.

—Está bien de cháchara—vuelve hablar el Lord—: vayamos a esa colonia. Quiero verla.

—Sí—responde Don Leo, creo que poco puede hacer respecto a las exigencias de la realeza—. Buscaremos a nuestro cartógrafo, él sabe el camino.

Escucho cómo me llaman.