Capítulo 6

¿Katherine Beckett? –me pregunta la enfermera rompiendo el silencio que se ha instalado entre Richard y yo.

-Soy yo –contesto, poniéndome de pie de inmediato.

-Acompáñeme, es su turno. –Se gira pero al notar solo mi presencia detrás de ella, se voltea de nuevo. -¿Usted es el padre? –Castle asiente con un movimiento de cabeza. –Puede entrar, si lo desea. –No hizo falta que la enfermera dijese nada más. Richard se levantó tan deprisa que provocó que la mujer riese.

XXX

La ginecóloga, Emily Bennett, ojeaba mi expediente clínico. Richard y yo, sentados frente a ella, en completo silencio, esperábamos a que terminase.

-Bien, -habló, mirándonos por encima de sus gafas. Se las colocó en su lugar con la ayuda de su dedo índice y tomó el bolígrafo que estaba a su derecha. -¿Es su primera visita, no? –Asentí. –En ese caso le tendré que hacer algunas preguntar y unos análisis de sangre y de orina. –Acepté sin decir una palabra, solo un con gesto afirmativo. –Tranquila –me dijo al notar mi nerviosismo –es algo rutinario. –Me dedicó una sonrisa. -¿Cuándo menstruó por primera vez, duración media del sangrado menstrual, fecha de la última regla?

Suspiré. Sabía que tenía que contestar pero la presencia de Richard me incomodaba. Total, él y yo no nos conocíamos y no teníamos la suficiente confianza, más bien no teníamos nada de confianza, al menos no yo, para hablar sobre eso. No con él, con la doctora pero, Castle, escucharía todo.

-La primera vez, creo recordar que, fue a los 11. –Me callé durante unos segundos. –La duración, unos cuatro días y la última vez, hace casi 10 semanas.

Emily, anotó en una hoja en blanco. -¿Tuvo problemas para concebir? ¿Cuánto tiempo le llevó conseguir el embarazo?

¿Problemas? Reí internamente. Problemas… ¿Cuánto? ¡Unas horas! No hizo falta más. Me miró fijamente y aclaré mi garganta antes de hablar. –No, no tuve problemas y… -agaché mi mirada. –No ha sido premeditado.

-Entiendo –volvió a escribir. -¿Es su primer embarazo o ya ha estado embarazada?

Negué. –Es mi primer embarazo. –La ginecóloga nos miró a Richard y a mí alternativamente. Estoy segura que por nuestra frialdad e ¿indiferencia? el uno con el otro se había percatado de algo.

-¿Algún aborto? –siguió.

-No

-¿Padece alguna enfermedad, tiene alergias? ¿Toma medicamentos? ¿Enfermedades infantiles por las que ya pasó? ¿Posibles enfermedades genéticas en su familia o en la del padre?

-No, no padezco ninguna enfermedad ni tengo alergia. No tomo medicamentos, solo algunos calmantes para el dolor de cabeza o alguna pequeña molestia puntual. –intenté recordar algunas enfermedades que hubiese pasado. –Enfermedades infantiles, las normales: constipados, varicela, gripe,… nada fuera de lo común. –Asintió. Yo me quedé callada. Para contestar a la última pregunta tenía que revelar algo sobre mí que no quería. –En la familia de mi madre no hay enfermedades genéticas pero… -tomé aire para continuar –a mi padre no lo conocí ni sé nada de su familia.

-¿Murió?

-Nos abandonó. –Bennett, me pidió disculpas con la mirada.

-Y Usted, señor…

-Castle, Richard Castle.

-Señor Castle, ¿alguna enfermedad que padezca usted o alguna enfermedad genética en su familia?

-Yo estoy sano pero mi familia no sé. –Se encogió de hombros –Me abandonaron cuando era un bebé. No sé ni siquiera sus nombres.

La doctora se llevó una mano a la frente y se concentró en escribir en el folio, ya no tan blanco.

-¿Tiene manchados? ¿Se encuentra bien o tiene muchos síntomas?

-No, no tengo manchados. Por las mañanas siento náuseas y, a veces, devuelvo todo lo que he comido. –Asintió. –También, he tenido algunos mareos y siempre estoy cansada, muy cansada.

-Luego, le daré algunas recomendaciones para sobrellevarlas. Ahora, la última pregunta: ¿fuma, bebe alcohol o toma algún estupefaciente? ¿Hace deporte? ¿Se alimenta equilibradamente?

-Ni fumo ni bebo ni nada de eso. Suelo salir a correr casi todas las mañanas e intento cuidar mi alimentación, comiendo lo más sano que puedo.

-Tendrá que suavizar su ejercicio. Si se siente bien y todo está bien, podrá correr pero no mucha distancia ni muy deprisa. También, puedes cambiar y hacer Yoga o Pilates, si lo prefiere.

-Lo tendré en cuenta.

-¿Tiene alguna pregunta? O –miró a Richard -¿Tenéis?

Negué.

-No –dijo Rick.

-Entonces, pasemos a la otra sala para hacer el reconocimiento físico.

Tomó nota de mis datos generales: altura y peso. Me medió la presión arterial y me auscultó el corazón y los pulmones.

-Túmbese –me señaló la camilla que estaba en el centro de la sala. –Nos queda realizar la exploración ginecológica. –Le hice caso. Ella se sentó en una silla que estaba a uno de los lados de la cama. Richard, al otro lado, de pie con los brazos cruzados seguía observando todo.

Después supervisar todo lo necesario, nos informó que en el monitor que estaba a su izquierda, veríamos a nuestro bebé por primera vez. Sonreí nerviosa.

Mi sonrisa se agrando cuando en la pantalla apareció un pequeño puntito que Emily nos dijo que era el bebé. Me llevé una mano a la boca emocionada. Miré al padre de mi bebé y vi que él también estaba sintiendo ese mismo sentimiento. Se escuchaba los latidos de su corazón, demasiado rápido pero la ginecóloga nos dijo que eso era normal al ser tan pequeño.

Nos dijo que podría recoger una foto de la ecografía a la salida en el mostrador. Me preguntó si sabía la fecha en la que lo concebimos para calcular la fecha probable del parto. Ocho semanas y dos días, esa era la respuesta a su pregunta.

XXX

-¿Quieres tomar algo? –me preguntó Richard cuando salimos.

-No –rechacé la invitación.

Castle me miró desilusionado. –Yo solo lo decía porque ahora, que vamos a ser papás, estaría mejor que nos conociéramos. –Ladeé la cabeza –No digo eso. Sé que tú nunca aceptarías tener nada conmigo. Pero, al menos, ser amigos. Una amistad sería buena para nuestro hijo.

Lo medité por varios segundos. Sabía que él tenía razón y lo odiaba. Bufé.

-Tienes razón. Eso sería bueno para él.

-Entonces, ¿aceptas?

-Sí –contesté en medio de un suspiro. –Pero poco a poco. Solo conocer lo necesario y mantener una relación cordial.

-Está bien. ¿Dónde quieres ir a por esa bebida? –arrugó la nariz y se llevó la mano a un bolsillo, sacando su móvil. –Perdona, -se disculpó –tengo que contestar. –Asentí.

-Hola

-….

-¿Qué ha pasado? ¿Está bien? –le preguntó, alterado a la persona que estaba al otro lado de la línea telefónica.

-….

-¿En qué hospital estáis?

-….

-Voy para allá. –cortó la llamada y me miró. –Lo siento pero me tengo que ir. Mi hija está en el hospital y… -suspiró y levantó la mano para parar un taxi. Se volvió antes de montarse en el coche. - ¿Quieres ir a cenar a mi casa el sábado? Solo para hablar y eso. –Acepté por inercia. Sin saber muy bien lo que estaba haciendo. Mi mente todavía estaba en esa conversación y en el recuerdo de esa pequeña niña que vi el primer día que fue a su loft. ¿Qué le había pasado? Cuando quise preguntarle, Castle, ya había desaparecido.

XXX

Dos golpes secos en la puerta hicieron que Castle se levantara de la alfombra donde jugaba con su hija para ir a abrir. Su conserje con una caja, lo miraba sonriente.

-Lo que me pediste, señor Castle.

-Muchas gracias, Jou. –Sacó un par de billetes y se lo entregó al empleado.

-Daniela, cariño –la llamó, caminado hacia ella con la caja en sus manos. –Tengo un regalo para ti.- Al escuchar la palabra "regalo" la niña se levantó con algo de torpeza y corrió graciosamente hacia su padre. –Cuidado, cariño, a ver si te caes y se te vuelven a abrir los puntos.

Se agachó junto a ella y dejó el cartón en el suelo.

-Ábrela –la animó. –Te ayudo.

Cuando la pequeña vio lo que había en su interior, soltó un gritito de emoción. Abrió la boca y los ojos al máximo, poniendo ambas manitas en su cara.

-¿Te gusta? –le preguntó Castle con una sonrisa.

-Un perrito –dijo feliz. Fue a cogerlo pero el cachorrito, un Beagle, se movió y Daniela se asustó.

Su padre lo tomó con una mano y lo puso en el suelo. –Tócalo, no hace nada. Es muy pequeñito.

-Sí –afirmó, sonriendo y encogiéndose de hombros.

-Son como los que a ti te gustan, como los del parque.

-Sí.

Rick le quitó el chupete. -¿Le das un besito a papá por el regalo? –Su hija se puso de pie y lo besó en la mejilla. Este le dio varios sonoros besos.

Cuando la señora que cuidaba a su hija lo había llamado diciéndole que se había dado un golpe y estaban en el hospital porque Daniela necesitaba puntos en la frente, se había asustado aunque le hubiese aclarado que no era mucho.

Habían pasado dos días desde ese momento y Castle había estado mimando a su hija, más de lo que ya hacía. Sabía que a la niña le encantaban los perros y, en otras circunstancias se lo habría pensado más, pero, después del golpe, había decidido regalárselo.

Su hija había estado triste y decaída la tarde del accidente. Ese mismo día le había pedido a su conserje que le consiguiera un cachorrito para ella, como una vez se ofreció.

-Ahora tenemos que ponerle un nombre. ¿Qué nombre te gusta?

Acarició al cachorrito y rio cuando se removió. Quitó la mano y, rápidamente, volvió a llevar su manita a la oreja del animal.

-Olaf

-Olaf, ¿cómo el muñeco de Frozen?

-Sí, la peli. –Dijo la niña, señalando la televisión.

-Pues, ¿vamos a darle de comer a Olaf?

Daniela se quitó el chupete. –Sí, comer Olaf.

Tomó la bolsa que había en la caja con las cosas necesarias para el perrito. Calentó un poco de agua en el microondas y la echó en el comedero amarrillo, decorado con huesos, acompañado de dos cacitos de leche el polvo para cachorros.

Fue hasta donde su hija estaba con el perro y dejó el tazón en el suelo. Con la ayuda de la pequeña, hicieron que Olaf se acercara y olisqueara antes de comenzar a beber la leche.

-¡OH! –exclamó, mirando a su padre.

-Tiene hambre. –le sonrió.

XXX

En este momento, me odio a mí misma por haber aceptado la cena con Richard. ¿En qué estaba pensando? En su hija. Bufo, soltando todo el aire que contiene mis pulmones.

Encima no puedo cancelarla porque no tengo su número de teléfono. La única forma sería ir o dejarlo tirado. Y… aunque se lo merezca, mis principios no me dejan.

Cojo mi chaqueta y salgo de mi departamento. Mientras antes cene, antes podré volver.

XXX

-Hola –saludó cuando Richard me abre la puerta.

-Hola –me sonríe pero yo no le devuelvo la sonrisa.

-Olaf –escucho la voz de una niña pequeña, miro hacia dentro y veo a la hija de Rick corriendo detrás de un perrito. Lleva un apósito en el lado derecho de su frente. Ríe, mientras, torpemente intenta seguir detrás del animal pero este se mete debajo de uno de los sillones.

Escucho a Castle reír. Él también estaba observando la escena.

-Oh, lo siento, pasa –me dice cuando se vuelve hacia mí.

Doy dos pasos hacia delante, entrando.

-Daniela, ven a saludar –llama a su hija, que sigue insistiendo en atrapar a Olaf, todavía debajo del sillón. –Ven –me dice a mí al ver que la niña no va a hacerle mucho caso. Toma a su hija en brazos. –Dile "hola".

La niña me sonríe y se esconde en el cuello de su padre. –Dile hola –insiste. –Daniela me mira desde su escondite y murmura un tímido "Hola".

-Hola –le digo yo, sonriendo. –Yo me llamo Kate, y tú, ¿cómo te llamas?

Solo me mira pero no contesta. Tras varios intentos de su padre, lo hace. "Anela" Dice que se llama.

-Daniela –la corrige su padre.

-Danela –dice ahora.

Yo sonrío y me atrevo a acariciarle el bracito. Ella me devuelve la sonrisa y pronto protesta para que su padre la baje al suelo para poder seguir buscando a Olaf.