Capítulo 7: Nuevo amigo

Febrero estaba terminando y despacio, muy despacio, el frío iba cediendo de a poco y los ánimos en la escuela empezaban a aflorar con la pronta llegada de la primavera.

Masamune y Yukimura, si bien no podían verse tanto como querían debido a sus tareas y deportes, hacían todo lo posible por disfrutar de los pocos momentos en que podían estar juntos, ya fueran ellos dos solos o con alguno de sus amigos, y no peleaban casi nunca. A veces discutían por alguna cosa sin importancia, pero Sanada era una persona que se amoldaba fácil a otros y Date cedía más de lo que hubiese permitido en otra situación, simplemente por complacer a su novio. Había, por supuesto, cosas en el otro que a ambos no les gustaban, pero estaban tan perdidos en su ilusión de amor que ninguno de los dos profirió queja alguna durante aquel tiempo.

Megohime, que de a poco se había ido alejando del grupo de amigos, ahora trabajaba medio tiempo en la cafetería Saint Francis, hogar de las maids más monas, y regularmente recibía la visita de sus compañeros, que le daban cuantiosas propinas a "la mesera más bonita".

En el colegio, día a día se potenciaba la competencia entre el "presidente-san" y el "vicepresidente-kun", como habían apodado a Mouri y a Amago Haruhisa, el segundo al mando del consejo estudiantil y rival de Motonari casi desde los ocho años, desde que estaban en primaria. No importaba cuánto se esforzara Haruhisa, muchacho de complexión mediana, cabellos oscuros y lacios peinados hacia atrás y ojos penetrantes, jamás conseguía ser el primero. Era arisco y tenaz, y tenía pocos amigos; pero se llevaba especialmente mal con Mouri, un poco porque nunca conseguía desplazarlo y otro poco porque no le gustaba la personalidad de su compañero. Y era mutuo. No obstante, se sentaban el uno junto al otro, practicaban con igual desinterés el mismo deporte (carrera) y coincidían para estudiar en la biblioteca muchas más veces de las que hubieran deseado.

En el consejo también estaba presente Hauri Tsuruhime, una niña muy bonita de la clase B, la misma a la que asistían Yukimura, Ieyasu, Mitsunari y Megohime. Tenía el cabello corto y castaño, ojos oscuros pero profundos, y era tan delicada y agradable que todo el mundo la adoraba. Como era muy tímida, pasaba largas horas en el despacho de Ichi-sensei, una de las psicopedagogas de la escuela, quien la animaba a ser un poco más extrovertida. Por sugerencia de la psicóloga, Tsuruhime se había unido al consejo, pidiendo permiso a su admirado Mouri (a la chica le fascinaba la capacidad de liderazgo de su senpai); y éste, al ver que no tenía muchas habilidades "cognitivas", la había designado como encargada de pedir permisos, entregar reportes y comunicar decisiones del consejo a la planta de maestros. Había resultado ideal para la labor, pues todos los profesores adoraban a Tsuruhime y comúnmente nadie le negaba nada.

Hauri practicaba arquería en el colegio, actividad que la había llevado a conocer a la temible Saika Magoichi, una de las alumnas de cursos superiores. Magoichi estaba en primer año de preparatoria e iba en el salón A, donde tenía a su compinche, un muchacho muy alto y musculoso de voz grave, Kuroda Kanbei.

Aunque Saika era hija de una familia adinerada, normalmente no lo mostraba. La mayoría de las veces, la gente creía que era una rebelde por su porte y su forma de hablar. Era seria e imponente, de risa difícil y enojo silencioso, pero buena amiga para quienes lograban acercarse a ella. Tenía el pelo largo hasta los hombros, ondulado y pelirrojo, muy claro, y ojos rojos, firmes. Poseía un cuerpo escultural, mérito de las horas que entregaba al ejercicio físico, y practicaba arquería porque no le dejaban llevar un arma al colegio. Le fascinaba el tiro y solía practicar en un polígono de las afueras de la ciudad; a pesar de su corta edad, siempre supervisada por su padre, sabía manejar pistolas, rifles, escopetas y otras tantas armas de fuego como había podido aprender.

Contrariamente a lo que podría haber parecido en un inicio, Saika hizo buenas migas con Hauri; le gustaba la inocencia de la chica, le divertía su candidez y la espontaneidad de sus actos. Tsuruhime estaba loca por Magoichi, la admiraba aun más que a Mouri y deseaba ser como ella si algún día podía crecer y "tener ese busto poderoso, y esas piernas largas, ¡y esas súper caderas!", como solía soñar la muchachita.

Kuroda Kanbei, por su parte, estaba en el equipo de judo del colegio y se perfilaba para ser uno de los mejores del instituto, sino de toda la ciudad. Tenía una fuerza que parecía traída de otro planeta, era casi imposible derribarlo y solía ganar todos los encuentros organizados por Utsunomiya-sensei, un joven profesor de educación física obsesionado con el karate que regularmente recibía regaños de Honganji-sensei, su superior, por armar tanto jaleo en clases. Kanbei tenía el pelo oscuro y ondulado, siempre sujeto en una coleta baja y siempre con unos mechones cayendo encima de sus ojos marrones. Una incipiente barba oscurecía los lados de su rostro, aunque nunca le crecía más allá de unos pocos milímetros. Era muy callado, estudiante de notas promedio y poca participación en clase. No había hecho muchos amigos desde que había ingresado al colegio, pero eso no le molestaba particularmente.

Había entrado al instituto en el primer año de secundaria, junto con Saika, y se habían sentado juntos desde el primer día, dando paso a una amistad curiosa pero duradera. Kuroda era algo rudo para expresarse y normalmente la gente se ofendía con lo que decía, pero la pelirroja había logrado descifrar su habla y había decidido quedarse a su lado. Había algo en Kanbei que le gustaba, que le daba seguridad a pesar de las aparentemente pocas luces de su compañero; y él había pagado con igual equidad aquella atención, volviéndose su confidente. Juntos espantaban a los curiosos y la pasaban bien por su cuenta.

En el transcurrir de ese tercer año de secundaria, Masamune se había percatado de la existencia de Kobayakawa Hideaki, uno de sus compañeros de clase. El chico era pequeño y regordete, con cabello negro y lacio, largo y atado en una diminuta coleta baja. Tenía ojos color café y mejillas rechonchas, y se la pasaba estornudando durante las horas de escuela. Por boca de Kasuga se había enterado de que Kobayakawa tenía salud delicada y se enfermaba mucho, y que por ello había tenido que pasar casi todo el segundo año hospitalizado y aprendiendo con un profesor que Oda-sensei le había enviado, porque no quería que perdiera el año en el instituto. Hideaki era un muy buen estudiante y su familia era amiga de la de Oda, y además de eso era el secretario del consejo estudiantil.

Como era de esperarse, Motonari abusaba de la debilidad de Hideaki tanto como podía. Si bien sólo sabía ser bueno con Motochika, el presidente se las arreglaba para tratar a los demás con cierta amabilidad indiferente, pero sobre el pobre Hideaki, a quien todos llamaban "Kingo", volcaba todas sus frustraciones. Kobayakawa no se resistía y se dejaba hacer, y se había convertido en el protegido de Akechi-sensei, el enfermero del colegio, que solía atenderlo cuando alguno de los muchachos más grandes se propasaba con él.

Ahora bien, Masamune apenas había intercambiado el saludo con Hideaki, y siempre de mala gana. Le irritaba su actitud esquiva y temerosa, y se sentía desafiado cuando, en clase, Kobayakawa levantaba la mano antes que él para contestar. Por eso, cuando empezaron los trabajos de investigación en el segundo semestre, Date se molestó especialmente cuando Uesugi-sensei, el profesor encargado de la clase, lo puso en el grupo con Kobayakawa.

Todos estaban discutiendo sus proyectos en voz alta, por lo que el Dragón aprovechó para acercarse al escritorio del profesor y plantearle su disconformidad.

–¿Hay algún problema con Hideaki-kun? –preguntó el hombre de ojos claros y pelo negro, mirando atentamente a su alumno.

–No lo conozco nada –farfulló Date–. Faltó casi todo el año pasado, así que no tengo idea de cómo trabaja.

–Hideaki-kun es uno de los mejores estudiantes del instituto, incluso cuando estuvo hospitalizado logró mantener sus buenas notas –observó Kenshin–. Creo que su compañía te beneficiará más de lo que imaginas.

Comprendiendo que no tenía derecho a réplica, pues Uesugi había bajado la vista hacia su cuaderno, Masamune resopló y se dio media vuelta, regresando a su pupitre.

Hideaki lo miraba con expresión de temor, pero cuando Masamune se sentó detrás suyo escuchó la fría voz del tuerto:

–Te voy a hacer la vida imposible si me estorbas. Got that?

Y no le dirigió la palabra hasta el final del día.

Cuando sonó la campana de la salida, Hideaki estaba reuniendo nerviosamente sus cosas y echando miradas sobre su hombro hacia Masamune, quien sólo perdía la vista por la ventana.

Ya listo, Kobayakawa se paró muy firme y tomó aire repetidas veces antes de poder pronunciar una palabra.

–¿D-Dónde te gustaría... que trabajemos?

Date lo miró con expresión de fastidio. Descruzó los brazos y comenzó a recoger sus útiles.

–Hay que ir a la biblioteca primero –fue toda su respuesta, mientras se ponía de pie y se colgaba la mochila al hombro.

El muchachito asintió rápidamente y caminó tras él. Los rumores respecto al Dragón lo intimidaban bastante, sumado a las muchas veces que lo había visto pasando el tiempo con delincuentes de grados mayores.

De camino a la biblioteca, Kobayakawa quería hablarle a Date, quería decir algo para dejar de sentirse con miedo, pero nada salió de su garganta hasta que llegaron a destino. Totalmente desinteresado del tema, el Dragón dejó que su compañero se encargara de pedir los libros necesarios, sorprendiéndose con disimulo de la absoluta claridad con la que Hideaki hablaba al bibliotecario.

Se repartieron los libros entre los dos y, tras haber guardado el material, Masamune echó a caminar hacia la salida.

–Vivo... cerca... –avisó Hideaki, no encontrando otras palabras para ofrecer su casa; pero cuando Masamune se giró para mirarlo, puso rápido las manos frente a sí mismo, haciendo movimientos torpes–. P-Pero no me importaría trabajar... en tu casa.

Aquella súbita muestra de cobardía sacó de sus casillas a Date, que sólo por molestar decidió que iban a ir a su casa.

–Pues vamos a la mía entonces. Mi sirviente te llevará a casa si se hace tarde.

–C-Claro...

Caminaron en silencio por varias cuadras hasta que en una esquina, por estar mirando al suelo, Hideaki no notó a la persona que daba vuelta ahí mismo y chocaba contra él, cayendo completamente sobre su trasero y provocando que Masamune soltara un sonido de risa contenida.

–¡Kingo...! –exclamó una voz conocida, que reprimió un "idiota" sólo porque Date estaba presente.

–M-Mouri-senpai... –murmuró Hideaki, poniéndose de pie con trabajo.

–¡Mira por donde vas!

–L-Lo lamento, Mouri-senpai... –dijo el más pequeño, con la vista clavada en el suelo y ayudándose de sus manos para poder levantarse. Trató de recoger algunas de las cosas que Motonari dejara caer, pero su intento se vio bloqueado por la voz molesta de éste.

–¡Deja, deja! Lo vas a ensuciar todo... Por todos los cielos –se quejaba el presidente, agachándose para levantar las piezas de una maqueta–. ¿Que no puedes hacer nada bien?

A Masamune no le gustó ese tono, pero no dijo nada. Cuando Motonari terminó de juntar sus cosas, el Dragón sólo agarró fuertemente del brazo a Hideaki y lo obligó a caminar tras él, sin darle oportunidad al presidente de decir nada más. Éste frunció el ceño, fastidiado, pero siguió camino sin pronunciar palabra.

El rostro de absoluta tristeza del muchacho sólo se vio opacado por la confusión por la repentina agresión de su compañero, quien lo dejó ir cuando perdieron de vista al presidente.

–L-Lo lamento... –se volvió a disculpar Hideaki, por costumbre y temiendo haber molestado a Masamune.

Echándole una mirada indescifrable, Masamune lo guió hacia su casa en completo silencio, sólo dirigiéndose a él cuando llegaron y lo presentó con su tutor.

–Kojuurou, él es Kobayakawa Hideaki, es uno de mis compañeros. Vamos a estar haciendo un reporte, así que si nos puedes llevar algo de comer más tarde...

Katakura le echó un ojo al niño que hacía una marcada reverencia ante él. Se notaba a leguas su nerviosismo y miedo.

–Por supuesto... La cena estará lista a las siete, ¿desea comer en su habitación o pasarán al comedor?

–Ya veremos, de acuerdo a cuánto trabajo haya. Vamos, Kobayakawa –indicó a su compañero, con un gesto ausente–. Oh, y Kojuurou, mantén a Kojirou lejos de la habitación, no quiero que moleste.

El sirviente suspiró y asintió con la cabeza.

–Sus padres estarán fuera hasta tarde y él fue invitado a casa de los Oda, en un momento lo llevaré, así que no habrá nadie que interrumpa su trabajo, Masamune-sama –Katakura hizo una reverencia hacia su amo y se retiró.

Masamune sólo chasqueó la lengua, comenzando a subir la escalera de mármol.

La casa de los Date fue para Kobayakawa como entrar a un mundo completamente diferente. Todo era tan clásico y correcto, a medias occidental y a medias oriental, al punto que, al entrar al cuarto del joven, pensó que encontraría un futón en medio de la habitación. Aunque, en verdad, el lugar fue todo lo contrario: dos camas individuales, un televisor con una consola en la pared contraria, un ordenador en el escritorio que separaba las camas y diversos adornos aquí y allá.

–Siéntate donde quieras –invitó el Dragón fríamente, mientras apoyaba la mochila sobre la cama y empezaba a sacar los libros.

–Deberíamos comenzar revisando las fuentes... luego tipear el... tra... ba... jo... –tartamudeó Kingo.

Date lo miró con molestia.

–Hombre, si te fastidia algo, dilo, el trabajo se hace de a dos.

–N-No, estoy bien... –Kobayakawa se sentó muy quietecito en la orilla de la cama y comenzó a sacar el material–. Es raro... S-Sólo he visitado la casa de... Mouri-senpai –para la última parte, la voz del muchacho era sólo un murmullo.

El Dragón le echó una mirada entre curiosa y molesta.

–Vamos, yo revisaré la primera parte del reporte, tú ve con la segunda.

Así pasaron el resto de la tarde los muchachos, trabajando en silencio, interrumpidos por uno que otro comentario mordaz del anfitrión y el invitado disculpándose por cosas que no había hecho; hasta que a las siete en punto Katakura llamó a su puerta, anunciando que la cena estaba lista y preguntando dónde querrían tomarla.

Para ese momento, Hideaki estaba sentado en la computadora, tipeando rápidamente. Masamune se puso de pie y lo llamó de forma ruda. Kojuurou frunció el ceño al escuchar eso, pero no dijo nada en el momento.

Cuando los adolescentes estaban comiendo, Hideaki no pudo evitar preguntarle a Kojuurou, que estaba de pie junto a la puerta, en dónde compraban los vegetales.

–Oh... La mayoría los cosecho yo –respondió el sirviente, con una sonrisa, feliz de que el niño lo notara.

El Dragón echó una mirada hacia su tutor, visiblemente confundido.

–Katakura-dono, están fantásticos –comentó Kingo, saboreando con gusto cada bocado–. Nunca había comido algo tan delicioso. Y me gusta mucho comer.

Aún con la mejor de sus sonrisas, Katakura hizo un movimiento de cabeza como agradecimiento.

–Muchas gracias, puedo preparar algo para usted cuando quiera.

–Se nota que te gusta –observó Masamune, con tono siseante, y sintiéndose muy orgulloso de su propio cuerpo atlético.

El invitado calló cualquier otro comentario para mirar a su plato y ralentizar la velocidad con la que comía, a lo que Kojuurou lanzó una mirada reprobatoria a su señor; pero esperaría a estar a solas para decir algo al respecto.

–Me honra que le gustara. Siéntase libre de pedir cuanto quiera, mi cocina es muy sana.

Cuando la infortunada cena terminó, regresaron al cuarto de Masamune y prosiguieron con el reporte. Sólo faltaban algunas cosas cuando Hideaki se percató de que eran casi las diez de la noche.

–Kojuurou te llevará a tu casa, iré a avisarle –murmuró el Dragón, feliz ya de poder quedarse solo. Bajando la escalera se encontró con su tutor y le pidió el favor.

El hombre aceptó de inmediato, notando que también era hora de recoger al joven Kojirou. Pero antes de que su señor pudiese regresar a su cuarto, lo detuvo suavemente al tomarlo por el brazo.

–Masamune-sama, el haber nacido bendecido con ciertos dones no le da el derecho de caminar sobre los demás –comentó en voz muy baja, con un semblante serio–. Por primera vez, he de decir que me avergüenza su comportamiento...

Masamune parpadeó varias veces con su ojo sano, con una expresión de sorpresa y desconcierto que fue casi hasta cándida.

–Me decepcionaría mucho saber que se ha convertido en ese tipo de persona... –dijo el sirviente mientras dejaba ir su brazo, suavizando la expresión en su rostro y cambiándola por una de afecto–. Llame a su amigo, prepararé el auto.

El Dragón se quedó muy quieto mientras Katakura se alejaba. Sintió un frío intenso bajando por su columna, alojándose en su estómago y en su pecho. Tratando de recuperar la calma, regresó a su habitación y pidió a Kobayakawa, en un tono mucho más amable que antes, que recogiera sus cosas.

Su compañero le sonrió y se retiró fugazmente del cuarto, no sin antes avisar que tendría lista su parte para la mañana siguiente.

El tuerto se recostó en su cama. Escuchó que se cerraban las puertas del jardín y rodó hasta quedar completamente desparramado sobre el colchón, boca abajo.

Tras un largo rato se levantó, se cambió de ropa, se cepilló los dientes y se metió en la cama. No quería que nadie lo encontrara despierto. Se sentía avergonzado y culpable, pues la mirada que Kojuurou le había echado le había helado todos los músculos.

Tal como prometiera, Kingo llevó el reporte completo la mañana siguiente, y la actitud del Dragón lo sorprendió sobremanera. Estaba mucho más calmado y amable que el día anterior, y no lo molestó en toda la mañana.

El tuerto fue, de a poco, descifrando la personalidad del chico. Aunque su cobardía y timidez le crisparan los nervios, era una persona de carácter noble y muy amable, por lo que lo molestaban fácilmente. Y aunque era algo de todos los días, no pudo evitar notar que una persona en especial se encargaba de derrumbarlo con toda clase de maltratos, a los que Hideaki no se atrevía a contestar.

Si bien a Masamune no le interesaba mucho lo que pasara dentro de la sala del consejo estudiantil, un día presenció involuntariamente una escena que no le permitió mantenerse al margen.

Tenían un importante examen y él había sido uno de los primeros en entregar; Kasuga, que aún seguía enfrascada en la lucha contra las ecuaciones, le había pedido de favor que fuera a la sala a buscarle unos papeles que necesitaba, pues la reunión del consejo estaba a punto de terminar y luego cerrarían el salón, siéndole imposible entrar. Kingo había finalizado primero el examen, como siempre, y había corrido escaleras abajo para presentarse a la reunión.

Masamune estaba a punto de tocar a la puerta cuando escuchó la voz nerviosa de Motonari.

–¡En verdad, Kingo! ¿Es que tienes que hacerlo todo mal? ¿O me lo haces adrede sólo a mí?

–¡L-Lo siento, Mouri-senpai! –respondió una voz temblorosa, a punto de llorar–. Yo... no... Te juro...

–No se cómo sigues siendo parte del consejo... –el tono de Mouri se transformaba en puñaladas frías y crueles–. Eres un inútil, quizá engañas a todos con tu carita gorda e inocente, pero sigues siendo un bueno para nada.

El único ojo del Dragón llameó y sus manos frías comenzaron a sudar, nerviosas.

–Es suficiente –se dijo, abriendo la puerta sin siquiera anunciarse–. Hey, bitch, necesito unos papeles que Kunoichi se dejó aquí. ¿Me los puedes dar así se los alcanzo? –dijo a Mouri, con toda su irreverencia.

Con sus ojitos llenos de lágrimas, Kobayakawa se despidió y salió corriendo de ahí, dejando a los dos castaños en un ambiente muy tenso.

–Debes tocar antes de entrar, Date... –reprendió el molesto senpai, recogiendo los papeles de Kasuga y pasando por alto el "bitch" de la jerga del Dragón.

–Fue un poco difícil contenerme cuando te escuché sacando toda esa mierda –replicó el tuerto, arrebatándole los papeles de la mano con fiereza–. Que no te vuelva a escuchar maltratando a Kobayakawa, got it?

–Hmph, ¿y un bully viene a decirme cómo portarme? –resopló perspicaz el mayor, apoyándose en una mesa.

–Al menos yo me aguanto las consecuencias de molestar a otros, no como tú, que te escondes tras Chousokabe –dijo Masamune, con tono agresivo–. ¿O te crees que durarías cinco minutos si él no estuviera en el medio?

–¡Yo no...!

–¿A cuántas personas crees que hemos apaleado por tu bocota? –interrumpió el tuerto, furioso–. No me agradas, y si no me meto contigo es porque el Demonio te tiene afecto... Pero no creas que siempre será así, mi paciencia tiene límites.

Antes de que el otro pudiera decir algo más, remató:

–Anda, ve y díselo, no me voy a retractar, soy un hombre de palabra.

No hubo respuesta alguna, por lo que el kouhai se retiró para entregar los papeles a su compañera. Quizá tendría problemas con uno de sus mejores amigos por lo que acababa de pasar, pero no estaba dispuesto a soportarlo más.

Motonari empalideció por completo y tuvo que agarrarse de la mesa para sostenerse. Respirando agitadamente, sus ojos rasgados se entrecerraron con un destello de ira; pero no diría nada a Motochika, era un ser orgulloso y no se rebajaría.

Antes de poder dejar la escuela, Masamune fue detenido en el portón, donde Kingo le dio las gracias del mejor modo que pudo. Le seguía desesperando tremendamente, pero de algún modo le agradaba el muchacho, por lo que decidió no darle importancia y empezó a caminar a paso muy lento.

–¿Tienes algo que hacer? Mis padres no están y Kojuurou siempre prepara demasiada comida para cenar.

–N-No... –murmuró Hideaki, poniéndose todo rojo por la vergüenza.

–Vamos entonces... –tratando de evitar sacarse de quicio, Date ignoró esa cara y siguió caminando en silencio.

A medida que transcurría la tarde, el Dragón fue aprendiendo lentamente a tenerle paciencia a Kingo. La mirada de aprobación que le dedicó Kojuurou fue recompensa suficiente.

Con todos sus deberes, amigos y novio, las visitas eran cortas pero constantes, y pronto una agradable amistad floreció entre los dos muchachos.