¡Hola! Los personajes no me pertenecen, son de L. J. Smith y CW. Y la historia original pertenece a la escritora Teresa Medeiros.
Anteriormente en La Maldición Del Castillo…
Unas manos cálidas se cerraron sobre sus hombros desde atrás, acariciándole el arco de las clavículas.
-Yo en su lugar no estaría tan seguro de eso. Todo lo contrario, querida mía, creo que será mejor que nos preparemos para disfrutar de nuestra mutua compañía durante un tiempo.
– 6 –
-No se vuelva. -ordenó el Dragón, con la autoridad de un hombre acostumbrado a que le obedezcan sus órdenes.
Elena sintió la tentación de desobedecerle, pero la tenue presión de sus dedos le advirtió que él era muy capaz de obligarla a acatar su orden con o sin su colaboración. No le gustó nada la perspectiva de enzarzarse en una pelea con él, sobre todo estando cubierta solamente con esa sábana que tenía la alarmante tendencia a deslizársele hacia abajo como movida por una voluntad propia.
En medio de un torbellino de emociones, trató de hacerse una imagen de él. Era más alto que ella por una cabeza al menos, tal vez más, calculó. Tenía manos de aristócrata, dedos delgados y largos, las uñas muy bien recortadas, los dorsos de esas manos oscurecidos por fino vello negro. Al aspirar su aroma, que en ese momento estaba mezclado con el almizcleño olor a humo de cigarro, comprendió su estupidez al creer que el hombre al que había derribado con la jaula era el Dragón, cuya sola presencia le hacía vibrar de vida todos los nervios de su cuerpo.
El otro hombre se sentó, gimiendo y pasándose la mano por la parte de atrás de la cabeza.
-La descarada muchachita me tendió una emboscada. -murmuró, sacando un pañuelo del bolsillo superior de la levita para limpiarse el chocolate de la mejilla. -No la vi venir.
-Rara vez se ve venir tratándose de una mujer. -dijo el Dragón, sarcástico.
Ella sintió que él estaba mirando el desastre que quedaba de lo que había sido su desayuno.
-Esto me dice que no es muy aficionada a los panecillos ni al chocolate.
-No es muy aficionada a que la tengan encerrada como un animal en una jaula. -replicó Elena, sosteniéndose muy rígida, a ver si así se olvidaba que seguía en los brazos de él.
Su suave risita le acarició la nuca.
-¿No sería más agradable si se considerara un mimado animalito doméstico?
-Es sabido que incluso los animalitos más mimados son capaces de desgarrarle el cuello a su amo si son maltratados o se les deja privados de atención demasiado tiempo.
-Me tomaré muy en serio esa advertencia, aunque le aseguro que jamás ha sido mi intención privarla de mis atenciones. -Antes que ella hubiera asimilado del todo esa alarmante afirmación, él hizo un gesto a su compañero. -¿Hago yo las presentaciones, Ric, o las haces tú?
El hombre se puso de pie, se quitó cuidadosamente las migas de pan y astillas de la jaula de sus calzas color crema, y se inclinó ante ella en una tímida reverencia.
-Alaric Saltzman, milady, su humilde servidor. Pero espero que me llame Alaric, así me llaman todos mis amigos.
Tenía los ojos igual de castaños y serios que los de un spaniel con el que salía a cazar su padre cuando ella era pequeña.
-Elena Gilbert. -contestó fríamente. -Y me temo que no puedo considerarle mi amigo, señor Saltzman, mientras usted y su compañero insistan en retenerme como prisionera.
+Ahora que hemos acabado con los simpáticos saludos... -El Dragón estiró la mano. -Alaric, tu corbata.
Alaric se miró perplejo la prenda arrugada que le colgaba del cuello.
-¿Está torcida?
El largo suspiro de sufrida paciencia que exhaló el Dragón le agitó los cabellos a Elena.
-¡Ah! -exclamó Alaric, arrancándose la corbata y poniéndola sobre la palma del Dragón.
Comprendiendo lo que éste pensaba hacer con la corbata, ella comenzó a debatirse en serio.
-Si juega con la venda -susurró él, poniéndole la tira de lino sobre los ojos. -Le ataré las manos. Y eso podría hacerle un poquitín más difícil seguir agarrando con tanta fuerza esa sábana.
Elena no tuvo más remedio que rendirse a su voluntad. Ya era bastante humillante que él la hubiera visto sin ropa, no iba a permitirle que se divirtiera a sus expensas delante del ruboroso señor Saltzman.
Le habría sido más fácil detestarlo si él la tratara con rudeza, pero él estaba poniendo el cuidado más exquisito en evitar que sus sedosas guedejas le quedaran enredadas en el nudo de la venda. Pero cuando le cogió el brazo y la hizo caminar hacia la cama, la fuerte presión de su mano le advirtió que él estaba llegando al límite de su paciencia.
-Déjanos, Alaric. Quiero hablar con la señorita Gilbert. A solas.
-No hay ninguna necesidad de que te enfades con ella, muchacho -dijo Alaric. -Si yo hubiera tenido más cuidado...
-No habrías acabado con la jaula de sombrero. Puedes dejar de menearte como una niñera asustada, Alaric. No tengo ninguna intención de torturar ni violar a nuestra huésped. Todavía. -añadió sombríamente.
El temido clic del panel llegó demasiado pronto.
-Siéntese. -le ordenó el Dragón cuando ella tocó la cama con las corvas de las rodillas.
Ella se sentó, con la mandíbula apretada en un ángulo rebelde.
El acompasado sonido que hacían los tacones de sus botas sobre el suelo le indicó que el Dragón se estaba paseando.
-Ha de comprender; señorita Gilbert, que su inoportuna llegada al castillo Weyrcraig es una desgracia tan grande para mí como para usted. Si pudiera dejarla marchar, lo haría con mucho gusto. Es una distracción que no necesito y que mal me puedo permitir.
-¿Entonces por qué no me envía a casa? Le aseguro que allí sí me necesitan. -dijo ella, deseando que eso fuera cierto.
-Porque estoy tan atrapado en esto como usted. No puedo permitir que destruya todo aquello por lo que he trabajado... -se interrumpió para eliminar la pasión de su voz. -Estos últimos meses. Sencillamente tendrá que continuar siendo mi huésped hasta que haya acabado mis asuntos con Ballybliss.
-¿Su huésped? -repitió ella, soltando una risita de incredulidad. -¿Siempre tiene a sus huéspedes encerrados en una habitación sin puertas? ¿Y qué asuntos podría tener un hombre como usted con una moribunda aldea de las Highlands, poblada solamente por aquellos que no se han marchado por ser demasiado pobres o demasiado cabezotas? -se le ocurrió otra idea. -¿Es por la maldición? ¿Se enteró de la maldición y usted y su señor Saltzman pensaron que Ballybliss caería fácil presa de su engaño?
Lo oyó aminorar el paso en su paseo.
-Creo recordar vagamente algo sobre una maldición. -se quedó callado y a ella no le costó nada imaginárselo dándose golpecitos en esa insolente boca con un elegante dedo. -Ah, sí, ahora lo recuerdo. Parece que con su último aliento el jefe del clan manifestó el deseo de que cayera la ruina y el desastre sobre las cabezas de las buenas gentes de Ballybliss. Dígame, señorita Gilbert, ¿qué hicieron los miembros de su clan para merecer esa maldición tan terrible?
-No fue lo que hicieron, fue lo que no hicieron -repuso ella, bajando la cabeza y agradeciendo que él no pudiera verle la vergüenza en los ojos. -Nuestro jefe simpatizaba secretamente con Bonnie el príncipe Jeremy y con su causa. Después de su derrota en Culloden, el príncipe necesitaba un lugar para esconderse, y el señor Salvatore le ofreció refugio en el castillo Weyrcraig.
-Un impulso noble, aunque equivocado.
Elena levantó bruscamente la cabeza.
-¿Equivocado? El señor Salvatore era un soñador, un hombre visionario que se atrevió a imaginarse una Escocia libre de la tiranía inglesa, una Escocia unida bajo el estandarte de su legítimo rey.
-¿Pero a qué precio, señorita Gilbert? Hasta los sueños más magníficos tienen una manera de convertirse en cenizas a la luz del día.
La apasionada réplica de Elena se le murió en la garganta. No podía defender muy bien a su jefe estando encerrada en las ruinas de su sueño. Volvió a bajar la cabeza y empezó a juguetear con un pliegue de la sábana.
-El duque de Cumberland se enteró de dónde estaba escondido el príncipe. Jeremy logró escapar, perdiéndose en la noche, pero Cumberland estaba resuelto a hacer pagar a nuestro jefe su traición a la Corona. Por lo tanto, sus soldados subieron sus cañones por la montaña y abrieron fuego sobre el castillo.
-Y supongo que entonces fue cuando el leal clan de Salvatore corrió a defender a su jefe, con los redobles de tambores y aullidos de las gaitas pregonando la muerte de cualquier soldado inglés que se atreviera a levantar una espada contra su señor.
-El clan no acudió en su defensa -dijo ella en voz baja. -El señor Salvatore se vio obligado a defenderse solo.
-No es de extrañar que los maldijera. -dijo el Dragón, con una cínica risita.
-¡Tuvieron miedo! -exclamó ella. -Todos los hombres, mujeres y niños de la aldea sabían por qué sus enemigos llamaban El Carnicero a Cumberland. Habían oído de qué manera mató a los heridos en Culloden hasta que el suelo estaba todo rojo con sangre de escoceses.
-Así que los habitantes de Ballybliss simplemente estaban acurrucados en sus casitas, detrás de puertas atrancadas, mientras masacraban a su señor y a su familia.
La absoluta falta de emoción en su tono hacía aún más condenadoras sus palabras.
-Creían que Cumberland tendría piedad de ellos si no se entrometían.
-¿Y la tuvo?
-No fueron asesinados en sus camas. No fueron arrasadas sus casas. -La venda en los ojos no ocultó el rubor que le subió a las mejillas. -No fueron violadas sus mujeres ni sus hijas, por lo que no se vieron obligadas a parir los bebés de los soldados ingleses nueve meses después.
El Dragón reanudó su paseo por la habitación, hipnotizándola con el ronco contrapunto de su voz.
-Pero el poco oro que habían logrado acumular fue confiscado por la Corona con el nombre de impuestos. Se proscribió todo lo que los unía como clan: su fe, sus mantas y faldas de tratan, sus armas. Los más jóvenes y los más fuertes huyeron de Ballybliss, y los que se quedaron han pasado estos quince años mirando por encima de sus hombros, esperando que el desastre que se les prometió caiga repentinamente del cielo como un ángel vengador y los destruya.
-¿Cómo sabe todo eso? -preguntó Elena en un susurro.
-Tal vez yo soy ese ángel. -repuso él, y se echó a reír antes que ella pudiera discernir si se burlaba de él o de ella. -O tal vez soy simplemente un pícaro oportunista que una noche invitó a una bebida a un viejo campesino de las Highlands en una taberna de mala muerte. Tal vez él derramó en mi oído todos los secretos de Ballybliss, incluido el bocado de que alguien de la aldea podría tener guardadas las mil libras que recibió por traicionar a su jefe. Tal vez incluso me dijo que la insignia de los Salvatore es un dragón arrojando llamas por las fauces.
-Tal vez. -dijo Elena, deseando de todo corazón creerle. -Después de todo nadie dice más tonterías que un borracho de las Highlands.
-Nunca ha visto a Alaric después de unas copas de oporto.
-Ni quiero verlo. Y ese es uno de mis muchos motivos para desear que me deje marchar.
-Con que volvemos a eso, ¿eh?
Por la cabeza de Elena pasó una imagen de la cara de su padre, arrugada de perplejidad, pensando por qué ella no había ido a vestirlo y darle su plato de avena.
-¿Y mi familia? ¿No tiene ningún respeto por sus sentimientos? ¿Querría que creyeran que he muerto?
-¿Dónde estaba su preciosa familia cuando esos salvajes la trajeron aquí?
Uno metido en la cama con un ladrillo caliente envuelto en franela, pensó ella; otras agradeciéndole su noble sacrificio, prometiéndole que su amante escribiría canciones en su honor, jurándole que jamás la olvidarían. Tragó saliva, su silencio fue lo bastante condenador.
-Como me imaginé. -dijo él. -Tal como yo lo veo, está más segura en mis manos que en las de ellos.
Bueno, pensó ella, esa era la mayor mentira que le había dicho él.
-¿Y si le prometo no decir nada de su farsa?
Él le acarició el labio inferior con el pulgar, y ella tuvo que cerrar los ojos vendados, tratando de negar el embriagador efecto de su caricia.
-¿No podría simular creerme? -susurró. -Sé ser muy convincente.
-De eso no me cabe duda. -repuso él. -Pero hace muchísimo tiempo que no me fío de nadie, y algo me dice que sería un condenado estúpido si empezara por usted. -Se apartó y retornó la fría formalidad a su voz. -Si me promete no dejarlo inconsciente, le enviará a Alaric con otro desayuno. ¿Le hará falta alguna otra cosa durante su estancia aquí?
Elena se levantó bruscamente. Se echó una punta de la sábana por encima del hombro y alzó el mentón en la dirección de donde le llegó el último comentario.
-Me harán falta muchas cosas. Le recomiendo encarecidamente que aumente al doble sus peticiones de comida. Como puede ver por mi apariencia, soy una mujer de muy saludables apetitos, y esperaré que se me satisfagan bien.
Dio la impresión de que a él se le atascaba algo en la garganta, y la respuesta le salió algo ahogada.
-Lo consideraré un privilegio. Sólo espero que me encuentre a la altura de la tarea.
-Y supongo que no esperará que pase el resto de mi encierro vestida con este... este harapo.
Después de todo, él no tenía por qué saber que el fresco y suave satén era una verdadera delicia sobre su piel desnuda, comparado con la picajosa lana que usaba normalmente.
-Muy ciertamente, no. Puede quitárselo cuando desee.
-Y también necesitaré algún pasatiempo para entretener las largas horas. Prefiero el estímulo de los libros al tedio de la labor de aguja. Muchos. Tengo fama de haber devorado tres en un solo día.
-Ah, volvemos a sus saludables apetitos.
Si no hubiera estado convencida de que él le ataría las manos antes de que alcanzara a levantarlas hasta los ojos, se habría arrancado la venda por la sola satisfacción de fulminarlo con una mirada de odio.
-¿Se le ofrece alguna otra cosa, señorita Gilbert? Podría organizarle algún tipo de entretenimiento musical. ¿Un cuarteto de cuerdas, tal vez, renovados después de su triunfal interpretación en Vauxhall Gardens?
-Creo que no necesitaré nada más. -esperó hasta oírlo avanzar hacia el panel para añadir malévolamente: -Todavía
Bajó el trasero hacia la cama como si fuera un trono, decidida a mantener una regia dignidad; y eso le habría sido posible si no hubiera calculado mal la distancia y caído al suelo, aterrizando en un charco de chocolate frío.
Por la habitación se derramó la sonora risa de su captor.
Furiosa se quitó la venda de los ojos, sólo para descubrir que el Dragón ya había volado.
Pasado un rato, estaba sentada al pie de la cama, aferrada a la sábana mojada, mirando furiosa el panel, cuando lo vio abrirse.
Alaric asomó la cabeza como una tortuga tímida.
-Si me va a golpear en la cabeza otra vez, ¿le importaría esperar a que deje la bandeja a primero? Es bastante difícil encontrar harina blanca y chocolate suizo en este determinado rincón de las Highlands.
-Está a salvo por ahora, señor Saltzman. Se me acabaron las jaulas de pájaro.
-Eso es reconfortante. Aunque el golpe me hizo olvidar el dolor de cabeza que tenía por beber demasiado oporto anoche.
Se miraron recelosos mientras él avanzaba a dejar la bandeja en la cama, cuidando bien de no pasar cerca de ella. Observando sus ojos de cachorro y su mechón castaño rojizo, Elena dedujo que era bastante inofensivo. Pero no podía permitirse olvidar que era uno de los secuaces de Satán.
Cogió uno de los panecillos y le enterró el diente, fingiendo indiferencia.
-Colijo que su amo no nos acompañará.
-Ah, no es mi amo, es mi amigo. -repuso Alaric, pasándole una taza de delicada porcelana.
Ella cogió la taza, saboreando el aroma del chocolate que emanaba de sus profundidades. El primer sorbo fue un verdadero éxtasis.
-No puedo dejar de sentir curiosidad por saber cómo llegó a conocer a un... -tuvo que apretar los dientes para reprimir el deseo de aludir a toda la parentela de su captor. -Un individuo tan misterioso.
Alaric se echó a reír.
-Es una larga historia, y mi tía abuela Pearl siempre decía que hablo demasiado. No quisiera aburrirla.
-Ah, pero por favor, cuéntemela. -le suplicó ella, abarcando con un gesto la habitación. -¿Qué otra cosa puedo hacer aquí?
Al verlo titubear, le ofreció un panecillo, reconociendo en sus ojos el destello de un alma afín, en lo referente al apetito. Sin pérdida de tiempo él se sentó en el otro extremo del pie de la cama y tomó un bocado de pan. Ella terminó de comerse tranquilamente el suyo, con el fin de mostrar compañerismo y alentarlo a confiar en ella. Si quería derrotar al Dragón en su propia guarida, tendría que enterarse de sus fuerzas y flaquezas.
-Nos conocimos en una casa de juego de Pall Mall hace dos años. -empezó Alaric, haciendo una pausa en su masticación lo suficientemente larga para quitarse una lluvia de migas de su arrugado chaleco.
-¿Por qué será que eso no me sorprende? -dijo Elena, ocultando la ácida dulzura de su sonrisa detrás de otro sorbo de chocolate.
-Estaba solo en una de las salas de atrás preparándome para volarme los sesos... -al ver la expresión horrorizada de ella, hizo una pausa para dirigirle una alentadora sonrisa. -Como decía, estaba en una de las salas de atrás preparándome para pegarme un tiro en la cabeza cuando entró... -volvió a quedarse callado, con la boca abierta.
Elena se inclinó hacia él, rogando que le saliera el nombre que tenía en la punta de la lengua.
-... el Dragón. -concluyó él.
-¿Y se lo impidió?
Alaric negó enérgicamente con la cabeza, y continuó, con la boca llena de un buen bocado de pan.
-No, no. Simplemente me hizo notar que me había olvidado de atacar bien la pólvora y que igual me iba a volar el pie en lugar de la cabeza. Me quitó la pistola, usó su propio taco para hacer los honores, y me la devolvió.
Elena bajó su panecillo hasta la falda, mirándolo boquiabierta.
-Si estaba tan decidido a ser servicial, ¿por qué no le disparó él mismo?
Alaric se echó a reír.
-Yo estaba muy bebido en ese momento, y creo que su flema me quitó la borrachera y me sacó de mi autocompasión. Verá, el marqués de Eddingham acababa de amenazarme con sacar a luz todos mis pagarés, puesto que yo no cumplía. Estaba decidido a deshonrarme. El escándalo habría matado a mi padre. Claro que eso no habría sido una gran tragedia, porque el viejo mal genio siempre me consideró su más terrible decepción, y su muerte me habría hecho vizconde. Pero todos sus bienes están atados a un terreno vinculado, y de mucho me habría servido el título mientras me pudría en la prisión de deudores.
-No me diga, por favor, que el Dragón pagó todas sus deudas de juego. -dijo ella, agitando la cabeza.
-No exactamente. -en sus labios se dibujó una triste sonrisa. -Pero enredó al marqués en una partida de dados que duró hasta el amanecer. -movió la cabeza. -Jamás he visto a un hombre adulto tan a punto de echarse a llorar como el marqués cuando comprendió que no tenía posibilidades de recuperar lo perdido. Y le aseguro que había perdido un dineral. Cuando el sol comenzaba a salir, mi nuevo amigo se giró hacia mí y me entregó sus ganancias. Entonces yo se las entregué al marqués, pagando así todo lo que le debía. Cuando él cayó en la cuenta de lo que habíamos hecho, rompió mis pagarés y nos arrojó los trozos a la cara, gritando que deseaba que nos atragantáramos con ellos.
-¿El Dragón no se dejó para él nada de lo que había ganado?
-Ni medio penique.
Elena dejó de masticar.
-¿Entonces por qué un alma tan bondadosa decide robar a gentes que tienen muy poco más que los harapos que cubren sus cuerpos? ¿Necesita dinero para pagar sus propias deudas de juego?
Alaric bramó de risa.
-He de decir que no. Vamos, hay quienes dicen que es uno de los hombres más ricos de...
Cerró bruscamente la boca y el bigote se le agitó de culpabilidad. Ella casi vio su candorosa cara redonda retirándose a su caparazón. Él se levantó de un salto y empezó a alejarse de la cama.
-Él me lo advirtió. Me dijo que usted es el doble más inteligente que yo y que debía cuidar mi lengua siempre que estuviera con usted.
Elena también se levantó y por un pelo alcanzó a evitar el desastre cuando se tropezó con la orilla de la sábana.
-Ciertamente tiene que comprenderme, señor Saltzman, si deseo saber algo sobre el hombre que me ha hecho su prisionera. No se vaya, por favor, se lo ruego.
Alaric movió un dedo ante ella.
-Me puso en guardia contra eso también. Me dijo que si no lograba ser más lista que yo para sonsacarme cosas, seguro que trataría de encandilarme con esos encantadores hoyuelos y esa bonita boca.
Elena estaba acostumbrada a que le echaran en cara su inteligencia, pero jamás nadie la había acusado de ser bonita o encantadora.
-¿Eso dijo?
Alaric metió la mano en el bolsillo de su levita y sacó papel, una pluma, un frasco con arena y un frasco de tinta.
-Me dijo que le dejara esto. Dijo que tiene que hacer una lista de todo lo que necesita.
Lo tiro sobre la cama y salió volando por el panel, dejándola sola otra vez.
Elena reconoció el papel, era el carísimo papel vitela que usaba el Dragón para escribir sus peticiones.
Acarició la cremosa hoja entre el pulgar y el índice, sumida en sus pensamientos. Pese a sus últimos encuentros, no estaba más cerca de adivinar la verdadera naturaleza del Dragón de lo que estaba la noche anterior. Si lograra recordar lo que vio en ese patio... Pero el recuerdo continuaba esquivándola, dejándola solamente con las contradictorias verdades de que se había enterado desde entonces. Era un jugador que regalaba sus ganancias, un déspota que se tomaba un exquisito cuidado para no tironearle el pelo, un ladrón que la tenía totalmente a su merced y sin embargo no había hecho ningún intento de quitarle su inocencia.
Se sentó en la cama y se pasó el pulgar por el labio inferior, igual como hiciera él antes. ¿Pero qué demonios le pasaba? Estaba empezando a sentirse tan tonta como Caroline. En lugar de sentirse ofendida por su impertinencia, estaba ansiando tener un espejo, por primera vez en su vida, que recordara.
Sacudiendo la cabeza para expulsar ese ridículo deseo, quitó la tapa al tintero, mojó la pluma y comenzó a escribir. Si el Dragón tenía la intención de retenerla como su prisionera, se encargaría de que pagara muy caro el placer de su compañía.
Bueno, ¿Qué les pareció?
¿Review?
•Nina•
