Los personajes no me pertenecen. Propiedad de Hiromu Arakawa

Adaptación de Novela romántica

Autora original: Kat Martin

Nombre original Heartless


CAPITULO 7

Al día siguiente llegaron a su destino, la pequeña población de Cadamon, en el valle de un estrecho río al sureste de Birmingham. Cuando llegaron era un poco tarde. En lugar de dirigirse a la fábrica, el conde hizo una reserva en un hostal cercano, el Wayward Sparrow, que no era tan bonito como el King's Way.

Ed arrugó la nariz en señal de desaprobación mientras cargaba con la maleta de viaje de Winry, la que contenía los bordados, hasta el interior de una habitación sin ventilación encima de la cocina para dejarla sobre el sucio colchón de plumas. La habitación del conde se encontraba unas puertas más abajo y, presumiblemente, no era mejor que la de ella.

-Lamento las instalaciones. Pensé que estaría mejor. Al parecer, cuando la fábrica va mal, los demás también se resienten.

-Está bien, señor. -Winry había vivido en peores condiciones. La casita que había compartido con su padre era bastante más desagradable, por ejemplo, aunque ella había hecho todo lo posible para que resultara cómoda.

-Pediré que traigan agua caliente -dijo el conde-. Puedes lavarte un poco y luego descansar un rato. Cenaremos dentro de una hora. Vendré a buscarte.

El conde no le dio la oportunidad de negarse, se limitó a salir de la habitación para dirigirse a su cuarto. Una hora más tarde, el conde regresó con el cabello todavía húmedo y brillante como el sol. El conde la miró y examinó el liso vestido de muselina azul que se había puesto Winry para pasar a observar después sus pechos. La muchacha sintió un espasmo en el estómago que se expandió por sus extremidades. Le costaba respirar.

-¿Tienes hambre? -le preguntó él mirándola de nuevo a los ojos.

Winry se esforzó por sonreír.

-Sí. Tal vez la comida sea mejor que las habitaciones.

El conde asintió.

-Esperemos que así sea.

Afortunadamente sí lo fue. El conde la obsequió con una agradable conversación en la que primero habló del tiempo, ya que se acercaba el otoño, y luego habló acerca de lo que esperaba encontrar cuando llegara a la fábrica.

-Sé que el lugar está en malas condiciones, pero eso es exactamente lo que le proporciona tanto potencial.

-¿Tiene otras fábricas?

-Todavía no, pero tal vez me interese adquirir más. Primero quiero ver qué puedo hacer con ésta. Mañana lo sabré.

-Supongo que sí.

-Empezaremos pronto, a las cinco y media. Quiero estar allí a primera hora. No sé cuánto rato estaré fuera. ¿Crees que estarás bien aquí hasta que yo regrese? Winry tragó el trocito de queso que había estado masticando.

-¿Por qué no lo acompaño? -Pronunció aquellas palabras sin saber por qué-. Nunca he visto una fábrica. Creo que me gustaría.

El conde dudó durante un instante. Tomó un sorbo de vino, luego dejo de nuevo la copa encima de la mesa.

-Los negocios no suelen despertar el interés de las damas.

-Es cierto. Pero los dos sabemos que yo soy una campesina y no una dama, y considero que puede ser interesante.

-Las cinco y media es muy temprano.

Winry sonrió.

-Hasta que llegué a la ciudad siempre me levantaba antes del amanecer. Aprovechaba ese tiempo para estudiar.

El conde volvió a dudar y finalmente asintió.

-Muy bien. Te pasaré a buscar a las cinco. Así tendremos tiempo de llegar.

Winry asintió con un entusiasmo que no esperaba sentir. Acto seguido, los viejos temores resurgieron y su sonrisa lentamente se desvaneció. ¿Qué demonios le ocurría? No necesitaba pasar más tiempo del necesario en compañía del conde. Pero aun así quería ir. Le gustaba aprender cosas nuevas y aquélla era una oportunidad para hacerlo.

Siguieron cenando. Winry notaba la mirada Ed y, bajo la luz tintineante de la vela, pareció establecerse entre ellos una especie de corriente misteriosa.

Winry descubrió que el conde era un hombre increíblemente guapo, y que su belleza se veía magnificada gracias a la fuerza de su mirada dorada y al modo descarado en que la miraba, como si no existiera nadie más en el mundo particular que él había creado.

De postre tomaron tarta de manzana caliente. Winry tenía las manos húmedas y apenas hablaba. La incertidumbre la agobiaba. Sabía lo que el conde quería, la razón por la que la había llevado consigo. Su proximidad despertaba en ella una extraña mezcla de sentimientos, la mayoría de los cuales no supo reconocer aunque quizás el más evidente fuera el miedo.

Hasta entonces, el conde se había comportado como un caballero, pero ¿continuaría haciéndolo? Si el conde decidía que la quería nadie podría ayudarla, nadie podría detenerlo.

Winry se estremeció mientras subía las escaleras delante de él, sintiendo su presencia como una sombra oscura y fría a su espalda. Cuando el conde abrió la puerta de la habitación de Winry, ésta permaneció inmóvil, muy nerviosa.

-¿Necesitas que te ayude a desvestirte?

Winry negó con un movimiento de cabeza.

-Éste es más fácil de desabrochar. Creo que podré arreglármelas sola. -Winry se armó de valor para enfrentarse a lo que pudiera ocurrir acto seguido y esbozó una sonrisa forzada-. Buenas noches, señor.

Ed no se movió. En lugar de hacerlo, le acarició el rostro con su dedo. Muy lentamente, el conde agachó la cabeza y acercó su boca a la de Winry. Fue un beso suave, poco más que un roce de los labios.

Pero por un instante sus bocas se unieron y Winry se ruborizó. Alzó las manos, temblorosas, y le acariciaba el pecho. Era un pecho duro y podía apreciarse la fuerza de sus músculos bajo el abrigo.

Cuando el conde terminó de besarla, sus ojos se mostraron resplandecientes.

-Buenas noches, Winry. Que descanses.

A Winry le temblaron las piernas al pasar junto al conde para entrar en la habitación. Sabía que no podría dormir. Daría vueltas en la cama recordando el suave beso; un beso tan delicado que no debería de haberla afectado. Pero lo cierto es que temblaba y respiraba con dificultad.

Un beso mucho más aterrador que el salvaje beso que le había dado aquella noche en su habitación.

Tal y como el conde había planeado, salieron del hostal al amanecer y se dirigieron hacia un horizonte de color grisáceo y púrpura. Un aire denso e inmóvil los envolvía, un aire que olía a polvo y humo. Por lo visto los habitantes del pueblo estaban acostumbrados a aquel olor y no lo notaban.

Salían de sus casitas destartaladas y se encaminaban a sus trabajos en la fábrica por las calles adoquinadas.

Winry, apoyada en el respaldo del asiento del carruaje, tardó un rato en identificar el extraño ruidito que los envolvía y que cada vez era más fuerte hasta convertirse en una especie de sonoro chasquido.

-¡Dios mío! ¡Son sus zapatos! -exclamó Winry asombrada.

El conde sonrió.

-Son zuecos de madera -dijo suavizando su serio semblante de un modo que Winry no había visto jamás. Winry pensó que se trataba de una transformación asombrosa y consideró que de aquel modo el conde parecía más joven e increíblemente atractivo-. Todos los trabajadores los llevan. Arman un buen barullo, ¿eh?

-Sí... -Pero los zapatos ya no interesaban a Winry. Lo que ahora le interesaba era la sonrisa que iluminaba el bello rostro del conde; Winry no parecía poder dejar de admirarle. ¿Y si siempre sonriera de aquel modo? ¿Y si incluso llegara a reírse? El efecto sería devastador. Winry apartó la mirada deseando que su corazón dejara de latir con aquella ridícula fuerza semejante al ruido de los zuecos de madera.

El carruaje prosiguió hacia la fábrica, un enorme edificio de ladrillos al sur del pueblo, en lo alto de una colina que daba al río Cadamon.

El gerente, Wilbur Clayburn, un hombre bajito y fornido con mejillas rechonchas y veteadas y una nariz ancha, esperaba en su oficina cuando los dos llegaron.

-Es un placer, señor. Todos en la fábrica de Cadamon esperábamos ansiosos su visita.

Sus palabras, a pesar de ir acompañadas de una sonrisa, parecieron poco sinceras. Era evidente que la inspección del conde era lo último que deseaban.

-¿Es eso cierto?

Edward echó un vistazo alrededor del pequeño despacho atiborrado de objetos y frunció el ceño. A diferencia del ordenado y limpio despacho de Jonathan Whipple, las oficinas de Calyburn estaban tan desarregladas como su propio hombre. Encima del escritorio había un montón de papeles desordenados y en el suelo había tantas bolas de polvo y porquería que una mujer de la limpieza hubiera tardado una semana entera en limpiar aquel lugar. El hombre vestía unas sucias prendas de ropa que parecía haber llevado durante al menos quince días y Winry no pudo evitar dedicarle una mirada de disgusto.

Ed frunció de nuevo el ceño y Winry se sintió orgullosa de su mirada de desaprobación, segura de saber lo que el conde estaba pensando.

-Me gusta el orden, señor Clayburn y me gusta sobre todo en las personas que ocupan cargos de autoridad. Si no es capaz de mantener un poco de orden, le sugiero que busque el modo de arreglarlo o pronto tendrá que buscarse otro empleo.

Las sonrosadas mejillas del hombre palidecieron y la punta de su nariz enrojeció y pareció hincharse. La nariz del padre de Winry tenía aquel mismo aspecto y se preguntó si Wilbur Clayburn no sería también alcohólico.

El hombre intentó sobreponerse.

-Supongo que querrá echarle un vistazo al lugar -dijo con tono seco.

-A eso he venido. -Ed miró a Winry-. ¿Prefieres esperarme aquí o en el carruaje?

-Preferiría acompañarle, señor, si no le importa. Como le he dicho, es la primera vez que visito una fábrica textil. Me gustaría ver cómo funciona.

Al cabo de una breve pausa, el conde asintió.

-Como quieras. Pero te aviso, te mancharás ese vestido tan bonito que llevas.

El cumplido sorprendió a Winry, pues llevaba el mismo vestido azul que se había puesto para cenar la noche anterior. Winry se preguntó si sus palabras no serían una sutil forma de recordarle que se lo había comprado él.

-Iré con cuidado.

-Me temo que debo advertirle de algo -dijo Clayburn-. El lugar no es lo que era. Como sabe, los beneficios han bajado. El propietario perdió interés y la fábrica se encuentra en un estado lamentable.

El conde se limitó a encogerse de hombros.

-El lastre de un hombre supone la oportunidad para: otro. ¿Nos vamos?

Clayburn subió el primero y observó a Winry mientras se dirigía hacia el pasillo. Winry sabía que aquel hombre se estaba preguntando cuál sería la relación entre ella y el conde.

Ni la propia Winry lo sabía con seguridad, o sea que no se le podía culpar por ello.

Edward pensó que el lugar estaba muy sucio. Por todas partes crecían montañas de porquería y montones de polvo que flotaban por el aire y dificultaban la respiración.

El piso inferior del largo y estrecho edificio de tres plantas estaba dominado por la rueda gigante que proporcionaba energía al molino. La rueda giraba con la fuerza del agua procedente del estanque que había encima de la presa. La rueda provocaba un barullo molesto y el suelo a su alrededor necesitaba una buena limpieza.

Tras ascender por unas irregulares escaleras de madera llegaron al segundo piso. Lo que vieron ya empezaba a resultarles familiar: polvo y suciedad procedentes de los dos grupos de máquinas mecánicas de hilar acompañadas de los trabajadores necesarios para hacerlas funcionar.

Ed apretó los dientes al comprobar las condiciones en que aquellos hombres trabajaban en el molino, después miró a Winry, que permanecía inmóvil a su lado.

-Tal vez sería mejor que regresaras al carruaje -dijo el conde en un tono de voz suave al apreciar la expresión de preocupación en el rostro de Winry.

-Quiero ver el resto -dijo con un movimiento enérgico de cabeza.

-¿Estás segura?

-Sí.

Ed no discutió con ella. Si quería acompañarlo, que lo hiciera. De todas formas, Ed entendió al instante que la difícil situación de los trabajadores la estaba afectando. Decidido a concentrarse en el propósito de su visita, volvió a fijarse en los detalles a su alrededor mientras le formulaba un montón de preguntas a un Wilbur Claybum que cada vez se mostraba más sombrío.

Subieron otro tramo de escaleras y llegaron al tercer piso, donde las tablas del suelo parecían cubiertas de humanidad. Hombres y mujeres ocupaban el piso y convertían el tejido que se fabricaba en el piso inferior en varios tipos de tela de lana.

Ed entrecerró los ojos y, por un momento, deseó no haberse involucrado jamás en aquel negocio. En todos los espacios libres aparecían hombres agachados trabajando, respirando aquel ambiente cargado de humo con expresión desesperada.

-Esto está muy oscuro -dijo Winry con un hilo de voz-. ¿No podían haber construido más ventanas?

Edward se maldijo a sí mismo por haber permitido que lo acompañase.

Aquél no era un lugar para una dama, no importaban las raíces de Winry, ahora era una dama. Pero ella había querido visitar el lugar y Ed admiraba su ansia por aprender.

-El molino fue construido así por necesidad -le contestó el hombre-. Si las máquinas no están cerca de la rueda puede haber problemas.

-El hombre observó las altas ventanas de cristal-. No obstante, la iluminación podría mejorarse mucho simplemente limpiando bien esas ventanas.

Ed dedicó una dura mirada a Wilbur Claybum.

-En cuanto terminemos, redactaré una lista de las cosas que debería hacer. Lo primero de todo es la limpieza de este lugar, incluidas esas horribles ventanas.

-Pero eso llevaría muchos días, señor. El molino ya pasa apuros económicos. No nos podemos permitir quitarle tanto tiempo a la producción.

-Puesto que ahora el molino me pertenece, yo decidiré lo que podemos y lo que no podemos permitimos. Usted, señor Claybum, se limitará a obedecer mis órdenes.

Claybum lo miró disgustado.

-Sí, señor.

Ed volvió a mirar a su alrededor.

-¿Cuántos empleados trabajan en el molino?

-Doscientos, señor, contando molineros, mecánicos, supervisores y operadores.

-He visto que también trabajan niños.

-Unos treinta, señor. Los utilizamos para arreglar las hebras rotas o para quitar los Paquetes estropeados y pegar los centros vacíos. Son los únicos que, por su tamaño, caben en esos espacios tan pequeños.

-¿Cuántas horas trabajan al día?

Clayburn frunció el ceño.

-¿Cuántas horas? ¿Por qué lo pregunta? Las mismas que los demás trabajadores, unas diez horas al día. Eso hace que no se metan en líos.

Ed miró a Winry, sus ojos brillaban de un modo especial.

-Creo que por hoy he visto suficiente, señor Clayburn. Volveré esta tarde con esa lista de la que hablábamos antes. Entre tanto, me gustaría examinar los libros de contabilidad de la empresa. Que uno de sus hombres los cargue en mi carruaje.

Clayburn asintió.

-Sí, señor.

Winry observó las docenas de personas que trabajaban encima de los telares. En cuanto Ed la cogió de la mano y le indicó que bajara por las escaleras, alzó la cabeza. En cuanto salieron a la luz, Winry inspiró una bocanada de aire fresco.

Ed frunció el ceño.

-No debería haber permitido que me acompañaras. -Se detuvo junto al carruaje para esperar a que llegaran los libros de contabilidad-. Este lugar es horrible.

Winry se limitó a negar con la cabeza.

-No me arrepiento de haber venido. Antes consideraba que mi vida en el campo había sido una experiencia terrible, pero ahora me doy cuenta de que hay personas que lo pasan peor de lo que yo lo pasé.

Ed se alisó el cabello con una mano, todavía conmocionado por las espantosas condiciones laborales que acababa de presenciar.

-Compré esta propiedad porque estaba convencido de que la industria es el futuro. Pensé que con algunos cambios estratégicos se podrían obtener grandes beneficios con la fábrica textil. Pero jamás... -Ed se esforzaba para que sus emociones no salieran a la luz-. Hay que hacer algo.

La gente no puede trabajar en estas condiciones.

Winry ladeó la cabeza y observó el rostro de Ed.

-Tal vez es bueno que haya comprado esta fábrica. Tal vez pueda mejorar las cosas.

Ed notó el deje de súplica en la voz de Winry. Se aclaró la garganta y bajó la vista.

-Sí, bueno, pero por muchas mejoras que se hagan sólo conseguiremos beneficios a largo plazo.

Winry volvió a mirar hacia la fábrica y observó el humo que salía de las chimeneas.

-¿Qué va a hacer?

Ed esperó mientras cargaban un voluminoso tercer libro de contabilidad en el carruaje y luego ayudó a Winry para subir tras ella.

-Como ya he dicho, lo primero que quiero es que limpien el lugar.

Las personas trabajan mucho mejor cuando se encuentran en un lugar de trabajo decente.

-¿Y? -insistió Winry.

-y no veo por qué razón los niños tienen que trabajar tantas horas.

Si realmente su ayuda es necesaria, me aseguraré que trabajen en turnos de pocas horas.

Winry le miró demostrándole su aprobación.

-Los padres necesitan el dinero que ganan esos niños. Creo que es una buena solución.

-En un futuro tengo pensado tejer algodón y también lana. Esto significa que necesitaremos más teloneros. El trabajo se paga por piezas, de modo que algunos podrán trabajar en casa siempre y cuando sus casas sean apropiadas, cosa que hasta el momento dudo bastante.

A Winry se le iluminaron los ojos.

-Pero puede arreglarlo, ¿verdad?

-Sí. Con unas casas baratas.

-Señor, pienso que tanto la moral como la productividad pueden mejorarse con un plan como éste.

Ed examinó los edificios medio destruidos donde vivían los trabajadores y sus familias.

-Creo que tienes razón.

Winry le dedicó una sonrisa tan amplia que pareció como si un rayo de sol hubiera entrado por la ventanilla del carruaje.

Ed se descubrió devolviéndole la sonrisa, algo tan extraño que provocó que los músculos alrededor de su boca se tensaran. Acto seguido la sonrisa desapareció. Él la quería en su cama, pero no quería que Winry se llevara una falsa impresión. Ed era el hombre que era, no un defensor de causas perdidas. Winry tendría que aprender a aceptarlo.

-Te das cuenta de que estos cambios suponen estrictamente un buen negocio.

-Por supuesto. -Pero Winry prosiguió sonriendo como si fuera mucho más que eso.

-No voy a hacer esto por caridad. Lo hago porque considero que ganaré dinero con ello.

-Sí, señor -dijo ella al tiempo que, lentamente, dejaba de sonreír.

-Quería estar seguro de que lo habías comprendido.

Winry se limitó a asentir. No hizo ningún otro comentario y volvió a mirar por la ventanilla.

Ed apoyó la cabeza en el respaldo de piel y cerró los ojos esforzándose por borrar aquella preciosa sonrisa que tanto lo había reconfortado.

La sonrisa que Winry le había dedicado cuando había considerado que finalmente lo merecía.

El conde regresó a la fábrica aquella misma tarde y volvió al hostal entrada la noche. Al día siguiente dejaron Cadamon e iniciaron el viaje de regreso a casa. Durante gran parte del viaje, lord Greville se mostró silencioso y ausente. Winry supuso que había estado examinando los libros de contabilidad hasta altas horas de la madrugada. El conde tenía unas oscuras ojeras y parecía fatigado.

Durante varias horas, el conde estuvo tan absorto en sus pensamientos que Winry se preguntó si recordaría que ella estaba allí.

-¿Qué está pensando? -preguntó finalmente, incapaz de soportar el silencio un segundo más.

Greville alzó la vista y parpadeó tratando de resituarse.

Sinceramente, estaba pensando en esos malditos libros de contabilidad de la fábrica textil. Esperaba terminarlos en cuanto llegáramos al hostal, pero si lo hago volveré a pasarme media noche sin dormir.

-¿Qué está haciendo exactamente?

-Comprobar las cifras. Hago proyectos basados en los cambios que tengo previstos... Ese tipo de cosas...

A Winry se le iluminó el rostro.

-En ese caso, ¿por qué no deja que lo ayude?

Ed negó con un movimiento de cabeza.

-No creo que...

-¿Por qué no? Ya sabe lo buena que soy con las cifras. Podría ahorrarle mucho tiempo.

Ed la examinó a conciencia y Winry se esforzó por no resbalar del asiento. Tal vez no debería haberse ofrecido. Acabaría trabajando con él hasta altas horas de la noche, los dos solos, en su dormitorio. Teniendo en cuenta lo que el conde quería de ella, era una situación peligrosa.

-Dijiste que eras capaz de multiplicar y dividir muy deprisa –dijo el conde sin contestar a su pregunta-. ¿Cómo lo haces?

Winry sonrió.

-No se trata de una fórmula. Es una combinación de varios trucos.

Cada uno de ellos depende del número en cuestión. Por ejemplo, para multiplicar por veinticinco, hay que dividir el número que se quiera por cuatro y luego añadir el número de ceros apropiado.

-¿Por ejemplo?

-Multiplique veinticinco por veintiocho. Simplemente hay que dividir el número veintiocho por cuatro, que da siete, y luego añadir los ceros. Setenta no es suficiente. La respuesta es setecientos.

El conde hizo un cálculo mental parecido y sus labios esbozaron una sonrisa.

-Es un buen truco.

-¿Sabe cuál es la forma más rápida para multiplicar cualquier dígito de dos cifras por once?

-No, pero supongo que me lo dirás.

-Si tuviéramos que multiplicar once por veinticuatro, dejaríamos un espacio en blanco entre el dos y el cuatro, sumaríamos las dos cifras entre sí, que darían seis, y colocaríamos ese número en medio. La respuesta es doscientos sesenta y cuatro. Por supuesto, si el número de en medio tiene más de una cifra hay que tenerlo en cuenta. Por ejemplo, once por treinta y ocho serían cuatrocientos dieciocho.

El conde se reclinó en su asiento.

-Dios mío, debes de ser temible jugando a cartas...

Winry le dedicó una sonrisa pícara.

-Tal vez podríamos jugar alguna vez.

-No creo que te enseñaran a jugar a cartas en la escuela.

-Me enseñó mi mejor amiga, Riza Hawkeye. El juego que más me gusta es el loo, pero también juego al whist, al rojo y negro y al Macao. Si jugáramos un rato el viaje se nos haría más corto.

El conde sonrió.

-¿Tu amiga Riza también te enseñó a apostar?

-Por supuesto. A Riza le encanta apostar. Es algo que su madrastra aborrece, lo cual lleva a que Riza lo haga siempre que puede.

-En tus cartas asegurabas que al principio no te caía demasiado bien.

Winry sonrió.

-Al principio no. Pero Riza no tiene nada que ver con la persona que parece ser cuando la conoces. Sus padres no le hacen caso. Se porta mal simplemente para que se fijen en ella. Winry observó el paisaje por la ventanilla sin prestarle demasiada atención-. Es mi única amiga verdadera y la echo mucho de menos.

El conde no dijo nada, pero su mirada adquirió un deje inquietante.

Tal vez fuera por el hecho de que Riza Hakweye pertenecía a una buena familia. Eso suponía que ella y Winry no podrían seguir siendo amigas en cuanto esta última se convirtiera en su amante.

Winry se sumió en un profundo silencio y su buen humor desapareció repentinamente. Se había ofrecido a ayudarle aquella noche y, aunque el conde todavía no había aceptado, Winry estaba segura de que lo haría.

¿Qué diría Alex si supiera que Winry iba a estar a solas con el conde en su dormitorio? Llegados a aquel punto, Winry había pasado por alto el hecho de que Winry se alojara en casa de lord Greville sin una acompañante. ¿Y si descubría que había viajado a Cadamon con él?

Winry se consoló pensando que no había sido idea suya. Mientras tuviera aquella deuda pendiente con el conde tendría que obedecerle. Además, no tenía familia ni dinero ni otro lugar adonde ir.

«Oh, Alex! ¿Qué debo hacer?»

Pero no hubo respuesta alguna y la rubia y bella imagen de Alex desapareció lentamente. Winry volvió a centrar sus pensamientos en el alto hombre que permanecía sentado a su lado. Recordó el suave modo en que la había besado en la puerta de su dormitorio y se le hizo un nudo en el estómago. Si se quedaban solos, ¿qué haría el conde?

Winry observó la mano de Ed, después su perfil, y su estómago volvió a resentirse. Winry no estaba segura de si era miedo o una suerte de presentimiento lo que sentía.