# 7
En memoria de Pellito, mi Tiito lindo, en la víspera de un nuevo aniversario de su nacimiento.
"No puedo estar aquí siempre"
Nunca se lo había cuestionado, pero al escuchar esas palabras de Ryo supo que lo de ambos no eran las mentiras piadosas. Sabía que no quedaba demasiado tiempo antes de que él volviera junto a su padre y sin hablarlo, ya estaban de acuerdo en que estirar su estadía sólo era una fantasía, una mentira blanca y piadosa pero finalmente cruel, de esas que usan finos hilos de sangre para sus costuras. Juntos se sentían decididos y valientes, no necesitaban esconderse del dolor.
Dieron incontables vueltas por la ciudad, admirando la altura de los edificios, la inmensidad del cielo y la luminosidad del sol. El ruido del día a día los aisló en una pequeña burbuja donde no había espacio para palabras; tan sólo cuatro susurros y muchos mimos.
Entre vueltas, aprovecharon el exceso de concreto como una excusa para abrigar sus corazones y endulzar sus labios con un beso timorato. El sonrojo de sus rostros y la emoción en sus ojos iban construyendo un pequeño sendero entre ambos. Sus pasos eran más pausados y el andar más templado, como si escogieran con cuidado las semillas que plantarían en ese camino que los mantendría unidos en la lejanía.
¿Qué importaba la distancia?
Ya habría tiempo para los detalles, porque hacían camino al andar: ellos y entre ellos.
No tengo demasiado aprecio por mi vida y a veces no sé si alegrarme por estar viva; pero al menos sé a quién le debo las cualidades que me han permitido sobrevivir este tiempo. Flores al cielo para ti, Tiito lindo.
Gracias por leer.
