Y de repente, sus ojos se volvieron completamente azules; y el mundo quedó sumido por entero en ese color.

Y después de eso

Y después de

Y después

Y

Annie no debería estar aquí.

Este sótano frío y oscuro no es lugar para ella. Una chica así…

Debería estar a plena luz del día, bajo los radiantes rayos del sol, y no apenas iluminada por el pálido brillo de unas antorchas que no le hacen justicia.

Sus cabellos dorados, sueltos de su habitual moño, cubriéndole un poco más allá de la nuca; deberían brillar como la plata, como el oro… como un metal precioso, igual que ella.

Sus ojos azules deberían estar abiertos; zafiros sólo fríos en apariencia, reflejando una calidez casi oculta ahí en el fondo, si sabías mirar bien.

Su uniforme de la Policía Militar, con el emblema del unicornio, todavía tiene los desgarrones que se hizo en el último combate; debería poder cambiárselo, uno de la Legión con su capa verde le quedaría mucho mejor…

Si pudiera salir de su cristal, claro.

Me acerco unos pasos más. Estamos ahora a solas, los dos. Annie sigue encerrada en su cristal; una celda de creación propia, para protegerse de los demás y (aun inintencionadamente) para que los demás también estemos protegidos de ella.

Sin embargo, no tengo miedo. Quizás debería.

Sí noto cierta tensión, cierto nerviosismo… Mi corazón late con más fuerza, a cada paso que doy acercándome a ella.

Cristal azul, como sus ojos; como los míos. Annie no debería estar aquí.

Y quizás, sólo quizás… Yo puedo ayudarla con eso.

La cuestión es… ¿Debería?

Me he acercado lo suficiente para ver bien sus manos: pequeñas, blancas, delicadas… sólo aparentemente frágiles, como todo en ella.

En uno de sus dedos aún lleva el anillo que le servía para desencadenar su poder; un poder con el que mató directamente, con sus propias manos, a más soldados que cualquier otro titán hasta la fecha, cambiante o no.

Uno casi esperaría ver sus manos manchadas de sangre, goteando esa vida que le arrebató a tantos otros… y sin embargo, parecen limpias.

¿Se merece Annie otra oportunidad?

Hay muchos que no están de acuerdo. Cabe la posibilidad de que, a pesar de todas las garantías que me han dado, en cuanto ella salga de su cristal le arranquen los brazos y las piernas… o la maten directamente.

Espero poder convencerles de lo contrario. Y no sólo por consideraciones prácticas, ni por todo lo que Annie sería capaz de hacer por nosotros.

No niego que deba pagar por sus crímenes. Debe hacerlo, y creo que a cierto nivel ella también quiere. Pero torturarla, o matarla, sería una forma brutal y estéril de saldar esa deuda. La sangre derramada ya no volverá a su cauce; los muertos no regresarán a la vida.

Tiene más sentido que Annie pague contribuyendo a reparar, aunque sólo sea en parte, todo el daño que ha causado; ayudando a defender nuestra causa, contra quienes preferirían ver extinguida esa luz para siempre.

Y si ella puede ayudarnos a conseguir eso… entonces creo que el riesgo merece la pena.

Además de que verdaderamente quiero ayudarla.

Creo que sí se merece, esa segunda oportunidad… y yo puedo dársela.

Apoyo contra el frío cristal la palma de mi mano, tan lejos y a la vez tan cerca de la suya.

Te he echado de menos… Annie.

Y por un momento, no ocurre nada. Naturalmente. ¿Qué me esperaba?

Sin embargo, me parece sentir ahora algo más de calidez en la mano…

Y es entonces cuando me doy cuenta de que, al otro lado del cristal, hay dos ojos azules mirándome.

Y después de eso

Y después de

Y después

Y

Al fin volvemos a estar bajo la luz del sol, Annie y yo…

No exactamente solos, en este amplio claro del bosque; soy consciente de los soldados que nos observan desde la linde, a una distancia prudencial, quizás más por temor que por respeto a nuestra intimidad.

Les he dicho que confíen en mí… en nosotros; les he dado motivos para hacerlo. Aun así, entiendo que no bajen la guardia; si estuviese en su lugar, yo tampoco lo haría.

Pero mi situación es distinta.

Aquí estoy, sentado con las piernas cruzadas, en mitad de un claro, iluminado por los rayos del sol; puedo sentirlos como una caricia sobre mi piel, una sensación cálida y reconfortante extendiéndose por todo mi cuerpo.

Annie descansa tranquila en mis manos. Literalmente.

Me he transformado en titán de quince metros; creo que es la forma con la que estoy más cómodo.

Y quiero que ella también se sienta cómoda conmigo.

Ahora mismo no lleva uniforme, sino simplemente su ropa habitual cuando está fuera de servicio; no le costó mucho volver a hacerse con una de esas sudaderas blancas que tanto le gustan.

Sostengo su cuerpecillo tibio y delicado en una mano, mientras acaricio suavemente con los dedos de la otra.

He deshecho con cuidado el moño en que suele llevar recogida su melena dorada; me gusta más verla así, suelta, libre como ella.

Annie se deja hacer, con los ojos cerrados y una leve sonrisa en los labios; me parece que se ríe un poco, expulsando el aire por la nariz.

Voy pasando cuidadosamente la punta de un dedo por su rostro, su cuello, su pecho; me maravillan los potentes latidos de su corazón, fuertes y pausados, con un ritmo constante en el que se adivinan unas emociones no tan distintas de las mías.

Quizá yo también me dejaría llevar un poco por la risa tonta; pero incluso sumergido en mi propio mundo, sigo siendo consciente de los ojos que nos observan. Sé que la imagen de un titán de quince metros resoplando y riéndose perturbaría aún más a mis camaradas; prefiero no hacerles pasar por eso.

Annie continúa relajada, plácida… confiada. Son mis manos, las que han conseguido que ella esté así ahora; las mismas manos capaces de destruir, de triturar, aunque preferiría poder dedicarme simplemente a esto cada vez que me transformo en titán.

Quizás algún día.

De momento, seguimos con estos ejercicios; pequeños remansos de paz, en mitad de la tormenta.

Y la verdad, a veces me cuesta distinguir si es ella quien está en mis manos… o realmente soy yo quien está en las suyas.

Acaso no haya tanta diferencia; no es una cuestión de control… sino de confianza.

Aun así, creo que ya le va tocando a ella.

"Annie, es tu turno."

Le dirijo conscientemente mis pensamientos. Es un método de comunicación un tanto peculiar, que hemos descubierto hace poco; de momento tiene más arte que ciencia, pero funciona. Últimamente se me va dando mejor.

Sé que he tenido éxito cuando Annie abre los ojos y sonríe como una gatita.

Su mirada de zafiro hace que me sienta pequeño y grande, débil y fuerte al mismo tiempo.

Sus ojos azules, tan repletos de vida.

Y después de eso

Y después de

Y después

Y

El sol brilla hoy en un cielo completamente despejado.

Un día estupendo para una batalla; buena visibilidad, en esta llanura. La cuestión es: ¿a quién beneficia más esto, a nosotros o al enemigo?

Los exploradores ya han avistado a la pequeña fuerza invasora. Una vez más, nuestros camaradas del Ejército sólo van a asistir en calidad de observadores.

Nada de lo que no podamos encargarnos, Annie y yo. En teoría. No puedo evitar sentirme un poco nervioso, a pesar de todo.

Quizás habría sido más sencillo intentar echarles al mar, en vez de esperar y darles tiempo a establecer una cabeza de playa.

Aunque es lo que suele decir el Capitán, a menudo no hay manera de saber si una decisión es la correcta (o la menos mala) ni siquiera después de haberla tomado.

Al menos esta situación tiene ahora una ventaja: nos permitirá demostrar que nuestros esfuerzos no han sido en vano. La mejor manera de poner a prueba mi idea será, precisamente, en un enfrentamiento real contra el enemigo, en vez de en un combate simulado.

Por otro lado, también suele decirse que incluso los buenos planes sólo aguantan hasta el primer contacto con el enemigo…

Un enemigo, esta vez, distinto de los titanes.

Un enemigo humano, como nosotros; pero no exactamente iguales, ¿verdad?

Están en el otro bando. Si tengo que elegir entre ellos y yo…

Más aún después de lo que ellos nos han hecho: todo el daño que nos han causado, tanto dolor y sufrimiento; tantas muertes, directas e indirectamente provocadas.

Trato de recordarlo, cuando pienso en lo que tiene que ocurrir todavía; en lo que yo voy a hacerles ahora a ellos.

Deben pagar. Se merecen cualquier cosa que les pase, por haber venido aquí a intentar someternos a sangre y fuego. Ellos son los auténticos responsables.

Eso es lo que me digo a mí mismo, cada vez que me asaltan las dudas… y casi consigo acallarlas así; casi.

Pero ese remanente que no logro silenciar… desaparece cuando siento un pequeño apretón en mi mano; aunque ese "pequeño apretón" podría haber aplastado fácilmente a una persona normal.

Miro a mi lado y veo resplandeciente a Annie, convertida en titán de catorce metros; le devuelvo el apretón, sonriendo sin poder evitarlo.

Es curioso cómo, habiéndome transformado yo también, la ligera diferencia de altura se parece tanto a la que suele haber entre nosotros en forma humana; naturalmente, en cualquiera de los dos estados, ella sigue siendo radiante, preciosa… quizás incluso más ahora.

Me giro hacia Annie, sin soltarle la mano; con los dedos de la otra, acaricio suavemente su mejilla. La manera que ella tiene de sonreír, entornando levemente los párpados, hace que de pronto mi corazón empiece a latir mucho más rápido.

A veces me pregunto qué he hecho para merecer esto: poder combatir junto a una diosa guerrera, alguien como ella

Y entonces recuerdo que no ha sido nada fácil, llegar hasta aquí. El entrenamiento, las dificultades, los experimentos… especialmente dolorosos, a veces; otras, no tanto (incluso agradables).

Ha costado mucho trabajo, pero por fin lo hemos conseguido: combinar lo mejor de nuestras habilidades, y también alguna más.

Hemos logrado que la transformación básica pueda incluir protecciones metálicas en los brazos, las piernas y el torso, hasta cubrir el cuello; es posible variar la extensión y el grosor del blindaje, con suficiente concentración y esfuerzo, aunque de momento los cambios sólo surten efecto entre distintas transformaciones, nunca durante la misma.

Por otro lado, el cristal que viene a servirnos como armadura secundaria sí es mucho más flexible. También requiere un esfuerzo considerable, por supuesto, pero el cristal azul puede recubrir la piel que el metal no llega a proteger. Incluso podemos hacer que los ojos queden cubiertos por una especie de gafas protectoras; una idea que ha entusiasmado especialmente a Annie.

Quien, por cierto, ahora está mirando hacia arriba, a algún punto en el cielo; y al mismo tiempo, se oye un sonido de fondo, como un zumbido.

Es entonces cuando yo también distingo, en el aire, algo que va haciéndose cada vez más grande; y al acercarse lo suficiente, comprendo de qué se trata.

Un aparato volador, construido con madera y metal. Un avión.

Pese a las circunstancias, no puedo evitar que me invada la nostalgia al verlo. Me vienen de pronto a la cabeza un montón de recuerdos de la infancia: conocimientos secretos en libros prohibidos, largas charlas con Eren y entusiastas juegos; el sueño de construir un aparato similar y al fin poder volar, sin límites, con completa libertad.

Y ese sueño de la infancia, ese anhelo oculto en lo más profundo de mi ser… Ahora puedo verlo, corrompido por quienes una vez más intentan destruirnos; los mismos que están dispuestos a usar un invento tan fantástico y maravilloso, simplemente con el propósito bastardo de traer muerte a la tierra desde el cielo.

Lo que ellos no saben es que la muerte también puede llegar al cielo desde la tierra.

Muevo la misma mano con la que estaba acariciando la mejilla de Annie (me gustaría poder seguir haciéndolo) y la extiendo frente a mí, hacia el enemigo, apuntando a lo alto.

Lo que me dispongo a intentar ahora, alguna vez ha salido bien, aunque no hemos tenido tiempo de perfeccionar la técnica. Sin embargo, mi otra mano todavía reposa en la de Annie, fuerte y cálida; y eso hace que resulte mucho más sencillo concentrarse.

Tal vez porque es la energía de ambos, la suya y la mía, la que entra en juego; y esa combinación, tan potente como peligrosa, puede ser tremendamente eficaz cuando sabes manejarla.

Además, el principio para transformarse en titán es similar; mediante una manipulación consciente de esas mismas energías, debería ser posible conducirlas en otra dirección, en un sentido distinto…

De repente siento arder algo dentro de mi pecho, como un fuego devastador que me consumirá por entero si no hago nada para evitarlo.

Y aunque ahora mismo no la estoy mirando, noto que Annie aprieta mi mano con fuerza; tanta, que la oigo crujir.

Es entonces cuando la furiosa tormenta que arde en mi interior se desplaza por mi brazo, hasta alcanzar la palma de mi mano, casi quemándome la punta de los dedos; como si toda esa energía pugnase por escapar de mi cuerpo, haciendo un agujero si es necesario.

De pronto estalla el trueno y la poderosa luz del relámpago me deja ciego. Sólo por un instante.

Lo que siento justo en ese momento, mientras mis ojos recobran la vista…

Tormento. Dolor. Éxtasis.

Dejo escapar un largo y hondo suspiro; y en el mismo aire que expulso, parecen irse también todas las dudas y remordimientos.

Ya no pienso en mí mismo como un chico transformado en titán… sino como un dios de la guerra; al igual que ella.

Annie también jadea, parece un poco exhausta; va apoyándose lentamente contra mi pecho. Libero su mano y paso la mía por su espalda; atraigo a la diosa hacia mí, abrazándola con delicadeza.

Sentir tan cerca su respiración, sus latidos, que se confunden con los míos; como si ella también formase parte de mí. Quizás lo sea.

Y en ese preciso instante, sintiéndolo con cada fibra de mi ser… que he nacido para esto.

Mi otra mano todavía está extendida hacia el cielo, apuntando al avión con los dedos. El aparato desciende como puede, dejando tras de sí una estela de humo negruzco en el aire; me parece ver, incluso desde esa distancia, pequeñas llamas en torno al motor.

Sigo observando, mientras el avión intenta maniobrar hacia un bosquecillo no muy lejano; tal vez, aunque luego se estrelle, podamos recuperar los restos. Sé que a la Comandante le haría ilusión estudiar una nueva pieza de la tecnología enemiga; y hablando del enemigo…

Se me escapa un pequeño suspiro, cuando Annie se aparta de mí poco a poco; pero no antes de notar que su tensión va en aumento.

Yo también puedo verlo: por entre los árboles que hay a lo lejos, están saliendo varias figuras al descubierto, en nuestra llanura.

Menos mal que de momento no han aparecido más aviones; encargarse de uno ya fue lo bastante difícil, y agotador. Por ahora no tenemos otra manera de derribar esos aparatos, como no sea tirar piedras si vuelan bajo; aunque me temo que ninguno de nosotros podría hacer unos lanzamientos comparables a los del Bestia.

Sigo vigilando al enemigo, que al fin abandona el bosque y entra en campo abierto. Quizás habría sido mejor emboscarle entre los árboles, pero creo que en este caso la falta de cobertura tiene más ventajas para nosotros. Podemos movernos con mucha más rapidez que otras unidades, sobre todo después del entrenamiento al que nos hemos sometido.

Además, la idea es que nuestros compañeros puedan ver bien lo que va a pasar; que se den cuenta, de una vez por todas, de lo que Annie y yo somos capaces de hacer, cuando nos lo proponemos.

Alcanzo a distinguir varias decenas de soldados: infantería, caballería… incluso algunos carros blindados, cómo se llamaban, ¿barriles? No, tanques.

De momento veo cuatro de esos vehículos, con sus gruesas corazas y los cañones en las abultadas torretas. Uno solo de sus disparos podría ser fatal para nosotros, especialmente si los cargan con explosivo de alta potencia.

Al menos nuestras armaduras bastarán para protegernos del fuego de armas ligeras. Los soldados no me preocupan, no demasiado; y si no fuese por todo lo que nos ha hecho el enemigo (y lo que nos hará si le dejamos), casi me sentiría culpable por estar a punto de aplastarlos… casi.

En cuanto a los tanques, ya estoy pensando en varias formas de destruirlos. Podemos esquivar sus disparos, acercanos lo suficiente… y volcarlos; con las orugas al aire, dejarán de ser un problema. Otra opción sería doblar el cañón, o arrancar la torreta. Si no pesan demasiado, podríamos lanzar por los aires al primer tanque volador de la historia, je. O si el blindaje no es tan grueso, tal vez bastaría un buen pisotón; pero hay que tener cuidado, por si explotan. Quizás, reforzando los pies y las piernas con más cristal…

Justo en ese momento, los tanques expulsan por sus cañones unas volutas de humo, sin detenerse.

Tan sólo un instante después, se escucha el silbido de los primeros disparos.

Naturalmente, a esa distancia y sin pararse a apuntar, el tiro les sale bastante desviado; aun así, viene a ser como un pistoletazo de salida para nosotros.

No será fácil… pero en un combate entre dioses y hombres, creo que está claro quién lleva las de ganar. Tampoco conviene subestimar al enemigo, y no sólo por ser una falta de respeto; nos ha costado mucho llegar hasta aquí, no es cuestión de echarlo ahora todo a perder por un exceso de confianza.

Annie es la primera que refuerza su armadura, extendiendo con rapidez el cristal por su piel aún descubierta, ahí donde no llega el metal; tarda poco en formar una especie de gafas translúcidas, protegiendo sus bellos ojos, igualmente azules.

Unos ojos que dejan de observar al enemigo y ahora me están mirando a mí, con algo de ansiedad y nerviosismo; aunque su mirada brilla sobre todo por la expectación, que también se revela en la sonrisa hambrienta que aparece en sus labios.

Es tan hermosa, tan fuerte… tan poderosa.

¿Acaso ella me ve a mí así también?

La idea de que Annie siente por mí lo mismo que yo siento por ella…

Respiro profunda y gozosamente, mientras mi corazón se agita con fuerza; los latidos resuenan en mis tímpanos como tambores de guerra.

"Ataca por el flanco izquierdo. Yo me encargo del derecho."

Ya no necesitamos hablar para comunicarnos entre nosotros. Me basta ver el brillo de sus ojos de zafiro, para saber que ha recibido el mensaje.

Verdaderamente, en ese momento, su mirada hace que me sienta como un dios al lado de su diosa.

Sé que he crecido, gracias a Annie; me hecho más grande, más fuerte, hasta ser digno de ella.

Y si ella también se ha convertido así en una persona mejor, entonces…

Juntos, no hay nada que no podamos conseguir.

Este es nuestro mundo.

Partimos en direcciones distintas, cada uno a por su objetivo. La tierra tiembla bajo nuestros pies.

Uno solo de nuestros pasos podría destruir un pueblo entero; pero también es importante recordar todo aquello a lo que vamos a proteger.

Avanzo a toda velocidad; rápido como el viento, imparable como el mar… devastador como la tormenta.

La armadura de cristal se extiende por mi cuerpo, formando unas gafas protectoras sobre mis ojos.

De repente, lo veo todo azul.

Y después de eso

Y después de

Y después

Y

.

.

.

Armin volvió a abrir los ojos.