Dije que volveria, y aqui estoy =)...Tratando fuertemente de cumplir mis promesas.

Espero que les guste y que lo disfruten tanto como lo disfruto yo de escribir

Besotes chicas y gracias por su apoyo.

Disclaimer: Personajes y demas cosas de Rowling...Mi idea =)


7. Traición

- Bienvenido. - Escuchó.

El hombre entrecerró los ojos debido al resplandor causado por la luz, pestañeó varias veces hasta lograr enfocar la mirada en la dueña de la voz. Era la misma mendiga que había visto en la entrada del edificio; su rostro ahora era simpático, paciente y estaba extrañamente iluminado.

La mujer se encontraba sentada en medio de la habitación, arrodillada frente a una baja mesa de madera. Le hizo señas de que se sentara y él obedeció arrodillándose en el piso frente a ella. Su mirada empezó a vagar deteniéndose en una pintura de matices grises colgada detrás de la anciana; era el paisaje de un lago con la luna reflejada sobre las calmadas aguas, con un centauro de pelo negro y tez pálida parado en la orilla observando la luna con semblante triste y angustiado. El animal lo miró y el hombre dio un respigo.

- Lamento la excesiva iluminación. Me gusta ver bien las cosas – En el rostro de la anciana se dibujó una tierna sonrisa - ¿Sake? - Su voz era amable, pero algo rocosa, como si estuviera gastada por el tiempo.

Una niña, parecida al niño que lo había guiado, apareció a su lado ofreciéndole un vaso de madera con un sospechoso líquido. Extrañado, entrecerró los ojos fijándose en la mirada vacía de la chiquilla, parecía un cuerpo sin alma, sin aura, prácticamente muerta. El simple pensamiento le produjo escalofríos y una rara sensación de alerta se instaló en su cuerpo, obligándolo a permanecer estático sobre sí. Tomó el contendor y lo revolvió con suaves movimientos de muñeca, luego lo dejó sobre la mesa; La niña se desvaneció ante sus ojos.

Miró nuevamente alrededor; las paredes estaban pintadas de blanco y el único elemento discordante con el monótono esquema decorativo era el cuadro; no había más muebles en aquella pequeña habitación. Por las ventanas entraba una intensa cantidad de luz, como si el sol se hubiera detenido justo frente a ellas y alumbrara con todo su esplendor, pero eso no era posible, se la habían pasado descendiendo todo el tiempo, debían estar muchos pies bajo tierra...

- ¿A qué se debe tu visita, hijo?

El hombre buscó en el bolsillo de su chaqueta, sacó una carta y la puso sobre la mesa, deslizándola hacia la anciana. Estaba sellada y tenía las iniciales:

S. P.

- El Señor Oscuro me envió aquí, a que se la entregara. Dijo que usted entendería.

La mujer tomó la carta y la paseó por sus dedos. Solo transcurrieron un par de segundos hasta que su mirada se ensombreció y su rostro empezó a cambiar; sus dedos se volvieron más delgados y huesudos, pareciendo telarañas enredándose alrededor de la carta, mientras la calmada respiración desentonaba con el semblante serio. El hombre la miró y reparó en el evidente cambio: Delante ya no tenía a una anciana, sino una hermosa mujer de tez india y pelo lacio color cobre, con ojos de un azul eléctrico y labios gruesos, ligeramente rosados.

- Qué diablos.

El hombre se movió nervioso en la silla. ¿Una silla?

Con el sentimiento de alerta incrementándose, se dio cuenta de que ahora se encontraba sentado en una vieja silla y al levantar la mirada la habitación había cambiado por completo: Las paredes color gris hacían juego armonioso con la mesa negra que apareció enfrente. En ese momento se formó de la nada un florero, y una margarita no tardó en brotar desde el interior. Su nerviosismo hizo acto de presencia, eso no debería estar pasando así.

- El Señor Oscuro… - Repitió ella.

Aquella voz llamó su atención y dirigió la mirada hacia la mujer, ésta examinaba la carta de manera pensativa, ignorando completamente el estupor del hombre. La luz de la habitación se atenuaba poco a poco y el resplandor que entraba por las ventanas se fue apagando, dando la impresión de que estaba anocheciendo.

La mujer se levantó del asiento y caminó hasta quedar frente a él, dejó la carta sobre la mesa y con un movimiento de su mano, la silla del hombre giró quedándole de frente. Estaba enojada. Se recostó contra el borde de la mesa sintiendo la presión en su piel, mientras hundía la mano derecha en su pelo; lo peinó hacia atrás sacándolo del camino y le sonrió al hombre de manera seductora.

Él tragó sonoramente.

Ella se inclinó, quedando a la altura del rostro de su visitante. Apoyando las manos sobre sus muslos, los ojos le brillaron con maldad. Él se levantó rápidamente empujándola y caminó hacia atrás, alejándose como una presa asustada, volcando la silla tras de sí, y se extrañó al no escuchar el sonido de la madera chocar con el suelo. Su corazón se aceleró al notar que había dado contra la pared, el sudor descendió por los costados de su cara y empezó a temblar al sentirse atrapado en aquel lugar con aquella misteriosa mujer.

Su mirada se deslizó a la blusa color salmón que ella tenía puesta y los cortos pantalones azules que apretaban sus piernas. Cerró los ojos tratando de controlar el ataque de pánico y el pavor que le creaba el encontrarse en esa situación; se tanteó el bolsillo en busca de su varita, pero ésta no estaba. Temeroso volvió a mirar a la mujer y empezó a híper ventilar.

El cuarto estaba casi completamente oscuro.

- Aléjese.

El hombre exhaló entrecortadamente, casi sin respiración, sin embargo, ella se acercó más y acarició su rostro, quedando a escasos centímetros de distancia. Con malicia esbozó una sonrisa. El mentón del hombre tembló y ella sopló sobre su rostro.

Repentinamente, todo se volvió negro.

*-*-*-*-*-*

Hermione escuchó la puerta abrirse. Atenta, se mantuvo quieta bajo las sábanas al percibir los pasos acercándose a ella y sujetó con fuerza el madero que tenía en las manos, dispuesta a atacar en cualquier momento.

La castaña abrió los ojos decidida y con un enérgico movimiento levantó el madero para defenderse. Helena retrocedió y rió. Inmediatamente, la hija de Lord Voldemort se detuvo, bajando su arma mortal de madera, algo asustada.

- No hay necesidad de que me ataques, vengo en son de paz.

La voz de Helena contenía un tono burlón y de no ser porque el nervosismo que exudaban sus ademanes y postura la delataban, nadie hubiese notado que sucedería algo fuera de lo común. Hermione dejó escapar un suspiro y retiró las sabanas para salir de la cama.

Los días habían pasado y ella casi no lo había notado; diariamente se enfrascaba en los libros que tomaba del estante, leyendo durante horas, y sólo se percataba del tiempo transcurrido debido al horario de las comidas. Tan variada era la estantería y entretenida se había encontrado que el tiempo simplemente pasaba a su lado. En uno de esos tantos días de lectura, Hermione se topó con un diario vacío, escondido entre los estantes y, naturalmente, había aprovechado la oportunidad para poner en papel parte de lo que sentía. No era nada fácil llevar la vida que estaba teniendo... aún sentía miedo de enfrentar en toda su capacidad lo que estaba ocurriendo y temía que aún hubiera más por soportar. No era que ella fuese una cobarde que se negara a enfrentar los hechos, pero el sentimiento de irrealidad, de estar viviendo un imposible, incapacitaba temporalmente su raciocinio.

Los días transcurrían monótonos y, periódicamente, un elfo se encargaba de llevarle la comida. En las mañanas, se daba una ducha y volvía a su rutina. Una que otra vez llegó a pensar que se habían olvidado de su existencia.

- Vamos, debemos irnos.

Hermione salió de su trance -últimamente estaba más pensativa de lo normal- y miró a Helena, que se notaba ansiosa. Pensó que por su rostro también debía estar cruzando una expresión similar.

- Estoy lista.

Ella ya se encontraba cambiada.

Se agachó en el suelo y sacó una pequeña bolsa escondida debajo de la cama, la acomodó en su hombro mirando a Helena.

- ¿Por qué no me avisaste antes?

- Porque sabía que ya estarías preparada.

Helena hizo una mueca elocuente y la castaña respondió con una leve sonrisa y un asentimiento. La pelinegro empezó a rebuscar en su bolso y sacó un pergamino que desenrolló sobre la cama, era un plano.

- Escucha, éste es el plan: - Aclaró su garganta y retiró un mechón de su rostro - primero bajaremos por la escalera de atrás y nos meteremos por este túnel. - su dedo empezó a trazar la ruta que estaba marcada con tinta roja – Luego, subiremos pasando por la cocina, descenderemos hasta el sótano y saldremos por la puerta principal. Es la única salida – susurró más para sí misma - entonces…

- Espera. Debemos de buscar a mi madre.

La mirada de Helena demostró su indecisión - Hermione…

- ¡La mataran!

Hermione sabía que ese no había sido el mejor momento para revelar sus planes, pero estaba desesperada, la sola idea la acuchillaba por dentro y sin importar lo que pasara no se iría dejándola atrás. Era su culpa que su madre se encontrara en ese lugar, encerrada. Por lo tanto, era su deber sacarla.

Helena suspiró y masajeó su sien. Ya era bastante difícil intentar salir ellas dos con vida, como para arriesgarse a sumar a otra: unamuggle. La pelinegro lo sabía, un paso en falso y las consecuencias serían devastadoramente malas. La idea empezó a irritarle y podía sentir el enojo bullir por su pecho. Reprimió un gruñido y la miro molesta.

- ¡Maldición Hermione, no me digas esto ahora! ¡Eso no era parte del plan!

La expresión de la castaña se desfiguró ligeramente, pero Helena no estaba para sutilezas. Agitó nerviosamente la varita en su mano, provocando que escurrieran chispas rojas de la punta. No había tiempo para discutir, ¡Demonios! Casi ni contaban con el tiempo para escapar.

- No puedo dejarla.

Hermione habló en apenas un murmullo, pero la determinación implícita en sus palabras fue suficiente para que Helena comprendiera que la castaña no se marcharía sin la mujer muggle.

- ¡Está bien! La buscaremos cuando bajemos al sótano. - Bufó enojada - Ahora… La mayoría están dormidos, pero se despertarán con el menor ruido. Es esencial tener cuidado cuando bajemos a la cocina porque casi siempre andan rondando unos cuantos por ahí en las noches… los insomníacos, ya sabes.

Hermione asintió y se guardó la sonrisa que le causó la invención, centrándose en temas más urgente.

- ¿Y mi varita?

- No sé dónde la tienen – Respondió la otra agitando una bolsa. - Hay pociones aquí dentro, y una que otra bola de humo en caso de que la necesitemos; puse algo de comida, ropa y una casa de campañas en caso de cualquier emergencia también… ¿Qué llevas en la tuya?

Helena notó la expresión avergonzada que inmediatamente surcó el rostro de la joven.

- No mucho. Solo comida y algo de ropa.

Hermione había pedido al elfo que le trajera algo más de comida y siempre lo hacía, pero la pobre criatura nunca se atrevía a buscar más nada. Lo demás lo había tomado del inmenso guardarropa que había encontrado detrás de una de las puertas de la habitación, todo era mayormente negro y verde.

Helena se encogió de hombros y girando hacia la puerta, la abrió y asomó la cabeza.

- El pasillo está vació.

Haciendo un movimiento con la cabeza, le indicó a Hermione que la siguiera.

- Vamos. - Susurró la esclava.

Se dirigieron hacia la derecha, caminando tan silenciosamente y rápido como pudieron. Helena giraba su cabeza constantemente a todos lados y trataba de afinar su sentido de audición. Hermione solo era consciente de sus propios latidos.

- Estamos cerca. - Le murmuró a Hermione y la leona asintió. Sentía como la adrenalina se apoderaba de su cuerpo y su estomago brincaba, excitado por la emoción, no podía creerlo. ¡Iban a escapar de ese maldito lugar!

La chica abrió una puerta, entrando a una escalera de metal. Una corriente de repugnante aire frío se coló hasta los huesos de Hermione.

- ¡Que frío! - Murmuró algo desesperanzada.

- Los dementores merodean del otro lado de la pared. – Susurró Helena y su amiga abrió los ojos sorprendida.

- ¿Dementores?

Hermione no esperaba algo así, pero Helena se limitó a asentir y empezó a bajar los peldaños con una destreza increíble; para estar tan delgada y pálida tenía mucha energía y agilidad.

La sirvienta se giró - No olvides cerrar la puerta.

Hermione lo hizo. Su corazón bombeaba sangre rápidamente, podía sentir el sudor deslizarse por su espalda y su cuerpo temblaba debido al nerviosismo.

- Debemos darnos prisa, en cualquier momento podrían entrar a tu habitación y descubrir que has escapado. Hacen una ronda cada treinta minutos.

- ¡Lo sé! – Susurró apremiante, mientras recordaba que dormía con una pata de madera sacada de una de las sillas: una noche había percibido la presencia de alguien en la habitación, y totalmente asustada, había abierto los ojos para encontrarse con una sombra frente a ella que de un momento a otro, comenzó a tomar la forma de un extraño ser. Con decisión, había agarrado una lámpara y se la había lanzado, logrando cortar a la cosa, que profirió un chillido y se desvaneció ante sus ojos. Rápidamente había tenido alrededor de cinco mortífagos entrando como tormenta por la puerta de la habitación – Aterrador.

*-*-*-*-*-*

Snape salió del estudio en el que había tenido una importante reunión con Lord Voldemort. Iba acompañado de un hombre de aspecto lento y algo sonso que debía de rondar los cincuenta. Era una de las mentes más brillantes del mundo mágico, graduado en la escuela Especialista de Medimagos de Londres, especializado en neurología y con una maestría de psiquiatría en Rumania; todo un erudito experimentado en cuanto a temas de pociones. No sin darse cierto crédito, admitía que era mucho mejor que él mismo.

La tarea que tendría que compartir con ese hombre era difícil. Tenía que crear una poción para dividir a Hermione Granger en dos personas y crear una especie de… "Alter Ego" o "El otro".

Al principio, como primera opción había sugerido simplemente un hechizo desmemorizador, pero no, "Eso no es perfecto", repitió en su mente.

El Señor de las Tinieblas quería algo más elaborado; pretendía que la chica fuera capaz de identificar a las personas, que las recordara como si hubiese estudiado su biografía en algún libro. Quería extraer parte de la memoria de la chica y dejar intacto lo que, según el mago tenebroso, le sería de utilidad sin que significase un riesgo para la misión. Buscaba quebrantar su voluntad, convertirla en un lacayo más. Pero para poder llevar a cabo su misión necesitaba que conservara su esencia.

Era un plan demasiado prefabricado para el gusto de Severus, sin mencionar la complejidad que implicaba llevarlo a cabo; Su señor planeaba que quien debió ser criada como su hija suplantara a Hermione Granger, como si esta fuese una entidad ajena a su propia existencia. Para ello, no debía ser consciente de que era ella misma la persona a la que estaba 'sustituyendo'. Él quería que fuera una sola persona: La que tuviera la voluntad de su hija y contuviera la esencia y memoria de Granger como algo que no le pertenecía.

Todo era sumamente complicado.

Al parecer se trataba de que retomara su vida, pero no con una especie de conducta bipolar.

También debía desarrollar otra poción para que se mantuviera por más tiempo como la hija de Voldemort, y reducir los lapsos como Hermione Granger, ya que la única manera de lograr lo que deseaba era creándole un trastorno de la personalidad. Ahí era donde entraba el hombre que lo seguía.

Todo resultaría un trabajo muy extenuante y delicado. No debía dañar el sistema nervioso de la muchacha o hacerla entrar en un coma permanente, o peor, volverla un vegetal.

Aún teniendo él un papel importante en toda la misión que tenía que ver con Granger, Voldemort no le había mencionado nada relevante sobre sus planes y eso le perturbaba sobremanera.

- Debí ser medimago - Murmuró para sus adentros.

- ¿Dijiste algo, Snape? - Preguntó el hombre a sus espaldas con tono amable.

Severus negó con la cabeza y se detuvo frente a una puerta. Golpeó el roble y al no recibir respuesta, agitó la varita logrando que la puerta se abriera. Asomó la cabeza por la ranura: la chimenea se encontraba apagada y no veía a nadie. Ingresó acercándose lentamente a la cama y la palpó, aún estaba tibia. El hombre se detuvo detrás de él y Snape frunció el ceño.

Allí no había nadie.

- Demonios - Murmuró corriendo hacia el estudio del cual había salido.

*-*-*-*-*-*

Helena la sujetó por el brazo.

- ¡Más a prisa Hermione!

Escucharon como una de las puertas sonaba al chocar contra la pared y pasos bajar por las escaleras, la puerta en la que estaban detenidas estaba intentando abrirse. Hermione dio un brinco y se apegó a la puerta tratando de mantenerla cerrada.

- ¡Ciérrala!

Helena apuntó a la puerta - ¡Fermaportus!

Hubo un resplandor de luz y continuaron descendiendo a toda prisa.

- Sólo falta un piso – Susurró Helena, frenética.

Una explosión en el piso de arriba les advirtió que más personas bajaban detrás de ellas. La morocha pateó una pequeña puerta que se encontraba cerca del suelo, abriendo paso a una nueva salida.

- ¡Por aquí!

Hermione se sintió jalada por el brazo y a continuación se encontró de bruces en el suelo. Al percibir el olor a putrefacción del lugar no pudo evitar tornar su rostro en una mueca de asco y sentir nauseas. Sin embargo, no era el mejor momento para ponerse a vomitar.

- ¡Aquí apesta!

- Estamos en uno de los drenajes - La respuesta llegó temblorosa desde su espalda.

La mugre la ayudaba a deslizarse por el estrecho conducto, hundiéndose en sus manos de manera babosa y viscosa. El sólo hecho de sentir el lodo, mezclado con sabía Dios cuantas cosas, le dio asco y repulsión.

- Esto es asqueroso.

- ¡Están en ahí dentro! – La voz masculina resonó perfectamente en el estrecho conducto.

- ¡Rápido! – Apremió Helena en un susurro, urgiendo a la castaña a aumentar la velocidad con la que se deslizaba por el suelo, no obstante, se detuvo al momento.

- ¡Esta cerrada! - Chilló dándole con sus puños a la compuerta. Su pulso se había acelerado al escuchar el chasquido de pasos a sus espaldas. - ¡Helena!

- ¡Patéala Hermione!

- ¡No puedo moverme!

- ¡Hermione! ¡Relájate y hazlo!

- ¡Como quieres que me relaje si vienen detrás de nosotras!

- ¡Si no te calmas no llegaremos a ningún lado! Hazte a un lado - Hermione trató de pegarse lo más que pudo a la pared y vio como su compañera abría la puerta de una patada certera - ¡Vamos!

Una explosión justo detrás las hizo soltar un gritito, y otra más logró que trozos de piedras cayeran sobre ellas, golpeando a la leona en la pierna izquierda. De inmediato sintió las manos de Helena en su espalda, empujándola, acompañada por una fuerte punzada que la hizo trastabillar por la pierna herida y jadear de dolor. Se dirigió al centro de la cocina cojeando, las explosiones habían hecho colapsar el pasillo. Sintiéndose agitada, se apoyó en una mesa tratando de recuperar el aliento.

- Helena a dónde… - Comenzó, girando la cabeza hacia ella, y se quedó estática.

La otra chica la miraba decidida mientras le apuntaba con la varita. Por su mejilla se deslizaba una lágrima y sus ojos estaban vidriosos.

- Lo lamento Herm, pero no me queda de otra, nos tienen rodeadas. – Hermione la miraba incrédula – Si continuamos nos atraparánjuntas.

¿Estaba diciendo lo que creía que estaba diciendo? ¿Aquello realmente estaba ocurriendo? No entendía nada, o no quería hacerlo. Totalmente sorprendida, terminó de girar su cuerpo y la enfrentó con la desesperación pintada en el rostro.

- ¿Qué estás haciendo? - La voz le tembló, teñida de incredulidad, mientras miraba la varita que la apuntaba.

- ¡Esta aquí! - Gritó Helena, ignorando su pregunta.

Hermione miró a los lados frenética - ¡¿Qué haces?!

El sonido de pasos apresurados le indicó que muchos mortífagos se acercaban.

- Lo lamento, pero no me queda de otra.

- No, por favor. No.

Segundos después, se vieron rodeadas de mortífagos empuñando sus respectivas varitas.

La estaba entregando.

Ya no iba a salir de aquel lugar.

Iban a matar a su madre…

Un escalofrió de terror recorrió su espina dorsal y olvidó el dolor de pierna.

- Helena.

La desesperación cubrió sus facciones y sus ojos se volvieron suplicantes.

- Lo lamento – Vocalizó ésta sin emitir palabra y desvió la mirada a un mortífago que caminaba en su dirección. – Estaba tratando de escapar.

La mirada del mortífago se ensombreció y en sus labios se pintó una mueca de ira. Hermione reconoció los gestos desequilibrados de Bellatrix Lestrage al tiempo que le apuntaba con la varita.

- Incárcero – Mágicamente aparecieron sogas que se envolvieron en las muñecas de la chica, apresándola.

La mortífago se le acercó y la golpeó en la parte trasera de la pierna herida, haciéndola caer sobre sí misma con un quejido. Aferró su pelo y le movió la cabeza hacia atrás de manera brusca, Hermione tensó la mandíbula sintiendo dolor.

- Te dije que si eras inteligente no intentarías escapar – El tono de la mujer sobre su rostro fue glacial - Veo que cometí un error.

Hermione le escupió el rostro mientras el odio y enojo luchaban por reemplazar al terror.

La mortífago sacó un pañuelo de su bolsillo, se limpió la cara y una sonrisa maldita curvó sus labios. Movió los dedos y estampó el dorso de su mano contra la mejilla de la chica.

La castaña mantuvo el rostro bajo por breves segundos y luego lo volvió a levantar. Un hilo de sangre descendía por su mentón mezclándose con el sucio que había obtenido al pasar por el túnel, en su mejilla se había marcado la forma del anillo de la despiadada mujer y un doloroso rasguño empezaba a arder. Hermione abrió la boca encajando la mandíbula y se movió incómoda.

- Bellatrix - Habló una voz masculina, profunda y calmada.

Un hombre caminó hasta Hermione y la tomó por el brazo, poniéndola en pie, y produciéndole escalofríos.

- Intentaba escapar, Régulus.

Hermione miro a Bellatrix, todo estaba en completo silencio. El sudor frío bajaba por su frente y el pómulo empezaba a dolerle. Miró a los otros mortífagos, eran muchos, y por primera vez sintió miedo de lo que podían hacerle. Todos mantenían la varita empuñada pero baja, esperando expectantes. La puerta de la cocina se abrió dando paso a Severus Snape y Lord Voldemort; sus rostros se encontraban extrañamente tranquilos, pero la chispa de enojo que saltó en los ojos del hombre que supuestamente era su padre, le indicó que esa aparente calma era la que precedía a la tormenta.

- ¿Qué ocurre? - Inquirió el señor oscuro, como si no fuese lo suficientemente obvio. La castaña empezó a híper ventilar y su pulso se aceleró aún más.

- Intentó escapar - Soltó Bellatrix con maldad.

Los ojos rasgados se dirigieron hacia la chica atada, incursionando en su mente, luego, su semblante se dirigió a Helena quien se encogió sobre si; su ropa estaba rasgada y tenía pequeñas lastimaduras en la cara.

La chica miró a Hermione mientras las lágrimas salían de sus ojos de manera silenciosa y se mezclaban con el sucio de sus mejillas, su labio temblaba y sus manos sujetaban la varita fuertemente. Tenía la cara roja y un mortífago la sujetaba por el brazo.

- Llévala al calabozo – Ordenó el Lord a Bellatrix señalando a Hermione.

- ¡No me toques!

Hermione se revolvió para soltarse del agarre de la mujer, pero esta la tomó firmemente por el brazo y la arrastró fuera de la cocina.

A los pocos minutos de salir, Hermione escuchó gritos de desesperación que retumbaron contra las paredes de la mansión... Gritos de Helena que le sacudieron el alma y le perforaron el corazón. Ella sufría, a pesar de todo, por su culpa.

*-*-*-*-*-*

Voldemort miró a la sirvienta y le apuntó con la varita.

- Intentabas escapar – Siseó.

Helena se mantuvo en silencio y bajó el semblante, mientras sostenía su varita y el cuerpo le temblaba.

- No, Señor. Ella intentaba escapar, yo la detuve. - Respondió tratando de escucharse lo más convincente posible.

Voldemort la estudió y se le acercó.

- No es bueno decir mentiras, Helena. – Reprendió, y la chica pareció encogerse más sobre sí misma.

El hombre alzó la varita y le apuntó, ella apretó los ojos esperando el hechizo; al no sentirlo, levantó el semblante y fijó sus ojos en los de él.

- ¡Crucio!

Helena cayó de rodillas ahogando los gemidos de dolor que querían salir de su garganta. El dolor era insoportable. Se derrumbó sobre un costado intentando infructuosamente mantener sus miembros en posiciones naturales.

El aire que luchaba por salir se convertía en gruñidos desesperados al mezclarse con el que intentaba entrar. Sus venas sobresalían evidentes sobre la piel de su cuello y la que pasaba por su frente latía con fuerza.

- ¡Manifiesta tu dolor!

Voldemort entrecerró los ojos, aplicando más fuerza a la maldición.

Un grito salió de la garganta de la joven, como si le estuviesen sacando el corazón, desatando chillidos y jadeos mientras intentaba no partirse en pedazos. Por más que recibía la maldición, no lograba acostumbrarse al dolor, no lograba entumecer su cuerpo para atenuar el dolor.

- ¡YA! - Gritó sacando todo el aire de sus pulmones. - ¡No. Más! - Chilló una vez más.

Las lágrimas se deslizaban rápidamente por sus mejillas mezclándose con el sudor de su cara; La maldición penetraba su cuerpo, podía percibir el dolor con cada uno de sus sentidos. Todo era dolor, fuego, Infierno… Eso era, él le estaba dando a probar una porción del ardiente infierno.

Sentía su cuerpo retorcerse en maneras inhumanas y su alma rasgarse una y otra vez. Estaba segura: no soportaría mucho tiempo más.

El hombre se detuvo y la chica se quedó en el suelo, con espasmos recorriendo su cuerpo, casi sin sentir. El señor tenebroso se agachó a su lado.

- ¿Te ha dolido? - Helena no contestó, concentrada en restablecer el orden en el que se supone se debe respirar. Inhala, exhala, inhala… - ¡Responde! - Lentamente asintió con la cabeza.

El señor de las tinieblas la sujetó del pelo y movió su cabeza hacia atrás. Ella dejó escapar un gemido de dolor.

- No habrá próximas vez.

Ella asintió prontamente con la cabeza, mientras las lágrimas se deslizaban por su rostro. Voldemort soltó su pelo lentamente.

- Fuera – Ordenó al sectario restante.

Poco a poco los mortífagos fueron saliendo mientras él miraba a Helena en el suelo. La puerta se cerró tras el último, dejándolos solos. Voldemort caminó hacia un amplio buró de la cocina y se recostó de él.

- Acércate.

La chica se levantó temblorosa, su pecho se contraía debido a los hipidos consecuencia de que entrecortada respiración y su corazón se negaba a continuar, sentía que en cualquier momento todo dentro de ella explotaría.

Caminó hacia él con desgana, sabía cuáles eran las intenciones del Lord y era una de las cosas que más temía, no ocurría muy seguido, sin embargo, le producía nauseas y un sentimiento exacerbado de odio hacia todo. El mago la sujetó fuertemente por el brazo y la giró poniéndola contra el buró. Se acercó a su cuello y aspiró nauseabundamente su aroma.

Helena se mantuvo quieta esperando que algo ocurriera, que algo lo desviara de su deseo… Pero nada de eso ocurrió, no había nadie que la ayudara, nadie que lo detuviera, que la salvara.

Un nuevo llanto subió por su pecho pidiendo permiso para salir, pero ella se tragó el deseo, sabiendo que manifestarlo le acarrearía una nueva tanda de maldiciones.

Jamás podría salir de allí, estaría eternamente atrapada en ese infierno personal.

Voldemort aferró con sus cadavéricos dedos la cadera de la chica, apretándola con fuerza, clavando sus punzantes uñas sobre la carne. La chica ahogó el gemido en un sollozo. Él, con la otra mano, la inclinó violentamente hacia adelante, la sujetó del pelo jalándolo hacia atrás mientras la gélida mano liberaba la cadera y se deslizaba hacia su muslo.

De las marcas que había dejado atrás comenzó a emanar sangre, que descendió por su pierna. La sirvienta percibió el tibio líquido deslizarse logrando erizar los vellos de su piel. Tratar de pelear era inútil, y si lo enojaba más de lo que estaba las consecuencias serían fatales.

- Por favor – Imploró Helena al sentir la mano invadir su entrepierna.

Las lágrimas inundaron sus ojos. Se mordió el labio fuertemente y apretó los ojos enfocándose en un distante pensamiento feliz.

*-*-*-*-*-*

Bellatrix la empujó dentro de la celda.

Hermione logró ponerse de pie mientras la mortífago la observaba a través de los barrotes.

- ¡Púdrete!

La mujer entrecerró los ojos, se le acercó y saboreó sus palabras para luego escupirlas como veneno.

- Será tu asquerosa madre la que se pudrirá en una de éstas celdas cuando esté muerta… por tu culpa, claro. – Le sonrió perversamente.

Se giró sobre sus talones y enfiló sus pasos hacia la salida.

Hermione ignoró el taconeo y se acercó a una de las paredes mientras sentía su alma despedazarse y acurrucarse en una de las esquinas de su cuerpo, tratando de no seguir desmoronándose.

Lagrimas silenciosas se deslizaron lentamente por su rostro. Había fallado y su madre iba a morir a causa de su ineptitud, la matarían dejándola igual que a su padre… y Helena también sufría. La dejarían sin nadie en el mundo, y lo que más dolía y la llenaba de ira era que sabía que era inevitable.

Ahogó un afligido sollozo - Lo lamento… Dios, lo lamento tanto.

Todas las acciones, traen consecuencias y ella lo estaba aprendiendo de la peor manera.


Un fic con Post, es un fic Feliz =D