Disclaimer: todos los personajes le pertenecen a Masashi Kishimoto.


Avanzar


#5. Gracias.


Naruto quedó bastante impresionado en cuanto vio que el edificio poseía, como mínimo, dieciséis pisos. En la entrada, había una gran alfombra roja, donde estaban dos señoritas recibiendo a la gente. En la parte de arriba, con letras muy elegantes, estaba escrito «Hotel Sakurabi», con cinco estrellas decorándolo justo en la parte inferior.

Sí, estaba más que sorprendido. Es decir, se esperaba que el viejo Kurosawa fuera rico, pero no a esa magnitud.

Tomó una gran bocanada de aire, y le dio un vistazo rápido a su ropa. Se sintió bastante incómodo al darse cuenta que unos jeans, y una camiseta negra, no era exactamente la ropa más adecuada para ir a ese sitio.

Resignado, se adentró al hotel. Gracias al cielo, nadie lo miró o algo así. Los trabajadores y personas que se encontraban en el recibidor, estaban bastante entretenidos en sus asuntos. No queda de más mencionar, que incluso el recibidor era estúpidamente elegante, lleno de muebles, que él podía asegurar que costaban mínimo, la renta total de un año de su departamento.

Naruto se estaba impacientando, no le gustaba sentirse fuera de lugar. Aunque todo estuviera en su cabeza.

Cuando llegó con la recepcionista, ésta le sonrió amablemente.

—Bienvenido al Hotel Sakurabi, ¿en qué le podemos ayudar?

—Este, quisiera ver dónde puedo encontrar al presidente —la chica lo miró sin entender—. Eh, con Kurosawa-san.

—El señor Kurosawa no recibe visitas en su suite. Si gusta le puedo dar el número de su oficina, para que concrete una cita.

Naruto suspiró.

—Él fue quien me dijo que viniera aquí a verlo.

La muchacha frunció levemente el ceño.

—Bien, me comunicaré con la suite presidencial, ¿me puede dar su nombre, por favor?

—Sí, Naruto Uzumaki.

—Bien, permítame un momento.

Mientras observaba a la chica llevarse el teléfono a la oreja, y hablar brevemente. Giró un poco la cabeza mirando a la gente que entraba y salía del hotel.

Tenía muchísimos tiempo de no pisar un hotel así de elegante. Para ser más precisos, ocho años.

Sonrió levemente al recordar su niñez, siempre molestando a las mucamas, corriendo por las escaleras de emergencia, y haciéndoles bromas a los turistas que visitaban el hotel. Su mamá solía corretearlo por todo el hotel, mientras su padre se disculpaba con los clientes. Al final, todos terminaban riendo antes las tonterías del Uzumaki.

—Sí señor, sí, está aquí. Claro, inmediatamente lo dejo pasar —concluía la recepcionista, mientras Naruto la observaba—. Uzumaki-san, puede pasar a la suite presidencial, decimosexto piso, habitación cuatrocientos seis. Nuestro presidente lo recibirá ahí.

—¡Muchas gracias! —le sonrió el chico, despidiéndose con la mano.

La mujer se quedó sorprendida, ¿quién era esa persona, que incluso el presidente lo recibía en su propia recámara?


Justamente una hora atrás, Naruto y ella habían ido a la sucursal bancaria, a solucionar el problema de la cuenta. Rápidamente los atendieron. Hinata, quien por alguna extraña razón, cuando se trataba de realizar trámites o contratos, olvidaba su timidez, y hablaba con mucha facilidad, explicó el problema. En menos de media hora el asunto había sido resuelto: la cuenta fue cancelada.

Ambos salieron aliviados del banco. Pero en eso, el rubio le explicó que iría a visitar a Kazuo Kurosawa, por lo del trabajo. Le pidió amablemente que lo esperara en el parque que estaba a tres cuadras del hotel.

Y ahí estaba Hinata, sentada en una banca, como la buena chica que era, esperando a que Naruto regresara

Hacía algo de calor, por lo que intentaba abanicarse con la mano. En eso observó a los niños que correteaban de un lado a otro por el parque. Por alguna extraña razón se sintió conmovida.

¿Qué se sentiría tener hijos? Esa pregunta le rondaba por la cabeza desde hacía mucho tiempo.

Sabía que en algún momento Naruto y ella tendrían sus propios niños. El sólo imaginarse a unos pequeñitos, con la hermosa sonrisa de su esposo, y esa aura tan brillante, se ponía sensible al punto de las lágrimas.

Uno de los chiquillos que correteaba por el lugar, le lanzó la pelota. Hinata lo miró enternecida, y se la devolvió, no sin antes sonreírle dulcemente.

Últimamente pasaba todo el día pensando en que, tal vez, su destino era simplemente el de formar una familia y dedicarse a ella. Eso no significaba que no quisiera ser una mujer independiente, porque a su forma, lo era. Desde muy pequeña aprendió a hacer las cosas por sí sola sin ayuda de nadie. Sabía que fácilmente podría encontrar un trabajo, gracias a sus buenas calificaciones y sus conocimientos en manejo de empresas. Pero aquello no la hacía feliz.

Sí, tal vez aún era joven. Veinte años no son nada. Sin embargo, algo en su corazón le gritaba que, quizá su vida no giraba en torno a la visión de mujer moderna y empresaria.

Hinata amaba estar en la comodidad de su pequeño departamento, esperar a Naruto, cocinar, tejer, poner plantas en pequeños maceteros, porque no se podía permitir un jardín aún. Disfrutaba la sensación cálida del sol en su rostro, mientras caminaba por la acera al ir de compras. Y si en un futuro, le sumaba el poder tener hijos a quien amar y entregarles todo el cariño que a ella no se le permitió, sería tan feliz.

Por eso se juró a sí misma defender su matrimonio a capa y espada. Esa era la libertad que tanto buscó; el poder sentirse amada.

No era justo que su esposo fuera el único que se preocupara y buscara cómo sacar dinero. Ella también podía. Pensó profundamente en cuáles eran sus opciones: era imposible encontrar un trabajo de un día para otro, y el dinero era urgente. Lo único con lo que contaban eran con los pocos billetes que Hinata traía en su bolso, y unas monedas que Naruto escondía sobre la televisión.

Decidida, sacó su teléfono celular, y marcó el número de la única persona en la tierra, que sabía que no le daría la espalda.

Al tercer timbre le contestaron. Inmediatamente escuchó una voz tosca, pero que a la vez le era tan conocida.

—¿Diga?

—¿K-Kiba-kun? —preguntó con la voz entrecortada debido a las emociones que tanto tiempo llevaba ocultando. Extrañaba a su mejor amigo.

—¡¿Hinata?! ¿De veras eres tú? —le respondió el chico exaltado.

—Sí, sí…

Escuchó la respiración agitada de Kiba.

—¡Chica tonta! ¿Cómo te atreves a desaparecer de la nada? No tienes idea de lo preocupados que estábamos Shino y yo…

—Lo siento muchísimo. Espero que no me guarden resentimiento.

Kiba suspiró.

—Sabes que no Hinata. Pero oye, ¡sí que sabes desaparecer! No fuiste ni para decir: hola, me voy un mes de luna de miel con Naruto, no me esperen, porque no regresaré.

Sonrió dulcemente, mientras se limpiaba un par de lágrimas.

—Nada fue planeado. Cuando me di cuenta, Naruto-kun me había arrastrado al aeropuerto. Y después, regresamos, pero sólo por una semana, las cosas se pusieron difíciles, y decidimos irnos —el recuerdo estaba fresco en su memoria—. Sin embargo, nada ha sido fácil.

—¿A qué te refieres?

La pelinegra buscó las palabras adecuadas.

—N-Naruto-kun no ha encontrado trabajo, pero estábamos bien, teníamos ahorros… pero mi padre sacó todo el dinero de la cuenta.

Escucho una sarta de maldiciones de parte de Kiba.

—¿Me estás diciendo que el viejo Hyūga les robó el dinero?

—S-sí —entrecerró los ojos, aún triste—. Nos dimos cuenta esta mañana. Mi padre lo hizo sólo para tratar de molestar…

—Entonces, ¿a eso se debe tu llamada?

Ella se mordió el labio nerviosa.

—No exactamente. Kiba-kun, ¿recuerdas el collar de oro que le di a Tenten-san para que lo guardara?

Pareció pensarlo un momento.

—¿El de tu mamá? ¿Aquel que tenía el símbolo de tu familia?

Hinata sintió una presión nada agradable en el pecho. Alrededor de dos años atrás, le había pedido de favor a su amiga, que le guardara dicho collar. Era de oro, con una medalla circular, que en el medio tenía el dibujo de una pequeña llama de fuego (el símbolo de los Hyūga) con pequeños diamantes decorándolo.

Lo odiaba. Al principio, poco tiempo después de la muerte de su mamá, fue lo único que le había quedado de recuerdo. Hinata lo había usado orgullosa, como si fuera la cosa más preciada en el mundo. Pero un día, su padre, al verla usándolo, se lo arrancó del cuello y lo lanzó al suelo. Con una mirada furiosa le había dicho que tenía prohibido usar ese «maldito artefacto».

Fue de las únicas veces que había visto a Hiashi tan molesto, llegando al punto de mirarla con odio. Por consecuencia, le agarró un resentimiento al collar. Lo guardó durante muchos años en su joyero, hasta que mejor decidió dárselo a alguien de confianza para que lo cuidara, porque ella no quería verlo ni en pintura

Sabía que el collar valía mucho, en primera, era único en el mundo, puesto que su padre lo había mandado a hacer para su mamá como regalo de bodas. El oro era de la más alta calidad, sin contar los pequeños diamantes incrustados.

La verdad es que no le dolía pensar en que iba a venderlo. Más que recordarle a su madre, le recordaba a su padre, su apellido… ese que tanto odiaba, y ahora ya no portaba.

Era lo último que Hinata necesitaba dejar ir para poder ser libre.

—Sí. Kiba-kun, necesito que vayas con Tenten-san y se lo pidas.

—No entiendo Hinata, ¿qué estás planeando?

Soltó un suspiro.

—V-venderlo… ¿crees que podrías hacerme ese favor?

Escuchó cómo su amigo soltaba una fuerte exclamación.

—Pero, ¿qué estás diciendo? ¡Ese collar ha de valer una fortuna! Y aparte era de tu madre —Kiba hablaba demasiado rápido, incapaz de creer las palabras de Hinata—. Si es por dinero o algo así, te puedo prestar.

Ella negó con la cabeza, a pesar de que el chico no pudiera verla.

—No tiene importancia para mí. Ya no soy más una Hyūga. Y a pesar de que era de mamá, nunca le he tenido cariño al collar —estaba siendo sincera—. Por otra parte, sí tiene qué ver con el dinero, pero también es algo que debí haber hecho hace mucho… creo que es el último paso para deshacerme totalmente de quien era antes —dijo con convicción.

Hubo un breve silencio entre ambos. Mediante el teléfono sólo se escuchaba el eco de la televisión que Kiba tenía prendida, y la respiración agitada de Hinata.

—Has cambiado —finalmente el chico rompió el silencio—. Estoy orgulloso de ti, nunca pensé que la niñita asustadiza que Shino y yo protegíamos todo el tiempo, llegaría a hacer las cosas por iniciativa propia.

A veces, la Hyūga se preguntaba si toda la vida se la pasaría llorando. Los últimos dos meses había derramado lágrimas a más no poder… tanto por cosas buenas como malas, y de nuevo, esta vez no era la excepción. Ya sentía cómo los ojos se le humedecían debido a las lindas palabras de su amigo.

—Gracias Kiba-kun, y, si he cambiado, es por Naruto-kun, me dio el empujoncito que necesitaba para confiar un poco en mi misma —se limpió una lágrima—.

El chico río.

—Ese idiota de Naruto —sonrió de lado, a pesar de que Hinata no lo podía ver—. Parece como si hubiera sido ayer cuando el tonto corría por todo el instituto buscándote para que le ayudaras con los exámenes, o le dieras tu bento. Me acuerdo que Shino una vez dijo que tal vez él estaba enamorado de ti, yo sólo me reí, porque nunca me pasó por la cabeza que terminaras con Naruto. No me mal entiendas, eres genial, pero ustedes son tan… opuestos.

—Lo sé —ella también sonreía—. No creo que Naruto-kun me quisiera aún en ese entonces, creo que tenía un enamoramiento por Sakura-san —comentó casual algo que alguna vez le causó cierta desilusión, ella era joven y estaba enamorada, ahora todo le parecía una tontería. Entonces, cambió el tema—: oh, ¿te acuerdas lo que sucedió en el festival deportivo?

—¡Cómo olvidarlo! —exclamó el Inuzuka divertido.

El recuerdo estaba fresco en la memoria de ambos. Durante el segundo semestre se había celebrado el festival deportivo en el instituto, tanto Kiba, como Naruto iban a participar en la carrera de cien metros, pero como rivales

Kiba siempre había sido excelente corredor, a diferencia de Naruto. Después de una intensa carrera, Inuzuka ganó con bastante facilidad. Derrotado, el Uzumaki declaró delante de todos, que el próximo año lo vecería. Nadie pareció tomarlo en serio.

Cuál fue la sorpresa, que el año siguiente, durante el segundo festival, Naruto venció a Kiba, con una gran ventaja.

—Naruto-kun se levantaba temprano todas las mañanas para ir a correr.

—¿Cómo lo sabes?

Hinata se sonrojó.

—B-bueno…, y-yo me iba un poco más temprano a la escuela… s-sólo para verlo, y a-a veces llegaba bañado en sudor, y se iba corriendo a las regaderas de la escuela, antes de que los demás llegaran, por lo que comprendí que corría o algo así desde temprano.

Kiba pensó durante un instante en aquellos momentos donde Naruto y él, se peleaban por cualquier cosa: desde el último pan de melón en la cafetería, hasta quién entraba al salón primero, empujándose uno a otro en el marco de la puerta. Tan inmaduros y torpes.

—Eso es tan de Naruto —soltó una carcajada—. Ya sabes, no darse por vencido, y esforzarse para lograr las cosas. Me sorprende que se tomara tan en serio lo de la carrera, de haber sabido, ¡yo también hubiera practicado! Dile que cuando lo vea quiero la revancha.

—Claro que sí —respondió suavemente—. Y, ¿Kiba-kun?

—¿Dime?

De nuevo esa presión en el pecho, era sofocante. ¿Así se sentía Naruto cada que hablaba con Sakura o Sasuke? Dios, el sentimiento era horrible. Estuvo tanto tiempo acostumbrada a estar rodeada de sus amigos, que ahora que estaban lejos, dolía.

—Gracias, creo que nunca te agradecí. Gracias por animarme cuando tenía el corazón roto. Gracias por defenderme de los otros chicos. ¡Gracias por todo lo que haces y has hecho por mí! —dijo fervientemente, al borde de las lágrimas.

Kiba sólo sonrió de lado. Aquella chica pelinegra y tímida, que tartamudeaba cuando hablaba, y se pasaba la mitad del día escondida detrás de las paredes observando a cierto rubio, se había ido. Ya no había mucho rastro de su compañera de instituto, aquella que siempre consideró como una hermanita.

Hinata se había convertido en una mujer admirable. Su esencia seguía ahí, pero ahora era fuerte, con algo más de confianza y seguridad en sí misma. Tal vez ya no los necesitaba tanto como en un principio. Y en vez de sentirse decepcionado, o triste, le dio gusto. La que era como su hermana había decidido avanzar como todos los demás.

—Pequeña tonta, no tienes nada que agradecer. Ya sabes, si algún día te aburres de Naruto, ¡no dudes en regresar! Shino y yo te estaremos esperando para ir a comernos una docena de hamburguesas como en los viejos tiempos, ¿de acuerdo? —bufó—. Y no te preocupes, hablaré con Tenten lo más pronto posible, y resolveré lo del collar. En cuanto lo venda, te depositaré el dinero. Me mandas el número de cuenta de Naruto por un mensaje, ¿está bien?

No sabía qué decir, las despedidas nunca eran fáciles. Tenían un nudo en la garganta. Quería quedarse más tiempo hablando por teléfono con Kiba, quería preguntarle sobre Shino, Tenten. ¿Les estaba yendo bien? ¿Alguna noticia nueva? Sin embargo, no pudo. Todas esas preguntas las haría cuando los viera en persona, porque su corazón le decía que en algún momento se volverían a encontrar. Una amistad así no se rompía por simple distancia.

Era un cariño diferente al que le tenía a su esposo. Ni más grande, ni menos fuerte. De esas veces que saltarías a un precipicio por esa persona.

—Hasta luego Kiba-kun, y espero que podamos vernos en algún momento.

—Claro que sí. ¿Y Hinata?

—¿Sí?

—Cuídate mucho —le dijo el chico, antes de colgar.

Se dejó caer sobre la banca del parque, con las manos temblorosas, y los sentimientos a flor de piel, sintiéndose un poco más afectada de lo normal.

Siendo sincera, Kiba tenía un lugar muy especial en su vida. Probablemente, si Naruto no existiera, ella hubiera terminado enamorada de su amigo. Era de esos pequeños secretos del pasado que guardaba en su corazón. Nunca tuvo la oportunidad de explotar sus sentimientos en su totalidad, aunque en realidad, nunca la hubo, porque Naruto siempre había sido su mundo, y seguiría siendo así hasta su último respiro.

Hinata jamás le había reclamado algo a su esposo por la estrecha relación que tenía con Sakura. Y si no lo hizo, fue porque entendía ese lazo. Era muy parecido al que tenía con Kiba. Como un hilo rojo del destino, que siempre se quedó a la espera de fortalecerse, de resolver ese ¿y si…?

No se arrepentía. Nunca le pasó por la cabeza intentar llegar con Kiba algo diferente a la amistad, era demasiado riesgoso. A pesar de que estaba consciente de que el chico albergaba sentimientos especiales por ella. Había cosas que tenían qué permanecer intactas, y el lazo que los unía era un perfecto ejemplo de ellas.

Soltó un suspiro, mirando al cielo, dejando sus pensamientos de lado, y concentrándose en su alrededor.

Al final logró hacer que su mente se despejara un rato.


Naruto estaba algo nervioso. La impotente y elegante puerta de la suite presidencial se presentaba frente a él, en toda su majestuosidad, como si le dijera que ese no era un lugar para un Uzumaki.

Sin embargo, desde que había decidido ir con el anciano, se dijo que no se marcharía si no tenía el trabajo. Ya no se trataba de si se sentía cómodo o no. Se trataba de su supervivencia.

Tomó una bocanada de aire, y tocó el timbre, con su mano algo temblorosa.

Rápidamente, la puerta se abrió, mostrando al alegre hombre que había conocido en el hospital, quien lo miraba con una gran sonrisa, parecía feliz de volverlo.

—¡Uzumaki-kun! —exclamó el viejo Kazuo—. Cuando la recepcionista me llamó, me dio mucho gusto, no esperé verte por aquí. Ya han pasado dos semanas desde que nos encontramos.

—Sí, lo sé —Naruto no pudo evitar mirar la apariencia del anciano: vestía un albornoz gris, y andaba en pantuflas—. ¿No llego en mal momento?

Kurosawa soltó una carcajada.

—Hombre, claro que no, pasa, pasa.

Cuando el chico se adentró a la suite, quedó visiblemente sorprendido. Tenía vagos recuerdos de los cuartos del hotel de su familia. Pero sabía que no eran tan magníficos, como los del Hotel Sakurabi.

La habitación parecía más una casa, que una suite. Tenía una pequeña sala de estar, con un gran televisor, un mini-bar, baño, una cocina, y la recámara, todo decorado estratégicamente, los muebles parecía de la mejor calidad, y muy modernos.

—¿Te gusta? —preguntó el anciano.

Naruto asintió maravillado.

—Es genial.

—Lo sé. Construir esto no ha sido fácil. Pasé treinta años de mi vida ganando dinero para poder fundar mi primer hotel, lo demás se dio solo —se acercó al mini-bar para y se sirvió una copa—. ¿Gustas?

—No, gracias.

Ambos se sentaron sobre un sofá de cuero.

—¿Pensaste sobre mi ofrecimiento?

El rubio se quedó en silencio, y suspiró.

—Sí, y estaría muy agradecido de tomar la oferta.

—Me da muchísimo gusto escuchar eso. Por supuesto que la oferta sigue en pie. Por cierto —tomó un trago—, desde que te conocí, me sorprendió ver a un chico tan joven, buscando trabajo… claro, espero y no sea una indiscreción.

Naruto se quedó pensando en si responder o no. Últimamente la palabra «joven», le causaba molestia. Para todo era demasiado «joven»: como trabajar, casarse, etc. ¿Qué había de malo? ¿Tenía qué esperar a tener treinta para hacer esas cosas?

—No, está bien. Lo que sucede es que estoy recién casado, y pues me salí de la Universidad… por eso mismo andaba buscando un trabajo.

La sorpresa cruzó por el rostro del hombre.

—¿Recién casado? Eso sí no me lo esperaba, tienes el rostro de un niño —cuando dijo esto, notó la mirada molesta del rubio, por lo que carraspeó un poco, cambiando el tema—. Y, ¿qué estudiabas? A lo mejor te puedo acomodar en algo relacionado con eso.

—Em, estaba en cuarto semestre en la Universidad de Tokio, estudiaba para profesor de educación física.

Kazuo río un poco.

—La verdad, me esperaba algo así. Eres un chico bastante energético.

Naruto no entendió el comentario.

—Pero estás de suerte. Justo en este hotel, estamos buscando un entrenador para el gimnasio. Más que nada es ayudar a los clientes en sus rutinas, y de vez en cuando dar clases de fitness, ¿te interesaría?

Toda la molestia que sentía por lo que había hecho Hiashi Hyūga, pareció desvanecerse al escuchar las palabras del anciano. Finalmente iba a poder invertir su tiempo en realmente algo que le gustara.

Tal vez no era lo mismo que dar clases de deportes a los niños. Pero iba a poder ayudar a la gente a ejercitarse, explicarles el uso de las máquinas, mantenerse activo… la verdad es que tenía un buen presentimiento.

—¡Por supuesto que me interesa! —dijo emocionado, con sus ojos azules brillando de alegría—. Me encantaría estar dentro de un hotel de nuevo.

—Esa es la actitud, Uzumaki-kun, Y si quieres, puedes empezar desde mañana.

—¡Claro que sí! —le respondió con mucho entusiasmo.

Después de una corta plática, donde Kazuo le explicó en qué consistía el trabajo más a fondo, sus horarios y sobre el pago. Naruto pensó en que todo era perfecto.

Ambos rieron un poco, entonces el anciano le cuestionó algunas cosas.

—Por cierto, hace rato comentaste sobre que no era la primera vez que estabas dentro de un hotel, ¿a qué te referías?

—Ah, ¿sobre eso? —hizo una mueca—. Mi familia tenía una cadena de hoteles hace como, doce años, pero se fue a la quiebra. La verdad es que pasé mi infancia dentro de un hotel, por eso trabajar en uno de nuevo, me trae buenos recuerdos.

La sorpresa cruzó por todo el rostro de Kazuo.

—¿Ese hotel se llamaba…? —dejó la pregunta al aire.

Naruto sonrió con melancolía.

Momiji Resorts. ¿Era genial, sabe? No tan moderno como su hotel. Si no, más tradicional. Los mucamas, vestían con kimonos, y mis padres siempre estaban en el recibidor, atendiendo a los clientes o dándoles la bienvenida. Siempre había un fuerte olor a velas aromáticas. Y, cada recámara tenía su propio onsen, incluso había la opción de pedir la recámara con futon, en vez de cama. Mi madre amaba ese lugar, yo también, crecí ahí. Después de una serie de deudas, de las cuales no pudimos recuperarnos, el banco absorbió todo, y quedamos en la calle —él no solía ser tan comunicativo, no iba por ahí contando el pasado de su familia, pero por alguna extraña razón, a pesar de su gran porte, el anciano lo hacía sentir en confianza.

Por otra parte, Kurosawa no sabía cómo ocultar su estupefacción. Naruto, ajeno a esto, continuó su relato:

—Oh, y era un negocio familiar, fue fundado por mi bisabuelo, aunque luego llegó a manos de mi abuelo, Jiraiya… bueno, él falleció hace tiempo. Cuando ero-sennin, digo, mi abuelo, no quiso hacerse cargo, lo dejó a manos de mi papá… pero ya ve, al final nada salió bien. Extraño esos tiempos —comentó el Uzumaki con una expresión triste, sin darse cuenta—. ¡Pero mis papás se recuperaron! De veras. Eso nos enseñó que un día puedes tener todo, y otro ya nada. El dinero va y viene, pero siempre es importante salir adelante. Tal vez no volvimos a tener tanto dinero como antes, pero nos tuvimos los unos a los otros, y tuve una adolescencia feliz —y así fue como su tristeza desapareció, siendo reemplazada por esa motivación y energía que siempre lo había caracterizado.

Tal vez si Naruto no fuera tan despistado, hubiera notado la mirada tan profunda que le dedicaba el anciano, una mirada llena de sorpresa, y a la vez de admiración. El hombre pensó que si hubiera tenido un hijo, tal vez sería como Naruto.

Si tan sólo supiera que lo conocía de antes… pero decidió no decirle nada. No sabía cómo el nieto de Jiraiya, había terminado en esa situación, no entendía qué había sucedido con esa familia. Ahí había algo más. ¿Por qué ese muchacho estaba en Niigata? Cuando habló de la escuela, parecía algo melancólico, como si estuviera arrepentido de haber dejado la Universidad.

—Me alegro de tenerte en mi equipo de trabajo. Pareces tener algo de conocimiento sobre esto. Creo que lograrás hacerlo muy bien. —dijo, disimulando la sorpresa por lo que acababa de descubrir.

En respuesta, recibió una gran sonrisa del rubio.

—Muchas gracias Kurosawa-san, de veras.

Platicaron algunos minutos más. Después, Naruto anunció que debía marcharse porque su esposa lo estaba esperando. Kazuo le dijo que no había problema, al final concretaron verse al día siguiente, para presentarle las instalaciones del hotel más a fondo.

Se dieron un apretón de manos. Antes de salir, lo último que vio el anciano, fue la espalda del rubio. Fue cuando se prometió que ayudaría a ese chico, algo le decía que no la estaba pasando nada bien.

Cuando salió de su trance, entró a la recámara, donde su esposa estaba recostada con el control del televisor en la mano. Lucía aburrida e incómoda, con su pie enyesado sobre una almohada.

—¿Cariño? ¿Quién era? —preguntó.

—Nozomi, no me vas a creer lo que pasó.

Lo miró curiosa.

—¿Sí?

—Recuerdas al chico que te ayudó en tu accidente, ¿no? ¿Al que le ofrecí trabajo?

—Claro, aún no he podido agradecerle —le dio una mirada al yeso—. Quién sabe qué hubiera sido de mí.

—Bueno, era él, vino a preguntar sobre lo del trabajo. Pero eso no es lo más sorprendente…

Ella frunció el ceño sin entender.

—¿A qué te refieres?

El anciano se sentó al lado de su mujer, y con un cariño inmenso la tomó de la mano.

—Tal vez no lo recuerdas bien, pero ese chico, Naruto, tiene el cabello rubio y los ojos muy azules. ¿Bastante inusual, no? Desde que lo vi, pensé que me recordaba a alguien…, pero por el apellido no lo relacioné. Hoy me enteré que es el hijo de Minato, ¿lo recuerdas? Por lo tanto, es el nieto de Jiraiya…, nuestro buen amigo Jiraiya.

La reacción fue inmediata. A Nozomi se le llenaron los ojos de lágrimas.

—¿E-estas seguro? —la voz se le entrecortaba.

—Sí, querida, estoy seguro.

Hablar de Jiraiya siempre era difícil. Como una herida que no había acabado de sanar. El tema afectaba demasiado a la mujer, le traía recuerdos del pasado, que a veces deseaba suprimir.

Ambos ancianos se miraron. ¿Qué tan pequeño era el mundo para encontrarse con nada más y nada menos que el nieto de un viejo amigo?

—Cariño, tenemos que ayudarlo.

—Lo sé —dijo el hombre mirándola aprensivamente.

Se quedaron en silencio. Tal vez era tiempo de pagar las deudas pendientes.


Hinata no entendía nada.

De repente un Naruto eufórico había llegado por ella al parque, y sin decirle nada la tomó del brazo, y empezaron a correr. Ni siquiera hablaron sobre qué le dijeron del trabajo, o cómo le había ido.

Agradecía tener buena condición física, porque dudaba que una persona normal pudiera seguirle el ritmo al chico.

Después de correr unas cuantas cuadras, el rubio finalmente se detuvo y la soltó. Ambos respiraban agitadamente.

Se sintió algo molesta, tenía el cabello pegado al rostro, y las manos le sudaban. Frunció levemente los labios, y volteó a ver al culpable del desastre.

—Naruto-kun, ¿por qué…? —pero antes de terminar la frase, quedó embelesada ante lo que se presentaba frente a ella.

Era una exposición de arte callejera.

Se sentía deslumbrada. A lo largo de la calle, se extendían cuadros, coloridos y llenos de vida. Lo que más le fascinó, es que todos retrataban flores, desde rosas, tulipanes, azucenas, hasta girasoles… ¿había qué decir que ella amaba los girasoles?

Sin duda, hacía mucho tiempo que no miraba algo tan bonito.

Aquello hizo que olvidara todo el enfado. Emocionada, volteó a ver a Naruto.

—¿Eso es…? —dejó la pregunta al aire, mientras caminaba lentamente, admirando las pinturas. Enfocó su vista en un cuadro que tenía dos rosas blancas.

Naruto, con las manos en los bolsillos, observaba a Hinata. Algo cálido lo embargó al verla tan feliz, e inevitablemente una gran sonrisa se le pintó en el rostro.

—Sólo quería decirte que me dieron el trabajo —dijo de la nada. La chica inmediatamente le puso atención—. El viejo fue muy amable. ¿Sabes? Dijo que podría trabajar en el gimnasio del hotel, para dar las rutinas o algo así, no le entendí muy bien. Sólo quería decirte que estoy algo contento, y que, todo parece para ir mejor —se encogió de hombros—. Gracias por estar ahí, y darme fuerzas.

No recibió respuesta, en cambio, Hinata se lanzó a abrazarlo fuertemente, mientras se colgaba de su cuello. Sabía que ella estaba llorando.

—Me alegro tanto, tanto, tanto —decía, mientras hundía el rostro en el pecho masculino.

Él le acariciaba el cabello suavemente, tratando de tranquilizarla.

—¿Por qué lloras Hinata?

—Porque estoy contenta.

Curioso, levantó una ceja.

—¿Se puede llorar de alegría?

—Se puede llorar por muchas cosas —contestó abrazándolo aún más fuerte.

—Últimamente lloras mucho —frunció el ceño—. No debería ser así.

Hinata no levantó la mirada para verlo, pero empezó a darle una suave caricia en la espalda.

—Antes no lloraba. Nunca —aclaró—. Así me sintiera miserable, me reprimía. Así que para mí llorar no está tan mal.

—Aun así, te prometo que nunca más volverás a llorar, así sea de alegría. ¿Es mejor reír, no? —dijo.

Recibió una dulce sonrisa en respuesta, aunque no la vio.

—Naruto-kun siempre se preocupa por mí, te amo por eso —le dijo con facilidad.

Así pasaran miles de años, Naruto seguiría poniéndose nervioso cuando recibía palabras de afecto de su esposa. Siempre era igual, el cosquilleo en el estómago, un leve rubor en las mejillas, y el nerviosismo en todo el cuerpo.

—Y-yo —tragó fuerte—. También te amo, Hinata.

—Lo sé.

Se quedaron en silencio algo abochornados.

Entonces, Naruto decidió cambiar el tema.

—Oye, si te traje aquí, fue para agradecerte —la chica se separó de él, pero no del todo, quedaron frente a frente, tomados de ambas manos.

—¿Agradecerme?

—Sí, por tener una fe ciega en mí, cuando nadie más lo hacía. Por siempre darme tu mejor sonrisa. Por verme cuando fui algo y también cuando no era nada. Gracias por quedarte conmigo, y caminar a mi lado —se rascó la mejilla—. A veces me pregunto qué vio una chica tan genial como tú en mí. Pero entonces me doy cuenta que debo cuidarte para que nunca te quieras ir. Aunque si algún día llegaras a marcharte, iría por ti a la luna y de regreso, de veras —lo dijo muy en serio, causándole una risilla a Hinata—. Y también que, aunque en estos momentos no te puedo comprar flores, o una casa más grande para que tengas tu propio jardín, te puedo dar esto —señaló el cuadro que la chica había estado observando antes, el de las dos rosas—. No son flores reales, pero al menos son bonitas, ¿verdad?

A veces, cuando el chico decía cosas así de lindas, Hinata quería morirse de amor. Podrían pasar miles de obstáculos, pero aun así, comparado con los pequeños momentos que pasaba al lado de Naruto, todo valía la pena.

Aquello que de niña parecía tan lejano, ahora lo tenía al alcance de su mano: su querido amigo, aquel que pareció odiarla durante algún tiempo, ahora la amaba.

Cada que recordaba su infancia al lado del rubio revoltoso, se ponía melancólica. Pero ahora que observaba fijamente al hombre de ojos azules que parecía adorarla como a nada, quería llorar. ¿Quién pensaría que llegarían aquí? ¿En qué momento Naruto pasó de ensuciarle el cabello a tomarla de la mano, de regalarle sonrisas, a regalarle besos?

¿En qué momento pasó de quererla a amarla?

Porque Hinata lo había hecho toda la vida, nunca hubo un momento de duda, siempre estuvo dispuesta, esperando a que Naruto volteara a verla. Hasta ese momento, ahí, rodeada de esos cuadros de flores, y con su esposo observándola fijamente, fue cuando se dio cuenta, que aún no había creído que él amaba. No como ella lo hacía.

Sin embargo, ahora lo sabía. Que sus sentimientos realmente eran correspondidos, y con la misma intensidad.

Embargada por toda una amalgama de sentimientos, se dejó llevar por lo que le decía su corazón.

—No necesito un gran jardín, o flores. Tampoco una casa, o lo que sea, nunca necesitaré nada de eso, no mientras Naruto-kun me deje estar a su lado —sí, estaba llorando de nuevo—. Gracias por quererme, por aceptar mis sentimientos.

Él no entendía nada, sin embargo, al verla tan frágil, la tomó por las mejillas, y le dio un beso en la frente.

—Gracias a ti por esperarme.

Y Hinata sólo asintió, enternecida por el bonito gesto.

Ese era un final. Ambos estaban cerrando esa etapa del pasado, aquella en la que la pelinegra había llorado por un amor no correspondido, y donde Naruto había sido tan estúpido para no darse cuenta.

Estaban concluyendo con las cuentas pendientes que tenían el uno con el otro. Ahora, había qué enfocarse en el presente, en cómo hacer funcionar ese matrimonio tan repentino.

Porque si Naruto Uzumaki tuviera enfrente de nuevo a la Hinata de doce años, le pediría una disculpa por no haberla notado, por lastimarla y no amarla como se merecía.

Y, porque si Hinata Hyūga tuviera al Naruto de doce años frente a ella, le diría que siempre fue una cobarde por no decirle sus sentimientos, y que la perdonara a ella y a su padre, por lastimar a su familia.

Si estuvieran frente a frente con su yo del pasado, se dirían que ambos eran unos niños, que no sabían que más adelante se volverían a encontrar, que la amistad siempre seguiría ahí.

Que aquello era una reconciliación y un hasta siempre.


Hola, hola, ¿qué tal?

Me tardé un mes y cuatro días en actualizar. Lo cual no me hace sentir mejor. La verdad, este capítulo está escrito a pedazos, y creo que se puede notar. Siento que estoy perdiendo el hilo de las cosas, lo cual no quiero que siga pasando… realmente sé qué debe suceder, pero no se acomodan las ideas, o al momento de escribir las cosas cambian. Al final, me quedó este capítulo extraño en el cual no pasa nada interesante.

Bien, enfocándome ahora en el capítulo. ¿Qué opinan? Creo que no les he contado que Avanzar tiene mucho de mí, quizá por eso me enfoco tanto en la amistad, en las relaciones que tienen, por ejemplo Naruto con Sakura, y en este caso, Hinata con Kiba. Con casi todos mis amigos, nuestra amistad es de años, y nos conocemos muy bien, por lo que, he tratado de poner un poquito de eso en el fic.

Por otra parte, ¿pusieron atención? Ya revelé de qué era el negocio de los papás de Naruto, sí, un hotel. La verdad pensé mucho en esto, no sé nada de hoteles, pero me pareció una buena opción, tomando en cuenta lo que se viene adelante.

También, Nozomi y Kazuo aparecieron de nuevo, con la noticia de que conocían a Jiraiya, ¿se lo esperaban? Yo tampoco, esto fue idea de última hora. Pero como les he dicho, estos dos personajes serán importantes.

Y por último, Naruto y Hinata. Las escenas cursis no se me dan, en serio, y este fic no parece tenerlas mucho. Trato de que las relaciones sean lo más cotidianas y humanas posibles. Pero, necesitaba escribir esto. Muchas veces necesitamos reconciliarnos con nuestro pasado, y agradecer. Creo que Naruto y Hinata lo necesitaban, y no fue sólo con ellos mismos, también fue una reconciliación hacia Kiba y Sakura, por los sentimientos que alguna vez tuvieron hacia ellos. Fue un hasta aquí.

Bien, estos primeros cuatro capítulos fueron introductorios, para ubicar bien a los personajes y la historia. Lo bueno ya empieza, estoy ansiosa por empezar a escribir.

¿Qué más les puedo decir? Muchas gracias por sus bonitos reviews, los favoritos y follows, los aprecio un montón.

Les mando un fuerte abrazo.

Lolli.

29/11/15