Era sábado, temprano por la mañana, excursión a Hosmeade. Las primeras luces del alba teñían de un naranja pálido las roídas sábanas de la cama. Un par de rizos castaños asomaban entre el colchón y la almohada. Y, enredada en los bucles marrones, una mano de dedos pálidos jugueteaba distraida.
Él estaba despierto, ella dormía. ¿Dormía? No. Sólo finjía que dormía mientras con el rabillo del ojo lo espiaba. Severus sonreía. Estaba sonriendo, plácidamente. Y era hermoso verlo sonreir.
-Sé que estás despierta.- susurró tranquilo.
-¿Cómo lo has sabido?- preguntó la joven con voz somnolinta.
-Cuando duermes respiras más suave.- respondió el profesor levantándose de la cama y empezando a vestirse.
Hermione se incorporó, se sentía bien, y estaba de un buen humor que a él no le pasó desapercibido.
-¿Por qué tan contenta?- se quedó mirándola con los botones de su túnica a medio camino de abrochar. La sonrisa de la chica desapareció de pronto, susurró un "...nada especial" y empezó a vestirse muy ruborizada.
Él la miró divertido durante unos segundos hasta que ella se dio cuenta.
-Creí que no te acordabas.- rió la chica. Pero él se puso serio.
-¿De qué exactamente?- Snape rió de nuevo al ver la cara de ella.
-Idiota...- repuso Hermione lanzándole una almohada que él cogió en el aire antes de que le golpeara.
Siguieron recogiendo el cuarto en unos minutos realmente agradables. Luego, los dos se fueron hacia el gran comedor por diferentes caminos para que nadie sospechara dónde habían pasado la noche. Pero Hermione iba feliz. Lo había conseguido. Ese día salían a comer juntos.
¡Sólo quedaba media hora! Hermione daba vueltas por el dormitorio de Gryffindor con toda la inmadurez que habitualmente no mostraba. La túnica roja iba a ser demasiado atrevida... Y, bien pensado, sería como refregarle el color enemigo de la casa de ella. Definitivamente no. ¿Celeste?
Cinco minutos antes de la hora prevista, odiaba hacer esperar a la gente, sus mocasines de charol zapateaban nerviosos en el suelo del pasillo. Súbitamente, un brazo enfundado en una manga elegante y negra la rodeó. Era su brazo, seguido de su mano pálida, hasta ahí bien, que sujetaba ¡una flor blanca!
La jóven se volvió sólo por asegurar que era su profesor de pociones el que le estaba regalando una flor. Unos estudiantes pasaron, y él se apresuró a esconder el lirio entre los pliegues de su capa, para volverlo a colocar ante sus ojos en cuanto desaparecieron. Los dos se quedaron observando la flor unos segundos, estaba bastante más arrugada. Al fin él, con el ceño profundamente fruncido, la apremió con un ligero movimiento de muñeca a que lo cogiera de una vez.
- ¿Y esto?- Hermione tomó su regalo y lo olió, mientras lo miraba con las cejas levantadas.
Él se encogió de hombros e hizo un gesto con la mano para invitarla a empezar a andar. Los dos comenzaron el camino que salía del colegio mientras ella reía para sí. Había conseguido sorprenderla.
En Hosmeade, hacía una brisa bastante fuerte y fría que los obligaba a avanzar despacio y tapados hasta el cuello con la capa. A ninguno de los dos les importó, les gustaba el frío. Hermione se alegró de haber cogido su capa azul oscura en el último momento. Aunque tal vez, sino la tuviera, él habría tolerado abrazarla contra sí para protegerla del aire con la suya. ¿Pero qué tonterías estaba diciendo? ¡Era Snape! Negó con la cabeza mientras se abrazaba más a sí misma, y sus dedos chocaron con el lirio. Tembló.
-¿Tienes frío?- preguntó él sin mirarla.
-Un poco...- Contestó ella sin querer creérselo del todo. Del bolsillo interior de su capa, el profesor sacó, cuidadosamente doblada, la capa de invierno de ella.
-Ya supuse que no vendrías lo suficientemente abrigada, asique me tomé la libertad de cogerla.- le comentó entregándosela. No sin cierta desilusión, Hermione la cogió y se la echó por los hombros.
Los dos se pararon a la vez delante de un pequeño restaurante que hacía esquina al final de una calle bonita y estrecha. Se miraron. Los estudiantes se quedaban normalmente en las calles principales y en los lugares más típicos del pueblo, los profesores solían sentarse en una gran mesa de las tres escobas. En aquel restaurante, donde había bastante gente aunque no demasiada, era prácticamente imposible encontrar a alguien conocido. Era perfecto.
Al abrir la puerta, una agradable bocanada de aire templado los envolvió. A la entrada había una percha de pie que nada más verlos les tendió uno de los brazos de madera para que colgaran sus capas. Luego, un camarero regordete y rosado, los guió hasta una mesa de dos al lado de una de las ventanas. Fuera había empezado a llover.
Ella, cerveza de mantequilla ante la mirada divertida de él. Él, una copa de vino de saúco. Efectivamente nadie los conocía, hablaron un rato de cosas sin importancia, él se rió de la bebida de ella y la chica le soltó que no necesitaba guardar ninguna apariencia, lo cual se ganó una graciosa reverencia de la cabeza de Snape que la hizo reir en voz alta.
Luego una brocheta de carne y piña asada contra el hojaldre de trufa con crema de queso que pidió el profesor. Había que reconocer que tenía estilo. Se lo comentó, y después de dos o tres bromas, la conversación se fue brevemente hacia la dura infancia de él, para explicar que en cuanto empezó a ganar su propio dinero, había empezado a valorar la belleza de algún que otro detalle cómo el arte de vestirse o el cómo comer, que antes no habían tenido ninguna importancia para él.
Hermione se sentía realmente cómoda en su compañía, Severus parecía que tambien porque, cuando se quisieron dar cuenta, los dos trozos de tarta de calabaza se habían acabado hacía tiempo, y la noche empezaba a caer.
Se despidieron del camarero y se abrigaron bien antes de salir a la calle. La mayoría de los habitantes del castillo ya habían regresado, y los dos o tres que quedaban, seguirían en el salón de madame Pudipié hasta bastante más tarde. Eso les permitió ir bastante pegados hasta llegar a la zona de los carruajes, donde se separaron para volver a reunirse veinte minutos después en el dormitorio de él.
Snape ya dormía y Hermione no lo conseguía. En silencio se levantó de la cama y se echó por encima la camisa del pijama negro, que le llegaba por medio muslo. Con un movimiento de la varita de él invocó una tetera de tila y una taza morada, sólo los profesores podían pedir comida a las cocinas de este modo. No sin antes elegir al azar un libro gordo y polvoriento, se sentó, a la luz de una vela, en la vieja silla que estaba junto a la única y destartalada mesa de la habitación de él.
Cuando el profesor despertó, la encontró en ese mismo lugar. La vela ya estaba consumida, la taza vacía estaba volcada junto a un pequeño charco de infusión, y Hermione, con el pelo mal recogido, dormía plácidamente usando como almohada su ejemplar original de "Mil pociones curativas a base de muérdago." Intentando no despertarla, la cogió con cuidado para tumbarla en la cama.
La chica despertó ligeramente desorientada. A juzgar por la luz que pasaba entre sus párpados entrecerrados, debía ser cerca de mediodía. Al abrir los ojos del todo, fué cuando se dió cuenta de que no estaba sóla en la cama. Snape estaba semi tumbado en un cojín gris. La tenía abrazada con un brazo, mientras en el otro sujetaba un libro fino que estaba leyendo.
Sin moverse todavía, Hermione cayó en la cuenta de que aún llevaba puesta la mitad de su pijama. Lo miró de reojo, él no estaba vestido. Se ruborizó absurdamente.
-Buenos días.- dijo él cerrando el libro y moviéndola para mirarla a los ojos. -Tu corazón...- respondió a la pregunta muda de cómo sabía que había despertado. Ella se puso un poco más roja, y él la besó.
-¿Qué hora es?- preguntó ella. No estaba acostumbrada a verlo desnudo tanto rato fuera del contexto sexual. Por las mañanas lo veía, cierto, pero él se apresuraba a cubrirse con algo de ropa. Esto era algo nuevo.
-Casi las once.- respondió él tranquilo.
Y en absoluto desagradable. Pensó ella sintiéndose más cómoda de inmediato. Volvió a besarlo, y él se dejó hacer.
Media hora más tarde estaban amándose a plena luz del día que entraba por la ventana. Luego se bañaron juntos en el baño de los prefectos, ventajas del reciente nombramiento de la joven, entre montañas de burbujas con olor a hierbas y arcos de agua fría y caliente.
Mientras se vestían para bajar a comer, Hermione pensó que podría acostumbrarse perfectamente a la falta de prisa por la mañana.
Más de uno y de dos, se dio cuenta en el desayuno de que, casualmente, el profesor de pociones y Hermione Granger, olían a hierbas aromáticas esa mañana. Seguramente él estaba tratando de seducir a la profesora McGonagall, ya con esto casi no podían aguantar la risa, y Granger, como nunca usaba cosas de chicas, intentaría comprar un perfume y acabó con una colonia de hombre.
