Los ojos ya se me han acostumbrado a la luz roja, así que puedo ver los detalles de las fotografías que revelé hace unos minutos. Cuelgan de la cuerda que he puesto de pared a pared, huelo los químicos que uso para el proceso y se combinan con el cigarro que me estoy fumando.

Ahora que la veo así sin nerviosismo, que me permito admirarla me doy cuenta de que su cuerpo es hermoso, sus piernas parecen más largas de lo que son y sus senos pequeños quedan firmes en su pecho, no hay nada que baje atraído por la gravedad. Se le acomoda a la perfección el cabello ondulado sobre los hombros y hacia su brazo y, al menos en las fotografías en las que no sonríe destila una sensualidad que he visto en pocas personas.

Hay algo en la expresión de sus ojos que hace que se te erice la piel, Rachel es una mujer que puede dominarte con sólo poner su mirada en la tuya y puede incluso llamarte con ella aunque no la estés viendo precisamente. Ella tiene esas miradas que te hablan, que te hacen voltear en seguida.

Lo sucedido parece como un sueño, sin embargo me tiene de buen humor y eso también me hace sentir culpable; sé que debería de volcar ese sentimiento en la persona que es mi pareja, pero no puedo evitar sentir como que floto, que todo lo que he anhelado ha pasado por fin. Todo es un revoltijo de sentimientos encontrados donde me digo que eso no puede volver a pasar y a la vez, ansío verla de nuevo para hacerle el amor toda la noche.

Comprendo mi situación, pero no la afronto; es decir que me encuentro en un estado de cinismo muy común. Nunca quise juzgar demasiado duro a los infieles (a excepción de mi padre) porque no me había visto en la situación. Pero ahora que estoy atrapada en ese laberinto entiendo que muy probablemente lo haga más y más grande y me pierda, que no encontraré la forma de salir.

Repaso en mi mente las caricias que nos dimos, los besos, cómo sus labios, que besan diferente a Jennifer, me parecen del mismo modo mágicos, adictivos, suaves, dulces e inolvidables. Sin darme cuenta me he llevado la yema de los dedos a los labios, me perdí en mi mente y eso por sí solo es malo, porque me conozco y sé, que aunque me dije que esto sería cosa de una sola vez… ahora no me siento tan segura de ello.

El tiempo que he pasado con Jenny es maravilloso y magnífico, incluso si contamos los momentos malos y el tiempo corto en el que nos separamos. Pienso en esa otra mujer con la que estuve y sé que no me hizo sentir como me hizo sentir Rachel.

No es sino hasta el momento en el que te acuestas con alguien a quien no amas, cuando logras identificar el trecho que existe entre hacer el amor y tener sexo; antes creía que esa era una idea muy romántica, creía que finalmente todos teníamos sexo con todos y al mismo tiempo hacíamos el amor. Pero me di cuenta que estaba muy equivocada.

Es lo que pasa después lo que te define lo que has hecho.

Si no sientes la necesidad de acurrucarte a su lado y sentir el calor que despide su cuerpo, si no se te antoja poner tu cabeza sobre su pecho o viceversa y lo único en lo que piensas es en vestirte e irte de nuevo a ser acompañada por tu soledad, entonces definitivamente sólo tuviste sexo.

Y, no es para nada malo, hasta en las cosas más banales uno encuentra sosiego y un modo de completitud, porque hasta darse el gusto de ser vacío tiene algo de mimos para uno mismo.

El punto aquí, en mí, es que yo hice el amor con Rach y sé, que si sucediera con Jen, lo mismo pasaría. Sé perfectamente bien que podemos amar a dos personas al mismo tiempo, no porque yo lo diga, sino porque me lo han comprobado con estudios científicos, cómo funciona el cerebro es un misterio, y, aunque digamos que somos presas del corazón, en realidad de lo que sí somos esclavos es de la química en él.

Me vibra el celular dentro del bolsillo del overol que uso cuando revelo, ya me ha pasado que arruino playeras o camisas por los líquidos. En la pantalla aparece el nombre de Jenny.

*Adivina qué? Te tengo un regalo en la puerta de tu departamento.

Sonrío, me gusta mucho que tenga esos detalles, que me sorprenda, me gusta que su buen humor se ajuste al mío, el cual es un tanto ácido y 'Grinchesco'. Me pone de malas que me asuste cuando me sale de repente de detrás de alguna puerta o que me haga cosquillas, pero eso es algo que también me gusta, porque juega conmigo, se pone como una chiquilla que fastidia a un adulto y saberla así, tan diferente de mí y a la vez tan parecida, es lo que hace que sigamos juntas y que hayamos tomado la decisión de un compromiso como aquel.

Apago el cigarro y camino a la puerta, me asomo por el ojo de la misma y no veo a nadie parado al otro lado, así que me imagino que su regalo no es su presencia sino algo envuelto en caja y moño. Vuelvo a sonreír, de cierto modo, si soy sincera, lo que quería descubrir al otro lado era su figura.

Abro y me doy cuenta que tampoco hay nada en el tapeta de entrada, uno de letras con la bandera de Alemania que dice Wilkommen, traído especialmente para mí por parte de Francine. Fue más bien un regalo de burla pero terminé amándolo.

Asomo la cabeza a un lado y no veo nada y cuando giro al otro, me brinca encima y maldigo. Se cuelga de mi cuello y entrelaza sus piernas en mi cintura, besándome en la mejilla, en los pómulos y los labios.

-Te extrañé-. Me dice entre beso y beso -¿Me extrañaste?-. Estoy riendo y siento que me caeré de nalgas.
-Sí-. Cierro los ojos cuando me los besa.
-Hueles extraño-.
-Estaba en el cuarto oscuro-. Deja de besarme y cuando lo noto abro los ojos, me está viendo directamente, pero no se ha quitado y yo sigo con mis manos en sus muslos.
-¿Tomaste fotos?-.

Vuelvo a pensar en Rachel y me confundo, con Jenny ahora, que la tengo tan cerca de mí, con su buen humor, con sus cariños, con su olor… siento que la quiero mucho más, que no hay forma de que pueda cambiar esto por mi amor platónico de preparatoria.

-A Rachel, sí-. Frunce el ceño.
-¿Y se dejó?-. le doy un pico en los labios, la dejo en el suelo y la tomo de la mano, llevándola al sillón. Entrelazo nuestros dedos y suspiro.
-Su narcisismo la traiciona-.

No me doy cuenta que de verdad la extrañé sino hasta que me tomo el momento de reconocerlo, hace un rato cuando le dije que sí, fue sólo una respuesta de inercia, pero en realidad la he extrañado bastante, el contacto de su piel con la mía me lo comprueba. Siento una especie de calma y sostenimiento que sólo se siente cuando te encuentras realmente en casa. El alma lo sabe.

-¿Cómo te fue?-. Se encoje de hombros.
-Ya sabes, la única novedad fue que mi celular murió; pero fuera de eso, todo estuvo tranquilo, así como se pasan las fiestas en compañía de los Berkowitz-.
-Para tener un apellido tan judío me sorprende que no tengas en la familia un Rabino-. Me besa los nudillos se acerca a mí, poniendo su cabeza sobre mi pecho.
-Alguno lejano, que podría no conocer-. Le acaricio el cabello y la espalda.

Me gusta mucho estar así con ella, que disfrutamos de las pláticas y los silencios, me gusta mucho también cómo le huele el cabello y la ropa, el primero un poco a fresas y lo segundo a suavizante de ropa, pero tan penetrante que me dan ganas de abrazarla como si fuera un oso de felpa. Levanta la mirada y me besa el mentón.

-Quítate el overol, necesito sentir el cuerpo de mi novia y no pensar que estoy abrazando a un obrero-. Me echo a reír fuerte y me levanto del sillón.

Se da cuenta que debajo sólo traigo una blusa de tirantes y unos shorts ajustados.

-Me gustas más así-. Se le enciende la mirada y me come con los ojos, pero yo a pesar de sentirme deseada, también me siento avergonzada y pienso en algo lógico que nos saque de casa.

Cuando escucho que le ruge el estómago agradezco a las diosas por ello y le sonrío.

-Te llevaré a comer-.
-Pero algo increíblemente grasoso-. Me enamora tanto su apetito.
-Verás cómo escurre la grasa de tu boca al plato-. Hace cara de desagrado.
-Eso puede que me haya quitado un poco el hambre-. Me burlo y me acerco a ella, besándola de nuevo en los labios.

Voy a separarme cuando me toma del cuello y me lleva hacia ella de nuevo, comienzo a perder el equilibrio y me recargo en el respaldo acolchonado de nuestro sillón comprado en un bazar. Rápidamente me acaricia la espalda por debajo de la blusa y me rasguña.

-Necesito darme una ducha, huelo a químicos-. Me sonríe en la boca.
-Puedo acompañarte-.
-Sólo si prometes que realmente me dejarás ducharme-. Me jala de la cintura y termino sobre ella.
-Prometido-.

Los besos duran un par de minutos y luego caminamos al baño. Siento que me arde el glúteo cuando me da una nalgada fuerte y de palma completa y me sobo. Es juguetona, cosa que Rachel no tiene, o, al menos nunca vi esa parte de ella, ni conmigo ni con ninguno de los novios que le conocí.

Las gotas calientes le relajan y siento los labios de Jen en mi hombro, luego me pasa el shampoo y le hago espacio para que se meta en el agua caliente. Así que mientras yo me lavo el cabello ella se moja el cuerpo entero.

Veinte minutos más tarde estoy sentada en la cama poniéndome crema en los brazos y las piernas, mientras ella se pone la ropa interior. La complicidad que existe entre nosotras es la propia de las parejas que llevan mucho tiempo juntas, las cosas del día a día que no hace una pareja que acaba de juntarse.

Quizás muchos no llegan a bañarse al mismo tiempo sino después de años, probablemente muchos no hagan demasiadas cosas enfrente del otro por vergüenza. Nosotras compartimos tantas cosas que la comodidad a la que hemos llegado en la presencia de la otra me tiene contentísima.

Al salir a la calle el sol se está ocultando, me toma de la mano con la suya izquierda y del brazo con la otra, recargando su cabeza en mí.

-¿Qué hiciste en mi ausencia?-. Se le nota en la voz que está tranquila y relajada, alegre también, como que estar conmigo la pone contenta e infantil.
-Bueno, como te dije cuando me llamaste, el primer día fuimos a que conociera Yale, le mostré mis edificios y también la biblioteca. Luego fuimos al faro y dormimos en una posada, pasamos la noche frente a una fogata con una cena que te recuerda a esa que tienes cuando visitas a los abuelos-.
-¿La cual fue…?-. Le quito el brazo de su mano y se lo paso por los hombros, acercándola a mí.
-Panecillos de canela con una buena taza de chocolate caliente-. Pasa su mano libre por mi cintura y la mete en el hueco que se hace entre botón y botón de mi abrigo. Está fría, pero sé que con el calor que desprende mi cuerpo, antes de llegar al restaurante ya tendrá las manos calientes.
-Mmm, se me antojó algo como eso ¿Podemos comerlo en la noche? Anda di que siiiiiiiii-. Se chiquea y me hace cosquillas en las costillas, río un poco pero la detengo.
-Basta; y sí, podemos cenar eso, tú compras los panecillos y yo te preparo el chocolate-.
-¡Hecho!-. Brinca como brincaba Britt cuando Santana le cumplía un antojo. De pronto las extraño mucho y eso que no hace demasiado que las vi.

Cuando llegamos le abro la puerta y en seguida sentimos el calor que emana de dentro, me gusta mucho qye tengan calefacción prendida acada lugar que entro porque así puedes descansar del abrigo, los swaters y demás cosas que puedas traer para guarecerte del frío. Dejamos las cosas en los percheros y nos sentamos en los baquillos altos.

Huele a carne para hamburguesa y quizás ese otro sea un bisteck asándose, escucho las voces de los demás y la risa estridente de un hombre al que al parecer le han contado un chiste porque después del exabrupto no ha parado de reír y ya se ve hasta rojo. Jennifer lo está viendo y sonríe divertida.

-Te notas de buen humor-. Le digo.
-Así me pone el verte después de unos días-. Me da su mano por encima de la mesa y la tomo, leemos la carta en silencio. Creo que sé lo que va a pedir. Hamburguesa con champiñones, queso asadero y amarillo con doble porción de tocino y una coca cola.
-Voy a querer una hamburguesa con champiñones, queso asadero y amarillo con doble porción de tocino y una coca cola-. Me río.
-¿Qué pasa?-.
-Adiviné que eso era lo que te ibas a pedir-. Me entrecierra los ojos.
-Según me conoces muy bien ¿No?-.
-Pues ya viste que sí-.
-Espera, debo ir al sanitario, si se acerca el mesero ¿Pides por mí?-. Asiento, se levanta y se marcha rumbo a los baños.

Escucho el tono de mensajes de mi celular y me estiro al bolsillo del abrigo para sacarlo.

*Hace poco que no te veo y ya te extraño ¿Cuándo vendrás?.- R
En cuanto me mandes los por menores de dónde y a qué hora será tu obra-.Q
*O sea que si te los mando mañana ¿Vienes mañana? ;).-R
Muy lista… no, me refiero a que iré cuando estrenes la obra.-Q
*¿Hasta entonces? De acuerdo, tendré que ir antes yo-.R

Sonrío, me cosquillea dentro del estómago al leerlo y saberla acá de nuevo.

Bueno, entonces acá te espero; ahora debo irme, te envío un abrazo :*.-Q
*¿Estás con Jenny?.-R
Si.-Q
*… Ok, hasta entonces Quinn.-R

Noto la hostilidad de su último mensaje, cómo le ha caído mal eso de que yo esté con alguien, sin embargo no hay nada que pueda hacer para que no se sienta de ese modo.

Bye Rach.-Q

No sé qué puedo responder, pero no me siento con la valentía necesaria o el cinismo necesario para mandarle un mensaje meloso diciéndole que le mando abrazos y besos en un contexto diferente al de la amistad porque… una cosa es real, lo único que somos es amigas.

Aunque las cosas en nuestro interior se manejan de distinta forma, aunque nos queremos de un modo diferente, no podemos tomar una decisión, una porque yo no debo y dos porque ella ni siquiera lo ha mencionado.

Creí que después de haber terminado me preguntaría algo al respecto, que se quedaría pensativa y me diría si somos algo más, si algo iba a pasar entre nosotras, si dejaría a Jenny, cualquier cosa, pero sólo se dedicó a acurrucarse conmigo y observarme.

Incluso cuando la dejé en la estación del tren esperé que dijera algo como aquello, pero nunca dijo una sola palabra que diera pauta a ello; así que asumí que ella misma también estaría procesando lo sucedido y luego lo traería a colación, y cuando digo luego significa ese mismo día por la noche.

Su silencio me pone nerviosa, no saber lo que está pensando; así si me hostigara con preguntas sabría lo que está sucediendo en esa cabeza suya. Reviso el celular, sé que no tengo ningún mensaje porque no lo he escuchado sonar, pero de todas formas lo veo, como si mágicamente me fuera a aparecer uno.

-¿Qué pasa?-. Levanto la mirada rápidamente, Jenny ha regresado del sanitario y me mira con el ceño fruncido.
-¿Por qué preguntas?-.
-Ves tu celular como si te hubieran dado una mala noticia-. Se me acelera el corazón, me pongo nerviosa pero ella no lo nota.
-Nada, estaba enviándome mensajes con Rachel y creí que había sonado de vuelta-. Lo duermo y guardo de nuevo en el bolsillo del abrigo.

Platicamos y reímos toda la comida, me cuenta que Ralph (su sobrino, quien no dista de ser muy parecido al de los Simpson) bajó rodando las escaleras, se le atoró el pie en un juguete (dejado por otro sobrino) y terminó en el suelo con un tobillo lastimado.

No le cuesta mucho trabajo distraerme de Rachel con las historias que me está contando.

Luego entonces ella sigue hablando, pero no la escucho, la estoy observando, yo en mi cabeza, pensando en que no puedo herirla, no debo. Es tan hermosa y preciada para mí, y sin lugar a dudas la amo tanto que, pensar en romperla me causa escalofrío.

Qué hermosa es con sus ojos de color claro y su cabello negro, me gusta tanto cómo le brillan los ojos cuando sonríe, la forma de sus dientes.

-¿Por qué me miras así?-. Le sonrío y recargo los codos sobre la mesa entrelazando mis manos y recargando mis labios en ellos.
-¿Te he dicho que te pareces a Mia Kirshner?-.
-No-.
-Sobre todo en esta parte-. Le toco la barbilla con el dedo índice y le acaricio la hendidura que se le hace –Tienes barbilla de nalga-. Y me echo a reír, burlándome de ella.

Hace una bola con su servilleta y me la avienta a la cara pero logro esquivarla.

-Si no te gustara no estarías conmigo-. Suspiro después de dejar de reír.
-En eso tienes toda la razón-. Estiro mi mano y tomo la suya.

La calefacción del restaurante nos mantiene calientes, pero afuera el clima es muy diferente, veo a los transeúntes que entrecierran los ojos por la llovizna y se alzan el cuello de los abrigos para cubrirse del frío.

Aseguran que este será uno de los inviernos más extremos en la historia, sin embargo los del clima no siempre atinan así que guardo lugar para la duda, quizás sea como todos los demás, simplemente frío y ya.

-Estás extraña-. No lo dice preocupada porque sigue sonriendo y me acaricia la mano.
-¿Por qué lo dices?-.
-Hay una vibra distinta-. Me rasco la cabeza y la miro fijamente.
-Explícate-.
-No podría hacerlo con exactitud, es… la forma como me miras-. Me echo a reír de nuevo. A pesar de todo, estoy de buen humor.
-¿Y cómo lo hago?-.
-Como siempre pero como que quisieras decirme algo…-. Aprieto los dientes y respiro profundo.
-Nada, temo que te enojes por las fotos que le tomé a Rach-.
-¿Tendría que enojarme?-.
-No lo creo, no. Pero pues… ¿Quizás?-. No le estoy contando lo que en realidad debo decirle, pero si me acompañará de vuelta al departamento seguro irá a ver las fotos que dejé en el estudio.
-Quinn-. Advierte con su tono de voz que se está desesperando.
-Es de desnudo-.
-¿Esa es tu gran preocupación?-. Asiento –Amor…-. Lo dice con tanta ternura y me mira del mismo modo que en ese momento me siento completamente culpable de todo. Y es que lo soy.

Trago saliva, tratando de extinguir el nudo que se me está formando en la garganta, me digo que no debo llorar porque entonces no sabría cómo explicar porqué lo hago. Aprieto los dientes y luego le doy un trago a mi bebida.

-… No me enoja, no deberías sólo practicar conmigo la foto de desnudo y si Rachel y tú se sintieron con la confianza suficiente para, una posar y la otra ser la vouyerista… venga, me parece magnífico que por fin te hayas decidido por fotografiar a alguien más-.
-No soy vouyerista-. Me defiendo.
-Lo eres-. Me sonríe y me acaricia la mejilla, recargo el peso de mi cabeza en su palma y cierro los ojos.

No lo haré, no le seré infiel de nuevo.

-Te amo-. Le digo después de abrir los ojos y ver que me sonríe.
-Y yo a ti-. Me quedo en silencio unos segundos, sólo viéndola.
-Y sí, sí lo soy, pero sólo contigo cuando me dejas observarte cuando te tocas-. Me suelta la mano y se recarga pesadamente en el respaldo de la silla, ríe y se cruza de brazos.
-No entiendo tu fijación con ello, pero si te gusta ver yo te complazco porque me gusta cómo me miras cuando lo hago-.

Veo al mesero y le levanto la mano, pidiéndole la cuenta.

-¿Qué quieres hacer?-. Estiro la espalda y bostezo.
-Descansar me vendría bien-. Contesta, llevándose las manos al estómago y creciéndolo un poco –Comí tanto que siento que así como rodó Ralph escaleras abajo, yo rodaré a casa-. Suelto una carcajada divertida y meneo la cabeza.

Me encanta.

Xxxxxx

Tengo su espalda pegada a mi pecho y su cabeza recargada en mi hombro, estamos viendo la televisión, aunque nada en particular. Tenemos las piernas cubiertas con una rica manta y me está haciendo cariños en las piernas.

-Creo que te hace falta compañía-. Detengo el cambio de canales cuando me topo con que están pasando 'Jóvenes Brujas' –Oh esa película me gusta-. Dejo el control a un lado.
-¿A qué te refieres con compañía?-.
-Una mascota-.
-Tengo a Mussolini-. Levanta la cabeza y me mira.
-Un hammster no es compañía como tal-. Vuelve a recargarse en mí y continúa con sus cariños.
-Claro que lo es, me gusta escucharlo andar en su burbuja por toda la casa y que me siga a algunas partes-.
-Un perro te vendría mejor-. No digo más, no voy a ganarle; tengo cariño por mi hammster.

Me gusta observar cuando se lleva las semillas de girasol a la boca y se le hinchan los cachetes, sólo para descubrir más tarde que ha llevado todo ese alimento a la segunda parte de la jaula de plástico, ahí donde se ha hecho una cama con pedazos de papel.

-¿Quieres palomas?-. Pregunta media hora más tarde.
-Ok, ¿Mantequilla extra?-.
-Ok, ¿Y un té helado?-.
-Ok-. Nos sonreímos y me besa.

Cuando se levanta vuelvo a checar el celular, recuerdo que lo he puesto en vibrador para que no me distraiga de estar con ella, pero aprovecho este momento para revisarlo, tengo tres mensajes nuevos. Todos de Rachel.

*Es verdad lo que dije, no te quiero con Jenny; sé que no debería estar diciendo esto… no la odio, odio que te tenga.-R

Trago saliva y tengo el corazón palpitándome como loco.

*No debí mandarte eso, lo siento, te pido una disculpa ¿Estás enojada?.-R

Y el último.

*Por favor contesta, necesito saber que estamos bien.-R

-Voy al baño-. Digo, y me levanto al sanitario, cerrándolo con llave.

No estoy enojada, sólo no había visto tus mensajes, perdón. Estamos bien Rach, no te preocupes .-Q
*Quiero verte.-R

Me muerdo el labio y muevo la pierna, estoy sentada en la taza de baño ¿Qué debo responder? Definitivamente tenemos que vernos, necesitamos platicar acerca de lo que pasó y debo decirle que lo que hicimos no se repetirá.

No voy a decírselo por teléfono, mucho menos por medio de mensajes.

Voy la próxima semana.-Q
*Perfecto, ya iré haciendo el itinerario; debo irme, ensayo; beso… en los labios ;).-R

Me quito el cabello de la frente y me llevo las manos a la cabeza. Sin embargo me limito a no pensar demasiado en eso. Pero por otro lado, lo que siento cuando me escribe así me calienta y emociona.

Los 'bips' del horno de microondas se escuchan y sé que las palomas ya están listas, bajo la palanca del baño aunque no lo haya usado y salgo.

En la sala ya está Jenny con el boul lleno de palomitas y un par de vasos grandes con nuestro té verde. Me invade el olor a mantequilla y comienzo a salivar. Tomo un puño y me siento a su lado, llevándome dos o tres palomas a la boca.

-¿Con cuál de las cuatro te quedas?-. Me gusta que me pregunte por la belleza de otras mujeres.
-Adivina-.
-Neve Campbell por supuesto-. Sigo comiendo y le niego con la cabeza sin quitar los ojos de encima de las tres chicas que caminan por el colegio.
-Nope-.
-¿Robin Tunney? ¿En serio? No creí que fuera tu…-.
-Ella tampoco-. Interrumpo –Fairuza Balk-. Paso mi brazo por sus hombros y le beso la mejilla, dejándosela llena de mantequilla, me río.
-¿La loca?-. Está tan sorprendida. Se limpia el cachete.
-Tiene una belleza muy extraña, pero es lo que me llama la atención, si estuviéramos viendo Scream sí hubieras atinado, pero en esta película me gusta más Fairuza… probablemente sea el color de ojos, o ese toque oscuro que tiene-.
-¿Delirio por las chicas de cabello negro y piel blanca?-. Sonrío, no precisamente, pero eso no se lo digo, claro está.
-Las mujeres me gustan mucho en sus muy variadas presentaciones-. Me golpea en el muslo con la palma de su mano.
-Ilústrame-.
-Bueno, las pelirrojas como Julianne Moore me encantan o, como Deborah Ann Woll, la vampira sexy de True Blood. Sin embargo las rubias tipo… Rosie Huntington-Whiteley me ponen de… wow… pero sí, las niñas como Megan Fox, o Jennifer Berkowitz me apasionan-. Me besa cuando digo su nombre.
-¿Qué hay de las morenas?-. Me pongo a pensar en una que aparte de Rachel me guste. Santana no cuenta.
-Mmm…-. Sigo pensando –¡Ya! Dos palabras: Marion Cotillard ufff, o Angelina Jolie-. Se acerca el boul y le da un gran trago a su bebida.
-Ella es guapa, creo que es más tu estilo-.
-No tengo estilo-.
-Bueno sólo sé que ves más a las morenas en la calle, por eso digo que ella es más tu tipo-.
-Tú eres mi tipo-. Defiendo. Me besa los labios y vuelve la mirada al televisor.

No decimos más en toda la película que sea de importancia, quizás un dato curioso, le explico en comerciales cómo hicieron la escena de los bichos y al terminar, nos preparo ese chocolate prometido, pero sin los panecillos; hemos llenado de palomitas.

Esa noche sólo dormimos; me gusta que me abrace y me pase una de sus piernas por la cintura, su cuerpo cálido, sobre todo cuando ya está completamente dormida porque me contagia la comodidad y finalmente cedo al sueño.

Al despertar me doy cuenta que se ha ido pero me ha dejado una nota con un beso pintado y una descripción bastante detallada de lo que va a hacerme después de clases.

Tiene que estar una hora antes que yo, por ello no nos levantamos al mismo tiempo. Dormí tan bien que ni siquiera sentí cuando se fue. Me estiro sobre el colchón y miro el reloj, falta una hora para mi clase, para empezar mi día. Me levanto con mucha flojera y me doy una ducha.

Me percato que se ha llevado un muffin y me dejó el café puesto. Podría acostumbrarme a tenerla conmigo todo el día. Todos los días.

Me llevo una manzana y guardo mi baguette en la bolsa de papel. Voy bajando con prisa las escaleras pues se me ha hecho un poco tarde y, aunque la universidad no me queda lejos si me voy caminando, tengo que hacerlo a prisa si quiero estar antes de la hora.

Suena el celular.

-¿Diga?-.
-¡Hola!-. Es Rachel.
-Hola ¿Cómo estás?-. Me contagia su entusiasmo y me encuentro sonriendo en un santiamén.
-Muy bien, me felicitaron por los ensayos. Están tan contentos que dicen que el estreno será todo un éxito-.
-No dudo que así será Rach-.
-¿Qué haces?-.
-Voy rumbo a la universidad-. Miro el reloj en mi muñeca –Y voy un poco tarde-. Se ríe.
-Mas vale que te apures-.
-Lo sé, pero no puedo correr o tiraré mi café-. Antes de salir de casa lo puse en un vaso de papel también y su tapa, pero sé que si corro tendría un accidente.
-Oh no, no queremos que te quedes sin tu café, es una parte importante en el día para poder despertar y empezarlo bien-. Me gusta esto de escucharla, sobre todo escucharla tan contenta.

Después de pasar años sin decirnos una sola palabra, de haber desaparecido de la vida de la otra, ahora estaos hablando como si esos años no hubieran pasado, incluso como si no nos hubiéramos acostado el fin de semana.

En un milisegundo pienso en cómo hubieran sido nuestras vidas se en lugar de salir corriendo del baño de la preparatoria, se hubiera quedado y me hubiera besado de vuelta.

-¿Quinn?-.
-¿Mmm?-.
-Tierra llamando a Quinn-. Sonrío y cuando veo mi edificio, miro el reloj, llegaré a tiempo.
-Perdona, me perdí pensando en algo-.
-¿En qué?-. Guardo silencio, no sé si deba decírselo -¿En qué, Quinn?-.
-En cómo sería nuestra vida si ese día hubiera sucedido al revés-. Es ella quien ahora guarda silencio.
-Creo que todo sería mejor…-. Es lo único que dice.
-Sí, quizás-. Un compañero me abre la puerta y le sonrío para agradecerle, doy un trago a mi café que ya se ha enfriado un poco –Escucha Rach, debo entrar a clases, pero la verdad es que me gustó mucho que me llamaras, me alegra oírte-. Puedo apostar a que me sonríe al otro lado de la línea.
-¿Si vendrás la siguiente semana?-.
-Si-.
-Ya quiero que sea ese día-. Siento cálido el corazón con sus palabras.
-Verás que llegará en un abrir y cerrar de ojos… te mando abrazo, ahora sí debo colgar-.
-Bien, te quiero, ten un buen día-.
-Yo… yo también te quiero, ciao preciosa-.

Cuelgo, el maestro ni siquiera ha llegado, pero necesitaba dejarla, sobre todo porque descubrí que quería seguir hablando con ella sin importarme nada, saltarme la clase de ser preciso. Decirle todo lo que me gustó hacerle cosas el fin de semana y cómo a ratos, imagino que le hago otra tantas.

Me dejo caer pesadamente en mi asiento, el auditorio está medio lleno, hay murmullos, no hacen demasiado ruido precisamente y eso comienza a aletargarme.

Despierto cuando el profesor abre bruscamente la puerta y entra, dejando sus cosas sobre el escritorio. Comienza con la clase pero no puedo concentrarme.

Quiero dejar a Rachel, debo decirle que fue cosa de una sola vez, que las decisiones que tomamos en su momento nos llevaron a esto y que tenemos que ser lo suficientemente maduras como para saber que si seguimos así, lo más evidente es que terminaremos hiriendo a terceros: Jenny.

Pero, por otro lado, Rachel me hace sentir muchas cosas y, pensarla lejos de mí me pone inquieta… no sé qué voy a hacer. Estar enamorada de dos chicas a la vez es una completa mierda.