– ¿Sabe una cosa, señor Conagher? Para encontrarlo, indagué muy profundo en su historia. Si me lo permite, su familia es una pieza clave en todo este asunto. Hombres de mucho talento.
Pyro había estado encerrada durante un tiempo que pasó indeterminado para ella, en un zulo de apenas tres metros cuadrados, completamente a oscuras. Alguien había debido de diseñar aquel lugar de manera que los conductos de ventilación, los cuales dejaban pasar el mínimo aire necesario para respirar, permitieran oír lo que ocurría en aquella sala. O quizás había altavoces. Ni idea. De todas formas, podía oírlo todo como si estuviera allí mismo. Desde hacía horas, lo único que había podido hacer era quedarse en la postura más cómoda posible para sus heridas y evadirse pensando. Recordó, porque los recuerdos la llevaron a otros tiempos en que todo iba bien.
Dell estaba allí con ella. Eso fue en parte un alivio. No lo volvió a ver desde la noche en que el Robot Spy se coló en su casa, desactivó los centinelas, despachó a tiros a la mascota que lo había delatado con sus ladridos y la golpeó hasta que todo se volvió negro. Temía que lo hubiera matado.
¿Y Wilbur? Su niño también estaba en casa esa noche, en su habitación.
Su niño. Su pequeño. Su bebé.
– Su abuelo cambió el rumbo del conflicto con sus aparatos que alargaban la vida. Y usted también puso su granito de arena. Sé que trabajó de manera especialmente estrecha con la antigua Administradora hace dieciocho años. Pero no le he traído aquí para rememorar o para repasar su currículum.
Casi podía acariciar su pelo. A pesar de que ya se acercaba a esa edad en que los hijos dejan de ser cariñosos con sus padres, Wilbur seguía mimando a su madre igual que cuando era pequeño. Qué alivio. No habría soportado que sus tres niños se apartaran de ella. Aún le dolía que Minnie prefiriera estar con adolescentes de su edad a pasar el tiempo con ella. Ya había pasado lo mismo con Irene, aunque ella dedicaba casi todo su tiempo a estudiar y a sus empleos de fin de semana. Era normal, decía Dell. Se había hecho mayor. Tenía que pensar en su futuro. Dentro de poco se iría a la universidad y abandonaría el nido.
Qué horrible. Irene lejos de su lado. Luego se iría Minnie. Y, en cuanto creciera, también Wilbur. Dell trabajaba hasta tarde. Una casa sin los niños. Ella sola hasta que Dell volviera de trabajar. No podía soportarlo.
No, mejor no pensar en eso. Se concentró en los recuerdos. Los recuerdos eran bonitos. El pelo de Wilbur, el pelo de Wilbur. Los besos que le daba a todo el que veía. Siempre había sido un niño muy cariñoso. Algunos decían que demasiado cariñoso para un chico, igual que comentaban que Minnie tenía el pelo demasiado corto y aficiones impropias para una niña. Vaya tontería. Adoraba que su hijo fuera tan cariñoso y que su niña construyera sus propios juguetes. Aquellas tardes que pasaban ella y su padre en la caseta, rodeados de hierros y herramientas...Cómo le gustaba asomarse para ver la atención que Minnie le ponía a cada instrucción que le daba Dell.
– No le pido que traicione a nadie, porque ya no hay equipos ni jefes.
Podía oler la piel de su hija Irene como si la tuviera entre sus brazos. Se abrazó a sí misma, como la tuviera allí mismo. ¿Recuerdas, Pyro? ¿Recuerdas cuando salió de tu cuerpo? Fue un desgarro, pero había pasado por agonías mucho, mucho peores cuando era mercenaria. Mereció la pena el sufrimiento, porque en cuanto vio aquella pequeña cosita se le abrió un mundo nuevo, mucho más brillante que Pyrolandia. Se le erizó la piel al rememorar el primer contacto de sus dedos con la piel de Irene, aún cubierta de sangre y líquido. No esperó ni a que Dell la limpiara un poco. Ya había tenido que esperar demasiados meses, sintiéndola en sus entrañas, sin poder tocarla. Desde el primer momento que tocó a su hija mayor, los colores que el fuego le hacía ver resultaron sosos, aburridos, en comparación. Era lo más hermoso que había visto jamás. Era su hija y de Dell. Su primera hija. Su hija.
– Podría utilizar sus habilidades para fines más elevados.
No le oía hablar. ¿Estaría bien? Que hablara, por Dios. Necesitaba oír su voz. Ya fuera cuando los tiros volaban sobre su cabeza, cuando la ordenaba que respirara profundamente o cuando el bebé lloraba sin que ella supiera cómo hacerlo callar, su voz era un bálsamo mágico para todos los problemas. Lo veía cargando su caja de herramientas, sonriendo, tan guapo, tan magnífico. Rechazó el pensamiento de que le pudieran haber roto la cara durante el secuestro. Aunque eso no habría cambiado nada.
– Sus hijos necesitan que sus padres vuelvan a casa.
Pyro sintió cómo su corazón martilleaba su pecho. Su boca se abrió ligeramente y de ella salió un siseo sordo, como una serpiente.
Por fin Engineer despegó los labios. No alzó la voz, y sin embargo Pyro y los compañeros que se encontraban en sus celdas oyeron tronar cada palabra como si fuera una tormenta:
– Como vuelva a mencionar a mis hijos...le arrancaré la puta cabeza...
Hubo un largo silencio.
– Comprendo. De todas formas, mi oferta sigue en pie. Le devolveré a su habitáculo para que se lo piense bien. Tómese el tiempo que necesite.
Pasos pesados y metálicos, y luego el silencio definitivo. Al menos afuera. Pyro siguió siseando hasta que el cansancio la pudo, aunque no fue capaz de dormir.
