Murciélago
Ya había pasado un mes desde el incidente de Kouga. Kagome y su familia resolvieron no preocuparse tanto por la situación, después de todo, el joven lobo seguía siendo él; solo con unos pequeños cambios.
Los colmillos a veces le crecían más de lo normal. Según el joven esto sucedía cuando tenía hombre, se enojaba, estaba estresado o preocupado. En resumen: casi todo el tiempo. Pero no era un gran problema porque de todas formas no hablaba mucho con nadie fuera de la familia. La reciente alergia a las cruces tampoco representaba un gran obstáculo: no había muchas cruces en el templo ni en el departamento. El problema con el ajo era más difícil de llevar: no podían dejar de cocinar con ajo, así que Kouga tenía que mantenerse alejado de la comida. Fuera de eso, todo era como antes.
Kagome estaba adaptándose, en realidad no le molestaba demasiado los cambios en Kouga. El lobo parecía ser más rápido ahora, tanto como cuando tenía los fragmentos de la Shikon no tama. Igual de fuerte también. Sus ojos azules de vez en cuando cambiaban a carmín, pero nunca aterraban a la miko.
No importaba lo que pasara, Kouga siempre sería Kouga y Kagome lo aceptaría como fuera. Excepto por un pequeño detalle: Murciélagos.
–¡¿Es que no puedes hacer algo con ellos?! –le gritó mientras trataba de sacar a uno de esos pequeñajos del departamento.
–Yo no les hablo, ellos vienen solos –le contestó el híbrido desde el otro lado de la sala. Llegó corriendo con uno de los animales en las manos.
–Hay como veinte, ¡Veinte! –Desesperada, Kagome miró furiosa a su novio. No había otra cosa en el mundo que le diera más miedo que esos pequeñajos voladores nocturnos. Realmente entraba en pánico con todos ellos volando por ahí. Pero tenía una solución, drástica, pero la tenía. –Fuera –murmuró mientras caminaba lentamente hacia el joven.
–¿Qué quieres decir? –Había pocas veces en que su pareja daba miedo. Esta era una de esas veces.
–Están aquí por ti ¿no? –tomó su mano y lo llevó a la puerta. –Si te vas, se van contigo –le aventó fuera del departamento y los murciélagos volaron detrás de él. Azotó con fuerza la puerta y le puso cerrojo.
–Kagome, no jueges –le suplicó el lobo.
–No vas a entrar hasta que hagas algo con ellos –le respondió desde el otro lado de la puerta.
Kouga se dejó caer de espaldas a la puerta mientras observaba a los murciélagos volar alrededor de él.
–Nos han botado.
