De acuerdo; voy a tratar de hacer esto más extenso. Espero y me salga. Tengo las ideas todas resquebrajadas en mi pobre cabeza.

Una Aventura Comienza

Al día siguiente, Tai Lung y Tigresa se levantaron y se dirigieron hacia el salón de entrenamiento, donde ya estaban todos esperándolos. Shifu les dijo entonces:

—Tenemos que ir ahora mismo a la Gran Montaña; mandé mensajeros a informar de que ustedes habían encontrado a Nevro. Una emisaria de los sabios ha venido a guiarnos hacia allá. Iremos todos.

Había allí alguien más. Era una gata de pelaje rojizo y ojos cafés, vestida con una túnica azul. Shifu le señaló a Tigresa y a Tai Lung. La gata se acercó a ellos e hizo una reverencia.

—Es un honor estar en vuestra presencia, maestros —les dijo la gata—. Mi nombre es Rao; yo os guiaré hacia la Gran Montaña. Es hora de partir.

Todos salieron entonces del Templo y emprendieron el camino hacia la Gran Montaña, con Rao guiándolos. El recorrido se dirigía al oeste, a través de una llanura y era largo, tedioso, cansado y aburrido. Llegaron a su destino alrededor del mediodía. Para ese momento, todos tenían los pies adoloridos.

—Aquí es —les dijo Rao—. Ahora hay que subir; arriba está la morada de los sabios.

"¡Lo único que nos faltaba!", pensó Tigresa. "¿Cómo seguir con los pies llenos de dolor y cansancio?"

—¡¿Hasta arriba? —exclamaron todos a coro.

—¡Ya no quiero dar ni un paso! —se quejó el más loser entre los losers, digo, "Po", tirándose en el suelo.

—Pues con toda esa grasa, no nos extraña —contestó Tigresa—. Tú debes tener especial cuidado al subir.

—¿Por qué?

—Porque si das un paso en falso, te caes, te vas rodando y luego a ver quién te alcanza.

Tai Lung se rió. A Po no le gustó para nada el chistecito.

—Calmado, panzón —dijo Tigresa al notar la expresión de Po—. ¿No aguantas ni una broma?

—No es del todo su culpa —contestó Tai Lung—. Por gordo pierde el sentido del humor.

Los dos chocaron los brazos. Po se levantó y se alejó unos pasos.

—No tendrán que trepar —intervino Rao—. Hay una escalinata. Venid, por favor.

Los guió hacia un lado de la montaña. Efectivamente, allí estaba, labrada en la piedra, una gran escalinata que se perdía en lo alto. Iniciaron el ascenso. Como el recorrido, subir por esas graderías también era cansado y tedioso. Parecía no tener fin, pero lo tuvo. Llegaron hasta arriba, y descubrieron en la cima un gran edificio, resguardado por una alta y fuerte valla de hierro. Rao les dijo entonces:

—Contemplad el Pabellón de los Sabios. El edificio enorme que se alza detrás es el Recinto de los Cuatro Elementos. Esperad aquí; voy a buscar a los sabios.

Rao se llegó a la valla y abrió el enorme portón. Recorrió el trecho que la separaba de la puerta, entró por ella y cerró inmediatamente. Al poco rato, salió. Con ella había salido un grupo. Al frente venía una loba de pelaje marrón y ojos violetas, vestida con una túnica púrpura. En segundo término, venían dos carneros. Uno era gris, con ojos verdes y el otro, marrón como la loba y de ojos azul celeste. Ambos vestían también túnicas púrpuras. Los siguientes eran cuatro toros blancos. Los colores de sus ojos no se distinguían mucho, pues venían hasta atrás, pero como todos, vestían de púrpura. Todos llevaban el cuello ceñido por collares de los que colgaban unos dijes de forma de rombo. Llegaron finalmente a donde estaban Tigresa, Tai Lung y los demás. Al ver a Shifu, la loba se apartó y le dijo:

—Bienvenido, Shifu. Hace tanto que no te veía.

—Gracias, Amaku —contestó Shifu—. Me alegro de estar aquí.

Los sabios hicieron reverencia ante Po, pues como Guerrero Dragón, también le debían algún respeto. Luego, Amaku preguntó a Shifu:

—Muy bien, ¿dónde están los elegidos?

Shifu les indicó a Tigresa y Tai Lung que se acercaran. Ellos así lo hicieron. Al verlos, los sabios les hicieron reverencia y Amaku les dijo:

—Sed bienvenidos, oh maestros. Gran honor es para nosotros estar en vuestra presencia. Por favor, seguidnos al interior de nuestra humilde morada.

Ellos los siguieron, junto con Shifu y los demás. Primero cruzaron un enorme vestíbulo lleno de columnas que sostenían el techo, adornado con intrincados diseños y caracteres de escritura, al igual que las paredes y el suelo. Luego entraron a otro salón parecido en el que había una escalera y hacia ella se dirigieron. Iniciaron el ascenso y sus pasos resonaban en cada peldaño. Al final de la escalera, llegaron frente a unas puertas de color rojo, decoradas de forma idéntica al techo y que no tenían cerradura, sino una especie de hueco en forma de rombo. Amaku se apartó y, quitando el dije de su collar, lo colocó en el hueco. Al instante, la puerta dio un chasquido y Amaku la abrió.

—Aguardad afuera —dijo Hóvak, el carnero marrón, a los demás—. Sólo Shifu y los elegidos pueden entrar aquí.

Ellos retrocedieron. Los sabios entraron a la habitación seguidos de Shifu y Tigresa y Tai Lung. La puerta se cerró entonces tras de ellos y se encontraron en un espacioso salón, en el centro del cual, en el suelo, estaba trazado un hexágono decorado de la misma forma que las paredes del vestíbulo. Sobre él, se levantaba un pedestal en el que estaba colocada una extraña caja de cristal con forma de pirámide de Keops y llena de símbolos y caracteres tallados en bajorrelieve en sus cuatro caras. Dentro de ella, se distinguía perfectamente a Nevro. Pero había algo más. Frente a la caja, en el mismo pedestal, estaban dos magníficos collares.

—Acercaos, maestros —dijo Amaku a Tigresa y Tai Lung.

Ellos se acercaron y Amaku les dijo:

—Contemplad, oh maestros, el Arca de los Cuatro Elementos. En ella, vosotros deberéis guardar las gemas para mantenerlas a salvo. Cuando estén cerca de llegar a cualquiera de los cuatro sitios, empezará a brillar. Entre más os acerquéis, el resplandor se hará más y más intenso, hasta que lleguéis al lugar. La luz estará en su máxima intensidad, pero no dañará vuestros ojos. Ahora escuchadme: Puesto que han nacido para cumplir esta misión, significa que cada uno de los dos posee un grayeng.

—¿Qué es un grayeng? —preguntó Tigresa.

—Es vuestra sique y verdadera personalidad, mi señora, bajo la forma de un insecto. Sólo aquellos en cuyo destino está algo grande pueden poseer un grayeng. Los suyos aparecerán en algún momento; puede ser antes o durante su travesía. Surgirán del pecho de cada uno como un destello de luz blanca; y después se posarán entre vuestras manos, donde adquirirán su forma definitiva. Es la hora. Partid, oh maestros. Tomad el Arca e id a cumplir con vuestro destino. Pero antes os pondré estos collares; ahora os pertenecen.

Amaku quitó ambos collares del pedestal y se los colocó alrededor del cuello. El diseño era realmente complicado; compuesto por ondas, símbolos y caracteres, con incrustaciones de extrañas piedras moradas muy brillantes. Los dijes también tenían una misteriosa forma y piedras incrustadas.

—Estos collares eran de la pareja que encontró la Matriz de Gemas —dijo Amaku en cuanto se los hubo puesto—. Están hechos de misteriosos materiales, de los que no se conoce su procedencia. Son vuestra legítima herencia. Ahí está el Arca; tomadla e idos. Buena suerte.

Tigresa y Tai Lung tomaron el Arca. Salieron del salón junto a Shifu y los sabios y se reunieron con los demás, bajaron por las escaleras y salieron finalmente del Pabellón. Una vez afuera, Shifu les dijo:

—Buena suerte, alumnos míos.

Ellos presionaron sus puños contra sus palmas. La mascota de Bobby Larios, digo, "Po", con los ojos inundados de lágrimas, se acercó a ellos y los abrazó fuertemente. Lo mismo hicieron los demás.

—Es la hora —dijo Tigresa—. Debemos irnos.

Ella y Tai Lung se volvieron, comenzaron a bajar la escalinata y emprendieron su camino en dirección norte, hacia la más grande búsqueda que pudiera realizarse en la historia de la historia. Desaparecieron en el horizonte, dejando a todos llenos de tristeza y esperanza.

Cuando ya se habían alejado bastante de la Gran Montaña, Tai Lung notó que Tigresa lucía un poco preocupada. Eso lo inquietó. Ella no solía ponerse así. Siempre lucía segura de sí misma, decidida, sin inquietudes. Su mirada reflejaba tensión. Y debía ser una tensión verdaderamente grande, porque Tai Lung sentía que también empezaba a afectarlo a él. Conocía el código, con todos sus gestos y señales. Entonces, le preguntó que le pasaba:

—¿Sucede algo?

—No; no es nada —contestó Tigresa, tratando de no ponerse ella misma en evidencia.

Pero no resultó. ¿Qué pretendía? No podía engañar a su compañero. Habían estado juntos casi todo el tiempo y llegaron a conocerse al derecho y al revés. Eran como uno mismo. Incluso se habían dado ocasiones en las que parecía que podían leerse la mente entre sí; y esa era para todos (y a veces también para ellos mismos) la coartada de sus sesiones de miradas fijas. No tenía caso que tratara de pasar desapercibida.

—Oye, ¿a quién crees que engañas? —preguntó Tai Lung—. Te conozco mejor que nadie y sé que te pasa algo. Dime qué.

Tigresa guardó silencio. No sabía si no quería hablar o no hallaba las palabras.

—No hagas que me tense más de lo que estoy —advirtió su compañero—. Por favor, contéstame.

Viéndose sin ninguna salida, Tigresa no tuvo de otra y habló:

—Es que estaba pensando en esta misión. Será muy difícil, y quizás el mal del que Shifu nos habló llegará antes de que hayamos cumplido con esto.

—Es posible. Pero para eso hacemos esto. Si el mal llega, la Matriz lo destruirá.

—Tienes razón. Aunque… temo por lo que pueda pasarnos.

—No nos pasará nada. Si estamos juntos, no habrá ningún problema.

Tigresa abrazó a Tai Lung y se besaron. Continuaron su camino todavía por horas y horas, hasta que hubo un momento en el que el Arca empezó a brillar.

—Está brillando —dijo Tigresa—. Nos encontramos cerca.

Avanzaron todavía más, y el resplandor se intensificaba, hasta que frente a sus ojos, apareció la majestuosa Montaña Nanming. Pudieron ver entonces a los monstruosos yan-bei que la custodiaban. Miraban por todos lados, a la espera de cualquier intruso que tuviera la audacia de acercarse.

—Esta es —dijo Tai Lung—. Vamos, cariño.

—Entendido, querido —contestó Tigresa—. ¿Pero cómo nos deshacemos de los yan-bei?

—Tú sígueme.

Los dos se ocultaron y avanzaron hacia aquella peligrosa primera parada.

Bien, aquí está. Ahora ya pueden alborotarse. Trataré de continuar pronto, aunque lo veo re difícil. ¡Saludos, gente bonita!