Capítulo VI
—Así que, espera, ¿Su canción no es sobre su perro muriéndose o algo así?
—No eres gracioso —reí.
—Me temo que sí —Sabo rió en el extremo opuesto del sofá mientras Tim McGraw cantaba "Ella es mi tipo de lluvia" en la televisión de pantalla plana ocupando la pared—. ¿Por qué todos usan sombreros tan grandes? Tengo una teoría.
—Shhh.
La forma en que estás personas vivían confundían a mi cabeza. Sabo vivía en un lugar en la playa, sobre una proeza arquitectónica de tres pisos de acero y cristal. Era increíble. No ridículamente enorme como el lugar en las colinas, pero impresionante de la misma manera. Me agradaba tener un amigo en mi momento de necesidad.
La casa del Sabo era claramente una de soltero-barra-antro de perdición. Tuve la vaga intención de preparar el almuerzo para agradecerle por llevarme allí, pero no había una sola partícula de comida en la casa.
Sabo pidió pizza y vimos televisión hasta altas horas de la noche. Sobre todo encontró divertido burlase de mi gusto en casi todo: películas, música, todo. Por lo menos lo hizo de buena gana. No podíamos salir a la calle porque un par de fotógrafos estaban esperando en la playa. Me sentí mal por eso, pero él sólo se encogió de hombros.
—¿Qué pasa con esta canción? —preguntó—: ¿Te gusta esta?
Miranda Lambert entró en la pantalla en un vestido fresco de los años 50 y sonreí.
—Miranda es poderosa.
—La he conocido.
Me senté con la espalda recta. —¿En serio?
Más risitas de Sabo. —Te impresiona que he conocido a Miranda Lambert, pero ni siquiera sabías quién era yo. Honestamente, mujer, eres dura con el ego.
—Vi el oro y platino que recubren el pasillo, amigo. Creo que puedes soportarlo.
Resopló.
—Sabes, me recuerdas mucho a mi hermano. —Casi logré esquivar el tapón de la botella que se movió en mi dirección. Rebotó en mi frente.
—¿Por qué fue eso?
—¿No puedes al menos fingir que me adoras?
—No. Lo siento.
Con total desprecio por mi amor a Lambert, Sabo empezó a navegar en los canales. Inicio de compras, fútbol, Lo que el viento se llevo, y yo. Yo en la TV.
—Espera —dije.
—No es una buena idea —gimió.
En primer lugar, mis fotos de la escuela desfilaron, seguido por una de Robin y yo en nuestro baile de graduación. Y luego estaba el hombre mismo en algunas escenas del concierto, guitarra en sus manos mientras cantaba apoyado. La letra era del típico mi-mujer-significa, "Ella es mi única, me tiene de rodillas..." Me pregunté si escribiría canciones sobre mí. Si es así, lo más probable era que serían muy poco halagadoras.
—Mierda. —Abracé una almohada del sofá contra mi pecho.
Sabo se inclinó y se me erizó el pelo. —Luffy es el favorito, cariño. Es encantador, toca la guitarra y escribe las canciones. Las chicas se desmayan cuando él pasa. Asocia eso con ser joven y tienes la noticia de la semana.
—Tengo veintiún años.
—Y él veintiséis. Es una diferencia suficiente si ellos hacen el despliegue publicitario necesario —Sabo suspiró—. Acéptalo, pequeña novia. Te casaste en Las Vegas por un imitador de Elvis, con uno de los hijos favoritos de rock 'n' roll. Siempre estuvo destinado a causar una gran tormenta. Agregando que ha estado pasando mucha mierda con la banda últimamente... con Ace festejando como si fuera 1999 y Lu perdiendo su toque para escribir música. Bueno, ya te haces una idea. Pero la semana que viene otra persona hará alguna locura y toda la atención se trasladará.
—Supongo que sí.
—Lo sé. La gente está metiendo la pata constantemente. Es algo glorioso. —Se sentó con las manos detrás de la cabeza—. Vamos, sonríe para el tío Sabo. Sabes que quieres.
Le sonreí a medias.
—Esa es una sonrisa de mierda y me avergüenzas. No engañarás a nadie con eso. Inténtalo de nuevo.
Me esforcé, sonriendo hasta que mis mejillas dolieron.
—¡Demonios! Ahora luces como si estuvieras sufriendo.
Un golpe en la puerta interrumpió nuestra alegría.
Sabo levantó sus cejas hacia mí. —Me preguntaba cuánto tiempo le tomaría.
—¿Qué? —Lo seguí hasta la puerta principal, quedándome unos pasos detrás de él por si acaso era más prensa.
Abrió la puerta y Luffy entró, con el rostro malhumorado y furioso. —Pedazo de mierda. Será mejor que no la hayas tocado. ¿Dónde está ella?
—La pequeña novia está ocupada en otra parte. —Sabo ladeó la cabeza, dándole a Luffy una mirada—. ¿Por qué diablos te importa?
—No empieces conmigo. ¿Dónde está?
En silencio, Sabo cerró la puerta, enfrentando a su hermano. Dudé, aguardando atrás. Muy bien, así que me escondía de una manera cobarde. Como sea.
Sabo se cruzó de brazos. —La dejaste enfrentarse a Shanks y tres abogados sola. Tú, hermanito, eres sin duda el pedazo de mierda en este particular escenario.
—No sabía que Shanks haría todo eso.
—No querías saberlo —dijo Sabo—. Miéntele a todos los demás por ahí, Lu. No a mí. Y seguro como el infierno no a ti.
—Retrocede.
—Necesitas algún serio consejo de la vida, amigo.
—¿Quién eres? ¿Oprah?
Tosiendo una carcajada, Sabo se recostó contra la pared. —Diablos, sí. Pronto estaré regalando autos, así que quédate por ahí.
—¿Qué te dijo?
—¿Quién? ¿Oprah?
Luffy sólo frunció el ceño. Ni siquiera se dio cuenta de mi espionaje. Es triste decirlo, incluso un Luffy con el ceño fruncido era una rara belleza. Me hacía sentir cosas. Cosas complicadas. Mi corazón saltó en mi pecho. La ira y la emoción en su voz no podían ser porque yo le afectara. Eso no tenía sentido, no después de ayer por la noche y esta mañana. Tenía que estar malinterpretando cosas y yo apestaba, porque incluso quería que le importara. Mi cabeza no tenía sentido.
—Luffy, estaba tan enojada que intento golpearme.
—Pura mierda.
—No bromeo. Estaba a punto de llorar cuando la encontré —dijo Sabo.
Me di un golpe en la frente, en silenciosa agonía contra la pared. ¿Por qué demonios Sabo tenía que decirle eso?
Mi esposo bajó la cabeza. —No quise que eso pasara.
—Parece que no querías que una mierda sucediera. —Sabo sacudió la cabeza y chasqueó la lengua—. ¿En serio querías casarte con ella, amigo? ¿En serio?
El rostro de Luffy se contrajo. —No lo sé, ¿de acuerdo? Maldita sea. Fui a Las Vegas porque estaba harto de toda esta mierda y la conocí. Era diferente. Parecía diferente esa noche. Yo sólo... quería algo fuera de toda esta jodida insensatez por una vez.
—Pobre, Luffy. ¿Acaso ser un dios del rock te aburrió?
—¿Dónde está?
—Siento tu dolor, hermano. En serio lo siento. Quiero decir, todo lo que querías era una chica que no te besara el culo por una vez, y ahora estás enojado con ella por la misma maldita razón. Es complicado, ¿cierto?
—Vete a la mierda. Déjame en paz, Sabo. Ya está hecho. —Mi esposo dejó escapar un suspiro—. De todos modos, ella es la única que quería el maldito divorcio. ¿Por qué no le vas a interrogarla, eh?
Con un suspiro dramático, Sabo extendió los brazos. —Porque está ocupada escondiéndose a la vuelta de la esquina, escuchando. No puedo molestarla.
El cuerpo de Luffy se calmó y sus ojos azules me encontraron. —Nami.
Atrapada.
Me alejé de la pared y traté de poner una cara feliz. No funcionó.
—Hola.
—Dice eso tan bien. —Sabo se volvió hacia mí y me guiñó un ojo—. Así que, ¿Le pediste al poderoso Monkey D. Luffy el divorcio?
—Vomito sobre mí cuando le dije que nos casamos —Informó mi esposo.
—¿Qué? —Sabo se abrazó a sí mismo mientras reía, lágrimas se escapaban de sus ojos—. ¿Hablas en serio? Joder, eso es fantástico. Oh, hombre, ojalá hubiera estado allí.
Le di a Sabo lo que esperaba ser la mirada más molesta de todos los tiempos. Me devolvió la mirada, poco impresionado.
—Fue el suelo —aclaré—. No vomite sobre él.
—En esa ocasión—dijo Luffy.
—Por favor, continúen —dijo el Sabo, riéndose más fuerte que nunca—. Esto se pone cada vez mejor.
Luffy no lo hizo. Gracias a Dios.
—En serio, amo jodidamente a tu esposa, hombre. Es increíble. ¿Puedo quedármela?
La mirada que Luffy me lanzó hablaba de mucho más que un afecto reacio. Con la línea entre sus cejas, estaba más cerca a la irritación. Le lancé un beso. Miró hacia otro lado, los puños cerrados como si estuviera apenas conteniéndose de estrangularme. La sensación era totalmente mutua.
Ah, la felicidad conyugal.
—Ustedes dos son de lo mejor. —Un sonido de tintineo provino del bolsillo de Sabo y sacó un teléfono celular. Lo que sea que vio en la pantalla detuvo su risa en seco—. Sabes, deberías llevarla a tu casa, Lu.
—No creo que sea una buena idea. —La boca de Luffy se amplió en una verdadera expresión de dolor.
Yo tampoco creía que fuera una buena idea. Felizmente, me gustaría ir por la vida sin poner un pie dentro de la casa de los horrores nunca más.
—Por Dios. —Con un rostro sombrío, Sabo le mostró su celular a Luffy.
—Mierda —murmuró Luffy. Envolvió su mano detrás de su cuello y apretó. La mirada de preocupación que me dio por debajo de sus cejas oscuras activo todas las alarmas sonando en mi cabeza. Lo que estuviera en esa pantalla era malo.
—¿Qué es? —pregunté.
—Oh, tu, ah... no es necesario que te preocupes por eso. —Bajó la mirada hacia el teléfono de nuevo y se lo devolvió a Sabo—. En realidad, mi lugar estará bien. Deberíamos hacerlo. Será divertido. ¡Sí!
—No. —Para que Luffy fuera tan amable conmigo eso tenía que ser algo realmente malo. Le tendí la mano, mis dedos retorciéndose por la impaciencia o por los nervios o un poco de ambos—. Muéstrame.
Después de un gesto reticente a Luffy, Sabo me lo entregó.
No había ninguna duda de lo que era, incluso en la pequeña pantalla. Había una gran cantidad de mi piel desnuda de cintura para abajo. Mi trasero sentado de frente y en toda su pálida gloria. Dios, se veía enorme. ¿Habían usado una cámara de lente de gran alcance o algo así? El vestido de fiesta había sido subido y estaba inclinada sobre una mesa mientras un tatuador trabajaba arduamente en mi trasero. Mi ropa interior había estado ceñida hacia abajo, apenas cubría los conceptos básicos. Mierda. Hablando de una posición comprometedora. Ser parte en una sesión de porno definitivamente no era parte del plan.
Al otro lado del marco, nuestras caras estaban juntas cerca y Luffy sonreía. Eh. Entonces, así era como lucía cuando sonreía. Impresionante. Y radiante.
Luego recordé el zumbido de la aguja, y a él hablándome, sosteniendo mis manos. Al principio, la aguja ardía.
—Estabas fingiendo morder mis dedos. El tatuador se enojó con nosotros por estar tonteando.
Luffy levanto su barbilla. —Sí. Se suponía que te mantendría quieta.
Asentí, tratando de recordar más pero sin surgir nada. La gente vería esta fotografía. Gente la ha visto ya. Gente que conozco y extraños. Nadie y todos. Mi cabeza dio vueltas aturdidamente como lo había hecho antes. Solo que el alcohol no era el culpable esta vez.
—¿Cómo la consiguieron? —pregunté.
Luffy me dio una mirada triste. —No lo sé. Estábamos en una habitación privada. Esto nunca debió de haber pasado, pero la gente ofrece mucho dinero por este tipo de cosas.
Asentí y le devolví a Sano su teléfono. Mi mano temblaba. —Correcto. Bueno…
Ambos me miraron, caras tensas, esperando que estallara en lágrimas o algo. No iba a pasar.
—Está bien —dije, dando lo mejor de mí por creerlo.
—Seguro —dijo Sabo.
Luffy metió las manos en sus bolsillos. —No es siquiera una fotografía tan clara.
—No, no lo es —concordé. La lástima en sus ojos fue más de lo que pude soportar—. Discúlpenme un minuto.
Afortunadamente, el baño más cercano se encontraba a solo una corta carrera. Aseguré la puerta y me senté al borde del jacuzzi, tratando de hacer mi respiración lenta, tratando de mantener la calma. Esta no era muerte y desmembramiento. Era una estúpida fotografía mía en una posición comprometedora mostrando más piel de la que me gustaba, pero ¿y qué? Gran cosa. Acéptalo y continúa. A pesar del hecho de que todos los que conocía probablemente la verían, peores cosas habían pasado en las historia del mundo. Solo necesitaba ponerlo en contexto y mantenerme calmada.
—¿Nami? —Luffy tocó ligeramente en la puerta—. ¿Estás bien?
—Sí. —No. No realmente.
—¿Me dejas entrar?
Le di a la puerta una adolorida mirada.
—Por favor.
Lentamente, me paré y quité el seguro. Luffy caminó dentro y cerró la puerta detrás de él. Su oscuro cabello colgaba hacia abajo, enmarcando su cara. No iba a llorar. No sobre esto. ¿Qué demonios le pasaba a mis ojos últimamente? Dejarlo entrar había sido tonto.
Me miró con un intenso ceño fruncido. —Lo siento.
—No es tu culpa.
—Sí, lo es. Debí de haberte cuidado mucho mejor.
—No, Luffy. —Tragué fuertemente—. Ambos estábamos ebrios. Dios, esto es tan espantoso, y vergonzosamente estúpido.
Solo me miró.
—Lo siento. Oye, tienes permitido estar molesta. Ese era un momento privado. No debería de estar por ahí.
—No —concordé—. Yo… en realidad, me gustaría estar sola por un minuto.
Hizo un ruido como gruñido y de repente sus brazos estaban alrededor mío, jalándome contra él. Me tomó con la guardia baja y tambaleé, mi nariz chocando contra su pecho. Dolió. Pero olía bien. Limpio, masculino y bueno… familiar. Una parte de mi recordaba haber estado tan cerca de él y era reconfortante. Algo en mi mente decía "seguro".
—Lo siento —dijo—. Malditamente lo siento.
La amabilidad era demasiado. Estúpidas lágrimas afloraron. —Difícilmente le muestro mi trasero a alguien y ahora está por todo el internet.
—Lo sé, bebé.
Descansó su cabeza en contra de la cima de la mía, abrazándome apretadamente mientras yo balbuceaba en su playera. Tener a alguien en quien sostenerme ayudaba. Estaría bien. Pero en ese entonces no podía ver mi camino claro. Estando aquí con sus brazos a mí alrededor se sintió correcto.
—Gracias —dije.
—Está bien. —El frente de su camisa tenía un parche de humedad gracias a mí.
—Tu camisa esta toda empapada.
Se encogió de hombros.
Lloraba feo. Era un don mío. El espejo lo confirmaba, ojos rojos demoniacos y mejillas sonrojadas rosa fluorescente. Con una sonrisa torpe me alejé de él y sus manos cayeron de vuelta a sus costados. Rocié mi cara con agua y la sequé en una toalla mientras él estaba de pie sin hacer nada, frunciendo el ceño.
—Vamos a dar un paseo —dijo.
—¿De verdad? —Le di una mirada dudosa.
—Sí. —Frotó sus manos juntas, mostrándose muy entusiasmado—. Solo tú y yo. Estaremos fuera por un tiempo.
—Luffy, como dijiste ahí afuera, no creo que esa sea una buena idea.
—¿Quieres quedarte en Los Ángeles? —se burló.
—Mira, has sido realmente dulce desde que entraste por esa puerta. Bueno, excepto lo que le dijiste a Sabo sobre que te vomite encima. Eso fue innecesario. Pero en las veinticuatro horas previas me dejaste sola en una habitación, saliste con una fanática, me acusaste de tratar de acostarme con tu hermano y me lanzaste a tu cuadrilla de abogados encima.
No dijo nada.
—No que es que el que te vayas con una fanática sea de mi incumbencia. Por supuesto.
Giró en sus talones y caminó hacía el otro lado del baño, sus movimientos tensos y enojados.
—Solo les dije que prepararan el papeleo —dijo.
—Y seguramente lo hicieron. —Puse las manos en mis caderas, de pie en el piso—. No quiero nada de tu dinero.
—Lo escuché. —Su cara estaba cuidadosamente en blanco. Mi declaración no provocó en él la incredulidad o burla que tenía en su apropiada bravuconería. Afortunadamente para él. Dudé que me creyera, pero al menos estaba dispuesto a pretender—. Están redactando nuevos papeles.
—Bien. —Lo miré—. No tienes que compensarme. No hagas suposiciones como esa. Si quieres saber algo, pregunta. Y nunca vendería la historia a la prensa. No haría eso.
—Está bien. —Se recostó contra de la pared, inclinando su cabeza hacia atrás para mirar arriba a nada—. Lo siento.
Cuando no di ni una respuesta, su mirada eventualmente me encontró. Tendría que ser incorrecto, o por lo menos inmoral, ser tan hermoso. La gente normal no tenía oportunidad. Mi corazón tomaba una clavado cada vez que lo miraba. No, un clavado no lo cubría. Era una caía en picada.
¿Dónde se encontraba Robin para que me dijera que estaba siendo melodramática cuando más la necesitaba?
—Lo siento, Nami. —repitió—. Sé que las últimas veinticuatro horas han sido una mierda. Ofreciéndote salir de aquí por un tiempo fue mi forma de tratar de hacer las cosas mejor.
—Gracias —dije—. Y también por venir aquí para ver como estoy.
—No hay problema. —Me miró, sus ojos expuestos por primera vez. Y la honestidad en su mirada cambió las cosas para mí, el breve destello de algo más. Tristeza o soledad, no lo sé. Un tipo de agotamiento que estaba ahí y se fue antes de que yo lo pudiera entender.
—¿Realmente quieres irte? —pregunté—. ¿De verdad?
Sus ojos brillaron con diversión. —¿Por qué no? Podemos hablar sobre lo que sea que necesitemos, solo tú y yo. Necesito hacer unas cuantas llamadas luego nos dirigiremos lejos, ¿Está bien?
—Gracias. Me gustaría eso.
Con un asentimiento de despedida, abrió la puerta y caminó de vuelta afuera. Tomé la oportunidad para lavar mi cara una vez más y peinarme con los dedos el cabello por casualidad. Había llegado el momento de que tomara el control. ¿Qué estaba haciendo, rebotando de un desastre a otro? Esa no era yo. Me gustaba estar en control, tener un plan. Era una chica grande y podía hacerme cargo de mi misma. Había llegado el momento de probarlo. Iré a dar un paseo con él, poniendo en orden lo básico, y me habré ido, primero en unas escondidas vacaciones, y luego de vuelta a mi muy ordinaria y bien ordenada vida desprovista de cualquiera intervención de una estrella del rock.
Sí.
—Dame las llaves del Jeep —dijo Luffy, poniéndose en guardia en contra de Sabo en la sala.
Sabo hizo una mueca de dolor. —Estaba bromeando sobre regalar carros.
—Vamos. Deja de quejarte. Conduzco la moto y no tengo un casco para ella.
—Está bien. —Con una cara amargada, Sabo depositó las llaves de su carro en las manos estiradas de Luffy—. Pero solo porque me agrada tú esposa. Ni un rayón, ¿Me escuchaste?
—Sí, sí. —Luffy giró y me vio. Un indicio de una sonrisa curveó sus labios.
Excepto por el primer día en el piso del baño, nunca lo había visto sonreír, nunca siquiera lo había visto estar cerca. Esta simple acción hizo que me iluminara. Mis rodillas temblaron. Eso no podía ser normal. No debería estarme sintiendo cálida y feliz solo porque él lo estaba. No podía permitirme tener algún sentimiento por él.
—Gracias por aguantarme hoy, Sabo —dije.
—El placer fue todo mío —arrastró las palabras—. ¿Segura que quieres irte con él, pequeña novia? El maldito retardado te hizo llorar. Yo te haré reír.
La sonrisa de Sabo desapareció y avanzó a mi lado. Su mano se asentó ligeramente contra la base de mi columna, el calor me atravesó aun con las capas de ropa.
—Nos vamos de aquí.
Sabo sonrió y me guiñó.
—¿A dónde vamos? —le pregunté a Luffy.
—¿Acaso importa? Vamos solo a conducir.
