Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro.
Capítulo 7
El alemán simplemente observó cómo Antonio seguía sonriendo mientras leía y releía el papel. Era mucho más de lo que le había pedido inicialmente, pero obviamente no pensaba quejarse. Esta vez Romano no tendría forma de escaparse de él.
—No es para tanto —dijo el rubio, quitándole importancia.
—¡¿Qué no es para tanto? ¡Ludwig, yo...! —el chico de ojos verdes no tenía ni siquiera palabras suficientes cómo para agradecer el gesto del rubio —¡Gracias, gracias, gracias! —repitió mientras abrazaba a éste último.
—Sí, sí, como digas —respondió, aunque continuaba sin entender qué era exactamente lo que Antonio veía en Romano.
Los planes del español de trabajar un poco más ese día se habían ido al tacho. Iría a buscar a Lovino y a confrontarlo de una vez. Aunque, por otro lado, era ese toque rebelde era lo que le gustaba. Nunca hubiera creído, que luego de ese mal comienzo que habían tenido, ahora estaría andando de trás de él.
—¡Entonces iré esta tarde junto a él! —exclamó en total éxtasis el chico de ojos verdes.
Ludwig estaba comenzado a dudar sí había hecho bien en darle la dirección de l apartamento. Pero, por otro lado, tampoco podía ser tan indiferente, a sabiendas de que Lovino sólo huiría de él. Y siendo sincero, no tenía muchas ganas de participar de aquel juego, por lo que había optado por indicarle en dónde podría encontrar al italiano-
Por otro lado, el mayor de los dos hermanos recién se había despertado. Más que nada, porque tenía un hambre feroz, ya que no había cenado absolutamente nada el día anterior. El muchacho salió de su dormitorio, pensando que sería una mañana tranquila y normal, como siempre. Pero apenas entró a la cocina, en busca de algo para desayunar, cuando Feliciano se apareció.
—¡Buenos días, hermano! —saludó el muchacho, con alegría.
—¿Tienes que gritar? Me acabo de despertar, demonios —se quejó Romano, quien seguía buscando algo para calmar el hambre que tenía.
Pero, pese a que había recibido un regaño de parte de su hermano mayor, Veneciano planeaba seguir insistiendo con él. Todavía no le había contado nada acerca de cómo le había con Antonio. Y aunque era claro el humor de Romano, creía que éste le estaba escondiendo algo más, Y por supuesto, no pensaba en quedarse con la intriga.
—Aún no me dijiste cómo te fue ayer —reclamó el muchacho, mientras se apoyaba por la espalda de su hermano.
—¿Quieres olvidarte de eso? ¡Maldición! —exclamó, a la vez que se ruborizaba al sólo pensar en el beso que le había dado el español.
Lovino empujó a su persistente hermano e intentó desayunar en paz. No obstante, su cara estaba colorada, razón por la cual, la curiosidad de Feliciano simplemente aumentó. Éste se sentó a su lado e inmediatamente notó el cambio en el rostro de Romano. Éste sólo miraba a su bol lleno de cereales, ya que quería evitar dar cualquier explicación. Aunque ya era algo tarde para eso.
—¿Por qué estás tan rojo? ¿Qué pasó, hermano? —volvió a cuestionar Veneciano, quien no a iba detenerse hasta obtener alguna respuesta por parta de Lovino.
—¡Nada! ¿No puedo desayunar tranquilamente, idiota? —contestó Romano, quien se rehusaba a levantar la mirada.
—¡Pero sí estás todo rojo! —opinó Feliciano, al ver el sudor que corría por la frente de su hermano, quien se sentía cada vez más presionado.
—¡Es porque hace calor, tonto! —se excusó el otro y luego, llevó su bol hacia la sala, para alejarse de l otro italiano.
Sin embargo, el muchacho no estaba listo para darse por rendido. Aún estaba preocupado por su hermano mayor y por las respuestas que le daba, ahora estaba más que seguro que había algo que estaba ocultando. Y lo averiguaría en ese mismo instante.
Por su lado, aunque estaba intentando concentrarse en el resto del cereal que le quedaba, Lovino simplemente no podía hacerlo. Estaba mirando hacia afuera y pensando en Antonio, aunque trataba de resistirse. No obstante, había algo en él que le había gustado desde el principio, pese a que siempre estaba intentando negarlo.
No obstante, para cuando se dio cuenta, Feliciano estaba a su lado otra vez. Y una vez más, le estaba observando fijamente.
—¿Y ahora qué quieres, idiota? —preguntó Romano, que ya se estaba cansando de su hermano.
—¿Por qué no me lo quieres decir? —Feliciano se quedó pensando por un momento y en el momento que abrió la boca, fue interrumpido por su hermano— A menos que...
—¡No digas nada, idiota! —exclamó bastante irritado.
Feliciano se quedó mirando a Lovino por un rato, hasta que se dio cuenta. Su hermano estaba más molesto e irritado de lo normal. El otro estaba bastante enojado y por alguna razón, estaba bastante distante. Como si tuviera alguna preocupación. Y aunque estaba más que seguro que éste se enojaría aún más, decidió correr el riesgo.
—¿Te gusta Antonio? —preguntó de manera inocente Veneciano.
En ese momento, Lovino estaba masticando y cuando escuchó aquella interrogante, no pudo terminar de tragar. Feliciano tuvo que estar golpeando la espalda de su hermano mayor para que pudiera comer en paz. Luego de este pequeño incidente, Romano enfocó su atención hacia Veneciano, sus ojos parecían estar ardiendo en llamas del enojo que sentía.
—¡¿Pero cómo puedes preguntar eso? —gritó el italiano mientras zarandeaba al menor, bastante enojado.
—¡Es que no me dices nada! ¡¿Por qué te pones así? —el muchacho no comprendía el enojo de su hermano mayor.
—¡Sí, me gusta y qué! —respondió accidentalmente Lovino.
Luego de aquella afirmación, ambos se quedaron en silencio. Romano había dicho algo que no había querido aceptar y Veneciano había conseguido la respuesta que había estado buscando. Repentinamente, una tonta sonrisa brillaba en su rostro. Estaba bastante feliz y contento por su hermano mayor, aunque le había costado demasiado que le dijera algo.
—¿Eh? ¿Es cierto eso? ¡Entonces mi plan funcionó! —dijo el entusiasmado Feliciano, mientras trataba de abrazar a Romano.
—¡Claro que no, tonto! —Lovino quiso corregir lo que había dicho, pero el otro ya no lo estaba escuchando.
—¡Ah, me alegro tanto por ti! —siguió exclamando, a pesar de los intentos de Romano por callarle.
Romano notó que ya no había forma de convencer al otro italiano de que no había querido decir eso. Aunque, por otro lado, ni siquiera él creía que lo que acababa de decir era falso. Pero, era su enorme orgullo el que le impedía reconocer que tal vez se había interesado en otra persona aparte de sí mismo. Sin embargo, no podía dejar que otra persona más se entere.
—No se lo cuentes a nadie, ¿entendiste? —amenazó el mayor, quien miró fijamente a los ojos de Feliciano.
—¿Se lo puedo decir a Ludwig? —cuestionó el muchacho con mucho cuidado.
—¡A nadie! —repitió el de cabellos más oscuros.
Un par de horas más tarde, el alemán regresó a aquel apartamento. Estaba algo cansado, pero sabía que cuando pasara la entrada, las cosas solamente se volverían más movidas. A veces, sinceramente, no entendía cómo había podido aceptar mudarse a aquel lugar. Siempre había un problema y era él el que tenía que solucionarlo. Sinceramente, deseaba que las cosas fueran un poco más calmadas.
—Ya llegué —dijo el rubio, quien estaba esperando los gritos de los dos hermanos.
Sin embargo, todo estaba bastante tranquilo. Romano estaba acostado sobre el sofá, mirando el techo. Por su lado, Feliciano estaba en el balcón, jugando con un gato. La verdad es que creyó, por un momento, que había entrado en el lugar equivocado. Pero cuando se fijó en el número del apartamento, era el correcto.
En realidad, ambos habían terminado agotados de aquella discusión. Lovino estaba harto de haber gritado de esa manera y Feliciano había perdido el interés en ello. No obstante, éste se dio vuelta y corrió hacia el rubio, como si toda su energía hubiera regresado.
—¡Ludwig, Ludwig! —gritó, mientras abría sus brazos para darle un enorme abrazo al alemán.
—Pero sí sólo me he ido por un rato —comentó éste, aunque no le desagradaba esa bienvenida.
Pero también en ese momento, Romano se levantó del sofá y miró al recién llegado. Y por supuesto, su actitud era la misma de todos los días.
—Ah, pero sí sólo eres tú —opinó Lovino con indiferencia y luego volvió a lo suyo.
—Siempre es un gusto volver a verte —respondió con sarcasmo el rubio, para después enfocarse en el menor —. Vamos afuera, hay algo de lo que te quiero hablar.
Salieron afuera del apartamento y Ludwig le comentó exactamente el favor que le había hecho a Antonio. Feliciano se quedó mirando por un rato al alemán, hasta que éste terminó de hablar. Luego de un rato, el italiano finalmente captó lo que le había contado y se abalanzó sobre él.
—¿Entonces, tú también vas a ayudar? ¡Waaah, no sabía que podías ser romántico! —exclamó mientras seguía colgado del alemán.
—Es sólo un favor —contestó simple y llanamente el rubio, quien intentaba mirar hacia otro lado.
—¡Me parece increíble lo que hiciste! —comentó el pelirrojo.
—No se lo digas a Lovino —le recomendó Ludwig, que estaba un poco, sólo un poco, ruborizado.
—¡Por supuesto que no! ¡No voy a arruinar la sorpresa! —dijo de manera determinante.
El rubio respiró profundamente, esos dos sabían cómo darle un dolor de cabeza. Aunque, por otro lado, Veneciano siempre encontraba la manera de tranquilizarle, a como dé lugar. Sin embargo, decidió que era hora de volver a entrar al apartamento, para que el hermano mayor de éste no sospechara de nada.
A la tarde, quizás alrededor de las cuatro de la tarde, Antonio estaba revisando por enésima vez el papel que le había dado Ludwig. Estaba bastante nervioso, ya que no tenía la menor idea de cómo podría reaccionar Romano. Pero por otro lado, también estaba ansioso por volver a ver a aquel muchacho, que tanto le intrigaba.
Se había arreglado bastante bien, llevaba una camisa con corbata y no tenía ningún pelo fuera de lugar. Pese a que hubieron unas cuantas experiencias malas con Lovino, trató de ser lo más optimista posible. Seguía creyendo firmemente que a éste le había gustado el pequeño momento íntimo que habían compartido en el parque. Y no saldría de allí hasta que el italiano le diera una respuesta satisfactoria.
Cada paso que daba, su corazón latía un poco más fuerte. Intentaba disimular, pero la risa se le escapaba. No recordaba la última vez que se sentía tan feliz y emocionado por alguien. En su mente, trataba de imaginar lo que ocurriría después de que tocara la puerta, pero había demasiadas cosas que podrían suceder. Pero, sí de algo podía estar seguro, era que Lovino no tendría escapatoria.
Por su lado, éste no tenía la menor idea de nada. Estaba quejándose a todo pulmón de un partido de fútbol que estaba viendo, mientras tomaba un vaso de vino. Estaba completamente concentrado en eso, aunque de vez en cuando, se preguntaba que habría pasado con el español y cuando eso sucedía, movía su cabeza de un lado a otro e intentaba olvidarse del asunto.
Mientras tanto, Ludwig revisó el reloj de pared y se dio cuenta de que en cualquier momento estaría Antonio por allí. Así que tomó por la mano a Feliciano y se lo llevó a la alcoba que ambos compartían. Éste, estaba sorprendido, por la repentina decisión del alemán, pero tampoco pensaba cuestionarlo.
Por supuesto que Lovino se dio cuenta de eso, y antes de que se encerraran, decidió gritar algo al rubio.
—¡No hagan mucho ruido! —comentó Romano —¡Yo también vivo aquí!
—Cómo olvidar eso —contentó con sarcasmo el alemán, a la vez que se frotaba la frente.
—¡Vamos, vamos1 ¡Te voy a dar un masaje! —dijo el italiano, ignorando por completo a su hermano mayor.
Pasaron unos largos y silenciosos diez minutos, cuando alguien golpeó la puerta de entrada. Inicialmente, Lovino pensó que sería mejor no hacer caso, de esa manera, aquella persona se iría enseguida. Pero estaba completamente equivocado. Es más, estaba determinado a que Romano le atendiera, aún cuando tuviese que estar todo el día aguardando.
Lovino, cansado de escuchar ese barullo, decidió ir a ver de quién se trataba. No se podía ni imaginar de quién podía tratarse, todo lo que sabía era que era una persona bastante persistente. Mientras caminaba hacia la puerta, se estaba quejando, ya que le parecía bastante molesta aquella sorpresiva visita.
—¿Se puede saber qué demonios...? —en ese momento, abrió la puerta de madera y se quedó paralizado.
—Lovino, yo... —el español quiso explicar, mas no tuvo tiempo.
La única reacción que tuvo el italiano fue cerrarle en la cara al muchacho de ojos verdes. De todas las personas posibles, ¿cómo había sido posible que él supiera dónde vivía? Su corazón latía a mil por hora. No sabía qué hacer o qué decir. Se había llevado una tremenda impresión.
—Lovino, sé que estás ahí —dijo el español, quien no tenía ninguna intención de irse por el momento.
—¿Qué quieres? —preguntó desde adentro, se sentía totalmente avergonzado frente a Antonio.
—¿Puedes salir? Tenemos que hablar —explicó el chico de ojos verdes.
El italiano estaba intentando pensar en qué debía hacer, pero todo lo que conseguía era ponerse más nervioso y frustrado. No comprendía bien del todo por qué tenía esa extraña sensación, cuando estaba cerca del otro. Finalmente, optó por volver a abrir la puerta. Sin embargo, esta vez, no podía ni siquiera levantar la mirada del suelo.
—¿De qué... qué quieres hablar? —cuestionó el de ojos color miel, mientras seguía contemplando los zapatos del otro.
—Acerca de lo que pasó de ayer, recuerdo que aún me debes una respuesta —afirmó el español, a la vez que se acercaba un poco más a su interlocutor.
—¡¿Tenemos qué hablar de eso? —Lovino ni siquiera se había definido por completo.
—¿De verdad, no te gustó lo que pasó? —interrogó el español, al mismo tiempo, que levantó la barbilla del italiano para poder ver sus ojos.
Pero Romano fue incapaz de decir algo remotamente coherente. Sólo balbuceaba algo completamente incomprensible para Antonio. Así que éste decidió cambiar de táctica, al darse cuenta de que no obtendría lo que quería.
—¿Sabes? Se me acaba de ocurrir algo y creo que deberías decir que sí —aseguró el español, quien intentaba ocultar el nerviosismo que tenía.
—¿Qué?
—¿Qué dices sí te vuelvo a besar? Sí realmente no te gusta, prometo dejarte en paz —contestó, y aunque no estaba muy seguro de lo que acababa de mencionar, se sentía bastante optimista.
El otro no dijo nada. Estaba considerando, de hecho, lo que le había comentado el español. Tal vez eso le sacaría las dudas de una buena vez por todas. Quizás podría salir de toda esa confusión que le había invadido desde el día de ayer. Aunque, por otro lado, estaba ansiando por volver a probar esos labios. Y era la perfecta excusa, ya que no tendría que hacer absolutamente nada.
Sin embargo, para cuando se dio cuenta, el español tenía sus dos brazos rodeándolo e incluso podía sentir su respiración. Estaba tan sólo a unos escasos centímetros de distancia.
Y pese a que, por un segundo, pensó por un momento escaparse de allí pero estaba completamente inmovilizado. Por su lado, el español ya no quiso esperar más y decidió jugársela, aún sabiendo el riesgo de que el italiano diera vuelta su rostro o incluso que lo empujara para que se alejara de él. Todavía recordaba que hubo varias veces en que éste le había aclarado que no le gustaba que le tocaran.
Sin embargo, esta vez no fue así. Antonio colocó sus labios sobre los de Lovino y éste enseguida le correspondió. El primero intentó no ser demasiado agresivo, tan sólo quería hacerlo de manera delicada, ya que no quería asustar al otro. Y para que dejara de estar tan tenso, tomó firmemente de la mano a Romano, mientras que con la otra tocaba su lacio cabello.
Romano quería que aquello le disgustara, que le desagradara, para no tener que pensar más en el otro. Pero, por más que lo intentaba, cada vez más le gustaba estar con Antonio. No le presionaba demasiado y le daba la libertad suficiente que quería. Y por nada del mundo quería apartarse de él por un segundo.
Una vez que se alejaron, para poder tener un respiro, Antonio quería escuchar la honesta opinión del otro. No obstante, cuando volcó su atención hacia él, pudo observar una pequeña sonrisa que brillaba en el rostro de Romano.
Agradezco los comentarios de: mikaelaamaarhcp, kikyoyami8, Atsun, TheFanishaUssui, Loto de Origami y Yuyies.
¡Hasta la próxima~!
