-Están muy dulces.- puntualizó Anders mientras cogía uno de los frutos rojos de la cesta que le tendía su compañera.

-Sí, ¿verdad? Por eso los traje. Sabía que te gustarían.

Los árboles se extendían alrededor del pequeño claro en el que ambos, sentados sobre un viejo y grueso tronco caído, se daban una merendola. Como si lo hubieran acordado, cada uno había llevado algo. Escarlata, aquella fantástica cesta repleta de frutos recogidos por ella misma; y Anders, una bolsa de manzanas. Una vez más, la esfera luminosa que Escarlata invocaba iluminaba el lugar.

-¿Y las manzanas? ¿Te gustan?

-Sí, es una de mis frutas favoritas.- aseguró antes de darle un buen bocado a una.

Anders observaba distraído el cielo nocturno a través de las ramas de los árboles. No había estrellas, y eso quería decir que estaba cubierto de nubes. Aquella era su tercera cita y a medida que pasaban los días el tiempo se iba tornando más duro.

-¿Sabes? No hay necesidad de que nos quedemos siempre a la intemperie. Aunque tú no quieras que entre en tu "cueva secreta" mañana podría enseñarte mi cabaña. Allí los dos podemos estar muy calentitos...

No pudo seguir hablando porque una gran risotada de Escarlata ahogó todo otro sonido.

-¿!Me estás haciendo una proposición indecente!? ¡Pero bueno! Creí que serías más comedido.

Anders se sonrojó. En realidad, él no tenía mucho sentido de la vergüenza pero le había pillado tan desprevenido y sus palabras habían sido dichas con el sentido más noble.

-Tú sí que eres indecente, malpensada.- bufó como toda protesta.

-Bueeeno, entonces no me importará ver esa cabaña tuya.- la sonrisa en aquella mujer nunca se apagaba - Cenaremos juntos de nuevo si te parece bien. Puedo llevar algo de cecina...

-No hay necesidad. Yo me encargaré de la cena, serás mi invitada.

Estaba convencido de que si conseguía algo lo bastante suculento como para impresionarla podría ascender en aquella amistad que habían iniciado y ganarse el derecho de entrar en su hogar.

-Veo que te lo has tomado muy en serio.- era evidente que ella sabía por dónde iban los tiros.

-Cuando empiezo algo me gusta emprenderlo hasta el final.

-Eso es bueno.

Y tras sus palabras de aprobación, Escarlata, con toda naturalidad, se apoyó en Anders y dejó su cabeza descansando en el hombro del mago. Anders no se atrevió ni quiso apartarla, pero cada vez tenía una visión más clara de esa chica, que en ese momento se le antojaba muy atrevida.

A la mañana siguiente Anders descendió hasta el río consciente de que a esas horas ella no aparecería por allí. Se desnudó y, lentamente, introdujo su cuerpo en las aguas. Había pensado que lo mejor era tomar un buen baño antes del encuentro de esa noche ya que no quería desagradar a la joven. Eso sí, bien sabía que no ocurriría nada entre ellos. La razón era muy sencilla pero muy complicada para él al mismo tiempo. Desde que Piers se fuera, algo había empezado a cambiar en él, y cuanto más se observaba más se confirmaban sus sospechas. No pensaba compartir aquel problema con Escarlata, nada debía empañar los buenos momentos que pudieran pasar juntos.

Justo cuando terminaba de vestirse se le ocurrió una gran idea. ¿Cómo no lo había pensado antes? Bajaría a la ciudad a comprar una de esas deliciosas tartas que podrían compartir en la cena de esa noche. Como Escarlata había rehuído la civilización él estaba seguro de que no las habría probado, así que sería una sorpresa y, sin duda, un éxito.

Tras meditarlo un poco, se decidió por una tarta de ciruelas. Todavía tenía tiempo de sobra que llenar en su día, así que dio una vuelta por las calles. Un paseo solo en medio del bullicio era algo que había que saber apreciar.

Al llegar al tablón de anuncios de la ciudad se detuvo. Quizás alguien necesitase que le vendiese uno de sus ungüentos o alguna hierba medicinal, pero rápidamente el anuncio más grande, en el centro del tablón, captó toda su atención.

Un anónimo avisaba de la presencia de un apóstata en la zona de las montañas. Se pedía a todos los lugareños que mantuvieran las distancias hasta que los templarios acudiesen a solventar el problema. Por si esto fuera poco, se dedicaba un apartado entero a explicar que el testimonio era verídico ya que esta persona anónima había tenido contacto directo con el apóstata.

Anders no daba crédito. Aquel anónimo sólo podía ser una persona, para él estaba muy claro, su amigo Piers. Ahora ya no sabía si podía utilizar el apelativo de "amigo" al referirse a él. Todo aquello tenía mucho sentido y a la vez ninguno. Su marcha repentina, la nota que pedía su perdón... Pero le había salvado la vida, le había dicho que se reunirían e incluso que le devolvería el favor. Si aquello era una broma del Hacedor, Anders no le veía la gracia.

Confuso, volvió a su hogar, aquel en el que quizás ya no tendría a nadie a quien esperar. Sopesó largo rato sobre el asunto y sus posibilidades. Llegó a la conclusión de que esa misma noche le pediría consejo a Escarlata. Como apóstata ella también disponía de una experiencia que podría serle de ayuda. No le gustaba verse en esa tesitura, pero no veía otro remedio.

Nada más verse, Escarlata pudo adivinar que algo no iba bien. Anders no podía disimular su disgusto. Insistió una y otra vez en que le dijera inmediatamente qué le ocurría ya que no soportaba verlo triste pero Anders no estaba dispuesto a hablar hasta que estuvieran a resguardo.

Al llegar a la cabaña, él abrió la puerta dejándola pasar a ella primero. Nada más entrar se dirigió al centro de la única habitación que formaba la vivienda y miró sorprendida los dos lechos.

-¡Pero si tienes dos camas! -su tono, más que expresar sorpresa, pedía una explicación.- No me habías dicho que vivieras con nadie.

-De eso era precisamente de lo que quería hablarte. Y lo que me tiene con dolor de cabeza todo el día.- no tenía muy claro por dónde empezar.- Hace unas semanas estuve viviendo aquí con alguien...

-¿Otro mago? -le interrumpió.

-No, no era un mago. Pero era mi amigo.- los ojos de Escarlata se abrieron como platos, como si no pudiera comprender lo que le estaba diciendo. Aún así le dejó que siguiera explicándole.- El caso es que dijo que quería irse durante un tiempo, para ver a su familia, después volvería. Aún no es tarde para que vuelva y yo confiaba mucho en él pero esta mañana...

A Anders se le quebró la voz. Se sentía engañado y estúpido. Contar toda la historia en voz alta y oírla no ayudaba en absoluto. Ella le puso una mano en el brazo, mostrando su apoyo y animándole a continuar.

-Esta mañana, en el tablón de anuncios, decían que alguien anónimo avisaba de la existencia de un apóstata en las montañas. Escarlata, tú vives en la parte del bosque que colinda con el río, sólo se puede referir a mí. Quiero creer que no ha sido Piers pero... No sé, ya no sé qué pensar.

La mirada de la maga, mientras procesaba toda la nueva información, era dura. Tras unos segundos se decidió a hablar.

-¿Cómo se te pudo ocurrir vivir con alguien que no fuera un mago? Los templarios ofrecen recompensas por nosotros, quizás tu amigo se cansó de vivir de manera tan humilde.

Y sí, todo aquello tenía sentido, porque Piers le habló de su familia, en la que eran demasiados hijos, pero nunca hubo suficiente dinero.

-Has sido un imprudente. Tú puedes creer lo que quieras, pero yo estoy segura de que ha sido ese Piers. Deberíamos apoyarnos tan sólo en los que son como nosotros. Fíjate en mí.

-Llevas razón, Escarlata. Llevas razón. He sido un insensato.- sus palabras le pesaban como una losa en su conciencia.

-Ven.- ella le rodeó en un cálido abrazo.

Anders la correspondió rodeando con sus brazos el menudo cuerpo de la muchacha. Permanecieron así unos momentos. Anders se dio cuenta que ella estaba mirando la tarta que había comprado, que estaba preparada encima de la mesa.

-¿Quieres cenar? -le preguntó con su femenina voz casi en un susurro.

-La verdad es que hoy he perdido el apetito.

Entonces ella se apartó de él y, mostrando una gran sonrisa de satisfacción que hacía que se le marcasen dos graciosos hoyuelos, le empujó a la cama.

-Entonces podemos empezar por el postre. Ya cenaremos más tarde, cuando hayas recobrado el ánimo. Y yo sé una buena manera de levantar el ánimo.

Su risa se elevaba en el silencio de la noche. Entonces, cuando se estaba inclinando sobre Anders, éste la agarró por los hombros.

-Espera.

-¿Qué ocurre? -saltaba a la vista que estaba contrariada. Como él no contestaba, insistió- No lo entiendo. Pensé que había química entre nosotros. Ya sabes: "magia".

Él sonrió levemente, contento de que el ambiente se hubiera relajado un poco.

-No es eso. Y sí que hay un algo. Me caes muy bien, Escarlata. Es tan sólo que...-buscó las palabras adecuadas.- No puedo, ahora mismo no.

-Así que eres tímido. ¿Es eso lo que me estás diciendo? ¿Que es pronto para ti? ¿Es eso, Anders?

Y él sabía que la respuesta a esa pregunta era un "No" rotundo. Él nunca había tenido problemas con sus relaciones, y Escarlata le parecía encantadora. Pero se obligó a mentir, y de su boca salió un "Sí". Él no era tímido, él nunca había tenido problemas, él no se habría negado a ella. Pero estaba aquel cambio que no le quería mostrar a nadie, y si no quería que Escarlata se enterase, tendría que hacer sacrificios.

Ella decidió dejarlo estar. No había necesidad de hacer más incómoda la situación. Se dirigió a la mesa y se dispuso a comer un trozo de tarta. Anders todavía no tenía hambre, para él había sido un día muy largo.