Sasha Braus se sorprendió al ver al Caracaballo pedirle explicaciones de esa manera a Marco, quien se suponía que era su amigo; naturalmente, el pobre no sabía qué decir... La chica decidió ayudarle.
–Supongo que desde donde estabas –sugirió alegremente–, parecería como que Mikasa y él se estaban besando...
El cuello de Kirstein casi crujió al girar abruptamente para mirarla a ella. Sus ojos color avellana, entrecerrados, intentaban atravesarla como si de espadas reforzadas se tratase. Aquello hizo ver a Sasha que ante ella había dos caminos: podía intentar aclarar el malentendido con buenas palabras y manteniendo la calma... o podía meterse con Jean. Otra vez.
La tentación fue demasiado fuerte como para resistirla.
–Claro que sólo un idiota creería algo así... –la sonrisa de ella era la de una depredadora.
No creyó que fuera posible, pero Kirstein se puso todavía más colorado; apretaba tanto los dientes que le recordó a las muelas de un molino triturando el trigo para convertirlo en harina y luego en pan.
"Hum, pan... ¡No, Sasha! ¡Céntrate, que esto es serio!"
O al menos todo lo serio que podía serlo para ella; pero meterse con el Caracaballo, paradójicamente, era una de las pocas cosas que no se tomaba en broma.
–Nadie te ha pedido tu opinión, Chica Patata –le espetó el otro, enfurecido.
Con ese tipo de comentarios, ella luego se sentía justificada para hacerle cualquier cosa; él se lo había buscado, ¿no? Si hubiera sido más amable, si no fuera tan sencillo provocarle... pero claro, entonces no sería Jean.
Sasha se dio cuenta de que todavía estaba sujetando la mano de Marco. Decidió dejar a Mikasa (y los sentimientos de Jean por ella) al margen; era su amiga y ya había tenido suficiente con lo que Annie le había dicho antes.
–¿O es por esto? –preguntó levantando su mano junto con la de Bott; el chico pecoso, apurado, retiró la suya y ella le dejó hacer– Ah, ya veo, lo que tanto te molesta no es que alguna chica hable con tu amigo –su sonrisa se hizo aún más amplia–. Lo que te molesta es que tu amigo hable con cualquier otra persona. ¿No crees que te estás pasando un poco con tus celos, Jean?
"Claro que... igual debí haber dejado a Marco también al margen. El pobre no se lo merece."
Kirstein no se molestó en replicar; quizás se lo impidiese la vena que parecía haber estallado en su frente. Debió dejar de pensar, porque lo que hizo fue intentar soltarle un directo de derecha a Sasha en toda la cara.
Pero si había alguien a quien se le daba bien actuar sin pensar, era ella.
Extendió su brazo izquierdo, desvió el golpe de él hacia fuera y le clavó los nudillos de su derecha justo en la tráquea. Caracaballo retrocedió llevándose una mano al cuello, claramente con dificultades para respirar... pero Sasha no había terminado con él aún; su cuerpo ya estaba preparándose para saltar y meterle una patada voladora.
De pronto, alguien le sujetó por la espalda, agarrándole por debajo de las axilas e inmovilizándole los brazos. La chica estuvo a punto de pegarle un mordisco, pero antes de que se derramase sangre oyó una voz que conocía bien.
–Ya basta, Sasha –susurró Marco; parecía asustado.
Delante de ella, Kirstein se había recuperado ("así que no le he roto nada... mejor así, supongo") y, por su expresión, parecía dispuesto a emprenderla a golpes con ella.
–Ni se te ocurra, Jean –esta vez la voz de Bott atravesó el aire como un cuchillo.
La castaña sintió un escalofrío... y supo que no eran imaginaciones suyas, cuando vio que la rabia de Caracaballo desaparecía y dejaba paso a la perplejidad.
–¿M-Marco? –preguntó extrañado.
El chico en cuestión la soltó... y ella no se atrevió a darse la vuelta. Todavía recordaba aquella voz, todavía tenía fresca la imagen de él hablándole a Mikasa, paralizándola sólo con sus palabras; no como había hecho antes Annie, con ese aire de "hago lo que tengo que hacer y punto", sino como... disfrutando con ello. Maldad. Pura.
Quería convencerse a sí misma de que no había querido oír todo lo que Marco le decía a su amiga porque intuía que no era asunto suyo; en realidad, se había obligado a dejar de escuchar porque aquello le había dado miedo... Marco le había dado miedo, como se lo estaba dando ahora.
Pero cuando el chico avanzó y se interpuso entre Jean y Sasha, volvía a ser el mismo de siempre: amable, tranquilo, sencillo...
–Ahora que nos hemos calmado todos... –dijo con una sonrisa honesta que alcanzaba sus ojos– y antes de que tengamos encima a la Policía Militar o a los instructores, je je... Sasha, deberías volver con los demás y montar tu arma. Jean, tranquilo que te lo voy a explicar todo, ¿de acuerdo?
Braus suspiró aliviada, al darse cuenta de que el verdadero Marco era el que tenía ahora delante; el mismo que había conseguido que Mikasa se rehiciera y volviera a ponerse en pie, como si nada hubiera pasado.
"El mismo que ha evitado que Caracaballo termine en la enfermería", supuso confiada.
Se dio cuenta de que Bott se había parado y estaba fijándose en algo que había detrás de Kirstein; Sasha siguió su mirada. Los demás cadetes continuaban reunidos en torno a las mesas, distraídos montando las armas, y no parecían haber visto el altercado; o, si lo habían visto, decidieron seguir a lo suyo. El oficial Dennis Eibringer, que destacaba en el centro del grupo, sostenía en la mano derecha un objeto brillante al que echaba vistazos de cuando en cuando.
–Parece que está cronometrándoles –comentó Jean quien, algo más tranquilo, también se había puesto a mirar.
–¿Tú ya has montado tu arma? –le preguntó Marco.
–Sí, sí... Aunque la idea se les ha ocurrido después, no sé cuánto habré tardado.
–Seguro que lo has hecho bien. Sasha, en serio, deberías ir allí y montar la tuya. No querrás causar una mala impresión, ¿verdad? –indicó con un gesto de cabeza hacia la lejanía.
La chica lo vio entonces: todavía a cierta distancia, pero cada vez más cerca, marchaban tres hombres; la figura del Instructor Jefe Keith Shadis era inconfundible y le hizo sentir un escalofrío, de los otros dos no estaba segura pero también parecían oficiales. Shadis llevaba de la brida un caballo pinto; a su lado, uno de los oficiales conducía otro ejemplar. Algo más retrasado, avanzaba el tercer hombre cargando con varios palos alargados y tablas cuadradas de madera, e incluso se las apañaba para sujetar un cubo.
Sasha asintió y se despidió silenciosamente de sus dos compañeros, que le contestaron de la misma forma (incluso Kirstein) y luego se pusieron a hablar entre ellos conforme se alejaba la chica.
–En serio, ¿seguro que Braus y tú no..? –oyó decir a Caracaballo.
–No te cansarás hasta verme emparejado con alguien, ¿verdad? –replicó Marco, de buen humor.
La castaña había estado a punto de empezar a darle vueltas a todo lo que acababa de ocurrir, pero aquellos últimos comentarios llevaron su mente por otros derroteros. En realidad, ambas cuestiones estaban relacionadas... Se trataba de asuntos que escapaban a su control.
¿Quién más iría en el mismo equipo, con ella y Marco y Mikasa? No había forma de saberlo... a no ser que intentase sonsacarle a Annie, pero para eso prefería limitarse a esperar a que anunciasen el reparto. Así que, ¿para qué darle vueltas a algo que pronto se resolvería por sí mismo? "Vivir de lo que da la tierra" era uno de sus lemas, pero quizás tanto o más importante fuera "vivir el momento".
Los demás solían acusarla de no tomarse las cosas en serio, de actuar sin pensar... pero los dos años que había pasado en Dauper después de la caída del Muro María ("los años del hambre" como los llamaba ella), le revelaron una verdad sencilla y temible: el día menos pensado podías morir y todas tus preocupaciones, todos tus "grandes planes", desaparecerían contigo. Quizás los demás no se diesen cuenta, pero ella sí; y prefería aprovechar el presente, el ahora, con todas sus oportunidades... antes que desesperarse por un futuro que puede que ni siquiera llegase.
Siempre hablaba con mucha confianza (especialmente delante de Jean) sobre cómo conseguiría un buen puesto en la Policía Militar para darse la gran vida... y también para estar lo más lejos posible de los titanes, aunque esto último se lo callaba; ahí tenía que reconocerle el mérito a Kirstein quien, no sólo no ocultaba que ésas eran sus verdaderas intenciones, sino que encima presumía de ello.
"Para admitir que eres un cobarde, hace falta una clase muy especial de valor... Claro que él diría que simplemente es realista, je je."
Y sin embargo, en el fondo, ella también era una realista; y lo peor era que ni siquiera estaba segura de poder quedar entre los diez primeros. La parte teórica se le daba fatal y progresaba a duras penas, incluso con la inestimable ayuda de Marco. Cuando se juntaba con Connie, enseguida se distraía y empezaba a hacer cualquier otra cosa distinta a lo que tenía que hacer; al principio llevaba la cuenta de todas las veces que Shadis le había echado la bronca y/o le había castigado... pero tuvo que dejarlo después de las primeras semanas. "Nunca se me han dado bien las matemáticas."
Así que Caracaballo podía hablar todo lo que quisiera sobre parejas, porque hasta que ella no estuviera segura de dónde iba a terminar, de quiénes iban a conseguir destino en el mismo Cuerpo y en el mismo Distrito... prefería no decidir nada. Ni siquiera sabía si, en caso de quedar fuera del "top ten", se alistaría en las Tropas Estacionarias o volvería a la aldea, resignada a labrar campos con su padre y criar caballos para venderlos en vez de para cazar. No se planteaba la Legión como alternativa; aquello chocaba directamente con lo de "vivir el presente", sobre todo con lo de vivir.
"Salir ahí fuera para que te maten... ¡Y luego dicen que soy yo la que no está bien de la cabeza! Serán los más valientes, ¡pero que no cuenten conmigo! Incluso yo tengo mis límites..."
Por suerte sus pensamientos, cada vez más lúgubres, se vieron interrumpidos por un chico bajito y con la cabeza rapada que se acercó a ella, con un brillo entusiasta en sus ojos color avellana.
"Huy, pues es verdad... Ya he llegado hasta ellos y ni siquiera me había dado cuenta."
–¡Sasha! –le saludó él, sonriendo.
Ella le devolvió la sonrisa. Connie era su mejor amigo en la 104: habían encajado desde el primer día, como si se conocieran de toda la vida. Quizás fuese porque los dos venían de pueblos pequeños, ella de Dauper y él de Ragako; quizás fuese porque si a ella se le ocurría alguna idea disparatada, él comprendía en seguida y se lanzaba de cabeza detrás de ella, ¡hacia la aventura!
"O más bien hacia otro de los castigos de Shadis, je."
Normalmente merecía la pena, ¡se lo pasaban tan bien juntos! Bromas como la de la manzana eran habituales entre ellos; cierto que en ese momento no le había sentado bien, pero aquello ya estaba enterrado y olvidado.
–¿Has podido montar tu rifle? –señaló con la cabeza hacia el arma que portaba el moreno– Tú sólo, supongo...
–¡Pues claro! –contestó animado él– Y en menos de un minuto.
Los demás cadetes seguían alrededor de las mesas, su atención y también la del policía Eibringer centrada en otra cosa. Sasha se acercó, con Connie detrás de ella, y vio de qué se trataba: Mikasa se había tapado los ojos con su bufanda rojo oscuro y estaba montando su arma a una velocidad pasmosa; sus manos parecían moverse por sí solas, como si durante varias horas no hubieran hecho otra cosa que unir y separar aquellas piezas... ¡unos minutos después de descubrir el nuevo rifle!
Era en verdad un espectáculo fascinante; a Sasha le pareció que se detenía el tiempo. Aquellas manos... tan firmes, tan precisas y que, sin embargo, albergaban una fuerza que superaba con creces la de cualquier otro cadete; unas manos que ahora sostenían con cuidado las mismas piezas que Mikasa podría triturar si quisiera.
"Y en cambio son tan delicadas, tan bonitas... como ella misma. Es fuerte, es bella... y por eso parece todavía más fuerte y más bella. Creo que ahora entiendo a los chicos, a mí también me cuesta respirar a veces... Hum, ¿eso es normal?"
Mikasa se había arremangado la camisa. Pudo ver claramente el pañuelo blanco con que se cubría la muñeca derecha. En alguna ocasión le había preguntado y su respuesta había sido "un recuerdo de familia", con una sonrisa triste... Sasha no había tenido más remedio que darle un abrazo; su amiga había tardado un poco en reaccionar, como si no supiera qué hacer en una situación así, pero al final le había devuelto el abrazo con esa fuerza cálida tan característica suya.
Sasha estaba dispuesta a abrazar a Mikasa tantas veces como hiciera falta, aunque ahora no parecía necesario; ya se la veía más animada, como si la extraña conversación con Annie y luego la más extraña todavía con Marco no hubieran tenido lugar. "Buena señal."
El tiempo volvió a fluir con normalidad; Mikasa había terminado de montar el arma.
–¿Cuánto he tardado esta vez? –preguntó mientras iba destapándose los ojos y colocándose la bufanda en su sitio.
–¡Veinte segundos! –exclamó Dennis, verdaderamente asombrado.
El sentimiento era compartido por la mayoría de los presentes; incluso Annie había levantado una ceja, lo cual ya era bastante en ella. Connie, en cambio, parecía un poco chafado; su "menos de un minuto" ya no parecía gran cosa, en comparación.
–¿Te atreves a intentarlo en quince segundos, Ackerman? –le retó el policía con una sonrisa.
De pronto, se hizo el silencio... Sasha supo en seguida de quién se trataba: sólo una persona en aquel lugar podía provocar ese efecto; sólo una persona era capaz de aparecer de repente cuando menos te lo esperabas, justo cuando estabas distraído.
Al Instructor Jefe Keith Shadis no le hizo falta ni carraspear: todos se giraron hacia él automáticamente.
"Es verdad, si le había visto venir hacia aquí... ¡Se me olvidó por completo!"
Que a su lado estuviesen los otros dos policías no ayudaba; desde el primer momento, a Sasha le habían dado mala espina... una sensación parecida a la de tener un lobo rondándote cerca y saber que no puedes bajar la guardia ni un instante.
Sin embargo, la amenaza principal en aquel momento era Shadis, que con su imponente estatura parecía cernirse sobre el oficial Eibringer cual espectro vengativo...
A veces, Sasha tenía ideas particularmente disparatadas. ¿Una de ellas? Que el Instructor Jefe era en realidad el Titán Colosal disfrazado... Ella misma reconocía que era absurdo. "¿Titanes que pueden convertirse en personas? ¡Anda ya!"
Por suerte para ella, en ese momento el objeto de su ira a duras penas contenida (su estado habitual) parecía ser el desenfadado líder de los policías, al que estaba fulminando con la mirada (también la habitual). Eibringer tragó saliva y se guardó el reloj de bolsillo, pero eso no aplacó a Shadis; olía a tormenta y no tardaría en estallar si nadie hacía nada para evitarlo.
Y fue entonces cuando Sasha se dio cuenta de que tenía que hacer algo.
¿Por qué? Pues porque Dennis había sido simpático desde el principio... y sobre todo porque no se había tomado a mal que ella hubiera estado a punto de morderle antes. Todavía sentía vergüenza, sólo de pensarlo... y ahora se le presentaba aquella oportunidad para ayudarle, ¡no podía desaprovecharla!
Ni siquiera se le ocurrió comer algo para calmar los nervios, no delante del Jefe; la "lección" del primer día, cuando había tenido que dar vueltas a la pista hasta hacerse de noche (¡y sin cenar!) después de lo de la patata, se le había grabado a fuego en la mente.
Lo que sí se le ocurrió fue que igual Shadis terminaba castigándola otra vez con lo mismo, porque acababa de caer en que... ¡ella era la única que todavía no había montado su arma!
"Ah, pues ya está. ¡Voy a matar dos pájaros de un tiro!"
Una vez más, actuó por instinto; si se lo hubiera pensado demasiado, el terror la habría paralizado... y en esta ocasión "no hacer nada" era la peor opción posible, tanto para ella como para los demás; no sólo Eibringer.
"Tengo un equipo... Marco y Mikasa cuentan conmigo, ¡no puedo defraudarles!"
Así que, casi silbando (se contuvo a duras penas) y con la tranquilidad de quien no tiene ni una sola preocupación en el mundo (los nervios ya vendrían después), se acercó a la única caja en que quedaba un rifle sin montar y fue cogiendo las distintas piezas, encajando unas con otras e incluso haciéndolas girar en su mano.
Fue más fácil de lo que había creído; quizás porque Marco se lo había explicado antes a todos bastante bien, quizás porque Mikasa acababa de montar el suyo... Su propio instinto jugó un papel importante; no sabía cómo se llamaba o para qué servía exactamente cada pieza, pero tampoco le hizo falta.
Sasha también montó su arma en menos de un minuto.
–¡Terminado! –exclamó alegremente.
Miró a su alrededor y casi le entró la risa tonta cuando vio las caras que habían puesto los demás. "Suelo causar ese efecto..." Sin embargo, ahora Shadis miraba con otros ojos al oficial de la Policía Militar, como si el hecho de que ella hubiera podido hacer eso fuera mérito de Dennis y una proeza a tener en cuenta. "Quizás debería sentirme ofendida, ¿tan poco esperan de mí?"
Entonces el Instructor Jefe se giró hacia ella y la miró fijamente.
–Si cuando usted se propone algo, cadete Braus... –enarcó una ceja– Lástima que no ocurra más a menudo.
De algún modo, se las apañó para hacer que el cumplido (si es que lo era) no sonase como tal; pero Shadis siempre sería Shadis... siempre estaría enfadado, aunque no se supiera muy bien por qué. Por otro lado, al igual que con ciertos animales peligrosos, si uno observaba sus costumbres podía terminar haciéndose una idea aproximada de sus distintos estados de humor; en aquel momento, podía considerarse que el Jefe estaba "contento", o al menos razonablemente satisfecho.
"Ya ha pasado la tormenta."
Incluso bajo la implacable mirada del Instructor, Sasha fue capaz de respirar aliviada. Estaba siendo un día intenso... ¡y ni siquiera habían empezado todavía los tiros! Quitando lo de Marco antes, claro.
Pero eso estaba a punto de cambiar...
