UTOPÍA DE AMOR
¡Hola! Aquí les traigo un nuevo capítulo... realmente no me gustó cómo quedó pero espero que no los decepcione.
Ninguno de los personajes de Harry Potter me pertenece.
CAPÍTULO SIETE:
VENGANZA
Severus podía ser amable a pesar de que muchos pensaran lo contrario y por esa razón aceptó, aunque a regañadientes, que Malfoy fuera su aprendiz el próximo año. Tenía cierto afecto hacia el chico pero éste no era suficiente como para querer soportarlo como su alumno de nuevo y luego como colega.
Después de que había concebido la debida autorización a Malfoy y que el joven se hubiese marchado del castillo prometiendo ansiosamente que estaría allí una semana antes de que todos los alumnos arribaran al castillo, Severus puso sus capacidades cognitivas en marcha para procesar la información que le había dado y asimilarla del mejor modo posible. Al principio sólo la observó en las horas de las comidas que compartían. Ella volvió a su usual puesto a su lado pero ya no le hablaba ni lo miraba. De hecho, hacía como si él no existiera. Había podido sentirse ofendido por aquel trato pero pronto se dio cuenta de que aquello le daba una gran oportunidad: podía observarla sin ser interrumpido. Muchos podían desprestigiar esta acción pero observar a una persona, estudiar sus acciones, sus gestos, sus modos de actuar le permitían conocerla. Y gracias a eso pudo descubrir cosas que nunca antes había notado.
Por ejemplo, a pesar de que muchas veces se reunieron a tomar té, él nunca se había dado cuenta de que le gustaba agregar una pequeña cantidad de leche a su taza y que lo bebía con mucha azúcar. O que cuando no prestaba atención a una conversación miraba distraídamente a su alrededor, como buscando alguna excusa para deshacerse de la compañía indeseada. También se había dado cuenta que podía llegar a resultar un poco tenebrosa cuando reprendía a algún alumno que había colmado su paciencia y eso le encantó de ella, porque a pesar de ser una persona amable era firme… y debía confesar que sus ojos parecían lanzar llamas cuando se enfurecía lo que, extrañamente, la hacía ver atractiva.
Su primera interacción después del incidente por el cual acabó en la enfermería fueron tres días después de que Draco se marchó. No podía descubrir si aquellos supuestos sentimientos existían o no sólo observándola. Debía acercársele, lentamente, casi con cuidado. No podía cometer ningún error ni mucho menos debía hacerle entender que él había hablado con Malfoy. Estaba seguro que esta táctica sólo la haría salir corriendo a esconderse. No, no la creía cobarde sólo un poco… tímida.
Esa era una nueva forma en que tenía de verla. Le resultaba extraño aun pero cada vez estaba más seguro que, a pesar de su exterior firme y seguro, por dentro Hermione Granger era una persona algo insegura y tímida; y por más raro que pareciese, no podía evitar pensar que él también lo era… ¡Pero eso jamás en su vida lo diría en voz alta!
Así que un día, durante la cena, la saludó. Sólo eso, un saludo algo frío e impersonal pero ella era lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de que él nunca saludaba a nadie. Ese fue el inicio y poco a poco fueron retomando la normalidad de sus charlas hasta que un día ella volvió a visitarlo para tomar té y charlar.
Era consciente que no debería volver a confiar en Hermione Granger porque, después de todo, lo había utilizado y avergonzado para salvar su propio pellejo. Pero se descubrió incapaz de seguir enfadado con la joven. Y que su realidad fuera así no podía augurar nada bueno. No quería permitir que Hermione se le colara en la piel y volverse una persona débil por su causa. Quería poder sentir enfado hacia ella, quería poder querer vengarse, poder sentir una rabia inaudita que la hiciera humillarse… ¿Pero qué sentido tendría si, como suponía, terminaría sintiéndose culpable? Quizás la mejor opción era alejarse de la mujer para siempre pero tenía la terrible sospecha de que eso le resultaría imposible porque, por más que no quisiera, esa atracción que había comenzado a sentir hacia ella no había desaparecido, por el contrario, parecía haber aumentado.
Por eso volvió a aceptar su compañía. Poco a poco fueron retomando su anterior rutina y parecía que la tranquilidad retornaba. No tenía que responder preguntas incómodas ni tener que soportarla hablar de ridiculeces románticas. El tema de las "lecciones" parecía haber sido vedado al igual que el del beso que habían compartido en el bosque. Y también notó pequeñas cosas que podían no tener importancia pero que Hermione sólo hacía con él. Como esa sonrisa que seguía acelerándole el corazón… o como sabía prepararle el té o el café del modo en que a le gustaba… o como se ruborizaba graciosamente cuando lo descubría mirándola… o como hacía todo lo posible para tocarlo inocentemente, como se inclinaba hacia él, como lo reprendía cada vez que se quedaba despierto hasta tarde corrigiendo trabajos y ella se ofrecía a ayudarlo, como le guardaba una porción de su pastel favorito cuando él llegaba tarde a las comidas…
Había pensado mucho en esto. Tal vez demasiado pero no le gustaba estar inseguro respecto a sus acciones. Si debía hacer algo al respecto o no ya no era un tema a cuestionar sino más bien qué diablos iba a hacer. Hermione podía ser amable y tratarlo con amabilidad, hasta mostrar cierta preocupación por su persona pero nada de eso quería decir que lo amara.
El tiempo había pasado pero aún recordaba perfectamente la propuesta que le había hecho Malfoy. ¿Realmente podría vengarse? Sí, definitivamente podía hacerlo sin cuestionamientos. Y él era perfecto ideando venganzas, ¿Pero serían buenas sus ideas tratándose de Hermione Granger? Tal vez no sería mala idea escribirle a Draco y preguntarle… sólo preguntarle y analizar lo que le dijera para ver si serviría o no para sus propósitos.
Decidido, tomó pergamino y sacó un tintero y una pluma del cajón de su escritorio y redactó una breve carta, casi una nota, que dejaba en claro lo que quería saber. No daría demasiadas vueltas al asunto porque le parecía inútil hacerlo cuando Draco sabía perfectamente en lo que él estaba metido. Después de todo, él maldito rubio lo había enterrado en ese dilema.
Cuando la lechuza que le traía la respuesta sobrevoló sobre las cabezas de todos los alumnos, en la hora del desayuno junto a las demás, y terminó por aterrizar cerca de su plato, pudo sentir la mirada curiosa que le dirigieron varios profesores e incluso Granger. Era poco usual que él recibiera alguna clase de correo y que hubiera sucedido aquella mañana era algo que traía mucha curiosidad. Sin embargo, nadie dijo nada. Pero en cuanto se levantó de la mesa, disculpándose para poder ir a leer con tranquilidad, las murmuraciones no tardaron en llegar y él tuvo que contener una sonrisa, sabiendo que ninguno de ellos, ni siquiera la mismísima Hermione Granger, sospecharía jamás lo que realmente era aquella carta.
Caminó despacio para no mostrar la ansiedad que le quemaba por dentro y tan solo cuando se refugió en su despacho, cerrando la puerta con un hechizo, abrió el pergamino y leyó lo que Malfoy le había escrito. Frunció el ceño, confundido y desilusionado. Realmente había esperado más que tres palabras y una firma. No había explicación alguna de cómo rayos hacer eso que le aconsejaba y al tener pocos conocimientos sobre mujeres las posibilidades de tener éxito se reducían drásticamente. ¿Sería capaz de atreverse de todos modos? Podía comenzar a hacerlo con cierta sutileza, con gestos tranquilos, aun sabiendo que ella se daría cuenta de sus intenciones. Podía aprovechar esas tardes en las que ella iba a tomar el té a su despacho y a charlar sobre libros y pociones… Y si algo salía mal simplemente hacerse el desentendido, hacerle creer que aquello no había sido otra cosa más que ilusiones suyas.
Lo intentaría. Empezaría esa misma noche.
…
El sonido del golpe de la puerta de su despacho sonó suavemente. Severus sintió que se le secaba la garganta y que su corazón se aceleraba inusualmente pero rápidamente se recordó que debía mantener la calma. Así que cuando habló lo hizo con su usual tono gruñón y su máscara de seriedad estaba colocada en su rostro.
—Adelante—dijo sin moverse.
La puerta se abrió y por ella ingresó la figura de Hermione Granger, vestida con comunes ropas muggles y con aquel cabello indomable atado con un simple moño. Llevaba una bandeja con una tetera humeante y dos tazas. Sin decir nada, las colocó en una minúscula parta de su escritorio que estaba vacío y comenzó a servir.
—¿Sin leche esta noche, señorita Granger?
Ella alzó la cabeza de su trabajo y lo contempló confusa.
—¿Leche?
—Sí. Pensé que tomaba usted siempre té con leche…y con azúcar—explicó percatándose que tampoco había traído la azucarera.
—¡Ah, sí, es verdad! Pero hoy traje una nueva clase de té que me gustaría hacerle probar. Es una mezcla de hierbas que me envió mi madre. Dijo que se toma sólo.
Le tendió una taza a Severus y luego de que él la tomara, ella agarró la suya.
—¿Intenta envenenarme?—preguntó con sarcasmo antes de llevarse la taza a su nariz, para olfatear el aroma.
—¿Tendría alguna oportunidad de hacerlo?
—Ninguna—indicó—Detectaría cualquier tipo veneno en instantes. ¿Podría decir lo mismo de usted?
Ella apretó los labios y negó con la cabeza.
—No. Sé que no soy tan buena en pociones como usted pero definitivamente no puede compararse con mis conocimientos de Trasformaciones.
Él debía darle la razón pero no lo hizo. Simplemente se llevó el borde de la taza a la boca y sorbió en silencio el líquido caliente. Era de un sabor amargo pero nada desagradable; de hecho, podría ser muy reconfortante si uno padecía de mucha sed. Tomó un nuevo trago, esta vez más largo, y se deleitó con el aroma que lo rodeaba.
—¿Menta… ruda… y…?—comenzó a aventurar aun sin estar muy seguro.
Los olores del té caliente se mezclaban de tal manera que le era imposible distinguirlos con claridad.
—No podría decirle. Mi madre me dio solo para dos tazas y no me dijo de qué se trataban más que de una mezcla de hierbas. Dijo que eran relajantes —informó Hermione antes de beber un largo sorbo.
—Es extraño…—comenzó Severus sintiendo como todo su cuerpo se relajaba en la silla en la que estaba.
Ella pareció imitarlo, recostándose en el respaldo y cerrando los ojos antes de lanzar un suspiro.
—¿Eh?
Ni el mismo se había escuchado. O ya había olvidado lo que había dicho. Su mente parecía haberse entumecido de tal modo que le impedía pensar y su cuerpo lo único que deseaba era ponerse a dormir, descansar como nunca antes lo había hecho.
…
Fue Severus quien despertó primero. Y lo hizo porque sintió un sonido constante. Unos golpes seguidos que parecían retumbar en sus oídos como un ruido lejano. Parpadeó varias veces intentando despejar las nubes de sueño que aún nublaban su visión. Fue recién cuando escuchó su nombre del otro lado que terminó por despertarse completamente.
—¡Severus! ¿Estás ahí? ¡Abre!—ordenó Minerva.
—¡Mierda!—gruñó en voz baja mientras notaba que el sol estaba arriba y que, frente a él, dormía plácidamente Hermione Granger.
Al ver ambas tazas de té tumbadas en el suelo volvió a maldecir. ¡¿Qué diablos tenía ese té?! Sí, había sido la mejor noche de descanso que había tenido en su vida a pesar de haber dormido en una incómoda silla pero quién sabe qué hora era…
—¡Ya voy!—gritó mientras daba un salto.
Se acercó a Granger sin saber cómo rayos despertarla.
—Granger… ¡Señorita Granger!—la llamó sin alzar la voz pero sin tocarla.
Si McGonagall se enteraba que Granger estaba ahí, que no había ido a dormir a su habitación, podría sacar conclusiones precipitadas y equivocadas.
Para su mayor desgracia, la muchacha no parecía darse cuenta que debía despertar inmediatamente.
—¡Granger, despierta!—le ordenó sin obtener resultados.
—¡Severus! ¿Qué sucede? ¿Estás bien? No te vimos hoy en el desayuno y faltaste a tus primeras clases… ¡Si sucede algo malo tengo todo el derecho de saberlo!
—¡Diablos!—volvió a gruir.
Sin saber qué otra cosa hacer tomó a Hermione entre sus brazos (y ni siquiera ese movimiento la despertó) y la llevó a sus aposentos. La recostó en su cama con cuidado y salió de nuevo a su despacho, procurando alizar con sus manos su ropa que se había arrugado por haber dormido con ella. Buscó su varita con la mirada, intentando recordar dónde demonios la había dejado mientras iba a abrir la puerta. Y cuando lo hizo los ojos de Minerva se agrandaron tanto que él temió que algo muy malo le hubiera ocurrido.
—¿Qué…? ¿Qué es lo que… pasó? ¿Por qué estás así?
Severus se miró a sí mismos. Las ropas estaban algo arrugadas pero nada más.
—¿Así?—no pudo evitar preguntar algo descolocado.
—¡Sin afeitarte, con el cabello revuelto, tan… relajado! ¡¿Qué diablos ocurre aquí?!–estalló ingresando al despacho con brusquedad, viendo a su alrededor como si buscase algo.
Severus rezó para que no se le ocurriese ir a ver a sus aposentos privados.
—¿Ocurrir? ¡Nada! Sólo me quedé dormido. Me disculpo… Ahora, me permites—dijo señalándole la puerta—Tengo que ducharme. Lo haré rápidamente e iré a la próxima clase que…
—¿Has visto a Hermione?
—¿La señorita Granger?—preguntó haciéndose el desentendido—¿Por qué habría de saber dónde se encuentra?
—Porque fuiste el último en verla anoche, cuando vino a tomar el té contigo.
—Ella no…—comenzó a negar.
—¿Has tomado el té solo?—inquirió señalando la bandeja y las dos tazas en el suelo—No me mientas, Severus, y dime de una vez por todas qué es lo que sucede aquí.
Se sintió acorralado pero aún tenía la esperanza de que siéndole sincero a la mujer no alterase sus palabras. ¿Podría enfadarse con Hermione por lo que había sucedido a tal punto de hacerle perder su puesto? No lo sabía, así que rápidamente le contó lo acontecido, omitiendo que había sido idea de ella tomar esa clase de infusiones.
Los labios de Minerva se apretaron furiosamente.
—¡¿Y me vas a hacer creer tal tontería, Snape?! ¡Eres excelente con todo tipo de pociones y no fuiste de captar nada particular en eso!
Sí, se sentía avergonzado por eso pero le estaba diciendo la verdad.
Justo en ese momento la puerta oculta de sus aposentos privados se abrió dejando ver a una Hermione aun adormilada, con la ropa igual o peor de arrugada que la suya propia, con el cabello revuelto.
—¿Severus…?—lo llamó mientras se fregaba los ojos pero al mirar más allá de él y notar a Minerva se terminó por despertar—¡Profesora! ¡Yo… yo…! Eh…
La mirada de Minerva no se suavizó, de hecho, se volvió más furiosa aún al posar los ojos por Hermione. Seguramente la había visto el día anterior y se había dado cuenta de que aún llevaba las mismas ropas que el día anterior.
—¡No tenías porqué mentirme, Snape! Estoy muy decepcionada de ustedes dos… Si hubieran querido pasar la noche juntos… bueno, eso es asunto suyo, pero hubieran sido mucho más responsable colocando algún tipo de alarma… ¡No me interesa si pasan toda la noche despiertos haciendo no sé qué cosas pero acá van a hacerse cargo de sus responsabilidades! ¡Esta es la última vez que sucede algo así! ¡No quiero que se repita! ¿Entendieron?
—Pero, Minerva, nosotros no…
—¡Ya es suficiente, señorita Granger, no quiero oír nada más!
—Escuche…—intentó decir él.
—¡Esto va también para ti, Severus! Cuando oí los rumores de que ustedes dos estaban saliendo juntos me alegré. Pero nunca pensé que fueran tan irresponsables… ¡Cámbiense y los quiero listos a los dos para ponerse a trabajar! ¡Sin retrasos!
Minerva dio media vuelta y salió del despacho cerrando la puerta tras ella con fuerza.
—¡Maldita sea! ¡¿Qué intentó hacer su madre?! ¡Doparnos!
La vio abrir la boca y cerrarla consecutivas veces, sin saber qué decir.
—Lo siento, yo… le juro que no tenía ni idea. Admito que me sorprendió que me haya enviado té en vez de las galletas que siempre prepara pero nunca pensé que sucediera esto…
Quiso culpara, realmente quiso hacerlo pero no pudo. Su expresión de culpa e incluso de miedo fue una bofetada para él. ¿Temerle? ¿Hermione Granger le tenía miedo? No, se dijo, aquello debía ser otra cosa porque ella no le tendría miedo a nadie.
—Váyase—le ordenó.
La vio asentir y girar a la puerta pero rápidamente la detuvo.
—¡No! ¡Por ahí no!—le gritó—Todo el mundo se estará preguntando qué pasó con nosotros. No pueden verla salir por ahí. Vaya por la chimenea...
La vio hacer mala cara pero no le dijo nada y se encaminó a la chimenea. La vio tomar un puñado de polvos flu y abrir la boca para pronunciar su destino. Pero, casi de repente, recordó lo que le había dicho Draco y decidió que era mejor empezar en ese momento. Era ahora o nunca. Por eso, antes de que ella pudiera consumirse en las llamaradas verdes, de un impulso, la tomó por la muñeca bruscamente y la sacó de allí.
—¿Qué está haciendo?—le preguntó ella, confusa.
Severus tartamudeó, repentinamente nervioso y demasiado consciente de sus propios defectos, con una nube en la mente…
—Yo…—comenzó.
—¡Ya me disculpé!—dijo Hermione, interrumpiéndole—¿A caso ahora también va a castigarme?
Fue su turno de observarla con confusión.
—¿De qué estás hablando?—le preguntó.
—Del té, por supuesto. ¿No era eso de lo que quería hablarme? ¡Minerva estaba furiosa!
Negó con la cabeza, dejando de lado aquel asunto. Después tendría una seria charla con Minerva y le intentaría mostrar que ellos habían dicho la verdad y que nada de lo que se había imaginado en su cabeza había ocurrido… Claro, ver a Hermione salir de sus habitaciones, adormilada, con la misma ropa que el día anterior podía levantar ciertas sospechas pero podía haber miles de otras razones con las cuales explicar el asunto sin caer en la llana conclusión de que entre ambos había una relación amorosa.
—Ya hablaré con ella—dijo escuetamente mientras ponía su mente a trabajar a una velocidad asombrosa en un intento de encontrar algún modo de hacer lo que dijo Malfoy—Yo… ¿Una mujer puede invitar a una cita a un hombre?
Fue lo primero que se le vino a la mente y al ver la expresión de la cara de ella, se arrepintió enormemente.
—Eh... yo… creo que sí… ¿Lo invitaron?—preguntó ella y él no estuvo muy seguro si aquella pregunta había sido dicha con cierta brusquedad y enojo o sólo había oído mal.
—No.
Ella lo seguía mirando con confusión. Él tomó aire profundamente por sus fosas nasales y luego lo soltó lentamente y con disimulo, procurando que no se diera cuenta de que estaba intentando hacer en ese momento. El cambio se produjo inmediatamente en su interior. Con los nervios a flor de piel no conseguiría nada. Así que se puso rígido y la contempló con toda seguridad, con todo el poder que sabía que tenía, con ese aire de seriedad que tenía en sus clases.
—De hecho, estaba esperando que usted me invitase—dijo con calma y cierto aburrimiento.
—¿Disculpe?
—¿A caso tanto leer ha bloqueado su capacidad de escuchar, Granger?—le preguntó—Ahora, váyase y piense en cómo me invitará…
La empujó hacia la chimenea de nuevo y, tan aturdida estaba, que no opuso ninguna resistencia. No se quedó observándola para ver si se marchaba pero escuchó claramente el fuego llameando.
Sonrió… Esto podría ser divertido. Se encaminó a su dormitorio para buscar ropa limpia para cambiarse luego de una rápida ducha. Y de camino vio el pergamino que le había enviado Malfoy saliendo de entre las páginas de un libro que había dejado al lado de la cama. Lo tomó y releyó las palabras de nuevo.
Sedúcela.
Buena suerte.
D. M.
Sí, definitivamente esto prometía ser divertido.
