Los personajes que hay a continuación son propiedad de CLAMP, excepto ese hermoso niño que pulula por ahí sonriendo a todo el mundo. Ese, sí, Daiki.

¿Por qué las cosas no podían salirle redondas? Alguien de allí arriba la odiaba, pero más odiaba al estúpido de Li, quien se había propuesto pisotear su dignidad como sea. Si quería jugar duro, Sakura Kinomoto lo haría, ¡y encantada! No permitiría que ese niño mimado le hiciera la vida imposible; ella le enseñaría que jugar con fuego es peligroso y él que era inmune a las quemaduras de alto grado.

"Dulce Venganza"

'Asuka-hime'

Capítulo 7: Quiet


~We're considering escape from this world~

(Sakura)

Llevaba horas rogándole a Tomoyo que viniera conmigo: había suplicado, lloriqueado, ordenado e incluso prometido que utilizaría tacones para el baile. Nada. No había logrado aún escuchar la respuesta que quería. ¿Tan complicado era decir que sí a algo que yo quisiera y hacerme un poco feliz junto a una vida más fácil? ¿El karma estaba en mi contra? Porque de la boca de mi amiga no paraba de escuchar su muletilla improvisada:

—Sakura, de verdad que lo siento, sabes que movería cielo y tierra por hacer lo que me pides, pero me es imposible.

Y yo era alguien muy egoísta por repetirle lo mismo, a pesar de que sabía que lo decía con todo su corazón y la estaba poniendo en un apuro.

—Por favor, Tomoyo, te pagaré con lo que sea, no me dejes ir sola. No me puedes hacer esto...

—No vas sola: también irá Chiharu, Rika, Naoko, Yamazaki, Hiiragizawa, Miyamoto y…

—El-que-no-debe-ser-nombrado.

Suspiró, yo bufé de tal forma que moví mi flequillo.

—Sí, Li también va, pero no pasará nada. Estás con más gente para divertirte, seguro que lo pasas en grande.

Una tarde entera con mis amigas, con los amigos del idiota de él y miles de cosas para humillarme encima de la tierra. Uh, sí, lo pasaría genial, Tomoyo. Tendría suerte si a la mañana siguiente no salía en las noticias, ya veía los titulares: "Chica violenta mata a su enemigo a porrazos con la mesa". Y es que yo no quería pasarme la noche en la cárcel, no había escuchado cosas agradables sobre ella. Además, si lo hacía, le echaría toda la culpa a Tomoyo. Ella había sido la que el otro día insistió tanto en que todos nos reuniéramos hoy para salir cuando no iba a venir. ¿Qué clase de traidora tenía por amiga? No sabía qué pensar después de esto, sobre todo si después de todo terminaba a solas con Li en el Parque Pingüino por algún plan macabra de mi genio. No quería teñir la nieve de carmesí.

Todo comenzó con el castigo del director después de esa pelea de pintura. Por supuesto, fue por culpa de Li, sin embargo, al final pagamos todos limpiando el colegio por las tardes durante una semana. Nadie le señaló como principal culpable de la guerra cromática y yo estaba tan noqueada que ni reaccioné para confesar el principal promovedor de la contienda. Si cerraba los ojos, a pesar de que había pasado toda una semana de ello, podía sentir el calor de su cuerpo encima de mí, las cosquillas que su pelo me produjo en la frente y lo suave que fue su respiración contra mi boca. Eso sí, todo era molesto. Siempre que lo recordaba nacía en el principio de mi estómago un vacío que me producía ganas de vomitar. Era atosigante haber memorizado la fragancia exacta de su colonia, la fuerza que ejerció sobre mis muñecas y lo extraño que se vieron sus ojos tan cerca de mí con tantos colores alrededor. Algo que quería olvidar, aunque me perseguía en cada conversación, cada vez que le veía en clase y siempre que en su cara aparecía una mueca burlona antes de meterse conmigo. Algún día le vomitaría en los zapatos y asunto arreglado, mientras tanto intentaba relegar esa imagen de mi cabeza.

El caso: Tomoyo así, como buena amiga para mí, mencionó de golpe la idea de quedar este fin de semana todos juntos. Y mira por donde que todos aceptaron sin problemas. Yo quise quejarme, sin embargo, pensé que si Tomoyo venía al menos podría distraerme con ella y dejar atrás a Li, a pesar de todo lo que me rondaba la cabeza últimamente con él. Tomoyo aseguró que tal vez estaba equivocada con eso de mis ganas de vomitar, no obstante, yo sabía que era angustia, siempre me ocurría lo mismo cuando algo me repugnaba, por ejemplo, cuando me enfermaba del estómago. No, no eran esas cursiladas de mariposas en estómago, nada de electricidad por cada célula de mi cuerpo, ni mucho menos un vuelco en mi corazón: agrio, ese sabor que te sube por la garganta y te deja un gusto asqueroso en la boca. Ese. Dejémonos de tonterías, si Li volvía a acercarse tanto le pegaría una buena patada.

—Si voy a la cárcel, irás el trullo conmigo, te acusaré como mi cómplice, diré que tú enterraste el cadáver y las armas que utilizaré —respondí, seriamente.

La risa de Tomoyo al otro lado del auricular me hizo rodar los ojos. Sabía que no me tomaría en serio aunque yo de verdad estaba siendo sincera por una vez. No bromeaba. Arrieritos somos y en el camino nos encontraremos.

—Asumiré toda la culpa. Mientras, corre. Deja de fruncir el ceño así y ponte manos a la obra. Tienes que vestirte y te queda un cuarto de hora.

—¡Mierda!

—Diviértete.

—Y tú pásalo bien con aquello que te arrebató de mi lado —refunfuñé con una pequeña sonrisa.

—Te llamaré luego.

—Eso espero.

Tras un par de risas más, colgamos. Mi habitación se sumió en el silencio y envolvió cada parte de mi cuerpo.

Estaba desganada, afuera hacía frío y pensar que tenía que verle la cara al estúpido de Li después de lo que pasó hace unos días me ponía enferma. Aun así en alguna de las lagunas de mi memoria me encontré de pie de mi vestidor, buscando algo decente que ponerme. A la primera mirada que le di a mi ropa, la imagen visual que mi cerebro reprodujo de una sudadera y unos pantalones abrigados me pareció tan hermosa que hasta logró que sonriera. El problema era elegir la sudadera, después de todo mi armario se componía de mucha ropa cómoda, ¿con cuál iría más abrigada que con ninguna? Si mal no recordaba, mi padre el año pasado me regaló una sudadera tan gruesa como tres dedos de mi mano, el problema era que no sabía su ubicación exacta.

Así me pasé como cinco minutos dándole vueltas a mi habitación hasta que choqué con un par de bolsas en la esquina que ayer se me olvidó guardar. Con motivo de la salida, Tomoyo había puesto la molesta excusa de que necesitaba ropa y me arrastró hasta el centro comercial para terminar vistiendo un par de conjuntos. No los odiaba, tampoco los amaba, sólo eran diferentes a lo que solía llevar. Gracias a que Tomoyo no vendría, no estaba obligada a llevar ninguna de esas prendas y a pesar de todo eso vacié las tres bolsas encima de la cama y extendí la ropa por toda ella. De entre tanta ropa encontré alguna que me llamó la atención y no recordé comprar: como aquellos calcetines a medio muslo de lana azules oscuros, o el gorro de crochet del mismo color.

Algo me decía que Tomoyo sabía que haría esto y que me enamoraría de esos complementos. También mi consciencia gritaba para que llevara el conjunto que Tomoyo habría imaginado —segurísimo— que me pondría con esos complementos.

Suspiré.

A veces odiaba que mi amiga me conociera tanto.

~We've waited for so long for this moment to come~

(Syaoran)

Si alguien me hubiera dicho ayer que Syaoran Li habría salido de su casa por su propio pie, con el frío que hacía fuera, un domingo y rodeado por el invierno que quería acoger a Tomoeda en su caminata hacia el lugar citado, me hubiera reído. Las lágrimas habrían recorrido mis mejillas y le habría dicho al emisor de esa estúpida broma que me lo creería cuando los cerdos volaran.

Pues bien, damas y caballeros, el día de hoy era milagroso. Los cerdos volaban y Syaoran Li estaba en las calles. No hace falta que os peguéis un pellizco en el brazo, no es una pesadilla ni un mundo paralelo. Porque vale, puede que llevara unos días saliendo y metiendo pies en los charcos, lo reconozco, puede que fuera una manía mía, puede que fueran tantas cosas, pero no un domingo y menos cuando ya le había dado la respuesta a mi mente que necesitaba. Sabía qué haría con mi madre y qué le diría, no por algo llevaba un par de días distraído en clases, por fin había logrado ubicar cada frase en el momento adecuado en la charla imaginaria que me creé en mi mente para ensayar.

Y desde entonces había vuelto a mi comportamiento habitual. Eso significaba que los domingos me tiraría en la cama todo el día, miraría el techo, pondría todos los discos de Red, Dead by April y, ¿por qué no?, también Breaking Benjamin o Skillet, no haría nada productivo con mi vida. Excepto leer algún libro que me comprara Wei en la semana. Y mira por dónde, esta semana me había traído un par de ellos y yo no estaba ya sumidos en ellos profundamente. Al contrario, me encontraba debajo de una farola apagada del parque Pingüino, con niños a mi alrededor corriendo de un lado para otro y con un frío que helaba esperando a los idiotas que tenía por amigos, las amigas de Kinomoto y Niñomoto.

Sí, sería una tarde estupenda.

Corre, aún puedes escapar terminar el libro que descansa en tu mesita.

E iba a hacerlo, sin embargo, miré el reloj y llegaba justo a la hora para que el resto vinieran. Takashi se retrasaría con Mihara en algo que me dijo y no escuché bien, se le ocurrió la brillante idea de despertarme a las ocho de la mañana y no estaba en el mundo aún a esa hora. Daiki vivía lejos y, hablando de él que era un tardón de primera, llegaría el último. Respecto a Eriol, no vendría, tenía que hacer no sé qué mierda que le impedía venir. Ni idea de qué era, no lo recuerdo. Y Yanagisawa y Sasaki eran un misterio para mí, nunca había quedado con ellas, aunque siempre solían llegar a tiempo a las clases. Tal vez se retrasaran un par de minutos y no más.

A Lentamoto no la esperaba hasta dentro de dos horas. Tal vez dos y media.

No les daba más de cinco minutos más, me prometí una vez que metí la mano en el bolsillo, saqué mi móvil y comprobé la hora de reojo antes de volver a ofrecerle un lugar caliente para cobijarse.

—¡Lo siento, lo siento, lo siento! ¡Se me hizo tarde!

Incluso en la lejanía, su voz sonaba ahogada. Probablemente se hubiera metido una carrera hasta aquí para llegar incluso antes que todos, echando a la basura mis predicciones. Sabía que no me equivocaba de persona porque cuando giré la cabeza hacia la procedencia de la voz, vislumbré a alguien menudo, con el pelo balanceándose debajo de ese gorro de croché y esa figura reconocible a miles de kilómetros de distancia.

De cerca, pude afirmar que se trataba de ella con más exactitud.

—Siento llegar tarde —jadeó, con las palmas de las manos apoyadas en sus rodillas flexionadas, cubiertas por unos calcetines de lana.

No me dio tiempo a contestar cuando tomó una larga bocanada y se incorporó. A esa altura apenas pude hacer otra cosa que clavar mis ojos en los suyos antes de negar con la cabeza despacio y le hice saber lo evidente:

—Da igual. No llegó nadie todavía.

—Menos mal. —Todo su cuerpo se relajó al instante, en conjunto con la mueca de alivio que se formó en su granate cara.

En vez de contestarle, no le quité ojo de encima. Empleó un rato de su tiempo normalizando su respiración y arreglando los mechones de pelo que se escaparon de su gorro hasta que de reojo comprobó que aún la miraba. Al principio se cubrió la cara como pudo antes de quedarse en silencio, tirando de su bufanda larga e inspeccionando la nieve que había debajo de nuestros pies. Bajo su grueso abrigo negro sus hombros se tensaron un poco, entonces decidí intervenir.

—Kinomoto…

—¿Sí? —murmuró por lo bajo.

—Tú…

–¿Yo?

El verde que contrastaba con el color de sus mejillas chocó contra mi mirada. Me mantuve quieto, callado y observando, sobre todo, todos sus movimientos, como cada respiración; las veces que remojó sus labios y cada parpadeo.

Esperé un segundo.

Dos segundos.

Tres segundos.

Cuatro segundos.

Y eché a reír.

Fue inevitable y no me arrepiento de nada, ni cuando entre lágrimas de risa observé cómo mutó la cara de Kinomoto. Por alguna razón, se enfadó y era consciente de que esa razón tenía nombre y apellido: mi risa.

Cuando sujeté mi vientre por el dolor que me producían mis carcajadas, Kinomoto cerró con fuerza los ojos y gritó, realmente enfadada:

—¿¡De qué te ríes, idiota!?

Y paré de reír sólo para contestarle:

—De ti. —Antes de comprobar cómo la furia se apoderaba completamente de sus pupilas añadí algo más—: ¿Te has mirado al espejo antes de salir?

—Sí, ¿y tú? ¿O se ha roto antes como es habitual?

El veneno que escupía por su boca no llegó a rozarme. Detrás de su voz y degradantes palabras, podía vislumbrar un animal acorralado, inofensivo y asustado por no saber en qué situación se adentraba. Estaba acostumbrado a que saltara así, era un acto reflejo de su personalidad, incluso me extrañaba que no me hubiera pegado ya una buena patada. En cambio, lo que deseaba señalarle era aquello que estaba delante de mis ojos, la imagen que mostraba ahora, aquello por lo que reía.

Estaba echa un desastre.

Delante de mí se encontraba una Sakura Kinomoto diferente, mutante y desarreglada. No había nada en su sitio, nada encajaba con lo que la rodeaba, aunque no era demasiado desagradable, sólo gracioso.

Si tenía que empezar por algún sitio, ese sería sus converse vaqueras, era lo que más desentonaba de ella. De sus piernas no mencionaría nada, estaba acostumbrado a ver unos calcetines altos en ellas en el colegio. Lo que no esperaba era esa camisa azul vaquera tan larga que le llegaba a mitad de muslo y menos ese cinturón colocado estratégicamente debajo de su pecho. Y si eso no era suficiente, aún quedaba más, pues era la primera vez que la veía con una rebeca y más tan larga como su camisa, pero ahí estaba, casi oculta bajo el abrigo del mismo color que llevaba desabrochado. Dejando eso a parte, su bufanda, que estaba fuera de lugar, era tan larga y se encontraba tan mal liada alrededor de su cuello que si llegaba a dar un paso se tropezaría con ella y caería. Del resto no había mucho más que hablar, un gorro no era nada del otro mundo y sus guantes sin dedos de lana eran algo común en ella.

Todo era grande. Todo le quedaba una talla más de la cuenta y todo estaba revuelto y envuelto en ella como podía. Daba una imagen entre pobre, desaliñada y a la vez sin perder su carácter. Seguro que Daidouji no había elegido ese conjunto y menos le habría dejado salir así de casa, probablemente ni vendría si Kinomoto se había atrevido a venir así sabiendo como era su amiga.

—Anda, ven. —No le di tiempo a acatar mi orden cuando me acerqué un paso más a ella. Antes de que pudiera reaccionar, eché mis manos sobre su cuello y me dispuse a colocar mejor su bufanda. Aunque no logré terminar de ponerla correctamente con una sonrisa pícara, cuando me pegó un manotazo y se alejó la distancia que yo me había limitado—. Como quieras. Si te ahogas, no es mi problema.

A pesar de que yo la estaba poniendo bien, ella era muy cabezona y deshizo lo que yo había arreglado sólo para volver a hacerlo con sus manos y liarse entre tanta lana. Me crucé de brazos y evité sonreír mucho más, sin embargo, no perdí de vista ninguno de sus bruscos movimientos. Empezaba a desesperarse tanto que había vuelto a ponerse roja como los tomates.

—No necesito tu ayuda.

—No, eso ya lo veo.

Conté cada minuto y segundo hasta que suspiró, se detuvo de golpe y con la cabeza agachada murmuró:

—Se lio sola…

—¿Y a mí eso qué?

—¡A ti eso nada! —gritó furiosa antes de girar sobre sus talones y mirar hacia el lado contrario a dónde me encontraba. Su bufanda la envolvió en el giro entorno a sí misma y se metió entre sus brazos cuando los cruzó.

Antes de volver a andar hacia ella bufé y rodé los ojos.

—¿¡Qué…!?

La dejé con la palabra en la boca después de obligarla a girar sobre sí misma de nuevo una vez que tiré de su gorro hacia abajo y tapé hasta su nariz.

—Haz como si yo no te estuviera ayudando con esto. No levantes tu gorro.

No le eché mano a su problema hasta que asintió lentamente luego de unos segundos que me parecieron eternos. Sus manos fueron a parar al borde de su gorro y tiró de él hacia abajo, así veía lo menos posible de cuan coloradas estaban volviéndose sus mejillas. Supuse que sería el calor que retuvieron sus manos.

Tardé menos en realizar un buen agarre de su bufanda que en deshacer los nudos que produjo por el camino. Tenía un don para dislocar las cosas, liarlas y apretarlas con fuerza. Por suerte, nada que los dientes no pudieran arreglar. Además, sólo tuve que utilizarlos un par de veces con dos enredos que hizo el mismísimo diablo: ese que tenía enfrente y no se movía si quiera. No vislumbraba de ella nada más que aquello que había desde la punta de su nariz hacia abajo: sus labios apretados; parte de sus mejillas; su barbilla y el mentón donde residían varios mechones de pelo rebelde posados. En cuanto terminé de arreglar su desastre, me separé bastante, más de lo que normalmente hacía, ya que no me había percatado de que había acabado acercándome tanto a ella que su pelo me hacía cosquillas en la frente y entre mis dedos.

—¿Pensaste meterte en la marina? Haces unos buenos nudos.

—Eres un maldito idiota —se quejó, sin quitar las manos de su gorro.

—Y tú una malcriada. No vuelvo a echarte una mano.

—No te pedí ayuda.

—Puedo volverlo a poner como antes, si quieres.

—¡No!

Sonreí, ella aún no me miraba, la lana seguía de por medio.

—Entonces acéptalo: necesitabas mi ayuda.

—No te pagaré por tus servicios. Jamás salió de mi boca eso.

—Puedes levantar tu gorro —musité tan bajo que me escuchó gracias a que de nuevo me había acercado a ella y ahora me encontraba hablando contra sus labios.

El momento en el que hicimos desaparecer aquel espacio no lo recuerdo, tal vez un paso por mi parte, un tropezón del suyo, sus pies de puntillas, mi espalda algo encorvada y ahí nos encontrábamos. El caso era el siguiente: cuando, con parsimonia, levantó su gorro cuidadosamente, pude definir exactamente cuál era el tono precios del color de sus ojos verdes. Desde esa distancia observé cada uno de los detalles que se dibujaban gráciles en su iris y lo profunda que era su pupila.

—¡Sakura! ¡Li!

Ese grito nos hizo parpadear a ambos y despertar del letargo en lo que nos habíamos sumido. Kinomoto echó una mirada por encima de mi hombro como pudo, a punto de caerse por poner toda su escasa estabilidad en las puntas de sus pies. La sonrisa que se dibujó en sus labios me hizo saber que habían llegado sin ni si quiera tener que echar un vistazo detrás mi espalda. Su mano se agitó con alegría y me bordeó en un santiamén para correr hacia ellos.

—Así cae la nieve cada diciembre.

—¡Deja de decir mentiras, Takashi Yamazaki! ¡Todo el camino igual!

Escuché bastantes risas, más de las que me esperaba. Giré sobre mí para curiosear un poco y comprobar si aún faltaba gente o ya podíamos marcharnos. Milagrosamente, me topé cara a cara con todas las sonrisas que había esperado, hasta la de Daiki, quien solía tardar bastante. La otra parte se la dejaba a Kinomoto que era la última en llegar, normalmente. Asombrosamente, hoy todo se encontraba fuera de mis expectativas, dejándome por un mentiroso compulsivo.

Con un cabeceo saludé a mis amigos y a las amigas de Kinomoto. Fue correspondido y devuelto de diferentes maneras, dependiendo del receptor. Tras aquel "hola" improvisado e informal, me acerqué hasta ellos intentando conseguir apurarlos para que fuéramos pronto a un sitio cerrado y con calefacción.

—¿Habéis esperado mucho? —interrogó Yanagisawa.

Abrí la boca para contestarle que sí: que casi morimos por una congelación; que tenía los dedos de los pies tan helados que carecía de tacto; la nariz tan congestionada que ni si quiera podía enfriar a mi cerebro cada vez que respiraba; que había tenido que soportar a Kinomoto durante casi diez minutos, más de lo que podía aguantarla sin pelearme con ella —aunque por algún milagro divino, no había terminado en tragedia nuestra conversación, si es que podía denominarse así—, pero no pude. En esta conversación no tenía ni voz ni voto o eso parecía que había decidido Tontamoto.

—No, acabamos de llegar.

Jamás entendería a las personas que mentían de esa forma, no para un bienestar propio, ni algo que al final pudiera servirle, grosso modo, e incluso beneficiarles. Sólo y exclusivamente para hacer sentir mejor a los demás. Sonreían y mentían compulsivamente para que el resto creyera que detrás de esa máscara llena de júbilo no había alguien desamparado y ojeroso. No hablaba de hechos a lo grande, pequeñas mentiras como las que acababa de decir Kinomoto eran suficientes, a parte de los clásicos "estoy bien", "mañana será mejor" y semejantes para los cuales no existía fondo. ¿Acaso logran algo con eso? Kinomoto no conseguiría que la próxima vez llegaran más temprano y no nos tuvieran esperando. A parte de preocupar al resto y amargarte y repetir que estás estupendamente cuando ni tú te lo crees no te acercará a la falsa felicidad que imaginaste en tus consuelos y lágrimas. Tampoco puedes asegurar que mañana estarás mejor, que de la noche a la mañana todo se vea diferente, como tampoco puedes saber que todo seguirá siendo del mismo monocromático color. Si alguien conoce con exactitud qué sucederá mañana, que tire la primera piedra contra mí. Porque tal vez vivir en un mundo imaginario era algo liviano, indoloro, mas no objetivo y tarde o temprano se explotará la burbuja que te rodea si no tienes cuidado y andas con pies de plomo. Y si de verdad te gusta tu burbuja, sabrás cuidarla para que no se acerque a nada puntiagudo.

—Menos mal —suspiró Daiki—. Se nos hizo tarde.

Vi una hermosa oportunidad para dejar brotar mi opinión al respecto por su retraso cuando, otra vez, Kinomoto se adelantó con su plástica sonrisa.

—No pasa nada, de verdad, no esperamos casi nada. ¿Qué tal si nos vamos?

Me resigné. Ya les echaría una reprimenda por separado cuando encontrara una ocasión perfecta, una donde no estuviera la alegría de Kinomoto ni esa humildad cálida que molestaba.

Así, seguí a las numerosas carcajadas por sepa Dios qué cosa cuando echaron a andar, con las manos en los bolsillos y un paso lento. Era consciente de que empezaba a necesitar calentar mis huesos, sin embargo, las pocas ganas de escuchar el jaleo que estaban armando me producían más ganas de salir corriendo en dirección contraria. No fue hasta dos o tres calles más abajo cuando empezaron a dividirse para hablar mejor entre ellos. Lo más cercanos a mí, en lo que a distancia se refería, eran Takashi y Mihara y los más lejanos Kinomoto y Daiki. Tras avistarlos por el rabillo de ojo, no pude evitar volver la mirada hacia ellos, clavándola en sus manos ahora entrelazadas.

Entre tanta nieve que caía a mi alrededor, los crujidos que se producían bajo mis pies, el aire pesado que se escapaba de mi boca, el frío que calaba mis huesos y el vaho que nublaba mi vista me perdí en el arma de doble filo que guardaba mi cerebro para ocasiones especiales como esta: los recuerdos.

La imagen de Kinomoto y Daiki que había frente a mí mutó paulatinamente. Sus manos mutaron de calentarse mutuamente y de jugar con sus caras a convertirse en unas dos años más jóvenes. La distancia entre ellos creció un poco, aunque no menguaron sus sonrisas. Delante de mí dejó de haber un montón de ropa que pasaba por Kinomoto y una calidez infinita que reflejaba a mi amigo, en vez de eso sólo se hallaban dos niños de quince años sonrojados sonriéndose el uno al otro. Cada fotograma brotó frente a mí con tanto espacio temporal entre uno y otro que tenía grabado con fuego todos sus movimientos, desde que él levantó la mano hasta que terminó en el pequeño adorno de flores que aderezaba el pelo de Kinomoto. Podía reproducir con exactitud sus palabras; lo hermosa que le dijo que se veía; lo mucho que agradeció ella sus halagos y la charla que le siguió. Porque al parecer ese broche era un regalo de Daiki. Uno que parecía especial de alguna forma.

—Eh, Li.

Aquella vez, en el patio del instituto, bajo un día primaveral en mis quince primaveras, el que dijo esas palabras fue Eriol y por él no supe qué siguió a esa escena, ni quería. Sin embargo, esta vez era una persona diferente quién tiró de mi tobillo hacia abajo para devolverme a la realidad: alguien menudo y con gafas. Caí de bruces en una calle blanca de Tomoeda, deambulando a alguna parte, donde mis pies automáticamente caminaban solos.

—¿Uhm?

Tras esos grandes y redondos anteojos su mirada quiso traspasar más allá de algo. Era como si quiera saber qué pensaba en este momento. No me sentí intimidado y menos incómodo, durante todo ese rato que estuvo observándome hasta que decidió sonreírme ligeramente aguanté bien la barrera que años me había costado levantar.

—Es extraño verte con todos —señaló. No supe bien hasta dónde quería llegar, esa fue la principal razón por la que me mantuve impasible, el resto era simple curiosidad de conocer dónde residían sus límites—. No te recrimino nada, que conste. Sólo que no sueles ir a dónde Sakura va.

Te pillé. Ya eres mía.

—Kinomoto no es la peste, tampoco alguien que me impida salir a la calle.

—En el instituto no parece que pienses lo mismo.

—En el instituto tengo que aguantarla entre cuatro paredes, fuera puedo dejarla correr y desfogarse. Así no me da la lata —objeté, sonriendo un poco y refiriéndome, efectivamente, a Kinomoto como un perro. Eso no le sentó muy bien a la cara de Yanagisawa o mejor dicho a su ceño fruncido.

—Que no hagamos nada para separaros cuando peleáis no significa que odiemos vuestras peleas menos.

—Pero eso no es mi problema. El país es grande para marcharos si no queréis escucharlas.

—No tenemos que movernos si sólo una persona es la problemática.

—¿Soy una persona problemática? —me mofé.

—¿Me referí a ti directamente?

—No, aunque sé captar perfectamente una indirecta. Como tú, así que, ¿qué tal si no te hago las cosas tan fáciles?

Detrás de esa fachada de chica encantadora y rata de biblioteca se encontraba una persona que quería estrujarme el cuello y ahogarme por hacerle perder los estribos en este momento. Si me fijaba atentamente, cuando ocurría una diferencia de opiniones con Yanagisawa, siempre podía comprobar que en sus ojos había algo más que furia hacia mi persona. Un brillo que no llegaba a ser el de las ganas de asesinar, sin embargo, sí no se alejaba de ellas.

—¿Es un reto?

—Puedes tomarlo como desees —susurré una vez que me incliné ligeramente hacia ella. Desde ahí podía verme reflejado con nitidez en los cristales de sus anteojos.

—Está bien. —Con el dedo índice colocó mejor mi reciente y poco duradero espejo y alzó las mejillas en una sonrisa—. Es un reto.

Cuando estiró la mano hacia a mí, dudé sobre sus intenciones. Era evidente que quería sellar el reto, sin embargo, lo que había más allá de sus simples palabras me carcomía ya que intuía que algo no iba bien. Y no me refería a mis estúpidos recuerdos, de las llamadas de mi madre, las cuales me habían tenido algo perdido estos días, ni tampoco influía el frío que me calaba el alma. No, más allá de sus intenciones, algo se me escapaba. Estaba enfrente de mí, algo me gritaba a la cara, pero no podía visualizar qué era ni saber qué vociferaba. Como un espíritu revelador, un espíritu del cual sentía su presencia aunque no era posible establecer un contacto con él.

Y para cuando quise darme cuenta, ya estaba estrechando la mano que Yanagisawa había extendido decididamente, apreciando el suave tacto de la lana de sus guantes contra mi piel desnuda. Parecía que últimamente no hacía nada más que retarme con todo el mundo: primero con Kinomoto, luego Daidoji y una semana después con Yanagisawa. Me encontraba en cierta desventaja, no obstante, eso convertía a la situación en una interesante. Con cada uno mi reto era totalmente diferente, los entes también. Ente ellas no podía compararse nada y tampoco decidir quién sería una mejor jugadora, porque cada una de ellas lo hacía diferente.

¿En qué mierda de líos me meto siempre?

De vuelta a la tierra, Yanagisawa se retiró cuando soltamos nuestras manos luego de sacudirlas un poco como promesa. Sasaki la esperaba con una mirada tan curiosa como la de Daiki, con la cual me encontré unos minutos después. Estaba solo —Kinomoto se hallaba escuchando alguna de las fantásticas historias de Takashi—, así que no tardó en ralentizar el paso hasta quedar a mi altura. Conociendo cómo era mi amigo, ahora tocaría una rueda de preguntas y más cuando se suponía que la persona con la que acababa de hablar le gustaba. Ahora bien, ¿qué podría inventarme para salir del paso y no acabara afectándole o marcándole? Tenía que ser algo rápido porque no estuvimos hombro con hombro más de unos segundos cuando abrió la boca y el vaho se escapó a hurtadillas de entre sus dientes.

—¿Estás bien? Te noto algo distraído. ¿Pasó algo con Naoko?

—No pude sacarle información —concluí, decidiendo que obviar la verdadera causa sería lo más productivo.

—No te preguntaba eso, Syaoran. No sólo andas distraído hoy, sino que hace una semana o así parecías estar en otro mundo. No quise entrometerme porque vi que Eriol ya estaba contigo ni tampoco pregunté porque si no me lo contaste sería por alguna razón, pero has vuelto a mostrar la misma mueca de hace tiempo justo cuando ya estabas mejor. ¿Necesitas que te ayude en algo? Sabes que…

—Estoy bien, Daiki, gracias por preocuparte.

—Pero por preocuparme no va mejorar la cosa, así que dime: ¿Hay algo que pueda hacer para que dejes de poner esa cara tan amargada? Te ves horrible —bromeó, intentando menguar el tenso ambiente.

El aguamarina de sus ojos se veía tan brillante cuando le miré por primera vez en todo el día que no supe bien qué responder. No estaba acostumbrado a que alguien se preocupara de mí y menos me vigilara, normalmente era yo el minucioso y lo contrario me abromaba. Ser consciente de que había estado observándome en todo lo que había hecho durante estas semanas me incomodaba un poco, después de todo no quería definirme como una molestia y si él me había enfrentado cara a cara con ese tema era porque de verdad sentía que debía hacer algo. Normalmente, Daiki no solía hablar de sentimientos y preocupaciones, al menos de las suyas, siempre evitaba informar sobre su estado, aspiraciones o deseos. No comprendía muy bien aquella forma, aunque le respetaba. Al igual que él se portaba conmigo, yo había impuesto la distancia que solía limitar a todas las personas a mi alrededor, así que supongo que habíamos aprendido a no meternos en la zona contraria por nuestro bien.

Desde que le conozco, había sido así de reservado, en cierta forma. Contadas veces eran las que me revelaba algo de él a través de su boca, por ejemplo, entre ellas estaba la primera vez que hablamos de nuestros gustos musicales, y, la más reciente, su aparente gusto por Yanagisawa. En los años que había estado con él, no habíamos charlado en serio de mucho, normalmente nuestra relación se limitaba a que él parloteara sobre cosas triviales, de que yo me preocupara por su delicada salud y poca cosa más. Regañinas, mayormente. Sin embargo, Daiki me había sonreído desde el primer día y había sido el primero en tenderme la mano para mostrarme el mundo en el que él se encontraba. No me preguntó nada, no quiso saber si era un asesino en serie, un drogadicto de barrio o la persona más rica del mundo: únicamente advirtió que en era alguien solitario y apartado del resto de la gente y se acercó a mí. Sus intenciones: ningunas. No buscó dinero, no buscó amistad, no buscó alguien para contarle sus penas, ni ser el héroe de la clase por acoger al chico nuevo desamparado de la esquina. Sólo quiso que me sentara un recreo en el pasto verde y admirara lo azul que era el cielo. No recuerdo mucho de aquel día, pero en mis memorias no hablamos casi nada en ese encuentro. Y el segundo día parecía como si fuera habitual que él se sentara conmigo para almorzar y trajera a los dos imbéciles. Eriol y Takashi no eran malos chicos, en realidad ni si quiera podía decir que la relación con ellos fuera diferente a la que mantenía con Daiki. La amistad con los tres fue de forma inesperada, paulatina e invisible, para cuando nos dimos cuenta ya era costumbre reunirnos los fines de semana para jugar a algún videojuego nuevo o echar alguna tarde vagueando en alguna casa.

Por eso, no sabía qué decirle. ¿Podía ser tan egoísta como para pedirle algo, aun sabiendo lo mucho que había hecho por mí inconscientemente? Podría ser alguien infame, aunque no realizaría eso. No cuando aún sentía que me faltaba mucho por aprender y él guardaba mucho por enseñarme. Por una vez, deseaba elaborar algo por el resto, agradecer lo que ayudaban.

—Ya has hecho todo por ayudarme. Déjalo estar. Cambiando de tema, ¿de verdad te gusta tanto Yanagisawa?

Esa vuelta a la conversación no le sentó del todo bien porque instantáneamente frunció la boca y apartó la mirada.

—Sí, ¿por qué?

—Puede que yo no le haya sacado algo a Yanagisawa, pero tú eres cercano a Kinomoto. ¿Por qué no pruebas también?

—¿Yo, cercano a Kinomoto?

—Te he visto jugueteando como un crío chico, Daiki —resoplé—. Se notaba que ambos os lleváis bastante bien.

—En realidad, no estábamos jugando, sólo intentábamos entrar el calor. Kinomoto a pesar de que lleva tanta ropa no paraba de temblar y…

—No hace falta que me des explicaciones —interrumpí, encogiéndome de hombros. Lo que pasaba entre ellos era de ellos.

—¿Ves? Últimamente estás incluso más gruñón.

—Yo no estoy gruñón —refuté.

—Lo que usted diga, don Ceño Fruncido

—Empiezas a molestarme de verdad.

Le escuché soltar una pequeña risa. Cuando me giré, encontré una expresión totalmente diferente a la que había mantenido durante toda la charla anterior, una llena de alegría y simplicidad. Aquella que siempre solía portar su cara, una que sintetizaba a Daiki en un gesto. No supe muy bien por qué sonreía ni qué le hizo gracia en lo que dije, aunque supongo que eso era mejor, por lo que lo dejé estar. Tampoco conocía con exactitud en qué instante estiré las comisuras de mis labios y negué con la cabeza, tomándole por un caso perdido.

—¡Vaya! ¿Eso es una sonrisa?

Inmediatamente, dejé de sonreír y empecé a gruñir un par de cosas inentendibles y las cuales no pensé en absoluto. Creo que le regañaba por balbucear idioteces y le obligué a prometer que no volvería a ser tan insoportable con sus comentarios. Las respuestas no las recordaba, no obstante, sí podía confesar que me hicieron sentir algo mejor, supuse entonces que serían a mi favor.

Daiki volvió a parlotear como siempre sobre cosas que no tenían ni pies ni cabeza y saltaban de un lado a otro. Decidí que lo mejor que podía hacer entonces era asentir y dejar de mirarle, temiendo que me chocara con alguien por un descuido. Algo que no esperaba encontrar colisionando con mi campo de visión fue a Kinomoto curioseando en nuestra dirección con la cabeza ligeramente ladeada. En cuanto nuestros ojos se encontraron, retiró su improvisto espionaje a otra parte, intentando que no oteara cómo sus mejillas se adornaban de un rojo fuego, en balde.

Empezaba a no arrepentirme de haberme despegado de mis agradables y apacibles mantas después de todo.

~We're so anxious to be together, together in death~

(Sakura)

—Yo quiero una CBO extra grande, con Coca-Cola y patatas fritas normales. Luego un McFlurry con trozos de Oreo y sirope de caramelo.

—Está bien, ¿algo más?

—No, así está bien, gracias.

Una sonrisa agradecida se dibujó en mi cara antes de que el chico que me atendía se fuera a preparar mi pedido. Me incorporé en ese instante ya que dejó de ser necesario que estuviera casi encima del mostrador para hacerle saber mi petición. Había tanto ruido y gente que las circunstancias me obligaron a ello, y a gritarle casi en el oído. Esperaba que al menos no le hubiera dejado sordo.

—Eres una glotona.

No esperé que su voz sonara tan cerca. Ni si quiera sabía que estaba detrás de mí. No hizo falta tampoco mucho tiempo para conocer la distancia entre ambos, el aire que se coló por sus palabras chocó contra mi oído y me hizo cosquillas en la nuca. Instantáneamente mis hombros se tensaron como un acto reflejo, evité que fuera consciente del efecto que produjo con esa sorpresa en mi cuerpo y le pisé el pie derecho con fuerza.

—Cállate.

Escuché cómo los dientes de Li chirriaron, ahogando una respuesta envenenada en su garganta o un quejido de dolor. Gracias a eso conseguí que enmudeciera, mas no que se alejara de mí y dejar de sentir su chaqueta rozar con mi espalda, así que me entretuve en observar mejor a mi alrededor para dejar de pensar en ello.

Una masa de gente iba de aquí para allá buscando un sitio donde sentarse, algunos en grupo, otros en pareja y el resto en familias donde los niños jugaban con los juguetes que traía de regalo su menú favorito. Los que aún no habían podido pedir estaban en una situación parecida a la de nosotros anteriormente: algunos eran niños gritando por el premio que querían para luego jugar con diversión en vez de comerse la comida; otros reían por alguna broma; varios eran parejas que se acurrucaban ligeramente y se sonreían el uno al otro con cariño; y el resto se localizaba en gente que acababa de entrar, palomitas en mano, después de haber visto alguna película en el cine del centro comercial.

—Aquí tiene.

El chico que me atendía se encargó de chasquear los dedos imaginariamente y traerme de vuelta a la realidad. Una donde mi pedido estaba completo delante de mis ojos sobre una bandeja que tomé con cuidado, sonriéndole con agrado.

—Gracias.

—Un placer.

No supe muy bien qué contestar a eso, así que produje una mueca modesta, intentando esconder el pequeño sonrojo que apareció en mi cara repentinamente por el guiño del muchacho. Lo mejor sería salir de allí pronto, el problema es que había una barrera gigantesca detrás de mí, esa con la cual casi choco. La barrera me miró con el ceño fruncido y una ceja arqueada. El motivo era desconocido aún para mí.

—¿Qué? —me atreví a curiosear.

—Nada, tonta, vete a la mesa.

Se apartó un poco al lado para que acatara a su orden. Me deslicé entre él y la mujer que había a su lado como pude después de sacarle la lengua y oprimir el agarre sobre mi bandeja. Choqué a propósito con su hombro para escucharlo quejarse, no obstante, lo único que conseguí es que una masculina fragancia golpeara mis fosas nasales y me atolondrara un poco mientras salía del barullo de gente a empujones.

Por suerte, no se me cayó nada más que dos patatas hasta que llegué a la mesa donde el resto de nuestros amigos nos esperaban entre risas, comentarios a gritos y comida. Parece que alguien contó un chiste porque hasta había lágrimas en los ojos de Miyamoto y Chiharu y se quejaban de dolor de sus vientres. No pude esconder la pequeña sonrisa que trepó por mis labios al ver tal estampa.

No creí que se percataran de que me encontraba allí, así que busqué un sitio libre para dejar caer la bandeja al menos. Por suerte, Yamazaki advirtió mi presencia y me consiguió un hueco a su lado, hasta me echó una mano con el peso que soportaba entre las manos. Todo sin perder la enorme sonrisa que adornaba su cara.

—Gracias —murmuré, algo cohibida, apontocando mis cosas y la ropa que me sobraba en el banco.

—No tienes que darlas.

—¡Ala, Sakura! ¿Otra vez con tanta cantidad de comida?

Rika se dio cuenta de mi presencia en el peor momento y lo hizo con el peor comentario que pudo. Sabía que no era cruel con tal exclamación —sus intenciones no eran llamarme glotona o gruesa—, ella sólo se preocupaba para que no me quejara luego de los kilos de más que se adherían a mi cuerpo a pesar de que mis amigas me aseguraran mil veces que ni si quiera habían notado diferencia alguna. Pero la báscula no engañaba.

—¿La vas a compartir con Li otra vez? —curioseó Chiharu.

—Jamás —escupí—. Nunca compartiré mi comida con Li. Es repugnante y, además, ¡es mi comida!

—Debería de haberme cogido estas patatas.

No le esperé tan pronto, como tampoco aguardé a su pensamiento en voz alta ni que su mano ágil agarrara una de mis patatas y se la metiera en la boca. En su otra vida debió de ser ninja, es la única explicación posible a su rapidez y sigilo. El problema radicaba en que por eso, o por mi anonadamiento, ahora tenía una patata menos o dos, no sabía bien cuántas había podido conseguir en el puñado que agarró.

—¡Devuélveme mi patata, estúpido niñato!

Durante mi grito, le dio tiempo a soltar su comida a mi lado y escurrirse por el sillón en el único hueco que quedaba en la mesa para él, justo a mi lado. Por desgracia, sólo cabíamos tres bastante justos en el banco mullido, así que su rodilla quedó chocando contra la mía. La tela áspera de su pantalón acarició mis piernas casi desnudas con brusquedad, yo las retiré más hacia Yamazaki, intentando situar una distancia de seguridad entre él y yo. En vano, por supuesto.

—¿En serio la quieres?

No supe bien qué me provocó la angustia, si su tono de picardía, el perfil de su cara con una ceja levantada o las posibles opciones de tortura que estaría pensando en ese momento para mí. El caso es que grité algo sobre mi profundo odio hacia su ser y empecé mi tarea de alimentación justo cuando el móvil de Naoko empezó a sonar. Se disculpó un momento luego de comprobar quién era la persona que se hallaba detrás de su teléfono y la reclamaba y desapareció de nuestra vista para obtener más intimidad después de que le aseguráramos que todo estaba en orden si se retiraba de la mesa.

A mi lado sentía cómo la pierna de Li se acercaba inconscientemente a la mía. Durante un buen rato, no me comprendí muy bien de qué seguían hablando porque estuve pendiente de buscar unos milímetros de libertad. Algo que me diera un margen para respirar tranquila y dejar de recordar el suceso de hace una semana y oler otra cosa que no fuera su fragancia. Me atosigaba.

—Kinomoto, se está cayendo tu mayonesa.

Yamazaki intentó advertir algo que podría haberse evitado a tiempo si yo hubiera reaccionado justo cuando lo me avisó. Sin embargo, fue demasiado tarde y al final terminé con una mancha blanca en camisa azul, esa que acababa de comprar cuestión de un día o incluso menos. Esa que tanto me había gustado desde que la vi en la percha clamando por mi armario.

Lo peor es que ahora iba a ser complicado que no dejara mancha.

—Mierda…

—Mira que eres torpe, Tontamoto.

Dejé reposar la hamburguesa en la caja y me limpié las manos mientras le echaba una mirada que helaría a cualquiera. Porque era su culpa todo, si no estuviera tan próximo a mí probablemente hubiera escuchado a tiempo la advertencia de Yamazaki y le hubiera puesto remedio antes que curar. Pero no, y encima me venía con ese tonito lleno de mofa y superioridad propio de él. Además de estar estorbándome para salir de allí y limpiarme.

—Cállate y córrete idiota, necesito salir.

Tuvo claras intenciones de seguir mis pasos y soltar su hamburguesa, sin embargo, se detuvo a medio camino, cuando se escucharon algunas risas de fondo en la mesa. De esas idiotas y repulsivas que soltaban cada vez que alguien había dicho algo que no debía y querían ocultarlo.

—Mejor lo pides de otras maneras —gruñó Li y su ceño fruncido.

—¿Qué otras maneras? ¿De qué otras maneras se le puede pedir a un idiota que se corra porque tengo que limpiarme la mancha o dejará marca?

Más risas. Más enfado en su mueca.

—Kinomoto, cállate de una vez…

—¿¡Pero tú eres tonto o qué!? ¡Que te levantes y te corras, maldita sea!

No esperé esa amplia carcajada por parte de mis amigas y esas risas de fondo. Me asustaron tanto como el impacto de una de las manos de Li sobre mi boca, intentando, así que de una vez le hiciera caso y cerrara el pico. La razón de por qué hizo aquello me era desconocida. Lo único que puedo asegurar es que no entendía para nada la situación, no sabía qué chiste acababan de recordar todos y tampoco por qué mis mejillas habían empezado a acalorarse al encontrarse mis ojos con una mirada fría y enfurecida que brillaba tanto que parecía del color de la miel fundida.

Un momento, ¿de verdad Li estaba tan cerca de mí que podía apreciar detalles en su pupila y todo?

—¡Esto ya es demasiado para mi pobre barriga! —clamó Chiharu, moviéndose de forma extraña sobre el asiento por los dolores que le producía la risa.

Giré un poco la cabeza hacia ella, evitando así tener más contacto visual con aquella penetrante mirada. Gracias a eso Li notó la distancia y se retiró un poco más después de dejar libre mi boca. Tomó una profunda bocanada de aire que soltó mientras se levantaba del sillón y me dejaba vía libre para escapar de allí e ir al baño, donde habría agua fría para bajar el carmesí de mis mejillas y limpiar la mancha que había provocado todo este lío. Chiharu me tomó de la mano una vez que estuve en pie y me guio hasta el baño acusando que necesitaba hacer sus necesidades o se mearía encima de tantas carcajadas.

Evité echar una mirada hacia nuestra mesa cuando nos alejamos a pesar de notar una mirada seguir todos mis movimientos hasta que desaparecí tras la puerta de los baños. Estaban tan llenos que pudimos entrar gracias a los empujones y codazos que dimos: Chiharu al váter y yo a abrirme un hueco entre la multitud que se admiraba en el espejo mientras charlaba de cosas. Tuve suerte y una chica bondadosa que se estaba terminando de maquillar se fijó en la cara tan angustiada que marcaba las facciones de mi cara y me cedió su hueco con una sonrisa que correspondí desde el fondo de mi alma. Tuve que frotar bastante y echar un poco de jabón sobre la mancha, aunque al menos estuve tranquila y sabía que se esfumaría. Me daba igual el pedazo de trozo mojado que ahora llamaba la atención de mi camisa.

Chiharu se reunió conmigo cuando terminé de mojar mis mejillas e intentó colocarse a mi altura para lavarse las manos.

—¿La mancha se va? —preguntó entre risas ligeras.

—Sí… Por cierto, ¿qué era tan gracioso antes? ¿Un chiste de Yamazaki?

Su cara mutó a una de completa sorpresa.

—¿En serio no sabes de qué nos reíamos?

—¿No es por un chiste?

—Por supuesto que no —rio—. Vaya, sí que eres despistada e inocentona cuando quieres, Sakura.

—¿Hoe?

—Te explicaré para la próxima vez, debes tener más cuidado al menos. ¿Quieres que vaya directa al grano o con rodeos?

—Directa.

—Nos reíamos porque tú no parabas de decir la palabra correrse…

—¿Eh?

—Te explico. Correrse es cuando, por ejemplo, tú…

~Would you die tonight for love?

Baby, join me in death~

(Syaoran)

—Los mayas eran una civilización muy interesante.

Asentí varias veces sin dejar de beber de la pajita de mi Coca-Cola para que Takashi supiera que estaba de acuerdo con su increíble historia sobre las hamburguesas y los mayas, sobre todo con eso último. Siempre me había llamado mucho la atención esos temas, todo aquello antiguo y casi olvidado hoy en día. Unos de mis deseos era estudiar Arqueología algún día y poder trabajar en ello, era una de mis más profundas aspiraciones en la vida. Por desgracia, estaba obligado a estudiar Economía y Administración por orden de mi madre y no quería disputas, así que estaba poniendo todo mi esfuerzo en ello para que, después de conseguir ese título y escuchar las palabras de satisfacción de mi madre, pudiera enfrascarme en miles de aventuras egipcias, viajar por diferentes lugares buscando restos de civilizaciones perdidas y maravillarme con los antiquísimos tesoros que el mundo guardaba con aprecio escondidos por algún lugar de la Tierra.

—¿Ya estás de nuevo con tus mentiras?

—No era ninguna mentira, Chiharu —prometió mi amigo en un intento de que su oreja no saliera de nuevo lastimada. En vano, porque en cuanto se asentó estiró una mano por encima de la mesa para agarrarla.

—No me vengas con esos rollos, el Diablo sabe más por viejo que por diablo.

Escuché unas ligeras risas antes de que Takashi se defendiera con otra de sus historias interesantes que se vio interrumpida por Mihara de nuevo antes de que mi cerebro activara un pequeño sensor que no sabía ni que poseía y escuchara aquel lastimoso susurro a mi lado.

—Li… Esto… Yo… Déjame sentarme…

Al levantar la mirada, me topé con una cara roja hasta la raíz de su cabellera y una mata de pelo rebelde cubriendo su expresión como pudo. El gorro le ayudaba en la tarea de escapar de mi mirada y no enfrentarse a lo que acababa de suceder.

Bien, porque yo tampoco iba a hacerlo.

Me levanté y dejé que se escurriera hasta quedar entre Yamazaki y yo y me pregunté qué era exactamente lo que le había dicho Chiharu para que estuviera así. Supuse que le había contado todo, pero lo que me intrigaba era cómo se lo había contado. No todos los días se encuentra a un espécimen como el de Kinomoto: inocente, atontado y de otra galaxia donde las nubes eran dulces y los niños eran traídos por las cigüeñas desde París. No era mi obligación hacerle saber que ningún pájaro traía en el pico, envuelto en una sábana, a nadie y menos la cantidad de cosas que podía pensar la gente con sus palabras debido a su inocencia. Ni lo mucho que eso era aprovechado por otras personas en el mundo. Por eso, no le recriminé nada durante la conversación e intenté que enmudeciera para buscar alguna solución tangible que residiera en que me levantara de la mesa sin que ninguna persona pudiera encontrar fines ocultos inexistentes.

Como tampoco era mi obligación hacerle sentir cómoda en este momento, porque evidentemente muy normal no se encontraba. Si no que se lo digan a su media hamburguesa o a su pajita, aquellas cosas con las que jugueteó distraídamente sin saber muy bien qué estaba haciendo. Incluso estaba tan distraída que hasta dejó de removerse en el asiento como había estado haciendo anteriormente, eso que agradecí bastante porque empezaba a ponerme tan nervioso que había conseguido hasta que un tic poseyera mi pierna.

Kinomoto era todo un caso.

—¿Y Naoko? —cuestionó la aludida de repente, cuando a los minutos decidió que sus mejillas poseían menos color y que ya podía mirar hacia arriba disimuladamente.

Preferí mantenerme al margen y aprovechar que estaba tan despistada para arrebatarle su cuchara y robar un poco de su helado.

—Se tuvo que marchar. La han llamado por su teléfono y parecía alguien importante o algo urgente porque estaba muy emocionada y tenía mucha prisa. Aunque no nos dijo nada —contestó Sasaki.

Yo volví a meter la cuchara en el helado, llevándome esta vez un buen trozo de Oreo y caramelo, dirigiendo mi cabeza entre todos los presentes que parloteaban sobre la repentina desaparición de Yanagisawa, la cual me había sorprendido bastante. De un momento a otro sólo apareció para gritar que se tenía que ir y coger sus cosas, se despidió entre jadeos y se fue intentando colocarse el abrigo en su sitio.

—¿Alguien importante? ¿Acaso tendrá novio?

—No lo sé, pero lo dudo. Naoko nos lo hubiera dicho.

—¿Y si llevan poco saliendo? —sugirió Mihara tras soltarle la oreja roja a mi amigo y haberse sentado en su sitio para acabar con la poca comida que le quedaba.

Durante toda la conversación, estuve pendiente de las reacciones de Daiki, sin embargo, sólo devoraba su helado tranquilamente mientras escuchaba atentamente todo lo que decían sus amigas. Me pregunté qué estaría pensando en este momento, qué cara hubiera puesto si se hubiera enterado de esto sin ellas delante y qué habría dicho. Porque por ahora lo único que podía visualizar era una máscara de impasibilidad en su rostro.

—¿Has visto algún comportamiento en ella últimamente, Rika?

—No despega los ojos de sus libros de terror. No tengo ni idea…

Metí la cuchara en la tarrina justo cuando volvieron a quedarse en silencio, recapacitando sobre el comportamiento de su amiga y la posibilidad de que estuviera saliendo con alguien. Yo en ese momento me preocupaba más por ver el fondo de aquel delicioso helado y me conformé con terminar de retirar el caramelo de las paredes del cartón y dejarlo otra vez en la bandeja de Kinomoto. Me entretuve en lamer los restos de la cuchara sin perder de ojo a las tres chicas pensativas. Si seguía así de idiotizada ni se percataría de que acababa de comerme su helado.

—Oye, ¿os apetece ir a un salón de juegos? —propuso Daiki, despertándolas de su ensoñación eterna.

Kinomoto fue la primera en salir de esa espiral de preguntas sin respuesta y gritar una efusiva afirmación que me asustó un poco. Además, eso fue un intento claro de dejarme sordo. ¿Acaso no se daba cuenta de que su voz chillona y aguda podía ser una molestia cuando hacía cosas así?

Takashi estuvo de acuerdo después de buscar unas cuantas monedas en sus pantalones y Yanagisawa y Mihara no se opusieron tampoco, así que tuve que despegar la lengua de la cuchara y el dulce sabor a caramelo y contestarle antes de que alguien fuera testigo de mi crimen.

—Estaría bien matar un par de topos antes de irme a dormir —me mofé. Mis palabras esquivaron la cuchara que residía en mi boca con agilidad.

—¡Entonces no hay más que decir! ¡A matar topos!

Kinomoto levantó su puño al cielo esperando que el resto de las personas alrededor de la mesa le siguieran, acción que complacieron con un grito de euforia. Lo único que yo hice fue fruncir el ceño y meter la cuchara en el recipiente vacío de helado antes de soltar un suspiro de satisfacción.

Nada como el chocolate y el caramelo para alegrar la tarde.


—¡Ese topo es mío!

¡Pom!

—Ya no —me mofé.

—¡Eres idiota o qué! Era mío.

¡Pom!

—¡Ay! —Se quejó, luego de haber estrellado mi mazo en su cabeza.

—Perdona, creía haber escuchado un topo molesto.

Su mirada atravesó más allá de mi iris y penetró en mi alma sólo para martirizarla y luego asesinarla lentamente. Yo no estaba compitiendo para ver quién ganaba esta partida, la definitiva, únicamente deseara que reconociera que estaba un paso por delante de ella si seguía así de distraída peleando conmigo. Iba unos cuantos topos arriba de ella y esta era nuestra última moneda, ya habíamos gastado todo el dinero que traíamos y el de nuestros amigos.

Era tarde, tan tarde que quedaba poco para que el centro comercial cerrara y terminaran por darnos una patada para echarnos. Algunas tiendas tenían bajadas las persianas y algunas luces de los pasillos estaban apagadas. En la sala de recreativos sólo quedábamos ella, yo, nuestros amigos y unas cuantas personas más emocionadas por nuestro infinito desprecio. Estaban tan pendientes de nosotros que hasta alguno que otro echó un par de monedas más para que continuáramos.

Yo empezaba a dejar de sentir algunas partes de mi cuerpo y notaba que tenía más ropa de la que quisiera, a pesar de que ya me había deshecho de la corbata negra, de mi chaqueta de cuero y me había desabrochado unos cuantos botones de la camisa blanca y remangado sus mangas. Hacía mucho que no sudaba tanto, ya no era consciente de dónde acababa mi pelo y dónde empezaba mi cara. Todo en conjunto se supone que era yo. Yo, que empezaba a tener agujetas y jadeaba más que respiraba.

Kinomoto no estaba mejor que yo. No recuerdo bien cuándo había tirado de su gorro, bufanda, guantes y abrigo y los había dejado caer en una silla cercana. De tantos movimientos, la camisa larga azul había terminado por abrirse hasta el cinturón que descansaba debajo de su pecho, nada que la camiseta de tirantes negra no de debajo no pudiera resguardar. Sólo veía un borrón de pelo castaño moviéndose y jadeando cerca de mí y me pregunté cuándo terminaría esto.

—¡Dale fuerte, Sakura! —le animó alguien que en ese momento no supe identificar.

—¡Syaoran a tu derecha!

¡Pom!

¡Muak!

—¡Ese topo es mío! —¡Muak!

—Pues este mío —¡Pom!

Escuché cómo el reloj del tiempo se agotaba y nos avisaba de que este sería nuestro último topo. Lo encontré a mi derecha de reojo, por desgracia Kinomoto se dio cuenta a la misma vez y se tiró hacia él. Me daba igual chocar con ella, tenía que alcanzar a ese maldito topo.

¡Pom! / ¡Muak!

—¡El ganador es el jugador dos!

Un pinchazo doloroso cruzó por mis pulmones cuando tomé una larga bocanada mientras la máquina me felicitaba por haber ganado. Escuché un montón de aplausos y un estridente barullo se formó a nuestro alrededor. Quise dejarme caer, pero si lo hacía en ese mismo instante, me hubiera pegado un buen golpe en la cabeza: tenía ambas manos ocupadas. Una en el mazo y la otra sujetando a Kinomoto, quien se encontraba tomando todo el aire que podía sobre mi pecho. Por suerte, después de unos minutos intentando normalizar mi respiración, me di fijé que el suelo no estaba muy lejos de mi trasero, al menos no tanto como yo esperaba, así que me dejé caer hasta sentarme en él. Kinomoto siguió mis pasos hasta quedar de rodillas entre mis piernas.

Creo que reí un poco cuando ella me dio un golpe en el pecho con la fuerza que le quedaba después de horas, es decir, ninguna.

—Seguro que hiciste trampas —gimió dejando su cabeza caer en mi pecho más de la cuenta.

—Que más quisieras.

—Vendiste tu alma al rey topo.

—Sí, cuando fuiste al baño. Me pillaste.

—Sabía que era imposible que ganaras por tu cuenta —rio un poquito.

No reparé en que estábamos susurrando hasta que me aclaré la voz tosiendo un par de veces. Kinomoto levantó la cabeza con desazón, como si hubiera aumentado de peso mil veces, y clavó su mirada en la mía. Debido a la capa de sudor que cubría mi cuerpo sentía más que nunca el aire que se escapaba de su nariz y boca chocar contra mi piel. Mi respiración también parecía encontrarse con su cara en el camino porque presencié cómo entrecerraba los ojos un poco y se acercaba un poco más a mí, buscando algo de frescor.

—Wow, chicos, habéis ganado muchos tickets. Tenéis para un buen premio.

Alcé la cabeza para encontrarme con la sonrisa de Mihara. Después de dos intentos y miles de órdenes de mi cerebro hacia la mano, pude estirarla hasta recoger el puñado de tickets para canjear en un regalo. Y lo peor es que tenía algo de prisa.

Kinomoto se ayudó de sus amigas y de mí para incorporarse y comenzar a recolocar su ropa, empezando por sus calcetines arrugados que descansaban casi en sus rodillas. Daiki me tendió la mano para aportarme el impulso que requería y terminar en pie. No sé de dónde salieron las manos que nos regalaron unas botellas de agua, yo utilicé media para echármela en la cara y luego emprendí camino a la taquilla de regalos. Esperaba que a estas horas hubiera quedado alguno decente, pero por desgracia las estanterías estaban vacías. Sólo había un par de peluches: un mono raro, una jirafa con el cuello mirando al lado contrario, dos pingüinos minúsculos y un oso gigantesco con el pelaje castaño.

—Pobre jirafa, creo que está rota.

Estuve totalmente de acuerdo con Kinomoto, quien me había seguido hasta dejar caer los brazos en el mostrador y ocultar parte de sus mejillas carmesís entre ellos. Ahora el problema radicaba en qué regalo le pusiera los dientes largos y aprendiera que conmigo no se jugaba. Debía ser algo que le gustara, partiendo de la base de que todos los peluches eran su devoción, ahora quedaba adentrarme en su mente y conseguir elegir entre los cinco peluches como lo haría ella si hubiera ganado.

—¿Qué desea? —Nos atendió un chico que dejó de ordenar y contar el dinero para asesorarnos.

—Gané todos estos tickets. ¿Qué es lo que puedo llevarme?

Echó un vistazo rápido en su inventario antes de señalarme que, excepto los dos pingüinos cogidos de la mano, podía escoger cualquier cosa. Le eché una veloz mirada a los ojos brillantes del pequeño tomate jadeante a mi lado y comprobé aquello que había supuesto desde el principio. Cuando decía que Sakura Kinomoto era un libro abierto, no era por alardear, es que con sólo mirarla como yo había hecho ahora podías darte cuenta perfectamente de todo lo que pasaba por su cabeza sin ni si quiera replantearte la idea mucho.

—Deme el oso.

Con eso, el mazo puso fin a mi sentencia. Mi hombría, mi vergüenza y el amor por mí mismo se había esfumado del mapa para no volver jamás. No obstante, al menos había quedado un paso por encima, me acercaba más a su territorio en el tablero y había avanzado una casilla. Puede que pareciera un movimiento inservible, aunque me hallaba más cerca del jaque mate. Y el oso de peluche que me entregaron era una prueba clara de ello.

El recepcionista tenía una expresión llena de sorna en la cara aunque no pronunció palabra, tal vez fue por mi fría mirada. Kinomoto, en cambio, se quejó por lo bajo de la suerte que tenía y me persiguió hasta que nos reunimos con nuestros compañeros. En ese momento hubiera pagado por tener una cámara y haber inmortalizado todas sus expresiones. De ser así hubiera enmarcado ese cuadro en alguna pared de mi casa, sin embargo, por desgracia, lo único que ocupaban mis manos era un gigante peluche peludo.

—Ala, Syaoran, bonito oso —se mofó Takashi.

—Lo cogí porque me recordó a ti.

Creo que en ese momento fui un poco borde, no obstante, gracias a todos los dioses, mi amigo no era rencoroso ni se tomó aquel comentario a mal. Únicamente, estaba cansado, quería darme una ducha, poder respirar con normalidad de nuevo y acostarme, no tenía ánimos para aguantar cualquier tipo de sarcasmo. Mi hombría colgaba de alguna parte del pelaje del oso: minúscula y perdida.

Decidimos que era el mejor momento para marcharnos a casa. Volví a vestirme completamente de nuevo, esta vez sin abrochar la corbata entorno a mi cuello, no tuve ánimos para cerrar el par de botones abiertos de más y menos en hacer bien la lazada, así que sólo la dejé allí, me puse la chaqueta y salí del centro comercial, oso en mano y seguido del resto, abrigados completamente de nuevo. Esta vez era yo la persona que encabezaba al grupo, tuve suerte de que ya era lo suficientemente tarde como para que las farolas estuvieran encendidas y hubiera poca gente que pudiera presenciar el peor error de mi vida.

Poco a poco nos fuimos dividiendo por diferentes calles, el último que se despidió de nosotros fue Daiki con una gran sonrisa y un movimiento rápido de mano antes de desaparecer por la esquina.

Empecé a notar cómo volvía a mi temperatura natural paulatinamente hasta que un escalofrío trepó por mi espalda a la velocidad de la luz. Entonces metí una mano en los bolsillos de mis pantalones y tiré de mi chaqueta para que cubriera un poco más de mi garganta o terminaría resfriado. Por suerte el oso lograba mantener mi temperatura corporal de la mitad derecha de mi cuerpo. Además, mi casa no estaba muy lejos y allí había una ducha, calefacción, una taza de chocolate caliente y una cama para descansar. Todo lo que anhelaba en el momento que racioné que Kinomoto y yo nos encontrábamos a solas pasando por el parque Pingüino.

—Lo hiciste para fastidiar, ¿verdad? —murmuró entre rechinidos de dientes.

Giré un poco la cabeza para encontrarme a Kinomoto temblando como un perro abandonado, abrazándose a sí misma y con la cara sumergida en la bufanda. A penas la reconocí por sus ojos verdes que brillaron bajo la luz de la farola que nos alumbró unos segundos antes de parpadear y finalmente apagarse.

—No, ahora me gustan los osos.

—¿En serio?

No supe bien qué me sorprendió más, si su resplandeciente mirada o la alegría con que exclamó aquello. Creo que no fue nada de eso, definitivamente no podía creer que de verdad se lo hubiera tomado con seriedad. Ya imaginaba qué estaría pensando en este momento y la cantidad de cosas que hablaría en microsegundos. Así que borré la expresión de incredulidad que brotó en mi cara para cambiarla a una llena de picardía antes de contestar:

—Era sarcasmo.

—Oh…

Su boca formó una "o" perfecta. Supuse que se percató de lo estúpido que había sido aquello en cuanto se sonrojó hasta las orejas y ocultó sus mejillas en la bufanda de nuevo. Aumenté un poco el grado de mi sonrisa al comprobar aquello, a veces me topaba con aquella niña de quince años que no paraba de sonreír ingenuamente por todo y hoy era uno de esos días. Siendo sinceros, echaba un poco de menos esos tiempos.

—¿Y a ti? ¿Te gustan los osos?

Pregunté aquello para mantener una conversación hasta la esquina donde ella continuaría hacia delante unas casas más allá hasta encontrarse con un agradable color amarillo hogareño y yo giraría hacia la derecha, deambularía un poco con un enorme oso entre las manos y llegaría a mi casa. Hasta esa esquina al menos, me dije, ayudaría a que se sintiera menos incómoda, después de todo yo había ganado otra vez, era injusto que al menos no le allanara el camino de vez en cuando.

Y todo a pesar de que sabía lo que diría.

—Sí, tengo unos cuantos en mi habitación.

—¿Eres una psicópata de ellos o algo?

—Tanto como tú de idiota.

—Entonces nada.

—Eso es discutible.

Sabiendo que si volvía a abrir la boca terminaríamos tirándonos cualquier cosa como el otro día, preferí hundir la cabeza en el cuello de mi chaqueta y avanzar un poco más rápido. No deseaba que luego lloriqueara, era molesta cuando lo hacía. Más que de costumbre, claro. Por eso, había evitado durante toda esta semana seguir conversaciones como estas. Se volvía insoportable si lloraba y durante todo el día ni si quiera te devolvía los ataques. Así era aburrido seguir con el trato y jugar, por eso no me extrañaba que me buscara a otras personas como Daidouji y Yanagisawa para retar.

—Yo me voy por aquí. —Se detuvo de golpe y señaló calle abajo con el dedo índice.

—Lo sé.

—Entonces, nos vemos…

Se despidió con la boca entre lana y sin ni si quiera mover la mano antes de seguir su camino a temblequeos esporádicos. Su casa no estaría lejos, era una idiotez acompañarla hasta allí. Ese pensamiento hizo que mis brazos pesaran más de la cuenta, recordándome aquello que había mantenido pegado a mi cuerpo inconscientemente y una idea cruzó mi mente a una velocidad espectacular, esa que hizo abrir mi boca y decir algo de lo que me arrepentiría luego.

—Espera, Kinomoto.

Su frágil y diminuta figura detuvo sus pasos. La confusión de sus ojos era evidente a pesar de los metros que nos separaban, metros que no tardé en acortar tranquilamente hasta quedar a unos centímetros de ella. Lo único que se interponía entre ella y yo era aquel mutante oso gigantesco que extendí en su dirección.

—Estoy cansado de transportarlo, tu casa está más cerca. Cógelo y llévatelo, ya volveré algún día a por él —explique, evitando hacer contacto visual con ella.

Pasaron unos segundos hasta que sus manos recibieron el oso, rozando a penas débilmente mis dedos con timidez. El mutante peluche era tan grande entre sus brazos que al principio no supo bien cómo agarrarlo sin que se escapara de sus manos. A su lado poco le faltaba para tener su misma estatura. Me pregunté por qué mierda hacían peluches más grandes que las personas y para qué lo querían, pero al menos ya me había deshecho de la molestia que me provocaba, tanta que hasta que mis brazos no se vieron liberados del abrazo del oso no me di cuenta de que mi ceño había estado fruncido durante todo el trayecto.

—¿Estás hablando en serio? ¿Me lo das?

—No, te cedo su custodia hasta que yo lo desee. Él es mío.

La última frase no llegó sus oídos, le importó poco mis palabras. En cuanto supo manejarle y colocarlo en la postura correcta, su sonrisa complacida y amplía se vislumbró completamente. Giró sobre sí misma y hundió los dedos en el suave pelaje antes de restregar su cabeza contra la mutante y peluda cosa. El brillo de sus mejillas coloradas se podía ver hasta el final de la calle y alumbraba todo el barrio.

—Es precioso.

"¡Muchísimas gracias, de verdad! ¡Es hermoso!"

En la oscuridad que cubría las frías calles de Tomoeda era fácil confundir la realidad con los recuerdos. Eso fue lo que me pasó en ese momento. Tal vez era mi cerebro, que recordaba situaciones muy parecidas en el pasado en los momentos menos apropiados. Tal vez era que hacía mucho tiempo que no veía una sonrisa tan sincera en el rostro de Kinomoto. Tal vez fue porque sabía su amor por los osos de peluche. Tal vez porque sí que echaba un poco de menos aquella quinceañera sentada en frente de mí sonriéndome sin tapujos y agradeciéndome lo amable que había sido al acordarme de ella. Tal vez porque era la segunda vez que me encontraba en esta situación, sin saber muy bien a dónde mirar exactamente para no terminar sonriendo. Y no, no caería en el error que cometí hace años, no le correspondería la sonrisa porque aquel niño había desaparecido y no quedaban rastros de lo que un día pudo haber sido.

Me había encargado expresamente de que la goma no dejara ni las marcas en el papel.

—No te encariñes con él, recuerda que es mío y volveré a por él.

—Se llamará Teddy —impuso, volviendo a ignorarme con naturalidad.

—¿Teddy? Qué nombre más ridículo de oso. Se llamará… Joker.

—¡Claro que no!

—Puedo ponerle el nombre que quiera.

—¡Pero es que no quiero que se llame Joker!

—¿Te pregunté qué querías?

—Voy a convivir con él, creo que tengo derecho a opinar al respecto.

—Pues te equivocas.

—¡Si sigues así, pediré el divorcio!

—Vamos a ver, ¿desde cuándo estamos casados? —me mofé, a pesar de saber que estaba bromeando.

—¡Syaoran! —se quejó.

Creo que abrí la boca, o la cerré. No conocía muy bien su posición, ni tampoco la mía, ni la del oso. En ese momento, lo único que presenciaba con claridad era un color rojo intenso en unas mejillas pálidas y brillantes, bajo unos ojos esmeraldas en los que relucían la furia y diversión que por una vez le provocó nuestra pelea.

No notó lo que acababa de decir hasta dos minutos después en los que yo me quedé callado y estupefacto. Mi mente gritaba que tenía que reaccionar de alguna manera, lo que sea y que mirara a otro lado para ocultar el ligero calor que se apoderó de mis mejillas. Y debía hacerlo a tiempo para que no percatara y no presenciar cómo su cara aumentaba de color.

No obstante, no llegué a tiempo y todo terminó siendo un caos.

Gracias a su vergüenza, pude volver a la realidad y toser con incomodidad. El oso terminó siendo un escudo perfecto para esconder todo lo que acababa de pasar y ocultarlo bajo tierra de nuevo. Lo más interesante que pude hacer entonces fue mirar al suelo y revolver mi pelo con una mano, buscando alguna frase coherente para salir de allí y refugiarme en mi casa. Allí no llegarían las palabras de Kinomoto y la puerta se encargaría de que rebotara mi nombre hacia otro lugar, sin que yo llegara a escucharlo si quiera.

Por desgracia esa puerta no estuvo entre nosotros a tiempo.

Lo único que mi cerebro pensó en ese instante, la única frase coherente que encontró entre el repertorio de mil estructuras que guardaba, fue: Hacía mucho que no escuchaba mi nombre en ese tono de voz.

Y quise golpearme contra la pared más cercana por ello.

—C-creo que va siendo hora de que me vaya a casa. Es tarde. Ya nos vemos.

—Está bien.

Después de aquello, lo único que supe es que se alejó corriendo, no me atreví a echarle una última mirada ni cuando escuché sus pasos apresurados a una distancia considerable de mí. Preferí girar sobre mis talones y cubrir mi cara con la mano que no guardé en los bolsillos de mi chaqueta.

La odiaba.

Realmente la odiaba por soltar algo así de golpe en un momento en el que no venía ni a cuento. Odiaba que aún escuchara su quejido como si lo estuviera volviendo a repetir constantemente en mi oído. La odiaba por volver a hacer que recuerde cosas que yo mismo me había encargado de enterrar a diez metros bajo tierra, un lugar donde nadie las buscaría ni encontraría jamás. La odiaba por haber conseguido llegar a tal distancia en un minuto, con nada más que un nombre.

Odiaba su sonrisa. Sus palabras melodiosas. Y la forma en la que agradecía las cosas.

La odiaba con quince años y la odio ahora.

"Gracias por acordarte de mí. Adoro los ositos."

~Death bless me with you~


Notas de la autora:

¡Hola de nuevo!

Este capítulo está lleno de recuerdos por parte de Li, ¿alguien se esperaba alguno? Y sí, aquellas frases que iban entre comillas eran frases que alguna vez dijo Kinomoto. Sí, sí, leísteis bien. Y, bueno, Daiki volvió después de su escasa aparición en el capítulo anterior y puede que Li diga que es despistado y metomentodo, pero qué rápido se dio cuenta de todo. ¡Ahí lo dejo!

En realidad, si tuviera que hablar de todo el capítulo creo que haría la nota de autora más larga de la historia porque este capítulo está lleno de pequeños detalles, algunos más importantes que otros, pero al fin y al cabo importantes. Hacía mucho que tenía ganas de publicar esta entrega porque disfruté en su día escribiéndola, disfruté rescribiéndola, disfruté corrigiéndola y editándola mil veces. Y creo que nadie se quejará de esa escena final.

La canción es Join me in death de HIM. Y sí, ¡por fin encontré el lugar perfecto para encajarla! Y si alguien se lo pregunta, el título nació escuchando (cómo no. Quién haya leído Tú vs Yo sabrá mi amor profundo e infinito hacia esta canción) Louder than Thunder de The devil wears Prada.

Respecto a los reviews, lo siento, siento como nadie no tenerlos contestados para hoy, pero el colegio no me deja respirar. Llevo una semana súper estresante en la que todos los días he tenido examen, entrega de ejercicios, trabajos, planificaciones para las fiestas de mi colegio… etc, etc. Y bueno, no me va mal en las notas, pero cuesta. Intentaré responder los reviews el martes, de verdad, lo deseo. Si no fuera así, paciencia, mi colegio anda patas arriba últimamente y nuestro curso debe mover los hilos este año. Sea como sea.

Ante todo agradezco a todas las personas que siguen cada entrega, las que acaban de entrar a leer también, las que escriben su opinión en el cuadrito de abajo (echo de menos lo del botón azul) y me lo hacen saber, las que leen, las que están ahí: a todos. Y no muerdo, estaré encantadísima de leer vuestra opinión.

Estaré esperando vuestras opiniones con ansias, muchas.

¡Espero volver muy pronto!

¡Un gran abrazo de lince volador!

'Asuka-hime'