Capítulo 7

—¡No, espera, Robert! —grité con todas mis fuerzas, levantando la parte baja de mi vestido y corriendo atrás de él, sin mirar o prestar atención a los gritos de las personas o el sonido escandaloso de los autos cuando los hice detener de manera brusca para no arrollarme.

Él no se detuvo o giró a verme en ningún momento, de hecho, aprecié que sus pasos se volvieron más acelerados, esquivando las personas de su camino por medio de empujones que reclamaban, pero que a él no le importaban. Llegué al otro lado de la acera de milagro, sorteando a los transeúntes intentando no perderlo de vista y llamándolo en voz alta. Ignoré las miradas de reproches, asombros o risa, eso no importaba, sólo quería alcanzarlo, hablar con él. Lo vi desaparecer detrás de un árbol y supe que lo había perdido, pues era obvio que desapareció atrás de uno.

Me detuve sin saber qué hacer, y apreté con fuerzas la chalina esponjosa que me rodeaba los brazos y el pecho, sintiendo mis manos heladas y adoloridas, y la nariz y garganta me empezaba a arder por mi pequeña carrera que finalizó debajo de una farola de luz blanca. Aunque no era sólo por eso, estaba segura de que mi respiración era descontrolada cuando vi el sentimiento de traición bañando los ojos de Robert, mirándome como si le hubiera roto por dentro, como si hubiera destrozado su corazón, mirándome sin creer que yo estuviera ahí, vestida de esta manera, besando como si no hubiera un mañana al tipo que se supone detestaba.

Besando a Blaise Zabini.

Yo tenía la culpa, era completamente mi culpa, creí que podría continuar haciendo esto, pues en mi mente, jugando con la lógica, no había daño alguno que estuviera haciendo, nadie estaba siendo dañado, sólo estaba salvando mi trabajo sin hacer nada malo o indecente, salvado mi vida prácticamente. Sí, le había continuado mintiendo a Robert sobre mis viernes ocupados, diciéndole que la empresa estaba pasando por una gran racha de negocios, que una semana entera no me bastaba para terminar todos mis pendientes, avisándole con tiempo que no podríamos cenar juntos, cosa que le compensaba los sábados y con la oportunidad de que pasara la noche en mi departamento, cosa que no había deseado hacer todavía para no comprometerme a algo más serio con él, para que nuestra no relación llegara más lejos, pero pensé que se lo merecía.

No estaba haciendo ningún daño, sólo ocultaba una cosa, una pequeña e insignificante cosa, pero al ver sus ojos al verme, supe que no había sido tan pequeña ni insignificante como había creído. Había hecho algo horrible, al más grande, algo que tomaba forma y fuerza dentro de mí.

Aquellas cenas con Zabini, aunque obligatorias, empezaba a disfrutarlas, aunque me esforzaba mucho, antes y después de ellas, hacerle ver que realmente lo detestaba y aborrecía el tiempo a su lado, pero durante las cenas, era inútil mi intención de que me creyera, pues las risas, las pláticas, los gestos, las miradas, todo, absolutamente todo me delataba de que así no era. Yo realmente disfrutaba de eso, realmente me gustaba estar en todos esos restaurantes elegantes, probando vinos deliciosos y disfrutando cenas exquisitas, con la compañía avasallante y divertida de mi jefe, lejos de ser aquel tirano que creía, lejos de aquel bastardo despreciable que recordaba.

Eran momento que empezaba a apreciar aun en contra de mi voluntad, pero era como conocer un mundo nuevo de la mano de alguien que nunca imaginé y, aunque siempre vi aquel derroche de riqueza y presunción en mis compañeros de colegios, no era nada comparado a lo que estaba sucediendo ahora, pues Blaise Zabini era de todo menos aburrido o soso, era inteligente, astuto, divertido, con una soltura para hablar increíble, haciéndome disfrutar de su compañía como nunca pensé que lo haría. Era tan estimulante hablar con él, siempre estar atenta a lo que decía para no caer en sus bromas o perder en sus debates, jugando con lógica e inteligencia a cada momento. Era sorprendente, una palabra que jamás pensé que usaría para él. Pero esto, lo de esta noche, no tenía lógica para mí, parecía que había perdido la razón por completo. Había bebido de más en aquella cena, estaba segura, porque jamás en mi sano juicio hubiera permitido aquel acercamiento, aquel contacto, jamás lo hubiera propiciado.

Habíamos pasado nuestro quinto viernes cenando en un precioso restaurante con techo de cristal en el centro, disfrutando bajo un cielo estrellado una pasta que había abierto mi apetito apenas vi su nombre en la carta y que hizo agua mi boca cuando el mesero la colocó delante de mí. Disfruté cada pequeño bocado, así como los sorbos de aquel vino añejado, y celebré con una sonrisa y más vino la llegada de mi postre cubierto de chocolate. La conversación con Zabini no había parado en ningún momento, haciéndome olvidar de todo, de lo frustrada que me sentía ante la llegada de los viernes ahora, sabiendo que cenaría con él, desapareciendo la sensación horrible que me daba mentirle a Robert, con quien aún no tenía ningún tipo de relación, pero se sobre entendía que había algo entre los dos. Pero lo olvidaba, todo lo olvidaba al estar con Zabini, con una asombrosa facilidad que hasta a mí me llegaba asustar al llegar a casa al pensar en todo de nuevo, en cada cosa que iba haciendo.

Aun así, eso no justificaba lo que había pasado. Al terminar la cena, me había levantado de la silla sintiendo el mareo y desequilibrio apoderarse de mi cuerpo, así me di cuenta de que había bebido de más, pero como ya era algo habitual en mí, no le di mayor importancia, de hecho, reí y permití que Zabini me ayudara a llegar a la salida, sintiendo antes sus manos colocando mi chalina sobre mis hombros y luego su brazo rodeándome la cintura para no tropezar. Me embriagué por el aroma de su perfume, cerrando momentáneamente los ojos, envolviéndome con aquel calor que me hizo desear estar más cerca, pues la noche era fría, mientras él me guiaba. Me sentí con las mejillas rojas, mientras procuraba no tambalearme y caer.

Llegué de una sola pieza a la salida de aquel restaurant, y lamenté cuando Zabini me soltó para pedir el auto. Lo vi regresar a mí con una sonrisa traviesa y jodidamente sensual. Y, sin saber porque, di un paso en su dirección, acercándome más de lo que debería, pero no tanto como lo deseaba. Lo volví a tener tan cerca y, sin saberlo nuevamente, coloqué mis manos en su pecho, metiendo los dedos debajo de su saco. Nada me importaba, lo único que me interesaba era que él se sentía tan tibio, fue lo único que alcancé a pensar, y yo tenía las manos heladas, así que me sentí reconfortada cuando mis manos adsorbiendo su calor, el delicioso calor que desprendía con aquel aroma que ya me tenía acostumbrada y encantada, porque era su aroma, su fuerza haciéndose presente.

—¿Qué haces, Millicent? —preguntó él en voz baja, inclinando igual su rostro.

—Estás caliente —dije con simpleza, moviendo mis dedos por todo su pecho, llevándolas hasta su cuello y rozando su piel.

Si pensaba que Zabini desprendía calor, no era nada comparado a la tibieza de su piel, era ardiente y el color me fascinaba, tan cremoso y tibio, como chocolate, y yo amaba el chocolate y por un instante deseé enterrar mis dientes en su cuello.

—Millicent, no hagas eso —pidió cuando mis dedos se movieron más, hasta el punto de arañarlo con mis uñas con suavidad.

—¿Qué cosa? —pregunté con curiosidad, pues no estaba haciendo nada malo, de hecho, me gustaba tanto que no pensé que fuera algo malo.

Levanté la mirada y me vi demasiado cerca de su rostro, pues el tenía la cabeza agachada a mi dirección. Respiré con profundidad, queriéndolo sentir hasta en mis pulmones.

—Me estás provocando, seduciendo…

—No lo estoy haciendo —en realidad esto no era nada, yo no lo veía de esa manera. Sólo quería calor y cercanía, y si era de él, mucho que mejor— Y creo recordar que dijiste que nunca te dejarías seducir por mí —reí como una tonta, sin apartarme.

No sabía si era por el alcohol en las venas, en realidad no era buena en esto de tomar, sentía que me volvía más despreocupada, más arriesgada y perder el control no era algo que me gustara, a ningún Slytherin le gustaba perder el control, aunque se disfrutara mucho en el proceso de ello, pero sabía que a la mañana siguiente me arrepentiría. Lo que sucedía era a causa de eso, del vino en mi sistema, pero aun así no pensé en apartarme, se estaba tan bien cerca de él y lo deseaba, él no se hacía una idea de cuanto lo deseaba.

—Nunca contesté a esa pregunta, tú de inmediato dijiste que esa no era tu intención —recordó con una sonrisa, mientras sentía sus manos grandes y tibias posarse en mi cintura, atrayéndome más a su cuerpo. No lo evité ni protesté, de hecho, me encontré deseando más, no sabía de qué, pero deseaba más, quizás aquellas manos por todo mi cuerpo.

—No estoy haciendo nada, pero ¿lo harías, caerías ante mí, Zabini? —pregunté con suavidad, pasando mis uñas por la piel de su nuca y acariciando de paso su cabello.

—No preguntes si no quieres conocer la respuesta.

—Tú no sabes eso.

—¿Eso crees?

Iba a contestar, juraba que sí, pero sus labios se interpusieron en mis palabras. Me aferré a su cuello con fuerzas, jalando todo lo que podía, apretando con una mano el borde de su camisa y apretando su cabello con la otra, presionándome por completo a él. Respondí con un hambre que no conocía en mí, con una sed que parecía quemarme la garganta y todo por dentro, como si llevara años sin una gota de agua. Sus labios estaban igual de tibios y podía saborear el vino de la noche, salpicado con otro sabor que sólo podía pertenecer a él, solamente a él, nada era más delicioso que él en este momento. Abrí la boca sin cuestionármelo, sintiendo como su lengua hacía estragos en mi interior. Mi vientre estaba ardiendo, mi pecho parecía un tambor acelerado y mis rodillas querían ceder, pero la fuerza aplicada en mi cintura me impedía eso.

Esto era el paraíso, el fuego y el cielo al mismo tiempo. No sabía como iba a sobrevivir después de esto, como iba a vivir a partir de ahora.

—Millicent —escuché mi nombre a lo lejos, dicha por una voz terriblemente conocida, y me alejé de inmediato.

Giré a mi derecha, viendo la cara adolorida de Robert, que venía con otro amigo que había decidido quedarse unos pasos atrás. Hice que Zabini me soltara y me tambaleé sin remedio. Intenté caminar hacia él, quien no dijo nada, sólo dándose la vuelta y cruzando la calle sin más.

Y fue así como sentí que el alcohol desapareció de mi cuerpo de un solo golpe, de un golpe duró a la realidad, y el frío me hizo despertar más rápido a lo que había hecho: había engañado a Robert, me había encontrado aquí, besando a mi jefe cuando se supone que estaba trabajando, besando a alguien que decía detestar. Corrí atrás de él, pero no se detuvo, porque era claro que me odiaba ahora, me odiaba y no podía pedir lo contrario.

Apreté las manos en mi rostro, no queriendo gritar de frustración, no queriendo dar más espectáculo del que ya había hecho. No sabía porque había besado a Zabini, porque ahora me daba cuenta de que fui yo quien lo hice, yo lo hice, él, el mismo Blaise Zabini me dijo que no siguiera con eso, que no siguiera tentándolo, pero no hice caso, porque yo lo deseé, deseé besarlo, alcohol o no, lo deseé con fuerzas y, quizá aun había resquicio del vino en mis venas, pues, aunque lamentaba lo que había causado y no quería el odio de Robert, no me arrepentía del todo, no me arrepentía del beso todavía.

Todavía no.

—Millicent —sentí las manos de alguien sobre mis hombros.

—¡No me toques! ¡Esto es tú culpa! —grité con rabia, alejándome y enfrentándolo.

Zabini estaba ahí, mirándome sin arrepentirse, como si esto hubiera estado planeado desde el principio, y quizá así era, después de todo me chantajeaba con el despido para que cenara con él, pues él sabía como era mi vida, él sabía que tan mal había quedado económicamente, pero no le importó, aun así, me orilló a esto, a pesar de que sabía que estaba saliendo con alguien, con alguien que a él no le importaba nada, con alguien que creyó demasiado poca cosa como para darle su mano.

—¿Mi culpa? Fuiste tú quien lo propició, te pedí que dejaras de hacerlo, hasta tú misma dijiste que si me permitiría seducir por ti, y claro que lo haría, Millicent —levantó un dedo, acusándome.

Sentí mis ojos aguarse más, sabiendo que tenía razón. Yo misma lo había hecho, pero jamás lo diría, jamás lo aceptaría en su presencia, si él no me hubiera obligado a esto, yo jamás me habría dado cuenta de que lo deseaba, que una parte de mí, una parte enloquecida y vulnerable lo deseaba como nunca deseé algo en mi vida, que me estaba volviendo loca por él, que estaba sintiendo algo demasiado fuerte que no sabía controlar…

¡Maldita sea!...

—¡Idiota! —grité de nuevo.

Di la vuelta y corrí por donde había visto desaparecer a Robert, sacando la varita de entre los pliegues de mi vestido dorado de esta noche, uno que había comprado hace dos días pues yo no tenía tanta ropa para esta clase de cenas y aun no deseaba repetir el atuendo. Si, quizá igual era algo vanidosa en ese aspecto.

—¡Millicent! —gritó mi nombre, pero no hice caso, llegué hasta la parte más oscura de aquel parque, ocultándome en la sombra de un enorme árbol donde no llegaba la luz de las farolas y moví mi varita para desaparecer.

Llegué hasta el complejo de departamentos de Robert y subí las escaleras, deseando que los pies no se me doblaran por correr con esos altos tacones. El piso era el cuatro, llegué jadeando a él, sosteniéndome del barandal de las escaleras para no caer. Después de recuperar un poco el aire, me apresuré a tocar el timbre de su departamento, aquel con una B dorada colgando. No respondió ni abrió la puerta, presioné más veces el timbre, sintiéndome desesperada, sintiendo que los ojos se me volvían a humedecer.

—¡Robert, por favor, abre! —pedí con urgencia, golpeando con los nudillos la madera.

Seguí tocando con fuerzas, deseando que estuviera aquí y temiendo que la puerta de enfrente se abriera para reclamar mi escándalo. Pero eso no me importaba, no me importaba nada, sólo quería hablar con él, explicarle, disculparme, lo que fuera. Tenía miedo de que me odiara, pero más temía a lo que estaba sintiendo, a tener estos sentimientos, temía perder a Robert porque él era bueno para mí, no lo que mi pecho y mente gritaban, deseando a algo totalmente erróneo, no eso, era Robert lo mejor, lo que me daba paz, tranquilidad, era eso…

—¡Por favor, Robert, déjame explicar! —pedí, aunque no sabía que podría decirle, que nuevo invento diría para que él viera que no era tan malo, que yo no era tan mala, que mentira me justificaría, pues no tenía nada, absolutamente nada.

¡Maldita sea, aun seguía con la idea de engañarlo! ¿Quién era yo? ¿Y qué significaba Robert como para querer seguir engañándolo?

Seguí tocando más lentamente cuando sentí mis dedos doler, recargando la frente en la madera color chocolate, presionando con fuerzas, sin saber que decir, que hacer. Necesitaba hablarle, necesitaba que me escuchara, necesitaba verlo y sacarme esto de la mente, sacarme a él de la mente.

—Por favor, yo sólo… sólo dame una oportunidad, Robert, por favor —dije en voz baja dejando de tocar por fin, apretando el puño en su puerta.

Ya no sabía cuantos minutos llevaba aquí, pero no podía irme. Tal vez ni siquiera estuviera en casa, tal vez tomó otro destino, con uno de sus amigos, a casa de sus padres, a cualquier lugar, pero yo necesitaba hablarle, necesitaba esto. Tal vez no lo mereciera, no merecía que él me diera la oportunidad que le estaba pidiendo, pero él merecía que yo me disculpara. No podíamos terminar así, él no lo merecía, quizá tampoco merecía al alguien como yo, tan indecisa, tan mentirosa, comportándose de este modo, un modo que nunca imaginé que podría tomar, la actitud que siempre reprobé en mis compañeros, pero quizá si era más parecida a ellos de lo que creí alguna vez.

Pero no traicionamos a los que amamos, dijo una vez Pansy, ¿eso significaba que no amaba ni quería a Robert? Bueno, eso ya lo sabía, sólo que él…

—Robert…

—Vete, Millicent, de verdad que no quiero verte —escuché su voz y me pude sentir respirar tranquila.

—Por favor, sólo hablemos, déjame explicar —pedí.

Me alejé de inmediato cuando sentí la puerta moverse y el sonido de los seguros retirarse. Él al fin abrió y me sentí peor al percatarme de sus ojos rojos. Yo ni siquiera me había permitido llorar. Así de diferentes éramos, cuando la culpa recaí en mí y debería ser yo quien lo hiciera.

—¿Puedo pasar? —pregunté en voz baja y él asintió, apartándose un poco.

Entré al lugar que se encontraba a oscuras, sólo iluminado por un par de velas pequeñas arriba de una repisa. Me restregué las manos, apretando los dedos sin saber que hacer ahora. No podía ni siquiera darle la cara. Estaba tan avergonzada.

—¿Qué me vas a explicar? —preguntó.

Lo miré de reojo y estaba de brazos cruzados, recargado totalmente en la puerta.

—Yo…

—Lo vi muy bien, Millicent, no creo que puedas explicarlo —acusó y pude sentir de nuevo la culpa cayendo sobre mí.

—Tienes razón —musité y luego carraspeé, mirándolo a la cara— No diré nada que pueda justificarme, porque no tengo justificación, lo sé.

—Pudiste decirme la verdad. Tú y yo no éramos, no somos nada, culpa mía quizá por no pedírtelo, pero creí que se entendía que teníamos algo, aunque ahora creo que debía pedirte que fueras mi novia —dijo caminando hacia el sofá con la cabeza gacha, como si lo hubiera pensado demasiado.

—Teníamos algo, yo lo entendí…

—¡Entonces, ¿Qué pasó?! —gritó y yo respingué en mi lugar, pues jamás lo había escuchado gritar.

No podía decirle la razón de porque inicié a cenar con Zabini, se escucharía terriblemente mal que lo dijera, pues podría malinterpretarlo todo. ¿Quién aceptaría cenar con su jefe para no perder el trabajo? ¿Quién pensaría que todo sería de la manera más inocente, qué realmente eran sólo cenas sin pensar que eso no terminaba en el cuarto de un hotel cualquiera? Nadie me creería, menos él con todo su enojo al parecer.

—Sólo cenábamos —dije.

Lo escuché reír con sarcasmo, mientras se levantaba con la actitud más decidida y rabiosa que le conocía. No entendía su manera ahora, nunca se había mostrado de este modo, nunca pensé que podría reírse o mirarme de ese modo, con tanta ironía, dolor y rabia, aunque yo tampoco lo había hecho mejor, quizá para él también era una completa desconocida ahora, al fin veía a la serpiente que el sombrero mandó a la casa de Salazar, aquella que podía mentir y engañar con la misma facilidad que respirar. Al fin conocía lo que tanto tiempo quise ocultar, claro, con mentiras.

—¿Y esa es tu manera de agradecer?

—No te permito que…

—¿Qué? ¿Qué diga lo que de verdad estabas haciendo? ¿Acaso no te gusta escucharlo? —cuestionó con saña, y dejé de sentir culpa, ahora estaba molesta, pues no tenía ningún derecho de insinuar lo que tanto quise evitar al no decirle la razón de todo esto.

—Te estás pasando, Robert, estás tan molesto que no…

—No, por supuesto que no, Millicent, sólo estoy diciendo lo que vi.

—Yo… no es lo que parece, sé que viste algo, no negare eso, sólo que no es lo que crees…

—Ni tú misma te puedes explicar —se burló con una risa sin gracia.

Apreté los labios y bajé las manos, apretándolas con fuerzas hasta que sentí las uñas enterradas en la carne. Esto no era nada parecido a lo que pensé que haría, sólo planeaba explicarme y disculparme, sólo eso, no esperaba que él me reclamara de una manera tan ruin.

Lo vi mirarme de pies a cabeza, dejando de reír y bajando igual los brazos.

—Creo que ya lo entendí todo, por fin lo entendí —dijo poniendo una mano sobre su frente, dejando por un momento su fría actitud de lado.

—¿Qué? ¿Qué es lo que crees entender? —pregunté cansada, pues estaba segura de que saldría con una tontería.

—Mírate, sólo mírate, Millicent: vestida como una reina, saliendo de uno de los más caros y elegantes restaurantes de Italia, con él, con tu jefe que según no te importa y detestas —miré mi ropa, aquel vestido tan caro que me vi obligada a comprar y aquella chalina que Pansy me obsequió en navidad, usando las joyas que Astoria me dio por cumpleaños.

—Lo sé…

—Es claro que yo jamás podría darte algo parecido a eso, ni siquiera un vestido así —declaró como si no le importara, pero al mismo tiempo como si eso le doliera.

—Pero eso no me importa.

—Claro que te importa. ¿Por qué otra razón saldrías con él, con alguien tan rico que ni siquiera se dignó a darme la mano? —preguntó con rabia.

—Eso no es así, no soy una mujer interesa, Robert, creí que lo sabías…

—Creí que te conocía, pero en realidad no es así. Hace un momento me di cuenta de lo que eres —dijo levantando un dedo en mi contra.

—¡Basta, no puedes hablarme de esa manera, insinuando cosas que no son!

—Y ese fue nuestro gran problema, ¿verdad, Millicent? Hablar, eso lo era todo, pero nunca lo hacíamos, tú siempre quedándote callada cuando preguntaba algo y yo comprendiéndolo, pensando que era normal para alguien que vio tantos horrores, pero debiste decirme lo que de verdad querías en tu vida, pues ahora es claro que algo como Zabini era lo que deseabas.

Quise negar sus palabras, más bien el contexto que él estaba usando, pero de algún modo había dado en el clavo, pues no era precisamente algo como Zabini lo que deseaba, sino más bien a él. De una retorcida forma, de una desquiciada manera deseaba a Zabini como tanto dijo Pansy, me atraía de un fatal modo, de una manera enferma que no podía manejar. Era algo estúpido, pero no pude evitarlo, pues ni siquiera sabía en qué momento sucedió. Ahora sólo sabía que lo deseaba.

—Ahí está, nuevamente callada, sin que puedas aceptar por completo que eso es.

—No, no es así, no deseo algo como Zabini —atajé con molestia, sintiendo de nuevo la verdad resonando en mi cabeza como un bongó.

—Es que así es y no quieres aceptarlo. Debí pensarlo, saberlo desde que te conocí, ¿por qué alguien que tiene amigos tan importantes saldría conmigo? Parkinson, Malfoy, Nott, Potter, debí suponerlo, pero me gustabas tanto que me sentí dichoso al ver que aceptabas estar conmigo, pero es obvio que desearías más, mucho más, algo más parecido a ellos, que encajara con ellos y la vida que siempre habías llevado a lado de ellos, más que simples cenas preparadas, que pizzas llegando a casa...

—¿De verdad crees que soy una interesa por las amistades que tengo? ¿Crees que de verdad Leonard Nott le dejó mucho su hijo? ¿Qué los Malfoy quedaron intactos por la declaración del héroe o por sus caras bonitas, o que no tuvieron que dar más de la mitad de lo que tenían? ¿Crees que Pansy no tuvo que luchar sola o que siguió viviendo en su linda mansión, que ser la señora Potter fue suficiente para el mundo? Te puedo decir que la odian el doble ahora. ¿Piensas que Blaise Zabini se vino por gusto a Italia, que no fue porque le quitaron todo en Inglaterra cuándo acabó la guerra? ¿Acaso no me viste luchar sola, viendo en que sitios trabajé, en qué lugares dormí, qué tuve que vender todo lo que tenía por continuar aquí? ¿De verdad me juzgas de interesada? Eres un ciego, Robert —me quedé sin aliento, herida y humillada de algún modo, sintiéndome miserable por sus ideas tan erróneas.

—Hasta lo defiendes, pero eso ya no me sorprende. Y sí, puede que no fuera fácil para ellos, para ti, pero ¿a quién se le ocurre seguir a un demente, sólo ustedes como niños ricos…? —no terminó de hablar pues mi mano viajó de inmediato a su rostro, abofeteándolo con todas mis fuerzas. Estaba aceptando estoicamente lo que iba diciendo, de mi falso interés por el dinero, de mi ambición, de todas esas cosas horrible que iba pensando, pero no que hablara como si supiera lo que pasó en esa guerra.

—Nunca, nunca en tu vida vuelvas a hablar de esa manera de ellos, de mí, o de lo que no sabes. No sabes nada, absolutamente nada y ahora agradezco nunca decírtelo pues es obvio que no lo hubieras entendido con una mente tan estrecha —dije con los dientes apretados.

Me ofreció una mirada baja, como de disculpa, una disculpa que no diría en voz alta y ni yo aceptaría si lo hiciera, pues se había metido con todo nuestro pasado, un pasado que pesaba llevar cada día, que poco a poco íbamos soltando, pero era tan difícil de superar, de olvidar aquellas imágenes, aquellos rostros llenos de sangre, cuerpos sin moverse en un colegio que albergó sueños de tantos niños, pero le dio cabida a una pesadilla real. No, no tenía ni siquiera porque mencionarlo.

—Lo único que no entiendo es porque no me dijiste que en realidad estabas cenando con él, en vez de mentirme que tenías trabajo — acusó con voz molesta.

Respiré varias veces y apreté los labios, intentando olvidar su desliz y concentrándome en esto, en lo que estaba preguntando. Me tranquilicé y procuré decir ya lo que quería, pues ahora era yo quien no lo quería ver jamás.

—Tienes razón en eso, debí decirte, pero preferí ocultarlo pues me sentía terrible por la razón que me llevó a aceptar en primer lugar, que está muy lejos de lo que piensas, Robert, hasta se podría decir que me sentía avergonzada de ello —declaré y caminé a la salida.

Ya no quería estar más aquí, todo se había arruinado y yo sabía muy bien cuando algo no tenía salvación, cuando una disculpa no arreglaba nada, cuando empezaban a sobrar las palabras, pues ambos nos acabábamos de hacer daño: yo con mi mentira y él con sus acusaciones. Era mejor irme para no terminar odiándonos.

—Y si vine fue a disculparme, y no, no por haber cenado con él o por el beso, pues eso no tiene disculpa que valga y no pienso humillarte intentando convencerte de que me perdones. Sé cuándo algo no tiene remedio, lo he vivido en carne propia, reconozco cuando algo ya no funcionara, y tú y yo ya no lo haremos nunca —acepté sin remordimientos ahora, pues él ayudó para que eso pasara, quizá era poca cosa lo que hizo a comparación de lo que hice yo, pero él sabía cuánto me dolía la guerra aún cómo para mencionarlo sólo para acusarme de traición. Una cosa no tenía nada que ver con la otra— Debí hacerte entender desde un principio que lo que tú querías yo no lo quería tanto, debí decirte que estaba tan acostumbrada a estar sola, que tener una relación no era mi prioridad cuando vi que tus intereses eran esos. Lo lamento, Robert, siento haberte dañado si es que lo hice, no estoy ni estaba enamorada de ti, y no tiene nada que ver con esto —señalé su departamento, mientras tomaba la manija de la puerta y empezaba a girarla, y luego señalé mi ropa— Tengo mucho menos que tú y nunca me ha importado, puedo salir yo sola adelante sin necesidad de aquellos amigos que mencionaste, es más, nunca acepté la ayuda que me ofrecieron, eso lo sabes; pero no pude enamorarme de ti, a pesar de que sentía que tú eras perfecto para hacerlo, pues me dabas paz y tranquilidad. Adiós, Robert, fue un gusto haberte conocido y lamento haberte hecho perder el tiempo.

Salí de su departamento, cerrando la puerta atrás de mí. Me recargué en ella por un momento, sintiendo una clase de desosiego terrible. Me sentía dolida, lastimada, triste, pero no era solamente porque todo hubiera acabado con él, de algún modo sabía que eso sucedería en algún momento, pues a pesar del tiempo, me sentía incapaz de enamorarme, sino por como sucedió, por cómo terminó todo con él, lo que dijo, lo que piensa ahora de mí.

Eso me dolía, pero dolía más reconocer que había alguien más que me hacía sentir mil cosas, mucho más que Robert, con su sola presencia. Alguien que estaba parado delante de mi puerta al aparecerme en mi pasillo, cosa que hice sin importarme si los vecinos de Robert me vieron hacerlo, pues era un edificio muggle, pero yo sólo quería huir de ahí.

—Millicent.

—Ahora no, Zabini, ahora no —pedí con calma, caminando hasta mi puerta para poder abrirla y correr directamente tirarme a mi cama.

—¿Fuiste a hablar con él? —preguntó apartándose para que pudiera abrir. Ni siquiera podía detectar si le importaba o no.

—De algún modo lo lograste: mi relación terminó —contesté sin rabia o rencor, simplemente no sentía nada.

—Yo no pretendía que eso sucediera —dijo mientras yo abría los seguros con un pase de varita.

—Lo sé. No era tu intención —concordé dándome la vuelta ahí mismo en el umbral para verlo.

—¿Entonces porque dices…?

—Yo sola me entiendo, Zabini, ahora sólo déjame en paz, te veré el lunes en la oficina —cerré mi puerta con fuerzas y me dejé caer en el primer sofá que alcancé.

Era verdad lo que le dije a Zabini, él era la causa de mi ruptura con Robert y al mismo tiempo era el motivo de que esto no doliera casi nada, que mi recién terminada relación no me doliera, de hecho, sentía una especie de tranquilidad ya no estar en algo que no le veía principio ni fin, como si me hubiera liberado de una atadura que ni siquiera había notado, pues nunca nació en mí el deseo de ser algo con él, pues nunca llegué a sentir tanto por Robert pero creía que era lo correcto, pero con él… con Blaise Zabini sentía más de lo que podría llegar a decir, algo que jamás aceptaría en voz alta, pues sin darme cuenta, en medio de mi odio, él me gustaba tanto.

Te odio, Blaise, te odio tanto, cariño…


Hey. Hola a todos. Espero que este capítulo les haya gustado. Ojalá me dejen su opinión, no es obligatorio vale, pero me ayudan a saber si les gusta.

Nos leemos luego.

By. Cascabelita