Capitulo 5
LA limusina subió por un largo camino flanqueado por una valla de madera y se detuvo en lo alto de una colina. Era el lugar perfecto para obtener una vista de la antigua propiedad que se erguía en medio del vergel.
La única ocupante de la limusina, Bella, salió del coche decidida a no sentirse impresionada, pero descubrió, al abrir la puerta, que la vista la estaba sobrecogiendo. Nunca le habían interesado demasiado las casas, pero nunca había visto una como Oakmere Abbey antes. Tenía techos de diferentes alturas y chimeneas majestuosamente altas que hacían juego con la piedra antigua de las paredes. Desde lejos, la casa exhibía una belleza y una calidez que encontró enormemente atractivas.
El teléfono del coche empezó a sonar y Bella se apresuró a contestarlo.
-¿,Qué tal la primera impresión? -preguntó Edward desenfadadamente; su acento griego le puso la piel de gallina a Bella.
-Me gusta el paisaje -Bella no quería darle una respuesta entusiasta.
-Mira, la reunión se alargó un poco. Todavía estoy a una hora de camino. ¿Por qué no echas un vistazo primero a la finca y a los edificios de la granja? Luego veremos la casa juntos.
El chófer, que evidentemente había recibido instrucciones, condujo a Bella hacia la granja, donde la estaba esperando el administrador para ofrecerle una visita guiada. Sólo había transcurrido una semana desde que Edward prometiera encontrar una nueva casa para el refugio y, aunque admitía no sentir demasiada atracción por los edificios antiguos, la nueva casa, una antigua abadía, cumplía con lo que él consideraba los requisitos más importantes. Cercana a Londres y deshabitada en la actualidad, la abadía tenía terrenos bastante amplios así como cuadras y otros edificios para los animales.
Edward, que estaba acostumbrado a mujeres que nunca le ponían en el brete de tener que ir a buscarlas, encontró a Bella en el establo situado detrás de la casa. Con su cabellera de color castaño ondeando al viento y una mano metida en el bolsillo de una ajada chaqueta verde, Bella estaba sentada sobre una bala de heno en un establo abierto, jugueteando con un perro y charlando animadamente con el administrador de mediana edad. Sonriente y alegre, Bella resultaba increíblemente atractiva y llena de vida. Entonces vio a Edward e instantáneamente se puso tensa y desapareció la sonrisa que hasta el momento había iluminado su rostro. Dicha reacción hizo sentir a Edward como si fuera el hombre del saco.
Después de saludar al administrador, Edward tocó a Bella con un gesto bien calculado como dándole a entender que debía aceptar el cambio en su relación.
-Vayamos a ver la casa... -dijo Edward-. Le dije al agente inmobiliario que preferíamos verla solos.
Saltando del montón de heno, Bella se preguntó si algún día su corazón dejaría de brincar al ver a Edward. Cada vez que veía sus rasgos bronceados algo se agitaba dentro de ella. Edward era increíblemente atractivo, siempre lo había sido. Pero además tenía algo muy especial que provocaba en ella el deseo de lanzarse a sus brazos. Intentando apartar su atención de Edward, Bella consideró que, si no aprendía a controlar sus reacciones ante el atractivo físico de Edward, se humillaría a sí misma y sufriría demasiado. Ignoró la mano de Edward, que todavía estaba posada sobre su hombro, y metió las suyas en los bolsillos. «Resistencia pasiva», se dijo. «No permitiré ningún tipo de contacto físico. Tengo que tener cuidado. Si le animo, aunque sea sin querer, se aprovechará de mí. Es como si le hubieran programado para aprovecharse de cualquier oponente estúpido y débil. Si no tengo cuidado y le mantengo a distancia, pronto estará agitando un aro delante de mis narices o chasqueando un dedo para hacerme saltar».
-¿Qué piensas? -le preguntó Edward directamente, consciente de que se sentía incómoda en su presencia. La calidez natural de Bella se había evaporado. ¿Qué le ocurría? La había presionado un poco para salvar el matrimonio. Él estaba dispuesto a hacer el esfuerzo y sin embargo ella no. ¿Por qué? Estaba enamorada de Leo Burleigh. No había otra respuesta.
-Los terrenos son enormes... El refugio sólo ocupará una pequeña parte de ellos -comentó Bella-. Una propiedad como ésta debe de costar una fortuna.
-Puedo permitírmelo. El entorno es inmejorable.
En silencio, caminaron hacia la puerta principal de la casa. Las paredes del gran recibidor estaban repletas de elaborados grabados y en el suelo había enormes losas. Edward frunció el ceño y comentó:
-Será muy frío en invierno.
Bella estaba admirando la gran chimenea de piedra que tenía grabada una fecha del siglo XVI.
-Tampoco es bueno para la salud demasiado calor -le dijo Bella, con una mueca irónica, adelantándolo para explorar una vasta sala de estar con vistas a los bosques-. Esta vista es impresionante. Es como si no estuviéramos en el siglo XXI.
Edward, que se sentía bastante apegado al siglo XXI y a toda su tecnología, supo mantenerse callado. Se dio cuenta de que Bella, que se apartaba de él en cuanto lo rozaba con su sombra, estaba empezando a sentirse en empatía con la antigua arquitectura que la rodeaba. Las habitaciones, cuya decoración no guardaba la menor armonía con el resto de la casa, recibían inmediatamente el adjetivo de «deliciosas» y cada vez que Bella veía una chimenea ennegrecida por el humo soltaba una exclamación. La cocina, que era prácticamente un pajar, la calificó de «pintoresca» e informó a Edward que la falta de calefacción, electricidad y fontanería era previsible. Caía en éxtasis al entrar en habitaciones con vidrieras cuyo aspecto le parecía a Edward bastante lúgubre, y no veía ningún problema en la práctica ausencia de cuartos de baño.
-Dios mío... ¡el dormitorio principal es increíble! -exclamó Bella al ver la bañera antigua que había en un rincón de la alcoba y el marco de la ducha victoriano-. ¿No te parece increíble?
Edward examinó los muebles antiguos: «increíble» no era la palabra que le venía a la mente. Francamente, estaba horrorizado. En su opinión, todo lo que habían visto estaría mejor en un desguace. Su apartamento poseía una piscina y una sauna; los baños tenían todas cabinas de hidromasaje y jacuzzi. No se imaginaba la vida de otra manera.
-La abadía es más pequeña de lo que pensaba -remarcó Edward-. El edificio necesita una ampliación, pero esta propiedad es patrimonio arquitectónico y será un quebradero de cabeza conseguir que aprueben cualquier reforma.
Sin prestar atención a lo que decía, Bella apartó su mirada del baño y caminó por el polvoriento corredor.
-Creo que doce habitaciones son suficientes -dijo Bella-. Pero si crees que no, en la parte de atrás hay un edificio muy bonito que solía usarse como alojamiento para el servicio doméstico. No será difícil construir un acceso desde el edificio principal.
La propuesta de Bella no causó la menor reacción en el rostro de Edward.
-El estado de la casa es mucho peor del que me esperaba -dijo Edward.
Bella, que parecía no darse cuenta de las críticas de Edward, acarició con veneración una moldura de madera.
-Con unas pequeñas reformas aquí y allá bastará -dijo Bella.
-¿Aquí y allá? -repitió Edward sin dar crédito a lo que estaba oyendo-. ¡Pero si esto ha estado abandonado desde 1920!
-¿Y no te parece maravilloso? Nadie ha tocado la casa en todo ese tiempo. Todo es auténtico -Bella dirigió una mirada soñadora hacia Edward-. Además ha sido una casa feliz...- Lo siento así.
Mientras añadía otro cero a la cuenta de lo que le iba a costar Oakmere, Edward cayó en la cuenta de que Bella le estaba sonriendo.
-¿Te gustaría vivir aquí? -preguntó Edward.
-Oh, sí... -Bella no albergaba ningún tipo de duda.
Se había enamorado de la casa a primera vista. Sólo le había pasado lo mismo en otra ocasión: cuando se enamoró de Edward ocho años atrás. Esa experiencia se convirtió en algo que le había traído mucha infelicidad pero, afortunadamente, estaba convencida de que amar a un puñado de ladrillos y cemento era mucho más seguro y provechoso. Era muy consciente de que Oakmere estaba muy lejos del estilo al que Edward estaba acostumbrado. El lujo y lo contemporáneo le gustaban a Edward mucho más que los edificios históricos. Pero aquello no la preocupaba en absoluto. Después de todo, la abadía iba a ser para ella y sólo para ella. Cuando rompieran, tenía intención de reclamarla como parte del acuerdo de divorcio.
El que a Bella realmente le gustase la casa llenaba a Edward de una inmensa satisfacción. Había hecho una buena elección. Observó cómo Bella acariciaba el pasamanos de la escalera igual que si se tratara de un ser vivo en busca de afecto. Le faltó poco para echarse a reír: era la mujer más tierna y femenina que jamás había conocido. La mirada de preocupación que Bella tenía en el rostro espoleó la curiosidad de Edward:
-¿En qué estás pensando?
-En nada importante... -un sonrojo de desconcierto apareció en las mejillas de Bella.
-Apuesto lo que quieras a que estás pensando en nosotros... -dijo Edward con una ardiente sonrisa en la boca-. En nosotros dos... viviendo aquí, pethi mou.
Aunque sintió una chispa de culpabilidad al oír a Edward, su sonrisa hizo que una llama le ardiera en el estómago.
-Tal vez... -dijo Bella.
El silencio era tan denso, que podía cortarse con un cuchillo. Bella se encontró con el resplandor esmeralda de los ojos de Edward y, de repente, se volvió consciente de cada centímetro de su cuerpo de mujer. Bella irguió la espalda en un intento de aliviar el picor que le recoma los senos.
Apoyando la mano en la pared cerca de la cabeza de Bella, Edward se inclinó para besar la comisura de sus labios. Con un gemido apenas audible, ella giró la cabeza buscando a ciegas un contacto más directo. El aliento de Edward acariciaba su mejilla mientras jugueteaba con los labios de ella rozándolos con su lengua.
-Edward... -Bella se inclinó hacia delante pidiéndole más, ardiendo por probar de nuevo el sabor de su boca.
-¿Señor Cullen? -dijo una voz masculina que venía desde el gran recibidor.
De vuelta al mundo real, Bella se apartó de Edward empujándolo hacia delante.
-Tranquila, es el agente inmobiliario -dijo Edward-. Ven a casa conmigo.
Sonrojada de pies a cabeza Bella gritó:
-¡Ni en sueños! -y se dirigió al encuentro del agente.
Edward se acarició el cabello con sus impacientes dedos y dejó escapar un suspiro prolongado. Había obligado a Bella a aceptar sus términos, pero no había tenido demasiada paciencia con ella. Sin embargo esperaba que pronto apareciera de vuelta la Bella que él conocía, esa mujer agradable, serena y de buen corazón. La mujer con la que ahora trataba era pasional, obstinada e iracunda hasta un punto que jamás hubiera creído posible.
Bella respiró profundamente el exquisito aroma de su ramo de rosas. Y sin embargo, su ceño tenía una expresión llena de ansiedad y sus ojos estaban llenos de lágrimas.
En el transcurso de dos horas, Bella tenía que abandonar la granja de Craighill para siempre y mudarse a su nueva residencia en Oakmere Abbey. Desde ese momento, empezaría el periodo de prueba que Edward la había obligado aceptar para su matrimonio. Sin embargo, Bella estaba dispuesta a luchar por aquello en lo que creía. No podía cometer de nuevo el error de engancharse emocionalmente a él. Un marido infiel, que le rompía el corazón y la humillaba, jamás la haría feliz, tuvo que reconocer. Esa era la razón por la que había visitado a su ginecólogo para que le recetara píldoras anticonceptivas. No se arriesgaría de nuevo a quedarse embarazada.
Edward le había impuesto un matrimonio que ella quería olvidar. Y a pesar de eso, nunca había sido tan considerado y comprensivo como en las últimas semanas. Aunque no lo había visto en persona, Edward la había llamado todos los días para asegurarse de que no le faltara de nada. Para empezar, una compañía profesional se había encargado de la mudanza. Dottie y Sam estaban eufóricos con la nueva casa de campo que les habían ofrecido y ya estaban instalados en ella. Durante los últimos tres días todos los animales habían sido trasladados a la nueva propiedad y se había contratado a un trabajador a tiempo completo para el refugio.
Edward incluso le había mandado a Bella un conjunto de ropa nuevo. Edward sabía que ella detestaba ir de compras y probablemente había asumido que le haría ilusión. Pero Bella no se sentía complacida en absoluto. El que Edward le comprase ropa le hacía recordar su fama de mujeriego. Edward sabía más de vestidos y tallas de mujer de lo que ella consideraba decente o aceptable.
Con ello en mente, Bella hizo una mueca al ver el vestido de cuello halter y chaqueta estilo bolero que colgaban detrás de la puerta. Definitivamente, no eran de su estilo. Era obvio que Edward estaba dispuesto a comportarse como si el día fuera una ocasión especial. El vestido también podía ser una pista de que, quizá, había preparado una fiesta sorpresa. La recorrió un escalofrío al pensar que quizá tendría que saludar de nuevo a los amigos y conocidos de Edward, vestida con un traje que tenía un cierto parecido a un vestido de novia. La seda blanca de su nuevo vestido era más elegante y sofisticada que el horrible satén con encajes que había llevado a los diecinueve, pero aun así le recordaba a su vestido de novia.
Mientras subía a la limusina que habían enviado para recogerla, la compañía de mudanzas llegó para empaquetar sus últimas posesiones. Había unas cuantas revistas en el coche y se puso a hojear sin mucho interés una de moda, hasta que la foto de un rostro familiar la hizo palidecer. Era Heidi Morikis, que había aprovechado su talento como actriz en una serie de televisión antes de casarse con una estrella del rock británica. La muerte del cantante y la subsiguiente pelea por la herencia entre sus anteriores mujeres e hijos habían lleñado unos cuantos titulares. Bella estudió el exquisito rostro de Heidi tratando de encontrar una sola imperfección en su belleza. No lo consiguió: Heidi era increíblemente hermosa.
La maldad de Heidi no se reflejaba en su rostro, pensó Bella. En el día de su matrimonio con Edward, Heidi había intentado superarla en todos los aspectos. Heidi había vestido de blanco y, por supuesto, el vestido le había sentado mucho mejor que a ella el suyo. Todo el mundo sabía que Heidi había sido la novia de Edward un mes antes y, por tanto, había disfrutado del apoyo de todos sus amigos.
-Eres una gran chica en todos los aspectos, Pudding -le susurró aquel día Heidi con su dulce voz cuando nadie más la escuchaba-. Esta noche en la cama, el pobre Edward no podrá cerrar los ojos y fingir que está conmigo.
-¡Para ya! -le exigió Bella mortificada.
-Parar no es precisamente lo que vamos a hacer Edward y yo. Disfruta tu anillo de bodas. Es todo lo que obtendrás de él -Heidi le dedicó una maliciosa sonrisa-. ¿Por qué crees que no os vais de luna de miel? Edward dice que no quiere pasar tanto tiempo sin mí.
Bella sintió un escalofrío al revivir ese venenoso recuerdo del pasado. Después de hablar con ella, Heidi le demostró su poder sobre Edward. Cuando Bella notó que Edward no estaba, no pensó que se lo fuera a encontrar con la hermosa rubia. Pero toda la fe que pudiera haber tenido en su novio se vino abajo cuando lo vio en los brazos de Heidi. Ahora, Bella estaba dispuesta a aceptar la explicación que Edward le había dado hacía unas cuantas semanas. Tal vez fuera cierto que Heidi hubiera sido la instigadora. Tal vez Edward había tratado de rechazarla. Tal vez. Desafortunadamente, ella no había estado allí el tiempo suficiente para comprobar si era cierto.
La limusina llegó finalmente a Oakmere Abbey. Bella abrió la puerta del coche y pisó la alfombra roja que conducía hacia la entrada principal de la casa. Por un instante se sintió un poco mareada por tanto protocolo, pero la sorpresa se desvaneció al momento debido a su impaciencia por averiguar qué reformas habían hecho en la casa. Una semana antes, Edward había contratado todo un ejército de limpiadores y decoradores para hacer habitables unas cuantas habitaciones. Aunque él había insistido en que quería sorprenderla, Bella temía que hubiera estropeado la atmósfera de la casa con colores y muebles inapropiados.
La puerta principal estaba completamente abierta. Entró muy lentamente y sonrió de inmediato al ver que el fuego estaba encendido en la chimenea del gran recibidor. Había un precioso arreglo floral sobre la mesa y un par de confortables sillas antiguas alrededor de ésta.
-¿Qué te parece? -preguntó Edward.
Bella se giró, notando cómo la seda de su vestido le rozaba las piernas y vio a Edward entre las sombras de la pared. La luz que traspasaba las vidrieras le iluminaba el pelo negro y los perfectos rasgos de su rostro. Bella se quedó sin aliento y tartamudeó:
-Yo... yo...
-Estás fantástica con ese vestido -la interrumpió Edward, recorriéndola con sus ojos de la cabeza a los pies.
-No hace falta que hagas ningún cumplido -Bella se sintió tensa.
-Pues claro que sí. Lo que hace falta es que los escuches -Edward estrechó su mano con determinación y condujo a Bella hacia el espejo que había en la pared-. Tienes que aprender a mirarte tal y como yo te veo.
-No tengo por qué hacerlo. Nunca me han gustado los halagos -Bella cerró sus ojos, elevando su barbilla con un gesto desafiante.
-No es un halago -Edward la estrechó contra su musculoso cuerpo-. Por primera vez llevas puesto algo acorde con tu cuerpo divino.
Bella tuvo que abrir los ojos para ponerlos en blanco y expresar lo poco que le había impresionado el cumplido.
-Mi cuerpo no es...
-¿Sabes por qué no me caía bien tu madre? -los oscuros ojos verdes de Edward refulgían con fiera impaciencia-. ¡Le gustaba demasiado menospreciarte y decirte lo normal que eras! Pero mira tu cara, tu estructura ósea... ¡y tu glorioso cabello!
Perpleja ante el discurso de Edward, Bella abrió y cerró la boca un par de veces y miró su imagen en el espejo.
-Tienes un cuerpo para morirse -le informó Edward, deslizándole las manos por el pecho hasta sostenerle con ellas los senos de una forma tan sensual que consiguió escandalizar a Bella-. Lo adoro.
-¿En serio...? -preguntó Bella, mirando su reflejo como si estuviera hipnotizada mientras las firmes manos de Edward se desplazaban por su vientre antes bajar rozando por el costado de sus voluptuosas caderas.
-¿No te has dado cuenta tú sola? -Edward empujó a Bella hacia atrás para que pudiera notar en la espalda la rigidez de su entrepierna.
Las mejillas de Bella se llenaron de color al tiempo que la inundó una tremenda satisfacción femenina.
-Si digo que eres atractiva... es que eres atractiva -dijo Edward dejando que sus labios recorrieran el cuello de Bella-. Pero ahora, tenemos algo más importante que hacer. En la habitación de al lado el sacerdote que nos casó hace ocho años está esperando para bendecir nuestro matrimonio.
Sorprendida por el ardoroso interludio que acababa de tener lugar y con las piernas todavía temblorosas, Bella se sintió aún si cabía más desconcertada.
-¿Perdón? -dijo Bella-. ¿Qué acabas de decir?
-Dijiste que te sentías como si no estuvieras casada conmigo... Pensé que la bendición del sacerdote podría mejorar la situación.
Asaltada por un ataque de furia, Bella selló sus labios para no estallar delante de Edward y concentró su mirada en las antiguas baldosas del suelo. ¡No podía dar crédito a todos los intentos que estaba haciendo Edward por impresionarla! No después de que hubiera utilizado el chantaje para hacer que siguiera casada con él. ¡Y ahora solicitaba la bendición de un sacerdote para ratificar el chantaje!
-Es mi manera de demostrarte que quiero comprometerme a hacer que nuestro matrimonio funcione -dijo Edward sin la menor sombra de vergüenza o arrepentimiento.
-Pero yo no quiero comprometerme a ello -le confió Bella.
-Date tiempo y querrás... -Edward la observó con ojos resplandecientes y una agresiva expresión en la línea cuadrada de su mentón.
Bella no dijo nada, ya que le parecía que no era el momento ni el lugar de iniciar una discusión. El venerable padre Vasos les saludó con gran amabilidad. Toda su persona irradiaba honestidad y eso tocó algo en el interior de Bella, haciendo que se estremeciera. ¿Cómo podía recibir una bendición si cualquier palabra que se dijera no tenía sentido ya para ella? ¿Cómo podía seguir negando que aún amaba a Edward? ¿Sería de verdad tan estúpido darle otra oportunidad? Cuando introdujo un nuevo anillo de boda en el dedo de Bella, sintió un hormigueo de emoción en la garganta. Después de que acabara la ceremonia, Bella ya no sabía qué pensar y ya no estaba tan segura de seguir queriendo resistirse a Edward.
Edward la condujo a otra habitación donde se había dispuesto una mesa con mantel de lino y cubertería de plata.
-¿Sólo para nosotros dos? -preguntó Bella.
-Tres es multitud y te quiero para mí solo.
-¿Y quién cocina? -Bella se había decidido a no mostrar su sorpresa por los elaborados preparativos que Edward se había tomado la molestia de organizar.
-Hice que un chef de París volase hacia acá. Esta vez quiero que todo salga perfecto, glikia mou -le dijo Edward sin dudar un momento-. Te mereces lo mejor.
Las velas fueron encendidas por un grupo de sirvientes tan discretos y silenciosos como las sombras. La comida estaba deliciosa. Bella picoteó de los diferentes platos, mientras escuchaba las melodiosas subidas y bajadas de entonación en la sensual voz de Edward, reconociendo que, después de todo, la compañía era inmejorable. De vez en cuando echaba un vistazo a los duros y bronceados rasgos de su cara, a sus hechizadores ojos o la hermosa forma de sus labios. El corazón de Bella comenzaba a galopar y, entonces, centraba de nuevo la atención en la comida, lamentando el hecho de que, de cuando en cuando, se pusiera a fantasear como una colegiala.
Al poco, su atención se desviaba de nuevo y pasaba a centrarse en su nueva y reluciente alianza. Había sido un regalo muy tierno que ella apreciaba mucho, porque hacía mucho tiempo que ella había abandonado su anterior alianza en Atenas. Al estudiar la delgada banda de platino del anillo, la máscara de cinismo de Bella amenazó con venirse abajo y se preguntó si era posible que a un leopardo se le cayeran las manchas y se transformase en un marido fiel, dispuesto a abrazar un hogar y una familia.
-¿Hay suficiente comida? -preguntó Edward.
Bella asintió, con temor a que, si hablaba, el hechizo con que Edward la había encantado se rompería.
Levantándose de un salto, Edward le tendió la mano. Ella le dio la suya sin siquiera pensar en ello.
-Bailemos -dijo Edward.
-¿Cómo vamos a bailar? -se rió Bella mientras él la sacaba de la habitación.
Y entonces empezó a escuchar la música. Bella se encontró con la jovial mirada de Edward y le preguntó sorprendida:
-¿Hay músicos ahí arriba?
-Están tocando para nosotros -abrazándola, Edward la hizo girar sin dejar que tomase aire-. Hace ocho años te negaste a bailar conmigo.
-Me daba mucha vergüenza bailar delante de tantos invitados -contestó Bella-. Pero tal vez si no me lo hubieras pedido tan sólo una vez...
-Me hacía el duro. No sabía qué otra cosa hacer. Todavía era un crío y mi orgullo estaba herido -respondió Edward-. Tu abuelo había comprado un marido y todo el mundo lo sabía...
-Oh, no, Edward... ¿Cómo pudiste pensar eso? No tuve elección, igual que tú.
-Los amigos me decían que tenía mucha suerte por casarme con una heredera rica. Después de todo, Charles era, y sigue siendo, más rico que Creso y mi padre estaba al borde de la bancarrota. Me sentía como si el dinero de Charles hubiese comprado mi cuerpo y mi alma para ti. Odiaba esa sensación -admitió Edward, preguntándose por qué ella era tan sincera con otras cosas y, sin embargo, seguía fingiendo que no había tenido elección a la hora de casarse con él-. No fui feliz hasta que pude pagarle a Charles hasta el último centavo que prestó a mi padre.
Bella se sentía afligida.
-No... No -protestó, sintiendo de corazón lo que Edward estaba contándole, ya que nunca se le había ocurrido mirar las cosas desde su punto de vista-. Si hubiera sabido que te sentías así, me habría muerto.
-Pues así es como me sentía, pethi mou -Edward la miró con ojos tristes.
-Demasiado orgullo -respondió Bella.
-Tal vez. Tengo que admitir que cuando Charles me dijo el mes pasado que te había quitado de su testamento, me sentí muy aliviado. En cierto modo nos dejó a los dos libres de su interferencia.
-Hmm... -a Bella le encantaba la forma que tenía Edward de hacerla bailar al ritmo de la música. Se sentía como si sus pies no tocaran el suelo-. Ojalá nuestra boda hubiera sido así.
-Ésa era mi intención. Hacer de nuevo las cosas como deberían haber sido antes -afirmó Edward, inclinando su anguloso rostro para besarla.
Bella se estremeció.
-El beso no estaba previsto en mis planes. Quiero que todo salga perfecto esta vez -le confió Edward-. Todavía tenemos que cortar la tarta, beber el champán...
Bella le agarró de las solapas del traje, se puso de puntillas y le susurró febrilmente:
-Podríamos llevarnos la tarta y el champán a la cama...
Estupefacto, Edward se puso repentinamente tenso y la miró con los ojos abiertos como platos:
-Isabella Cullen... ¿Qué te ha dado?
Bella arrimó su cabeza a la pechera de la chaqueta de Edward y se dejó embriagar por el olor de su marido. Se sentía débil por causa del deseo.
-No lo sé -le confesó-. Pero si lo que quieres es perfección, quizá sea un error seguir tan meticulosamente tus planes...
Edward estalló en carcajadas y, sin decir palabra, la condujo al dormitorio.
