-¿Qué ha sido eso

SIN AMOR

Las Concubinas...

Los personajes son propiedad de Rumiko Takahashi. Historia sin fines de lucro... etc. Etc. Etc.. ¿Qué más puedo decir? Una disculpa de antemano...

Aligerando el calor nocturno

Sueños ardientes de medianoche...

Inuyasha permanecía en silencio, sentado en uno de los sitios de honor, como siempre. A su derecha, su padre conversaba animadamente con algunos de sus más poderosos guerreros. Cerca de él, su hermano mayor le miraba de cuando en cuando, con interés.

Mientras la fiesta avanzaba, el degenere a su alrededor comenzó a cansarlo. Estaba habituado a esas costumbres patricias. Las y los bailarines, todos ellos cuidadosamente elegidos entre los más gráciles, bellos y estilizados, estaban siendo tomados casi a la fuerza, interrumpiendo su actuación.

Aquí y allá una joven hembra era montada sin mucha piedad... incluso uno que otro joven y bello macho... eso no era de su preferencia. Alguna vez lo probó, fue agradable y divertido, pero con mucho prefería los cuerpos suaves y curveados de las mujeres. Su hermano igual. Observaba la bacanal con ojos vacíos. Su padre tenía sobre las piernas a una de sus concubinas. Varias de las concubinas de los tres se mezclaban entre los festejantes. Y él solo quería largarse de ahí.

-Inuyasha – la voz en su oído lo hizo soltar un respingo- ¿Nos vamos?

-¿Sesshoumaru? –giró un poco el rostro, encontrando el de su hermano mayor pegado a su mejilla- ¿Por qué?

-También me estoy cansando de esto- dijo el aludido, posando una mano extendida en la espalda del más joven- no me interesa ver como se despachan a toda la servidumbre un montón de borrachos...

-Estamos en las mismas –Instintivamente echó una ojeada a su padre- ¿y si nota que nos vamos?

-Está muy ocupado –susurró con una media sonrisa el mayor - justo ahora la esta... ¡eso!... ¿ves?

Fue obvio el movimiento que hiciera el Gran Señor. No había que ser genio para notar cuando empaló a la concubina... además, el alarido de la hembra no dejaba mucho a la imaginación.

Ambos rieron sin disimulo.

-Vámonos –Inuyasha se incorporó, seguido de Sesshoumaru

Salieron por una de las enormes puertas laterales, sin ser notados más que por los guardias de costumbre, que alzaron sus armas en saludo.

-Inuyasha – la voz de Sesshoumaru no era más que un murmullo, pero perfectamente audible- ¿Qué es lo que te molesta ahora?

-Nada

-Nada – repitió con tono cansado- nada...

-Nada me molesta.

-Supe que hace dos días llegaste de la ciudad con tu esposa a tu espalda...

-Le dolía el pie –contestó el hanyou, sin pensarlo- por una ampolla...

-¿Y tú...?

-Simplemente evité que se lastimara más.

-¿Por qué?

-¿Por qué, qué? – el bufido molesto hizo que el mayor esbozara una sombra de sonrisa

-¿Por qué preocuparte por una tontería así?

-No tengo la menor idea, hermano – soltó por fin- no tengo idea... y eso...

-Te está mortificando...

-Sí.

Caminaron sin rumbo fijo, en los jardines iluminados por la tenue luz de la luna, alejándose cada vez más del estallido luminoso del gran salón, internándose en la frescura de la noche. No se miraban, y por un rato, ni siquiera hablaron.

-Deberías visitar a tus concubinas – soltó de pronto el youkai- sé que no has estado con ellas desde... desde tu boda...

-Sí, lo sé – Inuyasha suspiró, fastidiado consigo mismo- yo también lo he pensado...

-Inuyasha...

-¿Qué?

-¿La amas?

-¡Claro que no! – casi gritó- ¿De donde sacas esa tontería?

-Solo era una pregunta. Pero si no la amas, deberías hacer una visita a tus concubinas. No es bueno que estén tanto tiempo sin atender...

-Tienes razón – pero el color de sus ojos cambió levemente- iré esta misma noche... gracias, Sesshoumaru...

Durante una hora medio conversaron, medio pelearon. Se separaron con una breve despedida. Inuyasha se dirigió al edificio de las concubinas.

Alguien ahí, hacía mucho que lo esperaba. Todos los días se bañaba y arreglaba como si hubiera sido llamada, aunque fuese en vano. Todos los días agregaba un nuevo detalle a su plan. Cada tarde avistaba por entre los ventanales, la llegada de cierto ser alto y de pelo plata. Esa noche, por fin, sonrió.

-Amo Inuyasha – ronroneó la blanca mujer- ha venido al fin...

-Kikyo – respondió, sin mucho entusiasmo- sí. Pero quiero que todas vengan acá...

-Todo será como desee...

La mujer era una estatua de mármol, en el sentido más literal que pueda aplicarse a un ser humano. Hermosa, alta, blanca, fría y dura. Inuyasha sabía, por accidente, que estuvo o estaba enamorada. Pero nunca supo de quién. Solo sabía que no era de él.

Las demás mujeres llegaron, vestidas con sedosas telas transparentes, arregladas al extremo del lujo. Los ojos de todas brillaban, las mejillas se encendían, y un montón de suspiros llenaban el aire.

Inuyasha estaba semitendido en un diván de brocado azul, ya solo con el pantalón negro encima. Miraba con ojos de bestia a todas, deleitándose en la vista de los pechos e intimidades apenas ocultas por las diáfanas telas. Ordenó una danza.

Kikyo, silenciosa, se arrodilló ante él. Sin muchos preámbulos, como siempre, le abrió el pantalón y, completamente carente de expresión en el rostro, tomó el miembro dormido entre sus labios para estimularlo.

Inuyasha soltó un gruñido.

Poco a poco, la escena ante él se tornaba más caliente. Un par de sus anteriores favoritas, una youkai pelirroja de piel de alabastro, se dedicó a otra de piel morena oscura de cabellos verdes. Poco a poco, esas hembras comenzaron a acariciarse los pechos, a introducir los dedos en la intimidad de la otra, a besarse.

Un rápido orgasmo asustó a Kikyo, que no esperaba una reacción tan repentina. Inuyasha solía ser más calmado. Ya no era un adolescente neófito que recién descubriera los encantos femeninos. Podía controlarse con facilidad.

La mujer sonrió, al notar la mirada perdida de su amo. Sin importar lo que ocurría a su alrededor, la mente del hanyou se encontraba en otro tiempo y lugar, dándole alas a su imaginación... con cierta dama como protagonista.

Tal y como Kikyo lo había pensado.

Eso significaba que su plan saldría a la perfección, y quizás mucho antes de lo que imaginaba.

-¿Mi Amo se encuentra bien? – preguntó, con fingida preocupación

-Claro –la miró con indiferencia, impresionándose ante la súbita mirada luminosa- ¿Por qué lo preguntas?

-Mi amo no se encuentra aquí – susurró ella- su mente se encuentra en otro lugar...

-Que perceptiva

-¿Mi amo tiene alguna fantasía en particular? – si no la tenía, ella iba a proporcionársela

-No – Inuyasha podía ser poderoso, un guerrero nato, pero en cuanto a argucias femeninas, estaba perdido- sigue con lo tuyo

-Sí, mi amo –

Kikyo se arrancó las faldas de seda clara, para quedar casi desnuda ante él, y solo una banda de gasa transparente bordeada de cascabeles de plata cubría sus senos, y a través de la tela, los pezones se levantaban desafiantes. Inuyasha la miró.

-Veo que estás excitada – llevó el índice hacia uno de los botones de un color rosa oscuro- esto no es común en ti

-Mi Amo tenía mucho sin recordarnos – le sonrió- es natural...

-¿Natural? –repitió el macho, introduciendo, sin ningún afecto, dos dedos entre los pliegues de la entrepierna de la mujer parada ante él. Los movía como inspeccionando, hasta que los dirigió a la húmeda vagina, que se contrajo al recibirlos- Esto no es muy natural de tu parte...

Estaba completamente mojada. Sus flujos resbalaban sobre y entre los dedos que la invadían, mientras se sonrojaba notoriamente. Inuyasha la masturbó así por unos momentos, mientras otra de las hembras se aproximaba a una seña del macho. Lentamente, la nueva se colocó tras Kikyo, pasando los brazos hacia el frente, alrededor de ella. Suavemente, comenzó a acariciar el pliegue de los senos, acunándolos en el hueco de sus manos. Con los pulgares rozó con ligereza las puntas erectas, para luego, apretar ambos pechos con las manos extendidas. Kikyo soltaba quejidos del más puro placer.

Inuyasha seguía moviendo los dedos, como un miembro en miniatura, prestando atención a las exclamaciones que producía su contacto al entrar, y rozar la parte más sensible. Comenzaba él mismo a excitarse al ver a la otra bonita hembra acariciando los senos de Kikyo...

-Lámelos – ordenó con voz ronca- lámele los pechos

-Sí mi amo – contestó la joven, mientras Kikyo abría mucho los ojos por la sorpresa

La muchacha inclinó un poco el torso de Kikyo, para tener mejor acceso al área, y al mismo tiempo dejar el campo de visibilidad abierto para su amo.

Comenzó por mordisquearlos por encima de la tela. La atacada se estremeció. Atrapó con los dientes al botón duro, y lo mordisqueó con cuidado, hizo lo mismo con la delicada areola que se arrugó al simple contacto. Inuyasha empezó a mover los dedos de un modo más veloz.

Lentamente, la joven hembra bajó la banda de gasa hasta la base del busto, quedando atada al contorno del torso por la banda de tintineantes cascabeles. E hizo exactamente lo que le ordenaron. Lamió los pezones con avidez, logrando que Kikyo se arqueara y vibrara tanto, que los cascabeles resonaron. Inuyasha sonrió ante ése detalle.

Por fin, entre los dos, lograron que la joven concubina pelinegra se derrumbara entre los espasmos de un violento orgasmo sobre las piernas de su amo, siendo seguida por la torturante boca de su compañera, y siendo asaetada por los dedos implacables del hanyou.

Casi se desvaneció ahí.

Inuyasha hizo una seña, y la otra hembra se sentó a su lado, dejando libre a la agotada concubina. El hanyou, tomó a Kikyo por la rodilla, y en un solo fluido movimiento, le abrió las piernas, y la giró hasta ponerla de frente a él. La mujer casi se deja caer en su hombro, incapaz de sostenerse. Pero el peliplateado la sostuvo, poniendo una mano en su vientre, y la levantó con rapidez. La otra hembra, sin que se lo ordenaran, apartó las telas que entorpecían a su amo, y éste, apunto su miembro duro, mojado y palpitante, hacia la pelinegra. Kikyo solo acertó a abrir la boca en un intento de impedir lo que seguía.

Pero de sus labios solo salió un alarido.

Estaba siendo penetrada con absoluta gentileza. Inuyasha la sostenía por las redondeadas caderas, mientras él mismo levantaba un poco las suyas para llegar lo más adentro posible. Un leve olor a sangre llegó a su olfato, mientras la mujer se tragaba un delgado camino de lágrimas. Aunque no había llegado "virgen" a él, siempre sangraba cuando la usaba. Sus médicos dijeron que era por motivos emocionales. Ella se contraía tanto, que de algún modo, al penetrarla, por más que la preparara, y por más delicado que fuera, siempre la desgarraba un poco...

-Esto nunca deja de sorprenderme – murmuró el hanyou, al ver, nuevamente, el pequeño rastro de sangre en su miembro, cuando la levantó un poco- ¿Por qué nunca te relajas?... ya de por sí eres tan estrecha...

-Mi amo... – sollozó Kikyo- mis disculpas...

-No, esta bien – un poco de ternura llegó a sus ojos- aunque no me agrada que te duela tanto...

Sin embargo, el cuerpo del hombre clamaba por moverse, casi automáticamente. Así que comenzó a mecerse de adentro hacia fuera, intentando no lastimarla, deseando embestir con mayor fuerza, pero incapaz de ello, con tal de no herirla más.

De pronto, y para absoluto espanto de Kikyo, éste la levantó por completo, saliéndose de ella. Con la misma facilidad con la que la había colocado encima suyo, la bajó para sentarla en el suelo, a su lado.

Otra de las concubinas, la de pelo verde, de inmediato se colocó sobre el regazo de su señor, tomando el miembro palpitante y dolorido en su pequeña mano, y, acomodando la enrojecida punta en su entrada, se dejó caer encima. Un grito del más exquisito placer acompañó el movimiento. Inuyasha rió complacido. Así debía de ser. Regocijante, placentero.

La hembra se movía con frenesí, mientras se acariciaba ella misma el busto. Inuyasha hizo un leve ademán, y, recostándose por completo en los cojines, la otra joven, la que lo ayudara con Kikyo, se sentó casi en su cara, para dejarlo lamer su abandonada intimidad.

Para cuando se dieron cuenta, los tres alcanzaban un clímax tremendamente salvaje.

Kikyo los miraba con resentimiento.

Se calmó a duras penas. Mientras su amo sonreía rodeado de sus mujeres.

Al final de cuentas, todas tuvieron su ración esa noche. Pero la pelinegra humana no quitaba el gesto compungido, en espera de que Inuyasha lo notara. Sabía que lo haría. Tenía que hacerlo.

o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o

Inuyasha se levantaba de entre las durmientes, con cuidado de no pisar a ninguna. La lujosa habitación estaba completamente a oscuras. Probablemente uno de los sirvientes entró en silencio, cuando dormía.

Se sorprendió al ver un cuerpo agazapado en un rincón, sobre el suelo desnudo. Saltó ágilmente hacia él.

Era Kikyo. Una sollozante y bañada en lágrimas Kikyo, recostada en el suelo, despierta. Esperándolo.

-¿Kikyo? – murmuró, incrédulo- ¿Qué demonios haces aquí?

-Mi amo – contestó la mujer, con un tono ensayadamente triste- mi amo... no soy digna de reposar a su lado...

-¿De que hablas, mujer? – no levantó la voz, pero no era necesario. Sus ojos dorados relampaguearon de furia - ¿De que estupidez hablas?

-Soy tan inútil... –ronroneó ella, entre lágrimas- tan mala... y tengo tanto miedo...

-¿Miedo de qué?

- De estas hembras. Ninguna es mi amiga. Ninguna me trata con delicadeza cuando mi amo las conmina a usarme – esa era una reverenda mentira, pero Kikyo sabía que Su amo no comprendía a los humanos del todo- ¿Por qué no puedo servir a mi amo, con otra humana?... ¿Por qué siempre con ellas?

-Cualquiera diría que tener hermanas youkai te molesta – entrecerró los ojos, que brillaron como los de un gato en la noche- ¿Qué sugieres?

-Solo... quiero... estar con una igual... eso es todo – ella fingió reprimir un nuevo acceso de llanto- si he de compartirme con mi amo, que sea con alguien que me entienda.

-Me sorprende un tanto, he de decir – volvió el inuyasha suspicaz, y le mujer casi temió que todo se le viniera abajo- nunca has sido sentimental, ni has requerido nada, excepto que no te use...

-Eso es una malinterpretación, amo.

-Ya lo veremos. Aunque debo decir, que algo ha venido a mi mente. Déjame pensarlo. Yo te llamaré en cuanto llegue a una conclusión.

Inuyasha salió del salón, dejando a una satisfecha humana sonriendo a escondidas. Kikyo se levantó y se fue a su habitación privada. Se lavó a conciencia, odiando el recuerdo de los dedos del hanyou en su entrepierna, odiando la sensación de cosquilleo en sus senos, al rememorar la lengua de su compañera...

Todas esas cosas las deseaba, sí, pero con alguien más.

Y las tendría. Todas para ella... sí.

Inuyasha entraba en sus habitaciones. Era muy de madrugada. En un par de horas, rayaría el alba. Kagome dormía apaciblemente. No se había asustado con su ausencia, por que sabía que los festejos del Gran Señor podían durar días seguidos. Así que, sin nada en su corazón ni en su conciencia, se acostó sola, y descansaba en total calma.

El hanyou sintió una fuerte opresión en el pecho.

¿Sería ella capaz de olerlo?... llevaba encima el fuerte aroma de los flujos de sus concubinas, dejando a su alrededor una flotante estela de olor a sexo. Incluso sabía que su rostro apestaba.

Kagome no tenía su sentido del olfato tan desarrollado, pero sabía con certeza que la intensidad de ese aroma sería notorio hasta para ella. No quiso herirla así. De pronto, sintió que todo estuvo mal, que no debió ir con las concubinas... de pronto se sintió... culpable.

Culpable...

¡Por todos los dioses!... ¡¿Él, el príncipe, el guerrero, sintiéndose culpable?!

Se jaló los cabellos con fuerza, furioso consigo mismo. Se acercó a los baños, y jaló la campanilla. Los sirvientes aparecieron de inmediato. Lo bañaron con tanta conciencia, que su piel enrojeció. Pero la orden la había dado personalmente. No quería rastros de olor... no quería nada encima... ninguna suciedad...

Tras terminar el baño, se enfundó una larga bata de pesada tela recamada encima de los pantalones blancos. Salió a caminar a los jardines. A calmarse.

Nuevamente soltó un respingo al ver una silueta sentada en el pasto, de frente a él.

-¿Sesshoumaru? – se le aproximó, con una sonrisa- ¿Acaso me espías?

- Nunca sales a esta hora, no seas idiota – le contestó el mayor, que hasta hacía unos momentos, meditaba como parte de su estricto entrenamiento- ¿por qué no meditas conmigo?

-¿En serio? – el más joven se sentó a su lado, intentando entrar en el profundo trance que su hermano alcanzaba con ridícula facilidad.

Pero no dejaba de removerse en su sitio, de lanzar quejiditos hastiados, y acomodarse la ropa con fastidio, mientras largos y cansados suspiros llenaban los pocos instantes que no se estaba moviendo.

Al final, Sesshoumaru se hartó.

-¿Por qué maldita razón no puedes quedarte quieto, imbécil?

-Estoy quieto – susurró el menor, fingiendo estar compungido- estoy muy quietecito...

-¡Maldición!... ¡Maldición! – susurró, con ira- ¡Diablos!... ¡Demonios!

-¿Sabes, hermano? – interrumpió el airado monólogo- Creo, sinceramente, que deberías aprender malas palabras... te oyes tan... remilgado así...

-¿De que carajos hablas?

-¡Vamos, Sesshoumaru!- el joven se puso la mano en la nuca, sabiendo lo que se estaba ganando- ¡Ya solo te falta decir: ¡Pamplinas!... ¡Caracoles!... ¡Rayos y centellas!...!

-Te lo estás ganando, inútil – los ojos del mayor se tornaron rojos, y sus marcas se oscurecieron- te lo estás ganando...

-¡Pamplinas! – rezongó, con una risa que mostraba todos sus blancos dientes, y entrecerraba sus ojos- ¡Diablillos!... creo que mi hermanito se enojó...

Y de pronto, sin poder dejar de reír uno, y al borde del asesinato el otro, se encontraron en un nudo de brazos y piernas, mientras el mayor trataba de golpearlo en las costillas. Inuyasha era muy fuerte, así que ninguno logró conectar más que uno que otro insignificante toque, pero era agotador el esfuerzo. Media hora más tarde, llenos de polvo, con las ropas rotas, y un youkai joven frenético sentado encima de un aullante e inmovilizado hanyou, con la diestra sujetándolo del cuello de la ropa, y la otra a punto de conectar en su nariz, los encontró Inutaisho.

Una alegre carcajada interrumpió el momento justo en que esa nariz iba a ser mandada al inframundo.

-Mis niños, mis hijos- comentó entre las risas de los lugartenientes- ¿jugando tan temprano?... Sesshoumaru, asegúrate de no hacerle daño al pequeño...

-Sí padre – el mayor sonrió maquiavélicamente, mientras Inuyasha se retorcía bajo él, furioso por ser llamado pequeño- yo cuidaré muy bien de mi hermanito...

-¡Hey! – gritó el hanyou, intentando liberarse, sin éxito- ¡Cállate!

Sesshoumaru estaba sentado plácidamente en su vientre, sujetándolo del pecho con una mano. Parecía estar completamente relajado, pero mantenía una gran cantidad de energía depositada de tal forma que Inuyasha no podía incorporarse. Reía ante la desesperada acción del menor...

Cuando Inutaisho y sus acompañantes se marcharon, aún entre carcajadas. El joven youkai se inclinó un poco hacia el frente, para ver a su hermano a la cara...

-¿Estuviste con tus concubinas? – preguntó, sin soltarlo

-¿Qué?... ah... sí – dejó de debatirse, recostando la cabeza en el suelo, y mirando arriba, a las nubes- lo hice...

-¿Te sientes mejor? – soltó el agarre de su pecho, pero no se bajó

- Tengo algo en la mente

-Te ha dado por pensar, eso no es bueno – intentó bromear el youkai.

- Si quieres que te diga lo que se me ocurrió, entonces bájate – dijo Inuyasha divertido, y sus ojos destellaron- o voy a darte un llegue por detrás, que nunca vas a olvidar...

Ambos se carcajearon a mandíbula batiente por un buen rato, dejándose caer el mayor sobre la hierba al lado del hanyou. Inuyasha lo miraba a ratos.

-A veces me pregunto si en realidad eres tú el Sesshoumaru que conocía – dijo, sinceramente alegre- creo que en realidad un demonio secuestró al verdadero, y lo suplantó por una copia mejor que el original...

-¡Idiota!

Decidieron, sin decir nada, descansar un poco.

- Pienso hacer un trío – dijo de pronto Inuyasha- con Kagome y Kikyo

-¿Kikyo?

-Sí – el muchacho cerró los ojos- será bueno para todos...

-¿Para ti?

-Quiero ser el mismo de siempre...

-Kikyo no me agrada... nunca me ha gustado...

- Ya lo sé – el muchacho le dio un golpecito en el brazo, amistoso- pero es humana, igual que mi esposa. Supongo que podrá ayudarme a entender... sus sensaciones...

-No lo creo – le contestó- ¿Aún sangra cuando la penetras?

-Sí... es espantoso

-¿Y tu esposa? –nunca se lo había preguntado. El solo usaba hembras youkai- ¿También?

-No... ella no. – sonrió para sí, cosa que no pasó desapercibida para el youkai- solo la primera vez que la tomé. Pero ahora lo disfruta enormemente...

-Entonces, no creo que esa humana tan desagradable pueda ayudar en algo, si ni siquiera disfruta el sexo...

-En eso llevas razón – suspiró- pero espero, más bien, que Kagome me ayude a relajarla... a que lo goce... aun que sea un poco...

-¿Quieres decir que jamás ha tenido un orgasmo?

-¡Oh sí!, muchos... pero solo cuando la masturbo... una vez que entro en ella, o solo con verme – se señaló a la entrepierna- al instante se contrae, y ya no hay forma...

- Ten cuidado, Inuyasha – tomó una decisión rápida- hay algo en esto que no me gusta nada...

-Lo tendré... – ya no pudo abrir los ojos dorados.

Así los encontró el esplendoroso sol de la mañana. Recostados en la hierba húmeda de rocío, profundamente dormidos, no sin darse, de vez en cuando, una patada ocasional para reafirmar sus distancias, pero sin despertar...

Los sirvientes, aterrorizados, corrieron a levantar un toldo encima de los príncipes, en el más total de los también aterrorizados silencios, para evitar que tales príncipes se cocinaran al sol del mediodía. De inmediato se montó una guardia para asegurar que nadie los molestaría ni interrumpiría su descanso...

Inutaisho, que pasaba de nuevo por ahí, no pudo más que sonreír...

Y mientras tanto, en el palacio de las cadinas, Kikyo bailoteaba alrededor de la habitación, horrorizándolas a todas.

Reía como una loca...

CONTINUARÁ.