Disclaimer: Obviamente, todos los personajes –excepto unos pocos- pertenecen a Stephenie Meyer. Yo sólo echo a volar la imaginación, disfrutando con el universo que ella ha creado

A/N: ¡Ya he vuelto! ¿Me echasteis de menos? Bueno, supongo que no, porque me aseguré de que tuvierais vuestra actualización semanal, y ¡sólo tengo un comentario! Avisé de que volvería con fuerza, y aquí está el capítulo que lo demuestra. ¡Sed sincers y poned muchos comentarios! Al terminar de leer tendréis ganas de comentar, no os cortéis… Sin más, os dejo con la actu. ¡Agarraos al asiento!

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Capítulo Siete: "La Primera Prueba"

Pv Bella

Aunque el chófer intentó llevar un ritmo de velocidad adecuado a nosotras, su humanidad no le permitía abusar demasiado de los largos trayectos. De modo que, cuando cayó la noche, nos vimos obligadas a guardar las apariencias, y pasar la noche en un hotel.

- ¡Que me aspen si lo entiendo!- oí quejarse a Claudia

- ¿Cuál es el problema?- pregunté amablemente mientras ella daba vueltas al sobre en sus pálidas manos. Miró el reloj y lo guardó de nuevo en el bolso.

- Simplemente me estoy preguntando por qué un viaje tan largo, y con un humano… Si condujéramos nosotras, ya estaríamos allí. Ha parado y descansado cada dos horas y ahora estamos aquí, en San Sebastián perdiendo, auguro, cerca de ocho horas más.- protestaba teatralmente.

- Pero estamos siguiendo instrucciones ¿no?- recordé.

- ¡Sí! Sorprendentemente, eso es lo que ponen las instrucciones.- me contestó entonces ella.

Abrí la ventana para que se relajara con una buena ráfaga de aire puro, y quedé extasiada ante la vista. ¡Estábamos frente al mar! Me llené los pulmones todo lo que pude con el exquisito olor a salitre y cerré los ojos, intentando concentrarme en oír las olas acariciando la arena de la playa. Había algo hipnótico y relajante en ese arrullo.

- ¿No podríamos bajar a la playa?- dije para mí misma, pero sin advertir que Claudia estaba prestándome toda su atención.

- Lo lamento, pero las instrucciones son precisas. No debemos movernos del hotel.- contestó ella cortante.

- Pues vaya…- protesté yo, puchero incluido.

Algo había en mi expresión, porque Claudia se acercó rápidamente a la ventana y me cogió de la mano. Se quedó mirando unos segundos hacia el exterior y tras llenar sus pulmones, como yo misma había hecho unos minutos antes, me clavó su mirada de rubí.

- Entrar en la guardia conlleva hacer una serie de sacrificios al principio. Ya tendremos ocasión de conocer mundo, cuando nos asignen misiones.- explicó sonriendo.

De repente me sentí decepcionada de mí misma. Por supuesto que éramos unas simples cadetes y debíamos acatar nuestras obligaciones, ¿qué imagen de seriedad y de compromiso podíamos darles a nuestros futuros jefes si nos escapábamos a hacer travesuras a la primera de cambio? Aquel pensamiento estaba completa y absolutamente fuera de lugar.

- Nuestra obligación es obedecer las instrucciones.- contesté cuadrándome de hombros.

- ¡Micaela, no bromees con eso!- se rió Claudia con fuerza. Estrechó mi mano en un claro gesto de camaradería y después la soltó.

- Serás una buena cadete, Micaela. Estoy segura de ello.- anunció Claudia sonriendo.- Pero al principio, intenta no gastar esas bromas. El sentido del humor es un rasgo un tanto escaso en la guardia Vulturi y no creo que quieras hacer enfadar… pongamos que a Jane, por ejemplo.

Pv Claudia:

Si su débil voluntad de chiquilla juguetona seguía manifestándose de esta manera, me vería obligada a influenciarla con mayor intensidad que hasta el momento.

Bajar a la playa… ¿qué clase de soldado esperaban que fuera esta chiquilla inmadura? Por mucho que ya no fuera una neófita, quedaba más que claro que convertirla con tan sólo dieciocho años había influido en su comportamiento. Me veía persiguiéndola de acá para allá incesantemente.

Además, de haber bajado a la playa, habría acabado hincándole el diente a alguna incauta pareja de enamorados que, inconscientemente, habrían calmado mi sed. Una sed que, después del numerito de la ventana, había aumentado considerablemente, tanto como la intensidad con la que borré la posibilidad de decidir por su cuenta y riesgo hacer una excursión a la playa, conmigo o sin mí. El brillo de sus pupilas había encendido las luces de alarma. Ni una sola decisión propia, Claudia. Ni mía, ni suya.

Cuando hubo amanecido –aunque naturalmente, no lo suficiente como para que el sol nos pusiera en evidencia-, nos reunimos con el chófer a la puerta del hotel, para continuar nuestro viaje. Esperaba resistir la sed hasta cruzar la frontera, al menos. Aunque, bien pensado, un cadáver por país no era un número tan elevado, y nuestro itinerario nos iba a llevar por Portugal, España, Francia e Italia. E indudablemente, Italia ya llevaba muchos cadáveres a cuestas....

Claro que, según mis propios cálculos, la frontera tan sólo se encontraba a unos quince miserables minutos de trayecto, así que podría aguantar sin problemas. Era tras cruzar la frontera cuando debía abrir el sobre nuevamente.

No perdimos demasiado tiempo en la frontera. Como siempre, los pasaportes eran perfectos, y reanudamos nuestro viaje sin el menor problema. Fue unos kilómetros más adelante, cuando el conductor realizó la siguiente parada, en Albi, en un área de descanso con un merendero familiar desierto. No había ni un alma alrededor. Miré el sobre.

- Micaela, cielo. Quédate aquí un segundo, ¿quieres?- le pedí a mi cadete, que asintió obedientemente mientras yo descendía del auto.

- Señorita, las instrucciones que recibí me informaban de que unos metros más adelante, en la gasolinera, hay un Ferrari esperándolas. Estas son sus llaves.- me informó el conductor extendiendo el llavero ante mis iluminados ojos, negros por la anticipación.

- Monsieur le chauffeur, c'était un délicieux plaisir voyager avec vous.- contesté sonriendo seductoramente, mientras estrechaba su mano.

Se desplomó en segundos, absolutamente inconsciente. Noté mis pupilas agrandarse notablemente, y la ponzoña acudir obediente ante mi excitación. Pero las instrucciones eran muy claras. Bella se revolvió en el interior del coche.

- ¡Micaela! ¿Puedes venir un momento? Trae el sobre contigo.- indiqué con voz dulce.

- ¿Era necesario?- preguntó al ver al chófer tendido en el suelo.

- Lo que no es necesario es que preguntes, querida.- contesté en tono ligeramente sarcástico. Quería acabar cuanto antes, y saqué la tarjeta.- Al parecer, ésta es para ti.

Su rostro era un cúmulo de sensaciones. Por un lado, sus pupilas brillaban de emoción, y por otro, sus labios habían adquirido un extraño rictus de seriedad. Se acercó lentamente hasta donde yo estaba, pareciendo una chiquilla a la que habían pillado en una travesura y fuera a enterarse de su castigo. Extendió la mano y cogió temblorosa su tarjeta. Yo vigilaba para que nadie nos viera. Aunque por otra parte, un testigo a eliminar era más sangre para saciarme. Cuando Bella leyó la tarjeta, sus ojos se abrieron de par en par y supe que me iba a divertir.

- Bueno, no te quedes ahí quieta, Micaela. ¿Qué dice la tarjeta?- pregunté.

Estaba muda. Temblaba de pies a cabeza, y aunque sabía que las instrucciones eran claras, empecé a dudar que no me costara un gran esfuerzo. No parecía que fuera a hablar en los siguientes minutos y sí parecía que, de no clavarle mi mirada, habría echado a correr en dirección opuesta.

- Vamos, Micaela. Es tu primera prueba ¿Qué dice?- pregunté, cogiendo su otra mano como ya lo había hecho la noche anterior.

- Que le elimine.- contestó en voz baja.- "Elimina al chófer, Micaela", eso es lo que dice. Creí que le habías matado tú.

- Oh, no… mis instrucciones sólo decían que le dejara inconsciente.- contesté, apretando su mano. Estaba sedienta, y esto me iba a dejar casi sin fuerzas. La dosis habitual no iba a ser suficiente.- Micaela, cierra los ojos.

Esperé pacientemente a que se rindiera y se concentrara. Ahora empezaba la diversión.

- ¿Qué es lo que oyes, Micaela?- pregunté con voz monótona.

- Su corazón.- respondió ella, aún en voz baja.

- Concéntrate en él, Micaela.- proseguí, con la ponzoña segregándose peligrosamente en mi boca. Subí la manga de la camisa del chófer y arañé su piel.- ¿No hueles nada, Micaela?

Su respiración cambió, haciéndose más acelerada. Sonreí diabólicamente disfrutando de mi triunfo, y dejando de respirar, a riesgo de que mi propia ponzoña me traicionara, arañé una vez más la piel de la muñeca del pobre hombre, y obligué a Bella a que se acercara más a la sangre que ya fluía. Las aletas de su nariz se abrieron ante el perfume, y un gruñido muy suave comenzó a subir por su garganta. Cerré mis ojos y me concentré.

- Lo sientes, ¿verdad, Micaela?- pregunté con voz ligeramente excitada. Me sentía poderosa ante sus reacciones. Por toda respuesta, se tensó como el arco de un violín y su gruñido se hizo más intenso. Mis ojos se abrieron expectantes cuando sentí como abría lentamente su boca y sus ojos, negros como el carbón. Cogí su otra mano y la obligué a sujetar el brazo del chófer mientras yo me aseguraba de que no gritara. Solté la mano de Bella segura de que el trabajo ya estaba hecho para inmovilizar a nuestra víctima.- Hazlo, Micaela, ¡muerde!- ordené, clavando en ella mi mirada.

Y lo hizo. Se abalanzó sobre el pobre hombre y clavó sus dientes en la muñeca sangrante. Verla beber con desesperación la sangre de un humano me hizo sentir lujuriosamente poderosa. Bebió la sangre que manaba del incauto hombre hasta que mi sed no pudo más y mordí con ansia el cuello. No me hubiera perdido por nada el sabor de este humano. Delicioso, como le había dicho antes de estrechar su mano, un delicioso placer. Absorbimos juntas hasta la última gota de sangre de su cuerpo, disfruté viendo cómo Bella paladeaba los restos del elixir que aún quedaban en su boca cuando ya no hubo más que beber. Lamí de nuevo las heridas causadas por nuestros mordiscos, y volví a coger su mano.

- La ponzoña cura la herida y así es más difícil que los humanos sepan de qué ha muerto realmente. Ayúdame a meterle en el maletero.- indiqué, señalando las llaves que aún descansaban en el contacto. Bella se incorporó lentamente y solté su mano para que las recogiera y abriera el compartimiento. Advertí que seguía moviéndose con demasiada lentitud y eso me chocó. Esperé que Aro no se hubiera precipitado con su encargo y empecé a pensar cómo preguntarle indirectamente si había hecho su aparición la culpabilidad en su mente. Llevaba, o eso suponía yo, quince años sin probar la sangre humana. No iba a ser tan fácil que se sintiera cómoda con su nueva dieta. Su cuerpo no recordaría un sabor tan sumamente placentero. Sacamos la bolsa de viaje del portaequipajes y metimos el cadáver. Bella seguía sin hablar, de modo que cogí una vez más su mano.

- Nuestro próximo coche está estacionado en el parking de la gasolinera. Te garantizo que disfrutarás del resto del viaje.- informé cordialmente.

- ¿Por qué hemos matado a ese hombre?- preguntó balbuceando.

- Sabía demasiado, Micaela. Era un cabo suelto. Había oído todas nuestras conversaciones.- contesté con rapidez. Ahí estaba la culpa. Pero no por el tipo de sangre, sino por haber asesinado a ese hombre. Débil voluntad…- Además, seguimos órdenes, ¿recuerdas? Puedes estar segura de que en cuanto veas nuestro próximo coche se te olvidarán todos tus males.

El Ferrari Testarossa descansaba estacionado donde el chófer me había dicho. ¡Qué pena! Un hombre tan eficiente en su trabajo… Los ojos de mi víctima personal se abrieron como platos cuando introduje la llave en el bombín de la cerradura.

- ¿Esto?- preguntó alucinada.

- "Esto", Micaela, es el emblema nacional.- contesté herida.- Luzcámoslo con orgullo. ¡Oh, se me olvidaba algo! Entra y espérame aquí, ¿quieres? No tardaré mucho.

Con la excitación burbujeante de los últimos acontecimientos, casi olvidaba atar los cabos sueltos.

Dos cadáveres en menos de doscientos metros no era una opción, así que tendría que hacer un trabajo más sutil.

- Bonjour, mademoiselle.- me saludó el encargado de la gasolinera.- Êtes-vous la propriétaire de la voiture très précieuse?

- Bonjour monsieur.- contesté educadamente.- Oui, je suis la propriétaire. Merci pour prendre soin de ma voiture. C'était un plaisir travailler avec vous.

- Le plaisir a été totalement le mien, mademoiselle. Une jouissance de son séjour dans le pays.- contestó el encargado. Ah, la formalidad francesa... Estreché su mano antes de que la cosa fuera a más.

- Merci pour tout.- contesté, viendo el trabajo finalizado. Lo dejé ligeramente pasmado para darme tiempo a encender el motor antes de que volviera a ser persona y regresé al coche.

- ¿Qué quedaba por hacer?- preguntó ella.

- Pagarle el servicio de custodia, por supuesto.- contesté con formalidad.

Encendí el motor y nos pusimos de nuevo en camino. ¡Ah! Sin duda, Aro había empezado a recompensar pronto mis triunfos, aunque no tuviera noticia de ninguno de ellos. Conducir aquella maravilla casi me hacía olvidarme de que, a partir de ahora, probablemente se me haría un poco más complicado el trabajo de niñera, porque si todo iba bien, Bella iba a empezar a comportarse como una neófita. Al fin y al cabo, acababa de mostrarle las excelencias de un sabroso manjar y las consecuencias lógicas de ese placentero descubrimiento eran que la ponzoña acudiera más a menudo a su garganta, causando una sed insufrible.

Habíamos llegado al ecuador de nuestro viaje, y yo circulaba a 240 km/h, con la sola idea de estar en casa antes de que anocheciera. A aquella velocidad, llegaría a Volterra en unas escasas cinco horas cuarenta y dos minutos, ya tenía ganas de cargarle a otro el muerto, aunque fuera temporalmente. Bella iba a estar bajo mi prácticamente total supervisión, pero moría de ganas de compartir mis pensamientos con Aro, y saciar correctamente mi sed, compartir un cuerpo nunca me había satisfecho.

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N/A: Traducción del diálogo entre Claudia y el encargado.

- Buenos días, señorita,- me saludó el encargado de la gasolinera.- ¿Es usted la propietaria de tan valioso vehículo?

- Buenos días, señor,- contesté educadamente.- Sí, yo soy la propietaria. Gracias por cuidar de mi coche. Ha sido un placer trabajar con usted.

- El placer ha sido totalmente mío, señorita. Que disfrute de su estancia en el país.- contestó el encargado. Ah, la formalidad francesa... Estreché su mano antes de que la cosa fuera a más.

- Gracias por todo.- contesté, viendo el trabajo finalizado. Lo dejé ligeramente pasmado para darme tiempo a encender el motor antes de que volviera a ser persona y regresé al coche.