"Cuando era niño, mamá siempre pedía por mi.
Le pedía al cielo que nos cuidara a Alphonse y a mi de cualquier peligro que pudiéramos correr.
Por otra parte, mi padre jamás fue partidario de dichos actos, él no creía que un dios había forjado nuestro futuro; y sin embargo, a veces él también oraba.
Yo no creía en dios.
Hasta hoy."
Un irritante zumbido impedía que pudiera escuchar la conmoción que sucedía a su alrededor.
Sentía la mitad de su cuerpo dormido mientras que la otra mitad le ardía como si le estuvieran quemando el cuerpo en carne viva.
Sintió un ligero tacto en su espalda que sin querer lo lastimaba. Edward abrió lentamente los ojos para observar el cielo azul manchado con algunas estelas de humo y llamaradas que se elevaban en lo alto.
Intentó hablar pero no podía, su garganta estaba cerrada debido al fuerte impacto mezclado con tierra.
Repentinamente clavó la mirada en el rostro de Roy. Estaba cubierto de polvo acompañado de algunas heridas que sangraban en sus mejillas.
Había ido por él. Había ido para salvarlo otra vez.
- ¡Resiste Edward, resiste! – gritaba Roy mientras corría por una calle completamente destruida.
Sus pisadas chocaban contra rocas acumuladas que antes solían ser el hogar de alguna familia, el agua corría por las calles mientras se mezclaba con un tinte rojizo proveniente de los cientos de cadáveres que había dispersos por doquier.
Necesitaba llegar rápido, Edward estaba muy mal herido.
El aire mismo era difícil de respirar, aún para él que no estaba tan malherido. Ese olor a muerte y sangre invadía su nariz como hace años atrás.
Mientras corría intentaba no mirar a las personas aún vivas retorciéndose. Trataba de no escuchar el horror y el martirio.
Edward lo necesitaba.
No podía dejarlo morir.
"Tal vez es momento de que yo también empiece a orar."
Un nuevo sonido irrumpió haciendo a un lado los demás. Roy levantó la mirada un segundo para observar aviones de combate con el símbolo de Amestris.
La guerra ya había comenzado.
Sin querer su pie se atoró en un agujero en el suelo obligándolo a caer. Edward se separó de sus brazos para caer de igual forma bruscamente contra la tierra y el cemento.
Un fuerte grito de dolor salió de su boca desgarrando a Roy por dentro.
- ¡Lo siento, lo siento Edward! – inmediatamente se puso de pie para recogerlo nuevamente, no sin antes ver el estado en el que el rubio se encontraba.
La piel de sus piernas se veía quemada entre los tirones de ropa que aún le quedaban, su rostro estaba lleno de pequeñas líneas rojas… Pero el aliento se le fue al ver que una de sus extremidades faltaba.
Roy giró sobre sus talones intentando encontrar su brazo izquierdo y sin embargo parecía imposible. El panorama era devastador, sería como buscar una aguja en pajar.
- ¡Roy!, ne-cesito… a-ayuda medica, n-no quiero morir! – gritaba entrecortada y ahogadamente Edward forzando su voz debido a la falta de aire mientras apretaba la herida con su mano derecha intentando detener la hemorragia.
Entre sus dedos podía sentir la carne y el hueso en una herida palpitante y sangrante. Su cuerpo estaba en estado de shock, la adrenalina corría por sus venas evitando que sintiera tanto dolor, pero sabía que eso no duraría por mucho.
Roy clavó la mirada en los ojos de Edward que brillaban más intensamente que nunca.
Edward apretaba sus dientes lo más que podía debido a la incapacidad de moverse a voluntad. Sentía que su corazón cada vez latía más rápido y que pronto perdería la conciencia.
Debía ser fuerte, si quería sobrevivir… Prefería perder el brazo a morir de esa manera.
- ¡Mustang! – gritó con toda la fuerza que le quedaba desgarrando su garganta. Debía llegar al hospital lo antes posible, sentía como la fuerza se iba poco a poco y el respirar cada vez se hacía menos necesario.
Estaba muriendo.
Roy lo tomó en brazos sin ser muy cuidadoso y continuó corriendo.
Trataba de controlarse pero la desesperación se veía en su rostro. A lo lejos vio a varios militares ayudando a las personas a entrar a los refugios a si como a cargar a los heridos a las ambulancias cercanas.
Una cara familiar llamó su atención.
- ¡Riza! – gritó llamando la atención de la rubia que inmediatamente se apresuró a llamar a un par de paramédicos.
- Roy… - murmuró la chica viendo el estado de ambos.
- ¡Por favor, sálvenlo! – sus manos temblaban, no se había dado cuenta de que en su hombro izquierdo y en parte su espalada algunos cristales estaban encajados.
- Roy, necesitas calmarte. Tú también necesitas que te revisen –
- Necesito estar con Edward – dijo mirando directamente a los ojos de Riza.
Ella entendió y lo dejó ir.
Roy abordó la ambulancia mientras uno de los paramédicos checaba sus heridas. El pelinegro miró a través de una de las pequeñas ventanillas de la ambulancia la escena.
Una de las bombas había alcanzado el cuartel; sin embargo hasta donde alcanzaba a ver no había sido un área importante.
La maquina que marcaba los signos vitales comenzó a sonar indicando una baja en la presión de Edward.
- ¡Lo perdemos! – gritó un paramédico de ojos azules y cabello rubio.
Roy giró inmediatamente a ver a un Edward inconsciente. Sus ojos afilados, su semblante serio. Edward no puede morir. No puede.
- Sálvenlo – dijo en completa seriedad sin aparatar la vista del rubio dirigiéndose a los paramédicos.
Los labios de Edward se abrieron, sentía su corazón latir débilmente, podía sentir la sangre que se acumulaba por debajo de su espalda, y podía escuchar la voz de Roy Mustang.
No iba a morir, no se lo podía permitir. Alphonse lo esperaba: su madre lo esperaba y al parecer Roy también.
¿Cuándo comenzó a importarme tanto?
- ¡Está entrando en shock hipovolémico! – gritó el paramédico de ojos cafés para sacar varias grasas y una cinta quirúrgica de un cajón y comenzar a ejercer más presión de la herida de Edward para después hacer un torniquete más resistente.
Roy miraba como escurría la sangre debajo del rubio, ya para entonces había perdido mucha.
- ¡No te puedes morir Edward!, resiste maldita sea – Roy comenzaba a desesperarse, se levantó asomándose por la pequeña ventanilla para ver cuanto faltaba trastabillando debido al movimiento de la ambulancia recargando su espalda contra una de las paredes del auto encajando un poco más adentro los vidrios que se encontraban en su piel.
Soltó un gruñido y regresó al lugar donde antes se encontraba tratando de quitar los vidrios de su espalda.
El paramédico de ojos azules se levantó del piso donde aplicaba algunos antibióticos a las piernas de Edward para poder ver como se encontraba el coronel.
Edward necesitaba recuperar sangre, una transfusión haría que se recuperara, pero al paso que iban todo quedaba a la suerte.
El rubio podía escuchar todo lo que sucedía; desde como se abrían las puertas del hospital, hasta como rodaban las rueditas de la camilla.
- No puede entrar señor – decía una enfermera negándole el paso al quirófano.
Roy se removía entre los brazos de otros dos sujetos que habían llegado sólo para evitar que entrara. No quería alejarse de Edward, no hasta que estuviera bien.
Edward escuchaba todo entrecortadamente mientras se aferraba a la vida. Algunas imágenes se filtraban en sus cansados ojos. La mascarilla de oxigeno, las bolsas de sangre y el espacio vacío donde debía estar su brazo.
Su mano derecha se aferró a las sabanas mientras contenía el llanto. Sólo deseaba que todo parara, ¿Cuándo las cosas se había salido de control?.
- El paciente se encuentra consciente Doctor – hablaba una enfermera con un cubre bocas.
- Edward, ¿Puedes escucharme? – preguntaba un hombre de ojos azules cubierto de pies a cabeza con una bata, gorro, guantes y cubre bocas.
Edward escuchaba en un susurro la voz del doctor por un oído mientras por el otro sólo había un molesto zumbido. Intentaba enfocar sus ojos pero aún veía borroso.
- Edward, soy Urey Rockbell. Necesito saber si me puedes escuchar – Decía el doctor tomando por el brazo a Edward el cuál giró un poco el rostro asintiendo lentamente.
- Hay forma de que puedas recuperar tu brazo. La milicia ha estado trabajando en una armadura biónica que se implanta en el cuerpo, puedo implantarte un brazo de la armadura pero necesito tu consentimiento debido a que es un procedimiento sumamente doloroso y delicado. ¿Puedes entender lo que digo? –
Edward luchaba por mantenerse despierto pero lentamente todo se nublaba a su alrededor, sabía que volvería a desmayarse por lo que sujetó la bata de la enfermera junto a él asintiendo hasta perder el conocimiento.
- Doctor, no deberíamos. Es un procedimiento muy agresivo y el muchacho está muy débil, morirá – hablaba otra enfermera colocando más bolsas con sangre sobre la mesa de metal.
- Edward dio su consentimiento, tenemos que actuar ahora que la herida está fresca… Su vida apenas comienza, es fuerte y un candidato perfecto – decía el doctor mientras tomaba una tablilla con documentos ilegibles para las enfermeras.
- Prepárense para operar, será una cirugía larga – finalizó el ojiazul firmando las hojas.
Curiosamente, en el extremo superior de los documentos la palabra "Confidencial" se veía sellada.
Roy mantenía la cabeza agachada mientras una doctora suturaba sus heridas en la espalda. No podía dejar de repasar una y otra vez la imagen de Edward, la bomba, la gente, el fuego y la sangre…
Años atrás cuando aún era un adolescente ya había servido en una guerra por lo que ya había visto muchas de esas cosas, pero jamás se acostumbraría a mirar a la muerte.
- ¿Estas preocupado por Edward? – cuestionó la doctora mientras extraía un cristal con unas pinzas del hombro del coronel y lo colocaba en un recipiente de metal.
- ¿Disculpe? – estaba tan concentrado que apenas logró escuchar.
- Edward es fuerte, se recuperará pronto – decía con una sonrisa en el rostro.
- Si, es fuerte… - intentaba convencerse a si mismo de sus palabras. Últimamente el único lugar donde veía a Edward era en el hospital y no podía negar que ese hecho le molestaba.
Había desarrollado sentimientos hacia el chico rubio al grado en el que no podía dejar de pensar en él.
A su modo de ver las cosas esto indicaba dos opciones. Debía hacerle ver a Edward lo que sentía por él para poder cuidarlo y evitar que algo malo le volviera a suceder o debía alejarse.
En el caso en el que Edward le llegase a corresponder, seguramente iba a estar en más peligro que antes, no sólo debido a su posición si no por que representaba un punto débil para sí mismo.
Estaba comenzando a desesperarse, detestaba sobre pensar las cosas.
Por ahora sólo deseaba que Edward estuviera bien, es lo único que pedía.
- Recuerdo un día en un torneo de artes marciales que Edward iba perdiendo contra un sujeto mayor que él. Por más golpes que recibiera, él seguía poniéndose de pie, incluso cuando se le vía exhausto, y al final, lo enfrentó y ganó. Estoy completamente segura que Edward saldrá de esta –
- ¿Cómo es que lo conoce? –
- Mi hija y él solían salir –
Roy no pudo evitar sentir algo al escuchar que Edward ya había salido con alguien. Negó un poco y después soltó un gruñido. Comenzaba a comportarse como un adolescente.
- ¡Mamá, tienes que venir, hay muchos heridos y ya no tenemos donde acomodarlos! – decía una chica rubia de ojos azules cubierta de sangre con el rostro preocupado.
La doctora terminó de pegar una gasa en la espalda del coronel y se despidió rápidamente para comenzar a correr siguiendo a la chica rubia.
Había estado tan concentrado pensando en Edward que olvidó por completo a su hermana por lo que comenzó a ponerse la camisa y la chaqueta nuevamente para dirigirse a buscarla, no sin antes mirar de reojo el pasillo por el cuál se habían llevado a Edward.
Los aviones comenzaban a partir llevando consigo cientos de soldados, todos esperando no morir y poder regresar a casa. Llevarían en alto el nombre de la nación, protegerían a sus hermanos incluso si la vida se les fuera en ello.
El padre de Roy comandaba, no sabía si sus hijos estaban vivos, pero tenía un deber y no faltaría a ese deber.
La gente se ocultaba bajo tierra. Algunos chicos eran tomados a la fuerza para ir a luchar. Si bien Xing era una nación que fácilmente le doblaba en tamaño a Amestris, también tenía puntos débiles, y uno en especial debía ser atendido.
El rey.
Amestris escondía muchos secretos bajo sus calles de los cuales muy pocos sabían y no mencionaban por miedo a perder la vida. Se hacía irónico que mientras algunos defenderían el honor de su tierra otros la manchaban sin siquiera dudarlo.
El desierto entre ambos países iba a ser testigo de lo que el odio, el orgullo y la avaricia podían ser capaces de alcanzar. La arena se teñiría de color rojo, el viento soplaría desolado y la humanidad mostraría la decadencia de sus actos; sin embargo ya no había marcha atrás. El conflicto se había vuelto personal en el momento en el que los ciudadanos de Amestris se convirtieron en victimas. Pero eso estaba por cambiar.
Roy caminaba entre el tumulto de gente intentando encontrar a Emily y a Alphonse. Mientras avanzaba no podía evitar mirar los rostros desolados de las mujeres, niños y ancianos que se resguardaban en el lugar.
Y sólo era el principio.
- ¡Roy! – gritó Emily mientras se apresuraba a alcanzarlo.
- Emily, estaba preocupado por ti – decía mientras la tomaba en brazos y acariciaba cariñosamente su cabeza.
- Sonaron las alarmas y después los estallidos y, Alphonse se enlistó, llegaron soldados y se llevaron a todos los hombres… - la mirada de Emily se centró en la chaqueta de Roy observando las manchas de sangre ya seca y algunos hoyos; sin mencionar que estaba cubierto de polvo.
- ... Roy, ¡¿Qué sucedió?!, ¿fue una bomba? – Emily estaba tan alterada que comenzaba a hablar muy rápido y sus manos temblaban. Había estado tan perdida con Alphonse que había olvidado a su hermano. Quizá era por que lo tenía en un concepto en el cuál él era indestructible, pero ahora que lo veía así comenzaba a darse cuenta que las cosas no eran así.
- Tranquilízate Emily, estoy bien… Debemos encontrar a Alphonse – decía mientras la sujetaba de los hombros y la miraba a los ojos. Muy pronto tendría que partir él también y su pequeña hermana se quedaría sola ahora que Alphonse también había sido llamado.
Ambos salieron del lugar y comenzaron a buscar a Alphonse por los pasillos. Roy dio un vistazo por una de las ventanas frente a él y observó como muchos civiles estaban siendo agrupados en el jardín de entrenamiento fuera del edificio A.
Fue cuestión de minutos para que ambos estuvieran buscando entre los cientos de sujetos que estaban ahí, sin embargo para su suerte Alphonse caminaba con una gran mochila observando una tarjeta.
- ¡Alphonse! – gritó Emily para llamar su atención. El castaño inmediatamente levantó su mirada observando a Roy con ella, pero sus ojos esperaban encontrar a alguien más con ellos.
- ¿Dónde está Edward? – la ligera sonrisa de Alphonse se borró de su cara, sabía que algo andaba mal.
Los tres se dirigieron nuevamente al hospital. Roy le decía a Alphonse lo que había sucedido siendo sumamente honesto al hablar. Alphonse estaba realmente preocupado, últimamente todo le sucedía a Edward.
- ¡Doctor Urey! – llamó Alphonse al doctor que ya conocía muy bien.
- Coronel Mustang, tenemos que hablar – dijo serio el doctor de ojos azules sin mirar a Alphonse.
- ¡Doctor! – levantó la voz Alphonse llamando su atención.
- ¿Cómo está Edward? –
- Debo hablar con el coronel Mustang primero Alphonse –
- Es mi hermano, tengo todo el maldito derecho de saber que pasa con él – dijo Alphonse con voz firme mientras sujetaba al doctor por un brazo evitando que siguiera caminando.
Emily y Roy se sorprendieron un poco, pero después de todo se trataba de su hermano, eso había quedado claro y nadie iba a discutirlo.
El doctor Urey asintió lentamente y los llevó a un cuarto dividido por un cristal el cuál servía para ver diversas cirugías; del otro lado se encontraba Edward, siendo atendido por varios otros doctores y enfermeros, su cuerpo se removía, algunos quejidos se escapaban de su boca.
Edward estaba sufriendo.
- ¡¿Qué le están haciendo?! – exclamó Alphonse mientras se pegaba al cristal mirando aterrado la sangre, a los enfermeros y a su hermano en agonía.
Un grito de Edward hizo que todos se alteraran.
Roy golpeó el cristal rechinando los dientes. Sabía exactamente que estaba sucediendo, ¿Cómo podían siquiera haber pensado en usarlo a él?.
Usar a Edward.
Roy giró irradiando ira en su mirada, tomó por el brazo al doctor Urey sin medir su fuerza y lo sacó al pasillo para hablar con él.
- Tienes que sacar a Edward de esto, DEBES sacar a Edward, ahora. Te prometo que después de esto vivirás toda tu miserable y retorcida vida en la cárcel y no en un lugar peor– masculló entre dientes usando todo el autocontrol que tenía.
- No puedo dar marcha a tras, Edward dio su consentimiento y el procedimiento ha empezado, parar ahora lo mataría… - el doctor dudó un momento y después prosiguió.
- ... él se recuperará, estoy seguro, nada malo le va – sus palabras fueron interrumpidas. Roy lo tomó por la bata y lo arrojó contra una pared violentamente.
- ¡Ninguno de los otros ha sobrevivido!, ¡Sácalo de ahí! – gritó listo para golpear al doctor.
- No, espera… Por favor, yo misma te doy mi palabra. Edward resistirá, el sobrevivirá. Si algo malo llegase a sucederle, yo me haré completamente responsable – hablaba la doctora de ojos azules que le había suturado las heridas. Esta vez era diferente, no portaba una bata ni una sonrisa maternal.
Portaba el uniforme característico del "equipo especial".
Roy dio un paso hacia atrás completamente confundido. ¿Qué tenían que hacer ellos ahí?, pero sobre todo, ¿Cómo se atrevía a tomar la vida de Edward tan a la ligera?
Un grito grave se escuchó dentro de la habitación. Roy inmediatamente corrió hacia adentro siendo seguido por los otros dos doctores que rápidamente comenzaron a asearse para entrar al quirófano.
Había mucha sangre, Alphonse había irrumpido exigiendo que detuvieran la operación, pero sus esfuerzos eran inútiles al estar siendo detenido por algunos de los enfermeros.
No pudo más y de igual forma irrumpió tomando rápidamente un cubre bocas de una caja junto a la entrada.
- Deténganse – ordenó mientras caminaba a paso rápido hacia los enfermeros.
- ¡Deténganse maldita sea! – gritó golpeado al primero en el rostro obligándolo a caer con fuerza contra el suelo.
- ¡No! – gritó ahogadamente Edward haciendo que Mustang se frenara completamente. Su voz sonaba como si lo estuvieran estrangulando.
La doctora Rockbell entró haciendo a un lado al cirujano y comenzó a trabajar en el brazo de Edward. Por un segundo Roy logró mirar su rostro.
Sus ojos dorados estaba eclipsados por su pupila completamente dilatada, estaba transparente y algunos cabellos se adherían a su frente humedecida por el sudor.
- Edward, tus nervios han sido adheridos, pero la inserción será violenta, debes mantenerte despierto, no puedes dormir, debemos ver como tu cerebro y tu cuerpo asimilan el nuevo brazo – hablaba un cirujano mientras observaba el brazo de Edward a través de un aparato sumamente complejo.
La mandíbula de Edward temblaba, sentía como si sus venas fueran a estallar y sus músculos se estuvieran desgarrando, sin mencionar el increíble dolor que sentía en el brazo y en la cabeza. Intentaba hablar sin embargo algunos quejidos se escapaban en lugar de palabras involuntariamente de su boca. El simple hecho de respirar era doloroso.
No había pensado en que todo eso iba a suceder, pero ahora no podía darse el lujo de ceder.
- Métanlo - dijo entre dientes.
- Edward, no… – pidió Roy intentando acercarse, sin embargo aparecieron más miembros del equipo especial obligándolo a salir.
- ¡YA! – gritó cerrando los ojos aferrándose a las correa que evitaba que su cuerpo y su brazo se moviera más de lo debido.
La doctora Rockbell introdujo de un solo golpe la base del brazo en el cuerpo de Edward. Un grito lastimero y fuerte salía de su garganta, sus ojos se cerraban con fuerza y algunas lagrimas se escurrían por su rostro.
La base se asentó y automáticamente comenzó a sellarse a la piel para posteriormente penetrar el musculo y después adherirse al hueso. El rostro de Edward se calmó progresivamente mientras perdía el conocimiento.
Los doctores le hablaban intentando reanimarlo, sin embargo no reaccionaba.
Para Roy era la segunda vez en un día que veía a Edward en esa manera. Jamás le había temido más a la muerte que en esos momentos.
- ¡Sara, debes continuar! – decía el doctor inyectando una dosis de adrenalina en una intravenosa del rubio.
- La doctora tomó el brazo y como lo hizo con la base injertó el brazo de metal. Internamente los nervios se conectaban al esqueleto. Si Edward hubiera estado despierto probablemente hubiera deseado morir.
El pulso bajaba nuevamente al igual que el ritmo cardiaco, al parecer Edward se estabilizaba poco a poco.
Todos contuvieron el aliento.
Hasta que un movimiento en el brazo de metal asustó a todos, la mano de Edward tomó por el cuello al doctor Urey y lo lanzó con demasiada fuerza contra la pared. Todos inmediatamente se apartaron dando varios pasos hacia atrás dejando a Edward sólo conectado a varios cables y amarrado a la camilla. Sus ojos seguían cerrados, su expresión completamente neutral, incluso daba la apariencia de que dormía plácidamente. Alphonse y Roy inmediatamente corrieron hacia él aprovechando la sorpresa de todos.
- No lo toquen – pedía Sara ayudando a levantar a su esposo para después acercase a él y asegurarse de que no se hubiera hecho daño a su nuevo brazo.
Después de las revisiones pertinentes y de observar que Edward no parecía que fuese a despertar pronto debido a los medicamente, fue llevado a una habitación vacía "especial" gracias a su nueva condición. Ahí esperarían a que sus heridas sanaran, a que su cuerpo reaccionara y que no hubiera mayores complicaciones.
El único problema es que ya las había.
Edward dormía, la habitación era monitoreada por una cámara en el pasillo y un par de soldados que protegían la entrada. Sólo una persona podía entrar a la vez. Alphonse dormía a fuera un poco junto con Emily. Ambos chicos estaban exhaustos.
Roy estaba adentro sentado junto a Edward. Sus mirada cansada reposaba en él. Por más cansado que estuviera no podía dormir sabiendo todo por lo que había estado pasando el rubio; sin mencionar el caos de pensamientos que inundaban su cabeza.
Trataba de encontrar el momento exacto en el que su amistad por Edward se había convertido en algo tan grande como para poner en riesgo su propia vida, tan grande como para hacerlo dudar y tenerlo de esa forma.
No podía entender que era lo que lo hacía sentir esa necesidad de tomarlo en sus brazos y fundirse con él, de jamás perderlo y de añorarlo con tanta necesidad.
Todo eso era tan nuevo y tan embriagante que por un segundo y sólo un segundo quería dejar de pensar y de torturarse.
Su mirada se posó en los labios de Edward. Quería besarlo, quería saber si lo que sentía por él en verdad era amor o sólo un apego estúpido, pero no podía.
No lo haría.
- Te pareces mucho a mi y aún no te conozco bien. Eres casi un extraño y aún así me estoy muriendo al verte así – hablaba Roy en voz baja sin apartar la mirada de Edward.
- Me desconozco, jamás había dudado de mi y tu de repente llegas desprotegido intentando ser el fuerte y… - detuvo sus palabras para soltar una carcajada.
- Si pudieras ver lo patético que me veo en este momento – la sonrisa se quedó unos segundos en su rostro hasta que desapareció dejando ver una cara seria.
- Ya no se que está bien o está mal, no se que es lo que siento por ti realmente, pero de algo estoy seguro… Tu hiciste que de alguna forma me doblegara en todo sentido – Roy se estaba controlando, tenía muchos sentimientos cruzados y no podía hacer nada más que desesperarse poco a poco hasta el momento en el que ya no pudo más.
- Tienes que despertar y ponerte bien Edward. Yo te prometo que voy a sobrevivir y voy a regresar para saber de una maldita vez por todas que es esto que me tiene vuelto loco… Pero tienes que ponerte bien – esto último lo pedía en un hilo de voz.
Pasó una mano por su mejilla acariciándolo con mucho cuidado. Si Edward hubiera podido ver esa mirada en los ojos de Roy hubiera visto mucho de lo que no podía expresar con palabras.
- Siento sentirme así por ti Edward, realmente lo siento – Roy se puso de pie, debía salir de ahí, no sabía si era por el cansancio o por que dentro de él se estaba desatando una batalla que no entendía y en la que ganara quién ganara él resultaría perdiendo.
Abrió la puerta y salió de la habitación dejando a un soldado adentro para que vigilara cualquier cambio en el estado de Edward.
Una gota de suero tras otra caía, el latido del corazón del rubio se marcaba normal en la pantalla; la habitación estaba completamente tranquila… Hasta que un dedo de la mano derecha de Edward se movió. Su entrecejo se volvió triste y un par de lagrimas se escurrieron a cada costado del rostro de Edward.
Después de todo. En algún momento su sueño había terminado y se había enfrentado a la realidad.
