Nota de disculpas…

Tenía listo el capítulo hace rato, sin embargo me di cuenta que le faltaban unas escenas y cuando las estaba desarrollando me di cuenta que llevaba escrito como 8000 palabras y aun me faltaban más… Así que lo partí en dos… PERDONENME LA DEMORA.

Este capitulo va dedicado a un montón de personas:

Sandra (mi betora)

A todos los que nos apoyaron con la caída de Amortentia, ya saben quienes son! Todos sus mails nos ayudaron muchísimo a no darnos por vencidas. Y pronto llegara a sus computadoras como estaba antes…

A JK ROWLING POR HABER ESCRITO HARRY POTTER!!! Nunca un libro me atrapó tanto como el último. También se lo dedico a todos los que tuvieron que caer durante la batalla contra Voldemort, desde James y Lily… hasta los del último libro, por los que aun estoy de luto… Verdadero luto.

Y mi fanfic ya no tiene mucho sentido por culpa de Deathly Hallows, tampoco me parece tan insignificante lo que escribí comparado con ese magnífico libro... pero debo terminarlo… así que acá les dejo otro capitulo mas. Espero que les guste.


Capítulo VII: Marcas

– ¿Ginny, estás despierta? – Susurró Harry en su oído.

–Déjame dormir un ratito más… –le contestó ella.

Harry comenzó a dejarle besos en el cuello y dejó que una mano se deslizara por la curva de su cadera. Ginny se dio vuelta rápidamente y quedó frente a él.

–¿Estás despierta?

–No… – Contestó ella con los ojos cerrados.

–Ginny…

En respuesta, refunfuñó algo y trató de volver a conciliar el sueño.

–¿Dónde tienes la marca? –Ginny finalmente abrió los ojos.

–¿Para eso me despiertas¿Qué hora es? –Le preguntó molesta. Tomó la muñeca de Harry y miró su reloj. Solo había pasado una hora desde la última vez que se habían despertado para volver a hacer el amor. Suspiró.

–Perdóname, vuelve a dormir. –Le dejó un beso en sus labios y la abrazó con fuerza.

Sin embargo ella se había estremecido con la pregunta y no pudo volver a cerrar los ojos. Obviamente que Harry se enteraría tarde o temprano sobre su marca después de haber leído su expediente… Ella vio que él estaba con sus ojos cerrados. Con un dedo tocó la cicatriz en su frente y Harry entreabrió los ojos y le sonrió.

Ginny tomó la mano de él y la llevó por encima de su cadera, justo donde sobresalía la cresta ilíaca.

–Aquí, –susurró ella.

–Sí, ahí me gusta, –balbuceó él acariciándola con su dedo pulgar y ella se rió ligeramente.

–No, tonto, ahí tengo la marca.

Harry se sentó inmediatamente como si no hubiese estado profundamente dormido ni cansado. Acercó su varita iluminada sobre la cadera de Ginny. Ella sabía qué vería él. Una mancha más oscura que sus pecas, con forma bien definida…

–¿Es una runa? –preguntó él.

­ –Sí.

–Me gusta, –le dijo él con la voz ronca, le plantó un beso ahí y volvió a recostarse a su lado.

Si no fuera por lo que realmente significaba tener esa marca, Ginny podría haber llegado a pensar igual que él. No le parecía un mal diseño para un tatuaje. Y cuando era chica le gustaba pensar que lo era y que le daba un aire de más adulta al usar su traje de baño. Hasta había tontamente fantaseado con Harry diciéndole que su marca de nacimiento era lo más sexy que había visto en su vida, más o menos como lo había hecho recién. Pero ya no podía pensar así.

Ginny decidió que ya no podría volver a dormirse así que se levantó y fue a asearse al baño. Allí estuvo más tiempo del que solía estar. Mientras se duchaba, inconcientemente se frotó la marca con más ímpetu, como solía hacerlo en La Florinda y por alguna razón quiso ponerse a llorar. Se le había hecho un nudo en la garganta. Terminó de arreglarse con las cosas que le había traído su madre y luego fue a la cocina donde vio que Harry ya había arreglado la sala y tenía listo el desayuno.

–¿Estás bien? –preguntó él preocupado.

Ella asintió con la cabeza, porque temía que si abría la boca se iba a poner a llorar. Pero se le iría la sensación una vez que tomara algo.

Asió la taza de café con sus dos manos. Podía ver de reojo a Harry que no paraba de contemplarla como si quisiera decirle algo más. Bebió un poco del líquido oscuro de la taza y la molestia en su garganta se alivió. El se acercó hasta quedar cara a cara con ella. Si no fuera por la expresión de su cara, Ginny hubiese asumido que Harry la iba a besar.

–¿Qué te sucede?

El rostro de Ginny se deformó tratando de no ponerse a llorar. Sin embargo las lágrimas cayeron igual.

Harry la abrazó intentando consolarla pero el gesto solo provocó que ella llorara más. Y por más que intentara recomponerse, solo bastaba sentir la mano de Harry en su espalda, o escuchar el latido de su corazón para que se volviera a derrumbar. Pasó un buen rato que no se movieron los dos. Que solo se escuchaba el azote del viento contra la ventana y la respiración de ambos, la de Ginny entrecortada y la de él más tranquila.

–Ginny, si te hice daño…

Ella negó rápidamente con la cabeza sin poderlo mirar aun. No quería que pensara que estaba llorando a causa de él. Mucho menos que le hubiese hecho daño. Todo lo contrario. En el fondo de sí misma parecía haber encontrado algo de paz después de haber llorado así, a borbotones.

Finalmente pudo tomar algo de aire y lo miró directo a sus ojos. Harry le corrió el flequillo de la cara y le dejó un beso en la frente.

–Voy a lavarme la cara. –Le dijo Ginny yendo al baño otra vez.

Harry asintió y ella trató de eliminar la hinchazón de sus ojos y el ardor de sus mejillas con el agua fresca. Se miró en el espejo pero aun se veía desastrosamente mal.

¿No se suponía que debía estar regocijándose por la noche que había pasado con el amor de su vida¿No había leído en cuanta novela romántica que llegaba a sus manos que el día después de haber hecho el amor todo resultaba perfecto? Tomó aire y vio que Harry la esperaba apoyado en el marco de la puerta del baño.

–Estarás pensando que estoy loca…

–¿Por qué crees que pensaría algo así de ti? –Le dijo con una hermosa sonrisa contagiosa.

Ella se encogió de hombros.

–Bueno, también podría pensar que tú estás loco por no salir corriendo espantado de mis ataques.

–Eso sería razonable. –Le contestó con algo de humor en la voz. –¿Te hice daño anoche? Tendríamos que haber ido más lento, era nuestra primera…

–No, Harry, no es eso. – Interrumpió ella antes de que él continuara hablando a toda velocidad y terminara diciendo algo estúpido. –La marca, fue eso. –Aclaró ella intentando sonreír. –Me tomó por sorpresa y…

–¿Qué pasa con esa marca? Leí algo en tu expediente, pero no decía mucho. Thompson me pidió que te hablara sobre eso, que el no lograba hacerte hablar mucho sobre ese tema. No creí que te perturbara tanto…

Era cierto. No era un tema del que le gustara hablar. Había dado algunos datos sobre su marca, pero hasta ahora había logrado que no insistieran con preguntas. Su novio se veía turbado con una pose de Auror cuestionando a algún testigo, pero tenía una cálida mirada de entendimiento.

Ginny se acercó y le dio un beso en los labios. Harry la rodeó con sus brazos y suspiró. Volvieron a la cocina donde se volvieron a relajar. Ella sabía que tenía que explicarle pero le costaba comenzar. Estaba absorta, cargada con malos recuerdos que la hacían sentirse como la peor escoria humana. Y sabía que no era totalmente su culpa… pero no podía evitarlo.

Cuando Dolohov había aparecido en su casa, al terminar su séptimo año en Hogwarts, Cuando vio a su madre doblada en dos, con los ojos idos, sacudiendo incontrolablemente su cuerpo, sufriendo el maleficio Crucio. Intervino en el enfrentamiento sin pensarlo dos veces. No iba a permitir que un maldito mortífago dejara a su madre internada permanentemente en la famosa sala de Daños Provocados por Hechizos del hospital San Mungo. No iba a permitir que su madre quedara como los padres de Neville. No iba a permitir que su familia saliera lastimada Y sin dudarlo intercambió su vida, pensando que Dolohov la utilizaría como rehén para escaparse del país y luego la mataría. Pero lo que tenía planeado el viejo mortífago había sido mucho peor.

Le había cortado una de sus muñecas y dejó que la sangre bañara cada cuarto de las ruinas de La Madriguera hasta que ella se desmayó y lo próximo que supo era que estaba en la oscuridad.

Ginny carraspeó y Harry le tomó una mano.

–Cuando llegamos a Sudamérica yo estaba en estado catatónico. Dolohov tenía mis cosas, tenía mi varita. Yo creí que me mataría en seguida. –Su voz estaba quebradiza. –Por un tiempo me dejó encerrada en un cuarto mugriento y oscuro y las fanales me alimentaban con verduras que tenían gusto a pasto. No entendía por qué no querían deshacerme de mí de una buena vez. No me estaban torturando en el sentido que lo haría Voldemort… pero esa espera se sentía como la peor de las torturas.

Ginny se detuvo sintiendo la humedad de aquel cobertizo oscuro, sin ventanas, lleno del olor a putrefacción de otros cuerpos de prisioneros como lo era ella. Tragó saliva sintiendo en su paladar el gusto amargo y áspero de la comida que le daban allá.

–Un día, –continuó ella mirando el dedo pulgar de Harry que acariciaba la parte de atrás de su mano, –vino una de las mujeres y me llevó a donde se hacían las ceremonias. Finalmente me iban a matar. Pero antes me contaron del maleficio que había hecho Dolohov en mi casa. "Sangre derramada en mi casa, sangre para atar mi vida con la de los demás habitantes de La Madriguera." Entendí que no había intercambiado mi vida sino que los había sentenciado a todos a muerte.

Ginny se abrazó a sí misma intentando detener los escalofríos que le subían por la espalda como si fueran miles de arañas. Cerró los ojos y se concentró en respirar bien. Cuando quiso volver a hablar no querían salir las palabras de su boca. Y otra vez se puso a llorar, esta vez peor que antes. Harry instantáneamente apareció arrodillado a su lado para tranquilizarla.

–No tienes que continuar si no quieres… –le dijo él atemorizado por lo que estaba escuchando y, sobretodo, por la reacción de ella.

Sin embargo, Ginny nunca había hablado con nadie sobre esto. Sí, Thompson le había hecho miles de preguntas, pero nunca se le ocurrió preguntarle por qué no la habían matado. Por qué Ginevra Weasley había resultado ser de gran utilidad para las fanales. Y ahora que finalmente se lo estaba sacando de la cabeza era como si le estuviesen extirpando un tumor sin anestesia y no podía detenerse, tenía que contarlo todo.

–Me iban a matar… –continuó ella, – y al hacerlo morirían todos. Tú… mis hermanos… mis padres… mi sobrinito… Hermione… No sabía qué hacer… –Cada cosa que decía se entrecortaba con una bocanada de aire que tomaba para no volver a sucumbir al llanto. –No había nada que pudiera hacer. Estaba completamente atrapada y lo suficientemente débil como para no poder pensar en alguna forma de escaparme. No las había. Pero eso no sabía yo. Querían aprovechar mi muerte para hacer un sacrificio y utilizar mi vida para canalizar magia… Me tuvieron que quitar la ropa para untarme con lociones encantadas.

Harry la miraba con espanto. Totalmente enmudecido por lo que le estaba contando.

Ginny se puso de pie y se levantó la falda por encima de la cintura para mostrarle la marca que había comenzado la conversación. Trazó un dedo sobre ella. Y le preguntó a Harry si tenía alguna loción mágica en su casa.

–¿Qué?

–No sé, tienes alguna crema o… ya sé. –Fue corriendo al baño y regresó con la pócima dentífrica que utilizó para untarse la marca.

–¿Qué haces?

Ginny no le contestó porque la marca comenzó a brillar.

–Cuando comenzaron a untarme las lociones me pasó eso. Les tomó por sorpresa y llamaron a las fanales superiores… La marca es el símbolo de las fanales. Aparentemente solo una persona antes nació con esta runa como mancha de nacimiento. La fundadora… Así fue como me salvé… y no me mataron.

Ginny se calló de golpe. Esperaba que Harry hiciera algún comentario. Pero él no decía nada y permanecía inmutable. Ella se secó las lágrimas con una mano y observaba a Harry con detenimiento.

–¿Quién fue la fundadora? –susurró Harry con asco en cada palabra. –¿Quiénes son esas fanales?

Ginny encogió los hombros.

–Según ellas todo lo que hacían era en beneficio del porvenir de las comunidades mágicas. Lo único que hacían era experimentar con la gente. Y cuando aparecí yo… cuando me descubrieron, intentaron meter sus conocimientos en mi cabeza a la fuerza… Benjamina me había dicho una vez que estaban en La Florinda porque sabían que allí sucedería algo extraordinario, y mi llegada pareció confirmárselos.

Se quedaron un rato así. Ginny no sabía como continuar y no sabía qué haría él. Miró la ventana y vio que había una tormenta de nieve. Frío. Así se sentía por dentro, con una enorme tormenta helada.

Harry finalmente levantó la vista y trató de sonreírle. Se puso de pie y le dijo a ella que iría a bañarse en voz baja. El repentino cambio de actitud molestó algo a Ginny. Pero sabía que él volvería al tema. Seguramente necesitaba pensar un poco todo lo que ella le había dicho.

Ella asintió y se dirigió a buscar más café, pero Harry la tomó fuertemente de la mano. Ella lo miró desconcertada. Y notó que él parecía que iba a decirle algo.

Harry se iba ruborizando cada vez más hasta que finalmente abrió la boca.

–¿Me acompañarías?

Ginny sintió que la pregunta viajó varios kilómetros por su cerebro hasta que finalmente entendió que le estaba diciendo. Sin quererlo comenzó a reírse y estaba tentada a decirle que ya se había duchado. Miró la hora y todavía era muy temprano para estar preocupándose por comenzar el día. Ni siquiera se había asomado el sol y la tormenta mantenía todo más a oscuras. Pero Ginny no estaba preocupada por esas cosas y fue de la mano hasta el baño con su novio.

Harry abrió el grifo de agua caliente inmediatamente y se quitó el boxer y la camiseta que se había puesto para desayunar tan rápidamente que Ginny creyó que había utilizado algo de magia. Ella se quedó observándolo con detenimiento sin poder moverse de al lado del lavabo.

–¿No vas a quitarte la ropa? –le preguntó él y ella asintió levemente sabiendo que se había apoderado de ella un pudor irracional.

El la ayudó con el corset y cuando quedó otra vez expuesta a él con su ropa interior, notó cómo le brillaban los ojos a Harry, cómo le transmitían una calidez mucho más acogedora que el agua que salía de la ducha.

–Te amo, Ginny.

–¿Más que la tarta de melaza? – le preguntó ella en broma, aunque su tono era serio.

–Mucho más que la tarta de melaza…

Ginny le rodeó el cuello con sus brazos, tildó la cabeza hacia un costado y sonrió.

–¿Más que el Quidditch?

Esta vez Ginny sintió que Harry se tensó minúsculamente con la pregunta. Y la contempló a ella con curiosidad por un breve momento. Pero antes de que ella le reprochara el tiempo que se estaba tomando en responderle, Harry le tapó la boca con un beso que la dejó tonta y sin aliento. Tuvo que aplicarle algo de fuerza para que ella se entregara por completo, pero valió la pena. Pestañeó confundida y la voz de Harry la devolvió a la realidad.

–Te amo más que la tarta de melaza y que al Quidditch porque sé que puedo vivir tranquilamente sin ellos. Ahora… –frunció el seño y se frotó la barbilla simulando que estaba ponderando profundamente lo que estaba por decir, –esos besos que me das son mil veces más deliciosos que cualquier tarta de melaza, incluyendo la que hace tu mamá ¡que es bastante deliciosa! –Ginny se rió de eso. – ¿Y más que el Quidditch? Hmm… esa está difícil. ¿Para qué preciso del Quidditch cuando te tengo a ti para poder jugar y para hacerme volar…?

Ginny lo empujó suavemente por el comentario cursi que hizo él. Trató de parecer molesta y se metió debajo de la ducha.

–¿Qué¿Dije algo que no debería haber dicho? –preguntó él inocentemente y con los hombros encogidos, provocando que ella se riera con ganas. Le hizo señas a él para que se acercara y se abrazaron. El agua les caía a los dos y ninguno tenía intenciones de moverse. Solo las pequeñas gotitas sobre sus pieles y el tiempo avanzaban.

Harry lentamente se movió, sin interrumpir el ambiente relajado que se había creado entre los dos y le dejó un beso sobre la frente. Ella levantó la cabeza para verlo a él ofrecerle una de sus hermosas sonrisas que iluminaban sus fantásticos ojos verdes.

–Estás mojando tus anteojos… –susurró ella.

–¿Cómo quieres sino que vea todas las trazas doradas de tus ojos? –Le contestó casualmente mientras se los quitaba y los dejaba fuera del alcance del agua.

Ginny dio un paso hacia atrás con ambas cejas levantadas. Extendió sus brazos delante de ella para que él no se le acercara. El la miró confundido.

–¡Devuélveme a mi Harry! –Exclamó ella. –¿De dónde salió este Harry tan romántico?

Harry se puso colorado y evitó mirarla de frente antes de disculparse con ella. La respuesta de Ginny fue un abrazo tan apretado que él se rió en su vano intento de dejarlo sin aire.

–Déjame lavarte ese hermoso cabello, – le dijo y sin esperar que él le contestara se llenó con shampoo una mano y lo obligó a que se arrodillara ante ella. El aprovechó la posición, la asió por la cintura y comenzó a lamer las gotitas de agua que recorrían su abdomen. Ginny sintió un delicioso escalofrío en la espalda, quedó paralizada y se olvidó por completo que iba a lavarle el cabello. La lengua de él no dejaba de recorrer todo lo que tenía a su alcance. Ginny gimió suavemente cuando él empezó a succionar la piel donde tenía la marca. Ella entrelazó sus dedos en el pelo de Harry y lo agarró con más fuerza.

–Harry…

–¿Ginny…? –Ella abrió sus ojos que no recordaba haber cerrado, vio que Harry tenía espuma del shampoo en sus ojos y se estaba poniendo de pie. Ella se llevó una mano a la boca en asombro por su distracción, sin percibir que al hacerlo se estaba poniendo más shampoo en su propia boca. El se rió mientras se enjuagaba por el lío que habían hecho los dos.

–¿Me dejarías enjabonarte? –Le preguntó acalorada por el desastre que había hecho antes.

El asintió contento, y le entregó una esponja que generaba espuma en el instante que entraba en contacto con el agua. (1)

Ginny empezó a frotarle los brazos, luego lo obligó a que se diera media vuelta y sonrió para adentro al ver la marcada espalda de Harry. No era demasiada llamativa, de la misma manera que en su torso, pequeños surcos marcaban cada uno de sus músculos a los que se dedicó a recorrer con la esponja, acompañando cada uno de sus haces, desde la columna vertebral hasta donde terminaban en sus hombros, y desde debajo de sus brazos hasta la columna otra vez. Admiraba cómo respondían con cada sutil movimiento de la esponja. Cuando se contraían y cuando se relajaban. Volvió a reírse suavemente asombrada por encontrar la espalda de Harry tan fascinante.

Miró más abajo, donde terminaba la espalda de él, y se mordió su labio inferior con pudor. Intentó ignorar esa parte de su cuerpo, pero su mano estaba en otra sintonía, distinta a la de su razón y le pellizcó una nalga. Harry saltó y se dio la vuelta protegiendo su trasero con las manos. Ginny se abalanzó sobre él para darle un beso largo mientras dejaba que el agua terminara de enjuagarle la espalda. Harry balbuceó algo debajo de la boca de Ginny.

–¿Qué dices?

–Se nos está haciendo tarde…

–Oh… –Ella se encogió de hombros con desilusión. Esto de mimar a Harry le estaba resultando más entretenido y excitante de lo que jamás se hubiera imaginado.

–Te aseguro que no quiero ir a trabajar… –le dijo ante la cara que había puesto Ginny. Ella se rió.

–Mejor nos apuramos, entonces.

–¿Y si le digo a Kingsley que me engripé y nos quedamos todo el día aquí?

–Seguramente Kingsley en persona va a venir a darte unas gotas de la pócima pimentónica y te va a llevar de una oreja a la Oficina. ¡O peor! Va a venir Ron a buscarte y nos va a encontrar en una posición de lo más indecorosa y no vas a poder poner pie en la casa de ningún Weasley por el resto de tu vida, que dudo que sea larga cuando se entere mi madre… –suspiró algo divertida. –Deja que termine de enjabonarte¿sí?

El negó con una sonrisa tonta en su cara.

–¿Por qué no? –Ginny frunció los labios.

–Si continuamos así no creo que salgamos nunca de aquí… –Le susurró él bien bajo.

Ginny asintió más ruborizada de lo que había estado antes. Le dio un beso cortito en los labios antes de salir de la ducha para poder secarse y dejar que Harry terminara de bañarse por su cuenta.

Estaba dándole la espalda a Harry. No podía evitar sentirse incómoda. ¿Dónde estaba esa Ginny de la noche anterior¿De donde había surgido esa repentina timidez? La Ginny de la noche anterior le hubiese hecho de todo a Harry en la ducha. Se mordió los labios con fuerza hasta que sintió que Harry se estaba secando detrás de ella.

–¿Ginny…¿Te sucede algo?

–Sí, –afirmó ella rápido, –es solo que…–Ginny se volteó y vio que Harry ya estaba seco y olía deliciosamente bien. Suspiró y él comenzó a ayudarla a vestirse.

–¿Qué?

–No importa… –Ginny sacudió su cabeza. Eran muchas cosas las que quería decirle. Muchísimas. Pero ya encontraría otro momento para contarle sus inquietudes, sus frustraciones. Para agradecerle por todo lo que estaba haciendo por ella. Había tiempo.

Harry apoyó su mano sobre la mejilla de ella y llevó su mirada hacia la de él. Ginny deseaba palpar esa manera que tenía de contemplarla con tanta adoración… Quería ahogarse en el intenso verde de sus ojos y ser capaz de tocar su alma, como hacía él cada vez que la miraba. Sentía un ardor detrás de sus pupilas que la encendían y la dejaban incandescente. No podía desviar su mirada, se habían fijado a él como con super pegamento… Y Harry, él parecía haber quedado adherido a sus ojos marrones. Tuvo la extraña sensación de que Harry quería penetrar en su mente. Un cosquilleo molesto que le raspaba los pensamientos. Su respiración comenzó a agitarse y el mismo ardor de antes comenzó a abrumarle. Intentó cerrar los ojos pero algo se lo impedía. Miles de agujas comenzaron a pincharle el interior de la cabeza. Harry notó el repentino cambio y la alcanzó a sostener cuando sus rodillas cedieron y casi colapsa en el suelo por el inmenso dolor que la invadió por sorpresa. Los músculos de su estómago se contrajeron y presintió que vomitaría, tuvo una arcada y sin darle tiempo a Harry de llevarla al lavabo, devolvió todo su desayuno sobre él. Tosió varias veces, escupiendo un polvo abrillantado que quedaba suspendido en el aire, brillando contra la luz y luego se desvanecía.

Harry la miraba asustado.

–¡Vamos a San Mungo! –le dijo ella justo antes de que se desmayara.

En el hospital la atendieron rápidamente. Una sanadora de turno que conocía en detalle las condiciones de Ginny se hizo cargo de la situación sin inconvenientes y procedió a explicarles lo sucedido.

–El sanador Sloan ya nos había advertido que podría pasarle algo así, señorita Weasley. –Le comentó a la vez que se enjuagaba las manos en una pócima azul chispeante. – Debe tener en cuenta que lo que le ocurrió a usted es algo nunca visto. Sí, hay algunos registros de casos similares en varios libros de sanación con tantos años como tienen las pirámides de Egipto… La misma Helga Hufflepuff tiene todo un libro escrito sobre este tema. Pero jamás nos imaginamos que podríamos ser testigos de algo semejante.

Harry, que había decidido permanecer junto a Ginny hasta que ella estuviera bien, estaba parado en un rincón del cuarto con sus brazos cruzados y con una arruga de preocupación entre sus cejas. El carraspeó impaciente y la sanadora le dirigió una mirada molesta antes de continuar con su explicación.

–Preferiría que vayamos a la sala de rehabilitación… Creo, señorita Weasley, que está lista para hacer magia. Yo tengo que ir atender a otro paciente ahora. Será rápido. Me gustaría que nos encontremos en media hora allí.

Ambos sonrieron ante la noticia. La sanadora se retiró y Harry tomó del brazo a Ginny para ayudarla a mantener el equilibrio.

–Te prometo que puedo mantenerme en pie, Harry.

El la soltó sin dejar de vigilarla y se dirigieron a la recepción del hospital para preguntar dónde quedaba la sala de rehabilitación.

Ginny se quedó mirando las bellas flores del kiosco de la entrada. Aspiró el intenso aroma de las flores silvestres que permitían ingresar en los cuartos de los pacientes y se volteó para ver si Harry ya había terminado de hacerle preguntas a la vieja señora que atendía la recepción. Pero él ya no estaba allí. Caminó un poco y se puso en puntas de pie para poder ver por encima de las cabezas hacia dónde se había metido su novio.

Lo vio que iba hacia ella con dos tazas de té en la mano.

–Disculpe, señorita. – Le habían dado unos golpecitos con un dedo en el hombro. Giró en sí para ver que un señor con cabellos totalmente blancos y ojos amarillentos hundidos le ofrecía un ramillete de las flores que había admirado antes.

–Oh… ¿Son para mí? –Preguntó ella sonriente, sabiendo que era el kiosquero del puesto de flores.

–Son para la flor más bella de este hospital… –le dijo asintiendo con una sonrisa. El hombre hizo una reverencia y Ginny tomó las flores. En ese instante el hombre se marchó y sintió a Harry mirar con extrema desconfianza.

–¿Quién te dio esas flores?

–Un señor…

–¡Tíralas ya mismo¡No¡Dámelas que las llevaré ya mismo al laboratorio para asegurarme que no están envenenadas!

–Harry, no seas paranoico, estas flores están bien… –Le dijo disfrutando el riquísimo aroma que emitían.

Pero él no quería escuchar razón alguna y se las quitó de las manos.

–¡Harry¡Devuélveme ya mismo esas flores! –Estampó un pie contra el suelo, sus puños estaban cerrados y sabía que su tono de voz era firme y peligroso. Aun así, Harry no cedió. ­–Como tú quieras… – Ginny tomó la taza del té que él había ido a buscar antes y se fue por su cuenta.

–Sinceramente te creí más precavida. –Le contestó él detrás de ella. –Sabes que no estás en ninguna posición para aceptar cosas de extraños.

–No es ningún extraño.

–Sabes a lo que me refiero.

–Está bien, déjalo ya…

Harry suspiró. Ginny continuaba enojada por el repentino arrebato de Harry, sin embargo no quiso presionar el tema debido a que estaba entusiasmada por hacer algo de magia, así que caminaron en silencio a la sala donde ya estaba la sanadora.

Ginny se acercó a una mesa con diferentes varitas.

–Quiero que tome cualquiera de estas varitas y vea cómo las siente.

Con una ceja arqueada Ginny obedeció.

–¿Cuál siente más cómoda? –Insistió la sanadora.

Ginny volvió a tomar una por una, tratando de recordar cómo se sentía su propia varita. La verdad era que no sentía ninguna muy cómoda. Pero optó por una que al agitarla levemente irradió unas chispas.

–Pruébela.

–Pero el sanador…

–Solo pruébela.

Ginny miró a Harry en busca de seguridad, pero emanaba un aura fulminante desde que le habían dado las flores. Ella le sonrió con ánimo y él respondió curvando sutilmente la comisura de sus labios.

Pensó en algún hechizo de su primer año de Hogwarts.

–Wingardium Leviosa… –exclamó apuntando su varita a un aparato que parecía ser un estetoscopio y éste se agitó levemente antes de subir unos pocos centímetros de la mesa en donde estaba.

–¡Perfecto! –Aplaudió la sanadora y Ginny le sonrió sin terminar de entender por qué le permitían realizar magia. –Ginevra Weasley, sus nódulos han sido completamente sanados y ya puede comenzar a practicar magia con normalidad.

–¡QUE¿Cómo…?

–Cuando intervenimos en su recuperación no pudimos eliminar todas las trazas de la magia ajena que le devolvieron la vida. No comprendíamos muy bien el mecanismo que permitió al hada entretejer su vida en el plano terrestre en tan poco tiempo. Así que comenzamos a sospechar que el hada aun se encontraba en su sistema y que interfería en el flujo normal de su propia magia. El sanador Sloan se aseguraba en cada sesión que, cada uno de sus órganos, funcionaran correctamente y que las huellas de su magia no se perdieran en las del hada. Lo que estoy tratando de decir, es que tenía que deshacerse del hada de cualquier manera. Regurgitar fue la mejor opción para ello. –La sanadora carraspeó y se frotó su barbilla –Lo que ahora nos gustaría saber es si fue provocado de alguna manera natural…

Ginny vio a Harry ponerse algo colorado y se fue acercando a ella para tomarle de una mano. Ella le apretó un poco la mano para que le doliera.

–Me debes un ramo de flores. No creas que me olvidé de eso.

El asintió son la cabeza, le dejó un beso en su mejilla y le susurró que se iba a ir a trabajar. La sanadora se quedó un momento observándolos, hasta que los tuvo que interrumpir porque tenía que darle a Ginny una serie de ejercicios para que practicara su magia.


(1) Es lo que falta que invente Cif o Mr Músculo, una esponja auto-recargable…

Se que hay otro capítulo después, pero díganme qué opinan de la marca de Ginny!

GRACIAS POR LOS REVIEWS!!!