VII
Redención
Comemos las cosas que trajo Peeta para el almuerzo en silencio, abrazados. Me como una deliciosa torta de zanahoria, de aquellas que sé son sensación en todo el distrito, pero su sabor se ve opacado por el bienestar que me produce el estar tan cerca de Peeta. Después de comer nos recostamos un rato en el pasto. Yo juego con su mano, sus dedos hábiles y fuertes al trabajar, delicados y suaves al tocarme. Él me acaricia con su otra mano el cabello. Nuestras miradas se cruzan y no puedo creer todos los momentos de mi vida que gasté no mirando su rostro. Me acomodo y me quedo largo rato entretenida mirando sus ojos azules, sus largas pestañas rubias, sus deliciosos labios...
Peeta se me acerca de pronto y me besa con fuerza. Yo lo abrazo, apretándolo fuertemente contra mi cuerpo. Él apoya su frente contra la mía, con sus ojos cerrados. Siento su respiración tranquila y disfruto del maravilloso olor de su piel, tan cerca de la mía. Me inclino para besarlo otra vez y otra más, sin querer que el momento se acabe.
—¿Qué te gustaría hacer ahora?—me dice después de un rato. Yo no quiero despegarme de él, pero una idea cruza mi mente.
—Quiero nadar—le digo. Me levanto de un salto y me quito las botas y los pantalones. Miro a Peeta un segundo, quien me está mirando entre la risa y la sorpresa, corro hacia el lago y me lanzo al agua. El frío del lago me hace estremecerme hasta los huesos y me revitaliza. Me hundo dentro del agua y me dejo llevar por la corriente. El ruido de la ruptura de la superficie del agua me saca de mi trance. Peeta acaba de meterse al agua, pero permanece en la orilla, temeroso de adentrarse mucho.
Me sumerjo de nuevo y nado hacia él bajo la superficie. Le rodeo la cintura con mis brazos y lo siento saltar de la sorpresa. Cuando salgo del agua se está riendo.
—Por un momento pensé que eras un monstruo marino—me dice. Yo me río también. Apoyo mis pies en el fondo del lago, enterrando ligeramente mis pies en el barro de éste. El sol hace brillar el cabello de Peeta dándole el aspecto de suaves fibras de oro, sus ojos azules me miran risueños y esta vez soy yo la que me quedo embelesada.
De pronto me toma entre sus brazos y me levanta sin más. Mis piernas instintivamente flotan y se aferran a su cadera, aprisionándolo como sus brazos hacen con mi torso. El beso que sigue hace que me olvide por completo del frío del agua, del brillo del sol, del ruido del bosque. No existe nada más que él y yo.
Cuando salimos del agua me doy cuenta de algo.
—Peeta, no puedo casarme contigo—empiezo y Peeta se gira sobre sus talones de forma violenta haciendo que me detenga. —Necesito hablar con mi madre primero—me apresuro a decirle.
Lo veo suspirar y me susurra un "por supuesto" muy bajito. Creo que casi lo he matado del susto, lo que me causa un poco de risa. Él me mira un poco dolido por la risa, pero me dice muy seriamente: —¿No hay alguien más con quién deberías hablar también?
Me lo quedo mirando sin entender a lo que se refiere. —Otra persona con quién no hablas hace tiempo... —insiste. Y entonces lo comprendo.
Gale.
Me quedo estupefacta, observándolo con la boca abierta mientras se pone los pantalones y luego los zapatos. No es hasta que una brisa hace que me lleve los brazos a cubrirme el cuerpo de frío que me doy cuenta que sigo en ropa interior. Me visto de prisa y no lo miro un buen rato. De pronto me sobresalto al sentir sus brazos alrededor de mi cintura.
—Creo que te haría bien, eso de tratar de arreglar las cosas—me dice. Yo me suelto rápidamente molesta: —Yo no soy la que me he alejado—le digo. No sé si me habla de mi madre, de Gale o de ambos, pero no reprimo mi enojo ante su acusación de que de alguna forma soy yo responsable de su abandono.
El camino regreso a mi casa lo hacemos en silencio, aunque no rechazo su mano cuando toma la mía. Eventualmente me rindo y lo dejo rodearme con su brazo. —Lo lamento—me susurra al oído.
—Yo también—le digo. —Es sólo que no sé si seré capaz de enfrentarme aún a sus reacciones.
Peeta deja a un lado la canasta de comida, ahora vacía, y me toma por los hombros. Me dice que él es capaz de esperarme todo lo que desee. Pero me insiste que después de todo lo que vivimos no es bueno que me aparte de la gente que amo. De pronto me siento culpable con él, quien ha perdido a toda su familia y no tiene a quien recuperar. Y lo comprendo. Debo al menos intentarlo.
Llamo esa noche a mi madre y la conversación se llena más de silencios que de palabras. Le cuento que estoy mejor, del trabajo del libro y lo que me ha ayudado a sobrellevar las cosas. Ella me cuenta sobre su trabajo en el hospital. Finalmente no tengo nada más que decirle que el motivo por el cuál la he llamado. Después que le menciono el compromiso el silencio se me hace eterno.
—¿Cuándo?—es todo lo que logra responderme después de un buen rato.
—No hemos decidido la fecha aún. Quería contártelo a ti primero.
Otro largo silencio.
—¿Quieres que vaya?—me dice y siento en su voz el temor de que le responda que sí. Sé inmediatamente que no desea venir.
—Sólo si quieres venir—. Un silencio sepulcral sigue. Sólo escucho su respiración, que me indica que sigue allí. Creo que pasan uno o dos minutos antes de que vuelva a hablar.
—Lo intentaré—me miente. Y luego se excusa con el trabajo y un nuevo proyecto de un sistema de salud menos centralizado en el Capitolio, con más hospitales en los distritos. Pero yo sé el verdadero motivo.
Después de esa llamada telefónica decido que es mejor no intentar un acercamiento con Gale de esa forma. Le envío una carta en la que le pido que nos reunamos, que necesito conversar algo con él. La respuesta llega a los dos días con una invitación al distrito 2, disculpándose que no puede separarse de su trabajo, pero que podemos juntarnos a almorzar. Y con la carta me envía dos boletos de tren e indicaciones de un hotel donde ha arreglado que me quede.
El viaje al distrito 2 me parece interminable. Logro que Peeta me acompañe a regañadientes pero me dice que se quedará en el hotel mientra me reúno con Gale. Un vez allí intento perder el máximo tiempo posible antes de salir hasta que eventualmente Peeta prácticamente me echa de la habitación.
Quedamos con Gale en una especie de restaurante para almorzar. Al entrar noto que este lugar bien podría estar ubicado en el capitolio dada la exuberancia de su diseño. El lugar es tan distinto a lo que me habría esperado, especialmente viniendo de él, que por un momento creo que me he equivocado y me dispongo a devolverme por mis pasos pero un par de chicas unos años más jóvenes de hoy parecen reconocerme, dispuestas a ir a hablarme, por lo que me giro sobre mis talones. Un hombre con un traje pomposo me lleva a una meza privada cuando le pregunto por Gale.
Espero cerca de una hora cuando decido levantarme e irme. Ahora Peeta no podrá culparme de no haberlo intentado. Pero en el momento en que voy a tomar el picaporte éste se gira sobre si mismo y la puerta de caoba se abre. Me encuentro frente a frente con Gale y no logro reprimir mi sorpresa. Su semblante parece el mismo, con su piel olivácea y ojos grises como los míos, pero me parece completamente diferente del hombre con quién luche en la guerra. Ya no quedan rastros del niño de 14 años con quien me topé en el bosque y que pensaba que iba a robarle sus presas. Este no es ya mi mejor amigo Gale, mi compañero de caza y de comentarios ilegales sobre el Capitolio. Quizás es el traje, probablemente del mismo origen que el traje de aquel engreído mesero. Se ve guapísimo, pero tan irreconocible que no me animo ni siquiera a saludarlo.
—Hola, Katniss—me dice después de un rato de observarnos en la puerta. Y como si estuviera interpretando un papel me hace un gesto para que tome asiento.
Lo hago mientras intento sacar de mi cabeza todas mis críticas a su aspecto y concentrarme. Quiero iniciar una conversación sencilla, como cualquiera que hubiéramos tenido antaño, pero no logro hilar aún mis pensamientos cuando él me dice: —Ya veo qué es lo que vienes a decirme.
Sus ojos grises, brillan, completamente fijos en mi mano izquierda, la cual he dejado descuidadamente descansando sobre la meza. El anillo que me regaló Peeta está en mi dedo anular. Me sonrojo al darme cuenta que me olvidé que ese pequeño detalle me delataría antes que pudiera preparar el terreno y darle la noticia. Me siento como si me hubieran descubierto robando o algo similar.
—En el fondo siempre supe que lo escogerías a él—susurra muy bajito. No logro descifrar si es rabia lo que detecto en su voz.
—Vine porque hace mucho tiempo que no hablamos y... —empiezo, pero Gale arquea las cejas y me rindo—y Peeta pensó que debías oírlo de mí.
Gale suspira y sé que sólo he hecho toda la situación peor.
—Pues felicitaciones—me dice, completamente serio.
Nos quedamos un rato en silencio. Luego el continúa: —Por un momento pensé que quizás habías encontrado la forma de perdonarme.
Me dice esto y mi mente vuela inmediatamente a Prim. Logro reprimir a duras penas la imagen de su cuerpo en llamas, que continúa acosándome en las noches, y sacudo la cabeza. Gale me mira y me doy cuenta que es dolor lo que hay en su rostro. Pero no logro que me importe.
Me levanto, dándome cuenta que esto fue una mala idea, que no estaba preparada para verlo. Me atropello para salir y antes de que la puerta se cierre de un golpe lo escucho decir: —Yo también rehice mi vida con alguien más.
Cuando regreso al hotel no le dirijo ninguna palabra a Peeta. Me voy directo al baño, enciendo la llave de la bañera y me sumerjo en ella en el agua tibia. Allí, en el agua, las lágrimas simplemente se funden con el agua del grifo. Allí puedo sentirme miserable a mis anchas.
No sólo mi madre me había vuelto a abandonar, como años antes cuando falleció mi padre, sino que también era definitivo que había perdido a Gale para siempre. Era todo mucho más fácil cuando su abandono se enmascaraba en la distancia que nos separaba. Una rabia enorme me inunda al darme cuenta que ambos me había rechazado tan fácilmente, como si nunca hubiera significado nada para ninguno de los dos.
Debo permanecer allí al menos una hora, porque mis dedos empiezan a arrugarse como si fueran pasas, cuando Peeta llama suavemente a la puerta y me dice que tengo visitas. Me hundo una vez más, escondiendo un grito en una burbuja, antes de salir. Me visto rápidamente y me peino a la rápida. Con el cabello todavía mojado salgo a la pequeña salita de la habitación.
Al entrar veo a Gale y a Peeta conversando tranquilamente de cosas triviales. Algo así como me hubiera gustado a mí empezar nuestro encuentro anterior. Pero, por supuesto, yo no tengo el don de la palabra como Peeta. Me adelanto un poco y se dan cuenta de mi presencia, poniéndose ambos de pie. Peeta cruza rápidamente la habitación, excusándose con Gale y desaparece hacia el dormitorio.
Y allí nos quedamos, Gale y yo, solos nuevamente.
Otra vez el silencio.
—¿Para qué viniste?—le pregunto seria.
—Para disculparme—me dice. —Por hoy, por Prim, por todo. —Sus ojos brillan por las lágrimas, agolpándose en los bordes, pero que él las intenta detener. —Sé que nunca podrás perdonarme y por eso no quise volver al 12. Preferí alejarme para no tener que lidiar con el daño que te causé...
Un lágrima finalmente rueda por su mejilla cuando suelta: —¡Yo nunca hubiera querido que eso le pasara a Prim!—Mi pecho se aprieta y de pronto siento que me cuesta respirar. Siento que el corazón me late tan rápido dentro de mi pecho, casi como si fuera a abrirse paso a través de mi tórax.
—Yo amaba a Prim—susurra. En ese momento pierdo el control.
—¡¿Y qué hay de los demás niños y adultos que murieron con tus bombas?! ¡¿Que le pasara a los hermanos o padres de desconocidos no importa?!—le suelto de pronto. Estoy gritando. Gale mira al piso. —¡¿No te das cuenta de todo el daño del que fuiste parte?!
Como si un rayo me hubiera golpeado, siento que las palabras que acabo de pronunciar me hieren como si me hubieran clavado un cuchillo en el pecho. ¡Soy yo, y no Gale, quien hizo todo ese daño!
Quiero borrar lo que dije, pero no logro hablar. Las piernas me flaquean y me caigo hacia delante en el piso de la sala. Gale corre hacia mí y me sostiene en un abrazo que sólo consigue que me sienta más ahogada. Me repite que lo siente tantas, tantas veces y cada una me duele como una nueva cuchillada. No puedo dejar de llorar y siento que la chaqueta de su traje caro está empapada por mis lágrimas.
Eventualmente mi llanto es reemplazado por un hipo y un irritante sentimiento de culpa. Gale no me ha soltado y sigue murmurando muy bajito—al punto que ya no lo entiendo—lo que sólo pueden ser más disculpas. Una figura en la entrada de la sala llama entonces mi atención. Peeta ha vuelto de la habitación, quizás producto del silencio que de pronto nos rodea.
—Tienen que dejar de actuar así...—dice, pero inmediatamente se corrige. —Tenemos que dejar de actuar así, tenemos que dejar de seguir teniéndonos rencor por todo lo que pasó. Debemos recordar quién es el verdadero responsable de todo.
Sus ojos brillan de vehemencia. Su expresión muestra esa concentración que adopta cuando está pintando o haciendo pan. Esa expresión tan distinta de la suave y relajada que suele tener, esa que me hace preguntarme sobre el mundo interior que no comparte conmigo. Entonces susurra: —El capitolio.
Sacudo mi cabeza en negación.
—No, Peeta—le digo. Gale ha retrocedido de su abrazo y nos mira a ambos con los ojos tristes y apagados, aún sentado en el suelo. —Nosotros no fuimos secuestrados como tú. Nosotros tomamos esas decisiones por nuestra cuenta.
—Pero eso no hace ninguna real diferencia—me insiste. Ahora él sacude su cabeza: —No lo entiendes aún. ¿Qué tan libre éramos para tomar decisiones en esa época? Además, ¡fueron ellos los que pusieron esa rabia, esa sed de venganza! Todos los errores que cometimos en los juegos, la gente que nos llevamos en la guerra, todo fue porque desde un principio nos colocaron en esa posición, de vivir con miedo y rodeados de miseria, de estar atrapados... Incluso la esperanza que teníamos era ilusoria.
Miro a Gale y de pronto veo de nuevo ese fuego en sus ojos. Recuerdo esos días en el bosque, en el distrito 13, en la guerra. Veo su odio al Capitolio aún sin extinguirse, pese a que el gobierno está ahora en otras manos. Manos en las que no tenemos motivos para desconfiar... aún.
—Pero fue necesario—la voz de Peeta se hace ronca al decir esto. El viejo Peeta, aquel chico que conocí en los primeros juegos jamás habría dicho algo así. Me doy cuenta de lo mucho que lo cambiaron los eventos de últimos 3 años. —No digo que la sangre derramada no importa, porque aún duele y creo que nunca dejará de doler. No realmente. Pero al menos ahora tenemos una verdadera oportunidad de tener un futuro. Tenemos libertad.
Miro al suelo. Mi mano izquierda está apoyada en la suave alfombra sobre la que estoy en cuclillas. La acaricio de pronto y al mover mis dedos mis ojos se detienen un momento en mi anillo, en mi perla.
—La guerra ya terminó—continúa Peeta y luego suspira fuertemente apoyándose en la puerta.
Nos quedamos largo rato así, sin movernos de donde estamos.
Gale es el primero en levantarse. Camina hacia Peeta y le extiende la mano. Peeta le sonríe tímidamente y le responde con la suya.
—Gale—le digo, aún desde mi rincón del suelo. Él se gira a mirarme. A su lado, Peeta parece dudar sobre quedarse o irse. —Antes que me fuera... dijiste algo... —me sonrojo un poco, algo incómoda respecto del tema que voy a tocar. No logro terminar la frase, pero sé que Gale sabe de qué estoy hablando. Él le da una mirada nerviosa a Peeta un momento, quien da un paso hacia atrás en ademán de irse, pero Gale sacude su cabeza.
—Dije que... Quise contarte que conocí a alguien—susurra. Peeta sonríe por lo bajo y le da una leve palmada en la espalda. Gale se sorprende con el gesto, pero no dice nada.
—Me alegro—le digo, tratando de apoyar mi afirmación con una sonrisa.
—Lamento habértelo dicho de esa forma—me dice rascándose la cabeza, visiblemente avergonzado. —Estaba celoso por ustedes... Pero la verdad es que me alegro que pudieran solucionar sus problemas—su mirada vuela hacia Peeta brevemente, pero éste no reacciona. —Felicitaciones—me dice, esta vez con una sonrisa. —Era en serio eso que ustedes iban a terminar juntos... siempre supe que debía ser así, en el fondo.
Paso la mano por la alfombra, algo incómoda con la alusión a tiempos pasados, cuando aún no comprendía mis sentimientos por Peeta y me confundían mis sentimientos hacia Gale. Hoy entiendo que no era más que familiaridad, costumbre, después de tanto tiempo compartido en el bosque y cuidando de nuestras familias. Hoy lo miro y veo en él casi a un hermano. Me resulta extraña la idea de esos besos que compartimos un par de veces.
—Cuéntanos de ella—le digo al fin. Gale sonríe y se sienta cerca mío. Peeta permanece en la puerta, escuchando la historia de cómo se conocieron y empezaron su relación. —Me gustaría conocerla—le digo, con genuina curiosidad. Gale sacude la cabeza negativamente.
—No, no, quizás más adelante... Ahora sólo la intimidarías—se ríe y con él, Peeta también lanza una carcajada. Yo lo miro a dos, sorprendida, sin poder comprender qué es lo intimidante de mí, pero ninguno me da una explicación. Mientras ellos se siguen riendo, yo me convenzo que debe ser efecto de haber sido el sinsajo.
Al final Gale vuelve a levantarse y se despide con un abrazo. Por primera vez me parece ver en él al chico de 14 años que pensó que iba a robarle sus presas. Nos dice algo sobre visitarnos más adelante, pero veo en sus ojos que no planea hacerlo en realidad. Decido dejarlo ir para siempre, ya sin rencor, y atesorar su recuerdo. Cuando se va, abrazo a Peeta con más aprecio por él y su compañía en este viaje.
