En la oscuridad
By: Tommy Hiragizawa
Aclaraciones: Los personajes no son míos. Ya quisiera yo ser la escritora más rica de Reino Unido.
Parejas: Hermione/Sirius y Harry/Draco, pero en un futuro.
Advertencias: Violencia, Indicios de Violación y Lemon.
N/a: a decir verdad, esperaba que el episodio anterior tuviera una mejor aceptación. Pero a diferencia de los demás episodios, he tenido únicamente la mitad de los reviews que normalmente he recibido. Me había hecho el propósito de subir capítulo por cada ocho reviews, como mínimo, pero como ya va a terminar la semana y no he llegado a ese número, me pongo a escribir. Triste, sí, pero queriendo que este episodio les guste más.
Lo dedico a mi queridísima amiga Okashira Janet, que siempre deja unos reviews maravillosos.
Sin más que decirles, disfruten de la lectura.
Atte: Tommy
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Capítulo siete: Interrogada. Bajo el punto de mira.
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Estaba embarazada.
Tuvieron que pasar varios días, con sus respectivas horas y todos sus minutos, antes de que la siempre rápida mente de Hermione Granger pudiera aceptar ese hecho. Cuanto más lo pensaba, más irreal le parecía todo. Más ganas le daban de gritar y salir corriendo. Pero era verdad. Inminentemente una vida crecía dentro de su vientre aún sin signos de su estado y se fortalecía a cada segundo que pasaba. Dentro de su ser había un ser humano que dependía completamente de ella.
El proceso a aceptarlo no había sido para nada sencillo.
Al enterarse, lo primero que le vino a la cabeza era que Poppy debería de estar gastándole una broma. De muy mal gusto, si se lo preguntaban. Esperó a que de repente salieran Sirius y Remus del otro lado de las puertas enfermería, riéndose ella a carcajadas. Pero cuando la enfermera recalcó el hecho de que era sorprendente que el feto hubiera sobrevivido al maltrato de su cuerpo, la idea, cada vez menos descabellada, comenzó a tomar consistencia.
Tras eso, pensó que no podría llegar a amarlo. Después de todo, era el fruto de las sádicas violaciones a las que los mortífagos la habían sometido. Voldemort era un verdadero hijo de zorra, arruinándole la poca vida que le quedaba.
"Señor, mi Dios, en ti confío. Libérame tú de cuantos me persiguen, ponme a salvo"
"Voy a vomitar" pensó al segundo siguiente. No pudo evitar preguntarse si el malestar se debería a su estado de terror o a las típicas nauseas matutinas que había leído sentían la mayoría de las mujeres embarazadas los primeros meses de gestación. Tenía la impresión de que alguien se había confundido y le había lanzado un dardo de paralizantes dosificado para un caballo percherón, porque se sentía atontada y a la deriva. Era incapaz de asimilar lo que Poppy le había dicho.
¡Un bebé!
No. No podía ser. Era imposible.
Bueno. Sí que era posible, se corrigió después de un rato cuando estuvo un poco menos aturdida, no así menos aterrada. Sabía perfectamente como se hacían los niños desde que tenía nueve años y sus padres le habían dado un libro de biología cuando les hizo "la pregunta". Era conciente de que mientras la violaban, ninguno de los mortífagos se había preocupado mucho por si dejaba o no dentro de ella el producto de su inmunda excitación. Tampoco es que ella hubiera tenido oportunidad de exigir, o pensar siquiera, en sexo seguro. Después de todo, iba a morir en cuanto el amo y señor se cansara de ella. Lo cual, suponía que hubiera sido mucho antes de que hubiera podido traer al mundo un vástago de cualquiera de ellos.
Mientras pensaba en el oscuro futuro que esperaba al niño que vendría al mundo de sus entrañas, se olvidó de que existían personas además de ella se olvidó de Hogwarts, de los merodeadores, de Severus Snape… Pasó por todos y cada uno de los estados de ánimo posibles en menos de una hora, comenzando por el miedo más absoluto y desgarrador y terminando con un seco malestar en el pecho que le impedía respirar con normalidad.
Sabía que debía de estar más bien pálida, o, más exactamente y como se lo hizo saber Remus al entrar a vera James, se había puesto literalmente verde. No sabía si había sido un verde pistacho o verde menta, pero que una se ponga verde nunca era una buena señal.
Buena o no, era natural.
¡Dios, qué pesadilla!
"No desgarren mi vida. Cual león, destroza y no hay quien salve"
Cinco minutos después estaba vomitando en el orinal que Poppy le había dejado al lado de la cama para la noche. Inclinada sobre él recordó las numerosas ocasiones en que enfermaba. Su madre se pasaba en vela la noche para cuidarla y si en algún momento necesitaba vomitar, le sostenía la cabeza con una mano y le acariciaba la espalda con la otra de manera reconfortante. Como hubiera agradecido su presencia en ese momento.
La sola idea de no poder hacer eso por el niño que crecía en ella la hizo llorar de desesperación.
Odiarse a si misma y al mortífago que la hubiera preñado.
Al final del primer día descubrió que lo único que quería en ese momento más que nada en el mundo era tener a Harry contra su pecho y que alguien - quien fuera – la envolviera entre sus brazos. Que la abrazaran. Esa fue la primera vez desde que escapó de las sucias garras de Voldemort que deseó contacto físico de cualquier tipo con otra persona.
Más que nunca, necesitaba sentirse conectada a algo.
En los ratos libres de días posteriores se dedicó a vagar por los pasillos de Hogwarts, mirándolo todo como si se tratase de un museo mientras evitaba encontrarse tanto con los merodeadores como con el director. Conocía el castillo y sus escondrijos tanto o incluso mejor que cualquiera de ellos y si en algún momento se ponían a buscarla, cuando terminaran de verificar en todos los lugares ya sería de noche otra vez.
Poco a poco, la resignación comenzó a llegar, directamente proporcional al aumento de la preocupación que sentía. Pensaba que el niño sería una carga de lo que quería dejar atrás. El recuerdo vivo del pasado. La genética era ciertamente impredecible y la vida ya le había jugado suficientes malas pasadas como para deducir que no era la persona más agraciada a los ojos de las Moiras. Más bien, debía ser que no la querían demasiado. No dejaba de preguntarse qué pasaría si el niño se parecía a su padre. Si cada vez que lo mirara pensaría en él y en las torturas. Ya suficiente hacían sus sueños y sus recuerdos inoportunos por procurar que no olvidara.
La simple idea de que sus miedos condenarían a un ser inocente la aterraba.
Pero, entonces, a los pocos días, ocurrió algo.
Fue como una epifanía.
Estaba cargando a Harry cuando se dio cuenta de que no le importaba a quién se pareciera. En algún momento del calvario había dejado de ser solamente una vida anónima que crecía dentro de ella para convertirse en su hijo.
"Mi hijo"
Dicho pensamiento despertó un sentimiento en su interior que la abrumó. Tanto que necesitó abrazar a Harry con fuerza para convencerse de no estar soñando, causando que el niño se revolviera incomodo entre sus brazos.
Mirando a Harry dormir, comer, jugar, reír e incluso llorar, se descubrió pensando en qué se sentiría tener contra su pecho a carne de su carne. Sangre de su sangre. Una pequeña y frágil parte de ella misma. ¿Qué sería cobijarlo en la noche después de leer para él hasta que se durmiera? ¿O escucharlo reír?
La sola imagen de un niño sin rostro llamándola "mamá" le inundó los ojos. Esta vez, de completa y absoluta felicidad.
Ese día, estuvo pletórica.
En honor a la verdad, debía de admitir que no le gustaba nada el modo en que todo había sucedido. Pero, ¿a quién le hubiera gustado? Nadie podía desear no poder elegir ni cuando ni con quien traer su descendencia al mundo. En ocasiones - se dijo más tarde, después de mucho reflexionar – es necesario que todo se tuerza, haciéndose prácticamente incomprensible para la limitada razón humana, para que, al final, las cosas se enderecen. Sí. Su hijo había sido engendrado de la peor de las maneras, fruto de la violencia y la maldad, pero no por eso dejaría que su cuerpo aún informe cargara con sus penas.
Eso era algo con lo que ella sola debía de lidiar.
La vida es como un tapiz tejido con las decisiones que tomamos, convino. Y ella había vuelto su tapiz oscuro y lleno de sombras en el momento en que había decidido desoír a sus más básicos instintos de supervivencia. Ahora, decidía amar a su bebé por sobre todas las cosas y procurar traer colores más calidos a su tapiz.
Tenía una vida para hacerlo.
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A pesar de que toda esa transición de emociones y pensamientos tuvieron ocupada su mente la mayor parte de su tiempo, no se olvidó de que aún tenía una cita pendiente con los merodeadores. Y con el director. Había prometido que les contaría lo que había pasado, darles las explicaciones que merecían, y así lo haría.
"Si he pagado al amigo con el mal y expoliado sin causa a mi adversario…"
Por ello, y para hacerlo todo mucho más fácil para todos, comenzó a extraer recuerdos específicos de su cabeza. Sabía que por más cosas que les contara, aún bajo la influencia del más potente veritaserum, la realidad les sería muy difícil de asimilar. Las palabras, a final de cuentas, solo son palabras. Se las lleva el viento con una facilidad escalofriante.
Además, "esa" realidad ya le era difícil de asimilar a ella misma. Y eso que la había vivido de primera mano. A veces, aún esperaba despertar en su cama, y que todo aquello no fuera más que una cruel fantasía creada por su alocada cabeza.
Las imágenes, por otro lado, son mucho más tangibles, más reales.
Hermione conocía las sensaciones que sentían Remus, Sirius y James. Sí. Conocía la mirada perdida con la que James miraba al techo sin mirar cada vez que despertaba del sueño inducido por la poción que la enfermera le suministraba. A lo largo de la guerra la había visto en muchos rostros, incluido el suyo.
Sabía perfectamente lo que era la tristeza. Algo así como la gripe. Afectaba a todo el cuerpo por igual, había que tuviera temblores aunque no sintiera frío, que se revolviera el estómago sin haber comido y que sintiera dolor en las articulaciones. Y, al igual que la enfermedad, no distinguía razas, sexos o edades. Simplemente atacaba.
Nunca había imaginado una emoción como un malestar físico. Siempre creyó que no eran más que palabrerías con las que los mediocres poetas románticos llenaban hojas en blanco. Prosa y verso sin ningún tipo de valor. O por lo menos, eso era lo que pensaba hasta que le tocó vivirlo a ella. Y sí, pasó por todos los síntomas.
Por las expresiones en los rostros de los merodeadores, Hermione intuía que todos ellos estarían enfermos de ello por una buena y larga temporada.
"… que el enemigo me acose y me alcance. Que me arrastre por los suelos"
La mañana tras los entierros de Lily Potter y Alice Longbottom "El Profeta" demostró ser tan cruel, despiadado y amarillista como lo recordaba. Los eventos habían sido tema de interés para los reporteros en particular, que buscaban por todos los medios una fotografía de los más afectados como si fueran aves de rapiña, y del público en general, ávidos de malas noticias.
El dolor ajeno siempre es un buen consuelo para las masas.
Un chico expiatorio.
Justamente pensaba en eso y en que "el chisme" hubiera sido mejor elección para la célebre frase del pensador y filósofo Marx, cuando registró de manera lejana el sonido de alguien entrar a la enfermería. Cierto era que la religión había perdido su puesto hacía muchos años como el opio del pueblo.
- Señorita – la llamaron.
"Conozco esa voz" se dijo, alzando la vista pero aún perdida en sus cavilaciones filosóficas. Dumbledore estaba frente a ella, esperando alguna reacción de su parte mientras protegía bajo su ala – o mejor dicho, bajo su túnica – a un demacrado Severus Snape que parecía más tenso que la cuerda de un violín. Mirándolo mejor, advirtió, Dumbledore era el único varón presente en el lugar que no parecía estar preparado para que una bomba atómica explotara bajo sus pies de un momento a otro.
Cerró los ojos y aspiró.
Los aromas que se mezclaban eran inquietantes en su intensidad. Todos masculinos y sumamente viriles. Pero, de todos ellos, hubo uno que logró en ella el efecto contrario. El aroma intenso y especiado de Severus la reconfortó. Le aportó la seguridad que necesitaba para lo que vendría a continuación.
Porque supo lo que sucedería mucho antes de que la sola idea pasara siquiera por las mentes de los presentes. O mejor dicho, de los más jóvenes, muy ocupados en remarcar la clara rivalidad entre casas que existía desde el principio de los tiempos de ese castillo. Suspiró. Slytherin contra Gryffindor. Magos contra muggles. Sangre pura contra Sangre sucia. Bien y mal. En algún momento ellos deberían aprender que nada era tan simple como eso. Nada es blanco o negro. Absolutamente todo tiene sus matices.
Ojalá ellos no aprendieran tan tarde como ella.
Se sentó, esperando a que ellos comenzaran mientras reunía fuerzas.
Tendría un montón de preguntas a las cuales contestar, y Hermione no pensaba decirles más cosa que la verdad. La cruda realidad, por más cruel y despiadada que esta fuera. Debería de explicarles por qué mató a Lucius y a Peter. Por qué sabía sus nombres incluso antes de que ellos se los dijeran. Explicar, entre muchas otras cosas, cómo era que sabía que Lily Potter iba a morir esa noche de Halloween.
Volvió a suspirar.
No podía salir de ahí en un buen rato.
Lo más conveniente era que comenzara con Peter. Dudaba que no le creyeran acerca de eso y tal vez, lograra ganarse un poco su confianza. Si bien cuando Frank Longbottom les hizo saber que su amigo era un mortífago ellos podrían haberse negado a creer y haber buscado una razón – por muy inverosímil que esta fuera- que justificara el hecho de que el animago llevara la marca tenebrosa en el antebrazo, esta vez, las cosas eran diferentes. Ahora tenían pruebas poderosas y dolorosas de que no solo era uno más de los que engrosaban las filas de los seguidores de Voldemort, sino que no había tenido escrúpulos al entregar a sus amigos a su señor.
Los había vendido justo como Judas vendió a Jesús a los fariseos.
Aún se sentía culpable por las muertes de Lily y Alice. Si se hubiese preocupado antes de las fechas en vez de buscar mantener su orgullo contra los ataques de Remus y Sirius, a lo mejor hubiera podido advertirles del ataque de Voldemort. Pero no lo había hecho, y por ello James y Frank tendrían que resignarse a la muerte de sus esposas y salir adelante con sus hijos.
Por el momento, James lo estaba logrando. No sabía lo que sucedería con Frank.
A pesar de la muerte de Pettigrew, la historia se había repetido. Más o menos.
Neville y Harry dormían plácidamente en la misma cuna cuando ambas madres llegaron corriendo a protegerlos, muriendo al pie de la misma. Y cuando Voldemort intentó matar a Harry Potter con la maldición asesina, selló su destino. La imperdonable rebotó y lo convirtió en cenizas, quitándole la oportunidad de hacer cualquier cosa a Neville.
Mientras dos familias y sus amigos estaban de luto, aguardando la posible muerte de dos más, el mundo mágico por entero celebraba por todo lo alto la derrota del Señor tenebroso a manos del nuevamente nombrado niño-que-vivió.
"Hazme, Señor, justicia, según tu rectitud y conforme a mi inocencia"
Solo de recordarlo le entraron ganas de cruciar algunos traseros.
- Me atrevo a suponer, señorita… - se detuvo, como si recién descubriera que no sabía su nombre.
Ella, por su parte, no sabía si debía sentirse sorprendida por el hecho de que él no fuera omnisciente después de todo.
- Granger –
- Señorita Granger – asintió – como decía… Me atrevo a suponer que tiene usted muchas cosas que compartir con nosotros – un brillo centelló en sus ojos.
Su voz era tranquila, casi paternal, pero claramente decía que no aceptaría un no por respuesta. Justo como lo recordaba. Llevaba tanto tiempo sin escuchar esa voz que sin proponérselo dejó que los recuerdos la inundaran, dejándose llevar por el impulso de cerrar los ojos y retroceder en sus memorias hasta viejos tiempos, mejores y ciertamente más felices. Un carraspeo venido de la garganta del director la volvió a la realidad. Se sonrojó, avergonzada por su distracción. Asintió, disculpándose. En su presencia volvía a sentirse la niña con once años que recién descubría la magia. Pequeña e insignificante para el mundo. Sobre todo lo segundo.
Tomando aire para buscar valor, se volvió hacia los merodeadores.
Se aclaró la garganta.
- Mi nombre es Hermione Granger. Vengo del futuro – comenzó, sacando de entre sus ropas el giratiempos y el relicario – se que es difícil de creer, pero todo lo que les diga será la verdad –
Teniendo la atención escéptica de todos, continuó.
- Cuando conocí a Harry Potter, el héroe del mundo mágico por haber derrotado al Señor Tenebroso, yo apenas acababa de descubrir que era una bruja. En mi primer año de Hogwarts nos volvimos amigos. Él era más que eso para mí. Era mi hermano. Harry era huérfano y vivía con sus tíos, los Dursley. James y Lily murieron en el ataque de la noche de Halloween de 1981. Pettigrew les había traicionado. Al enterarse, Sirius fue tras él para matarlo. Pero Peter logró escapar, matando antes a una docena de muggles. Muertos los únicos que sabían que Sirius no era el guardián secreto, Sirius fue inculpado de todo. Acusado de ser el traidor de los Potter, condenado sin juicio por las muertes de los muggles y Pettigrew y encerrado en Azkaban –
Jadeos de sorpresa y maldiciones variadas sonaron en la estancia mientras ella hacía una pausa para dejar que asimilaran lo que les contaba. Escuchaba claramente como Sirius resollaba ruidosamente. La furia denotaba en su mirada. Dicha acción sol servía para demostrar esa furia de manera física.
- Merlín – exclamó Remus, llevándose una mano al rostro.
Dumbledore le hizo un gesto con la cabeza, indicándole que prosiguiera.
- Pero Voldemort no murió esa noche de Halloween. Para ese entonces, ya había creado siete Horrocruxes. Objetos que contienen un fragmento de su alma y que, mientras existan, lo mantienen con vida. Así que, lamento informarles que Voldemort no está muerto. Solo se ha quedado sin cuerpo –
- Ya temía yo que el pequeño Tom no moriría tan fácilmente –
Los merodeadores miraron al director con idénticos rostros confundidos. Severus, más reservado, parecía igualmente curioso.
- El verdadero nombre de Voldemort es Tom Marlvolo Riddle – les explicó ella.
Como ya había sucedido en anteriores ocasiones, Severus tembló de arriba abajo al escuchar el nombre del Señor Oscuro. De estudiante esa aversión a pronunciar el nombre del que-no-debe-ser-nombrado le había parecido una verdadera estupidez. Una bobada salida de tontos supersticiosos. Ahora, ella también sentía escalofríos cada vez que lo escuchaba o pronunciaba, pero si no se había dejado doblegar por el hombre, mucho menos se amedrentaría por su simple mención.
Una vez más, el único que abrió la boca para decir algo más que onomatopeyas o maldiciones fue Remus. No sabía decir si era porque fuera el más listo o el más incrédulo.
- Pero… - intervino, dándole mientras tanto una mirada evaluativa, buscando algún signo de duda. De los tres Gryffindors, en verdad parecía ser el más reacio a aceptar lo que les contaba - ¿cómo podemos saber que no mientes? -
- ¿Por qué mentir? Sería mucha molestia tener que acordarme de todo lo que les hubiera contado si es mentira. A veces, la realidad es más difícil de aceptar que la ficción-
Claro que, esa respuesta no pareció convencer a ninguno de ellos.
Sabiendo que ese momento llegaría no le dio mucha importancia a su desconfianza. Hubieran sido imbéciles de no haber dudado. No respondió a sus miradas inquisitivas. En su lugar, se apresuró a sacar del bolsillo de su túnica los frasquitos de cristal en los que había estado guardando los recuerdos que quería mostrarles.
Antes de entregárselos al profesor Dumbledore, se quitó del cuello el relicario y lo abrió con sumo cuidado. Era su tesoro. Su única posesión con algún valor material.
"Cese ya la sevicia del impío y confirma a los justos"
- Podría decirles todo lo que se de ustedes pero la mayoría de esas cosas es posible que alguien me las hubiera contado para convencerlos, así que no utilizaré eso. También sé que Severus ha estado trabajando en secreto para la Orden del Fénix – tomó aire y escuchó el casi sordo jadeo de Severus mientras tanto – como eso tampoco les dirá si digo o no la verdad, quiero que vean algunos de mis recuerdos y esta fotografía –
Le entregó el relicario a James y los recuerdos a Dumbledore.
A James le temblaban las manos cuando recibió el relicario y vio lo que había dentro con ojos desorbitados. Sin hacer casi a las protestas de sus amigos por que les pasara el objeto, Remus y Sirius terminaron por acercarse para ver la fotografía también. Ambos, al unísono, emitieron sendos sonidos sorprendidos. Ella, que sabía lo que veían, sonrió. La fotografía que tenían en las manos la había tomado Collin en su sexto año y estaba tan bien hecha y los reflejaba tan felices que había tenido que negociar con el fotógrafo un mes entero antes de que lograra que se la vendiera. Y no había sido nada barata.
Siempre en movimiento, la imagen mostraba a dos hombres vestidos con el uniforme de quidditch y a ella misma, que llegaba corriendo desde atrás para abrazarlos a ambos, rompiendo a reír los tres a carcajadas. Harry estaba exultante ese día. Habían ganado a Slytherin.
- ¡Oh, Dios! – gimió James en un sollozo mientras acariciaba la foto – Harry –
- Fue el mejor buscador que Gryffindor haya tenido nunca- sonrió con tristeza – y un radar de problemas. Si él no los buscaba, ellos lo encontraban. Nunca pasó mucho tiempo con Sirius o con Remus pero tenía el espíritu de un merodeador. Severus no perdía oportunidad de recordarle que era como estar viéndote de nuevo, James -
- ¿Severus? – gruñó Sirius.
Ella alzó una ceja, extrañada por la actitud del animago. Al final, atribuyó el tono molesto de su voz al desagrado que sentían él y el Slytherin uno por el otro.
- Eras mi profesor de pociones – dijo, hablando ahora única y exclusivamente con Severus. No pudo evitar que se le suavizara la mirada y la voz con solo verlo – el mejor profesor de pociones, incluso mejor que Slughorn. También fuiste un buen maestro de Defensa, pero Remus siempre fue mi profesor favorito en esa materia –
Con un carraspeo, Dumbledore interrumpió la charla. El pensadero – que no sabía de donde había sacado el director – estaba listo y rápidamente le indicó al profesor el orden que debían seguir las memorias. Por un momento, los vio titubear a todos, incluyendo al Slytherin, sobre lo que era correcto hacer. Ninguno la miró a la cara antes de adentrarse en el interior del pensadero.
Sentada en la cama, ella misma se permitió vagar en sus recuerdos hasta lo que les estaba mostrando en específico.
"Tú, que escrutas los corazones y entresijos"
Nada más ver llorar a Neville Longbottom por su sapo perdido, se ofreció voluntaria para ayudar a encontrarla. El pobre niño había removido algo dentro de ella al verse tan pequeño y apocado.
Por esa razón, en lugar de estar en algún compartimiento felizmente sentada e intentando hacer amigos, estaba en el pasillo del tren, vestida ya con su túnica, preguntando en cada compartimiento si alguien había visto a Trevor.
Vaya nombrecito que tenía ese sapo escurridizo.
Ya había preguntado en cuatro, dos de ellos, ocupados por Slytherins de segundo y tercer año. Nada mas verla habían comenzado a burlarse de su cabello ensortijado, sus pocas pecas e incluso, uno de ellos la había llamado Sangre Sucia. Se había alejado de ellos mientras escuchaba como coreaban esa estúpida y horrorosa palabra.
Apretó los labios, negándose a darles el gusto de verla llorar.
Se encontró con Neville en el último vagón. Con un suspiro y esperando esta vez tener mejor suerte, abrió la puerta de un compartimento medio vacío, donde dos chicos de su edad comían dulces de los que vendían en el tren. Aun no llevaban las túnicas puestas y se acercaba la hora de llegada.
- ¿Alguien ha visto a un sapo? Neville lo ha perdido –
Un ligero estremecimiento en los cuerpos que se inclinaban sobre el pensadero le hizo saber que habían saltado de un recuerdo a otro. Llevándose la mano al cuello, tomó el giratiempos. Su tercer año…
El viento le azotaba el rostro y le sacaba lágrimas de los ojos mientras Harry y ella montaban sobre el hipogrifo, volando a toda prisa hacia la prisión donde habían llevado los aurores a Sirius. En Azkaban lo único que esperaba al animago era la muerte. Y por el bien de Sirius y por el de Harry – mucho más el de Harry – debían llegar a tiempo para impedir que se cometiera una injusticia.
Apremiando al hipogrifo a volar más rápido con un golpe de talones, comenzaron a caer en picada, Harry se agarró más firmemente al lomo de la bestia mientras ella se apretaba contra su espalda.
Llegaron a la torre donde tenían preso a Sirius Black poco antes de que la fatídica hora del cumplimiento de la condena se diera. Asiendo la varita con firmeza, utilizó un bombarla para hacer volar la pared de piedra que los separaba.
El merodeador de rostro ceniciento esperaba su final en una de las esquinas del calabozo, resignado a su destino.
Los recuerdos felices siguieron, haciéndola sonreír. El ataque al ministerio era solo una de las muchas manchas de dolor que impregnaban los primeros años de su vida. Les mostró la borrosa visión que conservaba de la muerte de Sirius en el velo. Su unión a la Orden aceptada a regañadientes y la llegada de Malfoy a sus vidas, poco antes de la muerte de Dumbledore.
El inicio del final.
Cuando un sexto estremecimiento movió los cuerpos en reposo de los varones presentes, ella cerró los ojos, recordando con nitidez fotográfica la traición y las torturas que en ese momento presenciaban.
Encadenada contra una de las paredes, veía con total impotencia la mano con la que Harry sostenía el látigo, esperando poder adivinar cuando llegaría el siguiente golpe del instrumento.
- Dime, Sangre Sucia – rió el moreno, comos i decir aquella palabra lo llenara de un gozo indescriptible - ¿Te ha gustado lo que hicimos contigo anoche? – ella cerró los ojos, intentando no recordar la forma atroz en que esos mortífagos la habían mancillado - ¿No? Pues deja que te diga que Draco estaba pletórico. Por mi parte, he de decir que eres demasiado frígida –
Se largó a reír. A mandíbula batiente.
Sin poder contener más la furia, le escupió en la cara.
Dejó de reír, limpiando con lentitud la saliva que le resbalaba por la mejilla. Sus gestos eran serenos. Su mirada, por el contrario, estaba furibunda. Sin previo aviso, descargó un descontrolado golpe de látigo con un destellante movimiento de mano. Lanzado sin dirección, el extremo del instrumento aterrizó en la parte delantera de su cuerpo, justo en la unión de sus pechos.
- ¡Oh! Lo siento, Sangre Sucia – siseó. La satisfacción en su voz desmentía completamente sus palabras, llenas de ironía - te he abierto en canal –
A pesar del dolor agónico, no gritó.
"Tú, el Dios justiciero"
Las imágenes de su vida pasada se presentaban delante de sus ojos como una ráfaga, mucho más distorsionadas de lo que ellos veían en el pensadero. Aún así, había algo inherente en todas ellas, a pesar de su confusión. Eso era la lealtad y el cariño que le había profesado a Harry. También el dolor que su traición había provocado.
Remus gritó y abandonó el pensadero mucho antes que los demás. Su rostro reflejaba el horror que sentía y nada más verla, o mejor dicho, al ver las cicatrices que le cruzaban el rostro cegándole el ojo izquierdo, salió corriendo hacia un cubo a vomitar su última comida.
No hubiera esperado esa reacción de su profesor de Defensa.
James le siguió, comenzando a caminar de un lado a otro con el rostro entre las manos. Los sonidos sofocados que salieron de su boca le indicaron que estaba llorando.
Ella miró a ambos hombres mientras Severus, Sirius y Dumbledore se mantenían en el pensadero hasta que los recuerdos acabaron de transcurrir. En ese momento, las arcadas y los sollozos se unieron a un gruñido bajo que abandonó la garganta de Sirius.
El sonido la hizo darse cuenta de lo poco que le gustaba la forma en la que se sentía observada, más que nada, porque no se sentía capas de devolverles esas miradas incrustantes. No quería su lastima, sus miradas de compasión. Se abrazó a si misma, sintiendo que aún necesitaba ese abrazo que tanto había deseado.
Al pesar de su evidente incomodidad, ellos siguieron mirándola con idéntica fijación. Las sentía, pesadas, opresoras. La hicieron perder los estribos y volverse a verlos, lista para atacar. Remus aún se tapaba la boca, ahogando el quedo murmullo que recitaba una y otra vez. Aunque distorsionado por la barrera acústica, alcanzó a escuchar lo que decía. "¿Qué hemos hecho?" Su rostro aterrorizado indicaba que volvería a vomitar en cualquier momento, aunque ya tuviera el estómago vacío.
James la miraba pero se negaba a encontrarse con sus ojos. Lo sentía vagar por sus cicatrices visibles, preguntándose cuántas más tenía en el cuerpo. Cuántas había causado su hijo. Ella, intuyendo esa pregunta, moduló con los labios la palabra "todas" cuando él pasó su mirada por la cicatriz que le desfiguraba el labio inferior.
Sirius seguía gruñendo, con el ceño severamente fruncido. Tenía las manos apretadas en puños dolorosamente cerrados, los nudillos blancos y las uñas enterradas en las palmas. Su mirada estaba cargada de odio. Absolutamente fría. A pesar de que la tenía fija en ella, supo que ese odio no iba dirigido hacia su persona. Aún así, no se atrevió a tener esperanza de que pudiese sentir deseos de vengarla. Eso supondría que la consideraba alguien importante.
¿Por qué querría hacerlo si ni siquiera la conocía?
Severus…
Severus también la veía, pero al contrario de los demás, no miraba sus heridas físicas. No había compasión en esos ojos, no había rabia o vergüenza. Solo encontró comprensión.
Jadeó.
Él la comprendía.
El impulso fue tan repentino que no pudo hacer nada para detenerlo. Las ganas de acercarse la tomaron completamente por sorpresa. Levantándose de la cama, echó a correr por la corta distancia que la separaba de los hombres. Más específicamente, corrió hacia Severus. Estaba tan sorprendida como él, y lo estuco aún más cuando sintiéndolo tan cerca, no se echó a gritar y temblar.
Se refugió en su pecho, aferrándose a las solapas de su túnica negra y él, aún sin salir de su estupor, la envolvió con sus brazos en un apretón ligero. Su abrazo la confortó, llenando un espacio vacío en su lama herida y al mismo tiempo le dio ánimo para acercarse más, porque aunque ella se pegaba estrechamente a él, los brazos que la rodeaban le daban la oportunidad de escapar cuando quisiera.
Era ella la que decidía.
Sintió el calor de su pecho, la fuerza de sus brazos. Debajo de la túnica había un cuerpo fibroso, musculoso. Todo poder y nada de grasa. Estaba rodeada por su fuerza, por su protección. No había nada sensual en su toque, solo un entendimiento fraternal que los ligó de inmediato.
Había muchas diferencias entre ese hombre y quien la había salvado. En esa época, Severus tenía el cabello color azabache hasta los hombros, cayendo ligero sobre los costados de su cuello sin ese aspecto grasiento del que tanto se habían burlado Harry Y Ron. Sus ojos color obsidiana eran electrizantes y resultaban estremecedores.
Y sus rasgos…
Marcados y cautivadores. Los ángulos pronunciados de su rostro eran duros y perfectos. Viriles. Hasta la imperfección de su nariz aguileña lo hacía parecer aún más varonil.
Y a pesar de todo ese encanto masculino concentrado, no se sintió ni sexualmente atraída ni agredida en ese mismo campo. El sentimiento que la embargó le recordó a lo que sentía cuando Fred y George le echaban los brazos sobre los hombros.
"Hermano"
Suspiró, feliz de encontrar unos brazos amigos. Alguien en quien confiar.
El familiar aroma a especias y pociones que desprendía removió algo dentro de ella. Eso era un aspecto de él que no había cambiado a pesar del tiempo. Era el olor de la persona que la había salvado dando su vida y que ahora, rodeada entre sus brazos, se encargaba de ahuyentar por el momento a los demonios que la atormentaban.
"En Dios está mi escudo, el que salva a los rectos"
Estremeciéndose como una hoja, echó a llorar.
Severus solo la abrazó más fuerte.
Continuará…
Hola a todos. Espero que les haya gustado. A mi no termina de agradarme la forma en que queda la última parte, pero estoy conforme.
Espero sus reviews.
Atte: Tommy.
