Capítulo VI

Moscow.

-Cuando un sargento del ejército decide emborracharse y termina desmayado en un callejón, está rogando que lo asesinen. ¿No les parece? –

Makoto carcajeo sonoramente. Si que había tenido suerte con ese hombre; pudo hurtar su uniforme sin ningún problema.

-El problema es la identificación. – Señaló Hotaru.

Michiru frunció la nariz. Eso sería un obstáculo.

-Permíteme la identificación. – Usagi extendió la mano hacia la castaña y esta le entregó el documento. La rubia de coletas la analizó por unos cortos minutos y luego se dirigió a donde se encontraba su mochila. Sacó un estuche dentro de ella y de allí extrajo unas herramientas artísticas.

Usagi estaba interesada en las artes, especialmente la fotografía. Dedicaba gran parte de su tiempo en hacerle efectos extraños a sus creaciones. Los resultados podían ser interesantes. La muchacha estaba segura de que podría alterar las identificaciones que robaban con el fin de inclinar la balanza a su favor.

Tardaría un poco en hacerlo pero ellas podían conseguir algo de tiempo. Se enteraron por boca de Hotaru que esa noche en particular se celebraría una fiesta de la hija de un general del ejército custodio que poseía mucho dinero. Y aun que nadie las conocía, ellas iban a estar como invitadas.

Michiru se alegró de que la fiesta no fuera una cena de esas en las que la gente se quedaba sentada toda la noche. De esa manera podrían por varias partes y ella podía usar un elegante vestido de cóctel, mostrando sus magnificas piernas. Con los tacones altos y finos, las medias con liguero y la seda del vestido bailando sobre sus rodillas. Su objetivo era claro: Seducir al más incauto y obtener información.

Se peinó con cuidado y se aplicó un poco de rimel en las pestañas. A lo lejos pudo escuchar la voz de Haruka, respondiéndole a Makoto por su aparente aversión a los espejos. Después del constante sueño que la acosaba, era entendible. Sin embargo Haruka se lo tomaba con un humor digno.

-Oh, vamos. Ya sé que tengo un aspecto asombroso no necesito un espejo para corroborarlo. –

Michiru sonrió, la rubia tenía ocurrencias cada tanto.

Cada uno tomó caminos diferentes para llegar a la casa del general. Cuando Michiru llegó a la única que vio fue a Haruka, que charlaba con dos soldados Custodios que estaban haciendo guardia en la puerta. Resultaba irónico, los militares no pedían identificaciones. Más bien revisaban en una hoja de papel, la lista de invitados. Los Custodios eran acompañados por dos pastores alemanes que, lejos de mostrar ferocidad, jugueteaban con la mano de la rubia. Otra cosa curiosa en relación a la rubia y que a ella le fascinaba. Haruka amaba y respetaba la vida animal y la vida animal la amaban a ella. Se enamoraba de los perros, en especial de aquellos a los que la gente despreciaba y botaba a las calles. Ella los rescataba, los cuidaba hasta que mejoraban notablemente y estos vivían por muchos años. Los caninos aprendían de ella y ella de ellos, muchos perros le daban la talla a la velocidad con la que Haruka se movilizaba. Era sorprendente, teniendo en cuenta que la rubia era como el viento. Nadie, ni siquiera ella, sabía como conseguía ese lazo tan poderoso.

Aun así, cada quince o veinte años, el perro de Haruka moría. La Elite se preguntaba como hacía la rubia para soportar esa pérdida. El ciclo constante de crear lazos tan fuertes con criaturas a las que tarde o temprano, tendría que decir adiós. Su indolencia era épica. Pero Michiru podía ver más allá y sabía que su amada prefería guardarse ese dolor para ella sola.

"¿Te vas a quedar parada ahí todo el tiempo o vas a entrar ahora que los estoy distrayendo?"

La voz de la rubia, como eco en su cabeza, la obligó a despabilar y a entrar en completo sigilo. Haruka ganó el suficiente tiempo para que sus demás compañeras entraran.

Makoto miraba bailar a los invitados, ella no era una chica de fiestas. No le agradaban. Hace siglos que no asistía a una.

-¿Ahora qué se supone que debo hacer? – Susurró con pesadez.

Haruka pasaba cerca de ella, pudo escucharla y con un tono socarrón le respondió antes de perderse entre un grupo de gente.

-Callarte y bailar. –

Michiru se encontraba en los palcos, tenía mejor vista desde ahí. Recorrió el lugar con la mirada, analizando a cada invitado. Accidentalmente sus ojos se toparon con la oscura mirada de un sargento cuyo rostro estaba decorado por un simpático mostacho. La peli aqua se acomodo el vestido sobre sus caderas, procurando hacer notar sus curvas. El hombre barbón se acercó a ella con dos copas en las manos.

-Buenas noches, Madame. No pude evitar pasar por alto su exótica belleza y el hecho de que se encuentra sola. Pensé que era imperioso remediarlo. – Su acento era de un ruso nativo.

-Es usted muy amable, caballero.-

-Tiene un peculiar acento inglés. ¿Viene de alguna parte de Estados Unidos o Inglaterra? –

-Inglaterra. – Contestó con un delicioso tono de voz.

Se decía que un ángel se zambullía en el conocimiento de aquellos temas que le interesaban. Se empapaban de sabiduría y se volvían eruditos. Parte del porqué eligió a las que eligió para esa misión fue porque todas y cada una de las chicas tenían interés por los idiomas. Por lo que, las guerreras hablaban un impecable ruso.

El sargento le hablaba sobre aquella vez en que visitó Londres. Michiru fingía prestarle atención mientras bebía su copa de ron a pequeños sorbos.

"Olvídate de las copas, quiero veinte botellas de esta bebida para cuando volvamos de la misión."

La líder desvió la mirada hacía el primer piso y localizó a la rubia cerca de una mesa examinando una botella de champán mientras sujetaba una copa en la otra mano.

"Compórtate, si terminas borracha juro que tendrás el peor castigo que en siglos te haya dado."

Vislumbró como la joven dejaba la botella en la mesa y se alejaba.

-Yo soy un guerrero ávido. – Su atención se traslado inmediatamente al sargento. – pero a pesar de eso me gustan mucho las bellas artes. -

-¿Lo dice en serio? –

-Por supuesto ¿usted toca algún instrumento? –

-El violín. –

-La perfecta compañera. – El hombre barbón le hizo un gesto gracioso que pretendía ser un guiño coqueto.

Pudo captar el movimiento de alguien que caminaba hacia ellos. Michiru volteo a verla; una mujer de contextura gruesa y una que otra verruga. La mujer le extendió la mano y la muchacha la apretó cordialmente.

- Fey Ivannov. Esposa del sargento. – Su tono de voz era repulsivo, gangoso.

- Michiru, Señora. Un placer conocerla, su esposo me estaba comentando sobre lo mucho que le gustaban las bellas artes. -

-¿En serio? Ve tú, que interesante. – El hombre se sonrojo y Michiru carcajeó internamente. Disfrutaba sembrar la discordia entre las parejas. Se inclinó levemente hacía adelante en un gesto de fina coquetería, exponiendo su escote. El sargento tuvo que alejarse de la escena por temor a perder los estribos frente a su mujer.

Una vez solas, la mujer regordeta la examinó de pies a cabeza, sus piernas, su cintura, sus pechos y finalmente su rostro. Los labios de la peli aqua le dieron la bienvenida con una sutil pero amable sonrisa. Con un gesto de educación la señora se despidió y se alejo de ella para volver a juntarse con un grupo de mujeres casadas entre las cuales, se encontraban Hotaru y Usagi.

En el primer piso, la pista brillaba incansablemente y la gente parecía divertirse en esa particular fiesta que trataba de ser juvenil. Había más personas adultas que jóvenes en la misma. Makoto se sirvió una botana y se la llevó a la boca, se detuvo cuando vio los divertidos intentos de un chico con granos, le calculaba unos quince o dieciséis años, por llamar la atención de una camarera muy atractiva. La señorita se acercó a la castaña, casi suplicándole que la salvara de ese molesto mocoso. El niño le miro con suplica. Sabía que por obvias razones iba a ponerse del lado de la mujer acosada.

Makoto lo analizó de pies a cabeza, tratando de perfilarlo. Fue cuando se percató del arma y la marca en el cuello en forma de pentagrama. Un maldito oscuro. Ese crío, ese mocoso era un miembro del comité de asesinos que trabajaban para los demonios. ¿Qué hacía un Oscuro en una fiesta de Custodios?

La castaña sostuvo la mirada, quería una señal. Algo que le dijera el porqué estaba ahí. Tenía la esperanza de que él pudiera reconocerla como ángel y desatar una pelea en medio de esa reunión. Más no pasó nada. El chico no tenía la remota idea de quien era ella. Su ángel se agitó.

"No, él no sabe que existo. Él no cree que seamos de verdad."

Haruka se hallaba a unos pocos metros y había percibido la ligera alteración en la tranquila energía de su mejor amiga. Los miró sobre el hombro.

"Es apenas un novato."

Makoto dirigió una mirada a la rubia tras haber escuchado su voz en su cabeza.

"Uriel tiene hambre."

"Comportare."

Haruka se encogió de hombros ante el gruñido de la castaña y continúo en su amena conversación con el grupo de hombres al que estaba unida. Makoto tenía que informarle a su líder acerca de la presencia de Oscuros en el lugar.

Michiru se paseaba por varios lugares, analizando, agudizando sus sentidos. Fingió interés en una serie de pinturas acomodadas en las paredes que se sumergían en un oscuro pasillo. A lo lejos, su mirada profunda dio con la luz de una habitación cuya puerta estaba entre abierta. Se aseguro de que nadie estuviera viéndola y haciendo uso de sus dones, se escabullo en silencio hasta ubicarse a una distancia prudente. No supo cuantas personas había adentro pero si captaba varias voces.

Se concentró en escuchar.

-Si el Papa dice que tenemos que tomar control del Área cincuenta y uno y sus alrededores no me pondré a discutir con él. –

-Lord Lucifer, señor de los demonios le ha dicho que es necesario para seguir avanzando con el plan de conquista. La humanidad va a tener que trabajar duro para el Lord. –

-Bueno, si, sus vidas dependen del deseo del Papa. –

-Lord estará muy contento con los Custodios cuando estos se hayan hecho con el control del Área y todo lo que eso conlleva. –

-No solo el Lord. El Salvador también.-

-Lo que no entiendo es como nos hemos retrasado tanto. –

-Tener a tantos creyentes de equis o ye religión nos ha debilitado. Todas las plegarias son escuchadas por Dios. –

Se mordió el labio inferior, su ángel rabiaba. Como quería arrancarles la cabeza a todos y cada uno de ellos. Su garganta emitió un gruñido inconsciente que llamó la atención de los hombres del interior del cuarto.

"Maldita sea."