Disclaimer: NADA ME PERTENECE. Los personajes son de Stephanie Meyer y la historia es de la escritora Leona Lee.

CAPITULO 6

Sentados en la sala de conferencias, Isabella comió unos burritos y fruta fresca, pero Edward apenas probó algo. Se había vuelto a poner el abrigo, por si tenían visita, pero lo llevaba abierto, y echó las piernas sobre los brazos de la silla. Tras quitarse los zapatos, se empujó con el pie en la mesa y giró la silla hasta que quedó frente a él, que la miró con apreciación, contemplando toda su mercancía.

—Has dicho que tenemos que hablar— comenzó, metiéndose un trozo de fruta en la boca y lamiendo el jugo de sus dedos.

Edward entrecerró los ojos —No creo que pueda tener una conversación contigo si te sientas así— le dijo.

—Por eso lo hago— contestó con una expresión satisfecha.

—¿El qué? ¿Cegarme con sexo, primero?

—Claro. Después siempre estás mucho más tranquilo.

Sacudiendo la cabeza, la miró y rió.

—Tienes razón. ¿Quién empieza?

—Yo. Sobre Cal.

Levantando una mano, Edward la detuvo.

—Te pido disculpas por mi comportamiento. He visto su trabajo, y has hecho una estupenda labor eligiendo a un becario. Y ya he hablado con Embry, que cree que será un excelente activo en la oficina de Nueva York.

Isabella asintió con la cabeza, —Gracias. Pero tu comportamiento es síntoma de un problema más grande: tus celos—. Alzando una mano para que no la interrumpiera, tomó una bocanada de aire. —No me importa que seas posesivo y controlador a ratos, pero estos celos, sin motivo alguno, no los voy a tolerar.

—Una vez que estamos casados, no serán un problema.

—¿Qué quieres decir? —preguntó con curiosidad.

—Pues que una vez que nos casemos, dejarás de trabajar.

—¿Y por qué iba a dejar de trabajar?

—No será necesario. Yo puedo mantenernos a los dos. El hecho de que ahora trabajes es...

—¿Qué? ¿Un favor? —Levantándose de un salto, Isabella se aproximó a él y le clavó el dedo en el pecho. —¿Tengo que recordarte que fui yo la que averiguó quién estaba vendiendo secretos de empresa? —le cuestionó, clavándole el dedo otra vez—. ¿Y que fui la ÚNICA que trabajó con Embry para no solamente recuperar los contratos perdidos sino también encontrar nuevos?

Dando un paso atrás, se cerró el abrigo y se ató el cinturón. Tras localizar sus zapatos, se volvió hacia él.

—Que sepas algo, Sr. Cullen. No tengo intención de sentar mi culo en casa mientras tú vas a la oficina todos los días. Me he ganado mi puesto y lo voy a conservar. Ah, y lo retiro. Puedes coger tus hábitos de controlador y metértelos por...

—¿Dónde crees que vas? —le interrumpió cuando se dirigía a la puerta.

—Esta noche voy a dormir en el sofá de Mia y Cal— le informó saliendo de la sala.

Edward se puso en pie y agitó los brazos con frustración, tirando la comida al suelo.

—Vaya, yo venía a ver si quedaba algo— se escuchó una voz. —¿Te importa si pillo algo antes de que tires todo al suelo? —Preguntó Sam entrando en la sala.

Edward se detuvo y lo miró.

—¿Has visto salir a Isabella?

—No, iría en el otro ascensor— respondió Sam, cogiendo un burrito y sentándose en una silla. — ¿Quieres hablar de ello?

Edward se sentó y se frotó la cabeza.

—Quiere seguir trabajando después de que nos casemos.

—Y debería.

—Pero yo puedo mantenernos a los dos, ella no tiene por qué hacerlo.

—No puedes, jefe. —Dijo, levantando la mano para acallarle. —No se trata de dinero. Sino de independencia. Se la montaste por lo de sus amigas, siempre estás celoso, sólo con que mire a otro hombre. No es una muñeca que puedas tener encerrada en una torre, es un ser humano que además es muy buena en su trabajo. Y sabes que la vas a echar de menos si no está en la oficina— añadió, sonriendo. —He entrado antes y, por el aspecto de tu escritorio…

—Vale. Te entiendo. Te entiendo. Nada de torres. Aunque es una idea estupenda— dijo Edward enfadado.

—No, no lo es. ¿Te ha dicho a dónde iba?

—A casa de Mia… y Cal— contestó con resignación.

—Bien, aún es pronto, y es el día de San Valentín. Ve a ver a tu chica.

Edward asintió con la cabeza.

—Tienes razón. Como siempre. Si nunca has estado casado, ¿cómo es que sabes tanto?

—Antes de alistarme en el ejército, me crié en una casa llena de mujeres. Era hacerles caso o tener el culo morado. Ahora, vete— le dijo Sam, haciendo un gesto con la mano. —No he comido nada en todo el día— añadió, desplazando hacia sí una bandeja de queso y cogiendo otro burrito.