Disclaimer: Digimon es propiedad de Bandai y Toei Animation, no hago esto con fines lucrativos.
Te quiero
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Hikari llevaba toda la semana intentando convencerlo de que celebraran su cumpleaños, no de forma insistente como lo hubieran hecho Mimi o Miyako y como seguramente hacían con sus respectivos novios, a quienes Yamato compadecía por cierto, en todo orden de cosas, pero sí dejando caer sutiles indirectas cada tanto que él se ocupaba de eludir convenientemente. Años de amistad con Taichi le habían enseñado un par de técnicas sobre el sutil arte de hacerse el tonto.
Ese sábado por la tarde, tendidos en el sofá viendo algún aburrido programa en la televisión, aprovechando que Hiroaki no estaba y tenían el departamento para ellos solos, ella encontró una nueva oportunidad. Se levantó de la posición en que llevaba un buen rato ya, acurrucada contra el costado de Yamato de una forma que a él le recordaba a un gatito que busca que lo mimen y que nunca reconocería lo tierno que se le hacía.
Se desperezó y entonces, cuando Yamato menos lo esperaba, sacó el tema a colación.
—Por más que lo pienso, no entiendo por qué no te gusta tu cumpleaños.
No obtuvo más respuesta que un ruido ininteligible de parte del rubio, que no apartó sus ojos del televisor.
Pero si algo tenía la muchachita en común con su hermano, entre muchas otras cosas, era su terquedad. Aquella era la característica que más brillaba en esa familia. Yamato podía dar fe de ello.
—Sé que no te agrada la Navidad porque tus padres se divorciaron en esa época, pero Takeru dice que aunque su padre no es muy bueno con los regalos, siempre les daba dinero para sus cumpleaños. Suena algo aburrido, no doloroso o traumático —Le explicó la teoría que había ido formándose durante esos días en su cabeza—. Aunque espera un momento —Detuvo bruscamente su discurso casi como si acabara de tener una epifanía, y la verdad estaba cerca de eso—. No es estar de cumpleaños lo que te molesta, ¿verdad? Es lo que significa. Demasiada atención indeseada sobre ti.
«Touché», pensó Yamato. Si aquello fuera una partida de esgrima, Hikari lo hubiera dejado fuera de combate hace mucho rato, y no siempre ciñéndose a las reglas. La chica, inocente y todo como la mayoría solía verla, incluyéndolo, también sabía jugar sucio.
Quiso mantenerse callado, a sabiendas de que si abría la boca cualquier cosa que dijera, incluso la más inocua, podría ser usada en su contra. Su novia ciertamente era un peligro cuando se proponía desvelar sus más oscuros secretos.
—¿No dirás nada? —preguntó con los labios en una línea recta.
Yamato decidió que cuanto antes acabaran con eso, mejor. Con ese pensamiento en mente se inclinó para tomar el control remoto y apagar el televisor, sumiendo la habitación en un repentino silencio.
—A veces pienso que algún día tendré que matarte porque sabes demasiado —comentó con una sonrisa ladeada. Esa sería la respuesta más directa que obtendría de su parte.
—¿De verdad? —Rio ella—. Eso es porque tú no conoces mi táctica.
—¿Tienes una táctica?
—Haré que te enamores de mí, de tal forma que cuando decidas matarme no puedas hacerlo.
Yamato no pudo evitar reír ante la seguridad con que pronunció esas palabras como si hablara en serio.
Puso un brazo sobre el respaldo del sofá y se volteó a mirarla, encontrando, por primera vez en toda la conversación, sus ojos con los carmesíes de ella.
—¿Y crees que lo estás logrando? —preguntó enarcando una ceja, queriendo mostrarse algo escéptico ante la idea.
Ella lo meditó un momento e incluso golpeó su mentón un par de veces con su dedo índice para acentuar su expresión pensativa.
—No, pero ya me conoces. Soy terca, así que seguiré intentando hasta que lo consiga.
La expresión de Yamato se tornó seria, todo rastro de diversión que pudo haber en sus rasgos olvidada, como si una máscara hubiera caído para revelar la verdad.
—Tal vez no necesitas seguir intentando.
Hikari volvió a encontrar sus miradas y se quedó muy quieta, procesando lo que acababa de escuchar. Parecía que las palabras se habían quedado flotando entre ellos.
Sabía, a base de todo el esfuerzo empleado en entenderlo, cada cosa que descubría cuando estaba con él archivada cuidadosamente en su memoria, que Yamato no era de los que dijeran mucho con sus palabras. Todo lo contrario, el chico decía mucho más en sus silencios, en lo que dejaba de decir y ella con el tiempo había aprendido a leer entre líneas.
Decirle que no necesitaba seguir intentando era probablemente la forma más directa en que le había dicho alguna vez que la quería y de alguna forma logró estremecerla más que esas dos palabras que no dijo, porque cada cosa que decía, cada intento por demostrarle que ella le importaba, valía más que cualquier expresión ordinaria de afecto.
Cuando el chico se inclinó para besarla, ella lo recibió gustosa, y minutos más tarde, con las frentes pegadas y sus labios todavía cerca mientras recuperaban el oxígeno perdido, musitó:
—Yo también te quiero.
Notas finales:
Gracias por leer :)
