Prompt # 5: Dolor
Edward escuchaba su dolor. Casi podía llegar a sufrirlo junto a él, le martilleaba los oídos y después rebotaba en el cerebro. Llevaba horas haciéndose el dormido, escuchando en la habitación de al lado la presión que Alfons soporta desde hace meses en el pecho; le oprime la caja torácica cortándole la respiración, jadea, y entonces era cuando comenzaba a toser.
Tosía procurando hacer el menor ruido posible, ahogando el sonido con la almohada o las sábanas de su cama, pero aún así, Edward le oía perfectamente. El alquimista no lo aguanta, le cabrea, le enfurece, se siente impotente porque no puede hacer nada por él.
-Maldita sea… -susurró, enojado.
Se incorporó y se sentó en el borde de la cama, tocando el frío suelo con los pies descalzos. Quería levantarse, ir hasta su habitación y quedarse junto a él, pero, ¿serviría de algo? Alfons es reticente cuando Edward se preocupa por los síntomas que, según el alemán, son sólo parte de un simple resfriado. Decidido a no desistir, se levantó de la cama y se dirigió lentamente hacia su habitación.
-¿Alfons? –llamó desde el umbral de la puerta.
Apenas podía vislumbrar su silueta, que se incorporaba tosiendo y se tapaba la boca con la mano.
-¿Ocurre algo, Ed?
-¿Te encuentras bien?
Heiderich encendió la luz de la lamparita en la mesilla de noche, y Edward parpadeó, acostumbrándose a la luz.
-Sí, claro. ¿Por qué estás despierto?
-Te he oído… -pero se detuvo, ante un nuevo ataque de tos.
Parecía que iba a atragantarse, cuando Edward escuchó una arcada, precedida por un desagradable sonido que era incapaz de describir. Alfons cierró los ojos con fuerza y ocultó la mano con la que había estado tapándose la boca entre las sábanas. Edward, sin embargo, alcanzó a ver horrorizado restos de sangre de la comisura de sus labios.
Por su parte, Alfons no sabía cómo ocultar aquello: estando Edward delante, coger su pañuelo y limpiarse la sangre de la mano le creaba un gran apuro. No quería preocuparle. Y tampoco quería preocuparse a sí mismo.
-Edward, yo… -empezó para intentar calmarle, pero al levantar la vista, vio cómo éste, sujeto al marco de la puerta, perdía el equilibrio y caía de rodillas al suelo-. ¡Edward!
Heiderich se levantó precipitadamente y se agachó junto a él, levantándole el rostro para observarle mejor. Estaba totalmente pálido.
-No tienes buena cara, será mejor que descanses.
Edward alzó una mano temblorosa y le limpió la sangre del labio.
-No soy yo el enfermo, Alfons. –declaró con voz débil, mostrándole el pulgar manchado.
Heiderich se vio algo sorprendido, pero después cambió su expresión hacia la culpabilidad y el miedo.
-Yo… quiero creer que no me está ocurriendo nada. Que el dolor sólo está aquí. –se señaló la sien con el dedo índice-. Lo siento.
Sin mediar palabra, Edward tiró de su camiseta, le rodeó el cuello con los brazos, y lo estrechó hacia sí. Deseaba decirle que ese dolor psicológico era el que le había afectado a él, y que quería más que nada creer también que sólo era un mal sueño. Que no se trataba de nada más que de un resfriado.
