¡Sólo uno más para el final! ¡Gracias a todos los que continúan leyendo esta historia!
Advertencias: spoiler del Gaiden de Kardia. OOC. Angst. Indecisión que desespera.
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Milo & Anquises
Una inmensa calidez lo envolvió. Una agradable fragancia se coló por sus fosas nasales. Reconfortándolo y haciéndolo sentir inmensamente tranquilo. Tanta era su comodidad que no quería abrir los ojos. Lo distrajo la forma en la que unas delicadas manos jugaban con sus cabellos y entonces fue cuando abrió sus ojos. Se encontraba en una amplia habitación, blanquísima, y reposaba sobre una inmensa cama de sábanas blancas. Miró a su alrededor y se encontró con una Afrodita que lo miraba con devoción, una devoción de la que no se sentía merecedor; pues no podía corresponderle. Se incorporó para quedar sentado y se dio cuenta de que llevaba sus ropas de entrenamiento. No había rastro de su Pandora Box. Ah sí, que se suponía que estaba muerto. Un momento, si no tenía su armadura, ¿cómo esperaba tener aunque fuera una mínima oportunidad contra el dios más poderoso del Olimpo? Y, ¿dónde demonios estaba?
—Es mi palacio en el Olimpo —se adelantó Afrodita, apartando su mano de la cabellera azulada —Esta es la cama donde solía dormir antes de casarme —Milo notó el pesar en la mirada de la diosa y extendió el brazo para tomar su mano —Anqui… Milo yo… lo siento tanto, lo que hice en el pasado… —el caballero negó con la cabeza y tomó la mano de Afrodita entre las suyas.
—No hay nada que perdonar —dijo —Yo soy quien no te ha agradecido adecuadamente lo que hiciste por mí. De no haber sido por ti, bueno, no sé qué habría sido de mí. Cuando Ganimedes se marchó ocupé mi mente con la guerra, a pesar de ser un pacifista, me convertí en guerrero y habría muerto de forma miserable de no ser por ti. Aún ahora, sé que los dones que me otorgaste ese día siguen estando conmigo. Te debo tanto, pero no soy capaz de… —Milo agachó la mirada y entonces Afrodita lo abrazó, haciendo que recostara la cabeza en su pecho.
—Yo me aproveché de la debilidad de tu corazón para que me amaras, aun cuando sabía que tu corazón jamás sería enteramente mío. Es por eso que ese día hice una promesa. Y Milo —el aludido levantó la mirada —ha llegado el momento de cumplirla. Es por eso que te traje hasta aquí, al Olimpo. Para que veas con tus propios ojos que el corazón de Ganimedes siempre ha sido tuyo.
—¿A qué te refieres?
—Pues vamos a seguir a Camus. Ven, es hora de irnos —lo tomó de la mano y lo arrastró fuera de la cama.
—¿Eh? ¿Qué? P-Pero… —se detuvo y Afrodita se volteó para mirarlo —Espera un momento.
—¿Qué pasa?
—Estás diciendo para vamos a ir… ¿dónde está Zeus? —la diosa asintió con la cabeza, como si fuese lo más normal —No podemos simplemente hacer eso. Digo… ¿qué puedo hacer yo frente a alguien como Zeus? —entonces ella comenzó a reír. Milo la miró, confundido.
—Ay Milo, ¿acaso piensas que tendrás que luchar contra Zeus por el amor de Camus? —el aludido no respondió y ella volvió a reír —No, nada de eso. Esta no es una leyenda griega, es la realidad, Milo. Es tu realidad y la de él. Y la única verdad es que ustedes se aman y deben estar juntos, eso es todo. Zeus no pretende enfrentarse a ti —Milo la miró, alarmado.
—¿Zeus sabe que estoy aquí? —ella asintió.
—Camus no lo sabe, por eso es el momento perfecto para que veas con tus propios ojos que yo no miento. Sólo digamos que este es un favor que Zeus me debe.
—¿Favor?
—Hace tiempo, —contó ella, mientras ambos caminaban por los jardines del palacio, que se conectaban con la entrada al palacio del dios de cielo —fui yo quien se encargó de debilitar a Crono para que él pudiera hacerse con el control de nuestro mundo. Es algo así como mi carta del triunfo —Milo se quedó asombrado —Notarás que puedo ser algo… manipuladora si la situación lo amerita. Ahora, no perdamos más tiempo.
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Ενυδρείο
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Afrodita volvió a tomar a Milo de la mano y lo condujo por los jardines que llevaban hasta los portones de oro que flanqueaban la entrada trasera del palacio de Zeus. No se encontraron a ninguna otra deidad, era como si el palacio estuviera completamente vacío. Sus pisadas sobre el piso de mármol hacían eco en toda la estancia y Milo se ponía cada vez más nervioso conforme se acercaban al sitio donde, indudablemente, se encontraba Camus. Su cosmos era inconfundible, pero por alguna razón era tan frío como el hielo que lo caracterizaba. Mucho más helado de lo normal. Se quedaron ocultos tras una enorme estatua de la titánide Rea, escuchando, observando.
—Tantos años después de nuestro encuentro y yo te sigo amando como la primera vez que nos vimos —dijo Zeus, mientras tomaba la mano de Camus y la besaba —Ni siquiera mil reencarnaciones podrían hacer que olvidara el brillo de Ganimedes, mi amada estrella.
Camus lo miró con una sonrisa en los labios, sonrisa que sus ojos no acompañaban. Zeus lo estrechó en un abrazo y Camus se mordió el labio para no dejar escapar un lamento. Ese no era su lugar, o al menos no era el lugar al que su corazón pertenecía. Y eso lo sabía bien. El recuerdo de un desordenado cabello azul y unos brillantes ojos turquesas inundaba su cabeza y no lo dejaba pensar con claridad. Tenía que olvidarse de él, porque él mismo había acabado con Milo. Aunque aquella mujer hubiese dicho que seguía con vida, aunque hubiese percibido por un momento su cosmos antes de marcharse, Milo no podía estar vivo. No debía estarlo, o de lo contrario su resolución de permanecer al lado de Zeus para siempre podía verse derrumbada.
Sin embargo, mientras Zeus lo abrazaba y se apoderaba de sus labios, Camus no podía evitar pensar qué se sentiría ser besado por Milo, ser abrazado por él, mientras le susurraba que todo iba a estar bien, así como lo había hecho desde que eran unos niños. Su mente estaba llena de pensamientos innecesarios que no hacían más que nublar su juicio, pero confiaba que con el tiempo pudiera olvidarse de aquel que fuera su mejor amigo – de aquel a quien en verdad amaba; tenía que ser sincero – y seguir adelante con su "nueva vida". En cuanto llegó al Olimpo, Zeus lo había llenado de lujos y regalos. Y también lo había "cubierto" con su amor. Zeus lo amaba, lo había hecho desde hacía tiempo, cuando él aún era conocido como Ganimedes. Se había enfrentado a la cólera de Hera por su bien. Así que ese era su deber, ¿verdad? Entonces, ¿por qué se sentía tan desdichado? ¿Por qué, en secreto, añoraba que Milo fuera a rescatarlo, como el valiente príncipe de un cuento de hadas?
Pero Milo no era un príncipe y él no era una princesa en apuros. Había tomado aquella decisión por su propia cuenta, al igual que aquella vez hace tantísimos años. Y sabía que era lo mejor, pues no podía permitir que la Tierra fuera castigada por un capricho suyo. El Patriarca bien se lo había explicado, que Zeus era capaz de cualquier cosa con tal de conseguir lo que quería. Evitar una guerra imposible de ganar era su deber. Porque, por más poderosos que fueran los caballeros dorados, ganar contra Zeus era una misión suicida.
Los amantes se separaron, Zeus para encontrarse con su hermana, Hestia, y Camus para asearse. Entró en la inmensa instancia donde había una gigantesca alberca llena hasta el tope con agua tibia y sales de baño. Dejó que la túnica blanca se deslizara por su cuerpo y entró al agua, que de inmediato calmó la tensión que sentía en sus hombros. Se le escapó un suspiro. Luego otro y otro más. Intentaba recordar todos los momentos felices que había vivido junto a Zeus cuando aún llevaba el nombre de Ganimedes, pero inevitablemente terminaba acordándose de que… al principio se había sentido de la misma forma en la que se sentía en ese momento.
La puerta de la estancia se abrió sin que él se diera cuenta, pero de pronto escuchó una voz que lo hizo sobresaltarse.
—Eres bastante desdichado, ¿verdad Camus? —levantó la mirada y se encontró con una Afrodita que estaba en la puerta, de brazos cruzados —Supongo que mi "padre" ha perdido su toque para complacer a sus amantes. Pero claro, imagino que la edad y esas cosas tienen algo que ver —Camus no respondió, simplemente miró su reflejo en la superficie cristalina del agua —¿Por qué haces esto? ¿Por qué te castigas de esta manera?
Antes de poder responder, Camus sintió que un intenso calor lo abrasaba. Era casi como si se estuvieran quemando sus entrañas. El dolor era insoportable y Camus se retorció de dolor. Le dolía el pecho, sentía su ritmo cardiaco acelerarse y la cabeza le daba vueltas. ¿Qué le estaba pasando? Era lo mismo que había sentido cuando Cinosura lo había tocado. ¿Acaso Afrodita había hecho algo? Vio a la diosa acercarse y posar una de sus manos sobre su pecho, entonces el dolor fue mermando poco a poco. La miró, ella definitivamente tenía algo que ver con su condición.
—¿Qué es lo que me hiciste?
—¿Yo? Nada. Es la sangre de Xólotl, que pide a gritos que la dejes salir. Lo recuerdas, ¿verdad?, lo que la sacerdotisa dijo antes de que perdieras el conocimiento —lo recordaba. Y sabía a qué se refería con aquel "todo depende de ti", pero no iba a hacerlo.
—Esa sangre…
—Lo que estabas sintiendo hace un momento. ¿Sabes a qué se debe? —Camus negó con la cabeza —Es la venganza de Hera, venganza que se suponía, debía caer sobre Ganimedes, pero al contrario cayó sobre ese pobre muchacho —el caballero la miró, confundido —Cuando Ganimedes se marchó con Zeus aquel día, la vida pacífica que Anquises conocía hasta ese momento dejó de tener sentido. Se convirtió en un soldado y peleó incontables batallas. Hasta que un día se encontró con Hera. Ella había venido a la tierra para buscar a la reencarnación de Quetzalcóatl y pedirle la sangre de Xólotl para maldecir a Ganimedes por "haber seducido a su amado esposo".
—¿Qué?
—Anquises, sin embargo, fue bañado con esa sangre maldita. Todo para salvar a su amado Ganimedes de un cruel destino, aun cuando él lo hubiese olvidado. Supongo que sabes acerca de la enfermedad del corazón que tenía Kardia de Escorpio —Camus asintió con la cabeza —La maldición pasó a la siguiente "generación", sin embargo yo no dejé que Milo la heredara. Pero no tenía suficiente poder para desvanecerla por completo. Ahí fue cuando le pedí a Quetzalcóatl que sellara una parte de esa sangre. Entonces aprendí acerca de su segunda función.
—¿Segunda función?
—El olvido. Una gota de esa sangre, la sangre de Xólotl, hará que Zeus se olvide de lo mucho que dice amarte. Es tu llave hacia la libertad, Camus.
—No. Tomé la decisión de venir aquí para proteger la Tierra…
—¿Proteger la Tierra? —repitió la diosa, en tono burlón —No seas tan arrogante, mortal. La protección de la Tierra es responsabilidad de esa mocosa, Atena. No te creas tan importante sólo porque Zeus se fijó en ti. La mente de Zeus funciona de forma extraña, pero no se trata sólo de él. Sé de un par de sujetos problemáticos que parecen tener una enfermiza obsesión con la Tierra y por quienes Zeus jamás movería un dedo para salvar a la humanidad. Así que no pienses que eres el gran salvador sólo por estar aquí.
De repente Camus se sintió tremendamente estúpido. Afrodita tenía razón, Zeus era feliz mirando a los mortales desde arriba, eligiendo a los que le resultaran interesantes, haciendo con ellos lo que quisiera y luego desechándolos. Estaba seguro de que hacerse con el control de la Tierra no lo motivaba de ninguna forma. Maldición, ¿cómo no lo había visto antes? ¿Es que era un idiota? Pero. Siempre había un pero. Si ya estaba allí… no podía simplemente marcharse.
—Yo… —de repente un golpe sordo hizo que ambos se sobresaltaran. La puerta se abrió un poco más y Camus pudo ver a Milo tendido en el suelo. Sus ojos se abrieron como platos —Milo…
—¡Milo, Milo! —exclamó la diosa, arrodillándose al lado del de Escorpio —Por todos los dioses, ¡estás ardiendo! —Milo respiraba pesadamente y tenía la frente empapada en sudor. Camus salió del agua y, aún empapado, se colocó la túnica y se acercó adonde estaban.
—¿Q-Qué significa esto? P-Pensé que yo…
—¿Pensaste que habías acabado con él? —preguntó Afrodita, quitando algunos mechones de la frente de Milo —Pues lamento decirte que todo lo que viste fue una ilusión, un sueño que Hypnos te mostró.
—¡¿Hypnos?! —la diosa asintió con la cabeza —¿Acaso él…?
—Hypnos ha hecho "negocios" conmigo varias veces, digamos que nos llevamos bastante bien. Esa fue sólo una pequeña muestra de sus poderes, créeme, no quieres ser enemigo de ese sujeto.
—Milo… él…
—Ah, esto —dijo, mirando con congoja al fijo que se removía entre sus brazos —Es la venganza de Hera, aquella que tuvo gran parte de la culpa de la temprana muerte del anterior caballero de Escorpio. En su vida anterior, era el caballero de Acuario el único que podía mantener a raya su "enfermedad", es por es que, mientras ambos estuvieron en el mismo sitio, jamás se había manifestado en Milo. Pero, ahora que te marchaste…
—Eso quiere decir...
—En efecto, —dijo entonces una tercera voz. Una voz profunda que hizo que a Camus se le helara la piel —tú eres el causante de su sufrimiento.
—¿Qué estás haciendo aquí, Zeus?
—Eso debería preguntarte yo, querida Afrodita —contestó el dios, con una sonrisita de suficiencia en los labios —La última vez que me fijé, este era mi palacio. No recuerdo haberte invitado, aunque últimamente has adquirido la desagradable costumbre de colarte sin ser invitada. Y encima esta vez traes contigo a tu amante. ¿Qué no puedes hacer tus "cosas" en tu palacio? Ah, pero que Hefestos no se entere, no querrás meterte en problemas —se fijó brevemente en Milo —Oh, pero, ¿qué le sucede?
—Como si no lo supieras ya —replicó ella, con ironía.
—Morirá —los ojos de Camus se abrieron como platos. Miró a Afrodita, como buscando una confirmación. Cuando ella chasqueó la lengua y aferró a un inconsciente Milo, supo que Zeus no se equivocaba —No hay manera de salvarlo. A menos que…
—Ni siquiera lo pienses, Zeus —espetó la diosa.
—Es la única forma, Afrodita. Y tú lo sabes. El trato es simple: le salvo la vida, le borro la memoria y lo devuelvo a la Tierra, luego ya lo tendrás a tu merced para hacer con él lo que quieras.
—Hice una promesa hace tiempo. Y esta vez voy a cumplirla —como si no fuera nada, Afrodita se puso de pie, cargando a Milo en sus brazos.
—No podrás cumplirla mientras Ganimedes me siga amando —ambos hablaban como si Camus no se encontrara allí. Y a Camus lo único que le importaba era hacer algo, lo que fuera, para ayudar a Milo —Además, ¿esperas que crea que cumplirás esa absurda promesa? Obligada a casarte con Hefestos, ¿crees que podrás soportarlo si este mortal se aleja de ti? Por favor, Afrodita, ¿acaso olvidaste quién fue tu padre? Crono siempre fue un bastardo engañoso.
—Pues tú no eres mejor que él —dio media vuelta, dispuesta a marcharse.
—Siempre puedes regresar a mí, lo sabes. Eso si quieres salvarle la vida —la diosa no respondió y pronto sólo podían escucharse sus pasos, cada vez más lejanos —Mujer terca.
—¿Por qué? —Zeus se volteó en cuanto escuchó la voz de Camus —¿Por qué tienes que ser tan cruel?
—¿Qué estás diciendo, mi amado Ganimedes? —preguntó el dios, tomando su mano para besarla —Dejé que se marcharan sin hacerles daño, ¿no lo viste?
—Si puedes salvarlo, ¿por qué no…? —de pronto Camus se encontró atrapado entre una pared y el cuerpo de Zeus. El rostro del dios estaba peligrosamente cerca del suyo. Y no lucía muy contento.
—Podría salvarlo y borrar tus recuerdos de él. ¿Qué tal suena eso? —Camus no contestó, entonces Zeus lo sujetó de la barbilla y se apoderó de sus labios, besándolo de forma demandante.
Camus no se resistió. No luchó. No lo alejó. Ni siquiera lo tocó cuando Zeus enredó sus brazos alrededor de su cuerpo, acercándolo más. Se sentía completamente "fuera de su personaje". El ser sumiso, débil y fácilmente manipulable no eran parte de quién era él en realidad, pero la verdad es que ya no sabía qué hacer. O qué sentir. O qué pensar. Sólo quería… que pasara el tiempo… Olvidarlo todo.
