Yaps... aki les dejo el capitulo 6... no las demoro mas... ke lo disfruten...

Ya saben ni la historia ni los personajes me pertenecen...


Cielo y Tierra

Seis

Muchas horas de charla, muchas manos que untar y la tenacidad de un bulldog. Goei Hiruma estaba deseando emplear todos esos ele­mentos en el momento que le llegara una historia que fuera un bombazo.

Su instinto, que según él era el mejor del nego­cio, le decía que Soujiro Seta podía ser la llave hacia la mejor historia de la década.

El escándalo todavía estaba reciente. Los dis­tintos ángulos del personaje de Seta, (cómo había ocultado su parte violenta al mundo, a sus elegantes clientes de Hollywood, a sus amistades de la alta sociedad) lo que había hecho a concien­cia, al menos por lo que Goei sabía. Incluso los detalles sobre cómo su guapa mujer había escapado de él, arriesgando la vida para liberarse de sus mal­tratos e injurias, eran ahora del dominio público.

A Goei no le interesaba lo que fuera de do­minio público.

Tras hurgar un poco había obtenido suficiente información de dónde había estado, cómo había escapado, dónde había trabajado y vivido durante los ocho primeros meses después de despeñar su Mercedes por un acantilado. Era una historia de gente decente: una esposa de la buena sociedad, la princesa mimada viviendo en habitaciones baratas amuebladas, trabajando de cocinera en sitios de comida rápida o de camarera, trasladándose de ciudad en ciudad. Tiñéndose el pelo, cambiando de nombre.

Podría sacarle partido.

Pero luego estaba la etapa desde que ella había desembarcado en aquel trozo de tierra en medio del Atlántico, en el que Seta había conse­guido acabar en una estrecha celda.

Poca cosa más, nada que tuviera suficiente sen­tido para que Goei pudiera dar el asunto por cerrado. O quizás lo que ocurría era que todo esta­ba demasiado bien atado.

Seta la había localizado por casualidad. Pura coincidencia. La golpeó; intervino el héroe, el policía local, y nacieron nuevos intereses amorosos.

Tras haber sido apuñalado por el malvado ex marido, recordó Goei, continuó cabalgando al rescate. No sólo consiguió apresar a Seta en el bosque, sino que además hizo que dejara de amenazar la garganta de la bella heroína con un cuchillo. Le arrastró a la cárcel y al héroe le cosieron las heridas.

El chico bueno salva a la chica. El chico malo va a parar a una celda acolchada. El chico bueno se casa con la chica. Final feliz.

De esta historia y sus distintos detalles se ha­bían estado ocupando los medios de comunicación, después del arresto de Seta, durante semanas. Y el interés había ido desapareciendo poco a poco.

Pero había habido muchos rumores, detalles sin confirmar sobre lo ocurrido aquella noche en el bosque, sobre el momento preciso del arresto. Murmuraciones sobre brujería y magia.

Goei se había planteado rechazar aquella idea; quizás explotar aquel enfoque en unas pocas columnas, pero sólo por la novedad. Después de todo, Seta era un loco de atar. Su declaración sobre lo ocurrido aquella noche, por la que Goei había pagado un buen dinero, no podía digerirse fácilmente.

Y aún así...

El doctor Sanosuke Sagara, el Indiana Jones de lo paranormal, había decidido instalarse tempo­ralmente en la Isla de las Tres Hermanas.

¿No era como para estar alerta?

Sagara no era persona que perdiera el tiempo, como sabía Goei. Era capaz de abrirse paso a machetazos a través de selvas, caminar kilómetros por el desierto y escalar montañas para investigar el insólito campo de trabajo que había elegido. Y la mayoría de las investigaciones corrían de su bolsillo.

Pero no era alguien que perdiera el tiempo.

Había desenmascarado más sucesos pseudo-mágicos de los que autentificaba, pero cuando da­ba crédito a alguno la gente tendía a escucharle. Y gente inteligente.

¿Si no existía nada cierto en aquellos rumores, por qué había ido a la isla? Misato Seta, per­dón Misao Makimashi Shinomori no había hecho ningún comentario al respecto. Ella había hablado con la policía, por supuesto, pero en su declaración no existía mención alguna a fenómenos de brujería. Tampoco en las publicaciones de prensa canaliza­das a través de sus abogados.

Pero Sanosuke Sagara había considerado Tres Hermanas digna de su atención. Y eso interesaba a Goei. Le había intrigado lo suficiente como para leer sobre la isla, sus tradiciones popu­lares y sus leyendas. Y su olfato de periodista le ha­bía alertado de que allí había una historia. Una gran historia, potencialmente jugosa.

Había intentado anteriormente conseguir una entrevista con Sano, sin éxito. Los Sagara eran enormemente ricos, influyentes y con­servadores por tradición. Con un poco de cooperación por su parte podía haber conseguido una serie de artículos sobre la familia y el hijo, el caza­dor de fantasmas.

Pero ninguno había querido cooperar, y me­nos el propio Sagara. Y eso le dolía.

En cualquier caso, sólo era cuestión de encon­trar la palanca adecuada y saber la cantidad indicada de presión que había que aplicar. Goei esta­ba seguro de que el propio Seta le ayudaría a destapar el escándalo.

Después de eso, podría ocuparse de lo demás.

Goei recorrió el pasillo de lo que pensó era un manicomio. Seta había sido juzgado y declarado legalmente loco, lo cual había ahorrado a los contribuyentes el coste de un largo y minucioso proceso, y asimismo les había escamoteado los ju­gosos bocados que los medios de comunicación podían haber difundido de haberse llevado a cabo el proceso.

La realidad era que el arma utilizada contra el sherift de la isla tenía las huellas dactilares de Seta. El sheriff y dos testigos habían declarado que éste había colocado el cuchillo en la garganta de su esposa y había amenazado con quitarle la vida.

Sin embargo, fue más determinante que Seta no sólo confesara, sino que además grita­ra que la mataría, que murmurara algo acerca de «hasta que la muerte nos separe», y que continua­ra lanzando incoherencias sobre la necesidad de quemar a la bruja adúltera.

Por supuesto había amenazado con gritos de muchas otras cosas también: ojos brillantes, relámpagos azules y serpientes reptando por debajo de su piel.

Entre las evidencias físicas, las declaraciones de los testigos y sus propios desvaríos, Seta se había ganado a pulso una habitación en la zona del psiquiátrico con barrotes y vigilada.

Goei lucía en la solapa de su traje hecho a medida el distintivo de visitante. La corbata, del mismo color carbón que el traje, mostraba un nu­do perfecto.

Tenía el pelo negro con vetas plateadas y lo lle­vaba cortado de forma que sentaba bien a su rostro cuadrado y rubicundo. Su estructura era maciza y tenía los ojos, de un marrón oscuro, que tendían a desaparecer cuando sonreía. Su boca era fina y cuando se irritaba parecía quedarse sin labios.

Si su rostro y su forma de hablar hubieran sido al­go más atractivos, quizás hubiese dirigido sus pasos hacia los noticiarios de televisión. En un tiempo ha­bía deseado aquello, de la forma en que algunos chi­cos desean tocar un pecho de mujer por primera vez; con lujuria, con malicia. Pero la cámara no le quería, acentuaba la forma de su cuerpo y hacía que su es­tructura corta y maciza pareciera el tocón de un ár­bol. Su voz sonaba como el graznido de un ganso he­rido cuando se oía a través de un micrófono, según le dijo una vez un encantador técnico muy charlatán.

La cruel pérdida de aquel sueño de la infancia había contribuido a convertir a Goei en la cla­se de reportero gráfico que era: despiadado y frío como el hielo.

Escuchó el sonido de cerrojos que se descorrían y de pesadas puertas abriéndose. Lo recordaría cuan­do escribiera sobre aquella visita, el espeluznante «clang» del metal contra el metal, los impasibles rostros de los guardias y del personal médico, el extraño y dulce olor de la locura.

Esperó durante un rato en otra habitación. Allí se encontraba el último control. Un asistente sentado al lado de la puerta contemplaba una serie de monitores.

Los enfermos de aquella sección estaban bajo vigilancia las veinticuatro horas del día, según habían informado a Goei. Cuando se encontrase con Seta, él también sería vigilado; tuvo que admitir, que se sentía más seguro sabiéndolo.

Se abrió la última puerta y le recordaron que disponía de treinta minutos.

Su intención era sacarles el máximo partido.

Soujiro Seta no tenía el aspecto del hombre que Goei estaba acostumbrado a ver en las páginas satinadas de las revistas o en la pantalla de la televisión. Estaba sentado en una silla, vestido con un mono de fuerte color naran­ja, tieso como una vela. Llevaba esposas en las muñecas.

Su cabello, que una vez, fue como una corona negra, era ahora de color negro sin brillo y lo llevaba corto. Su bello rostro estaba hinchado, de­bido a la alimentación del centro, a la medicación o a la falta de cuidados. Tenía la boca fláccida y los ojos muertos como los de una muñeca.

Goei se imaginaba que estaría sedado: tó­mese un sociópata medio, agítese con unas cuantas tendencias psicóticas violentas, y las drogas serán su mejor amigo.

Pero el reportero no había contado con tener que abrirse paso, a través de un laberinto químico, hacia el cerebro de Seta.

Había un guardia con aspecto aburrido en la puerta que Seta tenía a sus espaldas. Seta se sentó en el lado de la ventanilla que estaba cerca del guarda, y miró a través de los barrotes.

—Señor Seta, me llamo Goei. Himura Goei. Creo que me esperaba hoy.

No hubo respuesta. Goei maldijo para sí. ¿No podían haber esperado a darle las pastillas hasta después de la entrevista?

—Hablé ayer con su hermana, señor Goei. —Nada—. Su hermana Yumi...

Una fina línea de baba se deslizó por la comi­sura de la boca de Seta. Con disgusto, Goei apartó la vista.

—Yo esperaba poder hablar con usted de su ex mujer, acerca de lo que ocurrió en Tres Hermanas la noche en que fue arrestado. Trabajo para First Magazine. —Al menos de momento. Sus jefes se estaban volviendo demasiado tiquismiquis para su gusto, y muy tacaños—. Quiero escribir su historia, señor Seta. Dar a conocer su versión. Su hermana está deseando que usted hable conmigo.

Aquello no era del todo cierto, aunque sí la ha­bía convencido de que una entrevista podía plasmarse en una historia que moviera a la compasión, lo que a su vez podía proporcionar peso a la acción legal que ella había emprendido y de cuyo éxito dependía que trasladaran a su hermano a una clíni­ca privada.

—Puedo ayudarle, señor Seta. Soujiro —se corrigió—, quiero ayudarle de verdad.

No obtuvo nada más que una mirada fija muerta y silenciosa; su absoluta vacuidad le produ­jo un escalofrío.

—Mi plan consiste en hablar con todos los im­plicados, conseguir una historia absolutamente completa. Voy a hablar con su ex mujer. Voy a concertar una entrevista con Misato.

Ante el sonido de aquel nombre, los ojos oscu­ros, sin brillo, parpadearon.

Sí que hay alguien ahí, pensó Goei, y se lanzó a encontrarlo con suavidad.

—¿Hay algo que quieres que le diga a Misato de tu parte¿Quieres mandarle algún mensaje?

—Misato.

La voz era áspera, poco más que un murmullo. Al oírla por primera vez, Goei sintió como si un dedo helado le recorriera la columna.

—Exacto, Misato. Veré a Misato muy pronto.

—Yo la maté en el bosque, en la oscuridad —la fláccida boca se curvó en una deslumbrante y bri­llante sonrisa—. Yo la asesino todas las noches, porque ella sigue volviendo. Ella continúa riéndo­se de mí, por eso la mato.

—¿Qué ocurrió aquella noche en el bosque, con Misato?

—Ella escapó de mí. Ella está loca¿sabes¿Por qué si no habría escapado¿Por qué pensó que podía alejarse de mí? Tuve que matarla. Sus ojos quemaban.

—¿Sus ojos ardían como si fueran relámpagos verdes?

—Esa no era Misato. —Los ojos de Seta se movieron rápidamente, como pájaros negros volando—. Misato era tranquila y obediente. Ella sabía quién mandaba en casa. Ella lo sabía —mien­tras hablaba sus dedos comenzaron a arañar los brazos de la silla.

—¿Quién era entonces?

—Una bruja. Vino del infierno, como todas ellas. Había tanta luz, tanta luz. Me cegaron, me maldijeron. Yo tenía serpientes bajo la piel. Ser­pientes. Un círculo de luz. Un círculo de sangre. ¿Puedes verlo?

Durante un instante, Goei pudo verlo. Tan claro como el cristal, y era aterrador. Tuvo que esforzarse por sobreponerse a un escalofrío.

—¿Quié­nes son «todas ellas»?

—Todas ellas son Misato —comenzó a reír con un tono alto y agudo que provocó Goei se estremeciera y que se le erizase el vello de los bra­zos—. Todas son Misato. Quemad a la bruja. Yo la asesino todas las noches, todas las noches, pero ella vuelve.

Ahora gritaba, por lo que el reportero, que ya había tenido su ración de horrores, se apartó y se levantó de un salto incluso antes de que el guardia se presentara delante. Un lunático, se dijo Goei cuando los asistentes le sacaron a empujones de la habitación. Un loco de remate.

Pero... pero...

El tufillo de la historia era demasiado fuerte como para resistirse.

Hay gente que puede sentirse nerviosa ante la perspectiva de pasar la velada en casa de una bruja, y que llevaría el bolsillo lleno de sal o una pata de conejo.

Sano acudió armado con su grabadora, el cua­derno de notas y una botella de buen Cabernet. Había esperado pacientemente a lo largo de su primera semana de estancia en la isla, deseando aquella invitación.

Iba a cenar con Kaoru Kamiya.

No le había resultado fácil resistir la tentación de acercarse a casa de Kaoru, caminando por el bosque, y de fisgonear a la sombra del faro. Pero se­gún su forma de pensar, habría sido de mala edu­cación.

La paciencia y la cortesía habían dado sus fru­tos y Kaoru le había preguntado con toda naturalidad si quería cenar con ella. Él había aceptado con el mismo tono.

En aquel momento, mientras conducía por la carretera de la costa se sentía lleno de ilusión. Había tanto sobre lo que quería preguntarle, especialmen­te desde que Megumi se cerraba en banda cada vez que intentaba interrogarla. Y todavía le quedaba Misao.

Dos advertencias por parte de dos brujas resul­taban inapelables. Esperaría hasta que Misao se dirigiera a él, o a que el camino estuviera despejado.

Tenía mucho tiempo, y además se escondía un as en la manga.

Le gustó el aspecto del lugar, la vieja casa de pie­dra en lo alto del acantilado, frente al tiempo y al mar. La gracia de los gabletes, las románticas almenas, las misteriosas torretas. El blanco rayo del faro cortaba la oscuridad como un cuchillo y barría el mar, la casa de piedra y la sombría barrera de los árboles.

Era un escenario solitario, pensó mientras aparcaba. Solitario de forma casi arrogante e indudablemente bello. Le sentaba perfectamente bien a Kaoru.

La nieve había sido apartada cuidadosamente del camino de entrada. No podía imaginar a una mujer con el aspecto de Kaoru Kamiya levantando una pala de nieve. Se preguntó si no sería una opinión sexista.

Decidió que no. No tenía que ver con el hecho de que fuera una mujer, y sí con la belleza. Sencillamente no podía imaginarla haciendo algo que no fuera elegante.

En el momento en que ella abrió la puerta, es­tuvo seguro de que su razonamiento estaba perfectamente fundamentado.

Kaoru llevaba un vestido de color verde bosque que aunque la cubría del cuello hasta los tobillos, revelaba cada detalle de su perfecta anatomía. Re­sultaba fascinante.

En las orejas y en los dedos relucían gemas. De una trenzada cadena de plata colgaba un sencillo disco labrado que centelleaba en su pecho. Lleva­ba los pies descalzos, lo que resultaba muy seductor. Ella sonrió y le tendió la mano.

—Estoy encantada de que hayas venido, y además trayendo regalos. —Aceptó la botella de vino y reparó en que era su preferido—. ¿Cómo lo sabías?

—¿Eh¡Ah! Por el vino. Mi trabajo consiste en sa­car a la luz los datos oportunos.

Le condujo al interior, riendo.

—Bienvenido a mi casa. Déjame que te guarde el abrigo.

Se colocó cerca y le rozó el brazo con las yemas de los dedos, como una especie de test para ambos.

—Me tienta invitarte a mi salón particular —ella volvió a reír, con una risa baja y llena—, o sea, que lo diré —hizo un gesto hacia una habita­ción que se abría al amplio vestíbulo—. Ponte có­modo. Voy a abrir el vino.

Ligeramente aturdido, entró en una amplia es­tancia en la que ardía el fuego en la chimenea. La habitación estaba repleta de ricos colores, telas sua­ves, la madera brillante y el reluciente cristal.

Sobre la tarima de madera del suelo se esparcían alfombras antiguas bellamente desgastadas.

Reconoció la riqueza, el confort, el gusto y, de alguna manera, la abundancia femenina.

Había flores, lirios con pétalos en forma de es­trella, tan blancos como la nieve de fuera, en un florero alto y transparente.

El aire tenía su olor... y el de ella.

Incluso un muerto, se dijo Sano, hubiera senti­do cómo le ardía la sangre en aquel ambiente.

Había libros colocados en estanterías entre be­llas botellas y objetos de cristal, y algunas intrigantes esculturillas. Prestó atención, ya que lo que lee una persona habla de su interior.

—Yo soy una mujer práctica.

Sano dio un brinco. Kaoru había vuelto de una forma tan silenciosa como el humo.

—¿Perdón, cómo dices?

—Soy una mujer práctica —repitió y colocó la bandeja con el vino y los vasos—. Los libros son mi pasión, y abrí la librería para poder sacarle par­tido.

—Es una pasión muy variada.

—Los canales monográficos son muy monóto­nos. —Kaoru sirvió el vino y fue a su encuentro sin perder sus ojos de vista en ningún momento—. Estarás de acuerdo conmigo, puesto que tus intereses también son múltiples.

—Sí.

—Por la variedad en las pasiones, entonces —sus ojos sonreían cuando chocaron las copas. Kaoru se sentó en el sofá, sonriendo al tiempo que palmoteaba el almohadón que tenía al lado.

—Ven, siéntate. Cuéntame qué te parece nues­tra pequeña isla en medio del mar.

Sano se preguntó si la habitación estaba dema­siado caldeada o si sencillamente ella irradiaba calor, pero se sentó.

—Me gusta. El pueblo resulta pintoresco, pero sin caer en lo típico, y la gente es lo suficientemen­te amable, pero sin llegar a ser claramente entro­metida. Tu librería añade un toque de sofisticación; el mar añade atractivos, y el bosque misterio. Estoy a gusto aquí —explicó.

—Todo está cerca. ¿Te encuentras a gusto en mi casita?

—Más que eso. He avanzado considerable­mente en mi trabajo.

—También tú eres un tipo práctico¿no, Sanosuke? —tomó un sorbo: el rojo del vino tinto contra unos labios rojos—. A pesar de la gente que pueda pensar lo poco práctico que es el campo que has elegido —continuó Kaoru.

Sintió como si el cuello de su camisa hubiera encogido.

—El conocimiento siempre es práctico —con­testó él.

—Y eso es lo que buscas por encima de todo: el saber. —Kaoru se acurrucó y sus rodillas rozaron li­geramente las piernas de Sano—. Una mente in­quieta es muy atractiva.

—Sí. Bueno. —Bebió vino. Lo tragó de golpe.

—¿Cómo va tu... apetito?

Sano enrojeció.

—¿Mi apetito?

Kaoru pensó que su invitado era absolutamente delicioso.

—¿Por que no pasamos al comedor? Te daré de cenar.

—Estupendo. De acuerdo.

Kaoru se enderezó y de nuevo arrastró las yemas de los dedos por su brazo.

—Trae el vino, guapo.

¡Dios mío! Fue su único pensamiento claro.

El comedor podía haber parecido demasiado formal e intimidante, con la enorme mesa de cao­ba, los grandes aparadores y las sillas de altos res­paldos, pero era tan acogedor como el salón. Los colores también eran cálidos, profundos tonos granate mezclados con dorados oscuros.

Flores de los mismos matices perfumaban el ai­re desde floreros de cristal tallado. El fuego crepitaba como si fuera un acompañamiento más de la suave música de arpa y flauta que sonaba de fondo.

Había retirado las cortinas de las tres ventanas para traer el contraste entre la oscuridad de la noche y la blancura de la nieve al interior de la habita­ción. Resultaba tan perfecto como una fotografía.

Sobre la mesa había una suculenta parrilla de cordero a la luz de una docena de velas.

Si Kaoru había pretendido crear el marco ideal para un romance, lo había logrado de forma magistral.

Mientras cenaban, ella condujo la conversación hacia la literatura, el arte, el teatro, y todo el tiem­po le escuchó con una atención muy halagadora.

Sano pensó que era casi hipnótico. La forma en que miraba a un hombre: de manera total, directa y profunda.

La luz de las velas jugaba sobre su piel como si fuera oro sobre alabastro y en sus ojos como un ve­lo dorado sobre el color del azul. Deseó poder dibujar algo mejor que bocetos a lápiz. El rostro de Kaoru era para representarlo con óleo.

Le sorprendió que tuvieran tanto en común. A ambos les encantaban los libros y apreciaban la música.

Enseguida, los dos se lanzaron a conocer el pa­sado del otro. Él supo que ella había crecido en la isla, en aquella casa, como hija única. Y que sus pa­dres habían delegado en manos de Lulú la respon­sabilidad de cuidarla. Kaoru había ido a la universi­dad de Radcliffe y se había licenciado en literatura y economía. Sus padres se habían marchado de la isla antes de que se graduara y volvían rara vez. Ella era rica, como él.

No pertenecía a ningún grupo, ni organiza­ción, y vivía tranquilamente y sola en su lugar de nacimiento. No se había casado nunca, ni había vi­vido con ningún hombre.

Se preguntó cómo una mujer con un atractivo tan evidentemente sexual, no lo había hecho.

—Te gusta viajar —comentó ella.

—Hay mucho que ver. Creo que lo disfruté más a los veinte años. El pellizco de hacer la male­ta, partir siempre que quería o que lo necesitaba.

—Y vives en Nueva York¡qué emoción¡qué estimulante!

—Tiene sus ventajas. Aunque puedo hacer mi trabajo en cualquier lugar. ¿Vas a Nueva York con frecuencia?

—No. Rara vez salgo de la isla. Aquí tengo to­do lo que quiero y necesito.

—¿Y los museos, los teatros, las galerías de pintura?

—Puedo pasarme sin ellos. Prefiero mis acanti­lados, mi bosque, mi trabajo. Y mi jardín —añadió—. Es una pena que sea invierno, si no, podría­mos dar un paseo. En vez de eso, tendremos que instalarnos en el salón para tomar el café y el postre.

Le sirvió unos pasteles de chocolate exquisitos, que le encantaron. Le ofreció un coñac, que recha­zó. En algún lugar de la casa un reloj dio las horas, mientras Kaoru se hacía de nuevo un ovillo en el so­fá al lado de él.

—Eres un hombre con un gran dominio de ti mismo y una gran fuerza de voluntad¿verdad, doctor Sagara?

—No estoy muy seguro de que siempre sea así. ¿Por qué?

—Porque llevas en mi casa, a solas conmigo, más de dos horas. He empleado vino, velas, música, y todavía no has abandonado tu interés profe­sional sobre mí, ni has intentado seducirme. Me pregunto si debo admirarte o sentirme insultada.

—Creo que las dos cosas.

—¿En serio¿Y por qué lo piensas?

—Porque me has invitado a tu casa, y creo que ve­nir sólo por interés profesional resultaría inadecuado.

—Ah —Kaoru ladeó la cabeza ofreciéndole deli­beradamente la posibilidad de inclinarse y besarla—. ¿Y qué me dices de la seducción?

—Cualquier hombre que estando cerca de ti no hubiera pensado en seducirte, necesitaría tratamiento médico inmediato.

—¡Ah! Me gustas, en realidad más de lo que yo pensaba. Pero, ahora debo pedirte disculpas por atormentarte.

—¿Por qué? Me gusta.

—Sano... —se inclinó y tocó sus labios con los suyos suavemente—¿vamos a ser amigos, no?

—Eso espero.

—Me hubiera gustado llegar a más, pero hu­biésemos durado poco, y complicaría el destino.

—¿El tuyo o el mío?

—El de los dos, y el de alguien más. Se supone que no vamos a ser amantes. No sabía que ya te hubieras dado cuenta.

—Espero que no te importe si lo lamento un poco.

—Me enfadaría si no fuera así —Kaoru apartó el caudal de rizos de su cabello negro azuloso—. Plantéame las cuestiones profesionales que más te preo­cupen. Responderé si puedo.

—¿Cómo trazasteis el círculo del bosque cerca de la casa?

La sorpresa hizo que Kaoru frunciera los la­bios. Se levantó para darse un momento para pensar.

—¡Menuda pregunta! —dijo ella paseando ha­cia la ventana—. ¿Cómo lo encontraste? —antes de que él pudiera responder, Kaoru agitó la mano—. No, no importa, es tu trabajo. No puedo contestar una pregunta que involucra a otras personas que quizá no quieran que yo lo haga.

—Sé lo de Megumi y Misao.

Ella miró hacia atrás por encima del hombro.

—¿Lo sabes?

—A través de mis investigaciones, de un pro­ceso de eliminación y de ciertas observaciones —se encogió de hombros—. Soy bueno en lo que hago. No he hablado con Misao porque tanto tú co­mo Megumi sois contrarias.

—Ya veo. ¿Te asusta lo que podríamos hacer si ignoras nuestras objeciones?

—No.

—No. Así de rápido y sencillo. Un hombre va­liente.

—Para nada. No utilizaríais vuestro don para castigar o dañar, no sin una causa o una provocación, sino solamente para proteger. Megumi no tiene tu control ni tu dedicación, pero tiene su propio código de conducta posiblemente más es­tricto que el tuyo.

—Conoces bien a la gente. ¿Y ya has hablado con Megumi¿Has hablado con ella?

—Sí, he hablado con ella.

Las comisuras de sus labios se curvaron, pero había poca diversión en su sonrisa.

—Y dices que no eres valiente. —En sus pala­bras había la suficiente mordacidad como para intrigarle.

—¿Qué ocurrió entre vosotras? —preguntó Sano.

—Esa es una segunda pregunta, y yo todavía tengo que decidir si contesto la primera. Hasta que Megumi confirme tu suposición...

—No es una suposición, es un hecho, y lo ha confirmado —respondió Sano.

—Ahora me sorprendes —mientras descifraba sus palabras, Kaoru se dirigió a la chimenea, de allí a la cafetera para servirse, aunque no le apetecía el café.

—Tú también la has protegido —dijo Sano suavemente—. Ella te importa, y mucho.

—Fuimos amigas, todo lo amigas que se puede ser, la mayor parte de nuestras vidas. Ahora no lo somos —lo dijo sencillamente, aunque aquello era todo menos sencillo—. Pero no he olvidado lo que fuimos, ni lo que compartimos. Aún así, Megumi es capaz de protegerse a sí misma. No puedo imagi­nar por qué admitió ante ti tan rápidamente lo que posee; lo que es.

—La obligué a hacerlo.

Sano dudó sólo un instante y después le contó a Kaoru lo del estallido de energía, lo de la mujer de la playa y la hora que había pasado con Megumi en la casita.

Kaoru tomó su muñeca y la examinó.

—Siempre ha tenido problemas con su tempera­mento, pero su conciencia es incluso más fuerte. Habrá lamentado causarte daño. Megumi habrá trans­ferido las quemaduras¿sabes?

—¿Cómo?

—Esa habrá sido su forma de castigarse, de ha­cer lo justo y recto otra vez, pasar las quemaduras de tu carne a la suya.

Sano pensó en el calor, el dolor. Soltó un jura­mento.

—¡Maldita sea! No era necesario —espetó Sano.

—Para ella, sí. Déjalo estar —Kaoru le soltó la muñeca, deambuló por la habitación y puso en orden sus ideas—. Tú la deseas.

Sano se movió en el sofá. El sofoco parecía querer subir por su cuello.

—No me siento muy cómodo hablando de es­te tema con otra mujer.

—Los hombres a menudo sois tan remilga­dos... para hablar de sexo, para hablar de él, me refiero, pero no para practicarlo. Eso está bien —Kaoru se acercó otra vez y se sentó—. Y ahora, para con­testar a tu pregunta...

—Perdona¿te importa si grabo tu respuesta?

—¡Doctor Sagara! —mientras él sacaba del bolsillo la grabadora, la risa resonó en su voz—. ¡Qué chico éste!, el perfecto boy-scout. Siempre preparado. No, supongo que no tengo nada que objetar, pero vamos a grabar también que no se publicará nada sin mi permiso escrito.

—Tú también estás siempre preparada. De acuerdo.

—Misao ha tomado sus precauciones, y yo haré lo mismo. Las acciones legales que emprendió fueron una forma de protección. Aoshi, que es muy bueno en su trabajo y que está muy enamorado de Misao, también la protegía. Soujiro Seta vino a la isla y la encontró enseguida. Volvió a maltratarla y a aterrorizarla; casi mató a Aoshi y habría matado a Misao; aquella noche estaba decidido a hacerlo. Ella escapó al bosque para evitar que Soujiro asesinara a Aoshi, que ya estaba malherido. Se dirigió al bosque sabiendo que su marido la perseguiría hasta allí.

—Es una mujer muy valiente.

—Desde luego. Ella conocía bien el bosque, es suyo, y no había luna. Pero él la encontró ensegui­da, como Misao ya intuía en parte. Hay hechos que nada puede cambiar, ni la magia, ni la mente, ni ningún otro esfuerzo. —Los ojos de Kaoru eran pro­fundos e intensos cuando se encontraron con los suyos—. ¿Tú lo crees?

—Sí, lo creo.

Kaoru asintió al tiempo que estudiaba el rostro de Sano.

—Ya pensaba yo que lo creerías y que, en cierta manera, incluso lo entenderías. Soujiro estaba decidi­do a encontrar a Misao. Esa... prueba a la que tenía que enfrentarse fue escrita hace siglos. El valor y la fe en sí misma de Misao fueron claves —se detuvo por un momento, retomando fuerzas—. Incluso sabiéndolo, yo tenía miedo, como lo tendría cual­quier mujer —continuó Kaoru—. Soujiro amenazaba con un cuchillo contra la garganta de Misao, y ya le había magullado la cara. Aborrezco a los que viven a costa de los demás, a los que causan pena y dolor deliberadamente a aquellos a los que consideran más débiles.

—Eres una mujer civilizada —comentó Sano.

—¿Lo soy doctor Sagara¿Y también entien­des entonces que fueron mis poderes los que hicieron que se detuviera el corazón de Soujiro Seta que finalizara su vida, produciéndole un dolor indecible en el momento en que amenazó a mi hermana?

—Una maldición de semejante calibre, de tan­ta violencia, exige que quien es maldecido crea en ello, y un ritual complejo con... —Sano se detuvo ya que Kaoru estaba tomando su café sonriendo, con aspecto de total diversión—, todas mis investiga­ciones lo confirman.

—Como quieras —admitió Kaoru con ligereza y él comenzó sentir un cosquilleo en la nuca—. Lo que podría haber hecho es otra cuestión. Yo estoy atada por mis propias convicciones, mis propias promesas. No puedo quebrantar mi fe y ser lo que soy. Estábamos los cinco allí, en aquel bosque: tan­to Aoshi como Megumi llevaban armas, pero utilizar­las suponía acabar con la vida de Misao, y con la de Seta. Sólo había un camino, una respuesta: el círculo de tres. Lo trazamos aquella noche, sin la ceremonia, las herramientas, ni los cánticos que son necesarios la mayor parte de las veces. Cons­truimos el círculo con nuestra voluntad.

Fascinante, pensó Sano. Asombroso.

—Nunca he visto trazar uno.

—Hasta aquella noche, yo tampoco, ni lo ha­bía intentado siquiera. La necesidad obliga —murmuró Kaoru—. Establecimos un vínculo entre una mente, otra y otra, y el poder, doctor Sagara, creó un anillo como de fuego. Soujiro no podía hacer da­ño a Misao, ella no podía ser dañada. Él perdió el juicio cuando le obligamos a enfrentarse a lo que había en su interior.

Kaoru hablaba en voz baja, pero algo, para lo que incluso la palabra magia parecía casi demasiado corriente, brillaba en la habitación y le acariciaba la piel.

—Megumi me contó que habíais cerrado el círcu­lo —dijo Sano.

—Megumi, en contra de su costumbre, está sien­do muy charlatana contigo. Sí, cerramos el círculo.

—La energía todavía está allí. Mucho más fuerte que la de cualquier círculo abierto que yo haya documentado.

—Las tres unidas formamos algo muy podero­so. Creo que la energía permanecerá allí incluso después de que nosotras seamos sólo un recuerdo. Misao encontró lo que necesitaba, el primer paso hacia el equilibrio.

El aire se enfrió de nuevo y Kaoru sólo volvió a ser una bella mujer sosteniendo una cafetera de porcelana.

—¿Más café? —preguntó.

Continuara...


Espero ke hayan disfrutado este capitulo... en fin ya saben lo de los reviews, me encanta leer sus comentarios...

beshos...

matta neee