Respuestas a Reviews:

Bakaa-chan: Ahh.. te juro que yo misma odio a mi versión de Alois jajajaja.. y, espero que te guste la continuación. Gracias por el review! :DD

mina-sama12:Nadie sabe que fue de Alois.. y, yo tengo mis dudas sobre Claude jajajjaja ahh no diré nada muahaha.. XDD y hoy tengo ya aqui la continuación. :DD Gracias por el review!

Katha phantomhive:Otra más que odia al rubio pero, creeme que te doy la razón porque lo tiene más que merecido.. XDD Muchisimas gracias por leer la historia, por el review y que bueno que te haya gustado. :DD

plop: Mmm.. creo que tus sentidos arácnidos están en lo correcto.. jajaja. Gracias por el review! :DD


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La tarde era cálida en comparación al frío que había esa mañana. Ciel entró apresuradamente a su oficina. Había pasado dos días en la casa de campo de la reina Victoria. Le había invitado a un almuerzo y luego, le había insistido en que permaneciera un poco más de tiempo. El Conde se sentía ligeramente encantado con la idea. Su Majestad no solo le invitaba por tratarse de un noble sino, por apreciación a su enorme talento.

Sin embargo, su petición de despedida le había dejado pensando. Él le había dicho, "¿cómo podría pagarle por todas sus atenciones, su Majestad?" y, la Reina sin pensarlo dos veces había respondido, "Ciel, niño mío, si en verdad deseas hacerme feliz, compone una pieza para mí."

-Una pieza. – Repitió el ojiazul, quien jamás había hecho otra cosa que interpretar complicadas piezas de grandes músicos. Nunca una suya propia. – Hmm...

Se sentó en su enorme silla de cuero, cayendo pesadamente en ella y provocando que ésta hiciera un rechinido. No se creía capaz de lograr su cometido. Bajó la vista, decepcionado de sí mismo y, notó como en su mano hacía falta el anillo de oro que antes llevaba en el dedo medio. – Sebastián. – Musitó y una sonrisa iluminó su rostro nuevamente.

Hoy era el día. No le importaba si aún tendría otros compromisos. Su tía se lo había dicho tan de repente. Aún recordaba cómo las mariposas parecían revolotear dentro de su pecho cuando la mujer abrió la puerta de su oficina ese día.

"Ciel, un pintor vendrá a retratarte.", había dicho. Él le había mirado con desconfianza y había preguntado quién llegaría. "Sebastián Michaelis.", le respondió con una sonrisa y él, simplemente había enmudecido de tanta felicidad.

-¡Tanaka! – Exclamó, sin moverse ni un ápice del lugar.

El mayordomo tocó la puerta unos instantes después, aun cuando ésta permanecía abierta. Ciel le indicó con un gesto que podía continuar.

-¿Me ha mandado a llamar, conde Phantomhive? – Preguntó el anciano.

-Sí, Tanaka. Necesito que busques y traigas a Sebastián Michaelis hasta esta casa. – Ordenó el menor, fingiendo frialdad.

-¿El pintor? – Preguntó el mayordomo con preocupación.

-Tsk. ¿Conoces a otro? – El tono sarcástico del Conde fue acompañado de una sonrisa ladeada. – Ve y tráelo.

-Me temo que eso no será posible, joven amo. – El anciano apuntó hacia los diarios que había planchado y apilado cuidadosamente en el escritorio del ojiazul. – El señor Michaelis está en prisión.

-¿Qué? – Ciel miró las portadas de los diarios, cambiándolas con brusquedad. Finalmente, encontró la que necesitaba.

"ASESINATO DE CONDE DEJA COMO ÚNICO SOSPECHOSO A PINTOR", se leía en las letras de la primera plana del periódico. Todo había sucedido el día en que él había partido.

-Esto… - El ojiazul no sabía por dónde comenzar. Ni siquiera era capaz de entender toda la masa de palabras que aparecía en la parte interior del diario. Era como si comprendiera todo, pero nada a la vez. – Tanaka, dile al cochero que quiero ir de inmediato a la prisión.

-Perdóneme, Conde pero, no creo que usted se encuentre en condiciones de ir a ese lugar. – El mayordomo veía con preocupación como Ciel hacía una maraña con un lado de su cabello por el nerviosismo que probablemente el hecho le causa.

-¡No te lo he preguntado! ¡Te lo he ordenado! Sabes bien que odio que me desobedezcan. – Ciel se puso de pie al exclamar aquellas palabras.

Tanaka miró hacia abajo, colocando una mano en su pecho en señal de respeto. – Su carruaje estará listo en un momento, conde Phantomhive.

El ojiazul se devolvió a su asiento y enterró su rostro entre sus manos. – Sebastián, por favor que nada malo te haya ocurrido. – Entonces se detuvo a pensar. "¿Por qué estabas en la mansión de Trancy a las seis de la mañana?"

Bajó la vista, intentando localizar en el escrito alguna pista sobre la forma en que ocurrió el arresto. Creía que todo lo había leído demasiado rápido.

"El pintor, Sebastián Michaelis, fue arrestado a las seis de la mañana. Un agente declara que el sospechoso se encontraba desnudo y durmiendo en el momento de su llegada." Ahora todo tenía lógica para Ciel. Sebastián estaba durmiendo con el rubio.

-Durmiendo. – El Conde sintió como las lágrimas se hicieron presentes en sus ojos. - ¡Follándotelo estabas! – Golpeó el escritorio con su puño. Lo hizo con tanta fuerza que su mano vibró del dolor. – ¡Maldito aprovechado! Ahora entiendo porqué mi rostro no te importaba. Mi dinero y mi posición eran tu único interés, al igual que con Alois. ¿No?


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El contacto frío del suelo y el dolor del golpe al caer en éste no habían sido el único recibimiento que obtuvo al llegar a la prisión. El moreno se giró y le escupió el rostro al hombre que le había lanzado.

"¡Maldito! ¡Ojalá te ahorquen y den tus restos a los cuervos!", exclamó el ofendido, limpiándose la cara con el revés de la mano. Su compañero solo rió.

Sebastián los escuchaba mientras luchaba por incorporarse. El cuerpo le dolía. Si alguien le preguntara qué le había sucedido, no se creía capaz de recordar todos los hechos. Había sucedido tan rápido. Únicamente recordaba que los agentes de Scotland Yard le habían dejado ahí, a merced de los carceleros. Éstos, le arrancaron la ropa prácticamente, colgaron con grilletes por los brazos y, azotaron hasta casi dejarle inconsciente.

Con cada golpe, el moreno entendió que no podía continuar siendo el de antes. Si quería sobrevivir debía ser tan fuerte como un demonio. Un ángel, que era lo que creía haber sido hasta ese día permitiendo a todo el mundo que hiciera lo que quisieran con él, moriría fácilmente en ese lugar.

-Ciel… - Susurró, intentando mantenerse sentado. Sus brazos apenas le ayudaban en medio del temblor que sufrían. No había comido desde hacía dos días. Un poco de agua le había dado pero, nada más. Pero quería sobrevivir a esa noche y a las que le siguieran, a pesar de que todo apuntaba a que sería colgado. Quería sobrevivir por él. Tenían que volver a estar con el pequeño Conde, tenía que volver a besarlo. – voy a hacerte el amor. Ahora lamento no haberme atrevido esa noche a pedírtelo.

Entonces escuchó unos pasos acompañados de aquella voz que le era tan familiar. "No. No debe preocuparse por mí. Solo le veré un momento.", era Ciel. Podría reconocer su voz donde fuera.

Se recostó en la pared para permanecer sentado. Escuchó la cerradura de la puerta de madera de la celda y, su corazón latió bruscamente. – Pase, señor Conde. ¿Desea que alguien le acompañe? Es un criminal.

-No. – La respuesta del ojiazul fue seca. Sus ojos enfrentaron a los de Sebastián con frialdad. – Estaré bien. Conozco a este hombre. – El carcelero asintió y cerró la puerta otra vez.

-Ci- Ciel. – Musitó en un hilo de voz. – Has venido. – Deseaba pedirle ayuda a gritos pero, sabía que no debía.

-Solo quería comprobar con mis propios ojos la rata asquerosa que eres. – Ciel se afianzó en su bastón. Aunque el pintor fuera lo peor del mundo, no cambiaba en nada lo que sentía por él. – Ojalá te cuelguen y mueras lentamente.

El moreno no supo responder. El Conde se había acercado a él, lo suficiente como para alcanzarle estirando el brazo. – No. Tú no, por favor. – Se aferró a la capa que vestía el ojiazul a manera de sobretodo.

-Suéltame. – Masculló Ciel. Sebastián no le obedeció y lo haló por el cuello de la camisa para besarle. Sus labios apenas se rozaron. - ¡He dicho que me sueltes! – Exclamó. -¡Guardia! ¡Venga!

El carcelero entró de inmediato. - ¿Sucede algo, Conde? – Y por la sonrisa en sus labios, Sebastián sabía que los gritos de Ciel le traerían aún más problemas.

-Se ha atrevido a tocarme. – El ojiazul le miró con asco, sacudiendo sus mangas. – Quiero que lance un balde de agua fría sobre él y le obligue a arrodillarse en la nieve hasta el amanecer.

-Sus deseos son órdenes, conde Phantomhive. – Una más de las razones por las que aquel carcelero respetaba a Ciel. El joven, por ser uno de los consentidos de la Reina, poseía derechos que nadie más poseía. Además, últimamente, disfrutaba tanto de la justicia como de los justos castigos para los criminales.

El pintor ni siquiera volteó a verle. Se dejó levantar por el carcelero. El hombre le lanzó el balde de agua helada y, acto seguido le hizo caer a la nieve en el patio de la prisión. El cuerpo de Sebastián se estremeció por el frío.

-¡Arrodíllate! - En otro caso se habría opuesto. Se habría mostrado orgulloso y difícil como antes pero, no ahora. Ciel era quien le había hecho esto. Obedeció.

El ojiazul pasó al lado suyo unos minutos después. La nariz de Sebastián sangraba por el frío. – Adiós, Sebastián.

El moreno alzó una mano y atrapó una de las de Ciel. – Conde Phantomhive, escúcheme. Sé que jamás le dije que vivía en la mansión del conde Trancy. Pe- pero, solo lo hice porque sabía que me odiaría por eso y, - Su voz temblaba por el frío. – jamás hubiera creído en mis sentimientos como lo hizo.

Ciel miró al pintor de frente. Malditos ojos rubí que lo atrapaban tan fácilmente. Estaba tan herido y tenía una expresión profundamente triste. – Lo siento, Sebastián. Sabes que no perdono mentiras ni desobediencia.

El moreno bajó la mirada y soltó la mano del pequeño sin decir palabra. Había perdido a Ciel.


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Ciel regresó a su mansión. Su tía había intentado hablarle pero, había sido imposible hacerle articular palabra y, finalmente, se dio por vencida, viendo como el ojiazul se encerraba en su oficina.

Las horas pasaron. Tanaka, al ver la preocupación de la dama de vestido rojo, se había decidido asomar y, se había sorprendido al ver al Conde sentado en el suelo de su oficina. Estaba de espaldas a la puerta y sus hombros se movían ligeramente.

Y entonces, Ciel lloraba. Lloraba porque sabía que en sus manos estaba la libertad de Sebastián pero, su orgullo herido no le dejaría pedir a la Reina semejante cosa.


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Muchas personas sabían de Madame Red en medio de las actividades de sociedad. Sin embargo, pocos conocían acerca de sus estudios en medicina y de su constante deseo de emplearlos en ayudar a los demás. No necesitaba de una remuneración por su trabajo y, el Hospital para niños de Londres siempre había sido su mejor y más importante obra.

-Hoy me siento increíblemente optimista. – Una sonrisa se dibujó en el rostro de Angelina Durless al ver las cobijas y enseres que había reunido. Cada mes, Madame Red hacía una visita a la prisión y a los pequeños establecimientos de Londres que prestaban ayuda comunitaria.

-Es maravilloso que se sienta así, madame. – Ángela Blanc, su asistente y enfermera, puso una mano en el hombro de la pelirroja. – Usted es una altruista y, lo que el mundo no sea capaz de agradecerle, la otra vida lo hará. – Musitó la joven, fuerte creyente de los ángeles y otras fuerzas sobrenaturales.

-No deseo ningún tipo de agradecimiento, Ángela. Soy dichosa haciéndolo. – Respondió Angelina, tomando en sus brazos algunas de las cobijas. – Trae las medicinas y las otras cosas, por favor. – Ordenó, mientras caminaba hacia la puerta trasera del hospital, rumbo al carruaje que les llevaría. – Son casi las doce del mediodía y la gente de la prisión insiste en que nuestras visitas no pueden ser después de las dos de la tarde.

-Lo sé, madame. Y son los enfermos de ahí quienes más nos necesitan.

El camino hasta la prisión no era largo pero, si tortuoso pues, las calles de piedra estaban terriblemente dañadas. Varias veces los ciudadanos habían insistido en su arreglo pero, la policía creía que mantenerlas en ese estado tenía su ventaja. Los prisioneros, descalzos usualmente, podían escapar en cualquier momento aun así. Sin embargo, las piedras filosas de la calle les harían avanzar a menor velocidad y, por consecuente, ser más fáciles de atrapar.

La dama de rojo descendió con elegancia del ahora traqueteado carruaje. La gente de la prisión le respetaba por sus servicios caritativos y, le ayudaron gustosamente a entrar todos los artículos que traía con ella.

Una a una, la doctora Durless recorrió las celdas que el carcelero le indicaba. Finalmente, había llegado al final del pasillo. El hombre que le acompañaba señaló una celda y dijo "Fiebres." Angelina le indicó que abriera.

Al principio no lograba localizar al prisionero debido a la penumbra. El hombre estaba tendido en el suelo. Estaba medio desnudo y su respiración dificultosa era el único ruido que escuchaba provenir de él.

Se arrodilló a su lado, sosteniendo un paño húmedo en una mano. – Dese la vuelta, por favor. – El hombre no obedeció y, Angelina lo hizo por sí misma. Limpió el rostro sucio del prisionero con cuidado. Tenía muchísima fiebre y mostraba síntomas claros de una neumonía. –Venga. – La pelirroja lo haló hasta donde los rayos del débil sol invernal se colaban por la ventanita enrejada. – No se preocupe, voy a ayudarle.

El prisionero tosió con fuerza. Angelina le observó con preocupación. Estaba en una fase grave de la neumonía. Aquel hombre tendría que haber estado en el hospital pero, dudaba que la policía le concediera tal permiso. Removió sus cabellos azabaches con cuidado y, tuvo que parpadear para asegurarse que no imaginaba cosas. – Sebastián Michaelis. – Poco había leído sobre el supuesto problema legal del pintor y del extraño asesinato del conde Trancy. No hubiera creído siquiera que el moreno seguía ahí.

Poco quedaba de aquel hombre trajeado que había visto en la exposición y en el teatro. Sebastián tosió un poco más. – Madame Red. – Susurró.

-Señor Michaelis, escúcheme. Le ayudaré a sanar pero, debe poner todo de su parte. – La doctora le ayudó a sentarse para poder darle a tomar algunas medicinas.

-Por favor, ayúdeme. Yo no hice nada. Se lo juro. – La voz del pintor era casi inaudible. La enfermedad habría inflamado sus cuerdas bucales.

-Yo… - Miró al moreno a los ojos. No mentía. A lo largo de los años había aprendido eso, toda mentira siempre se reflejaba en los ojos de quien la decía. – yo le creo, señor Michaelis. Pero, hace falta que le crea mi sobrino. Él sí podría ayudarle.

Sebastián sonrió levemente, mirando hacia otra parte. Era obvio, la mujer ignoraba la forma en que Ciel le había tratado.

-Sin embargo, yo le diré, señor Michaelis. Yo intercederé por usted frente a él y, estoy segura que me escuchará. – Tomó una de las cobijas y cubrió al pintor con ella. – No pierda la esperanza. Si usted es inocente, eso será probado.

El moreno se envolvió tanto como pudo con el cobertor. La fiebre le provocaba aún más frío. –Gracias. – Musitó. Era la primera vez en días que recibía un trato amable.

Madame Red hizo una mueca de desagrado en ese momento, recogiendo las medicinas para abandonar la celda. Había algo que ni Ciel ni Sebastián imaginaban que sabía.

Ángela la notó distinta al salir. - ¿Ha sucedido algo, madame? – Preguntó.

-No. –Entregó unos frascos a la muchacha. – Dile a alguno de los jóvenes que este hombre debe tomar estos medicamentos tres veces al día. – Su voz continuó siendo fría. – Luego, regresa. Debemos volver ahora mismo.

La joven le miró sorprendida. Sus cabellos rubios cenizos añadían un toque de inocencia a su expresión. – Pero, creí que hoy…

-Sí, Ángela. Lo sé. Habremos de continuar mañana pues, debo ir a hablar con mi sobrino de inmediato. – La aludida asintió e hizo lo que le habían ordenado.


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El Conde bebía su té de la tarde cuando la pelirroja entró en su oficina. El niño se enderezó en su asiento y le miró con frialdad. "¿Qué crees que haces entrando así en mi oficina?"

Madame Red comenzaba a cansarse de la dureza con que Ciel le trataba últimamente y, decidió responderle en igual manera. – Perdóname, sobrino. Pero, hay algo que debo tratar contigo.

-Que sea rápido. – Masculló Ciel.

-Es acerca de Sebastián Michaelis. Y no finjas no saber a quién me refiero. – Refutó la dama con altivez.

El Conde se giró en su silla, dándole la espalda. – No quiero saber nada sobre ese asesino.

-¡Ciel! ¡No puedes llamar asesino a alguien sin siquiera conocer su versión de los hechos! – Caminó hasta la silla del ojiazul para que éste no pudiera rehuir de ella otra vez. – La reina Victoria no se negaría a una petición de tu parte. Ayúdale a salir de ese infierno.

-¡No! – Gritó Ciel. - ¡Ese maldito se quedará ahí y no podrás hacer nada para convencerme!

-Si no lo ayudas. Tú le harás compañía en esa prisión. – Angelina no se creía capaz de amenazar a su sobrino de esa forma hasta que lo hubo hecho. - ¿Crees que no lo sé? ¿O tal vez piensas que no te vi durmiendo en sus brazos esa noche después del concierto?

-¿Me acusarías ante las autoridades por eso? – El ojiazul le sonrió con cinismo.

-Lo haría si fuera necesario. Te conozco más de lo que crees. – Sujetó el rostro del niño por la barbilla.

-Chantaje. – Masculló Ciel.

-Soberbia, le llamaría yo. – Sus rostros quedaron frente a frente. Regularmente ambos eran completamente distintos; era increíble como en ese momento parecían tan iguales al estar sumergidos en la rabia. – Sebastián morirá de neumonía y tú… - Ciel le miró con fingida fuerza, el dolor de la noticia comenzaba a carcomerle el alma. – o lo que queda de ti, morirá con él.