WOW NO ME PUEDO CREER QUE ACTUALLY ALGUIEN LEA MIS CAPTIONS O SEA ESTOY FELIS EQUISDE.
Pero ahora he decidido poner mis notas de autor al final de los capítulos, para que no sus comáis spoilers UgüÚ
Me hace muy feliz saber que mi historia le está gustando a alguien... Bueno, no es del todo mi historia, pero estoy felis ijual.
El chico de melena plateada perdía su mirada en el horizonte hasta el momento en el que oyó su nombre de lejos, ser llamado por una voz familiar.
—¡Riku! —Era Kairi, quien se acercaba a paso apresurado seguida de cierto chico cabizbajo, llamado Sora. Sus mejores amigos.
—Hey... —Riku a penas levantó la voz, no parecía estar de humor, en absoluto. Más bien había pasado la tarde con muchas ganas de que aquel día acabase. Una vez cayese la noche, todo sería diferente, y el chico era consciente; no sólo porque al día siguiente tenían planeado zarpar, sino porque sí o sí aquel debía ser el último atardecer que viesen los tres chicos juntos. —Os estaba esperando, creía que íbamos a sentarnos los tres juntos...
—Vamos, "rubio", no seas resentido —Interrumpió la chica— . Ya hemos llegado, pero si tantas ganas tenías de vernos, podías haber venido con nosotros, listo que eres listo.
Ambos rieron, ahora extrañamente parecían alegres de verse, y es que en efecto, tenían que estar felices aquella tarde, no había lugar para dramas. Sin embargo, Sora no rió. Se sentó directamente en la palmera, con una expresión apática. Y era extraño, porque normalmente sería él quien haría bromas, reiría o saludaría a Riku. Pero no, simplemente se sentó y nadie pareció nortarlo. Todos tenían que ser felices aquella tarde, felices e hipócritas hasta que hubiese tiempo para la verdad. ¿Pero cuándo sería? Cuando la tormenta calmase, y sin embargo, la tormenta no había llegado a atizar aún las islas; era inminente, y tardaría en pasar.
—Mañana... Es el gran día, chicos —comenzó la chica—. Mañana, sobre esta hora, veremos el atardecer desde alta mar, en nuestra embarcación. Tenemos que tomarnos esto muy en serio, nuestra misión es peligrosa. El mar es indomable, y nosotros no iremos en su contra.
—Nos guiaremos por las estrellas con tal de llegar al país más próximo —siguió el albino—. Dentro de pocos días divisaremos una tierra nueva para nosotros. Las corrientes nos guiarán a su merced, pero nosotros no seremos esclavos del mar, sino...
—Dueños de nuestro destino, hijos del miedo pero partidarios del valor —completó el chico menor—. Nosotros llevaremos la balsa, alzaremos las velas, el viento nos guiará pero nosotros sabemos hacia dónde vamos.
Los dos jóvenes dirigieron su mirada hacia Sora, quien había hablado. En el rostro de Riku se dibujó una pequeña sonrisa tranquila. Los tres tenían miedo, y aquello era innegable, pero creían saber qué iba a pasar. Era extraño el cómo sólo una de las tres personas conocía el destino de los tres, o aquello creía. Ninguno sabía qué harían en cuando llegasen al país vecino, no sabían a quién buscar ni cómo; pero necesitaban salir de aquellas islas que les quedaban demasiado pequeñas ahora. Pese a querer negarlo, Riku siempre las había visto como una prisión rodeada de agua. ¿Cómo podía hablar alguien así de su hogar? Porque él era un alma libre, que ansiaba crecer, ansiaba conocer, ansiaba hacerse fuerte y proteger con aquel poder todo aquello que le importaba. Riku tenía ambiciones más allá de conocer si el destino existía o no, o saber de dónde venía su amiga; todo aquello era un medio para llegar a un punto en concreto, el cual solo él tenía por conocido. Y aún así, el destino era incierto e indomable; podrían ser dueños del miedo, del mar y la tierra, pero jamás de su destino.
—Hum... Entonces la "casa" de Kairi está por allá, lejos... ¿No?—Preguntó al aire el castaño, tras un largo silencio.
—Puede, pero nunca lo sabremos si nos quedamos aquí —le respondió el albino, con calma—.
— ¿Y cuán lejos puede llevarnos una balsa...? ¿Llegaremos a otro país... sólo con lo que tenemos? —Sora, por su parte, intentaba sembrar dudas en ambos de sus amigos. Tal vez aún podía ser egoísta...
—¿Quién sabe...? Kairi ha calculado todo, pero si tuviésemos que pensar en algo más, ya nos las apañaremos —respondió con una serenidad impasible. Sora comenzó a darse por perdido al ver que su amigo se giraba para sonreírle. Tenía una mirada tan tranquila como las aguas que rodeaban aquellas islas, y esta vez Sora correspondió sin fruncirle el ceño, sin mostrarse incómodo. Por supuesto que aún, después de todo, confiaba en él; era su mejor amigo, siempre le había protegido.—. Si estamos juntos, no nos puede pasar nada. —Y era extraño, porque parecía no decírselo a la chica, en absoluto; era como si hubiese cerrado la conversación sólo con su mirada.
—Y... Si llegásemos a otro mundo, más a delante... ¿Tú qué harías Riku? —Irónicamente quien respondió fue Kairi, sentándose al lado del joven Sora en la palmera.
—Aún no lo he pensado... En realidad no lo sé —respondió, bajando la mirada al suelo—. Es sólo que... Siempre me he preguntado por qué hemos acabado en esta isla, si hay tantos mundos fuera. Tantos países, tantos destinos diferentes... ¿Por qué aquí? ¿Por qué Kairi cayó a este mar y no a otro? ¿Por qué con... nosotros? Y... Suponiendo que hay más mundos, algo de lo que estamos casi seguros, eso significaría muchas cosas. Eso significa que solo somos una diminuta porción de algo aún más grande. Y... Podríamos haber acabado en cualquier otra parte, ¿no?
Ahora fue Sora, quien no sólo desvió su mirada, sino que también se tumbó directamente sobre la palmera, dejando caer ambas piernas a sus lados. Con la mirada perdida en el cielo, respondió:
—No... No lo sé...
Era tan simple como el "Exacto." que fue usado por el albino para acabar la conversación que tenían, volviendo a dejar de lado a Kairi por un momento. Ninguno de los tres quería pensar demasiado, sin embargo, el chico mayor quería aún continuar con su muy convincente discurso, a lo que la niña simplemente levantó la mirada al cielo, suspirando y negando muy cansadamente con la cabeza.
—Sentarnos aquí toda la vida no cambiará nada, no quiero morirme sin saber qué hay allá afuera. No podemos quedarnos sentados aquí toda la vida, porque siempre es lo mismo, siempre las mismas rutinas, las mismas historias... —prosiguió Riku— Podríamos quedarnos así toda la vida, en el mismo ciclo. Pero por lo menos yo... No quiero eso.
—Has estado pensando mucho en eso ¿no, Riku? —Comentó la chica, un poco agobiada por la palabrería. Habían hablado ayer también, en el mismo sitio, la misma hora; y Riku le había mentido. Kairi, pese a saber que la situación era improbable, no sabía en qué podía mentirle ahora, pero no se creía del todo las palabras del albino. Comenzaba comerse la cabeza, pensando en cómo su amigo podía darle la vuelta a sus propias palabras, cómo podía engañarles, y en qué.
—Sí... Pero es gracias a ti, Kai —respondió el albino con una sonrisa, a lo que ambos chicos levantaron la cabeza algo sorprendidos—. Si nunca hubieras llegado aquí, probablemente ni siquiera se me habría pasado por la cabeza todo esto... Gracias, Kai. En serio.
Volvían a través del puente de madera, con el mar teñido de rojo a su alrededor. La chica del grupo ya había corrido playa abajo para saludar a su querida amiga, Selphie. Aún tenían que despedirse, cuando los demás chicos llegasen a la isla al día siguiente ya no estarían los tres niños. Sora desviaba la mirada hacia la enorme playa que se extendía bajo sus pies, a pocos metros del puente, y se preguntaba a sí mismo si realmente sería la última vez que pisaría aquella suave arena. No se le había perdido nada por allí, le caían bien Tidus, Wakka y Selphie, eran buenos compañeros; pero no eran parte de su vida, no como lo habían sido Kairi o Riku. Quitando a su madre, a su casa, no le quedaba nada allí. Sin embargo, tenía miedo. No quería irse, no quería dejar su casa, su cama, la suave arena que no se cansaba de pisar, el clima tranquilo y los largos atardeceres, las charlas sentados sobre el árbol de las paopu... Pero sin amigos no existirían esas charlas, sin Riku, quejándose de todo, burlándose de él a veces, protegiéndole, otras; o Kairi, como voz de la razón, como compañera de juegos, a veces, como rival, o incluso como desafío; no habrían más charlas, y probablemente tampoco habrían motivos para pisar aquellas tierras. Sora tenía esto en mente mientras cruzaba el puente, por lo que él creía que sería su última vez.
—¡Sora! —llamó, una voz masculina a su espalda, que le dejó helado. El chico se giró despacio sólo para encontrarse con cierto albino acercándose a él con pausa.— Oye, Sora...
A penas hacía horas que no hablaban a solas, pero era como si hubiesen años de distancia entre ellos, de golpe. Sora, al verle, estuvo tentado de seguir andando, de negarse a hablarle, de ignorar a su mejor amigo; pero no lo hizo. Se limitó a quedarse ahí, de pie, en silencio, obedientemente con el corazón en la garganta, y la mirada perdida. El chico alto siguió acercándose hasta llegar a su altura, llamando su atención con suave agarre de muñeca, en cuanto el contrario se dispuso a dar la vuelta. Riku era un chico de gestos toscos, normalmente de agarre firme, un chico algo bruto como cualquiera de su edad; pero escondía mucha dulzura en estos gestos, a veces hasta cariñosos, como pequeños golpes que podían pasarse un poco de fuerza. Este era uno de aquellos casos, Riku no pretendía hacerle daño, pero el otro chico no pudo evitar sobresaltarse al sentir el tacto, el agarre, que pese a no pretender ser tenso; era firme.
Una vez el chico se hubo girado del todo, esta vez sujeto firmemente por un contrario que no pretendía dejarle ir, levantó la mirada, con una expresión seria en su rostro. El chico albino se quedó helado esta vez, al darse de bruces contra la pared de una realidad que se hacía visible ante sus ojos verdes. Claro que Sora estaba enfadado con él, era más que obvio que no quisiera hablarle, era normal que el chico tuviese miedo, después de verle en su mejor y peor forma. Era lo más normal del mundo que Sora reaccionase incluso con violencia hacia él, los animales heridos atacan cuando se sientes amenazados. Por lo que Riku decidió ir lo más suave posible en cuanto a su acercamiento, intentando belegir palabras que no saldrían, mucho menos bajo aquella mirada que le devolvía su amigo. Aquella maldita mirada que le rompía el alma en pedazos. El chico albino quería salir corriendo de allí, pero no veía cómo podía desperdiciar aquella oportunidad de hablar con su amigo, de arreglar las cosas.
—Te... Te has cortado el pelo...
—Te has dado cuenta... —La mirada del chico se iluminó por momentos, mientras la vergüenza comenzaba a florecer sobre sus mejillas. — Te... Te has fijado.
—Sí... —Ahora quien bajaba la mirada era el chico mayor. —Te queda bien.
—Gracias.
—De nada.
Era tremendamente incómodo. Sora, por su parte no quería ser antipático con él, pretendía dejar pasar lo de la tarde anterior junto a lo de la noche, pero habían cosas que no podían quedarse sin hablar. Cada golpe de su piel era una palabra que tristemente no iba a querer salir, y aún así, el joven prefería que las cosas quedasen en silencio, así era todo más fácil. Era más fácil, a veces, hablar en silencio. Y así lo demostraron los gestos de su amigo, quien sacó una de sus manos de la espalda, desvelando una fruta paopu madura; la última que le quedaba al árbol, y se la estaba ofreciendo a él.
—Sé que en teoría no debería ofrecértela, porque... Bueno, es la última que queda. —Aún no le había soltado, ni quería dejarle ir, le daba igual que le viesen los demás, no quería perderle, ya que perdería todo pronto; pero no quería perder a su amigo, por nada del mundo. Riku derretía su mirada aguamarina en el cielo del chico castaño, parecía derretirse ante él mientras le ofrecía aquella fruta simbólica, como si rogase por su perdón.
Y Sora, finalmente estiró la mano, con una expresión completamente sorprendida en su rostro, exhalando con fuerza; tomó la fruta por el otro extremo. Una pequeña sonrisa llena de ternura se dibujó en su rostro, por primera vez sincera, en mucho tiempo. Estaba emocionado, de verdad que lo estaba, y el dolor había desaparecido. Solo estaban ellos dos, el puente, el atardecer, las olas, la arena suave, las Islas del Destino en las que habían crecido juntos toda su vida; pero solamente ellos, y aquel tacto que se rompió para formar un abrazo, que el chico albino no tardó demasiado en corresponder. Era horrible la tensión que había crecido entre ellos con todos aquellos gestos, todas aquellas acciones que parecían romper aquella amistad; y todo parecía arreglarse con un abrazo, pero las cosas quedaban sin hablarse. En cuanto se separaron, tras el silencio solo les quedó reír, porque ninguno sabía que decir, ni cómo expresarse. Era algo incómodo, pero bonito en cierta manera.
Aún con la fruta en las manos, un chico en cada extremo, Riku logró calmarse un poco y empezar a hablar:
—Te queda bien, ese corte de pelo. Eres alguien nuevo, aunque no lo parezca... Estás... —Pero se cortó, atragantándose con sus propias palabras e intenciones. No, no era el momento, Sora tenía razón, no era el momento; y al ver aquella dulce expresión ahora confusa, decidió cambiar de tema radicalmente.— Sora... Por favor, ven con nosotros.
Esto dejó helado al chico castaño, cuya expresión cambió de repente a una más seria. ¿Cómo se había dado cuenta Riku de que no quería zarpar? Tal vez sus gestos sutiles, sus conflictos, sus palabras; todo aquello era un reflejo de sus verdaderas intenciones, de lo que sentía, de su verdadero conflicto interno que iba más allá de "qué chico o chica le gustaba" o "qué iba a estudiar". Pero era extraño cómo al ver que aquella mirada aguamarina le rogaba, simplemente asintió en silencio. El chico albino sólo hizo que sujetar aquella fruta por el otro extremo con más fuerza.
—Sora, por favor... Te juro que no podría zarpar sin ti, no podría irme tan lejos... —y bajó la mirada, al puente de madera.— No podría hacer nada, no sin mi compañero de aventuras conmigo. Te... Te echaría de menos, llevamos toda la vida juntos... Y no podría hacer algo tan importante sin ti, me importas, eres mi amigo, mi mejor amigo. Por favor, prométeme que pase lo que pase, vendrás conmigo.
—Riku... —El chico sólo perdió la mirada en la playa. Quería prometerle que iría, quería prometerle que todo saldría bien. Pero no lo sabía, no podía prometer nada.
—Sora, no volveré a hacerte daño —dijo empujando un poco más aquella fruta amarilla hacia él—. No quiero estar mal contigo, no quiero irme lejos de ti, no podría acostumbrarme a estar lejos. No sé qué me pasó... Ayer. Yo sólo...
—No pasa nada.
—Sí que pasa.
—No, Riku, en serio. Estoy mejor. —Y le sonrió otra vez, para que este estuviera más calmado. Al ver que funcionaba, tomó la fruta con seguridad, para que el albino la soltase, para que estuviese seguro de que sí iba a tomarla.
—¿Seguro...?
—Que sí, que sí. —Esta vez rió, mostrando sus perlas casi perfectamente alineadas, ya que destacaba un pequeño hueco entre el colmillo y el premolar; que le daba un toque aún más atolondrado a ser posible.
El chico albino suspiró algo más calmado, mientras se frotaba la parte trasera de la cabeza. Era como si esperase algo, como si un abrazo y un "borrón y cuenta nueva" no fuesen suficientes. Para él no lo eran. Había muchas cosas por hablar, demasiadas, pero Sora tenía razón: no era el momento de hacerlo. Tal vez la situación fuese perfecta, pero si algo tenía que aprender Riku era a dejar pasar las oportunidades que pudiesen llevar a mal puerto. Definitivamente, no era su momento. Estaban por ocurrir muchas cosas, estaban por empezar muchos proyectos, estaba por comenzar una nueva etapa de sus vidas. Tal vez fuese el momento, pero no era el suyo; no era su momento.
—Bueno, pero... Cualquier cosa, sabes que puedes contar conmigo... Y con Kairi, claro —comentó Riku con un poco más de seguridad—. Siempre, puedes contarnos lo que sea. Ahora que vamos a... Zarpar, la comunicación es importante.
—Sí, claro.
Pero no lo había dicho muy convencido. Al contrario que Riku, Sora sí debía aprovechar aquel momento. Ahora tenía que hablar con Riku, tenía que aclararles su postura, tenía que ser sincero. Pero le costaba horrores, sobre todo ahora, que Riku le había rogado que zarpase con él, que le había entregado una paopu; no podía negarle. Estaba siendo un terco y un necio al dejar escapar la oportunidad de expresarse, de narrarle sus experiencias a alguien de confianza; de mucha confianza. Pero más que tonto era cobarde. ¿Y qué diría Riku sobre aquello? ¿Se creería todo lo que Sora encontró en la cueva la noche anterior o creería que estaba usándolo como excusa para sabotear su propio viaje? ¿Y cómo reaccionaría al enterarse de que había ido a la isla solo, de noche, sin avisarles siquiera? Claro que tenía que explicarlo, tenía que contarle a su amigo todo lo que sentía, sobre todo sus tristezas; y advertirles del peligro que se ocultaba dentro de aquel que había sido siempre su pequeño "lugar secreto". Pero esta vez era Sora el egoísta, que decidió callarse, asentir, pero por miedo. Le daba miedo Riku, pese a decirle que no ocurría nada, que estaba bien; tenía pavor a sus reacciones. Con el corazón en la garganta, asintió sonriendo.
—Gracias por confiar en mi, todos estos años. Por... Hablarnos cuando nadie más lo hizo, por darnos la mano. Gracias por ser mi amigo, Sora.
—Eso no se agradece, tonto —respondió con una risa, olvidando por completo lo que quería decirle, para simplemente darle la mano y empezar a andar puente abajo—. Yo también estoy feliz de que seamos amigos.
—Admito que la he pasado mal. Creía que no ibas a volver a dirigirme la palabra —comentó riendo mientras comenzaba a andar tras él. Le sorprendió aquel gesto de acercamiento por parte de Sora, contemplando su brazo con algunas vendas y tiritas, sin comprender aún cómo alguien podía ser tan bueno y puro como para perdonar todo lo que había ocurrido. Tomó su mano sintiendo el corazón apretar todo su costillar, como si fuese a explotar—. Aunque hubiese sido lo normal, después de... Todo.
—Todos los amigos se pelean, pero llevamos toda la vida juntos. Esto no podría separarnos. Gracias por acercarte, Riku.
Sora andaba aún con la fruta paopu en la mano, ni un bocado le había dado, y el chico albino fruncía el ceño mientras comenzaba a ser corroído por el veneno de la paranoia. ¿Y si Sora no le había perdonado? Pero salió de su santuario interior en cuanto notó muchos ojos sobre ellos, al bajar a la arena. Soltaron las manos, las miradas se desviaron; algunas, se cruzaron entre sí. Kairi había estado contemplando todo desde abajo, guardando a Sora por si Riku intentaba hacerle daño otra vez, pero se sorprendió al ver cómo había avanzado la escena. Se habían abrazado, Riku le había ofrecido una paopu, Sora parecía tranquilo y alegre, volvía a reír... Dejó escapar un suspiro de alivio al verles bajar juntos, y ella, en vez de desviar la mirada, decidió acercarse a ellos dirigiéndole una sonrisa cómplice a Riku.
—¡Hey tortolitos!¡El último en llegar a la cabaña paga la comida de mañana! —gritó Kairi al acercarse, por lo que echaron a correr en pocos segundos.
Al día siguiente zarparían, todos debían estar felices, todo tenía que arreglarse.
Al llegar a su casa encontró la televisión encendida y a su madre dormida en el sofá, como de costumbre. Era normal que la señora Fisher se encontrase agotada, ya que tenía dos trabajos, y a penas tres horas de descanso entre ellos. Sora apagó la televisión y fue a por una sábana, para taparla. No tenía hambre, por lo que no se preparó la cena; había llegado muy tarde a casa, ya que se había entretenido despidiéndose del resto. Una última lucha de espadas con Tidus, saltar a la cuerda con Selphie, Wakka le había lanzado un balón a la cabeza, y había corrido por última vez una carrera con Riku. Nada podía salir mal, nada podía ir mal aquella tarde después de todo. Había sido un buen último día en su hogar, y pese a tener ganas de pasar unas últimas horas con su madre, decidió no despertarla; ella merecía un buen descanso.
Sora se dirigió a su habitación aprovechando que su madre se encontraba dormida, y aún con los auriculares puestos comenzó a preparar una pequeña mochila con todo lo que creía necesario para el día siguiente. Tal vez su cartera, con sus pocos ahorros, dudaba de si meter sus documentos, si alguien llegase a reconocerle por algún motivo los enviarían de vuelta a las islas; provisiones varias, aunque ya tuviesen; mudas de recambio varias, ropa de abrigo, que probablemente iría en otra mochila, junto a las mantas que habían ido robando cada día a espaldas de sus familias; cremas varias, botiquín de primeros auxilios, pero todo aquello ya lo habían preparado con antelación. ¿Qué más faltaba...? Armas. No habían pensado en aquello. Sora se quedó pensativo. ¿Armas? No recordaba tener armas en su casa, más allá de su espada de madera; que en una emergencia real le resultaba inútil y aquello estaba demostrado empíricamente. Tenía que buscar cualquier cosa: ¿un lápiz?, por muy bien afilado que estuviese, no servía; ¿las llaves de casa?, su madre siempre le había dicho que si un extraño le seguía podía usarlas para defenderse, a modo de puño, pero era un arma poco eficaz dado a que había que estar a poca distancia del agresor para usarlas; unas tijeras podrían servir, pero no estaban lo suficientemente afiladas; tal vez tendría que bajar a la cocina... ¿Por qué estaba pensando en esas cosas...?
Sora llevaba un día entero especialmente paranoico, y era normal debido a los hachos del día y noches anteriores. Le gustaba sentirse autosuficiente, pero no podía evitar pensar en que x cosa era muy imposible para él, y seguramente seguiría siéndolo, que Riku la haría mejor, que Kairi podía resolverlo. La mente humana no cambia en un día, por muchas promesas que uno se haga. Pero ahora Sora se encontraba en su habitación juzgando cada objeto de su mobiliario y cavilando entre cuál de aquellos sería el más letal en un caso de emergencia. Sí, en resumidas cuentas: estaba pensando en matar. Sora, alguien que jamás había hecho daño a una mosca, bajaba la escalera de su casa y se dirigía a la cocina, con los auriculares puestos. Abrió el cajón de golpe y empezó a rebuscar; sin embargo, para cuando se dio cuenta, tenía a alguien detrás suyo.
—Cariño, perdona que me durmiese.
—¡No pasa...! No pasa nada, ma —respondió el chico pegando un salto, mientras, en un acto reflejo, tomaba lo más afilado que llegaba a encontrar. Con un pelador de patatas no llegaría muy lejos.— Quería preparar unas fritas, ya sabes, para cenar.
—Yo me encargo, cielo, tú descansa un poco... ¿Hace cuánto has llegado? —Preguntó Margary mientras sacaba a su hijo de la cocina y volvía a encender la televisión.— No te he oído entrar...
—No, es que estabas descansando, y no te dije nada. Pero llegué hace poco.
—Ah, de acuerdo. ¿Qué tal ha ido hoy, cielo?
—Ha estado muy bien, he vencido a Tidus hoy en un duelo de espadas, pero Wakka me ha tirado una pelota a la cabeza. —Mientras el chico hablaba, iba volviendo a su habitación. Ya bajaría a cenar luego.
—Este Wakka... Te aviso cuando esté la cena, cariño. —La madre rió.
—¡Sí, gracias! —Y corrió a su habitación de nuevo.
¿Qué podía guardar en su mochila? ¿Qué necesitaba...? Claro que iba a llevar su espada de madera, ahora no tenía posibilidad alguna de conseguir un arma blanca metálica, y comenzaba a preguntarse si tal vez podría despertarse aún más temprano, para buscar algo en el garaje que pudiese servirle como autodefensa. ¿Qué llevarían Riku y Kairi? Se preguntaba aquello mientras guardaba cosas inútiles en su mochila: su llavero favorito, fotos de su familia, un barquito de cristal que le había regalado su padre, la fruta paopu que le había regalado Riku... No, aquello no se lo podía llevar. No sólo era grande, sino que a demás podría pudrirse por el camino; y no podía compartirla con Kairi y Riku durante el viaje, ya que podría sentarle mal a su amigo. Una fruta paopu era algo muy íntimo, no podía comerla sin más, tenía que haber cierto contexto para ello, y, pese a que el albino se la hubiese dado a modo de disculpa, Sora no encontraba el momento para comerla ni para aceptar proposición alguna. Decidió colocarla sobre el marco de la ventana, mientras, rendido; se tumbaba en la cama. Pensativo, colocaba una mano sobre su colgante, en forma de una extraña corona. Aquello le traía recuerdos. Fue durante una lluvia de estrellas, el momento en el que se lo dieron. Fue Riku, quien se lo regaló, y desde ese entonces nunca se lo había quitado. Había algo extraño en aquel collar, el acero siempre estaba frío, y brillaba más de noche que de día. Era especial, el albino le dijo que aquel collar había pertenecido a su padre, que lo había visto caer del cielo una noche cuando estaba en el ejército, en las trincheras, concretamente; y que le protegió durante sus batallas, que por eso salió vivo. Riku decía que Sora merecía ese colgante más que su propio padre, y el chico se cuestionaba la extraña forma de amar que había desarrollado su mejor amigo al largo de los años.
Cerró sus ojos por un momento. No se sentía como para preparar la mochila, no le apetecía. Ya lo haría mañana. En cuanto abrió los ojos, su mirada sólo se paseó entre las decoraciones que tenía colgadas del techo de su habitación, entre ellas, un barco pirata que conservaba desde hacía años. Ya no era un niño, ahora no soñaba con ser un pirata, no quería serlo, no quería cumplir ese sueño; había crecido, u al menos quería convencerse de aquello mientras contemplaba los juguetes que aún guardaba, con los cuales ya no jugaba.
"Una vez zarpemos todo será mejor, todo irá bien..."
Pero un trueno lejano le arrancó de sus pensamientos. Se incorporó de golpe, mirando a través de su ventana. Las nubes negras cubrían el cielo, podían distinguirse entre la noche, al adoptar estas un tono ligeramente rojizo. El viento azotaba los arboles, las olas se levantaban cual sábanas de lino. A lo lejos, la pequeña isla Perhea se veía atacada por los relámpagos, que poco a poco llegarían también a la ciudad. Comenzaba a llover, con cada vez más fuerza. Se alarmó al darse cuenta de que si no iba ahora a la isla, pronto el mar estaría demasiado agitado como para cruzarse. Tenía que darse prisa, u aquella tormenta destrozaría la balsa que habían construido con tanto esfuerzo. Pero... Aquello le iba bien, aquello era una jugada a su favor, Sora no quería zarpar. Pero el chico ni siquiera pensó en ello, más bien se sorprendió a sí mismo buscando una chaqueta impermeable amarilla y transparente, abriendo la ventana y disponiéndose a salir por ella antes de que lloviese demasiado. Al abrirla, el viento le sorprendió de cara, la lluvia comenzó a invadir el suelo de su habitación, las cortinas se agitaron, los papeles se levantaron por completo, se arremolinaron a su espalda. Era una última advertencia del universo, de que no debía salir aquella noche; una advertencia que el chico omitió completamente en cuanto puso el pie izquierdo en el marco de la ventana, para luego deslizar sus delgadas piernas por el alféizar y llegar al tejado. Aún así, de noche y mojado, pudo bajar a través de la superficie recubierta de tejas negras con una relativa facilidad. Una vez en tierra firme, y tras un par de paros cardíacos a causa de resbalones que le sorprendieron durante la bajada, comenzó a correr calle abajo.
Ahora literalmente no había ni un alma en todo el paseo, pero algo andaba mal. Normalmente nadie parecía alertado durante una tormenta, eran común que un monzón de verano azotase de golpe alguna zona del archipiélago, pero aquella situación era diferente. Sora no podía evitar sentirse observado, pese a estar completamente solo en la calle. De noche, y sobre todo en verano, siempre habían bares abiertos, tiendas de veinticuatro horas, farmacias, u algún restaurante; pese a ser un pueblo, siempre había vida. Pero aquella noche todo estaba muerto. Se acercó a un bar de bocatas baratos, en el que solía pedir algo cuando pasaba. Ahora algunas luces de tubo blancas parpadeaban, las mesas estaban tiradas, las servilletas por el suelo, que a demás de sucio, se encontraba mojado. No había nadie tras la barra. El amable señor de enorme barriga, bigote peinado y piel morena no estaba ahí para saludarle, ni un cliente esperando a que la lluvia amainase. El local parecía sacado de una película de terror. Sora decidió dejar de pensar en el momento en el que le pareció ver a alguien cruzar a través del pasillo, al fondo de todo.
Se dirigió hacia otro local, pero sólo halló el mismo resultado. Con una mano sujetaba fuertemente su espada de madera, con otra, buscaba nerviosamente la linterna en el bolsillo de su gabardina mientras andaba calle abajo. Otra vez. Sora había vuelto a ver a alguien cruzar a su lado, pero al verle por el rabillo del ojo decidió ignorarlo, andar más rápido. Ahora comenzaba a sentirse mal, oía a lo lejos a alguien llamarle por su nombre. Giraba la cabeza y no había nadie. Se sentía observado, una presa potencial, sentía que alguien le seguía, que pisaban sus talones. Un aliento gélido en su nuca, tapada por la capucha del impermeable, que no cubría su cara y dejaba que las afiladas gotas heladas movidas por el viento golpeasen su rostro. La temperatura había caído peligrosamente, cosa que alarmaba al chico, ya que durante las lluvias tropicales la humedad dejaba que la temperatura se mantuviese estable. Aquella tormenta no era normal. En mitad de la carretera logró encontrar un coche cuyas luces fallaban por momentos, frenaba por inercia, como si el conductor hubiese dejado de pisar el pedal varios metros atrás.
El vehículo frenó del todo a escasos metros del chico, quien asustado, se abrazaba a sí mismo, mientras sujetaba la linterna temblorosamente.
—¿Hola...? —Preguntó el chico con un hilo de voz.— ¡¿Hola...?!
Pero no recibió respuesta alguna. Al cabo de unos segundos comenzó a dirigirse hacia el coche, en busca del conductor. Pero el miedo le heló las venas al darse cuenta de que éste estaba vacío. Iluminó su interior con la linterna, en busca de alguien u alguna pista que el indicase qué podía haber ocurrido. Nada. Comenzó a alejarse rápidamente de allí con el latido de su corazón retumbando en sus oídos. Andaba cada vez más rápido, al divisar a lo lejos una silueta, en el interior del coche, que apoyaba su cabeza contra el volante como si acabase de chocar. Sora estaba inseguro de lo que acababa de ver, sólo sujetó su linterna con más fuerza.
La ciudad estaba desierta, completamente vacía. U al menos aquello parecía a los ojos del niño, que paseaba su mirada constantemente hacia sus lados, en busca de alguien, o protegiéndose de algo.
—¡Hola...! —Chilló a pleno pulmón, con la esperanza de recibir alguna respuesta. Ahora una nube de vaho salía de su garganta cuando respiraba, hacía mucho más frío. —¡¿Alguien...?!
Y comenzaba a arrepentirse de haber dejado su cómoda cama al girarse y verlo. Sus enormes ojos celestes no daban crédito.
Un par de manzanas tras él se alzaba una sombra de la cual no se veía nada más que unos redondos ojos amarillos a lo lejos. El chico dejó caer su mandíbula, corriendo a esconderse tras el primer coche que encontrase. El ser andaba calle abajo, parecía alto, pero no podían diferenciarse las piernas del cuerpo, era como una enorme mancha en medio del paisaje. Como una sábana que se arrastraba, buscando algo, buscando a alguien. Sora quiso creer que era una ilusión provocada por la lluvia, la humedad del ambiente, el sueño, los nervios, o lo que fuese. Quiso creer con todas sus fuerzas que si volvía a casa, su madre estaría esperándole con la cena, que Riku y Kairi no habían desaparecido. Quiso creer con todas sus fuerzas que en realidad, estaba durmiendo, pero el sonido de una puerta al abrirse le sacó de su mente.
De ese mismo coche emergió una persona, no, un ser, muy alto, más alto que cualquier adulto que Sora hubiese visto jamás. Sus piernas y brazos eran alargados, su piel, grisácea, tan blanca que parecía adoptar un brillo viscoso. Agitaba sus manos como si éstas fuesen látigos, sus piernas, como si de zancos se tratasen, eran ágiles. En la "cabeza" de aquella criatura no se distinguían ojos, solo una boca alargada, como la de un perro, cuyas comisuras se curvaban hacia arriba, dejando entrever unos dientes similares a cremalleras. A ambos lados de su cuerpo desnudo y esquelético se formaban varias franjas luminiscentes, oscuras, que dejaban entrever una luz morada de vez en cuando.
"Estoy jodido." Pensó el chico cuando le vio emerger de la puerta del copiloto, a menos de un metro de él. Hicieron contacto visual por un instante antes de que el niño echase a correr calle abajo con todas sus fuerzas. Ni una bocanada de aire había tomado para cuando pisó el muelle en el que deberían estar sus barcas de madera. Sin embargo le sorprendió el darse cuenta de que ni la barca de Riku ni la de Kairi estaban amarradas, como de costumbre a aquellas horas de la noche. Su mirada paseó una última vez por el puerto, posándose sobre la silueta de Horton, un marinero con el que solía tener contacto. Sora, al por fin distinguir a un conocido, le llamó:
—¡Señor Horton! —Chilló, corriendo hacia él, agitando los brazos. —Señor Horton, ¿qué ocurre...? La ciudad... ¡Está desierta! Me alegra haberle encontrado, de verdad que... —Pero algo ocurría. Horton, el hombre de barba blanca, el famoso marinero que decía haberse enfrentado a todo tipo de leyendas, no respondía, ni siquiera se giraba a mirarle. —¿Señor... Horton?
Algo iba muy mal, y esto heló a Sora en su posición, contemplando cómo el hombre se giraba poco a poco. Se le paró el corazón al ver sus ojos. Una mirada perdida, desorbitada, muerta, los ojos hinchados, cubiertos de pus, amarillos. Sora no fue capaz de apartar la mirada, ni de llevar la mano a su espada. Sus rodillas comenzaron a temblar, ahora no sólo por el frío, sino por la situación en la que se encontraba. Se sorprendió al notar una mano agarrar su hombro, no le había visto levantar el brazo. El hombre, con la mirada aún perdida, como su rogase ayuda, como si se estuviese retorciendo de dolor por dentro, bajó aquella mano a través del brazo del chico, haciéndole estirar la palma. Sacó la otra mano se su bolsillo, colocando su contenido en la mano del muchacho. Sora se sorprendió al notar un metal frío en su palma. Era un pequeño manojo de llaves y llaveros, de todas partes del mundo. Las piernas del hombre fallaban por momentos, hiperventilaba, temblaba, se retorcía frente al chico, intentando mantener la compostura. Sora, mientras tanto, permanecía helado, en shock.
—Chico... Toma. Huye...
—¡Señor...! —Sora se acercó aún más, intentando ayudar a aquel pobre hombre que a penas podía mantenerse en pie.
—¡Se los han comido...! ¡Se han comido a mi familia, han desaparecido, chico! —La voz del señor Horton salió desgarrada de sus pulmones, comenzaba a cambiar, a volverse gélida, a perder el tono, como si fallase su alma entera. —¡Los he visto morir...! ¡Me han alcanzado...! ¡Voy a morir, Sora, voy a morir! ¡Huye, tú que puedes!
—¡No...! —Balbuceó, negando con la cabeza con fuerza, mientras el hombre parecía deshacerse en sus brazos. Sora quería creer que sus sentidos le engañaban, que no estaba viendo a una persona morir, que aquella situación solo era un sueño o alguna especie de malentendido, alguna broma. Sora deseaba negar la realidad con todas sus fuerzas.
—¡Corre, insensato! ¡Me han arrancado el corazón, te devorarán vivo, te harán sufrir como se lo hicieron a...! —Las palabras del hombre se atragantaron en su garganta en el momento en el que un líquido negro, grumoso, viscoso, comenzó a salir disparado por su boca, aterrizando en el suelo, a los pies del niño, que miraba horrorizado cómo la piel de su conocido comenzaba a pudrirse frente a sus ojos. Sora negaba con la cabeza, no podía apartar la vista de aquellos ojos amarillos, podridos y huecos. —¡Busca mi...! Lancha... Huye.
Y en el momento en el que Sora bajó la mirada al pecho del hombre, se encontró con una imagen tan surrealista como dantesca. El señor Horton había perdido realmente su corazón, y, al igual que en los sueños de Sora, podía ver a través de su pecho. La ropa desgarrada, manchada en sangre que comenzaba a tornarse negra, los músculos colgantes, carne podrida, costillas rotas. Tal y como lo había soñado.
El chico se apartó bruscamente con un pequeño chillido, dejando caer el cuerpo inerte del hombre al suelo, quien se retorcía de dolor, gritaba, comenzaba a transformarse. Sora retrocedió poco a poco, finalmente apartando la mirada, con la boca abierta y los ojos como platos. En cuanto vio el cuerpo del hombre desaparecer, para dejar paso a una sombra, que comenzaba a levantarse del suelo, pudo reaccionar. Los ojos amarillos y podridos de aquel ser se tornaron hacia él, y en cuestión de segundos éste se echaba a correr desesperado a través del muelle de madera. Las olas azotaban las embarcaciones, no era seguro navegar, pero... Qué más podía hacer.
A lo lejos, en el muelle número cuatro, divisó la lancha a motor del marinero, lo que quedaba de él. Sora, por su parte, no miró atrás, simplemente saltó, y comenzó a soltar los amarres con ansias. Mientras encendía el motor paseaba la vista del muelle a su vehículo, en busca de cualquier posible amenaza, con todos sus sentidos alerta. Ahora más que nunca debía recordar todo lo que había aprendido al largo de su vida a cerca de cómo llevar una lancha, era algo sencillo, sin embargo nunca lo había hecho solo ni en mitad de una tormenta. Al ver cómo algunas siluetas comenzaban a despegarse del suelo, a lo lejos, desesperó, intentando estirar aún más rápido de la cuerda que servía para poner el motor en marcha. Le habían notado, le habían visto, o eso era lo que el chico creía. Asustado, y para ponerse a salvo, separó la embarcación del muelle, haciendo palanca con su espada de madera. Ahora no podrían alcanzarle, estando a escasos metros de tierra firme. Sora, con la mente en blanco y su instinto de supervivencia completamente atrofiado por los nervios, seguía estirando, causando fricción, buscando desesperadamente la forma de salir de allí. Finalmente un ruido seco y el temblor de la lancha, hicieron que el muchacho respirase de nuevo.
No tardaría ni veinte minutos en llegar a las orillas de la isla pequeña. Atravesar las olas con una embarcación rápida era mucho más sencillo, a demás, aún no se encontraban en el ojo de la tormenta. La capucha amarilla de la gabardina de Sora había caído hacia atrás varios minutos atrás, pero poco le importaba ahora al chico, que sólo se la colocaba cuando se acordaba de hacerlo, cuando el viento y las gotas de agua picasen demasiado. El chico ni siquiera había perdido tiempo amarrando la lancha al muelle de madera. En cuanto pudo bajar, con el agua hasta la cintura, atrancó la barca en la arena, corriendo a la orilla al poco rato. Tenía que ir a la balsa, o a cualquier sitio, en realidad; no sabía qué hacer, cómo actuar. No sabía por qué ocurría ni qué ocurría a su alrededor. A lo lejos, las luces de su pueblo, su hogar, parpadeaban; todo se estaba sumiendo en el caos a su alrededor, y él, un niño de catorce años recién cumplidos, no sabía cómo manejar la situación correctamente, ni cómo hacerlo, en general. Ahora, todo su ser se centraba en sobrevivir, en encontrar a alguien conocido, en saber si sus amigos y familia estaban bien, o si estaban, directamente. Sora buscó con la mirada alguna pista de que sus amigos estuviesen cerca. Suspiró aliviado al ver ambos botes de remos atrancados en el muelle, a lo lejos. Habían venido remando, llevaban allí bastante más rato que él, ya que ahora el mar era intraspasable. Las olas se alzaban ahora con fuerza, golpeándose entre sí, agresivas. Sora había sido el último en cruzar aquel trecho, y por escasos minutos, no podría haberlo hecho con vida.
Intento centrarse en buscar a sus amigos, no andarían lejos, allí estaban sus botes, todo estaba bien; o eso quería hacerse creer. Buscaba desesperadamente olvidarse de lo ocurrido hacía unos minutos, pero la mirada muerta del señor Horton aparecía cada vez que cerraba los ojos. No podía pensar con claridad, estaba en un total estado de shock, y el miedo comenzaba a consumirle en el momento en el que se dio cuenta de que a sus lados emergían aquellos seres otra vez. Anduvo cada vez más rápido, ahora un sinfín de sombras se paseaban por las playas, muelles, incluso a través de los tejados de las cabañas. Lo miraban, lo acechaban, pero Sora no podía pararse a temblar, chillar y llorar a mares. Ahora corría a través de las cabañas, temiéndose lo peor. ¿Dónde estaban Riku y Kairi? Sora no quería creer que pudiesen estar muertos, no quería imaginar el cuerpo inerte de su amigo con un hueco en el pecho, aquella melena plateada ahora teñida de rojo; no quería ver a Kairi con unos ojos hinchados, desorbitados, inyectados en una pus amarilla, retorciéndose de dolor y dedicándole unas últimas palabras en sus brazos. Sora miraba a su alrededor aterrado. Ahora el viento se levantaba con fuerza, le costaba distinguir algo entre la lluvia. Las sombras no paraban de emerger a su alrededor, andaban casualmente por aquella zona, le miraban de vez en cuando, pero Sora seguía corriendo, esquivándolas cada vez que se topaba con una. Alguna que otra estiraba el brazo, para atraparle, pero fallaba. Sora no había corrido tanto en su vida.
Comenzó a escalar entre las rocas, con tal de llegar a la cala en la que se encontraba la balsa; seguramente sus amigos estuviesen allí. Pero algo le detuvo. Había alguien de pie, mirando al cielo, junto al árbol paopu. Una melena blanca se agitaba al viento, las nubes se arremolinaban sobre la isla, los relámpagos caían cada vez más cerca. Sora exhaló aliviado, Riku estaba ahí. Corrió hacia el puente, lo atravesó, chilló con todas sus fuerzas.
—¡Riku...! —Exclamó acercándose a él.— ¡Estás bien...! ¡¿Qué es todo esto?!
—¡La puerta, Sora! ¡Se ha abierto! —El chico albino se giró, enfrentando a su amigo. Dejó de mirar al cielo para clavar una mirada gélidamente maravillada en los ojos azules del chico.— ¡Pronto podremos salir de aquí...!
—¡¿Qué?! Riku, no entiendo nada. ¡Tenemos que encontrar a Kai, creía que estaba contigo!
—¡Olvídate de Kairi ahora! Podemos irnos, ¡podemos ir a otros mundos...!
—Riku... Deja de decir tonterías. —Sora se encontraba preocupado por él. Riku jamás había actuado así, nunca había visto esa mirada... El verdadero Riku. Un Riku que provocaba escalofríos, que ansiaba poder y libertad absoluta. Sora, sin embargo, no retrocedió, avanzó un par de pasos hacia él, contemplando cómo una sonrisa se formaba en la cara del contrario. Riku estaba perdiendo el norte. Sora, por su parte, frenó en seco; y la expresión del contrario cambió.— ¡Riku, por favor...!
—No lo entiendes, Sora...
—¡No! ¡No entiendo nada de lo que está ocurriendo! ¡Tenemos que encontrar a Kairi y ponernos a salvo...! ¡Ya!
— Sora... —Riku rió, parecía demasiado tranquilo, pese a que aquellas sombras comenzasen a arrastrarse por el puente de madera, yendo a darles caza. Sora, por su parte, se mantenía alerta. No sabía qué hacer ni cómo reaccionar. ¿Riku era peligroso? El chico retrocedió.— ¡Sora! ¡Quédate conmigo! ¡Ven...! —Y Riku, al ver cómo el chico asustado paraba en seco, quedándose en su posición, volvió a sonreír.— Puede... que no volvamos aquí jamás... Puede que no volvamos a ver a nuestras familias. Ven, Sora. Una vez demos el paso, no hay vuelta atrás.
—Riku... Por favor... —Sora bajó la mirada un momento, hacia el suelo, notando cómo bajo sus pies la arena comenzaba a tornarse negra, se arremolinaba. Sora temió por la vida de su amigo.— ¡Riku, sal de ahí!
—No... ¡No! —Ahora el chico reía a carcajadas. Sora no fue capaz de retroceder, tenía miedo.
—Riku, van a atraparnos, tenemos que irnos...
–¡No temo a la oscuridad! ¡No le temo! —Y finalmente, extendió la mano. Como una enorme barrera, la arena y la tierra se arremolinó a su alrededor. Una sombra comenzaba a consumir el cuerpo del albino, a extenderse por sus piernas, a quemarle, como fuego.— ¡Sora...! Dame la mano. Ven conmigo, te protegeré siempre...
—¡Riku! ¡No puedo, no puedo hacerlo! ¡¿Dónde está Kairi?! —El chico negaba con la cabeza, dándose cuenta de que sus propias piernas también comenzaban a arder. Se aprtó de golpe, dirigiéndose hacia su amigo, estirando el brazo, buscando tomar su mano.— ¡No podemos irnos así! ¡Riku, esta no es la forma!
—¡Prometiste que estarías siempre conmigo, Sora! ¡Tomaste la fruta! ¡Me diste la mano!
—¡Pero esto está mal! ¡Tenemos que salir de aquí, por favor, Riku, escúchame! —Sora intentaba alcanzarle, hacerle entender. Ahora las lágrimas inundaban sus mejillas redondas, notaba sus piernas ardiendo, su cintura, poco a poco, su torso también; no podía moverse, sólo intentar alcanzar a su amigo, mientras aquel fuego negro les mantenía sujetos al suelo.
—¡Me lo prometiste, Sora! ¡Me diste la mano antes, dámela ahora! ¡Quiero que me des la mano! ¡Lo quiero! ¡Dame la mano! ¡Lo quiero, ya!
—¡No te prometí nada, Riku...!
—Esta puede ser nuestra última oportunidad, Sora. No debemos dejar que el miedo nos frene. —Riku elevaba el tono de voz, asustando al contrario de esta forma. Parecía desquiciado, Riku no sabía cómo explicarlo todo en tan poco tiempo, sólo sabía lo que quería, sabía que no quería ir solo.— ¡Y vas a venir conmigo!
Estiró más aún su mano, con tal de llegar a Sora. Negaba con la cabeza, sudaba; el fuego negro los envolvía ahora, les quemaba. No pudo evitar soltar un quejido de dolor, no pudo evitar mostrarse débil. El chico castaño se preocupó, pese a estar también herido. Aquello quemaba, demasiado, ardía; pero Sora, más que buscar liberarse, buscaba alcanzarle, sacarles de ahí. Riku, sin embargo, se dejaba consumir, estiraba su mano, sus dedos a penas se rozaban. Sabía que Sora no quería ir con él, pero le daba absolutamente igual. Si lograba alcanzar su mano, estarían "a salvo" o eso creía el albino. Riku tenía la certeza de estar haciendo bien las cosas, de estar salvando a Sora; en el fondo, el chico de ojos aguamarina quería arrastrarle con él, hasta donde fuese necesario.
Sora, por su parte, tenía aún que encontrar a Kairi, no podía dejar tirada a su mejor amiga; pero tampoco podía dejar así a Riku. Estaba aterrado, no aguantaba ver a su amigo así, quería con todas sus fuerzas que aquella noche tan larga acabase, quería despertarse al día siguiente y que tras la tormenta, todo se solucionase. Se estiraba con todas sus fuerzas para alcanzarle, pero no podía moverse del sitio. Su cuerpo se sentía pesado como nunca antes, entumecido, enfermo; sentía que las fuerzas le fallaban por instantes. El terror le dominaba poco a poco, no lograba ver con claridad, las sombras cubrían poco a poco todo su cuerpo, ahora escalaban a través de su cuello, cubriendo su cara, tapando sus ojos.
Mareado y confuso, finalmente logró sujetar la mano de su amigo, ambos gritaron al quemarse mútuamente. Las sombras comenzaban a consumirles, el aire comenzaba a levantar todo. Sin embargo, cuando creyó que todo estaba perdido, cuando creyó desfallecer, cuando temió morir abrasado; una luz salió del contacto, dejando al chico con un mango donde había estado la mano de su amigo. Toda la arena negra que se había arremolinado a su alrededor salió disparada, una onda expansiva sacudió las palmeras, arrancó cabañas, rompió las olas de golpe, cesó la lluvia, disipó las nubes y movió todos los barcos del puerto más cercano. La luz cegadora que salió de aquella diminuta y perdida isla salvaje, pudo verse desde el país vecino, iluminando el cielo, creando un día en mitad de la noche. Fuego parecía envolver el cuerpo del chico, todo tembló a su alrededor, con la energía de una estrella, ahora sus manos se envolvían al rededor de un objeto desconocido. El tacto de un mango de cuero, el peso que comenzó a crecer en sus manos; sin embargo, no cayó al suelo, algo le obligaba a mantenerse en pie, a mantener aquella cosa desconocida en alto. Sora por fin abrió los ojos, pero no vio nada, estaba cegado por la luz, su cuerpo se movía sin voluntad, sus párpados se mantenían abiertos, con la mirada perdida; de golpe, el chico no pesaba. Sus pupilas se habían vuelto blancas, dejando sólo un iris celeste, haciendo su mirada trasparente como las aguas de la costa que le había rodeado toda su vida. Todo su ser se agitaba, sentía cómo el calor emanaba de su pecho, lejos de consumirle, le completaba. Era una sensación fantástica, que hacía que la tormenta y todos los hechos anteriores quedasen lejos. Su corazón había dejado de latir por unos instantes, su sangre había dejado de correr a través de sus venas por momentos, sus pies levitaban a escasos centímetros del suelo; Sora fue completamente etéreo por unos instantes, unos maravillosos instantes en los que todo se calmó de golpe. Todo su ser brillaba, majestuoso por instantes , cualquiera de lejos podría haberle confundido por un ángel, de cuyas manos afloraba un arma. Poco a poco este objeto iba tomando forma, pero el chico no podía verlo, no podía sentir siquiera, perdía su mirada en el cielo, se mantenía en suspensión por unos hilos invisibles, mientras el poder comenzaba a saturar todo lo que aquel chico indefenso había sido. Sora, lejos de sentirse muerto, lejos de sentir dolor, se sentía rebosante de una energía nueva, descomunal, anónima a él; algo que, como mortal, jamás había soñado siquiera con sentir. El fuego, la luz, corrían ahora por sus venas, y para cuando abrió los ojos, para cuando sus pies volvieron a sentir el suelo, para cuando volvió en sí; la vio. El nacimiento de un arma sagrada, el origen de una nueva era en sus diminutas manos, de las cuales ahora emanaba esperanza; la forja de una llave-espada.
Sora no daba crédito a sus ojos. Frente a él, los últimos destellos de luz cesaban, dejándole por fin contemplar la maravilla que germinaba en sus propias manos; las manos de un chico corriente, de un perdedor, del más débil, ahora sujetaban el arma más poderosa jamás creada. Pudo respirar de nuevo, por fin, pudo volver a sentir su corazón en el pecho, latiendo más fuerte que nunca, recordándole que estaba despierto, que estaba vivo; era una sensación hermosa. Sus ojos se deslumbraban con la pureza del metal que brotaba frente a sus ojos. Era una llave casi tan alta como él, que comenzaba a pesar por instantes entre sus manos. El mango era dorado, el resto, de simple plata; sin embargo, pese a su sencillez, era una imagen apolínea, que no dejaba de maravillarle. Aún sin estar del todo consciente, comenzó a girar su mirada hacia el puente, volviendo a la realidad que le envolvía. Sin embargo, aún con sus pupilas en blanco, con la luz saliendo de sus ojos, la realidad no pudo con él.
˝Llave-espada, ese es su nombre, Sora."
Una voz dulce acarició sus oídos, era melodiosa, amable, alentadora.
"No dejes jamás que el dolor te consuma. Puedes blandirla, puedes con todos, con todo. ¡Puedes hacerlo, Sora!"
Era un chico desconocido, era alguien que jamás había visto, como aquella llave... No, sí que era familiar, ya la había tenido en sus manos, ya había oído aquella voz antes; en sus sueños.
"¡Tú puedes!"
Y por fin le vio. De pie, al lado suyo, una figura de luz, una figura etérea, que ahora sujetaba sus muñecas con suavidad, que ahora le posicionaba correctamente para la batalla que estaba por librarse. Era como si le manejase, Sora no tenía control sobre sus acciones en lo más mínimo; a penas estaba consciente, aún brillaba. Sin embargo la lluvia había vuelto a caer, volvía a ser de noche, el viento volvía a levantarse con fuerza. Sora, ya no mostraba miedo en lo más mínimo, ni dolor, como si aquella figura le protegiese de todo, como si aquella figura supiese todo lo que tenía que hacer; estaba siendo salvado por un ser, poco más alto que él, un chico, volátil, de agarre firme, pero gestos suaves, delicados, rápidos, ligeros como el viento.
Frente a él, las sombras se amontonaban sobre el puente, ahora tomando una apariencia más física, como si de un mar de saliva negra se tratase; una avalancha de seres viscosos, burbujeantes, que se acercaban a través del pequeño puente de madera a una velocidad vertiginosa; como las olas que golpeaban ahora con más fuerza aquella isla, a su espalda. Sora sintió el corazón el la garganta.
"No tengas miedo, cielo. Podemos con todo. Estoy contigo."
Y sus piernas comenzaron a correr sin permiso. El mar de sombras se abalanzó sobre él, Sora simplemente saltó a enfrentarles, con su nueva arma en mano. Todo su ser parecía flotar, con una habilidad sobrehumana cortó aquel mar de sombras, disipándolo, como una marioneta fue manejado por aquella figura de luz que le acompañaba. Sora luchaba como un verdadero espadachín, como un guerrero que llevaba años entrenando, poseía de golpe un poder y una habilidad extraordinarios. Sin embargo, pese a permanecer inflexible e inexpresivo por fuera, Sora no se daba cuenta de nada de lo que estaba ocurriendo; a penas lograba ver y recordar los gestos que hacía; dejaba de notar la lluvia en su cara, el huracán se convirtió en brisa, las pérdidas, Riku, el miedo, todo se desvaneció en el momento en el que aquella figura comenzó a controlar su cuerpo. Sora, simplemente, no se enteraba de lo que estaba haciendo, ni de lo que ocurría; intentaba recapitular todo, centrarse, pero ni el shock ni las batallas se lo permitían. Sus piernas se volvieron ágiles y rápidas, sus brazos, fuertes; aquella enorme arma de metales preciosos no pesaba, o no parecía pesar mientras la blandía. Las sombras no fueron lo suficientemente capaces de hacerle un rasguño siquiera, Sora era muy rápido, parecía que llevase blandiendo aquella llave toda la vida. Pero no era así, a penas recordaba llevarla en sus sueños.
"¡Ya casi estamos! ¿No te parece divertido...? Pronto serás capaz de hacer todo esto por tu cuenta, te lo prometo. Sé que es difícil, aguanta un poco más, Sora. Eres un chico muy fuerte y valiente."
Aquella voz seguía alentándole, dándole ánimos. Llenaba su pecho de un calor agradable, calmaba toda su tormenta de golpe. Sora, pese a todo lo que ocurría, se encontraba en un absurdo estado de éxtasis, rodeado de una felicidad total. Sin embargo, poco a poco su vista volvió, sus pupilas volvieron a ser negras, sus piernas, volvían a ser pesadas; al igual que la llave que sujetaba entre las manos. Todo volvió a la normalidad, el agotamiento golpeó su cuerpo de repente. Al abrir los ojos se encontró frente a una enorme puerta blanca, que ocupaba el lugar en el que debería haber estado el lugar secreto al que solían ir. Sora recordó de golpe, y al girarse, se encontró un camino de líquido negro y cuerpos inertes, que desaparecían por momentos, por el suelo, sus manos estaban manchadas, y el pánico pareció dominarle por un instante. Al sentir sus piernas fallar, se sujetó a aquella puerta, dejando caer la llave al suelo. El chico respiraba con dificultad, temblaba, volvía a sentir la lluvia en su cara, el viento volvía a azotarle.
"No, no, por favor. Sora, escúchame. No desesperes ahora, todo va a salir bien, te lo juro. Pero no puedo seguir ayudándote ahora... Aún así, te prometo que voy a estar aquí, siempre, contigo. Te lo prometo, siempre que me necesites, estoy aquí; aunque no te acuerdes de mi nombre siquiera". La voz rió, con calma, con bondad. "No pasa nada, en serio. Todo va a salir bien, calma. Ten paciencia, aguanta un poquito más, sé que eres capaz de hacerlo. Sora, eres capaz de todo, ya verás que sí. Sé que sí. No dejes que el miedo te domine, escucha siempre a tu corazón y a las personas que te quieren, sé paciente, perdona y ama. Prométeme que lo harás... Yo te prometo que estaré aquí, nunca voy a abandonarte, pero cuídate, escúchate. Eres un humano, las cosas pueden ir mal, muy mal a veces, pero ya verás cómo tras la tormenta siempre llega la calma. Te lo prometo."
Sintió un abrazo cálido rodearle, se desvaneció poco a poco, dejándole solo frente a una puerta que ahora estaba abierta. Se agachó, intentando recoger todas las piezas de sí mismo, al tomar ahora aquella llave que había dejado caer al suelo. Pesaba mucho más de lo que recordaba, pero no tenía nada más a qué sujetarse. Tenía que encontrar a Kairi, Sora sentía que su amiga seguía viva y no podía renunciar a ese sentimiento de seguridad; era todo lo que le quedaba, su última esperanza. Al entrar, aquella cueva rocosa había cambiado por un palacio de altos muros blancos. Sora ya no creía a sus ojos, no entendía cómo aquello podía ser real, por qué a él, por qué le ocurría a él; por qué él tenía aquella llave entre sus manos. Al final del pasillo, que se hizo cada vez más estrecho, la cueva volvía a ser su lugar secreto, dibujos en las paredes incluidos. Y allí estaba, de pie, de espaldas a él, de cara a la puerta, que ahora tenía una cerradura en donde había estado el dibujo de Sora; Kairi, con una pose serena, contemplaba la puerta. Sora temía que ella también hubiese perdido el norte, pero él mismo estaba perdiendo la cabeza con todo lo que ocurría a su alrededor. Era incapaz de asimilar todo de golpe, y esto le pasaría factura.
La chica se giró hacia él. Sus ojos azules adoptaban poco a poco tonalidades de violeta, pero su mirada estaba perdida. Parecía que iba a caer en cualquier momento.
—Sora...
Y al decir aquella palabra, para sorpresa de ambos la puerta se abrió a espaldas de la chica, de golpe. Un viento huracanado se manifestó desde el interior de aquella puerta, azotando la estancia. Empujó el cuerpo débil de la chica, el muchacho abrió los brazos para sujetarla, para no atraparla y evitar que volase, pero para cuando esperó el impacto, sólo recibió un golpe en el pecho. La niña se había desvanecido, y Sora había quedado sin respiración. Inhaló con fuerza, llevándose una mano al corazón, como si éste se hubiera parado. Se sintió muy pesado de golpe, sus piernas so respondieron más, y fue arrastrado por la corriente de aire, hacia el exterior de la isla.
Para cuando salió, la tierra se había levantado, Todo el suelo temblaba bajo sus pies, le hacían caer. El mar se había vuelto de una tonalidad morada, las nubes, rojizas y oscuras. Poco a poco las islas comenzaban a elevarse, el agua, las palmeras, las cabañas, todo era arrancado del suelo por los vientos, llevados hacia un enorme portal de oscuridad que se cernía sobre sus cabezas, arremolinándose encima suyo. Sora se sujetaba donde podía, sin embargo al poco rato fue arrastrado también, levantado del suelo, llegó a sujetarse a una brizna de hierba que poco tardó en romperse. Sora comenzó a caer hacia el cielo a una velocidad de vértigo. Gritó a pleno pulmón, mientras se alejaba del suelo. A su alrededor, todo su hogar quedaba destruido. Las islas, el mar, todo, comenzaba a separarse del suelo. Era una situación apocalíptica, era el fin de su mundo. Sin embargo, el cambio repentino de presión hizo su trabajo. Lo último que llegó a ver Sora antes de perder la conciencia, fue un ser gigantesco, hecho de sombras, cuya cara se veía cubierta por tentáculos, sus ojos eran amarillos, tenía un hueco donde antes había habido un corazón, y, a demás, tenía nueve dedos.
Aquellos ojos amarillos fueron lo último que vio antes de soltar lo que él creía que sería su último aliento.
Super Noteishons del Autoreishon:
Pues nada, ¡aquí va el séptimo capítulo de este fic! ¿Sabíais que el siete es mi número favorito? No, por supuesto que no, si no me habéis visto en vuestra puta vida. Si es que pa' Ke pregunto.
Pues... Riku en KH1 era una maravilla como antagonista, aquí no quiero quedarme atrás. Me gusta hacer personajes malos, cada uno movido por sus propios motivos e intereses. Tengo muchísimas cosas pensadas, pero este cap se me estaba quedando demasiado largo. Ahora empieza lo bueno, los problemas de verdad que van más allá de cualquier drama adolescente. Ya veremos cómo estos personajes pueden (o no) cargar con ellos...
Cualquier opinión o review que me deis es válida! Mi inbox está abierto para hablar siempre que alguien quiera ^^
Besisss.
