Disclaimer: Los Héroes del Olimpo y las Crónicas de Kane son propiedad de Rick Riordan.


Hola a todos gente.

Seguramente ahora debéis de estar un poco enfadados por lo mucho que he tardado en subir este capítulo. Cómo comunique en otros fics, mi ordenador se estropeo y no fue hasta el mes pasado (principios de agosto) que me lo cambiaron. Además de que las dos primeras semanas de agosto estuve de vacaciones y la presencia de internet fue mínima. Y como si aquello no fuese suficiente, hasta hace nada he tenido un bloqueo mental. Pero ya todo eso ha pasado y vuelvo con todos vosotros.

También mencione que iba a volver a releerme las historias de nuevo desde el principio así que no esperéis estos nuevos capítulos muy pronto.

Y ahora a disfrutar de dicho capítulo.


Pasaron un poco más de dos horas hasta que Walt y Zia terminaron de leer los dos libros. En ese espacio de tiempo Annabeth se había encerrado en su camarote para hacer el diseño de la pirámide que ayudaría a los egipcios a volver a Brooklyn, mientras que Leo terminaba de darle los últimos retoques al diseño de su futura espada.

—Empezare a hacerla después de que ellos se vayan. No sé si la acabaré a tiempo para patearle el culo a la Cara polvo, pero la haré... —murmuró el hijo de Hefesto mientras regresaba a la cocina tras recibir la llamada de Piper.

En cuanto todos se hubieron sentado, Carter cogió el tercer libro.

La Corona de Ptolomeo —leyó el seguidor de la senda de Horus—. con PERCY, ANNABETH, CARTER & SADIE.

—Al parecer ahora vamos a ser los cuatro los que salgamos en esta historia —comentó Sadie, bastante interesada.

—¡Carter!

Mira que mi nombre tenga que ser la primera palabra que salga pensó Carter antes de seguir leyendo.

—grité.

—O es Sadie la que está narrando o es Percy que está usando el jeroglífico que Carter le grabó —dijo Piper.

Nada pasó.

A mi lado, recostada contra la pared del viejo fuerte, Annabeth

—Y eso confirma que el libro está desde el punto de vista de Percy —sonrió Hazel.

—Tengo ganas de saber como estará narrando —comentó Frank, viendo con diversión como el hijo de Poseidón dejaba escapar un gemido.

se asomaba entre la lluvia, esperando a que adolescentes mágicos cayeran del cielo.

—¿Lo estás haciendo bien? —me preguntó.

—¿Qué tan difícil puede ser decir un nombre? —preguntó Walt confuso.

—Seguramente para Percy sea un reto —respondió Jason "sabiamente".

—No te metas, Chispas —gruñó Percy.

—Vamos, no sé. Estoy bastante seguro de que su nombre se pronuncia Carter.

—Intenta tocar ese jeroglífico más veces.

—No es un teléfono —dijo Zia.

—Pues no sé me ocurre que más podría hacer —replicó Annabeth, como si ella estuviese en el libro.

—Aunque no pierde nada por intentarlo —admitió la seguidora de Ra.

—Eso es estúpido.

—Sólo inténtalo.

Mire fijamente mi mano. No quedaba siquiera un rastro del jeroglífico que Carter Kane había dibujado en mi palma casi dos meses atrás.

—Normal, es un dibujo —dijo Carter, como si fuese algo obvio.

—Pero la magia sigue funcionando —aclaró Sadie.

Él me había asegurado que la magia no podía desaparecer, pero, con mi suerte, accidentalmente la habría limpiado en mis pantalones o en algo.

—Con mi suerte no me extrañaría lo más mínimo —aseguró Percy en voz baja.

—Carter. Hola, Carter. Percy a Carter. Llamando a Carter Kane. Probando, uno, dos, tres ¿Está encendido?

—No creo que eso funcione como una radio —rió Leo entre dientes junto al resto de la cocina.

Nada todavía.

—Tiene que haber algo interfiriendo —murmuró Zia—. Porqué no es normal que aún no hayan aparecido.

Usualmente no entraría en pánico si la caballería fallara en presentarse. Annabeth y yo hemos estado en un montón de malas situaciones sin refuerzos. Pero usualmente no estábamos varados en la Isla de los Gobernadores en medio de un huracán, rodeados de serpientes mortales que escupen fuego.

Frank frunció el ceño.

—Sí. Sí que hemos estado.

(En realidad, he estado rodeado de serpientes mortales que escupen fuego antes, pero no unas con alas. Todo empeora cuando tiene alas.)

—¡Ah! Sí, tienes razón.

—De acuerdo. —Annabeth se limpió la lluvia de los ojos, lo cual no ayudó, ya que llovía a cantaros. —Sadie no contesta a su teléfono. El jeroglífico de Carter no funciona. Supongo que tendremos que hacer esto por nuestra cuenta.

Percy y Annabeth se miraron a los ojos.

—Suerte que estamos acostumbrados.

—Claro —dije— ¿Pero qué hacemos?

—¿Ir a por el malo? —aventuró Leo.

—Claro. Pero, ¿quién es el malo? —preguntó Piper.

—No creo que tardemos en averiguarlo —respondió Jason.

Me asomé por la esquina. En el otro extremo de una entrada arqueada, se extendía un patio de hierba de unos cien metros cuadrados, rodeado de edificios de ladrillo rojo. Annabeth me había dicho que este lugar era un fuerte o algo así de la Guerra Revolucionaria, pero yo no había escuchado los detalles.

Annabeth resoplo.

—Bueno, ya estoy acostumbrada —reconoció la hija de Atenea mientras su novio se sonrojaba.

Nuestro problema principal era el tipo que estaba de pie en el centro del lugar haciendo un ritual mágico.

—Por favor, que no sea él —suplicó Zia.

Se veía como un Elvis Presley escuálido, pavoneándose de un lado a otro en sus ceñidos pantalones negros, camisa de vestir celeste y chaqueta de cuero negro. Su grasiento peinado en copete parecía inmune a la lluvia y al viento.

—Es él —se lamentó Sadie, mientras Carter ponía una mueca.

En sus manos sostenía un viejo pergamino, como un mapa del tesoro.

—El Libro de Tot —dijo Walt con voz grave.

Mientras caminaba de un lado a otro, lo leía en voz alta, de vez en cuando echaba la cabeza hacia atrás y reía. Básicamente, el tipo estaba en un intenso modo de locura.

—Creo que desde el principio estaba en un intenso modo de locura —señaló Carter, sacudiendo la cabeza.

Como si no fuese suficientemente escalofriante, había media docena de serpientes aladas volando a su alrededor, escupiendo fuego en la lluvia.

—Por si todavía no era lo suficientemente preocupante el asunto —comentó Frank.

En lo alto, se veían relámpagos. Un trueno sacudió mis muelas.

Percy y Hazel se estremecieron mientras Jason fruncía el ceño. Por lo que había oído, su padre tenía la costumbre de soltar relámpagos y truenos cuando estaba molesto. Pero en esa ocasión dudaba que fuese él.

Annabeth me jaló de regreso.

—Ese debe ser Setne dijo—. El pergamino del que está leyendo es el Libro de Tot. Cual sea el hechizo que está lanzando, debemos detenerlo.

—Cuanto antes mejor —corroboró Piper.

En ese punto probablemente debería retroceder y explicar qué diablos está pasando.

—¿Pero sabes qué está pasando, Sesos de algas? —le preguntó Annabeth con burla.

El único problema: no estaba seguro de lo que estaba pasando.

—Lo suponía —sonrió Annabeth

Hace un par de meses, peleé con un cocodrilo gigante en Long Island. Un chico llamado Carter Kane apareció, dijo que era un hechicero y, procedió a ayudarme haciendo explotar cosas con jeroglíficos y transformándose en un radiante guerrero gigante con cabeza-de-gallina. Juntos derrotamos al cocodrilo, el cual, me explicó Carter, es hijo de Sobek, el dios cocodrilo de Egipcio. Carter propuso que había una mezcla muy extraña de algo Egipcio-Griego. (Cielos, nunca lo habría adivinado.) Él escribió un jeroglífico mágico en mi mano y me dijo que lo llamara si alguna vez necesitaba ayuda.

Adelanto rápido al mes pasado: Annabeth se topó con la hermana de Carter, Sadie Kane, en el tren a Rockway. Ellas lucharon contra un dios llamado Serapis, que tenía un báculo de tres cabezas y un tazón de cereal como sombrero. Más tarde, Sadie le dijo a Annabeth que un antiguo hechicero llamado Setne podría estar detrás de toda esa locura. Aparentemente este Setne habría vuelto de la muerte, agarró un ultra-poderoso pergamino de apuntes de hechicería llamado el Libro de Tot y estaba jugando con magia Egipcia y Griega, esperando encontrar la forma de convertirse en un dios. Sadie y Annabeth intercambiaron números y acordaron mantenerse en contacto.

—Y básicamente eso es el resumen de los dos libros leídos ayer —dijo Carter, antes de retomar la lectura.

—En el caso de Zia y mío hará solamente unos diez minutos —comentó Walt.

Hoy, cuatro semanas después, Annabeth apareció en mi apartamento a las diez de la mañana para decirme que tuvo un mal sueño, una visión de su madre.

—Lo cual no es buena señal en ningún sentido —dijo Percy—. Sobre todo para mí.

(Por cierto: su madre es Atenea, la diosa de la sabiduría. Mi padre es Poseidón. Somos semidioses griegos. Sólo pensaba que debía mencionarlo, ya sabes, de paso.)

—Bueno, ya. Lo típico —dijo Jason.

Annabeth decidió que, en vez de ir al cine, debíamos pasar nuestro sábado yendo a la parte inferior de Manhattan a tomar un ferry que nos llevara a la Isla de los Gobernadores, donde Atenea le dije que el problema se estaba fabricando.

—Creo que incluso aunque no se tratase de un pedido de Atenea hubieseis acabado allí —señaló Leo.

Tan pronto como llegamos, un huracán anormal golpeó el puerto de Nueva York. Todos los mortales evacuaron la Isla de los Gobernadores, dejándonos a Annabeth y a mí varados en una antigua fortaleza con el loco Elvis y las serpientes mortales.

—Aunque eso sería lo más normal que ocurriese —comentó Hazel.

¿Tiene sentido para ti?

Tampoco para mí.

—Esas cosas nunca tienen sentido —murmuró la seguidora de Isis.

—Tu gorra de invisibilidad —dije—. Está funcionando de nuevo ¿cierto?

—Por lo menos en el anterior libro así parecía —murmuró Annabeth, desviando la mirada hacia el techo de la cocina.

—Desde luego sería demasiado que ahora no funcionase —dijo Zia.

—Con nuestra suerte, no me extrañaría —replicó Percy—. Es más, no me sorprendería que ahora la gorra en vez de hacerse invisible, atrajese a los monstruos.

¿Qué te parece si distraigo a Setne mientras te escabulles detrás suyo? Puedes quitarle el libro de las manos.

—Sinceramente el plan no me gusta —dijo Annabeth—. Pero por suerte está lloviendo, así que puedes tener una ligera ventaja.

—En estos momentos agradezco ser hijo de Poseidón —dijo Percy.

Annabeth frunció el ceño. Incluso con el cabello rubio aplastado a un lado de su rostro, se veía bonita.

Carter hizo una mueca.

—Por favor, intenta no pensar mucho en eso —le pidió el seguidor de la senda de Horus.

Percy se sonrojo.

—Siento decirlo, pero si yo narro ese libro te encontraras con cosas como esa varias veces.

Sus ojos eran del mismo color que las nubes de tormenta.

—Se supone que Setne es el hechicero más grande del mundo —dijo—, puede que sea capaz de ver a través de la invisibilidad.

—Creo que puede —murmuró Zia—. Pero estaréis usando magia griega y no egipcia, así que cabe la posibilidad de que no se percate.

Aunque dijo eso, la maga de fuego no sonaba del todo convencida.

Además, si corres hacia allá, probablemente te ataque con un hechizo. Créeme la magia egipcia no es algo con lo quieras ser golpeado.

—Lo he experimentado de primera mano —aseguró Percy.

—Lo sé. Una vez, Carter me dio una paliza con un puño azul. Pero a menos de que tengas una mejor idea...

Desafortunadamente, ella no ofreció alguna.

—Van con el plan de Percy... la cosa no pinta bien —murmuró Jason.

Sacó su gorra de los Yankees de Nueva York de su mochila.

—Dame un minuto de ventaja. Trata de liquidar a las serpientes voladoras primero. Deberían ser un blanco fácil.

—Tampoco son tan fáciles —gruñó Frank.

—Lo tengo. —Levanté mi bolígrafo, el cual no suena como un arma impresionante, pero se convierte en una espada mágica cundo lo destapo.

—Mientes —le acusó Leo en broma.

No, en serio.

—¿Seguro?

—Leo, cierra la boca —le espetó Piper.

—¿Una espada de bronce celestial servirá para matarlas?

—Aunque sean monstruos egipcios, siguen siendo monstruos... así que en teoría debería poder hacerlo —murmuró Walt con el ceño fruncido—. ¿Puede ser, Anubis?

—Puede, pero es un resultado un poco... curioso. —La voz del dios vaciló en esa última palabra.

¿A qué te refieres? —preguntó Walt, pero no recibió respuesta.

Annabeth frunció el ceño.

—Debería. Al menos... mi daga de bronce funcionó con el báculo de Serapis. Por supuesto, esa daga estaba hecha de una varita egipcia, entonces...

—No creo que haya tiempo para las clases, profesora —dijo Sadie.

—Me está doliendo la cabeza. Usualmente cuando me duele la cabeza es tiempo de dejar de hablar y atacar algo.

—Pues debes de tener unos ataques de migraña que no son normales —comentó Annabeth, sacudiendo de lado a lado su cabeza.

—Bien. Sólo recuerda: nuestra meta principal es tomar ese pergamino. De acuerdo con Sadie, Setne puede usarlo para volverse inmortal.

—Lo cual puede ser muy malo —dijo Leo.

—Entendido. Ningún chico malo se hará inmortal durante mi turno. —La besé, porque 1) cuando eres un semidiós que va a la batalla, cada beso puede ser el último, y, 2) , me gusta besarla

Como si enfatizara eso, Percy besó a Annabeth.

—. Ten cuidado.

Ella se puso la gorra de los Yankees y desapareció.

Amaría decirte que fui hacia allá y que maté a las serpientes, que Annabeth apuñaló a Elvis por detrás y tomó el pergamino y que nos fuimos felices a casa.

—Por el grosor del libro, lo dudo —comentó Carter, mirando el libro.

Pensarías que de vez en cuando las cosas saldrían exactamente como las habíamos planeado.

Pero noooooo.

—Típico —dijeron todos en la cocina.

Le di a Annabeth unos segundos para que se escabullera en el patio.

Luego destapé mi bolígrafo, y Anaklusmos tomó su verdadera forma, una espada de bronce celestial de un metro. Corrí al patio y partí la primera serpiente en el aire.

Nada dice ¡Hola, vecino! como matar el reptil volador de un chico.

—Sobre todo por la parte en que alguien tenga un reptil volador como mascota —dijo Jason, negando con la cabeza.

La serpiente no se desintegró como la mayoría de los monstruos contra los que he luchado. Sus dos partes sólo cayeron en la hierba mojada. La mitad con alas se dejó caer sin rumbo.

—Eso es un poco...

—¿Asqueroso? —preguntó Piper, terminando la frase que Sadie planeaba decir.

—Por eso te dije que resultaba interesante ver a un monstruo egipcio morir a manos de un arma griega —murmuró Anubis en la cabeza de Walt.

El loco Elvis ni lo notó.

—Tal vez debas partir a más serpientes —aventuró Leo.

—O apuñalarlo. Quizás así se de cuenta de tu presencia —dijo Walt, encogiéndose de hombros.

Sólo siguió caminando de un lado a otro, absorto en su pergamino, así que me adentré en el patio y partí otra serpiente.

La tormenta hacía que ver fuera difícil. Normalmente podía mantenerme seco cuando me sumergía en el agua, pero la lluvia es más complicada. Me punzaba la piel y se metía en mis ojos.

—Será porque la lluvia cae del cielo, que es territorio de Zeus —murmuró Annabeth de forma pensativa.

Un relámpago destelló. Para cuando mi visión se aclaró, dos serpientes me bombardeaban a cada lado.

—Eso ha sido demasiada casualidad —susurró Hazel, mordiéndose el labio.

—¿Crees que Setne está detrás de eso? —preguntó su novio.

—No me extrañaría nada si fuese así —murmuró Sadie oscuramente.

Salté hacia atrás justo cuando lanzaron fuego.

Para tu información, saltar hacia atrás es difícil cuando sujetas una espada. Es incluso más difícil que cuando el suelo está lodoso.

En resumen: tropecé y aterricé sobre mi trasero.

Las risas no tardaron en aparecer mientras Percy se sonrojaba.

Dispararon llamas sobre mi cabeza. Las dos serpientes me rodeaban por encima como si estuviera muy sorprendidas para atacar de nuevo. Probablemente se preguntaban: ¿Ese chico se cayó sobre su trasero a propósito? ¿Deberíamos reírnos antes de matarlo? ¿Sería cruel?

—Dejad que os responda, mis queridos reptiles alados. —Percy se aclaró la garganta—. Primero, por supuesto que fue a propósito. Caerse de culo es una manera de esquivar ancestral. Segundo, no podéis reíros de está maravillosa técnica. Y tercero, sí. Sería muy cruel.

Todos reían ante las payasadas de Percy.

Antes de que pudiese decidir qué hacer, el loco Elvis gritó:

—¡Déjenlo!

—Pues al final se ha dado cuenta de su presencia —dijo Leo.

—Sinceramente creo que se había dado cuenta desde el principio —replicó Zia.

Las serpientes se movieron a toda velocidad para unirse a sus hermanas, que estaban orbitando a tres metros sobre el mago.

Quería levantarme y enfrentar a Setne, pero mi trasero tenía otras ideas. Quería quedarse donde estaba y sentir un dolor extremo. Los traseros son así a veces. Pueden ser, bueno, traseros.

—Está frase pasara a la historia —dijo Frank, negando con la cabeza.

Setne enrolló el pergamino. Caminó hacia mí, la lluvia se dividía a su alrededor como una cortina de cuentas. Sus serpientes aladas lo siguieron, sus llamas haciendo columnas de vapor en la tormenta.

—¡Hola, tú! —Setne sonaba tan informal y amigable que sabía que estaba en problemas

—Vas a morir —confirmó Jason—. Los malos que hablan de forma amigable son los más peligrosos.

—Lo sé. Prefiero mil veces a los malos que directamente te dicen que van a matarte. Son más predecibles —suspiró Percy, pasándose una mano por su pelo negro.

—. Eres un semidiós, supongo.

—¿Cómo lo ha sabido? —preguntó Piper con voz sorprendida.

Me preguntaba cómo Setne sabía eso. Tal vez podía "oler" el aura de un semidiós de la forma en que los monstruos griegos podían.

—Es una posibilidad que no podemos negar. Aunque más que olerla, yo diría que la percibe —comentó Zia de forma reflexiva.

O tal vez mis amigos bromistas, los hermanos Stoll, me habían escrito SOY UN SEMIDIÓS en la frente con un marcador permanente y Annabeth había decidido no decírmelo.

La cocina estalló en risas.

Eso pasaba ocasionalmente.

—¿De verdad? —preguntó Sadie riendo.

—Sí —confirmaron tanto Percy como Annabeth. La última añadió—: Ya ha pasado un par de veces.

La sonrisa de Setne hizo que su rostro se viera incluso más demacrado.

Delineador oscuro bordeaba sus ojos, dándole una mirada hambrienta y salvaje.

—Eso no es delineador. Se llama kohl —comentó Zia.

No te molestes. Lo más seguro es que lo olviden —le dijo Ra en su cabeza.

Alrededor de su cuello brillaba una cadena de oro de Ankhs entrelazados y, de su oreja izquierda colgaba un adorno que parecía el hueso de un dedo humano.

—Sigue con el mismo estilo raro de siempre —se lamentó Sadie, frotándose los ojos.

—Tú debes de ser Setne. —Logré ponerme de pie sin matarme—. ¿Sacaste ese traje en una tienda de disfraces?

—Solo Percy podía hacer esta clase de comentarios —dijo Annabeth con una sonrisa divertida.

Setne rió.

—Mira, no es nada personal, pero estoy un poco ocupado en este momento. Les voy a pedir a ti y a tu novia que esperen mientras termino mi encantamiento,

—Al parecer sabía desde el principio que estabais ahí —señaló Frank.

—Pues eso es malo, porque Setne pudo haber lanzado un hechizo para detectar magia invisible. Solo esperemos que no funcione con la magia griega —dijo Zia, mordiéndose el labio inferior.

¿de acuerdo? Una vez que haya convocado la Deshret, podremos charlar.

—Preferimos que no la invoques —dijo Walt al instante.

—¿Es peligroso el como-se-llame-esa-cosa-egipcia-rara? —preguntó Leo con curiosidad.

—Es algo peligrosa —admitió Walt—. Pero si la juntas con su hermana, prácticamente eres un dios.

Traté de verme confundido, la cual es una de mis expresiones más convincentes.

—La suelo hacer un noventa y nueve por ciento de las veces —reconoció Percy—. Soy todo un maestro.

—¿Qué novia? Estoy solo. Además, ¿por qué estás invocando un trapo de cocina?

Varios rieron.

—¿Querrá cocinar para los dioses egipcios? —preguntó Hazel, riendo en voz baja.

—Es deshret. —Setne le dio una palmada a su copete—. La corona roja del Bajo Egipto. En cuanto a tu novia...

Se giró y señaló detrás de él, gritando algo así como:

—¡Sun-Ah!

—Que no funcione —pidió Sadie con las manos unidas, como si estuviese rezando.

Jeroglíficos rojos se quemaron en el aire donde Setne señaló:

Annabeth se hizo visible.

Mierda fue el pensamiento de todos.

En realidad nunca antes la había visto usar su gorra de los Yankees, ya que desaparecía cada vez que se la ponía,

—Por eso se llama gorra de invisibilidad, Sesos de algas —suspiró Annabeth, poniendo los ojos en blanco.

pero ahí estaba: con los ojos abiertos de la sorpresa, atrapada tratando de acercarse sigilosamente a Setne.

Antes de que ella pudiese reaccionar, los brillantes jeroglíficos rojos se convirtieron en cuerdas, como látigos de regaliz y arremetieron, envolviéndose alrededor de ella, sujetando sus brazos y piernas con tanta fuerza que la hicieron caer.

Frank dejó escapar un silbido.

—Las cosas no pintan bien.

—¡Oye! —grité—. ¡Déjala ir!

—¿Para que te molestas? —le preguntó Jason—. Ya sabes que los chicos malos no hacen lo que se les pide.

El mago sonrió.

—Magia de invisibilidad. Por favor. He estado usando hechizos de invisibilidad desde que las pirámides estaban bajo garantía.

—Aunque fuese así, lo que estaba usando Annabeth era magia griega. Así que mantenía la esperanza de que no la detectase —dijo Zia.

—Parece ser que Setne domina más la magia griega de lo que nos esperábamos —murmuró Sadie.

Como dije, esto no es nada personal semidioses. Simplemente no puedo prescindir de las energía para matarlos... al menos no hasta que la invocación se haya terminado. Espero que lo entiendan.

—No, no lo entiendo. Pero seguramente no es nada bueno —dijo Leo.

Mi corazón martilleaba. Yo había visto la magia egipcia antes, cuando Carter me ayudó a luchar contra el cocodrilo gigante en Long Island, pero no tenía ni idea de cómo detenerla, y no podía soportar ver como ésta era utilizada contra Annabeth.

Cargué en contra de Setne.

—Mala idea enfrentarse a alguien que domina la magia de forma directa —comentó Hazel. Ella, que hacía relativamente poco que había aprendido a manipular la Niebla, entendía que lo que acababa de hacer Percy, solamente le serviría para nada.

Él sólo hizo un gesto con la mano y murmuró:

—Hu-Al.

—Eso va a doler —comentaron los egipcios.

Aparecieron más estúpidos jeroglíficos frente a mí.

Me caí de cara.

Los griegos y los romanos hicieron una mueca de dolor. Eso tenía que doler, si o si.

Mi cara no apreció eso. Me entró barro en las fosas nasales y sangre en la boca por morderme la lengua.

—Eso es tener muy mala suerte —dijo Piper, haciendo una mueca.

Cuando parpadeé, los jeroglíficos rojos se quemaron en el interior de mis párpados.

Gemí.

—¿Qué ha sido ese hechizo?

—Caída —dijo Setne—

—Un hechizo bastante simple, pero eficaz —admitió Sadie—. Sobre todo si te enfrentas a alguien que se especializa en combates a corta distancia como Percy.

. Uno de mis favoritos. No te levantes. Sólo te lastimarás más.

—Hazle caso. El hechizo te obliga a caerte al suelo cada vez que te pones de pie —dijo Walt.

—¡Setne! —Annabeth gritó a través de la tormenta—. Escúchame. No te puedes convertir en un dios por tu cuenta. No va a funcionar. Sólo vas a destruir...

—Dos cosas, Annabeth. Primero, ningún malo tiene sentido común. Segundo, aunque odio reconocerlo, Setne es inteligente y ya habrá pensado en algo —señaló Sadie gimiendo en voz baja.

El rollo de cuerdas mágicas se expandió, cubriendo la boca de Annabeth.

Annabeth entrecerró los ojos. Odiaba que la dejasen con la palabra en la boca.

—Apreció tu preocupación —dijo el mago—. En serio, lo hago. Pero tengo esto resuelto. Ese negocio con Serapis... ¿cuando destruiste mi dios híbrido...? Aprendí bastante sobre eso. Tomé notas excelentes.

—No somos más que ratas de laboratorio para él —murmuró Carter oscuramente.

Annabeth luchó inútilmente.

Quería correr hacia ella, pero tenía la sensación de que acabaría con mi cara en el lodo de nuevo.

—Efectivamente —dijo Zia.

Tendría que jugar inteligentemente... lo cual no era parte de mi estilo habitual.

—Tal vez sea capaz de hacer algo. —Percy se intentó defender de las miradas burlonas que recibía de los demás.

Traté de calmar mi respiración. Me moví hacia un lado, sólo para ver si podía.

—¿Así que nos estabas espiando en la playa Rockway? —le pregunté a Setne—. Cuando Annabeth y Sadie derrotaron a Serapis ¿todo eso era un experimento para ti?

—¡Por supuesto! —Setne parecía muy satisfecho consigo mismo

—Este tío cada vez me caer peor —murmuró Piper.

—. Anoté los encantamientos que Serapis utilizó mientras intentaba levantar su nuevo faro de Alejandría. Entonces sólo era cuestión de hacer una remisión de esos a la magia más antigua en el Libro de Tot, y ¡voilà! Encontré el combo exacto de hechizos que necesito para convertirme en un dios.

—Ese Libro de Tot pinta como una cosa muy chunga. ¿Cómo es que dejasteis que se lo quedara? —preguntó Jason sacudiendo la cabeza.

—Porque, por desgracia, necesitábamos a Setne para que nos ayudase —respondió Zia con pesar.

Va a ser grandioso. ¡Espera y verás!

—Prefiero no verlo... ni esperar —replicó Percy.

Abrió el pergamino y comenzó a cantar de nuevo. Sus serpientes aladas iban en espiral a través de la lluvia. Cayó un rayo. La tierra retumbó.

—Las cosas no pintan muy bien —comentó Leo poniendo una mueca. Agradecía no estar allí en ese momento.

A la izquierda de Setne, a unos cuatro metros y medio de mí, la hierba se abrió. Un géiser de llamas salió,

—Un géiser de llamas no es muy bueno —murmuró Frank mientras se ponía una mano en su bolsillo y acariciaba la pequeña bolsa que tenía su trozo de madera guardado.

y las serpientes se arremolinaron en un tornado de elementos, se fusionaron y solidificaron en una gran forma: una cobra enrollada con una cabeza humana femenina.

—Me suena... —murmuró Sadie.

—Uadyet, la diosa cobra —le explicó Zia.

La capucha del reptil era de dos metros de diámetro. Sus ojos brillaban como rubíes. Una lengua bífida brilló entre sus labios, y su cabello oscuro estaba trenzado con oro. Descansando sobre su cabeza se encontraba una especie de corona, una cosa roja con aspecto de pastillero y un adorno floritura en el frente.

—Con aspecto pastillero —murmuró Annabeth, dejando escapar una sonrisa.

Ahora, personalmente, no soy aficionado a las serpientes enormes, especialmente aquellas con cabezas humana y sombreros estúpidos.

—En realidad no soy aficionado a ninguna serpiente —aclaró el hijo de Poseidón.

Si yo hubiese convocado esta cosa, habría lanzado un hechizo para devolverla, súper rápido.

—Pero es Setne el que la invocado. Así que creo que tendrás que verla más —dijo Walt.

Pero Setne enrolló el pergamino, lo guardó en el bolsillo de su chaqueta y sonrió.

—¡Impresionante!

La señora cobra silbó.

—¿Quién se atreve a convocarme? Soy Uadyet, reina de las cobras, protectora del Bajo Egipto, amante eterna de...

—¡Lo sé! —Setne aplaudió—. ¡Soy un gran fan!

—¿Para que se molestan en decir todos sus títulos? Nadie quiere oírlos y mucho menos memorizarlos —suspiró Sadie—. A menos que seas Carter o Zia. Los señores Wikipedia seguramente lo harán.

—¡Eh!

Me arrastré hacia Annabeth. No es que me ayudara mucho que el hechizo "caída" tratara de mantenerme fuera de mis pies, pero yo quería estar cerca de ella

—Tanto amor me va a acabar dando una sobredosis de azúcar —bromeó Leo.

por si algo pasaba con esta eterna reina cobra de lo que sea, bla, bla, bla.

Tal vez podría, al menos, utilizar a Anaklusmos para cortar esos cables rojos y darle a Annabeth una oportunidad de luchar.

—Mala idea —dijo Sadie al instante—. Es muy mala idea cortar las cuerdas.

—¿Por qué? —preguntó Jason con curiosidad.

—Ahora lo veréis —respondió Zia con una mueca en el rostro.

—Oh, esto es tan genial —continuó Setne. Sacó algo de sus pantalones... un teléfono móvil.

—¿Hace falta un teléfono móvil para el ritual? —preguntó Leo con voz sorprendida.

—Por lo que sé, no —respondió Walt, quien también estaba sorprendido. En realidad todos estaban sorprendidos.

La diosa le enseñó los colmillos. Roció a Setne con una nube de niebla verde; veneno, supuse; pero él lo repelió como la nariz de un cohete repele el calor.

—Eso es útil —dijo Leo con una sonrisa.

—Tú repeles el fuego, Chico de las reparaciones —replicó Piper poniendo los ojos en blanco.

Seguí arrastrándome hacia Annabeth, quien estaba luchando sin poder hacer nada en su capullo rojo de regaliz. Sus ojos resplandecían con frustración. Odiaba quedar indefensa más que casi cualquier cosa.

—Te entiendo. Es frustante —dijo Sadie.

—De acuerdo, ¿en dónde está el icono de la cámara?

—¿Cámara? Pero, en nombre de los dioses, ¿que quiere hacer? —preguntó Frank cada vez más confundido.

Nadie le respondió ya que todos también estaban confundidos.

—Setne hurgó en su teléfono—. Tenemos que tomarnos una foto juntos antes de que te destruya.

—Espera... ¿quiere hacerse... —la voz de Percy se fue perdiendo gradualmente mientras sacudía la cabeza con resignación. Definitivamente Setne era el tío malo más raro con los que se había cruzado. Y eso que aún no se había cruzado con él.

—¿Destruirme? —demandó la diosa cobra. Ella se lanzó contra Setne, pero una repentina ráfaga de lluvia y viento la empujó hacia atrás.

Yo estaba a tres metros de Annabeth. La hoja de Anaklusmos brillaba mientras la arrastraba por el barro.

—Suerte que está distraído —suspiró Hazel.

—Sinceramente no creo que le importe mucho —negó Zia.

—Déjame ver. —Setne le dio un golpecito a su teléfono móvil—. Lo lamento, esto es nuevo para mí. Soy de la décimo novena dinastía

—Ya se podía haber quedado allí —suspiró Sadie con cansancio.

. Ah, bien. No. Maldición. ¿A dónde se fue la pantalla? ¡Ah! ¡Muy bien! ¿Cómo le llama a esto la gente moderna... un snappie?

—Lo va ha hacer, ¿verdad? —suspiró Annabeth mientras se tapaba la cara para que no la vieran reírse. Pero el movimiento de sus hombros la delataba.

—Se inclinó hacia la diosa cobra, sostuvo el teléfono a la distancia del brazo y tomó una foto. —¡La tengo!

Todos en la cocina arrancaron a reír después de que Carter leyese eso.

—A-a-al final lo ha... he-hecho —resoplo Jason mientras lágrimas le caían de los ojos.

—Ya sé... que es un tío... muy malo... y todo eso... pero quiero... conocerlo... —declaró Leo mientras respiraba pesadamente en busca de aire.

Tuvieron que pasar cerca de diez minutos hasta que todos se relajaron lo suficiente como para seguir leyendo.

—¿QUÉ SIGNIFICA ESTO? —rugió Uadyet—. ¿TE ATREVES A TOMARTE UN SELFIE CON LA DIOSA COBRA?

—Pues sí que se ha atrevido —rió Piper.

—¡Selfie! —dijo el hechicero—. ¡Eso es! Gracias. Y ahora tomaré tu corona y consumiré tu esencia. ¡Espero que no te importe!

—¡Claro que no le importa! —exclamó Sadie con ironía—. ¿A quién le importa desaparecer?

—¿QUÉ? —La diosa cobra se enojó y enseñó los colmillos de nuevo, pero la lluvia y el viento la contuvieron como un cinturón de seguridad. Setne gritó algo en una mezcla de griego y egipcio antiguo. Algunas de las palabras griegas las entendí: alma y atar y, posiblemente, mantequilla

—¿Mantequilla? —preguntó Hazel con diversión.

(aunque podría estar equivocado acerca de la última).

—No creas. Los hechizos tienen cosas muy raras —aseguró Sadie.

La diosa cobra comenzó a retorcerse.

Alcancé a Annabeth justo cuando Setne terminaba el hechizo.

La diosa cobra hizo implosión, con un ruido como el de la pajilla más grande del mundo terminándose el batido más grande del mundo.

Annabeth hizo una mueca ya que ella detestaba ese ruido. Así que oírlo a la versión deluxe iba a ser muy malo para ella.

Uadyet fue absorbida por su propia corona roja, junto con cuatro serpientes aladas de Setne y un círculo de césped de metro y medio de ancho donde Uadyet se había enrollado.

La corona cayó en el humeante y lodoso cráter.

La cocina se quedó en silencio. Todos miraban el libro que el mayor de los Kane sujetaba entre sus manos, como si no pudiesen creer lo que acababan de oír (o leer en el caso de Carter). Frank fue el primero en romper el silencio.

—Eso, para una peli de terror, va muy bien.

Carter carraspeó antes de seguir leyendo.

Setne rió con deleite.

—¡PERFECTO!

—Creo que no —replicó Sadie.

Estaba de acuerdo, si por perfecto se refería a demasiado horrible que me dan ganas de vomitar

—No lo creo —murmuró Piper.

y tengo que sacar a Annabeth de aquí ahora mismo.

Setne trepó a la fosa para recuperar la corona mientras yo empezaba a cortar frenéticamente las ataduras de Annabeth. Sólo había conseguido destapar su boca antes de que las ataduras sonaran como una bocina de aire.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Annabeth entre preocupada, por su novio, y ansiosa, por saber algo más.

—Básicamente que las cuerdas gritan si las cortas —explicó Sadie.

Mis oídos estallaron. Mi visión se tornó negra.

—Eso es más que un grito —señaló Percy con una mueca.

Cuando el sonido desapareció y mi vértigo murió, Setne estaba de pie ante nosotros, la corona roja en lo alto de su copete.

—Las cuerdas gritan si las cortas —avisó

—Un poco tarde el aviso —gruñó el hijo de Poseidón.

—. Supongo que debí mencionar eso.

Annabeth se retorció, tratando de liberar sus manos.

—¿Qué... qué le hiciste a la diosa cobra?

—¿Eh? Oh. —Setne dio golpes a la parte frontal de la corona con su dedo—. Devoré su esencia.

—Y lo dice tan tranquilo —murmuró Hazel demasiado sorprendida con Setne.

Ahora tengo el poder del Bajo Egipto.

—Tú... ¿devoraste a un dios? —dije.

—Eso es exactamente lo que ha dicho —respondió Walt.

—¡Sip! —De su chaqueta, sacó el Libro de Tot y nos lo mostró—. Es asombroso el tipo de conocimiento que hay aquí. Ptolomeo el Primero tuvo la idea correcta, haciéndose un dios, pero para cuando se hizo rey de Alejandría la magia egipcia se había diluido y vuelto débil. Definitivamente no tenía acceso a la fuente material primaria como el Libro de Tot. Con este bebé, ¡estoy cocinando con especias! Ahora que tengo la corona del Bajo Egipto...

—Déjame adivinar —dijo Annabeth—. Irás por la corona del Alto Egipto. Después las pondrás juntas y dominarás al mundo.

—Básicamente lo que hacen todos los malos —dijo Frank poniendo los ojos en blanco—. Ya podían buscarse otros objetivos. Cómo eliminar todos los helados del mundo o algo así...

—Zhang, eres malvado —murmuró Leo, mirándolo con terror. Frank puso los ojos en blanco.

Él sonrió.

—Chica lista. Pero primero tengo que destruirlos a los dos. Nada personal. Es sólo que cuando estás haciendo magia híbrida greco-egipcia, he descubierto que un poco de sangre de semidiós es un gran catalizador. Ahora, si se quedan quietos...

—Como estamos en el libro, dudo que nos podamos mover lo más mínimo —señaló Annabeth.

Me lancé hacia delante y lo clavé con la espada.

Percy parpadeó.

—¿Acabo de cargarme el malo?

—No es tan fácil —negó Zia.

Sorprendentemente, Anaklusmos entró directamente en su estómago.

Rara vez tenía éxito, así que me quedé agachado, pasmado, mi mano temblando en la empuñadura.

—Normalmente lo suelen evitar —aclaró Percy.

—Guau. —Setne miró la sangre que salía de su camisa celeste—. Buen trabajo.

—Es agradable que te feliciten cuando matas a alguien... sobre todo si es la víctima —bromeó Leo.

—Gracias. —Traté de sacar a Anaklusmos, pero parecía atascada—. Así que... ya te puedes morir, si no es mucho problema.

—Cuanto antes mejor —confirmó Walt.

Setne sonrió excusándose.

—Acerca de eso... estoy lejos de morir.

—Mira que son pesados con no morir —suspiró Piper.

A este punto... —palmó la espada—. ¿Lo entiendes? ¿Este punto? Me temo que lo único que puedes hacer es hacerme más fuerte.

—No me gusta como suena eso.

Su corona roja empezó a resplandecer.

—Y eso menos.

—Ya lo hemos pillado, Valdez.

Por una vez, mis instintos salvaron mi vida. A pesar del hechizo caída con el que Setne me había encantado, logré ponerme en pie, tomar a Annabeth y arrástrala tan lejos del hechicero como era posible.

—Bien hecho —dijo Zia con el ceño fruncido—. Sinceramente no reconozco lo que está haciendo Setne, pero dudo que sea algo bueno.

Me dejé caer al suelo en el arco de la entrada mientras un rugido enorme sacudía el patio. Los árboles fueron arrancados de raíz. Las ventanas se quebraron. Los ladrillos desprendidos de la pared, y todo a la vista se precipitó hacia Setne, como si se hubiese convertido en el nuevo eje de gravedad. Incluso los lazos mágicos de Annabeth fueron removidos. Me tomó todas mis fuerzas el sostenerla con un brazo mientras sujetaba la esquina del edificio con la otra mano.

—Nunca... nunca había oído hablar de un hechizo así —murmuró Sadie con un hilo de voz.

—Parece haber combinado un simple hechizo de atracción con magia de viento —masculló Zia en voz baja.

Nubes de escombros giraban alrededor del mago. Madera, piedra, y vidrio se vaporizaban a medida que iban siendo absorbidos por el cuerpo de Setne.

—O más bien parece uno de absorción a lo bestia —señaló Walt.

Una vez que la gravedad hubo regresado a su estado normal, me di cuenta de algo importante que había dejado atrás.

—Imposible —susurró Percy, mientras su mano se dirigía al bolsillo de su pantalón y sujetaba su bolígrafo.

Anaklusmos no estaba. La herida en el estómago de Setne se había cerrado.

—¡Oye! —Me levanté, me temblaban las piernas—. ¡Te comiste mi espada!

Tanto los griegos como los romanos estaban sorprendidos. Todos conocían las características de la espada de Percy, y les parecía increíble que Setne se la hubiese comido como si nada.

Mi voz sonó estridente, como un niño al que acababan de robar su dinero para el almuerzo. La cosa es, Anaklusmos era mi posesión más importante. La había tenido por un largo tiempo. Me había visto a través de una gran cantidad de rasguños.

—Bueno, siempre se puede conseguir otra... —dijo Sadie en un intento de consuelo.

—No es tan sencillo —replicó Annabeth—. Anaklusmos tiene la particularidad de volver a las manos de su dueño siempre que se pierda. Pero ahora no parece el caso...

Percy asintió en silencio. En realidad, el autentico motivo por el cual estaba así, era que Anaklusmos había sido el primer regalo de su padre que recibía. Aunque la espada se la hubiese dado Quirón, había sido Poseidón quien le había pedido al centauro que lo hiciese.

Había perdido mi espada anteriormente en algunas ocasiones, pero siempre reaparecía en forma de bolígrafo dentro de mi bolsillo. Tenía la sensación de que eso no pasaría esta vez. Anaklusmos había sido consumida, succionada dentro del cuerpo de Setne junto a los ladrillos, vidrios rotos y un poco de metros cúbicos de césped.

—Por lo menos no es quisquilloso a la hora de comer —dijo Leo en un intento de broma.

Setne levantó las palmas.

—Lo siento por eso.

—Este tío me cae mal —declaró Percy enfurruñado.

Soy una deidad en crecimiento. Necesito mi nutrición... —Inclinó la cabeza como si estuviera escuchando algo en la tormenta—. Percy Jackson. Interesante. Y su amiga, Annabeth Chase. Ustedes dos han tenido algunas aventuras interesantes. ¡Ustedes me alimentarán demasiado!

Todos abrieron los ojos asombrados.

—¿Cómo puede saber eso? —preguntó Hazel con sorpresa.

Annabeth luchó a sus pies.

—¿Cómo sabes nuestros nombres?

—Oh, puedes saber mucho de una persona al devorar su más preciada posesión.

—Escalofriante —susurró Jason.

—Setne palmó su estómago—. Ahora si no les importa, de verdad necesito consumirlos a ambos. ¡Pero no se preocupen! Su esencia vivirá por siempre aquí... cerca de mi, eh, páncreas, creo.

—Eso si que es escalofriante —replicó Frank.

—Y asqueroso —añadió Piper.

Deslicé mi mano en la de Annabeth. Después de todo lo que habíamos pasado, no iba a permitir que nuestras vidas terminaran de esta manera, devorados por un dios imitador de Elvis con un sombrero pastillero.

—¿De dónde te vienen esas ideas, Sesos de algas? —le preguntó Annabeth en voz baja con una sonrisa divertida.

—Ni idea —respondió Percy con sinceridad.

Pensé en mis opciones: ataque directo o retirada estratégica. Quería golpear a Setne directamente en sus ojos delineados, pero si pudiera llevar a Annabeth a la costa podríamos saltar en el puerto. Siendo hijo de Poseidón, tendría ventaja bajo el agua. Podríamos reagruparnos, tal vez volver con una docena de nuestros amigos semidioses y artillería pesada.

—Es un buen plan. Pero contra Setne en ese estado, no sé hasta que punto es bueno —murmuró Zia.

Antes de que me pudiera decidir, algo, completamente al azar cambió la ecuación.

Un camello, tamaño adulto cayó del cielo y le cayó de lleno a Setne, aplastándolo.

—¿Un camello?

—¡Hindenburg! —exclamó Sadie encantada.

—¡Sadie! —gritó Annabeth.

Por una fracción de segundo, creí que estaba llamando Sadie al camello.

Carter apartó la mirada del libro y miró a su hermana.

—Pues no hay mucha diferencia.

No hace falta decir que Sadie le dio un puñetazo en el brazo, mientras bufaba.

Entonces me di cuenta de que Annabeth miraba hacia la tormenta, donde dos halcones volaban en espiral sobre el patio.

—¡Ya era hora de que apareciésemos! —exclamó Sadie, levantando las manos hacia el techo de madera.

El camello gruñó y se tiró un pedo, lo que me hizo apreciarlo aún más.

—Hindenburg sin duda —declaró Walt solemnemente.

Desafortunadamente no tuvimos tiempo de hacernos amigos. El camello abrió los ojos, alarmado y se disolvió en arena.

Sadie parpadeó unos segundos.

—¡Eh! —dijo con tono indignado—. A ver que le parece a Setne cuando destruya su camello con problemas intestinales.

—Creo que solamente tú tienes un camello con problemas intestinales, Sadie —replicó Zia.

Setne salió de la pila de polvo. Su corona torcida. Su chaqueta de cuero negro cubierta en pelusa de camello, pero se veía intacto.

—Y no creo que le moleste que su ropa se estropee —dijo Piper.

—Eso fue descortés. —Miró a los dos halcones que se lanzaron contra él—. No tengo tiempo para esta ridiculez.

—Nosotros menos. Así que estaría bien que te murieses de una vez —señaló Percy, que aún seguía molesto (y preocupado) por la espada.

Justo cuando los pájaros estaban a punto de desgarrarle el rostro, Setne despareció en un torbellino de lluvia.

Los halcones aterrizaron y se transformaron en dos adolescentes humanos. A la derecha estaba mi amigo Carter Kane, luciendo casual en su pijama de combate de lino color beige

—Tenemos que hacer algo con eso —dijo Sadie seriamente—. Parecemos dos idiotas yendo con eso. Aunque tú, Carter, ya lo pareces.

, con una varita curva de color marfil en una mano y una espada con hoja de media luna en la otra. En la izquierda estaba una chica rubia un poco más joven, quien asumí era su hermana, Sadie. Ella tenía un pijama de lino negro, rayitos naranjas en su cabello, un báculo de madera blanco y botas de combate salpicadas de barro.

Físicamente, los dos hermanos lucían para nada iguales.

—Nos lo han dicho... muchas veces —declararon los dos hermanos a la vez, antes de mirarse con el ceño fruncido—. ¡No me imites!

La tez de Carter era cobriza, su cabello era negro y rizado. Su ceño pensativo irradiaba seriedad. Por el contrario, Sadie era de piel clara con ojos azules y una sonrisa torcida tan llena de maldad que yo la habría pasado como un hijo de Hermes en el Campamento Mestizo.

—No le des ideas, que ésta es capaz de colarse allí —dijo Zia, lanzándole una mirada de advertencia a Sadie.

Por otra parte, yo tenía cíclopes y tritones de dos colas como hermanos. No iba a comentar sobre la falta de semejanza de los niños Kane.

—Creo que tú si que tienes cosas que comentar —bufó Leo, mirando a Percy.

Annabeth suspiró con alivio.

—Estoy tan contenta de verte.

Ella le dio a Sadie un gran abrazo.

Carter y yo nos miramos el uno al otro.

—Oye, hombre —dije—. No voy a abrazarte.

—Tampoco te lo iba a pedir —replicó Carter.

—Eso está bien —dijo Carter—. Siento llegar tarde. Esta tormenta estuvo arruinando nuestro localizador mágico.

Asentí como si supiera lo que era un localizador mágico.

—Creo que ni Annabeth sabe lo que es —señaló Jason.

—Solamente una idea aproximada —reconoció la hija de Atenea.

—Así que este amigo tuyo, Setne... él es una especie de trapo sucio.

—Eso es solo la punta del iceberg —replicó Zia.

Sadie resopló.

—No sabes ni la mitad. ¿No te dio un útil monólogo de villano? Revela sus malvados planes, dice lo que va a hacer a continuación ¿ese tipo de cosas?

—Hubo un intento algo raro de hacerlo —dijo Hazel con el ceño fruncido.

—Bueno, él usó ese pergamino, el Libro de Tot —dije—. Llamó a una diosa cobra, devoró su esencia y le robó el sombrero rojo.

—¡Dios mío! —Sadie miró a Carter—. La corona del Alto Egipto será la próxima.

Carter asintió.

—Y si se las arregla para poner las dos coronas juntas...

—Se volverá inmortal

—Y eso es muy malo —señaló Frank.

—adivinó Annabeth—. Un dios recién hecho. Luego comenzará a aspirar toda la magia griega y egipcia del mundo.

—Eso es todavía más malo —añadió Jason.

—También robó mi espada —dije—. La quiero de vuelta.

Los tres se quedaron mirándome.

—¿Qué? —dije—. Me gusta mi espada.

—Me ha sido útil muchas veces —reconoció Percy.

Carter envainó su espada curva Jopesh y su varita en su cinturón.

—Dinos todo lo que pasó. Con detalles.

Mientras hablábamos, Sadie murmuró algún tipo de hechizo, y la lluvia se dobló a nuestro alrededor como si estuviéramos bajo un gigante paraguas invisible. Buen truco.

—Seguramente Lou Ellen y los de Hécate estarían encantados de saber ese hechizo... aunque de mucho no les sirva —declaró Annabeth.

Annabeth tiene la mejor memoria,

—Ni lo dudamos —dijeron los griegos y los romanos a la vez, sonrojando a la chica.

así que ella hizo la mayor parte de la explicación sobre nuestra pelea con Setne... aunque llamarla una pelea era generoso.

—Más bien fue un "Mirad como apalizo a estos dos semidioses idiotas mientras estoy vestido como Elvis" —corroboró Leo.

Cuando terminó, Carter se arrodilló y trazó algunos jeroglíficos en el barro.

—Si Setne consigue el hedjet, estamos acabados —dijo—. Él formará la corona de Ptolomeo y...

—Espera —dije—. Tengo poca tolerancia para nombres confusos. ¿Me puedes explicar que está pasando en, como, palabras normales?

—Y si es con dibujitos, mejor —añadió Percy.

Carter frunció el ceño.

—El pschent es la doble corona de Egipto. ¿De acuerdo? La mitad inferior es la corona roja, la deshret. Representa el Bajo Reino. La mitad superior es la hedjet, la corona blanca del Alto Reino.

—Si las usas juntas —añadió Annabeth—, significa que eres el faraón de todo Egipto.

—Excepto que en este caso —dijo Sadie—, nuestro feo amigo Setne está creando una muy especial pschent... la corona de Ptolomeo.

—De acuerdo —Seguía sin entenderlo,

Todos rodaron los ojos.

pero sentía como que al menos debía pretender seguirlo—. ¿Pero no era Ptolomeo un tipo griego?

—Lo era —confirmó Annabeth. Justo cuando se iba a lanzar a dar una explicación detallada sobre Ptolomeo y la conquista de Alejandro Magno en Egipto, Carter la cortó.

—Lo explico ahora... en el libro.

—Sí —dijo Carter—. Alejandro Magno conquistó Egipto. Luego de su muerte, su general Ptolomeo lo tomó y trató de mezclar la religión griega y la egipcia. Se proclamó así mismo dios-rey, como los viejos faraones, pero Ptolomeo iba un paso más allá. Él usó la combinación de magia griega y egipcia para tratar de hacer inmortal. No funcionó, pero...

—Setne tiene la fórmula perfecta —adiviné—. Ese Libro de Tot le da alguna magia prima.

—Eso es —confirmó Carter.

Sadie me aplaudió.

—Creo que lo tienes. Setne recreará la corona de Ptolomeo, pero esta vez lo hará bien, y se convertirá en un dios.

—Lo que es malo —dije

Annabeth tiró pensativamente de su oreja.

Percy sonrió ante el gesto de su novia. Sabía que en ese momento la mente de Annabeth estaba trazando un montón de planes de batalla.

—Así que... ¿quién era la diosa cobra?

—Uadyet —dijo Carter—. La guardiana de la corona roja.

—¿Y hay un guardia de la corona blanca? —preguntó.

—Nejbet.

Sadie chasqueó la lengua con disgusto.

—La expresión de Carter se tornó agria—, la diosa buitre. Ella no me agrada mucho,

—Pues a ti no hizo que el abuelo te persiguiera por Londres poseído por un dios babuino amante del rugby —replicó Sadie.

pero supongo que tenemos que evitar que sea devorada.

Si no fuese porque el mundo se iría a la mierda, de buena gana dejaría que fuese devorada pensó Sadie oscuramente.

Ya que Setne necesita la corona del Alto Reino, él probablemente irá al sur por el siguiente ritual. Es como algo simbólico.

—¿Sur? —Leo se quedó sorprendido—. ¿La corona del Alto Reino no estaría al norte?

—Es por el Nilo —respondió Walt—. El río corre de sur a norte.

—Ah.

—¿No es usualmente al norte? —pregunté.

Sadie sonrió.

—Oh, eso sería muy fácil. En Egipto arriba es el sur, porque el Nilo corre de sur a norte.

—¿Para que me molesto en explicar? —se quejó Walt con una sonrisa divertida.

—Genial —dije—. Así que ¿qué tan lejos al sur estamos hablando?... ¿Brooklyn?

—¡Ni hablar! —exclamaron los egipcios. Lo último que les faltaba: un Setne con complejo de Elvis convirtiéndose en dios... Seguramente no habría nada más terrorífico.

¿Antártida?

—Estaría bien. Con un poco de suerte se le congela hasta el culo —dijo Sadie.

—Pero sería demasiado fácil... y ridículo —replicó Jason.

—No creo que tengamos que ir tan lejos —Carter se puso de pie y examinó el horizonte—. Nuestras sedes están en Brooklyn. ¿Y supongo que Manhattan es el centro de los dioses griegos? Hace mucho tiempo, nuestro tío Amos lo insinuó.

—Es verdad —murmuró Sadie, tras pensarlo un poco.

—Pues, sí —dije—. El Monte Olimpo se cierne sobre el edificio Empire State, así que...

—El Monte Olimpo... —Sadie parpadeó—, ...se cierne sobre el... Claro que lo hace. ¿Por qué no?

—A mí me hubiese sorprendido más que el Monte Olimpo no estuviese sobre el Empire State —dijo Zia.

Creo que lo que mi hermano está tratando de decir es que si Setne quiere establecer una nueva escala de poder, mezclando lo griego y lo egipcio...

—Él va a encontrar un lugar entre Brooklyn y Manhattan —dijo Annabeth—. Como justo aquí, en la Isla de los Gobernadores.

—Era de suponer, ya que Setne estaba allí desde el principio —señaló Hazel.

—Exacto —dijo Carter—. Él necesitará dirigir el ritual para la segunda corona desde el sur de ese punto, pero no tiene que ser muy al sur. Si yo fuera él...

—Y estamos contentos de que no lo eres —dije.

—Aunque al nivel de chistes malos está a la par con Setne —dejó caer Sadie.

—... Me quedaría en la Isla de los Gobernadores. Ahora estamos en el extremo norte, así que...

Miré al sur.

—¿Alguien sabe que está en el otro extremo?

—Nunca he estado ahí —dijo Annabeth—. Pero creo que hay una área de picnics.

—Área de picnics —confirmó Leo. Le miraron y él bajó un poco la cabeza—. Estuve una vez allí. Hace años... con mi madre...

Carter siguió leyendo. No sabía exactamente lo que le había ocurrido a la madre de Leo. Pero por la expresión del resto de semidioses y la voz de Leo, podía suponer que ya no se encontraba con vida.

—Encantador. —Sadie levantó su báculo. La punta se encendió con fuego blanco—. ¿A alguien le apetece un picnic en la lluvia?

—Ese tipo de picnics me gustan —respondió Percy con una sonrisa.

—Setne es peligroso —dijo Annabeth—. No podemos ir a la carga. Necesitamos un plan.

—Ella tiene razón —dijo Carter.

—Como que me gusta lo de ir a la carga —dije—. La velocidad es la esencia, ¿no?

—Tú y yo vamos a ser grandes amigos, Jackson —declaró Sadie.

—Gracias —murmuró Sadie.

—Ser inteligente también es la esencia —dijo Annabeth.

—Exacto —dijo Carter—. Tenemos que pensar como atacar.

Percy y Sadie rodaron los ojos.

—Lo siento por ti —dijeron a la vez.

Sadie puso sus ojos en mí.

—Justo como me temía. Estos dos juntos... nos van a hacer pensar hasta morir.

—Pensar de vez en cuando no hace daño —replicó Annabeth.

Me sentía de la misma manera, pero Annabeth estaba poniendo esa molesta mirada de tormenta en sus ojos

—Estás muerto, Jackson —declararon todos los hombres.

—Vaya ánimos —murmuró el hijo de Poseidón.

y, desde que salgo con Annabeth, pienso que es mejor sugerir un acuerdo.

—Veo que te tengo bien enseñado —sonrió Annabeth, dándole un beso en la mejilla.

—¿Qué tal si planeamos mientras caminamos? —dije—. Podemos cargar hacia el sur, como, realmente lento.

—Es una buena opción —dijo Frank.

—Trato —dijo Carter.

Nos dirigimos por la carretera de la antigua fortaleza, más allá de algunos edificios de ladrillo que podrían haber sido habitaciones de oficiales en sus días. Nos abrimos paso a través de una extensión empapada de campos de fútbol. La lluvia seguía cayendo, pero el paraguas mágico de Sadie viajó con nosotros, manteniendo lo peor de la tormenta lejos.

—Si no se moviese sería un asco —declaró Sadie, encogiéndose de hombros.

Annabeth y Carter compararon notas de investigación que habían hecho. Hablaron de Ptolomeo y la mezcla de magia griega y egipcia.

En cuanto a Sadie, no parecía interesada en la estrategia. Ella saltó de charco en charco con sus botas de combate. Tarareaba por si misma, giraba como una niña pequeña y de vez en cuando sacaba cosas al azar fuera de su mochila: figuritas de cera de animales, algo de cuerda, un trozo de tiza, una brillante bolsa amarilla de dulces.

—Esa es mi estrategia: destruir al malo —dijo Sadie con tranquilidad.

Ella me recordaba a alguien...

Sadie frunció el ceño.

Entonces se me ocurrió. Parecía una versión más joven de Annabeth, pero su inquietud e hiperactividad me recordó a... bueno, a mí. Si Annabeth y yo alguna vez tuviéramos una hija, ella podría ser muy parecida a Sadie.

—¿Estás pensando en eso? —preguntó Leo con sorpresa.

—Pues... eso parece —respondió Percy sonrojado profundamente al igual que Annabeth.

Whoa.

No es como si nunca hubiera soñado con niños antes.

El sonrojo de Percy aumentó.

Quiero decir, cuando sales con alguien por más de un año, la idea va a estar en la parte posterior de tu mente en algún punto, ¿no?

A excepción de Leo, todos miraron a sus respectivas parejas. Visto así, Percy tenía algo de razón.

Pero aún así, tengo apenas diecisiete años. No estoy preparado para pensar demasiado en serio acerca de cosas por el estilo.

—No creo que muchos adolescentes lo hagan —señaló Annabeth.

Además, soy un semidiós. En el día a día, estoy ocupado tratando de mantenerme con vida.

Sin embargo, mirando a Sadie, podría imaginar que algún día tal vez tendría una niña que luciría como Annabeth y actuaría como Annabeth y actuaría como yo, un pequeño y lindo demonio semidiós, pisando los charcos y aplanando monstruos con camellos mágicos.

—Será una niña estupenda si se parece a mí —declaró Sadie con una sonrisa radiante.

—No lo creo —murmuró Carter en voz baja.

Debo de haber estado mirando, porque Sadie me frunció el ceño.

—¿Qué?

—Nada —dije rápidamente.

Carter me dio un codazo.

—¿Estabas escuchando?

—Sí. No. ¿Qué?

Annabeth suspiró.

—Típica respuesta de Perseus Jackson —declaró la chica.

Annabeth suspiró.

—Percy, explicarte cosas a ti es como hablarle a un jerbo.

—Creo que el jerbo lo hubiese entendido —replicó Jason.

—Oye, listilla, no empieces conmigo.

—Como sea, sesos de alga. Solo estábamos diciendo que tendremos que combinar nuestros ataques.

—Combinar nuestros ataques... —palmeé mi bolsillo, pero Anaklusmos no había vuelto a aparecer en forma de pluma.

Percy soltó un suspiró.

No quería admitir lo nervioso que me puso.

Claro, tenía otras habilidades. Podría hacer olas (literalmente) y ocasionalmente incluso preparar un buen huracán espumoso.

—Eso mola bastante —declaró Frank.

Pero mi espada era una gran parte de lo que yo era. Sin ella, me sentía paralizado.

—¿Como combinamos ataques?

Carter tenía un brillo travieso en sus ojos que le hacían parecer más como su hermana.

—Sabía que tú también tendrías que tener tu lado malo, hermanito —sonrió Sadie ampliamente.

—Usamos la estrategia de Setne contra él. Él estaba usando magia híbrida... griega y egipcia juntas, ¿verdad? Nosotros hacemos lo mismo.

—Creo que sería la mejor combinación para hacer —murmuró Hazel, pensativa.

Annabeth asintió.

—Ataques de estilo griego no funcionarán. Ya viste lo que Setne hizo con tu espada. Y Carter está bastante seguro de hechizos egipcios regulares no serán suficientes, tampoco. Pero si podemos encontrar una manera de mezclar nuestros poderes...

—¿Sabes cómo mezclar nuestros poderes? —pregunté.

—Tengo una idea —sonrió Sadie.

Los zapatos de Carter aplastaron el lodo.

—Bueno... no exactamente...

—Oh, por favor —dijo Sadie—. Eso es fácil. Carter, dale tu varita a Percy.

—Es una buena idea —admitió Carter, sabiendo por donde iba la cosa.

—¿Por qué?

—Solo hazlos, querido hermano. Annabeth, ¿te acuerdas de cuando luchamos contra Serapis?

—Muy buena idea —declaró Annabeth con una sonrisa.

—¡Es verdad! —Los ojos de Annabeth se iluminaron—. Agarré la varita de Sadie y se convirtió en una daga de bronce celestial, igual que a la anterior. Era capaz de destruir el ejército de Serapis. Tal vez podamos crear otra arma griega de una varita egipcia. Buena idea, Sadie.

—Salud. Ves, yo no necesito pasar horas planeando e investigando para ser brillante. Ahora, Carter, por favor.

Tan pronto como tomé la varita, mi mano se cerró como si me hubiera agarrado a un cable eléctrico. Espigas de dolor se dispararon por mi brazo. Traté de dejar caer la varita, pero no pude. Las lágrimas llenaron mis ojos.

—Por cierto —dijo Sadie—, esto puede doler un poco.

—Creo que la advertencia ha llegado tarde —dijo Piper con una mueca de dolor.

—Gracias. —Apreté los dientes—. Un poco tarde la advertencia.

El marfil comenzó a arder. Cuando el humo se disipó y la agonía se calmó, en lugar de una varita estaba sosteniendo una espada de bronce celestial que definitivamente no era Anaklusmos.

—Raro... con Annabeth se convirtió en una replica de su daga, ¿no? —preguntó Walt.

—Creo que tiene que ver con que la espada de Percy tiene propiedades mágicas —murmuró Annabeth de forma pensativa.

—¿Qué es esto? —pregunté—. Es enorme.

Carter silbó por lo bajo.

—He visto de esas en los museos. Esa es una kopis.

—Normal que le haya salido esa espada —dijo Zia—. Una espada de origen egipcio que los griegos adaptaron.

Sospesé la espada. Como muchas que he intentado, no se sentía bien en mis manos. La empuñadura era demasiado pesada para mi muñeca. La hoja de un solo filo tenía una curva torpe, como un cuchillo de gancho gigante. Intenté un golpe y casi pierdo el equilibrio.

Percy hizo una mueca, recordando sus primeros días en el Campamento Mestizo y la cantidad de espadas que tuvo que probar en ese momento.

—Ésta no se parece a la tuya, —le dije a Carter—. ¿La tuya no se llama kopis?

—La mía es una jopesh —dijo Carter—. La versión original egipcia. Lo que estas sosteniendo es una kopis... un diseño griego adaptado del original egipcio. Es la clase de espada que los guerreros de Ptolomeo han utilizado.

—En el fondo te va perfecta —admitió Annabeth.

Miré a Sadie.

—¿Está tratando de confundirme?

—No —dijo alegremente—. Es confuso, sin intentarlo.

—Bueno, lo entiendo. Yo tengo a Annabeth.

—Idiota —murmuró la rubia con una sonrisa divertida.

Carter se golpeó con la palma de la mano la frente.

—Eso ni siquiera era confuso. ¿Cómo fue eso...?

—Es así —dijo Annabeth de forma tranquilizadora.

Olvídalo. Percy, lo importante es, ¿puedes luchar con la espada?

Balanceé a kopis a través del aire.

—Siento como que estoy usando un cuchillo de carnicero, pero lo voy a tener que hacer.

—Básicamente porque no tienes otra arma —señaló Jason.

¿Qué pasa con las armas para ustedes?

Annabeth frotó los dijes de arcilla en su collar, de la forma en que lo hace cuando está pensando. Se veía hermosa. Pero estoy divagando.

—Mucho.

—Sadie —dijo—, esos hechizos con jeroglíficos que utilizaste en Rockway Beach... ¿cuál hizo la explosión?

—Cómo lo diga ahora y todo explote, vaya gracia que me hará —dijo Leo con una sonrisa divertida.

—Se llama... bueno, no puedo decir realmente la palabra sin hacerte estallar.

—Mejor no lo digas —dijo Annabeth con un escalofrío.

Espera. —Sadie rebuscó en su mochila. Sacó una hoja de pergamino amarillo, un lápiz y un bote de tinta. Supongo que por el lápiz y el papel sería uno no-egipcio. Se arrodilló, con su mochila como escritorio improvisado, y garabateó en letras normales: HA-DI.

—Ese es un buen hechizo. —Carter estuvo de acuerdo—. Les podríamos mostrar el jeroglífico para ello, pero a menos que sepan cómo decir las palabras de poder...

—No hay necesidad —dijo Annabeth—. ¿La frase significa explotar?

—Más o menos —dijo Sadie.

—¿Puedes escribir el jeroglífico en un rollo sin activar el ka-boom?

—En efecto. El rollo almacenará la magia para más adelante. Si puedes leer la palabra desde el pergamino... bueno, eso es incluso mejor. Más ka-boom con menos esfuerzo.

—Es como un videojuego —murmuró Leo. Al ver que varios lo miraban, se apresuró a explicarse—. En algunos videojuegos tienes una barra de magia que se va agotando a medida de que la usas. Pero puedes tener objetos que tengan hechizos dentro, y así usarlos sin perder magia.

—Correcto. Buena forma de explicarlo —sonrió Sadie.

—Bueno —dijo Annabeth—. ¿Tienes otro pedazo de pergamino?

—Annabeth —dije—. ¿Qué estás haciendo? Porque si estás jugando con palabras que estallan...

—No me gusta que juegues con palabras que estallan —murmuró Percy.

—Relájate —dijo—. Yo sé lo que estoy haciendo. Más o menos.

—¡Eso no me relaja! —chilló Percy.

Annabeth rodó los ojos.

Se arrodilló junto a Sadie, quien le dio una hoja de pergamino.

Annabeth tomó el lápiz y escribió algo en griego antiguo:

Keraunoh

—¿Explosión? —preguntó Percy.

Al ser disléxico, tenía suerte si podía reconocer palabras en inglés, pero al ser un semidiós, el Griego Antiguo estaba configurado en mi cerebro.

—Ke-rau-noh, —dije—. ¿Explosión?

—Soy tan bueno, que ya sé lo que diré en el futuro.

Annabeth me dedicó una pequeña sonrisa.

—El término más cercano que se me ocurre. Literalmente significa bombardear con relámpagos.

—Oh —dijo Sadie—. Me gusta bombardear cosas con relámpagos.

—Y con fuego...

—Con agua...

—Con queso...

—¡Ya lo pillo! —exclamó Sadie mirando mal a Carter, Zia y Walt.

Carter se quedó viendo el pergamino.

—¿Piensas que podríamos invocar una palabra del Griego Antiguo de la misma manera que lo hacemos con los jeroglíficos?

—Es una opción a tener en cuenta —dijo Zia, encogiéndose de hombros. Siendo sinceros, ella no esperaba mucho de todo eso. Esperaba equivocarse.

—Vale la pena intentarlo —dijo Annabeth—. ¿Quién de los dos es mejor con ese tipo de magia?

—Sadie.

—Yo.

—Sadie —dijo Carter—. Yo soy mejor como mago de combate.

—Modo de pollo gigante —recordé.

—Al final voy a pillar un trauma con eso —se quejó Carter.

—Amigo, mi avatar es un guerrero con cabeza de halcón.

—Aún sigo pensando que podrías llegar a un acuerdo publicitario con KFC. Podrías ganar mucho dinero.

—¿Lo ves, Carter? ¡No soy la única que lo piensa! —exclamó Sadie.

—Eso no me tranquiliza mucho —replicó Carter.

—Desistan, ustedes dos. —Annabeth le alcanzó el pergamino a Sadie—. Carter, hagamos un cambio. Yo tendré tu jopesh, y tú puedes tener mi gorra de los Yankees.

Ella le lanzó la gorra.

—Creo que acaban de cambiar una espada por una gorra de los Yankees que puedes encontrar en cualquier tienda de deportes —señaló Piper, completamente sorprendida.

—Por lo general lo mío es el baloncesto, pero... —Carter se puso la gorra y desapareció—. Guau, está bien. Soy invisible, ¿verdad?

Sadie aplaudió.

—Nunca te habías visto mejor, hermanito.

Carter le dirigió una mirada molesta.

—Que graciosa.

—Lo sé —dijo Sadie con arrogancia.

—¡No era un halago! —exclamó Carter.

—Si puedes escabullirte hacia Setne —sugirió Annabeth—, podrías tomarlo por sorpresa, arrebatarle la corona.

—Pero nos dijiste que Setne pudo verte, incluso cuando eras invisible —dijo Carter.

—Siendo así no es buena idea que Carter lo use —señaló Hazel.

—Esa fui yo, —dijo Annabeth—, una griega usando magia griega. Para ti, quizás funcione, o al menos de otra manera.

—Esperemos que tengas razón —pidió Zia.

—Carter, inténtalo —dije—. Lo único que es mejor que un hombre pollo gigante es un hombre pollo gigante invisible.

—Sobre todo si el hombre pollo gigante es mi hermano —añadió Sadie.

De pronto, el suelo tembló bajo nuestros pies.

Cruzando los campos de fútbol, hacia la costa de la isla, un brillo blanco iluminó el horizonte.

—Eso no puede ser bueno —dijo Annabeth.

—Normalmente los temblores no son buenos —replicó Frank.

—No —dijo Sadie en acuerdo—. Quizás deberíamos ir un poco más rápido.

—O bastante más rápidos —señaló Leo.

Los buitres estaban teniendo una fiesta.

—Buitres y festín no deberían ir juntos —murmuró Jason.

Más allá de una línea de árboles, un campo lodoso se estiraba hacia el borde de la isla. En la base de un pequeño faro, una cuantas mesas se acurrucaban como si buscaran refugio. Cruzando el puerto, la Estatua de la Libertad brillaba el la tormenta, con nubes pasando a su lado como olas en la proa de un barco.

En medio de las mesas, seis zopilotes negros giraban en la lluvia, rodeando a nuestro amigo Setne.

El mago estaba estrenando un nuevo atuendo. Ahora vestía una chaqueta roja, supongo que para que haga juego con su corona roja.

—Vale... plan de estropearle la ropa, falló —murmuró Leo en voz baja.

Sus pantalones de seda brillaban en negro y rojo. Sólo para asegurarse de que su aspecto no era demasiado discreto, sus mocasines estaban totalmente cubiertos de diamantes de imitación.

—Vale... ¿podemos matar ya al tipo ése? —preguntó Piper con un brillo maniático en sus ojos.

—Tío, tu novia se parece cada vez más a una hija de Afrodita —le susurró Leo a Jason, quien asintió con temor.

Se agitaba con el Libro de Tot, entonando una especie de hechizo, de la misma manera que lo habla hecho en el fuerte.

—Está invocando a Nejbet —murmuró Sadie—. En serio preferiría no verla de nuevo.

—Por eso propongo matarlo antes de que la invoque. ¿Quién está conmigo?

Todos levantaron la mano.

—¿Qué clase de nombre es trasero de cuello? —pregunté.

Sadie rió bajo.

—Yo la llame así la primera vez que la vi. Pero, la verdad es que ella no es muy amable. Poseyó a mi abuela, me persiguió a través de Londres...

—Una tipa muy molesta, por lo que veo —dijo Annabeth.

—Entonces, ¿cuál es el plan? —preguntó Carter—. ¿Quizás una maniobra de flanqueo?

—O podemos intentar una distracción... —dijo Annabeth.

—¡A la carga! —Sadie se precipitó hacia el claro, con su báculo en una mano y el pergamino griego en la otra.

Walt levantó una mano, como si estuviesen en medio de una clase.

—¿Permiso para que me dé un ataque? —pidió.

—Denegado —replicó Sadie con una sonrisa divertida.

Miré a Annabeth.

—Tu nueva amiga es increíble.

Entonces seguí a Sadie.

—¿Me puede dar un ataque a mí? —preguntó Annabeth.

—No.

Mi plan era bastante simple, correr hacia Setne y matarlo.

—No le veo el problema —dijo Frank.

Incluso con mi nueva y más pesada espada, superé a Sadie. Dos buitres se lanzaron hacia mí. Los corté en el aire.

Estaba a un metro de Setne, imaginándome la satisfacción de cortarlo por la mitad, cuando se giró y se dio cuenta. El mago se desvaneció, y mi espada cortó el aire.

Percy soltó un resoplido.

—Eso es jugar sucio —se quejó como un niño pequeño.

Tropecé, sin equilibrio y molesto.

Tres metros hacia mi izquierda, Sadie golpeó a un buitre con su báculo. El ave explotó y se convirtió en arena blanca. Annabeth vino corriendo hacia nosotros, lanzándome una de esas miradas molestas, como si dijera, si haces que te maten, te mataré.

—Aún no sé como lo harás, pero sé que lo harás —dijo Percy con un escalofrío.

Carter, siendo invisible, no estaba en ningún lugar que lo viera.

—Si lo vieses siendo invisible, no tendría ningún sentido —señaló Zia.

Con una saeta de fuego blanco, Sadie hizo explotar a otro buitre en el aire. Las aves restantes se dispersaron en la tormenta.

Sadie escaneó el campo en busca de Setne.

—¿Dónde está ese Viejo fastidioso?

El viejo fastidioso apareció justo detrás de ella.

—Ahí lo tienes —señaló Piper.

—Odio que haga eso —se quejó Sadie.

Pronunció una sola palabra de su pergamino de sorpresas desagradables, y el suelo explotó.

—Eso... tiene que doler —comentó Leo con una mueca de dolor.

Cuando recobré el sentido, seguía de pie, lo cual era un pequeño milagro.

—Que tenga esa suerte es muy raro —murmuró Percy sacudiendo la cabeza—. Y me parece que la cosa no va bien.

La fuerza del hechizo me había empujado lejos de Setne, así que mis zapatos se atascaron en el lodo.

Miré hacia arriba, pero no podía hallarle el sentido a lo que estaba viendo. Alrededor de Setne, la tierra se había fraccionado en un anillo de tres metros de diámetro, abierto como una vaina de semillas. Penachos de tierra se habían esparcido hacia afuera y estaban congelados en mitad del aire. Zarcillos de arena roja se enrollaban alrededor de mis pies y se agitaban contra mi rostro mientras se deslizaban en todas direcciones. Parecía que alguien había detenido el tiempo mientras arrojaba lodo rojo desde una ensaladera gigante.

Sadie estaba acostada en el suelo a mi izquierda, sus piernas enterradas bajo una sábana de lodo. Ella se resistía pero no podía liberarse. Su báculo estaba fuera de su alcance. Su pergamino era un trapo lodoso en su mano.

—Nuestro plan perfecto ha fallado —murmuró Sadie, sorprendida.

—¡¿Qué plan?! ¡Te has lanzado como una loca contra él! —exclamó Carter.

—Detalles sin importancia —replicó Sadie.

Di un paso hacia ella, pero los espirales de arena me lanzaron hacia atrás.

En algún lugar detrás de mí, Annabeth gritó mi nombre. Giré y la vi justo afuera de la zona de la explosión. Estaba tratando de entrar, pero los zarcillos la bloqueaban, moviéndose como brazos de pulpo.

—Parece que solamente nos ha atrapado a nosotros dos —comentó Percy.

—Y de Carter no tenemos ni idea —añadió Zia.

No había señales de Carter. Solo confiaba en que no había quedado atrapado en esta estúpida red de tierra flotante.

—Yo también lo espero —dijo la seguidora de Ra.

—¡Setne! —grité.

El mago se limpió las solapas de su chaqueta humeante.

—En serio deberías dejar de interrumpirme, semidiós. La corona deshret era originalmente un regalo para los faraones del dios Geb, sabes. ¡Puede defenderse sola con una magia de tierra espectacular!

Carter puso el marcador al libro y lo cerró.

—Por ahora lo dejamos aquí —murmuró mientras se frotaba la garganta.


Hola gente.

Séptimo episodio de este maravilloso fic (del que seguramente se acordara... nadie).

Tengo que reconocer que este fic tardo más en hacerlo. Así que ya sabéis el motivo por el que puedo tardar en publicar un nuevo capítulo. Pero bueno, disfrutar leyendo esto.

Se despide,

Grytherin18-Friki

PD: ¿Se nota que no tengo ni puta idea de que poner aquí al final?