Pokémon Reset Bloodlines – Gaiden de Lorelei
Por Fox McCloude.
Disclaimer: Pokémon y todos sus personajes son propiedad de Satoshi Tajiri y Nintendo. La historia de Reset Bloodlines pertenece a Crossoverpairinglover. Todos los derechos reservados.
Summary: Los inicios de la miembro del Alto Mando especialista en Pokémon de tipo Agua y Hielo. Cómo recibió su primer Pokémon, su primera captura, y un cierto encuentro muy particular...
Archipiélago Sevii, Isla Quarta…
Isla Quarta, una de las islas más pequeñas del archipiélago Sevii al sur de la región Kanto. Con el segundo pueblo más grande después del de Isla Tera, en este lugar se localiza además la Cueva Glaciada, una caverna helada con salida al mar, y rodeada de terreno muy escarpado que la hace un lugar único en todo el archipiélago, pues es el hogar de muchos Pokémon raros de tipo agua y hielo, aunque este lugar está muy restringido y solo a los lugareños se les permite entrar y salir libremente, bajo su propia responsabilidad. Y es en esta isla donde se inicia la historia de una de los miembros del Alto Mando de la región Kanto.
Una joven de catorce años, alta para su edad y de buena figura, con cabello rojo atado en una coleta enroscada detrás de su cabeza, caminaba tranquilamente hacia la parte noroeste del pueblo. Lorelei era una de las estudiantes más prominentes de la escuela local para entrenadores en la Isla Quarta. Solo le faltaban unos cuantos meses para cumplir sus quince y con eso poder conseguir legalmente su licencia como entrenadora. Sin embargo, para nadie era un secreto que entre su grupo de edad ella parecía ser la más habilidosa. Eso, combinado a su gran atractivo físico e inteligencia, la hacía extremadamente popular con la gente del pueblo, y todos esperaban que llegase a ser una gran entrenadora en muy poco tiempo. De hecho, aquel día, iba de camino a la guardería Pokémon local, pues la pareja dueña del lugar le tenía un pequeño regalo.
- Ah, Lorelei, viniste temprano. – la saludó el anciano, esperándola en la entrada.
- Buenos días. – saludó la pelirroja respetuosamente. – Vine solo porque los demás insistieron en que lo hiciera, además, habían dicho que ustedes tenían algo para mí.
- Solo si lo quieres, muchacha. Pasa, por favor.
Lorelei y el anciano entraron a la casa, dirigiéndose hacia el patio trasero. La guardería Pokémon era un sitio bastante importante en la isla, pues la mayoría, si no es que todos, los nuevos entrenadores usualmente conseguían su primer Pokémon en ese lugar (el otro lugar sería en la Cueva Glaciada si tenías a un amigo que quisiera ayudarte a capturar uno). Pasaron por varios estantes llenos de huevos de Pokémon en incubadoras, esperando al momento de nacer y conocer a los que serían sus nuevos entrenadores. Al llegar al patio trasero, la esposa del anciano le daba de comer a algunos de los Pokémon que jugaban por todo el lugar, mientras llevaba en brazos una incubadora como si fuese un niño recién nacido, y de hecho eso no estaba tan equivocada.
- Lorelei, así que viniste, qué gusto. – la saludó la anciana. – Imagino que tus amigos ya te dieron los detalles, ¿no es así?
- Vagamente. – respondió la pelirroja. – Todavía no estoy segura de esto, es decir, aún faltan unos meses para que consiga mi licencia de entrenadora Pokémon.
- Pero nadie duda que serás la primera, muchacha. No menosprecies tu talento. – dijo la anciana. – ¿Y qué daño hará que conozcas un poco más temprano a tu primer compañero?
La anciana alargó la incubadora, que estaba empezando a emitir un pitido que era la señal de que el huevo estaba a punto de eclosionar. Este huevo, de un tono blanco azulado claro, lo había puesto una Dewgong hembra que llevaban cuidando desde hacía años, y usualmente, para facilitar que se estableciera un lazo entre el entrenador y su Pokémon, lo mejor era que los dos se conocieran desde su nacimiento, así existía ese acercamiento inicial. Resignada pero a la vez ansiosa, Lorelei aceptó la incubadora, a medida que el pitido se aceleraba, dando la señal de que el huevo pronto eclosionaría.
- Y nosotros nos retiramos. – dijo el anciano. Para que una vez que el Pokémon naciera lo primero que viera fuese a su nuevo entrenador, lo mejor era dejarlos totalmente solos.
La pareja de ancianos se fue hacia el interior de la casa mientras Lorelei no podía más que sentarse a esperar. Para otros entrenadores, esto sería tan divertido como ver el pasto crecer, pero Lorelei siempre se había caracterizado por tener una personalidad relajada como el agua que fluye, así que no le importó. Sin duda que estaba ansiosa por conocer al que sería su nuevo y primer compañero. Finalmente, cuando la incubadora dio la señal, sacó el huevo de ella y lo sostuvo entre sus manos con mucho cuidado. El huevo empezó a resplandecer y lentamente fue haciéndose más grande, tomando una forma más definida: un cuerpo alargado y rechoncho que terminaba en una pequeña cola, unas aletas hacia los lados, y una cabeza redonda con un pequeño cuerno. El pequeño Seel abrió sus ojos negros por primera vez al mundo para encontrarse con la sonriente cara de su nueva entrenadora.
- Hola, Seel, bienvenido.
La pequeña foca empezó a chillar y a aplaudir con sus aletas alegremente, e inmediatamente estiró su lengua para lamerle la cara a su entrenadora cariñosamente. Esta no opuso ninguna resistencia, estaba encantada de que su nuevo compañero fuese así de cariñoso. Ya después de unos minutos, la pareja de ancianos finalmente pudo venir a verlos, y se mostraron muy complacidos de ver a la joven pelirroja con el pequeño Seel en brazos.
- Míralo, ¿no es adorable, querido? – dijo la anciana.
- Y tan pequeño. – agregó el anciano. – Pero sin duda crecerá para ser grande y fuerte, y más con nuestra querida Lorelei como su entrenadora, ¿verdad?
- Haré mi mejor esfuerzo. – dijo Lorelei, poniéndose de pie. – Entonces, ¿puedo llevármelo? Sé que todavía tendrán que cuidarlo hasta que consiga mi licencia de entrenadora, pero…
- Con toda confianza, muchacha. – interrumpió el anciano. – Es lo justo que pasen algunos días juntos para que se puedan acercar más. Y no se te olvide…
- Que tengo que llevarlo a nadar con frecuencia. Sí, ya lo sé. – aseguró Lorelei. – Muchísimas gracias, significa mucho que hagan esto por mí.
- Conviértete en una gran entrenadora y nos daremos por satisfechos, muchacha. – dijo el anciano.
Agradeciéndoles una vez más a la pareja por su regalo, Lorelei se dispuso a regresar a casa. Estaba ansiosa por mostrarles a sus otros amigos a su nuevo compañero, y además, tener a su propio Pokémon entre sus brazos se sentía… de algún modo, tal vez la palabra era "real", por decirlo así. Desde muy niña, ella había sido aficionada a coleccionar peluches de Pokémon de todas las formas y tamaños, de hecho tenía su dormitorio lleno de ellos, y uno era un Lapras que era lo bastante grande y mullido para acostarse a dormir la siesta en él. Por lo que ella sabía, se podían conseguir Lapras en la Cueva Glaciada, aunque eran extremadamente raros y difíciles de ver, pero ahora, se sentía un paso más cerca de lograrlo. Algún día, algún día no muy lejano, se adentraría en esa caverna helada y capturaría uno para ella. Ese sería su primer paso cuando se convirtiera en una entrenadora, se lo había prometido.
Un par de meses después…
Lorelei ciertamente se tomó su tiempo para acercarse a su nuevo compañero. Lo primero que hizo fue llevarlo al Centro Pokémon local para examinarlo, y le sorprendió bastante saber que entre los movimientos que conocía al nacer se encontraba nada más y nada menos que Lanza de Hielo, que sin duda sería muy útil. Sin embargo, Lorelei no tenía intenciones de ponerlo a pelear en batallas todavía ni mucho menos, por ahora solo se contentaba con mostrárselo a sus otros amigos. Todos estaban felices por ella, aunque algunos no pudieron evitar expresar algo de envidia de que a ella le dieran a su primer Pokémon por adelantado, más tratándose de uno tan adorable.
Aquel día, Lorelei se encontraba en la playa, vigilando a su pequeño amigo mientras este nadaba por allí, cuidando de que las corrientes no fueran a arrastrarlo. Habían pasado todo el día entrenando, tratando de perfeccionar la Lanza de Hielo y estar listos para las batallas una vez que Lorelei consiguiera su licencia de entrenadora, para lo cual ya faltaba muy poco. Finalmente, cuando decidió que era suficiente, lo llamó de vuelta para que regresaran a casa.
- Eso es, eres un buen chico. – dijo Lorelei, agachándose para acariciarle la cabeza. Y el pequeño Seel gustoso aceptó las caricias de su ya dentro de poco entrenadora, sin duda tenía un toque especial.
- Así que no eran solo rumores. – escuchó una voz detrás de ella. Lorelei ni siquiera tuvo que voltearse para saber de quién se trataba, reconocía de quién era esa voz perfectamente. Un viejo amigo de la infancia acababa de venir de visita.
- Frey, qué bueno verte. – le dijo.
El joven, cuyo nombre era Frey, había conseguido su licencia de entrenador poco más de un año antes y había emprendido su viaje apenas tuvo la oportunidad. Tenía el pelo de un azul-púrpura oscuro y ojos del mismo color, era dos años mayor que Lorelei y apenas un par de centímetros más alto que ella.
- Lo mismo digo. Creo que este último año ha sido muy generoso contigo, luces muy bien. – le dijo guiñándole el ojo.
- Siempre fuiste un adulador. – dijo Lorelei, aunque sonriendo de lado. – ¿Pasando de visita al pueblo?
- Sip, quise tomarme un pequeño descanso y venir a ver cómo estaban todos. Escuché por allí que decidieron darte tu primer Pokémon un poco antes de conseguir tu licencia. No es que me sorprenda, pero quise venir a verlo con mis propios ojos.
Lorelei recogió a su pequeño Seel para acercarse a Frey y mostrárselo de cerca. El muchacho lo miró de arriba abajo, evaluándolo. El año anterior, Frey fue el primero en su clase y todo apuntaba a que Lorelei se convertiría en su sucesora.
- Muy simpático, aunque todavía está algo pequeñín. – dijo. El pequeño Seel pareció ofenderse por este comentario, pero Frey al notarlo se rio para calmarlo. – Tranquilo, amiguito, es broma, es broma, sé que crecerás en poco tiempo muy grande y fuerte.
- Es de buena crianza. – dijo Lorelei. – Nació con el ataque de Lanza de Hielo, y he estado tratando de ayudarle a perfeccionarlo.
- Vaya, muero por verlo en acción. Y bien, ¿qué planes tienes cuando consigas tu licencia? Ya faltan… ¿qué, una, dos semanas?
- Pues lo primero que quiero hacer, es ir a la Cueva Glaciada. – dijo Lorelei. – Me gustaría capturar un Lapras allí. Después de eso, navegaré en él hacia el norte hacia la región Kanto para desafiar la Liga Índigo.
- Siempre con la vista al futuro, ese es el espíritu. – dijo Frey. – Aunque, si quieres capturar un Lapras, ¿para qué esperar a que consigas tu licencia?
- ¿A qué te refieres? – preguntó Lorelei. – Mi Seel todavía no está ni de cerca listo para una batalla, y sabes que no está permitido entrar en esa cueva sin un Pokémon para protegerte.
- Eso no es un problema si estoy yo aquí. – dijo Frey, tomando una de sus Pokébolas. Inmediatamente, Lorelei supo por dónde iba eso, La pelirroja se cruzó de brazos mirando a su amigo de la infancia de manera inquisitiva.
- Frey… te conozco desde que éramos niños. – le dijo con algo de frialdad. – ¿Qué es lo que quieres de mí?
- ¿Qué, tiene algo de malo que quiera ayudar a mi mejor amiga a hacer su primera captura por adelantado? – replicó inocentemente el muchacho.
- Frey, deja los rodeos. Sé que después querrás cobrarme el favor.
- Culpable. – dijo Frey resignado. – Está bien, hagamos algo. Ya que solo voy a estar por aquí unos días, te prometo que no te voy a pedir nada al menos hasta la próxima vez que nos volvamos a ver. ¿Te parece bien?
Lorelei seguía algo indecisa. Si bien Frey era un buen amigo suyo desde hacía años, todos en la isla conocían su costumbre de ayudar a otros y luego cobrar los favores cuando le era conveniente. De nuevo, usualmente sus demandas eran pequeñas y nunca era nada que la gente no pudiera permitirse o en momentos inapropiados, así que podía perdonárselo. Después de tomarse unos segundos para meditarlo, acordaron verse en la entrada de la Cueva Glaciada al día siguiente. Aunque Lorelei tuviera sus dudas, pues los Lapras eran raros y difíciles de ver adentro de esa cueva, Frey le aseguró que encontrarían uno "si sabían en dónde buscar".
A la mañana siguiente…
Cumpliendo con su promesa, Frey llevó a Lorelei al interior de la cueva helada, convenciendo a los centinelas que vigilaban la entrada de que Lorelei podía entrar estando con él. Ya que sería algo sencillo, Frey se llevó consigo a uno solo de sus Pokémon, dejando al resto en el Centro Pokémon. Lorelei, por su parte, sí se llevó a su Seel, pensando que no haría daño ganar un poco de experiencia allí dentro.
- Qué frío. – dijo Lorelei, sintiendo algo de envidia de su Seel. Por algo le llamaban Cueva Glaciada. Los dos habían tenido que rentar algo de ropa abrigadora para poder entrar allí, y aun así les daba frío. – ¿A dónde vamos exactamente?
- Al fondo de la cueva. – dijo Frey. – La razón por la que los Lapras son tan difíciles de conseguir es porque la mayoría de ellos nacen en la zona más profunda, y toman la salida hacia el mar una vez que se sienten lo bastante valientes para salir.
- Ya veo.
Lorelei entendió a lo que se refería. Aunque era la primera vez que entraba en la cueva, en la clase de geografía le mostraron un mapa completo, que sin duda sería muy útil para cuando decidiera aventurarse, y en efecto, por el norte la cueva tenía una salida hacia el mar a través de una larga cascada de agua. Era un camino de una sola vía, por supuesto, si bajabas por allí, no podías regresar de nuevo y tendrías que rodear para volver a la costa de la isla, a no ser que tuvieras un Pokémon capaz de subir cataratas, pero era muy conveniente para regresar más rápido al pueblo, especialmente dado el camino que había que seguir hasta llegar a ese punto.
Mientras caminaba detrás de Frey, Lorelei se quedó mirando a su alrededor. A pesar del frío, había una cierta belleza en ese lugar, por los cristales de hielo que se formaban por toda la cueva. De hecho, otra de las razones del atractivo de esta cueva, después de los Pokémon, era que en este lugar había unas formaciones de cristales que eran muy valiosos. Los lugareños los llamaban "Hielo Eterno", pues eran extremadamente fríos pero no se derretían como el hielo ordinario, sino que irradiaban cierto tipo de energía congelante, que en las proximidades de un Pokémon de tipo Hielo les daban un pequeño incremento de poder a sus ataques. Eran una excelente fuente de negocio para vender a los entrenadores, pues estos pagaban un buen dinero por uno de estos para dárselos a alguno de sus Pokémon, y los artesanos les daban muchas formas personalizadas como collares, brazaletes y demás, para que además de ser útiles pudieran verse bien.
- Muy bien, ahora tenemos que cruzar por aquí. No vayas a mirar abajo. – pidió Frey.
La parte que estaban atravesando ahora era un borde bastante estrecho, con apenas espacio para atravesar de lado. Lorelei de algún modo se las arregló para seguir el consejo, pero en un descuido, pisó una grieta y el piso se desmoronó bajo su pie, con lo que estuvo a punto de caer. Afortunadamente Frey consiguió agarrarla de la mano justo a tiempo.
- Cuidado. Un paso en falso aquí puede ser fatal. – le dijo.
- Gracias. – respondió ella, aliviada, mientras él la ayudaba a volver a subir.
Esta vez, Lorelei mantuvo la vista en donde pisaba para evitar caer de nuevo, hasta que finalmente llegaron a un área más amplia donde podían caminar con tranquilidad. Y cómo no, pronto vieron su verdadera razón de estar en ese lugar.
Un pequeño grupo de Lapras, media docena de ellos exactamente, estaba en ese lugar, aparentemente relajándose. Dos de ellos eran bastante grandes, mientras que los otros cuatro se veían apenas lo suficiente como para cargar a una o dos personas en su lomo, dando a entender que eran mucho más jóvenes. Para evitar espantarlos, se escondieron detrás de unas rocas, por ahora solo se conformarían con mirarlos.
- Vaya, parece que hoy estamos de suerte. – murmuró Frey. – Seis de ellos salieron de su escondite, tienes de donde escoger.
- Son muy lindos. – dijo Lorelei. – Pero me sentiría mal por atacarlos así.
- Oye, ¿quieres capturar uno o no? – puntualizó Frey. – Para eso vinimos, ¿recuerdas?
- Sí, pero…
Mientras discutían, los Lapras empezaron a moverse hacia uno de los pasajes que llevaban fuera de allí. Seguramente, se irían de vuelta a las profundidades de la cueva. Frey inmediatamente le dijo a Lorelei que mejor se movieran para poder alcanzarlos antes de perderlos de vista, pues no podían perder la oportunidad. A medida que se adentraban más y más, la temperatura parecía ir en descenso, e incluso con la ropa protectora que llevaban, todavía podían sentirlo. Ese era quizás uno de los motivos de que la mayoría de los entrenadores no se adentraran tanto, a menos que realmente quisieran con mucha fuerza algún Pokémon en particular.
Por fortuna para ellos, los Lapras se movían con mucha calma y no parecían tener mucha prisa, por lo que Lorelei y Frey pudieron seguirlos sin muchas complicaciones, además de que las zonas eran relativamente accesibles incluso para los humanos. No obstante, la pareja de amigos tuvo que escalar una meseta cuando no tuvieron ruta para seguirlos a pie, y cuando llegaron, ninguno se imaginó que sus prioridades iban a cambiar tan drásticamente, solo por toparse con algo, o más bien, con alguien.
El lugar donde habían llegado se sentía mucho más frío, y pronto se hizo evidente el por qué. Estaban en todo el centro de la caverna helada, donde residía la más grande de las formaciones de Hielo Eterno que se podía encontrar en ese lugar. Los cristales tomaban formas inimaginables, era un espectáculo digno de admirar, pero desde lejos, porque incluso con ropa abrigadora, era prácticamente imposible acercarse a esa formación sin sentir esa gélida atmósfera, y no podías tocarlo directamente con las manos desnudas sin sufrir mínimo quemaduras por congelación de primer grado.
Por lo cual, los dos estuvieron muy sorprendidos de ver que había alguien no solo la estaba tocando. Estaba tratando de arrancar un pedazo, por lo que podían ver. Con las manos desnudas.
- ¿Qué demonios? – fue lo que dijo Frey. – ¡Oye tú! ¡¿Qué crees que estás haciendo?!
La persona, quienquiera que fuese, pronto se percató de que no estaba sola. Lorelei y Frey corrieron para encararla, y rápidamente se percataron de varias cosas. Primero, era una mujer joven, tal vez unos dos o tres años mayor que ellos, con la piel extremadamente pálida, cabello de un blanco azulado corto, excepto por un largo mechón delgado que le caía por la sien izquierda. Segundo, definitivamente no era una de los lugareños, pues en una isla tan pequeña como esa, todos se conocían las caras. Y tercero, lo más sorprendente de todo, la chica no llevaba más ropa que un sostén deportivo, unos shorts extremadamente cortos y unos zapatos deportivos a juego. Tendría que haber muerto por hipotermia, pero no estaba temblando ni daba señales de siquiera verse afectada por el frío de la caverna. ¡Por Arceus, si hasta le había arrancado un pedazo al Hielo Eterno y lo sostenía ahora mismo con las manos desnudas!
- ¿Quién se supone que eres tú? – preguntó Frey.
- ¿Y cómo puedes estar aquí sin protección alguna sin estarte congelando? – agregó Lorelei. La chica apenas si llevaba ropa suficiente para preservar su modestia.
La desconocida no respondió, solo echó unos cuantos pasos hacia atrás, parecía tener intenciones de salir huyendo. Lorelei, sin embargo, no pudo evitar percatarse de que en los ojos de la chica parecía haber una mirada que parecía la de alguien confundido y asustado, aunque parecía estar controlando inusualmente sus nervios.
- ¿Qué haces con ese trozo de Hielo Eterno? – preguntó Frey.
- El Hielo Eterno de esta cueva le pertenece a los locales, no puedes entrar a robarlo. – le advirtió Lorelei.
- No lo entienden. Lo necesito. – replicó ella. – No quiero hacerles daño, solo dejen que me vaya y no molestaré a nadie.
- ¿En serio crees que te dejaremos escaparte así como así? – dijo Frey, sacando su Pokébola.
- Se los advierto, no estoy buscando peleas aquí.
- Pues qué lástima, porque ya encontraste una. – dijo Frey. – Aquí no nos gustan mucho los ladrones. Tal vez tenga que darte una pequeña lección.
Frey arrojó su Pokébola y dejó salir a su compañero. Extendiendo sus alas y soltando un rugido, el Charizard que emergió se colocó en posición amenazadora, esperando las órdenes de su entrenador. Pero ni él, ni Frey, ni Lorelei, se hubieran imaginado que la sola presencia de este Pokémon presionaría un gatillo en la desconocida, que con solo verlo, hizo que algo gélido, malvado y violento surgiera en su interior.
- Fuego… fuego… detesto el fuego…
La desconocida cerró los puños, y estos empezaron a emitir una bruma azulada. Pero eso no era nada comparado con el brillo azul helado que adoptaron sus ojos, el cual los distrajo de las estacas de hielo que empezaron a formarse alrededor de sus manos. Alzando las manos y bajándolas violentamente, arrojó las estacas como dardos hacia el Charizard de Frey, que solo reaccionó usando sus alas para cubrirse, pues obviamente no se esperaba ser atacado por un humano. Hecho esto, la chica de hielo se dio la vuelta y corrió en la dirección opuesta.
- ¡Charizard, detenla, que no escape! – gritó Frey, ya repuesto de la sorpresa inicial. El lagarto de tipo Fuego-Volador echó a volar en esa dirección para bloquearle el paso a la ladrona, pero esta no iba a dejarse detener tan fácilmente.
- ¡Fuera de mi camino! – exclamó, echando hacia atrás su puño mientras este se cubría con una capa de hielo, para luego darle un gancho hacia la quijada. Si fue que realmente lo golpeó con fuerza o la sorpresa de que pudiera hacer eso, el caso fue que resultó y le dio tiempo de alejarse de nuevo corriendo en la otra dirección.
- ¿Eso fue… un Puño de Hielo? – dijo Lorelei abriendo los ojos como platos.
- ¡Charizard, usa Lanzallamas y bloquéale el paso, pero no la lastimes! – ordenó Frey.
- ¡Char!
Charizard rugió y lanzó un chorro de fuego para cortarle la retirada. Cualquiera que fuese su aversión al fuego, decidieron aprovecharla, además como Charizard era capaz de volar, esa era otra ventaja. Sin embargo, la desconocida simplemente intentaba alejarse, sus reflejos eran bastante buenos y era capaz de moverse con gran agilidad. Finalmente en cuanto tuvo una oportunidad, Frey le ordenó sujetarla pero sin hacerle daño. Desde luego, la desconocida no iba a dejarse atrapar con tanta facilidad, y en lo que la agarró de inmediato comenzó a forcejear.
- ¡Suéltame! ¡Suéltame, te digo!
Pero Charizard no quiso soltarla, y la chica simplemente siguió forcejeando y pataleando tratando de liberarse. La fuerza del Pokémon era claramente superior, así que al no poder usar los brazos o piernas para quitárselo de encima, luchó por soltar una mano, en la cual generó una enorme estaca de hielo, y sin más se la clavó con fuerza en el brazo a Charizard.
- ¡CHAAAAAAAAARR!
Gritando del dolor por la traicionera puñalada, Charizard soltó a su prisionera. Pero antes de que pudiera recuperarse de la sorpresa, la desconocida dio otro par de puñetazos de hielo en el estómago para sacarle el aire (y el fuego), y si no tuviera suficiente, lo rodeó y comenzó a inhalar, centrando su mirada en la llama de la cola del Pokémon.
- ¿Qué estás haciendo? ¡Detente, no! – gritó Frey, teniendo un mal presentimiento y corriendo hacia la chica, pero ya era tarde.
Primero una Lanza de Hielo, después un Puño de Hielo, luego, y para rematar, un Aliento Helado. La chica era astuta, atacar la llama de Charizard directamente era una estrategia sucia pero dadas las circunstancias, y como (aparentemente) la chica no tenía ningún Pokémon consigo para pelear, ¿qué opciones tenía? A riesgo personal, Frey no iba a permitir que le hicieran eso a su compañero de ninguna manera, y la embistió con el hombro para que dejara de soplar cuando estuvo a punto de extinguirle la llama por completo a Charizard. El lagarto de fuego colapsó en el suelo, incapaz de seguir peleando, y ahora sin él, el objetivo más cercano era Frey.
- ¡APÁRTENSE DE MI CAMINO!
La chica siguió gritando con furia, lanzándose a darle golpes de hielo a Frey, que intentaba defenderse como podía, pero la chica era claramente superior, y finalmente, le dio un golpe que lo hizo caer hacia atrás. Con Frey en el suelo, la chica de hielo abrió la boca y empezó a soplarle encima su aliento helado. El chico no tuvo más opción que cubrirse con los brazos, tenía suerte de estar llevando ropa abrigadora, pero aun así sintió la corriente gélida y esta todavía le entumió las manos. Lorelei, que hasta ese momento estaba demasiado sorprendida por lo que estaba viendo, finalmente decidió actuar.
- ¡Seel, ayuda a Frey, usa Cabezazo! – gritó arrojando su Pokébola. El pequeño Seel salió de inmediato, y obedeciendo a su ama, se lanzó a darle un golpe a la aparente agresora. Al alejarla de Frey, inmediatamente Lorelei corrió hacia él para socorrerlo. – ¿Estás bien?
- ¿Qué rayos pasa con esta chica? – dijo Frey, poniéndose de pie. – ¿Cómo es que…?
Pero antes de terminar, la chica de hielo mandó a volar a Seel de un puñetazo, y volvió a formar unas estacas en sus manos, más grandes que la que usó antes para soltarse de Charizard. Se las arrojó en sucesión rápida una tras otra, atrapándolo en una especie de jaula y dejándolo incapaz de ir a ninguna parte. Hecho esto generó otras más pequeñas, pero también más afiladas. Tenía la vista fija en Lorelei, y de inmediato agitó las manos violentamente para arrojárselas. Frey no tuvo que pensarlo, simplemente reaccionó.
- ¡Cuidado! – exclamó, agarrándola para apartarla y cubriéndola como pudo, aunque evitó que las estacas le llegaran a ella, eso fue a costa de que algunas se le clavaran a él. – ¡Aaargh!
- ¡Frey! – gritó Lorelei.
Aunque la protegió a ella, las estacas que arrojó la chica de hielo se le clavaron como dardos en el hombro, y la chica parecía no haber terminado todavía. Se acercó a ellos, pisoteando con furia, inhaló y después exhaló, dejó salir una fuerte corriente de aire ártico hacia ellos. Ya que Frey se interponía, él fue el que recibió toda la fuerza de lo que claramente era otro Aliento Helado. Empezó por congelarle la ropa protectora hasta que finalmente le alcanzó la piel, y si no era suficiente con las estacas, esta le hizo sentir un frío verdaderamente mortal.
- ¡POR FAVOR, YA BASTA! – exclamó Lorelei desesperada.
La chica de hielo dejó de soplar, como si escuchara el grito de Lorelei. El brillo gélido en sus ojos se apagó, retornando de nuevo a su color natural. La chica parpadeó un par de veces, como si acabara de despertar de una especie de sueño o trance, y echó unos pasos para atrás cuando se dio cuenta de lo que tenía enfrente. Su expresión se tornó de total horror, y se miró las manos, que empezaron a temblar (y no precisamente por el frío). Sin más, salió corriendo en la dirección opuesta.
- ¡Espera, no huyas! – gritó Lorelei, pero con Frey en ese estado en que lo dejó la chica, no podía perseguirla, menos cuando esta se zambulló en el agua y desapareció bajo la corriente. – Frey, vamos, déjame ayudarte.
Frey temblaba, pero la ventaja de que al menos, haber sido atacado en la espalda todavía podía caminar, pero tenía que apoyarse en Lorelei. El Aliento Helado que le había lanzado al parecer no había sido tan intenso, y las quemaduras por congelación que le provocó podrían curarse si se las trataba rápidamente. Las estacas de hielo, por otro lado, no tenía idea de si habrían causado algún daño donde se habían clavado, y no quería arriesgarse a provocar una hemorragia sacándoselas. Y estaba el otro problema, ¿cómo se suponía que sacaría a Frey de la cueva en ese estado?
- Lorelei... ve y busca ayuda. – le dijo, tratando de soportar el dolor de las estacas y el frío de su espalda.
- ¿Estás bromeando? No pienso dejarte aquí. – respondió Lorelei.
Sin embargo, de cierto modo él tenía razón. En ese estado iba a ser difícil sacarlo de allí, al menos por la ruta que usaron para entrar a la caverna. La única alternativa viable para volver al pueblo sería utilizar la salida que iba hacia el mar por el otro lado, pero eso no sería posible sin un Pokémon. Charizard estaba inconsciente, y Seel era demasiado pequeño como para arrastrarlos a los dos.
- ¿Qué hago? – se preguntaba la pelirroja, tratando de mantener la calma. – ¿Debería enviar a Seel para buscar ayuda? ¿Pero y si no encuentra a nadie?
De pronto, empezó a escuchar unos chillidos que le resultaban familiares, y en menos de un minuto, emergió del agua uno de los Lapras que vio antes. Uno de los pequeños, más específicamente. El Pokémon con aspecto de plesiosauro empezó a chapotear con las aletas y a chillar, hasta que finalmente atrajo la atención de Lorelei. Ayudando a Frey, la chica se le acercó, y de pronto tuvo que estar segura de lo que estaba viendo. ¿Acaso este Lapras había venido para ayudarla?
- Tú… ¿quieres ayudarnos? – preguntó Lorelei.
El Lapras chilló y movió la cabeza para decir que sí. Acto seguido, se puso de lado y se acercó más a la orilla para que se montaran en él. Lorelei no estaba del todo segura del cómo ni por qué, pero ella ya sabía que los Lapras eran Pokémon bastante empáticos por naturaleza y siempre se mostraban muy dispuestos a ayudar a las personas con quienes se topaban si estas los trataban bien. Sin más opciones, Lorelei regresó a Charizard y a Seel a sus Pokébolas, y junto con Frey se subieron a su espalda. Sujetándose como pudo de uno de los picos de su caparazón, y esperando por que le entendiera su mensaje, Lorelei se aventuró a hacerle su petición.
- Por favor, llévanos a la salida trasera de la cueva. Tenemos que volver al pueblo, pronto.
Con un chillido de afirmación, Lapras comenzó a desplazarse tan rápido como podían llevarlo sus aletas en la superficie del agua. Lorelei no pudo más que tratar de darle ánimos a Frey para que aguantara, pues si regresaban por la salida trasera, podrían volver al pueblo más rápido al rodear la isla y con eso llevarlo a la clínica. Como si comprendiera la emergencia de la situación, el Lapras aceleró el paso en camino hacia la salida. Lorelei y Frey se aferraron cuando llegaron a la cascada preparados para el inevitable descenso. Lo que fuera por regresar rápido, y para evitar gritar, Lorelei simplemente cerró los ojos y apretó los dientes. Con suerte, llegarían a la clínica a tiempo.
Un poco después…
Lapras fue muy eficiente durante todo el viaje. Al darse cuenta que sobrevivió a la caída de agua, salir de la cueva no fue ningún problema, pues aceptó las direcciones de Lorelei sin cuestionar nada. El camino hasta podría haber sido divertido, de no ser por la urgencia de llevar a Frey a la clínica rápidamente. Los lugareños se sorprendieron enormemente cuando Lorelei llegó surfeando encima de Lapras, llevando consigo a un Frey que todavía estaba en shock por lo sucedido, y con estacas de hielo clavadas en el hombro. Sin perder tiempo, entre todos ayudaron a llevarlo hasta la clínica. Después de una agobiante espera de cuatro horas, los doctores le dijeron que él estaría bien, pero ese incidente sin duda le dejaría marcas, literalmente. Dijeron que podía pasar de visita un poco más tarde, pero hasta entonces, lo mejor era dejar que Frey descansara, hasta que se repusiera de la conmoción y estuviera en condiciones de relatar lo que sucedió.
La pelirroja, a falta de algo mejor que hacer, y ya que todavía no podía visitar a Frey, decidió salir a caminar por la playa un rato. Se sorprendió bastante de ver que el Lapras que la ayudó a salir de la cueva y la llevó hasta allí para que pudiese socorrer a su compañero todavía seguía en ese mismo lugar. ¿Acaso había estado esperándola?
- No pude darte las gracias como era debido. – dijo acercándosele. – Me ayudaste a salvar a Frey, no sé cómo podría pagártelo.
Lapras chilló felizmente. Luego se inclinó para frotar su cabeza contra Lorelei, que lo recibió gustosa. Este pequeño parecía realmente cariñoso, y mientras lo acariciaba, fue entonces que pudo pensar con más claridad. Estos Pokémon siempre se caracterizaban por ser extremadamente apacibles y amigables, y los de la cueva mayormente preferían ocultarse para evitar los conflictos. Pero este, de algún modo supo que ella y su amigo estaban en aprietos, y no dudó en ir a socorrerla. Más todavía, la obedeció incluso sin ser capturado.
- Lo que no entiendo es… ¿cómo supiste que necesitábamos ayuda? – le preguntó. – No es posible que estuvieras allí por casualidad, o que hayas vuelto así nada más, ¿verdad?
- Yo se lo pedí. – oyó una voz familiar tras de sí.
Lorelei se dio la vuelta, y se alarmó de ver a la chica con la que se había topado en la cueva. Su reacción natural fue obviamente interponerse entre ella y Lapras, pero la chica no hizo ningún movimiento ni dio indicios de querer agredirla. Levantó las manos en gesto de pacificación, tratando de hacer notar que no buscaba problemas.
- Tranquila, no traigo malas intenciones. – le dijo. – Solo venía para… disculparme. Por lo de la cueva, no fue mi intención lastimar a tu amigo. ¿Va a estar bien?
- Le quedarán marcas, pero sobrevivirá. – dijo Lorelei. – Mientras tanto, tengo muchas preguntas por hacer. Empezando por, ¿quién eres?
- Imagino que te estás refiriendo a algo más aparte de mi nombre, ¿verdad? – dijo la chica.
- Eso no estaría mal, pero… sí, en efecto. – replicó Lorelei.
- Puedes llamarme Krysta. Al menos, ese fue el nombre que me pusieron mis padres. En cuanto a quién… o más bien, QUÉ soy…
Alzó la mano y de nuevo emitió la bruma helada, creando un cristal de hielo. Lorelei, a pesar de todo lo que había pasado, tuvo que admitir que le parecía sorprendente, ver ese tipo de habilidad.
- A los que son como yo nos llaman "bloodliners". – explicó Krysta. – Tenemos algún tipo de gen o "línea de sangre" que de algún modo nos otorga habilidades propias de un Pokémon.
- Había escuchado algo de ellos, pero creí que solo eran rumores. – dijo Lorelei.
- No, puedo asegurártelo, somos muy reales. – dijo Krysta. – El asunto es que, la mayoría de nosotros no sabemos que somos bloodliners al nacer. No sabemos por qué, o cómo es que despiertan estas habilidades. Parece ser que es diferente para todos.
- ¿Cómo fue contigo? – preguntó Lorelei. Krysta tomó un profundo respiro. Parecía que lo que iba a contar iba a ser difícil, pero se esforzaría.
- Creo que fue cuando tenía unos siete años. – dijo finalmente. – Quedé atrapada en un incendio, todo alrededor de mí era un verdadero infierno. Nunca en toda mi vida me sentí tan asustada. Estaba llorando y gritando por ayuda, pero nadie me escuchó. Pensé que iba a morir, pero entonces…
- ¿Entonces?
- No sé exactamente qué pasó, pero el caso fue que cuando los bomberos llegaron a dónde yo estaba, ya no había fuego. De hecho, toda la habitación estaba congelada. Antes de eso, tuve una extraña sensación, como si de pronto algo dentro de mí, algo diferente, algo frío, de repente despertara. No lo supe hasta mucho tiempo después, porque después de eso, perdí el conocimiento y cuando desperté ya estaba en el hospital.
- Ya veo. – dijo Lorelei. – ¿Fue por eso que te pusiste tan violenta cuando viste al Charizard de Frey?
- Todavía no lo he superado. – dijo Krysta con vergüenza. – Cada vez que veo fuego, así sea una cantidad mínima… recuerdo ese día. Lo lamento, yo no quería…
- Olvídalo, esa parte ya está clara. – dijo Lorelei. – Volviendo a lo que estabas.
- Claro. Me llevó un poco de tiempo descubrir lo que era. – explicó Krysta. – Unos años después, fue que finalmente entendí lo que había pasado, cuando conocí a un investigador. Específicamente, soy de tipo "Corazón de Hielo". Esto me permite aprender cualquier tipo de movimiento de tipo Hielo, y además puedo hablar con cualquier Pokémon de ese tipo. De hecho, más que solo hablar. A los Pokémon salvajes, puedo hasta hacer que hagan lo que les pido, sin necesidad entrenarlos. Puedo controlarlos si quiero, pero normalmente no me gusta hacer eso. Esta vez, sin embargo… decidí hacer una excepción.
- ¿Es decir que… tú le pediste a este Lapras que nos ayudara a mí y a Frey?
- Me sentí mal por lo que pasó, y también por haber huido. – dijo Krysta. – Me topé con él mientras escapaba de ustedes, y pensé que… tal vez debería hacer algo para enmendarlo.
Dicho esto se acercó a Lapras, que la miró de arriba abajo antes de soltar un pequeño chillido. Krysta se rio ligeramente, e intercambió algunas palabras entre los chillidos del Pokémon, y este respondía de igual manera. Se reía como si estuviese diciendo chistes muy divertidos. Lorelei no pudo evitar sentir un poco de envidia.
- ¿En serio puedes entender lo que dice? – preguntó la pelirroja. – Es increíble, me gustaría poder hacerlo yo. Lo más extraño de todo, es que de hecho, Frey y yo estábamos ahí en la cueva porque quería capturar un Lapras para mí.
Krysta le echó una mirada a Lorelei, y posteriormente a Lapras. Después de unos segundos de silencio, y todavía sintiéndose culpable por lo que había sucedido, pensó que tal vez todavía podría hacer algo al respecto. Se acercó a la cabeza de Lapras, específicamente al lugar donde deberían estar sus oídos, y le susurró algo. Lapras chilló, pero parecía estar inusualmente alegre.
- ¿Qué está diciendo? – preguntó Lorelei.
- Le pregunté si le gustaría convertirse en tu compañero. – dijo Krysta. – Dijo que sí.
- No lo dirás en serio. – dijo Lorelei, mirándola con suspicacia.
- Lo digo en serio. – dijo Krysta. – Mira, le pregunté si se dejaría capturar sin oponer resistencia por ti. Ya que yo les arruiné a ti y a tu amigo lo que estaban haciendo, me parece una forma justa de compensación, ¿no estás de acuerdo?
Lorelei abrió la boca para responder, pero no estaba segura de lo que debería responderle. Sí, ella y Frey habían entrado en la cueva en primer lugar para conseguir un Lapras, pero atraparlo de esta manera, no se le sentía del todo… ¿cómo decirlo? Ella esperaba superar el desafío tradicional como entrenadora, pero siempre había deseado tener uno de estos Pokémon para ella desde que era niña. ¿Desperdiciaría la oportunidad que le estaban dando ahora en bandeja de plata?
- Eso es muy… generoso de tu parte. – dijo Lorelei, resignándose a aceptar. – Debe ser increíble, poder comunicarte con ellos como tú lo haces, y entender lo que dicen.
- Hay más que eso. – dijo Krysta. – Los Pokémon son criaturas muy misteriosas. Hay mucho de ellos que nosotros los humanos solo podemos imaginar. Y si algo he aprendido, es que hasta tienen su propio lenguaje.
- ¿Su propio lenguaje? – preguntó Lorelei interesada.
- Ellos hablan con sentimientos, no con palabras. – explicó Krysta. – Es difícil de explicar. Hay que escuchar no con los oídos, sino con el corazón.
- El corazón… – repitió Lorelei.
- Exactamente. Aunque no tengas un poder como el mío, cualquiera puede llegar a entender a sus Pokémon si pasa con ellos el tiempo suficiente. – dijo Krysta. – Es solo cuestión de crear esos vínculos. Tú también puedes hacerlo.
- Aunque así sea, ese poder que tienes es asombroso. – dijo Lorelei. – El solo imaginarme que pudiera entender a mis Pokémon es genial, ¿pero usar esos ataques de hielo? Me encantaría poder hacer algo así también.
La sonrisa de Krysta se apagó un poco al escuchar eso. Desde afuera, algunos podrían pensar que estas habilidades eran algo supergenial e increíble, pero Krysta sabía de primera mano que no siempre era así. De hecho, esta reacción de parte de Lorelei era… inusual, por no decir menos.
- Eres casi la primera persona que me dice eso. – dijo con tristeza. Lorelei se volteó a verla. La chica de hielo prosiguió. – Tener estos poderes no es tan genial cómo crees. Casi toda mi vida me la he pasado huyendo. La mayor parte de las ocasiones, cuando la gente descubre lo que soy, lo que puedo hacer, su reacción usual es tenerme miedo y alejarse de mí, o tratar de usar mi poder para su propio provecho. Nunca puedo estar en un lugar por mucho tiempo. Siempre tengo que vivir escapando.
- Eso es muy triste. – dijo Lorelei, sintiendo compasión por ella.
- Además… no sé si me creas, pero a veces… siento como si mis poderes fuesen otra personalidad. – dijo Krysta. – Eso que me pasó con tu amigo… en realidad no es la primera vez. En ocasiones, a veces siento que hubiese algo más dentro de mí. Algo… como una bestia, o tal vez un Pokémon salvaje, que quiere salir. Y eso me aterra. Lo último que quiero es volver a lastimar a alguien como lo hice hoy. No sé si tenga sentido, pero...
- De hecho, si lo pones de ese modo, lo tiene. – dijo Lorelei. – Mira, no sé sobre tus poderes, ni de dónde vienen, o cómo funcionan. Pero si quieres mi propia opinión, tal vez no se trate de que seas humana, Pokémon, bloodliner o como quieras decirlo. Ya sea que quisieras o no, esas habilidades, ese "lado Pokémon" tuyo es una parte de ti.
- Entonces, ¿qué me sugieres que haga?
- No lo combatas. Acéptalo. No tiene por qué ser algo malo. Como yo lo veo, eso te da una posibilidad de tener vínculos con Pokémon de una manera en que otros como yo solo podríamos soñar. Y eso en sí mismo es algo maravilloso, no puedes negarlo.
Krysta se miró las manos, reflexionando en las palabras de Lorelei. ¿Sería posible? ¿Podría realmente creer en ellas? Admitiéndolo, la capacidad de hablar y entenderse perfectamente con Pokémon (aunque fuesen solo de ese tipo específico) era algo que a ella le parecía maravilloso. De hecho, era la única habilidad que podía decir sin temor alguno que le gustaba de sí misma. Pero seguía asustada, asustada de no poder controlarla, y volver a hacer algo como lo que hizo hoy, y lastimar a alguien en el proceso, tal vez con consecuencias fatales. Sin embargo, la otra parte, la que no tenía miedo, quería creer en las palabras de la pelirroja.
- Puedes poner tus poderes para hacer el bien, o el mal. – dijo Lorelei, agarrándola de las manos. Se sentían algo frías, pero no tanto como podría haber esperado. – Está solo en tus propias manos.
Krysta sentía una extraña afinidad con Lorelei por alguna razón. Acababa de conocerla, y sin embargo sentía que podía hablarle con naturalidad, sin temor. ¿Por qué sería? Sin saber muy bien por qué, agarró su bolsa y extrajo de ella el trozo de Hielo Eterno que se robó de la cueva. Dirigiéndose a Lorelei, se disponía a entregárselo.
- Creo que debería devolverte esto. – le dijo. – No estuvo bien haberlo robado de ese modo.
- Eso es otra cosa que me gustaría saber. ¿Lo querías para ti, o para tus Pokémon?
- Más para mí, supongo. – admitió Krysta. – Cuando llegué a esta isla, escuché a uno de los lugareños decir algo de estas formaciones de Hielo Eterno. Pensé que si servía para los Pokémon, podría tal vez servir también para mí, para ayudarme a protegerme mejor.
- Si ese es el caso, puedes quedártelo. – dijo Lorelei, apiadándose de ella, entendiendo por qué lo había robado. – Es solo un trozo pequeño, y hay mucho más de donde vino. Además, no tengo nada para agarrarlo, y a diferencia de ti no puedo tocarlo directamente. Aunque lo único que lamento, es que los artesanos podrían darle una forma más bonita si quisieras. Hacértelo en un collar, un brazalete o lo que te guste.
- Nunca me gustó la joyería, para ser honesta. – aseguró Krysta, volviendo a guardarlo. – De todos modos, muchas gracias.
Las dos chicas se quedaron mirándose una a la otra, parecía que hubiese más que querían decirse, pero no podían encontrar las palabras. Lorelei fue la que finalmente se decidió a romper el hielo (juego de palabras no intencional).
- Entonces… imagino que ya querrás irte. – le dijo.
- Alguien como yo no puede estar en un solo lugar mucho tiempo. – dijo Krysta.
- Entiendo. De todos modos, es una lástima. Si soy sincera… debo admitir que empezabas a agradarme un poco.
- ¿Lo dices en serio? ¿A pesar de todo lo que pasó?
- Modestia aparte, me considero bastante buena para leer a las personas. – dijo Lorelei. – Si dijiste que no fue tu intención lastimar a Frey, te creo.
- ¿No le habrá dicho a nadie sobre mí todavía? No puedo culparlo si me detesta después de lo que le hice.
- Si quieres que esto quede entre nosotros, me aseguraré de que así sea. – dijo Lorelei. – Ya pensaré en algo para decirles, además, será difícil que me crean si les digo la verdadera historia.
- Sí, supongo. – aceptó Krysta. – En tal caso, creo que es mejor que me vaya.
Krysta sacó de su bolsa una Pokébola y la abrió para dejar salir una enorme morsa azul con la cabeza blanca y patillas espesas hacia los lados. Un gran y pesado Walrein flotaba sobre el agua, y Krysta de inmediato se subió a él de un solo salto.
- Ya nos vamos, compañero, es hora de proseguir nuestro viaje. – dijo acariciándolo en la cabeza.
- Oye. – la llamó Lorelei. – Antes de que te vayas… mira, no puedo imaginar lo difícil que haya sido tu vida allá afuera. Pero si algún día quieres volver a esta isla, y necesitas una amiga o lo que sea… siempre tendrás una en Lorelei de Isla Quarta.
Krysta sonrió con gratitud antes esas palabras, aunque no supo qué decir, sentía que decir simplemente "gracias" no sería suficiente.
- En poco tiempo conseguiré mi licencia de entrenadora. Espero que podamos volver a vernos alguna vez. – dijo la pelirroja.
- Sí… creo que eso me gustaría. Adiós... Lorelei de Isla Quarta. – dijo dándole unas palmaditas a su Walrein y empezando a surfear. Lorelei simplemente se despidió de ella con la mano, viéndola alejarse. Al haberse quedado a solas con Lapras, Lorelei decidió comprobar si la oferta que le hizo Krysta era cierta. Bueno, solo había una forma de comprobarlo, y esa era la razón por la que había entrado a la cueva en primer lugar.
- Entonces… ¿te gustaría ser mi compañero? – preguntó Lorelei, tomando la Pokébola que había llevado para capturarlo en primer lugar. – ¿Quieres que salgamos a viajar juntos?
Lapras alzó las aletas y salpicó en el agua alegremente mientras chillaba moviendo la cabeza de arriba abajo. Incluso sin poder entender el lenguaje Pokémon, Lorelei asumió que debía de estar diciéndole que sí. Esperando lo mejor, la pelirroja arrojó la bola, que lo golpeó ligeramente. Lapras fue envuelto en una luz roja que lo absorbió dentro. Se cerró y aterrizó en el suelo, sacudiéndose ligeramente un par de veces, pero apenas un segundo después, el botón activador se apagó y con un sonido de *PING*, dejó de moverse. Lapras era suyo.
- Lapras… espero que nos llevemos bien a partir de ahora. – sonrió al recogerla.
En la clínica, un poco más tarde…
Cuando por fin le permitieron a Frey tener visitas, y el muchacho se repuso del shock tras la experiencia, Lorelei finalmente pudo entrar a la habitación. Se veía inusualmente calmado, aunque se podía ver en sus ojos que no podría estar del todo feliz con lo que había sucedido. Lorelei tomó un profundo respiro, tenía que ser cuidadosa con lo que iba a decirle.
- ¿Cómo te sientes? – le preguntó.
- Sigo de una pieza. – replicó él. – El doctor dijo que si una de esas estacas hubiese ido un poco más abajo, podría haberme perforado los huesos. Y ese aliento helado de verdad que fue asesino, me van a quedar marcas. Todavía no recupero la sensibilidad del todo. Pero sobreviviré.
- Frey… acerca de esa chica, ¿ya le dijiste a alguien lo que pasó en la cueva? – preguntó Lorelei.
- Todavía no. – replicó Frey, y Lorelei sintió un gran alivio. – Estaba pensando en cuál sería la mejor manera de decirles y que suene creíble.
- Frey… creo que es mejor que no le digamos a nadie. – dijo Lorelei.
- Estás bromeando, ¿verdad? – dijo Frey, pero al mirar a la pelirroja se dio cuenta de que ese no era el caso. – Lorelei, ¿en qué estás pensando ahora mismo?
- Ella no tuvo la intención de lastimarte. – dijo Lorelei con firmeza.
- ¿En serio? Podrías haberme engañado, para alguien que no quería lastimarme, se puso extremadamente violenta, y tengo marcas para probarlo.
- Frey, piénsalo por un momento. – insistió Lorelei. – Si recuerdas, ¿no te pareció que estaba asustada cuando nos vio en la cueva?
- Pues ahora que lo dices… Pero eso no tiene nada que ver con…
- Insisto, piénsalo. Parecía que quería escapar en cualquier momento. Solamente se puso violenta cuando vio a tu Charizard. ¿Entiendes a lo que quiero llegar?
- Tengo una ligera idea. ¿Cómo es que de pronto sabes tanto de ella? – inquirió Frey. Lorelei supo que tenía que darle una respuesta inmediata. Mejor no andarse con rodeos y decirle la verdad.
- Ella me lo dijo. Su nombre, por cierto, era Krysta. Me la encontré en la playa no hace mucho. En serio se sentía muy mal por lo que te hizo, y me pidió disculparme contigo por ella antes de irse.
- ¿Y la dejaste marcharse, así nada más?
- ¿Crees que hubiese podido hacer algo para detenerla? – replicó Lorelei.
- Buen punto. – aceptó Frey. – Y ahora que lo pienso… ¿cómo fue que hizo eso?
- Frey, ¿alguna vez has oído acerca de algo llamado "bloodliners"?
Frey se quedó callado al escuchar esa palabra. Tal vez la había escuchado de pasada durante sus viajes, pero nunca había visto uno de ellos en persona. Los rumores (porque estaba seguro que eran solo eso, rumores) de humanos que eran capaces de usar ataques y habilidades como los Pokémon eran interesantes, si bien tal vez algo chiflados por como sonaban, pero como nunca vio uno con sus propios ojos, terminó por descartarlos… hasta ahora.
- ¿Estás diciendo que… esa chica era una…?
- Sí, eso estoy diciendo. – lo interrumpió Lorelei. – Mira, ¿qué tal si cuando salgas te cuento todo lo que ella me dijo? Con más calma, pero a cambio, tendrás que prometerme que no se lo dirás a nadie.
- Antes de eso, quisiera que me dieras una buena razón.
- Te daré dos. – dijo Lorelei. – Siempre he pensado que soy buena para saber cuándo la gente me miente. Y ya te lo dije, Krysta estaba asustada, y después de contarme su historia, puedo entender por qué. Le prometí que te convencería de no decirle nada a nadie, y tengo intención de mantener mi palabra.
- Muy bien, esa es una, y muy buena. – aceptó Frey. – ¿Y la segunda es…?
- Que te salvé la vida al sacarte de la cueva y traerte aquí. Sé lo mucho que detestas estar en deuda con otros, así que te propongo, haz esto por mí, y consideraré saldada esa deuda.
- Oye, eres buena. – dijo Frey, sin poder evitar sonreír de lado. La pelirroja supo muy bien como negociar con él. – Muy bien, de acuerdo. No le diré nada a nadie. Les diré a todos que me fui de mano, y que fue un Pokémon el que me hizo esto, ¿satisfecha?
- Muchas gracias. – sonrió Lorelei.
- *Suspiro*, solo me arrepiento de que después de esto, no pudimos capturar ese Lapras que querías. – se lamentó Frey.
- Acerca de eso… - Lorelei sacó su Pokébola y la sostuvo frente a Frey, y por la forma en como sonreía, el muchacho no tuvo que ser un genio para captar el mensaje.
- No juegues, ¿lo capturaste, tú sola?
- Lo creas o no, cuando salí a la playa todavía estaba allí. – dijo Lorelei. – De hecho, se lo debo a Krysta, ella fue quien lo envió a que nos ayudara cuando estábamos en la cueva. Y cuando decidí capturarlo, ella lo convenció de que se dejara capturar. Y así fue, no opuso ninguna resistencia.
- ¿Así nada más? – preguntó Frey, casi sin poder creerlo.
- Si quieres que te diga los detalles, vas a tener que prometer que no se lo dirás a nadie. – insistió Lorelei.
- Hmm… de acuerdo, tú ganas. Bueno, si lo vemos por ese lado, entonces todo lo de hoy valió la pena. – admitió Frey. – Ya tienes lo que querías.
- Lo sé. – dijo Lorelei. – Estaba pensando, ya que tardarás en sanar por lo que pasó en la cueva, y lo más probable es que sea ya después de que me den mi licencia de entrenadora, ¿por qué no viajamos juntos por un tiempo?
- ¿Juntos? ¿Tú y yo? – preguntó Frey, fingiendo indiferencia, pero a Lorelei no se le escapó el brillo en sus ojos.
- Solo por un tiempo. Me vendría bien un poco de tu experiencia. Ya después, cuando me sienta con más confianza, iremos cada uno por su lado. ¿Qué me dices?
- Qué diablos, no podría negarme a eso de ninguna manera. – dijo Frey.
Lorelei sabía que tendría un largo camino por delante una vez que se volviera entrenadora Pokémon, pero no pensaba mirar atrás. Ella sabía que a Frey le gustaba más viajar solo, pero después de lo que pasó en la cueva, decidió que era mejor quedarse cerca para cuidarle las espaldas. Por supuesto, ella tenía otros dos motivos para querer acompañarlo. El primero, "mantén a tus amigos cerca y a tus enemigos aún más cerca", quería estar cerca para estudiarlo como rival y con eso encontrar la manera de eventualmente derrotarlo. El segundo… ese era mucho, mucho más personal para ella. Y tal vez, algún día, volverse a encontrar con esa chica bloodliner, darle las gracias apropiadamente, y si era posible, poder hacer valer esa oferta de amistad que le dio en ese momento.
FIN.
Notas del autor:
De acuerdo, como muchos ya sabrán, esta fue mi primera contribución para el Resetverso. Tuve varias razones para haber elegido a Lorelei como personaje central: es mi miembro del Alto Mando favorita y hay relativamente pocas historias con ella (en español son todavía más escasas, ni se diga). De todas maneras, no estaba del todo muy seguro de qué podría hacer con ella, así que decidí centrarme en sus inicios como entrenadora, y al darme cuenta que los extras (hasta ese momento) eran casi o totalmente independientes, decidí incluir una bloodliner en la trama (si les interesa, en mi galería de DeviantArt pueden encontrar dibujos de Frey, Krysta y Lorelei de joven) para digamos enlazar un poco más con la historia principal. Lorelei y Frey obviamente están sorprendidos ya que están cerca del tiempo donde ocurre de repente el incremento en la población de bloodliners (estimando su edad aproximada, le calculo que esto ocurre unos catorce o quince años antes del tiempo presente en que Lorelei aparece en la historia principal), en este punto son muchísimo más raros que en el presente. En cuanto a qué pasará con Krysta... tengo algunas ideas de cómo utilizarla en un miniarco (también a Frey, aunque a él ya pude usarlo además en una viñeta que contribuí para el Especial de Navidad), pero le preguntaré a Crossoverpairinglover primero antes de aplicarlas.
Gracias por los reviews a: BRANDON369, dragon titanico, darkdan-sama, pirata, MardGeer117, LyCox032 y sonicmanuel. Todavía no me decido cuál será el próximo que postearé, estoy entre uno de Gary Oak, y otro con el Butterfree de Ash. ¿Cuál quieren ver ustedes primero?
