Siete.

Era genial como siempre acababa quejándose de sus propias decisiones. Sabía que estaba yendo al límite con toda esa idea de sacar a Nathaniel de su problema, y con límite se refería a sus capacidades y a las fuertes líneas fronterizas marcadas en su relación con el rubio. No se trataba simplemente de dar cuenta real de que eso iba más allá de lo que cualquier persona haría por otra que no era su amiga, a su vez sobrepasaba el margen de cosas que estaban en su poder.

Castiel era una persona segura y obviamente fuerte, pero reconocía que el poder no siempre estaba en sus manos y en especial cuando era una situación que concernía a alguien ajeno. Si de por si odiaba tener que encargarse de si mismo con madera de adulto defectuoso, peor era encargarse de Nathaniel como si se tratara de su tutor o algo parecido.

Hablando de él, de reojo lo observó caminar con expresión estoica, lo que debía significar que estaba pasando por un pánico interno lo suficientemente caótico como para no permitirle objetar mientras se dirigían a su casa. Minutos antes en el departamento de Castiel había sido diferente antes de salir, pues como toda persona ansiosa, el rubio se había resistido a último momento a la idea de negociar con su padre con las pocas excusas que podía inventarse. Cual fuera el caso, el pelirrojo no había dado su brazo a torcer y ahora le seguía a paso sereno en camino hacia su casa, que por obvias razones se encontraba en la zona más acomodada y agradable de los barrios residenciales. No que él fuera pobre, pero estar ahí le hacía ver como un despojo social al lado de todas las casas bonitas y perfectamente pintadas.

- No quiero hacer esto, Castiel.

Oyó al rubio quejarse en voz angustiada en cuanto comenzaron a acercarse cada vez más a su casa, distinguible por el enorme portón. Cuando sabes la verdad detrás de él, fijarse en la manera en la casa que se encuentra rodeada de murallas sin vista al interior se vuelve algo por demás tétrico. Nadie podría enterarse de nada de lo que ocurre ahí dentro, y eso era algo que Nathaniel probablemente tenía en la cabeza todos los días antes de entrar ahí.

Mordiéndose el interior de la boca, Castiel pretendió detener la sensación incomoda que le llegaba de todo eso y a través de la voz de Nathaniel. De repente no quería entrar a esa enorme casa, no quería verle la cara al desagradable de su padre, mucho menos arriesgarse a encajarse en problemas que podían llegar al margen legal. De repente la responsabilidad era demasiada, y él no era precisamente bueno con las responsabilidades cuando no quería cumplirlas, cuando de ellas no saldría nada retribuyente, o incluso cuando si.

De reojo observó al de ojos castaños mordiéndose los labios, los cuales parecían temblarle cada vez que los dejaba en paz y observaba el portón. Si él mismo la tenía difícil, para Nathaniel debía ser como el infierno ahora mismo, un infierno antes de otro infierno que si no lo detenían solo acabaría en algo peor. Y entonces fue que Castiel retrocedió en su cabeza a veinticuatro horas antes, al momento en donde leía la carta frente a los casilleros en una escuela casi a oscuras, solo para realizar que ningún tipo de miedo o consecuencia podía ser peor que la mera idea de un Nathaniel matándose a si mismo. Nada le haría creer que permitir eso habría sido mejor, jamás.

- Andando.

Fue su respuesta final luego de largos segundos, tratando de hacer todo el caso omiso que pudo a la expresión aterrorizada del rubio. Si él no lo hacía, Nathaniel no lo haría, y sería equivalente a ser un cómplice de toda esa mierda retorcida, algo que le daba nauseas de solo imaginar.

Por su parte a Nathaniel no podía importarle menos la responsabilidad que podía recaer sobre Castiel, de hecho sus intenciones eran algo sumamente irrelevante para él cuando se encontraba expuesto a una situación que desde cualquier punto de vista posible terminaría en algo malo. El simple hecho de ver su casa significaba problemas, algo que disparaba los niveles de ansiedad en su cuerpo hasta un punto que le resultaba difícil resistir. El pelirrojo no iba a detenerse, los problemas seguirían estando ahí, y él debía solucionarlos, enfrentarlos de una vez por todas. ¿Por qué simplemente no podía seguir escapando de ellos? ¿Por qué Castiel había decidido frustrar su última posibilidad de huir completamente de todo eso? Sonaba como si su vida hubiese sido completamente arruinada, pero entonces recordó que ya lo estaba. No importaba en que dirección corriera.

- Si sale mal…

Deteniendo las constantes frases aterrorizadas en su cerebro, se atrevió a mirar al de ojos grises cuando le oyó hablar, aun sintiendo el persistente frío del sudor recorriéndole el cuerpo.

- Si sale mal voy a estar ahí, por cualquier mierda que pase ¿Entendiste?

Tragando saliva, la única respuesta posible que se le ocurrió fue asentir mientras parte de su miedo desaparecía. Pensar que no estaba haciendo eso solo era una sensación reconfortante de una forma u otra, y considerar a Castiel como algún tipo de aliado le concebía seguridad que le faltaba. Luego de eso comenzó a sentirse mejor, solo un poco, y quizás se debía a que el resto dependía de él.

Finalmente frente a la puerta, consideró mejor idea entrar deliberadamente con Castiel antes de que pudiera echarlo, para lo que usó la copia de sus llaves que gracias a Dios, por alguna razón u otra había decidido llevar consigo en lugar de dejarla en el casillero.

Dentro todo estaba demasiado silencioso, más de lo que debería o al menos esperaba, para él era más imaginable escuchar a su padre despotricar maldiciones, pero con Amber por la casa a esas horas era algo difícil si lo consideraba. Frente a Amber solía fingir, a pesar de que al regañarlo lo humillara bastante frente a ella y a su madre, jamás soltaba los mismos improperios que cuando estaban a solas. Obviamente jamás le había levantado la mano frente a su hermana tampoco.

- J-juro que no se que voy a decirle.

- ¿Qué te has ido por que estas harto de que te use de saco de boxeo?

No era tan fácil como sonaba. En el living ingresó a pasos de algodón con Castiel detrás, cuando lo que menos debía hacer era esconderse. El cuerpo se le paralizó al ver a su padre sentado en uno de los sillones como si le esperara cuando en realidad parecía estar pensando en algo con la rabia a flor de piel, cosa que no le ayudó a reducir su pánico cuando el hombre logró notar su presencia para fulminarlo con la mirada. Se arrepentía, se arrepentía por completo de tomar aquella decisión, de haber traído a Castiel, de haber confiado en que era una buena idea. Su padre estaba tan furioso, y él tan asustado que podría haberse desmayado en el mismo momento en que se puso de pie, acercándose a zancadas hacia él mientras levantaba la mano. Se sintió temblar y lo único que pudo hacer fue cerrar los ojos para esperar un golpe que nunca llegó.

La chaqueta de cuero frente a él, las maldiciones de su padre y ver como Castiel le sostenía el brazo con un ligero temblor a causa del forcejeo fue una especie de sueño muy extraño, de esas cosas que jamás habría esperado en su vida. Muchas cosas inesperadas habían ocurrido desde el día de ayer, y comenzaba a preguntarse si sería a causa de que jamás se había levantado de su cama ese día jueves y aun estaba durmiendo. El leve empujón por parte del pelirrojo cuando su padre se soltó le hizo reaccionar mientras el hombre daba una mirada colérica a ambos, como si pretendiera ir a los golpes de un instante a otro.

- ¡E-espera, te lo ruego espera! ¡P-puedo explicar, por favor escúchame!

- ¡TE ESCAPASTE, DESAPARECISTE TODA UNA NOCHE Y DÍA, POR ENCIMA DE MI AUTORIDAD! ¿¡QUIEN TE CREES QUE ERES, MOCOSO?! ¿¡QUIERES JUGAR A SER UN PATAN REBELDE, COMO ESTE RUFIAN AL QUE HAS TRAIDO CONTIGO?! ¡NO SABES EN LO QUE TE ESTAS METIENDO, TE OLVIDARÁS DE SIQUIERA INTENTARLO DE NUEVO CUANDO TE CORRIJA COMO TE LO MERECES!

- No creo que eso pase si no quieres a la maldita policía y asistencia social en tu casa.

- ¡Castiel no hables!

Castiel iba a perder la paciencia, y con ello se refería a que no iba a molestarle en lo más mínimo acabar a los golpes con el padre de Nathaniel, pero dudaba por completo de que eso favoreciera a este ultimo, aunque encontrara como una completa perdida de tiempo la idea de negociar con alguien tan cerrado como su papá. Por su parte, el hombre de unos cuarenta años parecía atar cabos con lo dicho por el pelirrojo, hasta mirar con expresión furica a su hijo, quien retrocedió un paso.

- S-solo no quiero que sigas tratándome de esa forma. S-se que suelo hacer muchas cosas mal y… cometo muchos errores, p-pero no… no creo que merezca esto.

Durante aquellos segundos, el ejercicio más difícil de su vida para Nathaniel fue el mantenerle la mirada a los ojos penetrantes de su padre, sintiendo el poco valor que había reunido se esfumaba al no ver cambios en su semblante en absoluto. Realmente no había manera de negociar con él, y el miedo le recorrió hasta la más recóndita parte del cuerpo cuando repentinamente se movió con más velocidad de la premeditada. Un grito intentó escapar de su garganta cuando las manos grandes de su padre le aferraron el cuello con violencia, hasta hacerlo retroceder y chocar contra el aparador lleno de porcelana en su living aun cuando Castiel reaccionó de manera algo tardía para tratar de interponerse.

- Que no lo mereces. ¿Tienes idea de todo el dinero que gasto en ti, enviandote a una escuela, solo para que seas un mediocre? ¿Y crees que puedes venir a protestarme, exigirme algo? ¡Y peor aun, te has atrevido a ponerme como el villano de la historia, tu… engendro…!

- ¡SUELTALO!

La presión en su cabeza era dolorosa, aunque no más que la piel hundiéndose bajo los dedos de su padre, o el completo rechazo y odio hacia él. Vio a Castiel hacer hasta lo inhumano para apartarle, empujando y gritando insultos mientras progresivamente se sentía desesperar más cuando sus intentos no surtieron efecto. Por encima de aquel frenesí de empujones y golpes, los oídos de Nathaniel captaron a la perfección un grito que conocía, solo que no con aquel tono y emoción. Nublosamente vio a Amber en la base de las escaleras, completamente aterrada.

- ¡Papá ya basta!

Más efectivo que nada, el hombre pareció reaccionar al soltarle, provocando Castiel lo empujara lejos e inmediatamente recurriera a evitar que Nathaniel cayera y se lastimara con la porcelana rota en el suelo. Compulsivamente, el rubio intentó recuperar el aire entre tosidos, haciendo lo posible para ver a Amber y advertirle no se entrometiera, pero su padre había sido más rápido.

- ¡Amber sube a tu cuarto!

- ¡No voy a subir! ¿¡Que crees que estas-

- ¡QUE SUBAS A TU CUARTO, MALDICIÓN!

Por primera vez la menor de ambos gemelos experimentó miedo hacia el hombre que no hacía más que consentirla en todos los aspectos de su vida. ¿Alguna vez le había gritado siquiera? No, ni en sus más descabellados caprichos, y el solo ver la mirada amenazante dirigida hacia ella en lugar de a Nathaniel provocó escalofríos recorrerle hasta la nuca. Temblando con el miedo a punto de desbordarle los ojos en lagrimas, dirigió su mirada a su hermano, a quien no le habían quedado menos que las marcas moradas de los dedos en el cuello. ¿Siempre había sido así? Tratando de decirle algo, solo le vio negar con su cabeza.

- Ve arriba Amber, por favor.

Sintiendo los labios temblarle, la más joven observó a cada uno de los presentes con expresión al borde del llanto, notando Castiel le dedicaba una especie de acusación muda con sus ojos en medio del silencio. Llevándose una mano a la boca para ahogar un gimoteo, finalmente se volteó para huir por las escaleras a pasos apresurados. De repente todo lo que le rodeaba ya no era tan perfecto y la pieza faltante en su vida, correspondiente a Nathaniel, había logrado que todo se desmoronara.

- Nos vamos de aquí.

Fue la pronta resolución de Castiel mientras levantaba al chico del suelo, inmediatamente teniendo que soltarlo para evitar que su padre se le arrojara encima de nueva cuenta, bloqueándolo tanto como pudo y surtiendo amenazas. Lo que merecía eran puñetazos que le acomodaran las neuronas, pero sabía por debajo de aquel instinto de brutalidad e ira que eso no ayudaría a mejorar las cosas para Nathaniel.

- Te conviene lo dejes ir si no quieres que llame a la puta policía ahora mismo, suéltame.

Nathaniel se sentía morir de los nervios mientras el pelirrojo desataba improperios hacia el adulto, con sus rostros cerca y fulminándose a base de miradas de odio. Eso no podía estar pasando, y cuando creyó ambos acabarían a los golpes, vio al mayor soltar los brazos de Castiel con un empujón que este resistió sin perder el equilibrio. Las miradas perduraron unos momentos más en silencio, hasta que con lentitud el de ojos grises retrocedió para ayudarlo a enderezarse mejor y dirigirle hacia la salida. Antes de cruzar el umbral de la puerta, pudo oír la voz de su padre por última vez.

- Siquiera pienses en volver aquí jamás. Ya no eres mi hijo.

Y luchando con el nudo en la garganta, se limitó a apretar los labios, bajando la cabeza. Definitivamente debió haber desaparecido desde hacía mucho tiempo, antes de no tener ningún sitio a donde volver y reafirmar lo que ya sabía. Podría haberse ahorrado todo aquello.

La mejor idea de Castiel fue simplemente tomar un taxi hasta su departamento aunque el dinero no le sobraba, pero era algo propio de hacer para evitarle al rubio más esfuerzo luego de la situación pasada. Suerte fue que el conductor no pregunto más que por la dirección, aun cuando el viaje perduró en completo silencio durante los 15 minutos que tardaron en llegar. Nathaniel lucía más que derrotado mientras subían las escaleras, algo de lo que incluso Demonio se dio cuenta al verlo ingresar, observándolo angustioso. Era consciente de la razón por la cual su perro era tan perceptivo a aquellas emociones.

- ¿Quieres…?

- No quiero nada, sólo… Sólo déjame en paz. Tuve suficiente.

Sin embargo la estabilidad no era algo que iba a esperar, y por que era algo sabido que el chico de ojos castaños era tan conocido como él por sus cambios de humor. Demonio retrocedió un par de pasos en medio de gimoteos, en el momento en que él veía al rubio apretar los puños con fuerza.

- Si no te hubiera hecho caso todo estaría…

- ¿Estaría bien? Deja de mentirte, es patético, Nathaniel.

Y también sabía que el rubio no iba soportar sinceridad que le lastimara, pero aquello no sería razón para que él guardara silencio. Nathaniel debía entender la realidad de las cosas a través del miedo y la frustración, o incluso el dolor, y Castiel tomaría el deber de hacerlo. De todas maneras era adepto a recibir su odio y enojo.

- ¿¡Si tan patetico soy por que no dejaste que me muriera en paz?!

Sin mediar palabra, Castiel atrapó el poco meditado ataque del rubio hacia él, sosteniendo sus manos para evitar un golpe seguro mientras Demonio ladraba fuertemente a un lado de ellos. En medio de sus gruñidos y forcejeos le oyó insultarle, maldecir la suerte y su actuar. Estaba al limite de su paciencia, pero gran parte de esa actitud le recordaba a él mismo, y en parte le recordaba también lo que se sentía estar frustrado por cosas fuera de su control. Nathaniel tenía la culpa de no aceptar la verdad como tal, pero no de sentirse así de confundido y resentido, y aunque no lo justificara, al menos podía ser entendible cuando nada podría arreglar la actitud de su padre. Esa vez tuvo el autocontrol suficiente para soportarlo.

- ¡Suéltame con un demonio! ¡Yo no quería esto, nunca quise esto! ¡No necesitaba que te metieras en mi maldita vida! ¡Si no hubiera sido por ti estaría libre de toda esta mierda de una vez!

Y entonces el pelirrojo decidió detener su descargo sin hacer menos que darle un cabezazo directo en la cara, callándolo al instante con un quejido. Era lo máximo que podía hacerle sin lastimarlo en verdad, y con ver la expresión adolorida y confundida del rubio aprovechó para contrarrestar todo aquel enojo despotricado.

- ¿A que le llamas libre? ¿A escaparte de algo que debías enfrentar? Eso lo conozco como cobardía, y sabes que no era lo mejor.

- ¡Callate!

- Enójate todo lo que quieras, escúpeme, pero no voy a sentir lastima ni consentir que tener la mierda de familia que tienes justifica el matarte como una solución.

- ¡Que te calles!

Fue lo último completamente legible que logró oír de Nathaniel antes de que su voz se deshiciera progresivamente en un llanto completamente herido. De nuevo el enojo de ambos por diferentes razones, y de nuevo una intimidad inusual, en una ocasión aun más extraña. La cercanía se mostraba en maneras inesperadas entre ambos, como si les obligara a aproximarse por causas eventuales, escenarios de emergencia. Aun en medio de los forcejeos resentidos por parte del rubio, Castiel se las arregló para aferrarle en contra de sus insultos balbuceados y los golpes que de suaves no tenían nada. No iba a responder, por que lo Nathaniel menos necesitaba eran más golpes. Simplemente rodeó su cuerpo con ambos brazos hasta atrapar los ajenos bajo ellos para luego apretarle, en lo que era el abrazo más extraño pero sincero de su vida.

Por largos segundos sintió el cuerpo ajeno forcejear, golpearle e incluso darle cabezazos en el hombro, al menos hasta que la desolación fue más fuerte que él y le obligó progresivamente a responder, aferrandose a su espalda con fuerza. El llanto ensordecedor de Nathaniel acabó ahogado en su hombro, igual de escondido que su expresión dolida y la cantidad de lágrimas que estaba dejando escapar. En contraste, Castiel miraba al frente con expresión impasible y apagada, simplemente dejándose estar de soporte y evitando aquel chico se desmoronara en cualquier sentido posible.

En medio de su departamento y sin cruzar una palabra más, Castiel vio el reflejo de ambos en la ventana. Un reflejo mínimo y tenue. Y joder, nada más bastó para realizar lo estupidamente solos que estaban. De repente solo eran dos mocosos valiéndose por si mismos.