Lo mejor de las disputas

Henry bajó las escaleras aún en pijamas. No se sorprendió al pasar por el cuarto de sus madres y no verlas en el. Lo que llamó la atención del niño fue el silencio sepulcral que invadía por completo la casa. Se restregó con fuerza los ojos y por costumbre caminó directo a la cocina. Donde para su sorpresa estaban ambas. Regina limpiaba con fuerza un plato que se notaba desde lejos que ya estaba reluciente, mientras Emma miraba fijamente a la taza que sostenía en las manos dándole la espalda a su mujer. Henry ingresó en silencio mirándolas primero a una y luego a la otra.

-¿Buen día? - saludó con timidez. Las dos mujeres sonrieron al verlo.

-Buenos días. - dijeron a coro. -

-¿Lo de siempre hombrecito? - le preguntó Emma cuando se sentó a su lado luego de besarle la frente. El niño asintió. Regina se acercó a el y besó su cabeza para luego despeinarlo un poco. Henry no ignoró el hecho de que su madre no había ni siquiera mirado a Emma. Situación extraña pues, además de el, era la única con la que su madre era completamente cariñosa y siempre aprovechaba cualquier situación para expresarlo. Henry miró hacia una y luego a la otra.

-¿Pasa algo? - preguntó intrigado. La sheriff volvió su mirada a la taza y Regina continuó torturando al pobre plato.

-No.- respondieron al unísono. Henry frunció el ceño. Claro que si, algo pasaba y no le querían decir. Las conocía demasiado bien como para notar cuando algo extraño sucedía. Terminaron de desayunar. En silencio. Emma rara vez dirigía una mirada furtiva a Regina que la ignoró durante todo el desayuno. Al culminar la alcaldesa ordenó a su hijo que subiera a colocarse el uniforme para pasar a dejarlo al colegio. Henry obedeció y los tres se dirigieron hacia la cochera de la casa. Regina subiría junto con el niño al auto y Emma se acercó a él para despedirlo con un beso en la cabeza. La morena la miró fijamente dudando si su mujer se despediría de ella aquella mañana. Para su sorpresa un breve rose de sus labios con los suyos la hizo notar que si. Cada una subió a su auto para ir en destino a sus respectivos trabajos.

Durante el transcurso del día ninguna de las dos se había dignado a escribirle a la otra. Emma había tomado el telefono en sus manos había buscado el contacto pero no se atrevió a marcar. Regina en cambio lo dejó en silencio en el cajón del escritorio. Ojeandolo de vez en cuando esperando una noticia de la sheriff. Pero en competencia de orgullo iban parejas. Y ninguna dio el brazo a torcer.

Pasadas las cuatro de la tarde Regina estaba a punto de salir de la alcaldía. Su humor no había dejado cabezas sobre cuerpos. Nadie quizo decir nada. Simplemente salió hacia su coche. Emma había pasado por Henry así que iría directamente hacia la casa. Durante el trayecto a la mansión sintió una pequeña molestia en su pecho. No quería admitirlo, claro que no. Pero extrañaba la llamada vespertina de Emma, en la que le preguntaba donde estaba o cuanto le faltaba para llegar seguido de un "te extraño". Volvió a ojear el teléfono, nada. Suspiró sintiéndose estúpida por estar enojada con ella de aquella manera. Aún en ése momento, horas y horas después no entendía como una pequeña discusión sobre la forma de acomodar las cosas en el baño había derivado en una batalla a muerte en palabras. No recordaba lo que había dicho, ni lo que escuchó de los labios de Emma. Volvió a ver el teléfono. Nada. No quería llegar a su casa y volver a sentir a su mujer tan distante. Le resultaba extraño que después de tanto tiempo pelearan de esa forma por una estupidez semejante. Lanzó un profundo suspiro. No podía dejar las cosas así. Era Emma, y por ella haría algo que no hacía prácticamente con nadie. Le pediría perdón.

Estacionó su mercedes fuera de una chocolatería y bajó a comprarle un bonito presente a su mujer. Sabía que las flores no eran lo suyo y que la rubia amaba la combinación de chocolate y licor. Con una sonrisa llegó a la gran casona blanca donde, como era de esperarse el escarabajo amarillo estaba guardado. Bajó lo más seria que pudo, aunque no podía evitar su nerviosismo. Ella estaba dispuesta a olvidar todo, pero ¿Y Emma?. Tomó aire y giró la llave para ingresar a la gran casa con la pequeña cajita en su mano libre. Casi se le caen los bombones cuando al ingresar encontró a la sheriff con un bonito vestido rojo y zapatos de tacón. Sus rizos estaban completamente ordenados y tenía una leve capa de maquillaje. Intentó con todas sus fuerzas cerrar la boca. Era consciente de que casi se le cae la mandíbula al verla de ese modo. Emma sonrió y con andar felino acercándose a ella.

-¿Le gustaría probar una copa de la mejor sidra de manzana que jamás haya probado? - aquella voz rasposa que ponía su mujer cuando estaba excitada la hizo olvidarse por completo de la disputa matinal.

-¿Nada más fuerte? - respondió ella arqueando una ceja al entrar en su juego. Emma sonrió y le tendió una copa a la vez que tomaba el bolso de Regina. -Te traía unos bombones para... bueno, ya no recuerdo para que eran.- Emma bebió un poco de sidra sin dejar de mirar a su mujer a los ojos. Dejó caer el bolso y se acercó a ella para tomarla por la cintura y atraerla hacia si. Con delicadeza deslizó su lengua por el labio inferior de la alcaldesa haciendo que sus sentidos se desbordaran. - Se me acaba de ocurrir algo que hacer con estos pequeños manjares de chocolate. - Emma arqueó las cejas entendiendo el mensaje. Comenzó a caminar hacia la escalera justo detrás de la rubia que le dedicaba un apetitoso balanceo de caderas con cada paso.- Un momento ¿Y Henry? - la sheriff sólo volteó levemente para verla por sobre su hombro. -

-Con sus abuelos. - subió el primer escalón. - ¿Vienes? - Regina no se lo pensó dos veces con la caja de bombones en la mano siguió a la rubia escaleras arriba. Después de todo, la mejor parte de todas las disputas era la reconciliación.


Espero que les haya gustado :3 Si quieren más o tienen sugerencias estoy atenta ;)

Nos leemos cuando quieran, espero sus comentarios.