Capítulo con, posiblemente, demasiados saltos temporales :B
Disclaimer: Si en todo el fic, ni Hetalia ni los personajes me han pertenecido… Ahora no va a ser menos. Todos los derechos reservados a su legítimo creador: Himaruya.
Regla #7: La confianza da asco
Lovino
De un lado a otro, de aquí para allá, no recordaba cuantas veces había pasado ya por el pasillo de las verduras, pero cada vez que escuchaba la molesta y, después de los meses que llevábamos de convivencia, familiar voz de Antonio provenir de una de las zonas del supermercado algo dentro de mí, una especie de impulso, me obligaba a huir despavorido hacia otra dirección completamente opuesta. Era terriblemente evidente que aquella mañana no me salía de mis poderosas partes italianas mirar al español a la cara, y hasta un idiota como él se daría cuenta. Pero, ¿qué me importa a mí eso? Es más, lo prefiero, sí, a ver si así se da cuenta del asco que me da. Porque eso es lo que me provoca, asco y repulsión, con su maldito pelo siempre despeinado de una forma que, extrañamente, le queda bien, sus horribles y vivaces ojos, su estúpida y permanente sonrisa, y su desagradable voz, la cual no he podido quitarme de la cabeza en la última semana.
Odio a Antonio. Le deseo el mal. Y este mes pienso cobrarle el doble, va a pagar mi parte del piso también, por subnormal.
–¡Lo siento muchísimo, de verdad! –se disculpaba el español nada más tomar asiento en la mesa que se nos había indicado.
Era fácil suponer la expresión de arrepentimiento que estaría surcando el rostro de Antonio debido a su tono de voz; pero yo, por mi parte, no despegaba la vista del plato, completamente incómodo. Nunca le perdonaría meterme en esa situación, mis mejillas ardían y seguramente serían visibles desde cualquier punto del restaurante.
–Te odio, pedazo de cabrón –murmuré lo primero que se me pasó por la mente, alzando ligeramente la cara para dirigirle una profunda mirada cargada de resentimiento. –Sácame de aquí. ¿Te has dado cuenta de cómo nos miraba?
Antonio sonrió forzadamente, intentando coger una de mis manos QUIÉN SABE PARA QUÉ, pero rápidamente se la retiré, ni de coña iba a dejarle que diera todavía más el espectáculo.
–Tranquilo, Lovi, tampoco es que sea nada raro –echó un vistazo alrededor. –Deja de imaginar cosas, nadie nos está mirando.
–TODOS nos están mirando –quizá, solo quizá, exagerara un poco aquel "todos". –Ahora van a pensar que somos… Tú y yo… ¡Da igual, olvídalo! –Ni siquiera terminé la frase, y volví a agachar la cabeza mientras fruncía el ceño. Seguidamente, solo escuché como respuesta de Antonio un largo y profundo suspiro de resignación.
–Bueno, tú nos has traído aquí, lumbrera, –me dirigí hacia él tras haber conseguido calmarme un poco –pide de una vez.
Rápidamente, en el rostro de Antonio se formó de nuevo una amplia sonrisa, y con agilidad abrió el menú que descansaba sobre su plato, mirándolo con emoción y comentando lo que opinaba de cada plato entre risas hacia sus propios chistes. Disfrutaba como un niño pequeño mientras yo me limitaba a mirarlo casi indiferente; pero, poco a poco, parte de aquella reacción se me contagió, haciendo que a medida que pasaban los minutos comenzara a olvidarme de todo lo que me preocupaba o la vergüenza que sentía de estar allí con él y respondiera animadamente a sus comentarios.
–¡Y pide una botella de vino!
Y ahí estaba yo, volviendo a recordar aquella estúpida cena mientras trataba de ocultarme detrás de un estante lleno de galletitas saladas de todas las formas y tipos posibles. No podía haber ido a hacer la compra solito como siempre, no, ese día tenía que pedirme que le acompañara. Pedazo de inútil.
–¡Aquí estás! –De repente, alguien exclamó detrás de mí mientras me agarraba de los hombros con la suficiente fuerza para eliminar la posibilidad de que pudiera escapar de nuevo pero evitando hacerme daño. Muy bien hecho, punto para ti, asqueroso bastardo. –He visto tu rizo de pelo sobresalir ~ –canturreó el español de manera infantil, arrastrándome hacia donde había dejado las cosas que pensaba comprar sin prestar atención a mi expresión de desaprobación. –Podrías ayudarme, ¿sabes? Lo estoy haciendo todo solo.
–Bien por ti –contesté tajantemente, cruzándome de brazos y retirándole la mirada.
Quizá fuera efecto del buen vino que nos habían servido, o que mi humor había mejorado considerablemente en comparación con la media hora anterior, pero ni la presencia de Antonio, ni el hecho de estar a solas con él rodeados de mesas ocupadas por enamoradas parejas, ni siquiera sus chistes malos, y mucho menos los sonidos que hacía fruto de su satisfacción al probar la rica cena me molestaban… Para mi sorpresa.
–Lovi ~ Esta carne está demasiado buena –casi podía ver sus ojos centellear con cada bocado que se llevaba a la boca. –¡Ha sido buena idea venir aquí!
–No está mal, para haberlo elegido tú… –Admití, mientras tomaba un trago de vino, sin duda mi perdición de la noche.
–¡Podría morirme comiéndola! –Exclamó, mirándome con emoción. Parecía un niño de ocho años, incluso menor. Para que luego me digan infantil a mí…
–Ojalá… –Murmuré mirándolo con una sonrisa socarrona. Rápidamente su expresión cambió a una de total incomprensión. Apuesto a que se preguntaba a qué venía aquel repentino retorno a mi humor habitual.
Comencé a carcajearme sonoramente, negando con la cabeza para hacerle saber que simplemente estaba bromeando y que, prácticamente, me estaba divirtiendo a su costa. Rápidamente, pareció pensárselo dos veces o empezó a reír conmigo, volviendo a la conversación entretenida y amena que estábamos teniendo antes.
Podía notar cómo mis mejillas ardían más de los habitual, seguramente habrían adquirido un destacable color rojo; y que ni siquiera era capaz de detener el rumbo que tomaba la conversación, por mucho que algo dentro de mí me mandaba que me callara.
Me sentía arrastrado totalmente en contra de mi voluntad por aquellos brazos españoles. Había obligado a Antonio, antes de salir, a darme todo el dinero y encargarme la tarea de pagar por la compra; y negarme a ello sería algo que dañaría seriamente mi orgullo. No soy un inútil. Por tanto, alcé la cabeza con altanería y pasé por delante de Antonio, colocándome en la primera caja registradora que vi libre de colas y, una vez allí, comencé a darle órdenes de cómo debía ir colocando los productos sobre la cinta. Me sentía poderoso, con control sobre él por un momento. Ayudó el hecho de que el muy imbécil se limitaba a sonreír y asentir, debería ser así todo el tiempo: calladito y obediente.
Pagar por todo aquello fue una especie de liberación; prácticamente me lancé a por las bolsas que menos pesaban y el pack de papel higiénico, dejando a Antonio con las botellas y demás cosas pesadas. Me giré para mirarlo con una sonrisa burlona en los labios, dispuesto a hacer algún comentario buscando molestar al español, cuando me encontré con su mirada clavada en mí, por lo que rápidamente aborté misión y comencé a andar apresuradamente, lleno de una inmensa vergüenza a la que no lograba encontrar sentido.
Debería echarle para acabar con mis problemas; rápidamente y sin andarme con rodeos.
–Looovii –oía su voz cansada llamarme, pero no fue hasta la segunda o tercera vez que lo hacía que decidí pararme en seco y girarme a mirarle amenazante. –No puedo ir más rápido, esto pesa demasiado.
–Já –alcé una ceja. –Así que careces de la fuerza de la que tanto presumes… Pobre, pobre Antonio.
–No es eeeeso –se intentaba excusar entre lloriqueos y quejidos. –¿Te crees que no me he dado cuenta de que me has dejado con lo más pesado? Al igual que sé que me estás evitando. No soy tonto –hablaba casi con dolor en la voz y, una vez agarró de nuevo las bolsas que había descansado en el suelo, volvió a echar a andar; dejándome atrás con la mirada baja.
No tendría que haber aceptado venir desde un principio.
–Me llaman mucho la atención estas parejas –comenté mirando asqueado alrededor, hacía tiempo que me sentía inquieto y con deseos de quejarme. –¿Qué ganan con reunirse en cierta fecha para celebrar lo felices que son si el resto del año tienen, la mayoría, relaciones vacías?
El vino, que me convierte en todo un gurú del amor.
Antonio alzó la mirada al techo y se rascó la nuca, valorando mi pregunta y buscando una respuesta lógica que, seguramente, trataría de contrarrestar mi opinión y argumentos lo bonito y satisfactorio que es el amor.
–No sé, Lovi, yo no lo veo así –como suponía, toda una sorpresa. –¡A mí me parece un detalle bonito dedicar un día a esa persona especial y celebrarlo a su lado! No tienen porqué vivir relaciones vacías o tristes el resto del año; si ese es el caso, la pareja no funciona, y ni el día de San Valentín podrá eliminar la distancia entre ellos. El amor hay que cuidarlo ~
Sonreía como un auténtico estúpido, realmente parecía estar disfrutando de aquella conversación, de dar su opinión acerca del amor.
–¿Amor? Eso es para imbéciles –fui tajante en expresar mi opinión, y desvié la vista hacia otro lado. Había sido un error comenzar aquella conversación; aparte de que no era un tema del cual disfrutara discutir… ¿Qué iba a saber él de relaciones si siempre las había rehuido? No tenía nada que aportar más que su desconfianza evidente.
Antonio sonrió, comprensivo. –¿Nunca te has sentido atraído por alguien hasta el punto de desear estar cada día a su lado? ¿No has encontrado a una persona que sea capaz de sacar lo mejor de ti, con quien te sientes cómodo y a quien no quieres perder por nada del mundo? ¿Nunca has sentido… mariposas en el estómago solo con verle u oír la voz de esa persona?
Sus vivaces ojos verdes brillaban más de lo normal mientras pronunciaba cada una de aquellas preguntas, clavados en mí esperando una respuesta.
–Yo las "mariposas" las vomito.
Antonio echó a reír animadamente, dejándose caer sobre el respaldo de la silla. Me puse rojo de rabia. ¿Qué mierda le hacía tanta gracia? Estaba hablando completamente en serio. Apreté los puños, dispuesto a gritarle de un momento a otro que parara, incluso a levantarme y largarme de allí, mi paciencia estaba a punto de agotarse.
–Enamórate, Lovino –fue capaz de decir una vez dejó de reírse, dedicándome una mirada completamente sincera y segura mientras sonreía de manera tierna. Maldito gilipollas, ¿cómo es capaz de llevarme al borde de mi paciencia y mis nervios con tanta facilidad? Me levanté, completamente serio, tratando de ignorar su último comentario.
–Voy al baño –anuncié, dejando mi servilleta sobre la mesa y comenzando a caminar en dirección a los aseos sin siquiera mirarle una última vez.
Quizá estaba huyendo, escondiéndome, o quién sabe qué.
Jodido Antonio.
Tensé la mandíbula, apretando los dientes. No soy tonto dice… – ¿En serio? ¡Pues lo disimulas bastante bien! –Me giré de golpe para gritarle a pleno pulmón, esperando que me oyera bien claro y buscando una reacción por su parte, aunque no sabía exactamente cuál.
Cumpliendo mis deseos, el español se paró en seco y se volvió para mirarme, expresando evidente molestia y enfado en su rostro. Seguramente él también se sentiría más que harto de mi actitud. Pero no movió ni un músculo, simplemente se quedó en su posición, estático, mirándome como quien mira a alguien que le ha decepcionado completamente, y esperando a que fuera yo quien se acercara a él.
Pues muy bien. Vale.
Comencé a andar a paso ligero, logrando en pocos pasos alcanzar al mayor y encararle, mientras perdía por segundos la poca seguridad en mí mismo que había conseguido reunir y comenzaba a arrepentirme de mi último comentario, de haber retomado la discusión que el español ya había dado por zanjada. Me mordí el labio inferior, inquieto, maldiciéndome por comportarme a veces de esa manera que solo me traía problemas.
–¿Cuál es tu problema, Lovino? –Preguntó Antonio, completamente dolido. Tenía el ceño fruncido y una expresión que pocas, sino ninguna vez había visto en él. Pedía explicaciones, y no las excusas o insultos que yo le daba una y otra vez. –¿Qué quieres? ¿Me voy de tu casa y así te dejo en paz, o simplemente te retiro la palabra para que se te pase la tontería?
–No es eso, jod-
–Pues si no es eso, dime qué es –me interrumpió, no dejándome terminar la frase y alzando un poco el tono de voz. –Porque me he esforzado en llevarme bien contigo, en que podamos convivir y tenerte feliz, ¿qué te pasa ahora?
Aquello me enervó, logrando sacarme de mis casillas en pocos segundos. Si él alzaba la voz, yo podía hacerlo todavía más alto. –¡Que no lo sé! ¡Deja d-
–En serio, Lovino, ¿a qué estás jugando?
–En serio, Lovino, ¿a qué estás jugando? –Parecía un maldito psicópata hablándome a mí mismo reflejado en el espejo del baño masculino de aquel restaurante.
Solo podía sentir repulsión hacia mis reacciones delante de Antonio. Aquella no era la primera vez que pasaba; y se trataba de algo incontrolable, totalmente fuera de mis capacidades. Abrí el grifo del agua, mojándome abundantemente las manos y llevándomelas a los pómulos, que traté de refrescar buscando en vano que el sonrojo desapareciera. Me sentía completamente idiota, débil, y miles de adjetivos negativos más que surcaban mi mente en aquel momento. Estaba decepcionado, siempre había creído tener más control sobre mis emociones. Pero con Antonio todo era diferente, era capaz de romper mis esquemas y acabar con todo.
Y seguro que mientras yo luchaba contra mí mismo en aquel baño con cuestionable control de higiene, él estaría sonriendo despreocupadamente y dando vueltas a cualquier tontería haciendo tiempo hasta que yo volviera a la mesa que compartíamos para comenzar a hablar de cualquier otro tema completamente banal. ¿Por qué no podía estar como yo? Nervioso y susceptible.
Terminé de tratar de tranquilizarme. Definitivamente, a este paso necesitaría un libro de auto-ayuda.
Le señalé acusatoriamente con el dedo índice, dando golpes con él sobre su brazo, cada vez más fuertes, mientras fruncía el ceño lleno de rabia.
–¡Tú! ¡Tú eres mi jodido problema! ¡Que no sé qué mierda estás haciendo conmigo!–Exclamé tal cual se me pasó por la cabeza, sin pensarlo dos veces. Decidí que ya era suficiente y le aparté a un lado de manera agresiva, buscando liberar el camino y ser esta vez yo quien se adelantaba en el camino hacia casa. No pensaba ni siquiera darme la vuelta para comprobar que me seguía. Que hiciera lo que le diera la gana, ni me importaba.
Antonio se limitó a bufar, llevándose una mano al flequillo, que despeinó con un movimiento rápido para después agachar la cabeza. A partir de entonces, se tomaría su tiempo en seguir el camino que había tomado.
Yo, por mi parte, me di prisa en llegar y dejar las cosas de mala manera sobre la encimera de la cocina. Ni de broma iba a hacer nada que me entretuviera hasta darle tiempo a llegar y encontrármelo de nuevo. No quería dirigirle ni la más mínima palabra. En aquel estado de humor, la cama resultaba tremendamente confortable, y las sábanas un inmejorable refugio del cual, si fuera por mí, no saldría en días.
Volví a la mesa, asegurándome de estar considerablemente más sereno que cuando había decidido irme de allí. Efectivamente, Antonio me esperaba sonriente, con la cabeza apoyada sobre la palma de una mano, y su sonrisa se amplió al verme llegar y tomar de nuevo mi asiento.
–No he pedido postre, así que ya he pagado –me informó. –Pensé que ya querrías irte a casa, te notaba nervioso… –Me lanzó una mirada cómplice, como si hubiera sido capaz de leer todo mi dilema interno.
–No tengo porqué estar nervioso, y menos por ti, idiota –respondí casi de manera instantánea mientras me lo tomaba como una invitación a irnos inmediatamente y cogía mis cosas. –Es más tarde de lo que pensaba.
Recorrimos el restaurante de nuevo hasta la salida del mismo, despidiéndonos de la empleada que nos había recibido, que trató de entablar una pequeña conversación con Antonio; intento frustrado por el hecho de que allí estaba yo tirando impaciente de su brazo.
–¿Qué te ha parecido? –Preguntó el español con interés.
–No ha estado mal –sonreí para mis adentros, mientras escuchaba una sonora risa por parte de Antonio, que deslizó su brazo por encima de mis hombros, acercándome a él.
–Me aleeeegro –murmuró feliz y aliviado. –Podríamos repetirlo más veces.
Y, por simple compromiso, decidí portarme bien y mantenerme en aquella posición.
Eso es, solo por educación.
…Estúpido Antonio.
Y aquella noche, Antonio no perdería ojo de la puerta que llevaba a la habitación del italiano.
No comprendo por qué siempre termino de escribir de madrugada. EN SERIO.
Puesss para no entretenerme mucho, y actualizar ya de una vezzzzz, pasaré a responder a los rvs por privado ;/; Menos a mi querida nueva anon BeautifulSora a la que debo agradecer su comentario y que haya empezado a leerme. Me pidió que no tardara tanto en actualizar, se hará lo que se pueeeeeda nejsfnd
Lo dicho, que muuuuchas gracias por los nuevos favs y follows que me dais con cada actualización *^* desde aquí os mando amor infinito e incondicional.
Y ahora, me voy a dormirrrrrr
Nota: Solo espero que FF no se coma palabras :'D
Love ~
Kai.
