Capítulo 7

«¿Qué? Regina, ¿estás loca? ¡Los vampiros ya no existen!» exclamó Ruby

«¡No podemos afirmar eso, Ruby! ¡Sabes perfectamente que nuestros padres fueron asesinados por esas criaturas!» exclamó Regina, andando de un lado para otro.

«Está bien, pero eso fue hace mucho tiempo. Tú solo tenías quince años y desde que el abuelo consiguió matarlos, no hemos oído hablar de esas criaturas»

«¡Lo que no significa que fueran los últimos o que dejaran de existir! ¿No encuentras extraño que nunca hayan sido vistas de día? La casa de tiene ventanas y la despensa, ¿has visto la despensa? ¡Está vacía! ¿De qué se alimentan?» preguntaba angustiada.

«Regina, nada de eso prueba nada. Pero para asegurarte, invita a Emma a un encuentro a plena luz del día. Si no aparece, prometo que te ayudo a investigarlo» sugirió Ruby y Regina estuvo de acuerdo.

En la última cita que tuvieron, las dos mujeres se habían intercambiado los números de teléfono para facilitar la comunicación entre ambas. Regina decidió rápidamente llamar y hacer lo que su hermana pequeña le acababa de sugerir. No quería creer que Emma fuese una de aquellas criaturas que tanto despreciaba, pero en aquel momento, todo indicaba lo contrario. De esa forma, pretendía confirmar sus sospechas cuando antes.

«Estaba pensando en ti» dijo Emma al contestar al teléfono

«¡Qué coincidencia!» dijo Regina, intentando parecer lo más natural posible.

«¿A qué debo el honor de su llamada, alcaldesa?» preguntó de forma guasona

«Emma, tengo que hablar contigo»

«Puedes hablar…»

«Tiene que ser en persona. Te espero a las 15:00 en la plaza del pueblo»

«¿A las tres? Regina, no puedo…tengo trabajos que acabar. ¿No puede ser por la noche?» preguntó recelosa

«A las tres, Emma. Esperaré en el lugar y a la hora acordada» tras decir eso, colgó

Emma apretó el móvil con todas sus fuerzas y en seguida lo tiró contra la pared. Regina estaba desconfiada y por esa razón había marcado ese encuentro en plena tarde, pensaba consigo misma Emma.

«Emma, ¿qué pasó?» preguntó Elsa entrando en el cuarto de la hermana al oír algo rompiéndose

«Regina desconfía. Quiere que la vea a las tres de la tarde en la plaza central del pueblo» dijo ella, suspirando.

«¿Qué harás?»

«Tengo que ir…si no voy, sus sospechas se confirmarán»

«Emma, ¡no conseguirás ni llegar a mirad del camino!»

«Llama a Whale. Dile que lo quiero aquí lo más rápido posible»

Tal y como Emma lo había pedido, Whale apareció. Suspiró al saber lo ocurrido, pero no se sorprendió.

«Sabía que esto pasaría. Solo que no creí que tan pronto» dijo él, moviendo la cabeza negativamente.

«Necesito verla. Y tú tienes que buscar un modo en que yo vaya y regrese respirando» dijo ella, con naturalidad

«¡Lo que tienes que hacer es marcharte de aquí con tu hermana! ¿Has pensado lo que pasará si Regina Mills descubre lo que realmente eres? Por suerte, su hermana mayor no se encuentra en la ciudad, que si no…»

«¡Cállate y haz lo que te he dicho! ¡Regina no lo va a descubrir!» exclamó a gritos

«Emma, por favor, cálmate» le pidió amablemente Elsa

«Iré al laboratorio y volveré sobre las dos, pero, no garantizo nada» dijo él molesto con la irresponsabilidad de Emma.

«Solamente vuelve con una solución» dijo Emma, y el científico se retiró enseguida.

«Emma, te estás arriesgando mucho. ¿Por qué no le cuentas la verdad?» preguntó Elsa

«No me aceptaría» se limitó a decir

«Si realmente te ama, aceptará cómo eres»

«¡Es fácil hablar, Elsa! ¡Las personas sienten miedo de nosotros, asco, repulsión! ¡Si fuera lo contrario, no tendríamos que escondernos!»

«Por eso mismo, ¡olvida a Regina!»

«Elsa, no quiero discutir. Solo no cuestiones mis decisiones»

Las horas pasaron rápidamente y tanto Emma como Regina estaban con los nervios a flor de piel. Una temía confirmar sus sospechas, la otra temía ser descubierta. Sobre las 14:15, Whale apareció en la casa del lago.

«Cinco minutos, Emma. Solo podrás estar bajo la luz del sol cinco minutos» dijo él

«¿Cinco minutos? ¿Qué haré en cinco minutos?» preguntó gritando

«No harás nada más que caminar hacia Regina, porque ella no tiene nada que decirte. Solo necesita verte caminando a plena luz del día, solo eso» dijo él, en el mismo tono

«Emma, esto es muy arriesgado…» Elsa habló, temerosa

«No tanto, Elsa. Si no se pasa del tiempo establecido, todo saldrá bien. Porque los rayos del sol no la alcanzarán dentro del coche. Todo lo que tendrá que hacer es hablar con Regina y regresar al coche en cinco minutos» dijo Whale.

«¿Y si el efecto acaba antes de tiempo?» preguntó Elsa

«Es un riesgo que ella está dispuesta a correr…»

«Gracias, Whale» dijo Emma, interrumpiendo aquel diálogo.


14:55

Regina ya se encontraba en la plaza esperando a Emma. Como imaginó, el sol estaba fuerte, lo suficiente para quemar la piel de un ser de esa especie. Suplicaba a los cielos para que Emma apareciese y acabase de una vez aquella duda cruel.

15:10

Caminando de un lado para otro, Regina constató en su reloj que ya pasaban de las tres. Su corazón pareció congelarse en su pecho, ya que hasta ese momento no había señal de Emma, lo que para ella significaba que la rubia no iba a venir, y lo peor, confirmaba sus sospechas. Cuando hizo amago de marcharse, vio el coche negro de la rubia estacionado cerca de la plaza. Como los cristales eran completamente oscuros, no logró ver quién estaba dentro.

«Buena suerte, Emma. Y acuérdate, tienes menos de cinco minutos» dijo Whale, aplicando el producto en el cuello de la rubia.

Segundos después de recibir la sustancia, Emma abrió la puerta lentamente, y con esa misma lentitud, bajó del coche. Conforme a lo que Whale le había sugerido, Emma vistió ropas claras, ya que sus habituales vestimentas de colores oscuros atraían más el calor. Llevaba gafas negras, ya que la luz le irritaba los ojos. Divisó a Regina a lo lejos, observándola como si presenciase algo de otro mundo. Caminó deprisa hacia la morena, temiendo que de un momento a otro, el efecto de la sustancia acabase y acabar ella en cenizas.

«¡Emma! ¡Qué bien que hayas venido!» Regina habló aliviada, mostrando una de sus mejores sonrisas.

«Tus deseos son órdenes para mí» dijo ella, en tono guasón, aunque por dentro, estuviese angustiada «¿Y entonces? ¿Qué es eso tan urgente que tenías que decirme?» preguntó la rubia, mirando su reloj y viendo que tenía menos de tres minutos.

«Yo quería invitarte a cenar en mi casa esta noche» dijo ella, intentando parecer convincente.

«No me lo perdería por nada de este mundo. Pero ahora, tengo que irme. Tengo una reunión en pocos minutos» dijo Emma, comenzando a sentir arder su piel.

«Claro, disculpa por retrasarte» dijo Regina, aparentemente disgustada.

«No te disculpes. Hasta más tarde entonces» dijo la rubia, besando el rostro de la alcaldesa.

Emma ya se marchaba deprisa sintiendo la luz del sol corroyendo la piel de su rostro. Cuando Regina la llamó, se detuvo con alguna dificultad debido al dolor que ya sentía.

«Emma…»

«¿Sí?» respondió, sin girarse por completo, ya que el lado de la cara donde el sol le estaba dando estaba quedándose en carne viva

«No te retrases» pidió sonriente

«No lo haré» tras decir eso, siguió a paso rápido hasta el coche.

Cuando finalmente entró, Whale arrancó. Así como parte de su cara, también sus manos, que estaban descubiertas, fueron alcanzadas por los rayos solares. Ese era uno de los peores momentos para un vampiro. Nada causaba más dolor a esos seres que tener su piel corroída por el calor del sol.

«¿Estás bien?» preguntó Whale

«Sí…» balbuceó

«No te preocupes, la herida pronto curará»


Media hora después llegaron a la casa del lago. Emma se cubrió con el abrigo y corrió hacia el interior de la casa. Su rostro todavía ardía y continuaba parcialmente desfigurado.

«¡Emma! ¡Gracias a los cielos!» exclamó Elsa, corriendo al encuentro de la hermana.

«Está todo bien, todo fue bien» dijo ella, mostrando media sonrisa.

Emma siguió para su cuarto y se echó en la cama. No pudo evitar la tristeza al darse cuenta de que Regina no la aceptaría si supiese lo que era realmente. ¿O solo querría saber la verdad…? Se cuestionaba, perdida en sus pensamientos.

Finalmente la noche llegó. Elsa se preparaba para salir cuando Emma la llamó.

«Elsa, ¿podemos hablar un minuto?» preguntó Emma

«Claro que sí. ¿Pasó algo?»

«No ha pasado nada. Solo quería saber…bueno…siempre que estoy en presencia de Regina, siento unas ganas incontrolables de morderla. No sé lo que me pasa, temo perder el control» dijo preocupada.

«Mamá siempre decía que cuando sentimos rabia o placer es natural que nuestros instintos se manifiesten. Sin embargo, debemos tener control sobre ellos, o sino ellos nos controlaran»

«¿Qué hago? No quiero herirla, mucho menos que me descubra…»

«Emma, no hay nada qué hacer. O lo controlas o serás controlada» dijo por fin, recibiendo una media sonrisa de su hermana pequeña.

Después de la conversación mantenida con Elsa, Emma se dirigió a casa de Regina. Llevaba diez minutos de retraso, y eso que había sido avisada de que no se retrasase.

«¿Qué parte de "no te retrases" no entendiste?» preguntó Regina al abrir la puerta.

«Ha sido por una buena causa» dijo Emma, mostrándole un ramo de flores.

Regina no se contuvo y sonrió de forma apasionada. Emma, a su vez, devolvió la sonrisa. Ambas paradas, mirándose como si el tiempo se hubiese detenido en ese momento.

«¿No quieres pasar y tomar un copa de vino?» preguntó Regina

«Ya que insistes…» respondió Emma haciendo que la morena moviera la cabeza negativamente a la vez que sonreía.

Regina llevaba un vestido por encima de las rodillas, de manga corta y de color gris. Los ojos de Emma recorrieron el cuerpo de la mujer constando cuán perfecta era.

«Tu madre acertó al darte ese nombre. Eres de hecho una reina» dijo Emma, quedándose parada cerca de la puerta.

Regina sonrió ante ese comentario. Se dio la vuelta, y se asustó al darse de bruces con la rubia a pocos centímetros de su cuerpo.

«Caminas tan delicadamente que no oigo tus pasos» comentó Regina, mirando los ojos verdes.

«Tú caminas tan majestuosamente que me pierdo en cada movimiento tuyo» dijo Emma.

«Me estás avergonzando…» dijo la alcaldesa

«Me estás emborrachando con tu aroma» dijo la rubia, rozando la punta de su nariz en el rostro de la morena.

Regina repentinamente cerró los ojos. Sus labios semi cerrados invitaron a la rubia a tocarlos con la punta de la lengua, haciendo a la alcaldesa gemir de placer.

«¿Quieres beber algo?» preguntó la morena, con aquella voz ronca que hechizaba a la rubia

«Quiero…quiero beber tu beso, tu placer…» respondió ella, restregando sus labios por el cuello de Regina.

Emma levantó el cuerpo de Regina hacia ella, y esta súbitamente envolvió la cintura de la rubia con sus piernas. En cuestión de segundos ya estaban en el cuarto de la morena, intercambiando besos y caricias con voracidad.

«Emma…todavía estoy casada…» murmuró, mientras la rubia la ponía de espaldas.

«Solo en el papel, porque tu cuerpo y tu corazón ahora me pertenecen» susurró, bajando la cremallera del vestido que la alcaldesa llevaba puesto.

Regina se estremeció al oír aquellas palabras. Y cuando su vestido se deslizó por su cuerpo y los labios de Emma le tocaron la nuca, no le fue posible contener los gemidos ante la intensa excitación que sentía.

Las manos de la rubia le acariciaron los pechos con delicadeza. Pocos segundos después, se escurrieron por los laterales del aquel cuerpo definido, alcanzando los muslos. De nuevo sus instintos aparecieron, exponiendo sus colmillos afilados, ansiando ser clavados en aquel apetecible cuello de la mujer de la que estaba enamorada. Recurrió a todas sus fuerzas para aplacar aquel deseo. Solo mordería a Regina, algún día, si ella quisiera. Sus manos hacían presión sobre la suave piel de la morena, que respondía a las caricias con gemidos cada vez más altos y roncos. Sin que Regina se lo esperase, Emma le rasgó las bragas, dejándola completamente desnuda. Sin dificultad, giró el cuerpo de la morena, hundiéndose en aquellos ojos negros, brillantes de placer.

Emma retrocedió unos pasos, recorriendo aquella figura maravillosa que tenía delante. Regina era de hecho la mujer más bonita que sus ojos habían tenido el privilegio de observar.

Felizmente, sus colmillos ya se habían retraído, y de esa forma, pudo contemplar a su amada sin miedo.

«Estoy enamorada de ti» dijo Emma, de repente. En respuesta, Regina la atrajo a sus brazos, besándola con deseo, mientras sus manos palpaban aquel cuerpo atlético, en el intento de quitarle toda la ropa.

En una fracción de segundo, ya estaban rodando por la cama. Regina presionaba sus manos en la espalda de Emma, que a su vez, se encontraba colocada entre las piernas de la morena. Los senos firmes y bien moldeados de Regina eran explorados por la boca y la lengua de Emma. Después de mucho deleitarse, alternando entre uno y otro, Emma siguió su recorrido en busca de más placer, tanto para ella como para la mujer bajo su cuerpo. Los besos en el abdomen eran depositados con delicadeza. Restos de saliva quedaban atrás conforme la rubia continuaba su camino.

«Emma…» murmuró Regina, agarrándose a los cabellos de la rubia, cuando sintió el toque de aquellos labios en su intimidad.

Emma dejó que sus dos manos subiesen por el cuerpo de Regina hasta tocar de nuevo los pechos. Regina, por otro lado, se contorsionaba de placer con cada embestida que recibía entre sus piernas. No demoró mucho para que la morena estallase en un intenso orgasmo, liberando todo su placer en la boca de la mujer de la que estaba completamente enamorada.

«Bésame, Emma…por favor…bésame» suplicó Regina, todavía jadeante, y Emma obedeció.