Los personajes no me pertenecen son de J.K Rowling y Rick Riordan.
Summary: Él siempre supo que pertenecía a dos mundos muy diferentes, que no interactúan entre ellos. Hijo de tres hombres. Con dos profecías sobre su cabeza y seres poderosos que lo quieren muerto. Deberá de dividir su tiempo para poder proteger a sus amigos y las personas que ama.
Hechizos Accio
Palabras griegas ¡Maya!
Idioma "Hola"
Recuerdos [Hola]
Capítulo 7 Inframundo
Pov Hadrien
Despues de acabar de comer, no es lo más delicioso que haya probado, pero está bien. El sol se hundía tras las montañas, cuando encontramos el parque acuático. A juzgar por el cartel, originalmente se llamaba «waterland», pero algunas letras habían desaparecido, así que se leía: «WAT R A D».
La puerta principal está cerrada con candado y protegida con alambre de espino. Dentro, enormes y secos toboganes, tubos y tuberías se enroscaban por todas partes, en dirección a las piscinas vacías.
Entradas viejas y anuncios revolotean por el asfalto. Al anochecer, aquel lugar tenía un aspecto triste.
—Si Ares trae aquí a su novia para una cita, no quiero imaginarme qué aspecto tendrá ella —dije mirando el alambre de espino. Cierto, había olvidado que, para ellos, no hay romanticismo.
—Hadrien, tienes que ser más respetuoso—me avisó Annabeth.
—¿Por qué? —ellos han sido unos idiotas, en verdad Poseidon tendrá que recompensarme.
—Sigue siendo un dios. Y su novia es muy temperamental.
—No insultes su aspecto —añadió Grover.
—¿Quién es? ¿Equidna? —dije recordando el temperamento de la mujer.
—No, Afrodita… La diosa del amor—repuso Grover y suspiró embelesado.
—Pensaba que estaba casada con alguien ¿Hefesto? —dije para nada sorprendido.
—¿Y qué si fuera así?
—Olvídenlo, entremos de una buena vez, me da igual si a los dioses le gusta tener sexo con otros o hacer orgias—entre más rápido hagamos esto, mejor. Estoy harto, solo quiero regresar con mi familia. Ambos me vieron impactado y temerosos, luego vieron al cielo, ya que truenos y rayos empezaron a escucharse.
—¡Maya! —Al punto surgieron las alas de los zapatos de Grover. Voló por encima de la valla, dio un involuntario salto mortal y aterrizó en una plataforma al otro lado. Se sacudió los vaqueros, como si lo hubiera previsto todo.
—Vamos, chicos—con un movimiento de mano, nos eleve con ayuda del viento y aterrizamos limpiamente del otro lado.
—Eso fue increíble—comento Grover.
Las sombras se alargaron mientras recorríamos el parque, examinando las atracciones. Pasamos frente a la Isla de los Mordedores de Tobillos, Pulpos Locos y Encuentra tu Bañador.
Es una piscina, por lo menos cuarenta y cinco metros de ancho y con forma de cuenco. Alrededor del borde, una docena de estatuas de Cupido montan guardia con las alas desplegadas y los arcos listos para disparar. Al otro lado se abre un túnel, por el que probablemente corría el agua cuando la piscina está llena. Tiene un letrero nada original.
«EMOCIONANTE ATRACCION DEL AMOR: ¡ÉSTE NO ES EL TÚNEL DEL AMOR DE TUS PADRES!»
Grover se acercó al borde.
—Chicos, miren—En el fondo de la piscina hay un bote de dos plazas, blanco y rosa, con un dosel lleno de corazones. En el asiento izquierdo, reflejando la luz menguante, está el escudo de Ares, una circunferencia de bronce bruñido.
—Esto es demasiado fácil ¿Así que bajamos y lo tomamos y ya está? —dije, Annabeth pasó los dedos por la base de la estatua de Cupido más cercana.
—Aquí hay una letra griega grabada —dijo seria.
—Grover ¿hueles monstruos? —pregunté. Olisqueó el viento.
—Nada.
—¿Nada como cuando estábamos en el arco y no olfateaste a Equidna, o nada de verdad? —Grover pareció molesto.
—Aquello estaba bajo tierra —refunfuñó.
—Olvídalo. Voy a bajar—llevamos días viajando, a este paso nunca llegaremos al inframundo.
—Te acompaño—Grover no parecía demasiado entusiasta, pero me dio la impresión de que intenta enmendarse por lo sucedido en San Luis.
—No. Te quedarás arriba con las zapatillas voladoras. Eres el Barón Rojo, un as del aire, ¿recuerdas? Cuento contigo para que me cubras, por si algo sale mal—repuse serio, sería más estorbo que ayuda, pero lo que cuenta es la intención. A Grover se le hinchó el pecho.
—Claro. Pero ¿qué puede ir mal?
—No lo sé. Es un presentimiento. Annabeth, ven conmigo.
—¿Estás de broma?
—¿Y ahora qué pasa? —quise saber.
—¿Yo, contigo en… en la «emocionante atracción del amor»? Me da vergüenza. ¿Y si me ve alguien? —se ruborizó fuertemente. Deje al cachorro y huevo juntos.
—No seas estúpida, no es como si estuviéramos en una cita, es una misión. Lo hare solo—lo que menos necesito, son dramas de este tipo. Cuando empecé a bajar a la piscina, me siguió, murmurando algo sobre que los chicos son unos insensibles. Llegamos al bote. Junto al escudo, hay un chal de seda de mujer. Tomé el escudo, pero al tocarlo, supe que teníamos problemas. Mi mano rompió algo que lo une al tablero de mandos.
Una telaraña, pensé, pero lo examiné en la palma y vi que era un delgado filamento de metal. Estaba puesto ahí para tropezar con él.
—Espera —dijo Annabeth.
—Demasiado tarde.
—Hay otra letra griega a este lado del bote, otra eta. Esto es una trampa—es obvio que es una trampa. Se produjo el chirriante ruido de un millón de engranajes que comenzaban a funcionar, como si la piscina estuviera convirtiéndose en una máquina gigante.
—¡Cuidado! —gritó Grover. Arriba, en el borde, las estatuas de Cupido tensaron sus arcos en posición de disparo, pero no hacia nosotros sino unas a otras, a ambos lados de la piscina. Las flechas arrastraban cables sedosos que describían arcos sobre la piscina y se clavaban en el borde, formando un enorme entramado dorado. Entonces, por arte de magia, empezaron a tejerse hilos metálicos más pequeños, entrelazándose hasta formar una red.
—¡Tenemos que salir de aquí! —dijo Annabeth. Mire alrededor, no sera tan fácil como bajar.
—¡Venga! —nos urgió Grover. Annabeth intentaba rasgar la red para abrirnos una salida, pero cada vez que la tocaba los hilos de oro le envolvían las manos. De repente, las cabezas de los cupidos se abrieron y de su interior salieron videocámaras y focos que nos cegaron al encenderse.
«Retransmisión en directo para el Olimpo dentro de un minuto… Cincuenta y nueve segundos, cincuenta y ocho…»
—¡Hefesto! ¡Cómo no me di cuenta antes! Eta es hache. Fabricó esta trampa para sorprender a su mujer con Ares. ¡Ahora van a retransmitirnos en vivo al Olimpo y quedaremos como idiotas totales! —gritó Annabeth.
Los espejos en hilera se abrieron como trampillas y de ellas emergió un torrente de diminutas cosas metálicas… Annabeth soltó un grito de horror.
Parecía un ejército de bichitos de cuerda: cuerpos de bronce, patas puntiagudas y afiladas pinzas, y se dirigían hacia nosotros como una marabunta, en una oleada de chasquidos y zumbidos metálicos.
—¡Arañas! —exclamó Annabeth, despavorida. Le tomé la mano y subí al bote cuando las arañas casi la habían cubierto por completo.
—Cállate y déjame a mí—Nunca la había visto así. Trastabilló y cayó hacia atrás, presa del pánico.
«Treinta, veintinueve, veintiocho…», proseguía el altavoz.
Aquellas cosas seguían apareciendo por doquier, miles de ellas, bajando sin cesar a la piscina y rodeándonos.
«Dos, uno, ¡cero!»
Cerré mis ojos y el fuego empezó a rodearnos, quemando todas las arañas y destruyéndolas. El agua inundó con un rugido la piscina, arrastrando las arañas. Tiré de Annabeth para sentarla a mi lado y le abroché el cinturón justo cuando la primera ola nos cayó encima y acabó con el resto de las arañas. El bote viró, se levantó con el nivel del agua y dio vueltas en círculo encima del remolino. El agua está llena de arañas que chisporroteaban en cortocircuito, algunas con tanta fuerza que incluso explotaban. Los focos nos iluminan y las cámaras cupido filman en directo para el Olimpo.
Me concentré en controlar el bote y lograr que siguiera la corriente sin estrellarse contra las paredes. Si la atracción hubiese estado en funcionamiento, habríamos llegado a una rampa entre las Puertas Doradas del Amor y de allí, chapoteado sin problemas hasta la piscina de salida. Pero había un problema: las Puertas del Amor están cerradas con una cadena. Un par de botes que al parecer habían salido del túnel antes que nosotros se habían estrellado contra las puertas: uno estaba medio sumergido, y el otro partido por la mitad.
Por lo que utilice el viento y nos eleve, mis ojos cambian conforme el elemento que uso, en este momento debo de tenerlos azul glacial.
Cien metros más allá, en la piscina, los cupidos seguían filmando. Las estatuas habían girado de manera que las cámaras y las luces nos enfocan.
—¡La función ha terminado! —grité molesto, destruyendo uno de los cupidos, el resto regresaron a sus posiciones originales y las luces se apagaron. Detesto que me provoquen y jueguen conmigo. El dios de la guerra nos espera en el aparcamiento del restaurante.
—Bueno, bueno. No los han matado—dijo como si nada.
—Sabías que era una trampa —le espeté. Ares sonrió maliciosamente.
—Seguro que ese herrero lisiado se sorprendió al ver en la red a un par de niños estúpidos. Eres increíble y fuerte, ni siquiera sudaste. Contrario a la niña, que se quedó paralizada, te ves bien en la tele—Le arrojé su escudo.
—Eres un cretino, no creas que esto se quedara así—Annabeth y Grover contuvieron el aliento.
Ares agarró el escudo y lo hizo girar en el aire como una masa de pizza. Cambió de forma y se convirtió en un chaleco antibalas. Se lo colocó por la espalda.
—¿Ves ese camión de ahí? —Señaló un tráiler de dieciocho ruedas aparcado en la calle junto al restaurante.
—Es su vehículo. Los conducirá directamente a los Ángeles, con una parada en Las Vegas—El camión lleva un cartel en la parte trasera.
TRANSPORTE DE ZOOS HUMANOS. PELIGRO: ANIMALES SALVAJES VIVOS
—Estás de broma —no pienso viajar en esa cosa, simplemente tomaremos un taxi. Ares chasqueó los dedos. La puerta trasera del camión se abrió.
—Billete gratis, primo. Deja de quejarte. Y aquí tienes estas cosas por hacer el trabajo—Sacó una mochila de nailon azul y me la lanzó. Contiene ropa limpia para todos, veinte dólares, una bolsa llena de dracmas de oro y una bolsa de galletas Oreo con relleno doble.
—No quiero… —empecé. Recordando la advertencia de la mujer en el agua.
—Gracias, señor Ares. Muchísimas gracias—saltó Grover, dedicándome su mejor mirada de alerta roja.
A regañadientes, le entregue la mochila a Grover en vez de lanzársela en la cara al dios de cuarta, que tengo en frente.
Miré el restaurante, que ahora tiene sólo un par de clientes. La camarera que nos había servido la cena nos mira nerviosa por la ventana, como si temiera que Ares fuera a hacernos daño. Sacó al cocinero de la cocina para que también mirase.
—Eres bastante presuntuoso Ares, para ser un tipo que huye de estatuas de Cupido—Tras sus gafas de sol, el fuego ardió. Sentí un viento cálido en el pelo.
—Volveremos a vernos, Hadrien Black—Aceleró la Harley y salió con un rugido por la calle Delancy.
—Eso no ha sido muy inteligente, Hadrien—dijo Annabeth.
—Me da igual.
—No quieras tener a un dios de enemigo. Especialmente ese dios.
—Eh, chicos. Detesto interrumpiros, pero… —intervino Grover. Señaló al comedor. En la caja registradora, los dos últimos clientes pagaban la cuenta, dos hombres vestidos con idénticos monos negros, con un logo blanco en la espalda que coincidía con el del camión: «amabilidad internacional.»
—Solo por esta vez, viajemos de esta forma, tu apariencia de por si atrae mucho la atención, debemos pasar desapercibidos—dijo Annabeth, al ver como Grover le da la razón.
—Pues lo siento por ustedes, pero prefiero ir en taxi. Vienen conmigo o nos encontramos en los Angeles—si piensa que viajare como fugitivo, están muy equivocados. Al final y de malas ganas, decidieron tomar el taxi conmigo, no costo convencer a uno que nos llevara, con dinero todo es posible. En este viaje solo he sido probado una y otra vez. Cada día mi humor empeora.
Por otro lado, no tengo idea de qué debo esperar. Los dioses no paran de jugar conmigo. Por lo menos Hefesto, tuvo la decencia de ser honesto: había puesto cámaras y me había anunciado como entretenimiento. Pero incluso cuando aquéllas aún no estaban rodando, había tenido la impresión de que mi misión es observada. Yo no soy más que una fuente de diversión para los dioses. Esta muy difícil que vuelva a ese campamento de nuevo.
—Oye, siento haber perdido los nervios en el parque acuático, Hadrien—me dijo Annabeth.
—No pasa nada.
—Es que… ¿Sabes?, las arañas…—Se estremeció.
—¿Por la historia de Aracne? Acabó convertida en araña por desafiar a tu madre a ver quién tejía mejor—dije serio. Annabeth asintió. Acaso no puede pensar en algo menos letal, puede ser denominada la diosa de la sabiduría, pero sus decisiones dejan mucho que desear.
—Los hijos de Aracne, llevan vengándose de los de Athena desde entonces. Si hay una araña a un kilómetro a la redonda, me encontrará. Detesto a esos bichejos. De todos modos, te la debo.
—No es como si hubiera sido difícil, pero la compañía es agradable—dije amablemente, he pagado mi malhumor con ellos.
—En el mensaje Iris… ¿de verdad Luke no dijo nada? —trate de recordar todo lo que dijo. Luke pidió en algún momento hablar a solas conmigo.
—Luke me dijo que él y tú se conocen desde hace mucho. También dijo que Grover no fallaría esta vez. Que nadie se convertiría en pino—obviamente no fue difícil deducir quien fue el sátiro y los niños que acompañaban a Thalia en esa misión.
—Debería haberte contado la verdad desde el principio. Pensaba que, si sabías lo bobo que era, no me querrías a tu lado—Le tembló la voz. No es como si hubiera tenido opción.
—Eras el sátiro que intentó rescatar a Thalia, la hija de Zeus—Asintió con tristeza.
—Y los otros dos mestizos de los que se hizo amiga Thalia, los que llegaron sanos y salvos al campamento… Eran tú y Luke, ¿verdad? —Miré a Annabeth.
—Como tú dijiste, Hadrien, una mestiza de siete años no habría llegado muy lejos sola. Athena me guió hacia la ayuda. Thalia tenía doce, Luke, catorce. Los dos habían huido de casa, como yo. Les pareció bien llevarme. Eran… unos luchadores increíbles contra los monstruos, incluso sin entrenamiento. Viajamos hacia el norte desde Virginia, sin ningún plan real, evitando monstruos hasta que Grover nos encontró.
—Se suponía que tenía que escoltar a Thalia al campamento. Sólo a Thalia. Tenía órdenes estrictas de Quirón: no hagas nada que ralentice el rescate. Verás, sabíamos que Hades le iba detrás, pero no podíamos dejar a Luke y Annabeth solos. Pensé… que podría llevarlos a los tres sanos y salvos. Fue culpa mía que nos alcanzaran las Benévolas. Me quedé en el sitio. Me asusté de vuelta al campamento y me equivoqué de camino. Si hubiese sido un poquito más rápido… —dijo Grover entre sollozos, eso no me sorprende, se puso histérico con el minotauro.
—Ya basta. Nadie te echa la culpa. Thalia tampoco te culpaba —lo interrumpió Annabeth.
—Se sacrificó para salvarnos. Murió por mi culpa. Así lo dijo el Consejo de los Sabios Ungulados.
—¿Porque no pensabas dejar a otros dos mestizos atrás? Eso es injusto—al parecer dejar a dos niños morir, hubiera estado bien, para los sabios.
—Hadrien tiene razón. Yo no estaría aquí hoy de no ser por ti, Grover. Ni Luke—dijo Annabeth.
—¡Menuda suerte tengo! Soy el sátiro más torpe de todos los tiempos y voy a dar con los dos mestizos más poderosos del siglo, Thalia y Hadrien.
—No eres torpe. Y eres más valiente que cualquier otro sátiro que haya conocido. Nómbrame alguno que se atreva a ir al inframundo. Seguro que Hadrien también se alegra de que estés aquí—insistió Annabeth. Me dio una patada en la espinilla.
—Sí, hiciste lo posible para mantenerlos a salvo y con tu ayuda hemos salido de diversos problemas —contesté, aunque lo habría dicho incluso sin la patada. Debido que el viaje dura horas, me quede dormido. Abrazando al león y huevo, no sin antes pedirle a Aisha que se mantenga alerta.
La pesadilla comenzó con una chica sentada allí, también con camisa de fuerza. Tiene mi edad, el pelo negro y revuelto, peinado a lo punk, los ojos verdes y tormentosos pintados con lápiz oscuro, y pecas en la nariz. De algún modo, sabía quién era: Thalia, hija de Zeus.
Ella forcejea con la camisa de fuerza, me lanza una airada mirada de frustración.
—Bueno, sesos de alga. Uno de los dos tendrá que salir de aquí—sera que sueño con ella, debido a que recién hablamos de su muerte. En serio, todos tienen que tener tan poca imaginación para los apodos. Luego de librarme de la camisa de fuerza.
Caí a través del suelo, escuché una voz fría y malvada, resonando desde las profundidades de un gran abismo.
—Hadrien Black. Sí, veo que el intercambio ha funcionado—Estoy otra vez en la caverna oscura, los espíritus de los muertos vagan alrededor. Oculta en el foso, la cosa monstruosa habla, pero esta vez no se dirige a mí. El poder entumecedor de su voz, parece dirigido hacia otro lugar.
—¿Y no sospecha nada? —pregunta. Otra voz, una que me resulta conocida, respondió a mi espalda.
—Nada, mi señor. Está totalmente en la inopia—mire, pero no hay nadie. El que habla es invisible.
—Un engaño tras otro. Excelente —musito la cosa del foso.
—En serio, mi señor, hacen bien en llamarlo el Retorcido, pero ¿era esto realmente necesario? Podría haber traído lo que robé directamente… —decía la voz a mi lado.
—¿Tú? Has mostrado tus límites con creces. Me habrías fallado por completo de no haber intervenido yo—se burlaba el monstruo.
—Pero, mi señor…
—Haya paz, pequeño sirviente. Estos seis meses nos han rendido mucho. La ira de Zeus ha aumentado. Poseidón ha jugado su carta más desesperada. Ahora la usaremos contra él. Pronto obtendrás la recompensa que deseas, y tu venganza. En cuanto ambos objetos me sean entregados… Pero espera.
—Está aquí—sentí como fui descubierto.
—¿Qué? ¿Lo ha convocado, mi señor? —El sirviente invisible de repente parecía tensarse.
—No—El monstruo centro toda la fuerza de su atención en mí, trate de distinguir algo, pero me es imposible.
—Maldita sea la sangre de su padre y de los magos: es demasiado voluble, demasiado impredecible. El chico ha venido solo.
—¡Imposible! —grito el sirviente.
—¡Para un débil como tú, puede! —rugía la voz. Entonces su frío poder se volvió hacia mí, pero antes de que hiciera algo, forcé mi Oclumancia. Al despertar, me di cuenta que ya estamos llegando, faltan solo veinte kilómetros para california.
Al anochecer, el taxi nos dejó en la playa de Santa Mónica. Tiene el mismo aspecto que las playas de Los Ángeles en las películas, aunque huele peor. Había atracciones en el embarcadero, palmeras junto a las aceras, vagabundos durmiendo en las dunas y surferos esperando la ola perfecta. Grover, Annabeth y yo caminamos hasta la orilla.
—¿Y ahora qué? —preguntó Annabeth.
El Pacífico se tornaba oro al ponerse el sol, deje a mis pequeños compañeros en la arena, sé que no se moverán. Me metí en las olas.
—¡Hadrien! ¿Qué estás haciendo? —llamó Annabeth. Seguí caminando hasta que el agua me llegó a la cintura, después hasta el pecho.
—¿No sabes lo contaminada que está el agua? ¡Hay todo tipo de sustancias tóxicas! —En ese momento metí la cabeza bajo el agua.
Se que puedo respirar, lo descubrí cuando tenía cinco años. Bajé hasta los bancos. No se ve nada con aquella oscuridad, pero de algún modo se dónde está todo. Siento la textura cambiante del fondo. Veo las colonias de erizos en las barras de arena. Incluso distingo las corrientes, las frías y las calientes, así como los remolinos que forman.
Sentí una caricia en la pierna. Miré hacia abajo, junto a mí había un tiburón mako de un metro y medio de longitud. Pero no atacaba. Tan sólo me olisqueaba. Me seguía como un perrito. Le toqué la aleta dorsal con cautela y el tiburón corcoveó un poco, como invitándome a agarrarme con fuerza. Me sujete a la aleta con las dos manos y el escualo salió disparado, arrastrándome con él. Me condujo hacia la oscuridad y me depositó en el límite mismo del océano, donde el banco de arena se despeñaba hacia un enorme abismo. Era como estar al borde del Gran Cañón a medianoche, sin ver demasiado pero consciente de que el vacío está justo ahí.
La superficie brilla a unos cincuenta metros por encima. Se que la presión debería haberme aplastado y que, desde luego, tampoco debería estar respirando. Sin embargo… Me pregunté si habría algún límite, si podría zambullirme directamente hasta el fondo del Pacífico.
Entonces algo brilló en la oscuridad de abajo, algo que se volvía mayor a medida que ascendía hacia mí. Una voz de mujer muy parecida a la escuche antes.
—Hadrien Black—Siguió acercándose y su forma se hizo más clara. La melena negra ondeaba alrededor de la cabeza y lleva un vestido de seda verde. La luz titilaba en torno a ella, y sus ojos eran tan bonitos y llamativos que apenas reparé en el hipocampo que monta.
Desmontó. El caballo marino y el tiburón mako se apartaron y empezaron a jugar a algo similar al tú la llevas. La dama submarina me sonrió.
—Has llegado lejos, Hadrien Black. Bien hecho—No estoy muy seguro de cómo comportarme, así que hice una reverencia.
—¿Eres la mujer que me habló en el río Mississippi? —pregunte solo para salir de dudas.
—Sí, niño. Soy una nereida, un espíritu del mar. No fue fácil aparecer tan río arriba, pero las náyades, mis primas de agua dulce, me ayudaron a mantener mi fuerza vital. Honran al señor Poseidón, aunque no le sirven en su corte.
—¿Y tú sí le servís en su corte? —Asintió.
—Hacía mucho que no nacía un niño del dios del mar. Te hemos observado con gran interés.
De repente recordé los rostros en las olas de la playa de Reyneke cuando era un niño, reflejos de mujeres sonrientes. Como en tantas otras cosas raras en mi vida, no había vuelto a pensar en ello. Despues de todo, el mundo magico hay tantas criaturas, que ellas me parecieron parte de mi mundo, eso fue antes de saber la verdad.
—Si mi padre está tan interesado en mí ¿por qué no está aquí? ¿Por qué no habla conmigo? —dije molesto, me hace ir al estúpido campamento y me deja tirado en ese lugar. Una corriente fría se alzó de las profundidades.
—No juzgues al Señor del Mar demasiado severamente. Se encuentra al borde de una guerra no deseada. Tiene muchos problemas que resolver. Además, se le prohíbe ayudarte directamente en esta misión. Los dioses no pueden mostrar semejantes favoritismos —me aconsejó la nereida.
—¿Ni siquiera con sus propios hijos?
—Especialmente con ellos. Los dioses sólo pueden actuar por influencia indirecta. Por eso yo te doy un aviso, y un regalo—sé que soy un caso especial. Ya que al menos Poseidon me visita, cosa que los demás no pueden decir, le doy crédito por eso. Extendió la mano y en su palma destellaron tres perlas blancas.
—Sé que te diriges al reino de Hades. Pocos mortales lo han hecho y sobrevivido para contarlo: Orfeo, que tenía una gran habilidad musical; Hércules, dotado de enorme fuerza; Houdini, que podía escapar incluso de las profundidades del tártaro. ¿Tienes tú alguno de esos talentos? —prosiguió, iba a decir que no lo necesito, pero no me dejo hablar.
—Ah, pero tienes algo más, Hadrien. Posees dones que sólo estás empezando a descubrir. Los oráculos han predicho un futuro grande y terrible para ti, si sobrevives hasta la edad adulta. Poseidón no va a permitir que mueras antes de tiempo. Así pues, toma esto, y cuando te encuentres en un apuro rompe una perla a tus pies—mis padres no estarán contento con eso.
—¿Qué pasará?
—Eso dependerá de la necesidad. Pero recuerda: lo que es del mar siempre regresará al mar.
—¿Qué hay de la advertencia? —Sus ojos emitieron destellos verdes.
—Haz lo que te dicte el corazón, o lo perderás todo. Hades se alimenta de la duda y la desesperanza. Te engañará si puede, te hará dudar de tu propio juicio. En cuanto estés en su reino, jamás te dejará marchar voluntariamente. Mantén la fe. Buena suerte, Hadrien Black—es cierto que estaré en su territorio, pero ningún dios hasta el momento conoce mis capacidades y prefiero que siga así.
Cuando llegué a la playa, mis ropas se secaron al instante. Les conté a Grover y Annabeth todo lo ocurrido y les enseñé las perlas. Ella hizo una mueca.
—No hay regalo sin precio.
—¿Éstas son gratis?
—No. «No existen los almuerzos gratis.» Es un antiguo dicho griego que se aplica bastante bien hoy en día. Habrá un precio. Ya lo verás—Sacudió la cabeza. De igual forma no pienso usarlas, quien sabe y me sirvan en otra ocasión. Volvimos a tomar otro taxi, en esta ocasión le di la direccion que encontré en la oficina de Medusa.
Estamos en las sombras del bulevar Valencia, mirando el rótulo de letras doradas sobre mármol negro: «Estudios de grabación el otro barrio.» Debajo, en las puertas de cristal, se leía: «abogados no, vagabundos no, vivos no.»
Es casi medianoche, pero el recibidor está bien iluminado y lleno de gente. Tras el mostrador de seguridad hay un guardia con gafas de sol, porra y aspecto duro.
—De acuerdo, vamos a meternos en la tierra de los muertos y no tengo que pensar en negativo—dijo Annabeth, para luego ruborizarse al ver mi mirada.
—Lo siento, Hadrien, los nervios me traicionan. Todo saldrá bien—Y le dio un codazo a Grover.
—¡Oh, claro que sí! Hemos llegado hasta aquí. Encontraremos el rayo maestro y salvaremos a tu tía. Ningún problema —dijo él, asintiendo con la cabeza. Me abstuve a decir que tía Bella no necesita ser salvada, se lo he dicho tantas veces que perdí la cuenta.
Entramos en la recepción de EOB. Una música suave de ascensor salía de altavoces ocultos. La moqueta y las paredes eran gris acero. En las esquinas había cactos como manos esqueléticas. El mobiliario era de cuero negro, y todos los asientos estaban ocupados. Hay gente sentada en los sofás, de pie, mirando por las ventanas o esperando el ascensor. Nadie se movía, ni hablaba ni hacía nada. Son fantasmas, almas en pena.
El mostrador del guarda de seguridad era bastante alto, así que teníamos que mirarlo desde abajo. Es un moreno alto y elegante, pelo teñido de rubio y cortado estilo militar. Lleva gafas de sol de carey y un traje de seda italiana a juego con su pelo. También lucía una rosa negra en la solapa bajo una tarjeta de identificación.
—Mira qué preciosidad de muchacho tenemos aquí—Tenía un acento extraño, británico quizá, pero también como si el inglés no fuera su lengua materna, luego miro a Grover con severidad.
—Caronte—leyó Grover nervioso.
—¡Impresionante! Ahora di: señor Caronte.
—Basta, vengo a ver a Tío Hades, podrías hacerme el favor de decirle que Hadrien Black, está aquí—no me importa si parezco prepotente, pero este viaje ha sido de lo peor, lo único bueno, son las dos bebes que conseguí y que pienso hacerles un espacio en mi baúl.
—Vaya, la hermosura tiene una voz igual de cautivante, te estábamos esperando, pasen—Se abrió paso entre la multitud de espíritus a la espera, que intentaron colgarse de nosotros mientras susurraban con voces lastimeras.
Caronte los apartaba de su camino murmurando: «Largo de aquí.»
Nos escoltó hasta el ascensor, que ya estaba lleno de almas de muerto, cada una con una tarjeta de embarque verde. Caronte agarró a dos espíritus que intentaban meterse con nosotros y los devolvió a la recepción.
—Escuchen: que a nadie se le ocurra pasarse de listo en mi ausencia —anunció a la sala de espera.
—Y si alguno vuelve a tocar el dial de mi micrófono, me aseguraré de que pasen aquí mil años más ¿Entendido? —Cerró las puertas. Metió una tarjeta magnética en una ranura del ascensor y empezamos a descender.
—¿Qué les pasa a los espíritus que esperan? —preguntó Annabeth.
—Nada —repuso Caronte.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Para siempre, o hasta que me siento generoso.
—Vaya. Eso no parece… justo—dijo Annabeth. Caronte arqueó una ceja.
—¿Quién ha dicho que la muerte sea justa, niña? Espera a que llegue tu turno. Yendo a dónde vas, morirás pronto.
—Saldremos vivos —respondí. El solo se rio, no comente nada más, no seré la burla de nadie, este estúpido viaje, ha tocado mi orgullo una y otra vez, al ser el juguete de los dioses.
Los espíritus que nos rodean empezaron a cambiar de forma. Sus prendas modernas se desvanecieron y se convirtieron en hábitos grises con capucha. El suelo del ascensor empezó a bambolearse. Cerré los ojos con fuerza. Cuando los abrí, el traje de Caronte se había convertido en un largo hábito negro, y tampoco llevaba las gafas de carey. Donde tendría que haber habido ojos sólo había cuencas vacías; como las de Ares, pero totalmente oscuras, llenas de noche, muerte y desesperación.
—¿Qué pasa?
—No, nada—dije serio. Pensé que estaba sonriendo, pero no era eso. La carne de su rostro se estaba volviendo transparente, y puedo verle el cráneo. El suelo seguía bamboleándose.
—Me parece que me estoy mareando —dijo Grover.
Cuando volví a cerrar los ojos, el ascensor ya no era un ascensor. Estábamos encima de una barcaza de madera. Caronte empujaba una pértiga a través de un río oscuro y aceitoso en el que flotaban huesos, peces muertos y otras cosas más extrañas: muñecas de plástico, claveles aplastados, diplomas de bordes dorados empapados.
—El río Estige. Está tan… —murmuró Annabeth.
—Contaminado. Durante miles de años, ustedes los humanos han ido tirando de todo mientras lo cruzaban: esperanzas, sueños, deseos que jamás se hicieron realidad. Gestión de residuos irresponsables, si vamos a eso—la ayudó Caronte.
La niebla se enroscó sobre la mugrienta agua. Por encima de nosotros, casi perdido en la penumbra, había un techo de estalactitas. Más adelante, la otra orilla brillaba con una luz verdosa, del color del veneno.
La orilla del inframundo apareció ante nuestra vista. Unos cien metros de rocas escarpadas y arena volcánica negra llegaban hasta la base de un elevado muro de piedra, que se extendía a cada lado hasta donde se perdía la vista. Llegó un sonido de alguna parte cercana, en la penumbra verde, y reverberó en las rocas: el gruñido de un animal de gran tamaño.
—El viejo Tres Caras está hambriento —comentó Caronte. Su sonrisa se volvió esquelética a la luz verde.
—Mala suerte, diosecillos—La quilla de la barcaza se posó sobre la arena negra. Los muertos empezaron a desembarcar. Una mujer lleva a una niña pequeña de la mano. Un anciano y una anciana cojeaban agarrados del brazo. Un chico, no mayor que yo, arrastraba los pies en su hábito gris.
—Te desearía suerte, lindo, pero es que ahí abajo no hay ninguna —dijo Caronte, odio sus estúpidos sobrenombres.
Nos acercamos a las puertas. Los alaridos se oían tan alto que hacían vibrar el suelo bajo mis pies, aunque seguía sin localizar el lugar del que procedían. Entonces, a unos quince metros delante, la niebla verde resplandeció. Justo donde el camino se separaba en tres había un enorme monstruo envuelto en sombras. No lo había visto antes porque era semitransparente, como los muertos. Si estaba quieto se confundía con cualquier cosa que tuviera detrás. Sólo los ojos y los dientes parecían sólidos. Y estaba mirándome.
—Es un rottweiler—sé que los cerberos son diferentes razas de perros, pero nunca había tenido la oportunidad de verlo en persona, hasta ahora.
Los muertos caminaban directamente hacia él: no tenían miedo. Las filas en servicio se apartaban de él cada una a un lado. Los espíritus camino de muerte rápida pasaban justo entre sus patas delanteras y bajo su estómago, cosa que hacían sin necesidad de agacharse.
—Ya lo veo mejor ¿Por qué pasa eso? —murmuré.
—Creo… Me temo que es porque nos encontramos más cerca de estar muertos—Annabeth se humedeció los labios. La cabeza central del perro se alargó hacia nosotros. Olisqueó el aire y gruñó.
—Huele a los vivos —dije impresionado, de lo bien entrenado que esta.
Nos acercamos al monstruo. La cabeza del medio nos gruñó y luego ladró con tanta fuerza que me hizo parpadear.
—¿Lo entiendes? —le pregunté a Grover.
—Sí lo entiendo, sí. Vaya si lo entiendo.
—¿Qué dice?
—No creo que los humanos tengan una palabra que lo exprese exactamente—saque mi varita y transforme las rocas en varios juguetes de perros, al instante empezó a mover la cola, le silbe para que se acercara, cuando lo hizo, lo acaricie.
—¿Por qué no le temes? —pregunto Annabeth nerviosa.
—Es un perro, uno muy lindo—susurre acariciándolo. Le di un hueso de goma a una de las cabezas, una pelota a otra y un patito de goma a la última.
—Jueguen, regresare despues de hablar con tío Hades—solo movieron la cola y siguieron jugando.
Los Campos de Asfódelos tienen hierba negra lleva millones de años siendo pisoteada por pies muertos. Soplaba un viento cálido y pegajoso como el hálito de un pantano. Aquí y allá crecían árboles negros, y Grover me dijo que eran álamos.
El techo de la caverna era tan alto que bien habría podido ser un gran nubarrón, pero las estalactitas emitían leves destellos grises y tenían puntas afiladísimas. Intenté no pensar que se nos caerían encima en cualquier momento, aunque había varias de ellas desperdigadas por el suelo, incrustadas en la hierba negra tras derrumbarse. Supongo que los muertos no tenían que preocuparse por nimiedades.
Annabeth, Grover y yo intentamos confundirnos entre la gente, pendientes por si volvían los demonios de seguridad. No pude evitar buscar rostros entre los que deambulaban por allí, pero los muertos son difíciles de mirar.
Los rostros brillan. Todos parecen enfadados o confusos. Se te acercan y te hablan, pero sus voces suenan a un traqueteo, como a chillidos de murciélagos. En cuanto advierten que no puedes entenderlos, fruncen el entrecejo y se apartan. Los muertos no dan miedo. Sólo son tristes.
Solo tía Bella, se siente bien torturándolos. Seguimos abriéndonos camino, metidos en la fila de recién llegados que serpenteaba desde las puertas principales hasta un pabellón cubierto de negro con un estandarte que rezaba: «Juicios para el Elíseo y la condenación eterna. ¡Bienvenidos, muertos recientes!»
Según me contaron mis padres, los magos no vienen aquí cuando mueren, sino que son enviados al Valhalla para los chicos buenos y Helheim para los malos, aunque esto depende desde el punto de vista, por eso, cuando la hora llega, la madre magia es quien juzga. Tal como la división que existe en el mundo magico con los dioses, lo mismo ocurre con sus muertos.
Por la parte trasera había dos filas más pequeñas. A la izquierda, espíritus flanqueados por demonios de seguridad marchaban por un camino pedregoso hacia los Campos de Castigo, que brillaban y humeaban en la distancia, un vasto y agrietado erial con ríos de lava, campos de minas y kilómetros de alambradas de espino que separaban las distintas zonas de tortura. Incluso desde tan lejos, veía a la gente perseguida por los perros del infierno, quemada en la hoguera, obligada a correr desnuda a través de campos de cactos o a escuchar ópera.
Vislumbré una pequeña colina, con la figura diminuta de Sísifo dejándose la piel para subir su roca hasta la cumbre. Ninguna de las torturas me impresionó, he visto cosas peores. Annabeth y Grover no están de acuerdo con mis pensamientos, si la palidez de su rostro dice algo. Espero encontrar a tía Bella, pronto.
Pov Annabeth
Llevamos un tiempo caminando y cada vez es peor. La fila que llega del lado derecho del pabellón de los juicios era mucho mejor. Esta conducía pendiente abajo hacia un pequeño valle rodeado de murallas: una zona residencial que parecía el único lugar feliz del inframundo. Más allá de la puerta de seguridad había vecindarios de casas preciosas de todas las épocas, desde villas romanas a castillos medievales o mansiones victorianas. Flores de plata y oro lucían en los jardines. La hierba ondeaba con los colores del arco iris. Oí risas y olor a barbacoa. El Elíseo.
En medio de aquel valle había un lago azul de aguas brillantes, con tres pequeñas islas como una instalación turística en las Bahamas. Las islas Bienaventuradas, para la gente que había elegido renacer tres veces y tres veces había alcanzado el Elíseo. De inmediato supe que aquél era el lugar al que quiero ir cuando muriera.
—Ése es el lugar para los héroes—le dije a Hadrien quien ve confundido el lugar.
Hay muy poca gente en el Elíseo, que parecía muy pequeño en comparación con los Campos de Asfódelos o incluso los Campos de Castigo. Qué poca gente hacía el bien en sus vidas. Es deprimente.
Abandonamos el pabellón del juicio y nos adentramos en los Campos de Asfódelos. La oscuridad aumentó. Los colores se desvanecieron de nuestras ropas. La multitud de espíritus parlanchines empezó a menguar.
Tras unos kilómetros caminando, empezamos a oír un chirrido familiar en la distancia. En el horizonte se cernía un reluciente palacio de obsidiana negra. Por encima de las murallas merodeaban tres criaturas parecidas a murciélagos: las Furias. Me dio la impresión de que nos esperaban.
—Supongo que es un poco tarde para dar media vuelta —comentó Grover, esperanzado.
—No va a pasarnos nada—dijo con seguridad Hadrien, en todo este viaje no mostro temor alguno, solo enojo e indignación, nunca había escuchado a un semidiós maldecir tanto a los dioses y hablarles tan irrespetuosamente.
—A lo mejor tendríamos que buscar en otros sitios primero. Como el Elíseo, por ejemplo… —sugirió Grover.
—Venga, pedazo de cabra—le agarre del brazo. Grover emitió un gritito. Las alas de sus zapatillas se desplegaron y lo lanzaron lejos. Aterrizó dándose una buena costalada.
—Grover. Basta de hacer el tonto —lo regañe, todo el trabajo duro lo ha hecho Hadrien, nos ha salvado una y otra vez.
—Pero si yo no…—Otro gritito. Sus zapatos revoloteaban como locos. Levitaron unos centímetros por encima del suelo y empezaron a arrastrarlo.
—¡Maya! ¡Maya! ¡Por favor! ¡Llamen a emergencias! ¡Socorro! —gritó, pero la palabra mágica parecía no surtir efecto.
—¡Desátate los zapatos! —le grite preocupada.
Era una buena idea, pero supongo que no muy factible cuando tus zapatos tiran de ti a toda velocidad. Grover se revolvió, pero no alcanzaba los cordones.
Lo seguimos, tratando de no perderlo de vista mientras zigzagueaba entre las piernas de los espíritus, que nos miraban molestos. Estoy segura de que Grover iba a meterse como un torpedo por la puerta del palacio de Hades, pero sus zapatos viraron bruscamente a la derecha y lo arrastraron en la dirección opuesta.
La ladera se volvió más empinada. Grover aceleró. Hadrien y yo tuvimos que apretar el paso para no perderlo. Las paredes de la caverna se estrecharon a cada lado, y yo reparé en que habíamos entrado en una especie de túnel. Ya no había hierba ni árboles negros, sólo roca desnuda y la tenue luz de las estalactitas encima.
—¡Grover! ¡Agárrate a algo! —grité, y el eco resonó.
—¿Qué? —gritó él a su vez. Se agarraba a la gravilla, pero no había nada lo bastante firme para frenarlo.
El túnel se volvió aún más oscuro y frío. Se me erizó el vello de los brazos y percibí una horrible fetidez. Me hizo pensar en cosas que ni siquiera había experimentado nunca: sangre derramada en un antiguo altar de piedra, el aliento repulsivo de un asesino.
Entonces vi lo que teníamos delante y me quedé clavada en el sitio. El túnel se ensanchaba hasta una amplia y oscura caverna, en cuyo centro se abría un abismo del tamaño de un cráter. Grover patinaba directamente hacia el borde.
—¡Accio zapatillas! —grito apuntándolo con un palito, al instante Grover cambio de direccion, en esta ocasión se dirige hacia nosotros. Al quitarles las zapatillas estas cayeron al abismo.
El sonido se volvía más audible, una voz malévola y susurrante surgía desde abajo, mucho más abajo de donde estábamos nosotros. Provenía del foso. Grover se incorporó.
—¿Q-qué es ese ruido? —Hadrien también lo oía.
—El Tártaro. Ésta es la entrada al tártaro—Hadrien destapo Anaklusmos, la espada emitió una débil luz en la oscuridad y la voz malvada remitió un momento, antes de retomar su letanía. Ya casi distinguía las palabras muy, muy antiguas, más antiguas que el propio griego.
—Magia —dijo Hadrien serio.
—Tenemos que salir de aquí —repuse alarmada. Juntos pusimos a Grover sobre sus pezuñas y volvimos sobre nuestros pasos, hacia la salida del túnel. Las piernas no me respondían lo bastante rápido. A nuestras espaldas, la voz sonó más fuerte y enfadada, y echamos a correr. Y no nos sobró tiempo.
Un viento frío tira de nuestras espaldas, como si el foso estuviera absorbiéndolo todo. Por un momento terrorífico perdí el equilibrio y los pies me resbalaron por la gravilla. Si hubiésemos estado más cerca del borde, nos habría tragado.
Seguimos avanzando con gran esfuerzo, y por fin llegamos al final del túnel, donde la caverna volvía a ensancharse en los Campos de Asfódelos. El viento cesó. Un aullido iracundo retumbó desde el fondo del túnel. Alguien no estaba muy contento de que hubiésemos escapado.
Las murallas externas de la fortaleza relucían negras, y las puertas de bronce de dos pisos de altura estaban abiertas de par en par. Cuando estuve más cerca, aprecié que los grabados de dichas puertas reproducían escenas de muerte.
Algunas eran de tiempos modernos, una bomba atómica explotando encima de una ciudad, una trinchera llena de soldados con máscaras antigás, una fila de víctimas de hambrunas africanas, esperando con cuencos vacíos en la mano, pero todas parecían labradas en bronce hacía miles de años. Me pregunté si eran profecías hechas realidad.
En el patio había el jardín más extraño que he visto en mi vida. Setas multicolores, arbustos venenosos y raras plantas luminosas que crecían sin luz. En lugar de flores había piedras preciosas, pilas de rubíes grandes como mi puño, macizos de diamantes en bruto. Aquí y allí, como invitados a una fiesta, estaban las estatuas de jardín de Medusa: niños, sátiros y centauros petrificados, todos esbozando sonrisas grotescas.
En el centro del jardín había un huerto de granados, cuyas flores naranja neón brillaban en la oscuridad. Al instante supe dónde estamos.
—Éste es el jardín de Perséfone —explique al ver la confusión en sus rostros.
Subimos por la escalinata de palacio, entre columnas negras y a través de un pórtico de mármol negro, hasta la casa de Hades. El zaguán tenía el suelo de bronce pulido, que parecía hervir a la luz reflejada de las antorchas. No había techo, sólo el de la caverna, muy por encima. Supongo que allí abajo no les preocupaba la lluvia.
Cada puerta estaba guardada por un esqueleto con indumentaria militar. Algunos llevaban armaduras griegas; otros, casacas rojas británicas; otros, camuflaje de marines. Cargaban lanzas, mosquetones. Ninguno nos molestó, pero sus cuencas vacías nos siguieron mientras recorrimos el zaguán hasta las enormes puertas que había en el otro extremo.
Dos esqueletos con uniforme de marine custodiaban las puertas. Nos sonrieron. Tenían lanzagranadas automáticos cruzados sobre el pecho.
—¿Saben? apuesto lo que sea a que Hades no tiene problemas con los vendedores puerta a puerta. La mochila me pesaba una tonelada. No se me ocurría por qué. Quería abrirla, comprobar si había recogido por casualidad alguna bala de cañón por ahí, pero no era el momento—murmuró Grover. Esta es la misión que he estado esperando, no debo de temer, me he humillado lo suficiente a lo largo del viaje, es hora que le demuestre a Hadrien que no soy un estorbo. Mire las puertas y me arme de valor.
Bueno, ya están en el inframundo, en el próximo capítulo veremos a Hades, espero les haya gustado, gracias por sus reviews. Quiero que recuerden que la personalidad de Hadrien sera parecida a la de Draco, sé que es egocéntrico, pero siempre tuvo e hizo lo que quiso, por lo que no esperen que sea benevolente y amable con desconocidos, recuerden la personalidad de todos los Black, incluyendo la de Sirius y James. Y no olviden la influencia de Bellatrix y Walburga. Como mencione en mi otro fic, mi compu esta en reparación y estoy usando la de mi hermana, iba a subir imágenes pero esta se quedaron en mi computadora, las subiré una vez la recupere, espero les haya gustado.
Nos seguimos leyendo
Bella.
